People from Ibiza

Gente de Ibiza. Así tituló Sandy Marton (tanto gusto) su gran (y creo que único) éxito musical allá por los años 80. Lo pinchaban a todas horas en las discotecas. Un bombazo. Música de sintetizadores, melodía amable y pegadiza. Letra poca, la del estribillo, que es la del título. Quienes éramos jóvenes entonces la recordamos perfectamente. En su momento me irritaba de lo lindo, en cambio hoy, la juventud perdida, si llega a mis oídos me arranca una sonrisa afable e indulgente. Me figuro, apuesta segura, que SEAT utilizó esa tonadilla para publicitar muy oportunamente su modelo “Ibiza” que salió al mercado por aquellas fechas.

Ibiza era entonces una suerte de paraíso jipi, del que aún subsiste, suponemos, el mercadillo de Es Canar. El jipismo tuvo allí mucho recorrido, como nos cuenta Antonio Escohotado en “Mi Ibiza privada” (autor de “Historia general de las drogas” y de la mastodóntica y eruditísima trilogía “Los enemigos del comercio”), apunte autobiográfico publicado poco antes de morir. No en vano, Escohotado fue uno de los fundadores de la mítica discoteca “Amnesia”. Eran años, People from Ibiza, en que las llamadas drogas de diseño comenzaban a distribuirse a gran escala y entre un más amplio espectro de la población, esto es, drogas sintéticas de la mano de música “sintética”, denostada entonces por los puristas del pop y del rock como por artificiosa y “sin alma”. Y de la enorme popularidad de la llamada moda “adlib”, con epicentro en la isla, para damas y damiselas, tejidos naturales y encajes, tan favorecedora e idónea para mejor pasar los calores estivales.

Ibiza ha sido durante décadas un referente para el ocio veraniego, la fiesta, el desfase juvenil, cierta transgresión, abigarrada rebotica de las escurriajas de una espiritualidad como de esoterismos orientales y mandálicos de baratillo y de fundamentación psicotrópica. Uno de esos lugares, además de sus bonitas calas y playas, a menudo visitadas por densas colonias de medusas, con cartel y tirón entre turistas que buscan desconectar de la rutina y echar una semanita a chapuzones o a según qué excesos y desinhibiciones. Sólo que nada es eterno e Ibiza ha trocado esos anhelos de libertad, en una versión, conforme a los tiempos que corren, tiznada de consumismo y banalidad, por el control social impuesto por la “mejúnjea” coalición del gobierno insular. Francina Armengol es la lideresa de ese humeante perolo de siglas indigestas comandadas por la federación insular del PSOE.

Cómo hemos cambiado, cantan Presuntos Implicados, muy estimables intérpretes de boleros tradicionales. Caramba, me está saliendo una tractorada la mar de musical. Aparecen en la prensa titulares que dan noticia de la alarmante situación de la sanidad pública en el archipiélago. Y una de las causas, átame esa mosca por el rabo, es la contumaz exigencia al personal médico de un nivel “suficiente” de dominio de la lengua catalana. “¡No puede ser!”. Pues sí puede ser y es. A las pocas plazas ofertadas para atender a la población, sobre todo en Ibiza y Formentera, se une la carestía de la vida, en particular de la vivienda de compra o alquiler, y, el tiro de gracia, la radical política lingüística del gobierno regional a imagen y semejanza de lo que sucede en Cataluña. En resumidas cuentas, el PSIB, la supuesta federación balear del PSOE, no es tal cosa, sino una sucursal más del PSC.

El dominio acreditado de la lengua catalana, nivel C, no es mérito, sino requisito indispensable para ejercer la medicina en las islas. Exigencia que ha ahuyentado de la sanidad pública a médicos de familia y a especialistas (se habló de cardiólogos y cirujanos tiempo atrás), y también a profesionales de la enfermería. Ahora la falta de personal afecta al servicio de oncología, que es como decir, a sus pacientes. No parece que la lengua que hable el doctor, siempre que sea comprensible para el paciente, o en la que redacte sus anotaciones, afecte en demasía a las células y órganos atacados por tan grave patología, pero las autoridades in (competentes) consideran que eso no es cierto. Pues en su escala de valores prevalece la sanación del alma (y eso que siempre han presumido de un materialismo riguroso) antes que la del cuerpo y que, en todo caso, ambas se abordan mucho mejor si las interlocuciones entre médico y paciente se desarrollan en catalán. Estaríamos hablando de una facultad cuasi milagrosa, taumatúrgica, de la lengua hablada, fenómeno que recuerda la sanadora imposición de manos atribuida a los antiguos reyes de Francia (sea el caso del merovingio Clodoveo I y los escrofulosos).

Cuando la lengua es gestionada por los separatistas y la izquierda (hibridación simbiótica, necesaria en España para que ambas facciones alcancen el poder y ahí se mantengan), aquélla actúa, y ya estamos los anti-inmersionistas hartos de decirlo, como una barrera, un obstáculo que dificulta la libre movilidad de personas, de trabajadores, y que a no pocos expulsa hacia otros lugares donde no existen esas restricciones liberticidas. Un inciso, no me olvido de la derecha modosita y acomodaticia, de esa derecha que consolida, por lo común, renunciando a dar la batalla ideológica, los desbarajustes en materias diversas perpetrados por la izquierda. Me refiero aquí al acérrimo galleguismo lingüístico de Feijóo y a la sumisión al expansionismo catalanista  de anteriores gobiernos del PP en Valencia y Baleares. Cuando siembras hechos lingüísticos diferenciales, recoges bables oficiales.

No se esperan mareas verdes en las islas, salvo que sean de algas, como sí hemos visto en Madrid en oleadas sucesivas, pues aquéllas las reservan los sindicatos (UGT y CC.OO) para cizañar a otras mayorías. Me barrunto que las exigencias y prevalencias idiomáticas sobre los cuidados a los pacientes impuestas por la coalición gubernamental incurren en un delito aún no tipificado de lesa sanidad que cambia tratamientos por diptongos, “pronoms febles” (pronombres “débiles”) y “eles geminades” (eles duplicadas). Desde el punto de vista del derecho creativo alguien podría concluir que esas disposiciones bordean la “denegación de auxilio” que comúnmente se imputa a los conductores de automóviles que atropellan a un peatón y se dan a la fuga.

Éste es el panorama sanitario diseñado por la gente de Ibiza con mando en plaza… quiere decirse, por la gentuza de Ibiza que prefiere instaurar su paraíso lingüístico en la isla a facilitar los tratamientos en tan delicada materia a los enfermos allí residenciados, hablen catalán o español, e incluso inglés o alemán. O todos ellos en variable proporción.  Cabe decir que esa gentuza de Ibiza no llegó a la isla ni por vía aérea, ni en un ferry de Balearia, ni en un barco de nombre extranjero (cambiamos boleros por coplas). No me equivoco si digo que muchos de los pacientes concernidos por esa pésima atención médica les votaron en su día tan campanudamente. A menudo sucede que aquella gente que al votar se propone arruinar el futuro de sus hijos, sobrinos o nietos, o de los hijos, sobrinos y nietos de los demás, también arruina su presente propio. Es ley de vida.

Puede que los diferentes cánceres en Ibiza, tanto los más livianos como los más agresivos, se curen con diagnósticos redactados en catalán, y con tratamientos prescritos en la misma lengua, pero lo que es seguro es que la metástasis se extiende por las instituciones insulares y por España toda y cuantas más células sean necrosadas por la enfermedad, menos garantía de éxito tendrán los cuidados paliativos administrados al paciente. Y, para revertir tan delicada situación, más necesaria será una intervención quirúrgica, drástica y severa.  

 

https://okdiario.com/baleares/armengol-deja-enfermos-cancer-ibiza-sin-oncologos-exigencia-del-catalan-8781150

Puestos en contacto con Sandy Marton y al corriente de la política lingüístico-sanitaria vigente en las islas Baleares ha manifestado categóricamente: «Que le den por culo a Ibiza».

Matemáticas «socioafectivas»: enigma resuelto

¿Qué son las “Matemáticas socio-afectivas”? Cualquiera sabe. Posiblemente ni siquiera lo sepan los pedagogos listillos (“pedagorastas”) encargados de demoler la instrucción pública al dictado de la cosmovisión progre-woke que acaba de excretar una nueva reforma educativa: Ley Celaá, corregida y aumentada por Pilar Alegría, su indocumentada sucesora. Sabido es que el modelo de sociedad soñado por la izquierda gobernante se fundamenta en la depauperación de los contenidos académicos en la escuela pública (ésa que dicen defender con el cuchillo entre los dientes) para hornear promociones sucesivas de epsilones (soma, soma), de analfabetos funcionales a contentar con empleos mal remunerados, cuando no con modestas “pagas mensuales, y acaso “menstruales”, no contributivas” (“inserción social” lo llaman), pero suficientes para sobrellevar una subsistencia precaria. Óbolos vergonzantes que en otras latitudes (Cuba, Venezuela) se transforman en cartillas de racionamiento a cambio de la inquebrantable lealtad del beneficiario. Por concurrente razón otra piedra angular del sistema es el adoctrinamiento estupidizador (paralelo al dispensado en las aulas) a través de programas televisivos de atorrante entretenimiento, ideologizado también. Nadie como Jorge Javier Vázquez, gran sacerdotisa del sectarismo catódico, para ejercer esa innoble función.

El esfuerzo, la excelencia, horas de estudio, todo eso es carcundia retrógrada y apolillada, en particular ese horror cavernícola del aprendizaje a través del aciago mecanismo de la memoria, pues la “memoria” sólo vale si aparece vinculada a la Historia… sesgada, claro es, pasando a convertirse en “des-memoria histórica”. Adiós a las legítimas aspiraciones de mejora en la escala social de la gente humilde a través de una enseñanza pública potente. La Filosofía fuera de los itinerarios escolares. La Historia sin cronología, que es como decir la Historia vaciada de historicidad. Adiós a las notas numéricas. Aprobados y suspensos equiparados por cuanto se pasa de curso, tan pichi, con un carro de calabazas a cuestas. Inmersiones obligatorias en lenguas co-oficiales (la del bable ya está en capilla y ya se trabaja en la del calagurritano dulce) y todo ello salpimentado con variado repertorio de polimorfas sexualidades y milongas diversas para aturullar a los chicos a esas edades en las que son vulnerables e influenciables a partes iguales.

Todo diseñado al milímetro para ignorar la herencia civilizatoria recibida, no saber quién eres y de dónde vienes en una dimensión comunitaria. Legiones de alumnos lobotomizados con las últimas consignas y pegados a sus celulares, “tuits” y “guasaps”, como lapas a la roca. Una auténtica y descomunal castaña pilonga. Y la profesión docente sin alzar la voz, calladita, ésa misma que no para de sacar “mareas” a la calle cuando manda la derecha acaso porque falten ordenadores en las aulas. Sin decir ni mu, ni ellos, ni los padres de las “(h) ampas”, ante la clamorosa devaluación, por no decir “devastación” académica de la Enseñanza. Pero eso sí, que no cunda el pánico, pues según prevé la ley repartirán en colegios e institutos pastillas abortivas “del día después”, eso sí, medioambientalmente sostenibles. El desparrame.

Establecido el fondo de esta tractorada, intentaré dar una explicación de mi propio peculio de qué diantre sean las “matemáticas socio-afectivas”. Difícil misión. La matemática, en una definición algo apresurada, sería la ciencia que estudia las propiedades y relaciones que mantienen entre sí, fundamentalmente, los números y también las figuras geométricas. Pero con la “socio-afectividad” la cosa cambia y cobra una nueva dimensión, pasando la matemática de ese registro abstracto, pero de múltiples aplicaciones prácticas en la vida cotidiana, por así decir, a otro de mayor implicación “emotiva” al albur de la conveniencia de esos individuos que diseñan nuevas corrientes de opinión. Vista así, la matemática se convierte en un deseo proyectivo de algunos, en un instrumento para prefigurar una nueva realidad de fundamento ideológico a la que será preciso adaptarse sin rechistar, so pena de quedarse uno colgado de la brocha y apartado en la cuneta junto a otros apestados. La matemática socio-afectiva instaura una realidad «numeroide» paralela, desiderativa y ficticia. Para mejor entender lo que aquí se dice, citaré unos ejemplos que han tenido cierta difusión.

Precursor en esta materia, como en tantas otras igualmente disparatadas y funestas, irrumpe en escena el ex presidente Zapatero, metido a consejero áulico y propagandista de los siniestros narco-estados bolivarianos. Tras esas famosas “lecciones de Economía en dos tardes” que le atizó Jordi Sevilla, nada aprendió su ínclito alumno y preguntado en rueda de prensa sobre los dispares índices de desarrollo económico de las diferentes regiones españolas, el muy zote respondió que un día no muy lejano todas ellas estarán por encima de la media nacional. Mérito suyo es, pues, reinventar el concepto de “media aritmética y estadística”. Ya no es imposible, desde entonces, que si dos personas se citan para comerse cuatro hamburguesas, al terminar el banquete, de media, cada una de ellas habrá comido tres.

En fecha cercana al descubrimiento “zapatero”, el mismo sendero fue transitado con paso firme por la periodista Mónica Terribas, durante años referente ultranacionalista de los servicios informativos de TV3, idolatrada hasta la hiperdulía por el segmento más sectario de su audiencia. La interfecta justificó la emisión de un documental, antes incluso de la era “procesual”, enfocado desde el punto de vista indepe, elaborado exclusivamente con testimonios de los partidarios de la secesión, aduciendo que, según las encuestas del gobierno regional, alrededor de un 20% de los catalanes (pizca más o menos) era favorable a la creación de un Estado propio. Hay que admitir que, en efecto, un 20% es un porcentaje muy significativo en una sociedad, uno de cada cinco. El producto tendría, pues, encaje en la programación y su difusión obedecería a un interés cierto. Al fin y al cabo, los militantes de la preservación de la cacatúa austromalaya de moño eréctil apenas alcanzan el 0’11% del censo y también se han emitido reportajes que reflejan las cuitas y porfías de causa tan estimable.

Hete aquí que la Asociación por la Tolerancia dirigió al punto una petición a la doña para que pusiera manos a la obra y programara la emisión de un documental que diera bola a los partidarios de la libre elección de lengua oficial en la escuela. Habida cuenta que en un sondeo anterior del CEO (la versión indígena del CIS) los contrarios a la inmersión monolingüe obligatoria en catalán alcanzaban nada menos que el 27% de los encuestados y, salta a la vista que 27% > 20%, por lo que el argumento concerniente al interés social esgrimido por Terribas se vería claramente refrendado por un segmento aún mayor de la opinión pública. Aún esperamos respuesta (*).  

Una vez mentado el CEO (Centre d’Estudis d’Opinió), es menester aludir a sus reiteradas encuestas sobre el grado de aceptación de los postulados separatistas. Descontado que inflan sistemáticamente el capítulo de partidarios entre un 12-15%, y habiendo rebasado en estos años de abotargante e insistente matraca el 40%, el último cocinado servido al respetable dio pie a una curiosísima rectificación. Por primera vez en muchos años los partidarios de la ruptura caían por debajo del 40%, con un 38’8%, y se abría una brecha considerable de algo más de 12 puntos con relación a los partidarios de la permanencia de Cataluña en España. Los separatistas montaron en cólera por un sondeo tan desfavorable (“¡Es inadmisible!”). De modo que el CEO reculó a las pocas horas, disculpándose por un presunto error de cálculo, “maquilló” el balance y el sí a la independencia remontó 2 puntos por arte de birlibirloque, situándose en un más aseado 40’8%, por encima de la barrera psicológica del 40%. Magia potagia.

Pero hay más casos de “socioafectividad” matemática. El siguiente ejemplo nos lo brinda el ayuntamiento de El Vendrell (provincia de Tarragona). Un buen día, paseando tan ricamente por las calles más céntricas de esa localidad, reparo en una campaña propagandística del consistorio. El busilis de la cuestión pasa por combatir los prejuicios de un segmento de la población respecto a la inmigración, legal o ilegal. En El Vendrell la proporción de avecindados oriundos de otros países es considerable. Instalan una serie de pancartas dobles en las farolas de la vía pública. En una, el texto nos presenta una declaración entrecomillada de un anónimo difusor de bulos y estereotipos contrarios a los inmigrantes: “La violencia de gènere és cosa dels inmigrants” (“los autores de delitos de violencia de género son inmigrantes”). A su lado, en otra pancartita se nos ofrece un dato para sacar del error a quien de tal manera opina: “sólo el 27’5% de los delitos de violencia de género son cometidos por personas inmigrantes”.

Curiosamente dicho municipio ofrece unos datos, seguramente contrastados, que a poco que el sentido común (no “socioafectivizado”) los tome en consideración, llevan a la conclusión contraria de la pretendida, si atendemos a la proporcionalidad. En efecto, el 72’5% de esos delitos perpetrados por nacionales es, en términos absolutos, una cantidad mucho mayor: 72’5 a 27’5. Goleada. La diferencia es notabilísima… sólo que, según el censo de 2019, los extranjeros suponen el 12’9% de la población. En otras palabras, la autoría de un 27’5% de los delitos consignados recae sobre un 12’9% de la sociedad. Miau. Descontado que la inmensa mayoría de extranjeros no delinque y que la distribución de delitos tampoco es homogénea por nacionalidades de procedencia, en términos generales, y aplicando a las magnitudes reseñadas una sencilla regla de tres, concluimos que “la violencia de género no es cosa de los inmigrantes en su totalidad”, como señala la propaganda institucional por boca de ese anónimo xenófobo, pero sí es 2’15 veces más cosa de ellos que de los españoles de cuna. Y no lo digo yo, lego en esas materias, lo dice el mismísimo ayuntamiento de El Vendrell, henchido de buenismo, tanto como de imbecilidad estadística, y al que, por hacer un favor, le sale el tiro por la culata.

El último en sumarse a ese carro cochambroso, el de la matemática socioafectiva, es el cantamañas de Rafael Ribó, síndico de agravios y uno de nuestros mayores y más laureados jetas, y que ya ha cumplido tres años extra de mandato por falta de consenso en el nombramiento sucesorio. Ribó, insigne trotamundos, doctorado en acudir a cargo del contribuyente, acompañado de su novia, a los palcos de los estadios de fútbol de media Europa siguiendo al Barça de sus amores (con su más emblemático jugador en plantilla, Gerard Piqué, metido a comisionista), y en reformar su gabinete de “trabajo” a todo lujo, “spa” incluido, arremete contra la tibia sentencia del 25% del TSJC. Afirma Ribó, el hombre ha hecho números, que el acatamiento de la sentencia en realidad supondría, no un 25% de horas lectivas en español en las aulas, sino un 35%, esto es, ni un 34 ni un 36, un 35%. Cómo ha llegado a esa conclusión, lo ignoramos, y uno se malicia que el propio fulano también, de tal suerte que los porcentajes dan de sí y son elásticos, tanto como la goma de mascar.

Estos días se le ve muy preocupado por el asunto y respalda la intención gubernativa de burlar la sentencia judicial aduciendo que los alumnos ya hablan en el recreo demasiado español, como así aseguran los agentes de la autodenominada “ONG” del catalán que espiaron a los críos, con permiso de los docentes, mientras jugaban a pilla-pilla en sus ratos de asueto. Esta tractorada se ha extendido ya en exceso y para días venideros dejamos otros ilustrativos ejemplos de “socioafectivización” matemática como las encuestas del CIS, versión Tezanos.

Mónica Terribas, periodista de referencia del separatismo y, por ello, omnipresente en TV3, pionera en el recurso a las Matemáticas socioafectivas: “¡A mí con porcentajes!” “¿Así que un documental sobre la libre elección de lengua escolar?… ¡Que os den!… ¿Un 27%? ¡Me limpio el culo con vuestro 27%!”.

(*) Cobra fuerza el proyecto de la Asociación por la Tolerancia de realizar un documental propio sobre “ las víctimas de la inmersión lingüística”, parecidamente a los documentales de Iñaki Arteta sobre las víctimas del terrorismo. Comoquiera que algún día acabará esta siniestra pesadilla “inmersiva”, se atisban algunos síntomas, no pocos “icetas”, “illas”, “feijós” y otros especímenes similares, se apuntarán a decirnos con gran solemnidad “que ellos jamás estuvieron de acuerdo con la inmersión en lenguas co-oficiales”. Por eso la Tolerancia ha de hacer sí o sí ese documental sobre la “memoria inmersiva”, no sólo como legado para venideras generaciones, sino para recordar a futuros oportunistas que en su momento defendieron a capa y espada ese bodrio liberticida aduciendo mil disparates y cubriéndonos de insultos. Gregorio Rello, factótum de nuestro ciclo anual de cine, sujetará con mano firme las riendas de tan necesario proyecto.

La «grandeur de la France»

Francia es una gran nación. Nadie lo duda. Ni siquiera la mayoría de los franceses. Tradicionalmente no han gozado de muchas simpatías aquende los Pirineos por aquello de la envidia que suscita una nación “nacionalmente empoderada” y que ha cultivado el “chauvinismo” con exceso de celo. Nos invadió la Grande Armée napoleónica… (yo no estuve, pero me lo han contado: el “nos” es por darle carrete a la idea de continuidad nacional)… a principios del siglo XIX y no han dejado de hacerlo posteriormente con ideas, modismos y otras cuestiones que entrarían en el campo del intercambio, o mejor, de la irradiación cultural. Se les dedicó una expresión enconada y despectiva, “gabachos”, hoy caída en desuso, afortunadamente. Francia, como España y Gran Bretaña, han sido, en la edad “moderna” (siglo XV en adelante), los principales focos civilizatorios de Europa occidental, dicho así, a brochazos y sin entrar en más precisas consideraciones.

En no pocas conversaciones a lo largo de nuestras vidas hemos gozado de las edificantes opiniones de familiares y amigos con relación a “lo francés”. A aquellos de ideas más “avanzadas”, los más “progres”, se les cae de la boca, a cada paso, una suerte de insana envidia frente al colosal vecino: “nos llevan décadas de progreso y democracia”, “ellos guillotinaron a sus reyes”, “ay, si fuéramos una república como Francia…”. Pues les tomo la palabra, sin ser republicano, y me deshago en alabanzas al equivalente galo del Tribunal Constitucional que en mayo de 2021, hace un año, dictaminó, notición que aquí pasó desapercibido, que “La República tiene la única obligación de garantizar la escolarización de “sus hijos” en francés, por ser éste su idioma común». Es sabido que los republicanos más acérrimos son muy dados a reclamar la paternidad, “sus hijos”, de todos los menores avecindados en los territorios bajo su jurisdicción, como hizo, con menor solemnidad y mayor torpeza, la calamitosa ex ministra Celaá, recompensada por su birriosa ley educativa, empeorada si cabe por su sucesora, con plácido destino diplomático ante la Santa Sede. Y con peineta la vimos: cosas veredes, amigo Sancho.

No quiere decirse que Francia, como el resto de la Europa de las libertades, no esté dispuesta a suicidarse culturalmente, a pegarse un tiro en el pie, por obra y gracia del cacofónico y destartalado zurriburri de la ideología woke, hoy dominante, y también a canjear el cosmopolitismo propio de una gran nación por el fracaso clamoroso (y premeditado) del multiculturalismo (*), pero en determinados ámbitos pareciera que no le urgen las prisas que en España son para desertar de su condición nacional. Y la más fehaciente prueba de ello es la doctrina lingüística que su más alto tribunal blande con mano firme como elemento angular y vertebrador del régimen republicano. En esa materia (no en otras), en Francia, se hace realidad la opinión de Juan Manuel de Prada (denostado por la progresía, de derechas e izquierdas) cuando dice que “los pueblos que han deseado mantenerse fuertes, han procurado evitar a toda costa el desarraigo; y se han afianzado en la defensa de aquellas realidades tangibles y espirituales (la lengua participaría de esas categorías) que los constituían comunitariamente (**)”.

El dictamen de la magistratura francesa se producía al tiempo que en España se debatía la co-oficialidad del bable en Asturias, del “batueco” en Las Batuecas, se perfilaba en negociaciones, entonces de tapadillo entre Bildu-Batasuna (la ETA blanqueada) y PSE, la delirante e inverosímil inmersión total en vascuence en la escuela pública, y se confirmaba la complicidad del gabinete frentepopulista de Sánchez con la nada sorprendente desobediencia del gobierno regional de Cataluña a las tímidas sentencias (25%) del TSJC.

Prosperó en la Asamblea francesa una sorprendente Ley para la Protección y Promoción de Lenguas Regionales impulsada por un diputado bretón, Paul Molac, que, como sucede de continuo en el país vecino, ha pasado por un montón de formaciones de distinto signo. Sorprende que el instigador no haya sido precisamente un diputado electo en lo que nuestros aborigenistas denominan la “Catalunya Nord”, es decir, el departamento de Los Pirineos Orientales, capital en Perpiñán, y con alcalde hoy de la lista de Marine Le Pen. Es decir, que no fuera autoría de un diputado catalanista infiltrado en una candidatura de ámbito nacional, pues cuando los tales concurren por sí solos a las urnas jamás rebasan el umbral del 2% de los escrutinios: una verdadera ruina. No olvidemos que los partidos de inspiración separatista, aquellos que pretenden segregar una parte del territorio francés, están prohibidos por las leyes republicanas y si alguno de sus gerifaltes pretende hacer carrera política ha de morderse la lengua e integrarse en la lista de un partido tradicional para ejecutar con discreción su labor de zapa cual minúscula hormiguita. 

 Con todo, la ley aprobada en un primer momento, era una ley de modesto alcance disgregador, todo hay que decirlo, pues no postulaba la inmersión total en las aulas, si se compara con el delirante modelo lingüístico imperante en España. Su pretensión era establecer, a guisa de prueba piloto, un itinerario lingüístico alternativo en horas lectivas de proporción variable. Error en cualquier caso. Pero hete aquí que el ministro de Educación del gobierno Macron, Jean-Michel Blanquer, recupera el raciocinio, pone pie en pared, reúne a 60 de sus diputados y según declara el interesado, confiesa ante su auditorio, pálido de terror, que no quiere vivir en Francia el fenómeno catalán (textual). Y eso basta para que todos, aflictos y estremecidos, y entre temblores de agonía, den su firma y el ministro salga corriendo rumbo al alto tribunal con el recurso bajo el brazo. Y en muy pocos días, los magistrados dictan sentencia. Nada que ver con los nuestros, que tienen desde hace años importantes materias pendientes de fallo arrinconadas entre legajos polvorientos. Y anulan el artículo clave, el que propiciaba la posibilidad de impartición de asignaturas en lengua distinta al francés en la escuela pública

Cabe decir que en Francia, lo leo en un digital, hay alrededor de 12 millones de alumnos y de ellos unos 170.000 reciben algunas clases en lenguas regionales (catalán, vascuence, bretón, etc), fuera del estricto horario escolar, entendámonos. Estamos hablando de, ahí es nada, el 1’4% del total. Un alumno entero y dos extremidades de alumno de cada cien. Y hablando de escolarización estricta y de estrictos horarios, el equivalente francés de nuestro Constitucional ha ido, en la aclaración de los fundamentos de derecho, más allá de lo exigible. Sostienen Sus Señorías que con el dinero detraído a la ciudadanía vía impositiva, el Estado, es decir, la República, sólo tiene obligación de escolarizar a los alumnos en la lengua común de la nación, y sólo en caso de que la administración no pudiera prestar ese servicio básico en el más apartado rincón de Francia, circunstancia harto difícil dado el tamaño elefantiásico de la burocracia gala, los particulares interesados estarían habilitados, sometidas las materias educativas a la vigilancia de las autoridades, a impartir asignaturas en lenguas regionales (no oficiales a día de hoy), siempre y cuando costearan la fiesta de su propio bolsillo. Es decir, ni un euro de las arcas públicas. Toma castaña. Vive la France! Quiero ello decir, entre otras cosas, que los franceses no establecerán barreras lingüísticas entre sí, que no impedirán con esos mecanismos en apariencia inocuos el libre tránsito de familias trabajadoras por el territorio nacional, pues de la mano de la inmersión en lenguas regionales, llega el adoctrinamiento localista o cuando menos un enfoque socio-histórico del aprendizaje académico geográficamente limitado y tendente al aldeanismo que desincentiva la movilidad.

Francia es una gran nación, con sus claroscuros, como todas las naciones… grandes o pequeñas. Francia ha sido un auténtico dolor de muelas para sus vecinos y enemigos, y eso también hace grande y prestigiosa a una nación. Su acervo cultural, su patrimonio histórico, sus creaciones artísticas de toda índole, son conocidos y envidiados en medio mundo. Hemos leído y admirado a sus escritores, novelistas, poetas, comediógrafos, ensayistas, contemplado con arrobamiento las composiciones de pintores egregios, las obras de sus más reputados escultores y arquitectos… tarareado a sus trovadores y grandes intérpretes, enmudecido ante fastuosos monumentos.

La historia de Francia y su legado histórico-artístico no cabe, es seguro, en la tapa de un yogur. Hay donde elegir, los sonetos de Ronsard, o los de Brasillach a la espera del pelotón de fusilamiento, las malignas flores de Baudelaire y una joyita de orfebrería literaria, “El esplín de París”, los excesos de Rabelais o las exquisiteces de Cocteau. Entre Balzac, Víctor Hugo, Flaubert, Stendhal o Zola, un servidor se queda con las Memorias de Ultratumba del, al decir de algunos, trasnochado vizconde de Chateaubriand… para gustos los colores. Y aún con otros sublimes decadentes como Villiers de L’isle-Adam, Barbey d’Aurevilly o Nerval. Y hagan sitio a Los cuentos de Maldoror, de Isidore Ducasse, el malvado conde de Lautréamont. Un cuentista como Maupassant y un humorista de la finura de Queneau, patafísico honorífico, que, todo hay que decirlo, no es mejor que nuestros Gómez de la Serna, Camba o Cunqueiro.

Hay mucho más, pero cito lo que es más de mi gusto. La grave erudición de Georges Dumézil o de Claude Lévi-Strauss. El humorismo refunfuñón de desollado vivo de Ciorán (nacionalizado francés) y Camus, preferibles a Sartre, a Derrida y Foucault, exponentes de la extinción civilizatoria. Jacques Revel. El autorretrato de Courbet, que por sí solo merece una pinacoteca, Manet, Monet, Degas, Renoir y Cézanne. Y Picabia, autor del estremecedor cuadro “La revolución española” que, en reproducción de baratillo, preside mi modesto despacho. Los culos fastuosos de Gérôme, el Tinto Brass de los lienzos. “El viaje al fin de la noche”, de Céline, obra cumbre de la literatura contemporánea, o la recentísima genialidad e insolencia de “Sumisión”, de Houellebecq. Y sus dramaturgos y cineastas, entre los que elijo al ascético Robert Bresson (“Diario de un cura de campo”), a Eric Röhmer (“El rayo verde”), a Truffaut (“Al final de la escapada”, “Los 400 golpes”) y a Louis Malle (“Lacombe Lucien”). Y las aventuras de Tintín y de Asterix, que me dan más calorías. Y aquí me planto, pues de lo contrario les dejo sin tiempo para escuchar a Charles Aznavour… ¡Ah!… ¿Qué ustedes prefieren a Édith Piaf, Jacques Brel (franco-belga) o Gilbert Bécaud? Muy bien. También los Gipsy Kings y Ricky y Amigos son Francia. No sabría uno por dónde empezar. Es lo que tiene, acuñó la divisa De Gaulle, la grandeur de la France. Y para muestra un botón… la cara más amable… de todas las grecias, las romas y las francias.

(*) Lecturas recomendabilísimas: “La extraña muerte de Europa” y “La masa enfurecida”, ensayos de Douglas Murray, por consejo de mi abogado, y sin embargo amigo, Antonio Ramos.

(**) “Una enmienda a la totalidad”. El mismo asesor literario.

Obra de Jean-Léon Gérôme: imposible apartar la mirada de la parte central de la composición

https://www.abc.es/sociedad/abci-francia-rechaza-inmersion-linguistica-y-lenguas-vehiculares-regionales-escuela-202105211823_noticia.html

Y Colau fusiló al teniente coronel Maciá (Macià)

Ya es oficial. Hasta hace poco era un rumor muy extendido. Pero el diagnóstico es irreversible: Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, es síndrome HMT agudo, “Hiper-Mega-Tonta”, que no ha de tomarse como insulto, sino como benévola descripción. Es, además, una indocumentada. La gota que colmó el vaso fue la estratosférica revisión historicista auspiciada por el gobierno consistorial (que cuenta con la bochornosa participación del PSC) llevando los parámetros de esa mugrienta Ley de Des-Memoria Histórica a niveles jamás vislumbrados. En efecto, despacho de última hora… Ada (sin hache) Colau, atenta la guardia, ha tenido el cuajo de fusilar al chifletas de Maciá (Macià)…  l’Avi, “el abuelo”, al que así llaman nuestros aborigenistas. “Abuelo”… pero con demencia senil descontroladísima.

El pasado 25 de diciembre (2021), día de Navidad, se cumplían 88 años de la muerte de Maciá, uno de los cerebelos más descencerrados de la historia de España. Sólo que Maciá murió en la cama de un ataque de apendicitis a los 74 años. Una muerte dolorosa, pero no heroica. Muy posiblemente Maciá habría querido pasar a la posteridad frente a un pelotón de fusilamiento, rechazando la preceptiva venda en los ojos, antes de la descarga fatídica, e hinchando el garganchón para largar, a guisa de auto-epicedio, un sonoro Visca Catalunya Lliure! Pero no sucedió tal cosa.

El fundador de Estat Català (a quien, si no recuerdo mal, hice nacer en Las Borjas Blancas en una tractorada anterior, provincia de Lérida, cuando es hijo de Vilanova i La Geltrú), tras su no muy brillante carrera militar, viajó a la URSS en 1925 para recabar apoyos a la causa separatista. Allí se entrevistó, ahí es nada, con Bujarin, quien, al cabo de una década, fue purgado por su amado Stalin de un tiro en la nuca. Casi a un siglo vista, podría decirse que Maciá fue un precursor del “Procés” (el megaplúmbeo “Proceso” con el que nos llevan mortificando unos cuántos años), pues al igual que los adláteres de Puigdemont (Alay y compañía), se presentó en el Kremlin mendigando ayuda. Sus colaboradores Dencás y los hermanos Badia, eximios torturadores, exploraron la llamada “vía romana”, grandes admiradores como fueron de Benito Mussolini. Jugaba el separatismo de entonces a dos barajas. Sabemos que en Moscú las cosas no fueron del todo bien, pues Bujarin, a la sazón capitoste de la Komintern, echó pestes de nuestro destartalado prohombre al que tildó de pequeño-burgués reaccionario e iluso.

Maciá, cuentan sus hagiógrafos, se desvinculó de toda obediencia marcial y de toda lealtad a la bandera que había jurado tras el incidente “Cu-Cut!”. Unos oficiales procedentes del Casino Militar de Barcelona asaltaron el semanario satírico, un libelo deleznable de la época, como venganza por la publicación de caricaturas y ofensas contra el estamento militar. Pero hay quien dice que el distanciamiento y el resentimiento de Maciá contra España se produjo cuando, diputado en Cortes, su propuesta de modernizar el ejército, en particular la Armada, dotándola de sumergibles, no fue tenida en consideración. Ahí se produjo su viraje, su voltafaccio hacia el indigenismo enragé.

Al poco de producirse el pronunciamiento de Primo de Rivera y de suspenderse la Mancomunidad, una suerte de mini-autonomía avant la lettre, Maciá se presentó en el despacho de Cambó, lo cuenta éste en sus divertidas memorias (“qué guapo y qué listo soy” es el hilo conductor de las mismas), solicitando ayuda económica para financiar actividades terroristas y un movimiento insurreccional a gran escala para proclamar la independencia, interesado como estaba en replicar el modelo irlandés. Cambó nos lo pinta más como un chiflado irascible con mirada extraviada como de alucinado, que como un protervo calculador y maquiavélico. Tras la entrevista fallida, llega el viaje a Moscú citado en otro párrafo y justo después la charlotada de Prats de Molló (1926). Incursión armada desde el país vecino que fue desbaratada por la Gendarmería francesa antes de que los señoritos amotinados salieran del hotel tras un opíparo almuerzo. Y, en lugar de quedar retratado como un auténtico botarate ante la opinión pública, un condottieri de opereta, la esperpéntica bravata le granjeó una gran corriente de simpatía en un amplísimo segmento del catalanismo político de aquella hora, invirtiendo la tendencia que daba las mayorías a la Lliga en las contiendas electorales para ganarlas a partir de entonces ERC (más Estat Català, el partido nodriza de Maciá, ultranacionalista y de corte fascistoide).  

Una vez muerto por peritonitis (año 1933…el pobre se perdió, no hay derecho, la intentona golpista de octubre del 34, anticipo de la Guerra Civil, protagonizada de común acuerdo por Companys en Barcelona y por el PSOE en Asturias, y con los consejeros de la Generalidad huyendo de palacio por el alcantarillado), y antes de ser fusilado por el consistorio, diciembre de 2021, Maciá, don erre que erre, continuó dando la murga, esta vez con su corazón embalsamado. Los hay que ni muertos descansan. A ellos no es aplicable el dicho, “tanta paz lleve como descanso deja”. No es una coña, aunque lo parezca, y el corazón embalsamado de Maciá ha hecho correr ríos de tinta (*).

Muerto el orate, su corazón se convirtió en algo así como la reliquia de un santo varón a la que los fieles rinden culto. El sucedáneo autóctono del brazo incorrupto de Santa Teresa. Nada tiene de extraño, pues el nacionalismo identitario aspira a ocupar ese espacio que la secularización de la vida colectiva le ha ganado al ámbito religioso, mutación bendecida en Cataluña por buena parte del clero diocesano… esos párrocos que cuelgan banderitas estrelladas del campanario, al estilo Novell, ex-obispo de Solsona que, transido de amor por una escritora pornógrafa, ha abandonado a su rebaño para “echar una mano” en un productivo negocio de inseminación porcina. Ante el avance de las tropas nacionales, y el escaso entusiasmo republicano por defender Barcelona, tras la decisiva batalla del Ebro, había que impedir a toda costa que esa especie de “Santo Grial” del nacionalismo indígena cayera en las profanadoras manos del enemigo. Hete aquí que la reliquia, tras un estrambótico periplo, le llegó a Tarradellas. Y, éste, a su regreso del exilio (“Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!”), lo restituyó a los herederos con la muy loable intención de que el despojo engorroso y siniestro dejara de dar tumbos por medio mundo. Pero, como en una película gore, serie B, o en una de esas comedias irreverentes tipo “Resacón en Las Vegas”, inhumados los restos del ilustre patán, convienen que el músculo cordial, átame esa mosca por el rabo, no pertenece al finado, sino que en tiempos latió en el pecho de otra persona, completamente anónima.

Y el círculo se cierra con la ayuda de Colau y sus socios del PSC. Para mí tengo que, además de un desconocimiento aberrante de nuestra Historia, incluso de la más reciente, aqueja a una y otros, es decir, a la progresía local, una suerte de complejo de antifranquismo estrafalario y encallecido que les hace creer, y el dato encaja a las mil maravillas en su destartalada cosmovisión, que Maciá, ni siquiera confundido con el tarambanas de Companys, “el president mártir”, bien pudo morir fusilado por orden de Franco, en tiempos de paz, no importa, y con el militar destinado entonces, por mandato de Azaña, en la Comandancia de Baleares. Si non é vero, é ben trovato. “Y qué más da”, deben de pensar, “si le contamos a nuestros votantes que a Maciá le sacaron los ojos con una cucharilla de café y se los embutieron luego en el recto soplando una cerbatana, son capaces de creérselo”.

Y es que en Barcelona se nos hibrida un tipo de dirigente político “mejúnjeo” verdaderamente sofocante, que combina un fuerte vector “progre” que finge no sacudirse de encima la losa del franquismo y de eso que despectivamente llaman la “España en blanco y negro”, dispuesto a creer que los grises aún patrullan las calles arreando porrazos desde los estribos de una Sanglas 400, con la efervescencia aldeana del esencialismo nacionalista… y todo ello aliñado con las dogmáticas sandeces del pensamiento “woke”. Y Colau es el crisol que integra y compacta en vítrea pasta ambos ingredientes. Vota doble sí en el patético “butifarréndum” organizado por Artur Mas, 2014, según la interfecta, “para castigar a Rajoy”, cuelga de la balconada del ayuntamiento un sectario pancartón de apoyo a “los presos políticos” (sic) condenados por sedición que retira finalmente por mandato judicial, y se compromete públicamente a reducir al máximo la presencia de la lengua española en las comunicaciones institucionales y en los trámites administrativos. Y va y dice que no es separatista. Santo Dios, si lo fuera. Y todo ello con desparpajo y sin sentido del ridículo. Lo último que sabemos de la interfecta es que ha contratado 200 ovejas, en edad de trabajar y sindicadas, por descontado, para limpiar de matojos y hierba borde el parque de Collserola y que le ha negado una estatua a Copito de Nieve por blanco, colonialista y primate polígamo y heteropatriarcal (pues disfrutó en vida de un auténtico serrallo “goríleo”). Novísimos ítems de una gestión mundialmente vitoreada que bien merecen una futura “tractorada”.

(*) Recreación humorística de ese episodio, los viajes del corazón de Maciá a lo largo y ancho de este mundo, en la obra de teatro inédita: “1934-2014: una odisea espacio-temporal del catalanismo”, compuesta más para ser leída que representada.   

Como diría el gran pensador Jesulín de Ubrique: “en dos palabras, im-presionante”. Tal alcaldesa, para tal vecindario, pues no en vano la cantidad de idiotas por km cuadrado en Barcelona es una de las más densas del mundo. Colau no cayó del cielo a la poltrona: fue votada por miles de personas. Arrea.

Dos tontos muy tontos

También los tontos hacen carrera. ¡Sí, se puede! Y los hay que se forran que es un contento. Quien no lo crea, ahí tiene a Jim Carrey y Jeff Daniels en “Dos tontos muy tontos” (Dumb & Dumber), película noventera de humor grueso dirigida por los hermanos Farrelly, los mismos de “Algo pasa con Mary” que contaba en su reparto con Ben Stiller, un cómico muy estimable, y Cameron Díaz, que luce en la cinta unas piernas quilométricas en aquella secuencia en la que estilosamente maneja un palo de golf.

Pero en esta tractorada le hacemos los honores a dos tontos auténticos y autóctonos, con dinero ambos, de ello presumen, pa’ asar una vaca, como decía la madre de uno de los trincones socialistas encausados por el escándalo de los ERE de Andalucía, un tal Juan Lanzas, si no recuerdo mal. Me refiero a un vasco y un catalán: Ibai Llanos y Gerard Piqué. El primero es algo así como yutuber e influencer, si de ese modo se transcriben ambos conceptos. Quiere decirse que el fulano larga sus melonadas a través de internet y un montón de adeptos aplauden y siguen sus consignas a rajatabla. Cuantos más seguidores tiene, más billetes se mete el andoba en el bolsillo. El mayor mérito del segundo es, sin duda, haber desposado a Shakira, la bellísima cantante colombiana, cuyo movimiento de caderas ha cautivado a millones de espectadores en todo el mundo.

Los tontos siempre sucumben (o sucumbimos, por ser más inclusivo) a la tentación de opinar sobre casi cualquier cosa, estén o no documentados, y por esa razón se les acaba pillando. Son incapaces de poner en práctica aquel sabio y antiguo consejo, “en boca cerrada no entran moscas”, aunque sólo sea por mejor disimular su estupidez. Y, claro es, enseñan la patita o se les ve el plumero, que lo mismo da. Pues van ambos y salen a dúo a defender las “bondades” sin cuento de esa boñiga infecta y liberticida que es la inmersión obligatoria en lengua co-oficial. Y Llanos, el bilbaíno, afecto a las bilbainadas, dice que no hay problema lingüístico en Cataluña.

El interfecto ha vivido, por lo que dice, unos 10 años entre nosotros y “jamás tuvo problemas por hablar en castellano” (entendiendo que se refiere al español). Y vuelve la burra al trigo. Es esa capacidad escapista que tienen los tontos muy tontos para hablar de melones, su fruta favorita, cuando les hablas de sandías. Que no, que no se trata de tener problemas en la calle por hablar en francés, urdu o burmeso. Si no de escolarizar a los niños en la lengua oficial que a bien tengan elegir los padres. No es tan difícil de entender, siquiera para un tonto muy tonto. Que a nadie le ocupan los problemas que Ibai Llanos tenga o no en la puta calle por rascarse el trasero o por hablar en español o en uro-finés. Que no es eso. Lo “diremos” en negrita para que el interfecto lo vea mejor: que no es eso, pedazo de atún.

 Y aliñan la ensalada con todas las manidas ideas-fuerza de la ya conocida cantinela: que el español no está en peligro. Y cómo lo iba a estar si es una de las principales lenguas que en el mundo son. O que en las escuelas catalanas se aprende el español… claro que de esa manera y estrictamente durante las horas consignadas a la asignatura, dos por semana, y si es que se imparte en español, pues se sabe, por cientos de testimonios, que a menudo se da en catalán. Sólo les faltó añadir que, además, se habla libremente el español en las discotecas, por vía telefónica cuando se hace un pedido a Tele-Pizza, en los bares de alterne y cuando los jovenzuelos más revoltosos acuden a su camello de confianza para pillar marihuana, pastillas de colorines u otras sustancias estupefacientes. 

En efecto, no hay problema alguno con la lengua en la calle, pero otra cosa muy distinta es en las escuelas, sobre todo en las públicas, en los comercios (pues multan a sus propietarios si no los rotulan siguiendo las pautas lingüísticas establecidas por el gobierno regional) o en las relaciones del ciudadano con la administración local. Y se deduce de todo ello, tirando por elevación, que tampoco hay violaciones, arrea, pues Ibai Llanos, que sepamos, no fue violado en la calle mientras tuvimos el incomparable privilegio de disfrutar de su vecindad. Por la misma regla de tres, si él no tuvo semejante problema, manteniendo intacta la vía rectal, está claro que el problema no existe y que eso de las violaciones son intoxicaciones interesadas de gentes sin escrúpulos interesadas en malmeter.

El bueno de Ibai confiesa días después que padece una gravísima dolencia óptica, una ceguera parcial del 70% en uno de sus ojos. Esa patología, lo aclaro en este punto, nada tiene que ver con la percepción alterada de la realidad del afamado “influencer” (o sea, del “influyente”). Tampoco es, necesariamente, cosa de la ingesta desmesurada de narcóticos. La explicación es más sencilla, sucede que Ibai Llanos (y también Gerard Piqué), con relación a este desparrame lingüístico-localista que arrastramos en España y que impide que nuestro país sea una democracia plena, desbarra y dice bobadas propias de un tontaco eminente.

Burla burlando, y por simetría, Piqué habría podido complementar esas declaraciones afirmando campanudamente que en Bilbao no hay problemas por hablar en español. Lo que es rigurosamente cierto. En efecto, el vascuence que se habla en Bilbao (y en las gradas de San Mamés) es fácilmente comprensible, pues es tan parecido al español que… es español en realidad. Y un servidor ha tenido ocasión de comprobarlo in situ. En Bilbao es imposible que “se pierda el vascuence”, que es uno de los argumentos utilizados (lo mismo con el catalán que con el gallego) por todos los partidarios de la coacción “inmersionista” en lenguas co-oficiales. Y es imposible, digo, porque no se puede perder lo que jamás se tuvo. Desde que se fundó Bilbao en el año 1300 por el Adelantado Mayor de Castilla y Señor de Vizcaya, Diego López de Haro, en la villa siempre se habló en castellano (hoy español). Y se mantiene la costumbre.

Durante un par de días que anduve por la ciudad, al margen de los “estesmicasco (eskerrik asko)” y los “abur” de rigor que te largan los camareros cuando has abonado la consumición, sólo me topé con una abuelita que llevaba a su nieto en brazos y al que decía monerías, supongo, en vascuence. Y ni una palabra más, y me crucé con miles de personas por las calles, las Siete de la parte vieja, del teatro Arriaga en adelante, y por las anchurosas avenidas del Ensanche (López de Haro, plaza de Moyúa y Elcano -escrito correctamente, con «c» entre la ele y la a, y no como en Barcelona, donde en la placa figura en su lugar la letra k, «k» de «tontakos»-).

Piqué, en su tontícula comparecencia “inmersionista” junto a Llanos aspira a hacerse perdonar por su gente aquellas declaraciones de unas semanas atrás alabando el dinamismo económico y el respirable aire a libertad imperantes en Madrid. Que cualquiera que tenga ojos en la cara comprobará de primera mano si se da un garbeo por la corte y villa. Como hice yo durante el pasado puente de la Purísima, donde viví las navidades con tres semanas de antelación, de animadísima que estaba. Nuestros particularistas cejijuntos se rasgaron las vestiduras por lo que consideraron una traición. “Este Piqué “ayusófilo” y felón”, lloraban desconsoladamente, “no es ese Pique nuestro que se hacía selfis sonriente con su hijo a cuestas en aquellas nutridas manifestaciones separatistas convocadas tiempo ha”. Defender la inmersión, Piqué lo sabe, es un valor seguro que te reconcilia con lo más granado del aldeanismo palurdo.

Y la guinda del pastel: no hay dos sin tres. Y al duunvirato se une, mirada altiva, sereno continente, el gran intérprete melódico Sergio Dalma. Bailar pegados, es bailar, igual que baila el mar. El catalán es el idioma que se perdería en caso de derogarse esa castaña pilonga de la inmersión obligatoria en la escuela pública. Es lo que sostiene el “Claudio Baglioni” de la populosa y lanera villa de Sabadell. Quiere decirse que, para el cantante, la lengua española está fenomenal para sus canciones, discos y conciertos. En definitiva, para ganarse la vida muy dignamente, con gran éxito de crítica y público, pero, mira tú por dónde, no para la escuela. Ahí no pinta nada. Y que, para que no se “pierda” el catalán, difícil de creer con los millones que llevamos invertidos en la materia, en sus carnes se han de joder aquellos padres que pretenden escolarizar a sus hijos en español. Si es que son unos indeseables, vaya ocurrencia… ¡Escolarizar a sus criaturas en esa lengua infecta!… Poco castigo sería quitarles la patria potestad a esos salvajes, tal y como propuso la finada Muriel Casals (“Òdium Cultural”). Que el Señor la tenga en su gloria.

Esa milonga infumable le saldrá gratis a Sergio Dalma. Comoquiera que este tipo de declaraciones jamás trasciende las coordenadas locales, en el resto de España, a) no se enterarán y b), de enterarse, a la mayoría le importaría un bledo, pues nuestra conciencia nacional está bajo cero. De modo que cerrará bolos tan ricamente lo mismo en Cartagena que en Linares. Y, al mismo tiempo, hay radica la oportunidad de su estrategia comercial, se garantizará actuaciones en no pocas localidades catalanas, aunque en su repertorio domine la lengua española… “sí, es cierto, canta en la lengua del opresor, pero está a favor de la inmersión obligatoria en la escuela… ergo… es de los nuestros”. Bailar forrados es bailar/ cantando en español…

Ibai Llanos y Gerard Piqué protagonizarán, corregida y aumentada, la tonticomedia Dos tontos muy tontos. “Es el papel de nuestras vidas, lo vamos a clavar”, manifestaron ante los medios entre muecas y cuchufletas. La banda sonora correrá a cargo de Sergio Dalma: Ballar plegats és ballar

«Feijotada» en pelotas: 21 días y 500 noches

Tiempo ha, era ante-pandemia, echaban por la tele un programa en que dos concursantes, un nene y una nena, parejas binarias (¡Qué atraso!), se conjuraban para superar el reto de sobrevivir en pelotas en medio de la jungla allá donde Cristo perdió el gorro. Pasaban más hambre que un maestrescuela, les daban brotes psicóticos, vomiteras y les comían a picaduras hormigas insidiosas, mosquitos chupasangre y otros bichejos de la poblada insectofauna lugareña. La productora “pixelaba” los senos de las señoritas y las partes pudendas de ambos robinsones, de modo que sólo el sufrimiento por el escaso alimento disponible (gusanos y otras exquisiteces) y las riñas que surgían al paso de los días, suscitaban el interés del espectador, que no el voyeurismo erotómano de la desnudez. La aventuraba duraba, si no abandonaban antes, 21 días exactamente.

Pues eso, 21 días, no en pelotas, pero hablando y viviendo exclusivamente en gallego, es la prodigiosa aventura que el gobierno de Feijóo (amigo de Celaá la llorada ministra, no porque haya finado, si no por las animaladas educativas perpetradas durante su mandato) ha propuesto a la juventud avecindada en aquellas parroquias. De modo que nuestro tractor se aventura por una vez lejos de Cataluña rumbo a Santiago de Compostela, pero no para abrazarse al apóstol y sí, en cambio, para darle un tirón de orejas al primer ministrín del brumoso reino de Breogán.

La campaña feijuna (feijocista o feijovita, como cada cual quiera adjetivarla, por no decir patarata “estúpida y palurda” directamente), se inspira en otras que hemos padecido en Cataluña. Aquí ya tenemos los deberes hechos. Recuérdese aquella de La Crida, década de los 80: “Volem viure plenament en català” (vivir solamente en catalán). Podría decirse que los catalanes llevamos a los gallegos unas cuantas décadas de ventaja. Cierto que en los últimos años, gracias a un voluntarioso Feijóo, nos ganan terreno a paso vivo y ya sentimos en la nuca el aliento del implacable perseguidor. No en vano el modelo “inmersionista” se copia por aquellos predios ya en tiempos de Fraga, pues, para nuestra desgracia, el acomplejamiento cobardón en España ante el nacionalismo periférico, centrífugo y disgregador, no es patrimonio exclusivo de la izquierda.

Para mí tengo que la inercia propia del disparatado modelo autonómico conlleva la instrumentalización de algunas diferencias de rango cultural o lingüístico, que no siempre aparejan necesariamente deslealtad a la nación… pero el hecho del marcaje territorial está en la lógica de la política cuanto más se circunscribe a unas coordenadas geográficas limitaditas, como ese chucho que sale de paseo y levanta la patita para dejar por doquier su mensaje olfativo: “aquí mando yo”. Y esa tentación le sobrevino a Fraga cuando dejó de ser el líder nacional de la derecha y acabó sus días como señor de pazos y queimadas, emulando a Pujol, el gran patriarca del catalanismo. Y en ese papel, heredado el virreinato, como nadie destaca Feijóo, o Feijoó, que nunca sabe uno dónde diantre poner el acento. Si una región, la que sea, dispone de un rasgo distinto a las demás, que nadie lo dude, será invocado hasta la exageración por el localismo de turno en aras de un trato de favor: “compréndalo usted, aquí es costumbre llevar las guías del bigote rizadas hacia arriba… luego, nos corresponde en justicia una mejor financiación y unas inversiones multimillonarias, es evidente”. 

 Aquella antañona campaña de La Crida, “Volem viure plenament en català”, ha sido recuperada hoy por entidades como ANC (Viggo Tontensen), Òdium Cultural y/o Plataforma per la Llengua, que son solidarias e intercambiables cabezas de la hidra de Lerna del separatismo. Y han llenado pirulís y farolas en Barcelona con pasquines de colorines invitando al paisanaje a hablar en catalán, una vez que ya es idioma coactivo y único en cuestiones institucionales, administrativas y escolares, en todos los demás ámbitos de la vida cotidiana. Aquéllos que interesan al libre albedrío del individuo, en la cafetería o en la discoteca, e incluso te instan a no cambiar de idioma, por ejemplo, ante residentes extranjeros y turistas. En la universidad hablas catalán… pero no lo haces cuando pides una cerveza en el bar de la esquina… ¿Por qué?… Ése es el busilis del mensaje: hablarlo siempre, también en la intimidad, como hacía, es sabido, don José María Aznar. Uno de los artefactos más espeluznantes creados al efecto, ya se ha insinuado en otras tractoradas, es decir, para penetrar a degüello y sin compasión en el día a día del personal, en particular entre los más jóvenes, es la emisión impuesta (“o te revocamos la licencia”) a través de todas las cadenas radiofónicas del calamitoso pop en catalán: una birria insufrible. 

Pues va el gobierno de la Junta (Xunta) y replica el modelo que los golpistas indultados de nuestro gobierno regional nos atizan de manera inmisericorde desde hace años. Y en “Ourense” y “A Coruña”, tal y como dicen en los pronósticos “meteo” de todas las idiotizadas cadenas generalistas de la tele, términos que sin duda se corresponden con Orense y La Coruña, tenemos a la muchachada, si quiere ganarse los puntos del concurso, elevando potencias “al caldeiro”, dándose “apertas” y “bicos” al “luscofusco”, cantando las canciones de “Os Resentidos” y sin perderse la programación cultural de “Telegaita”, que así llaman a su engendro autonómico por esas latitudes. O esa damisela que quiere experimentar la gravidez de la maternidad y reprende a su amante esposo con estas delicadas palabras: “sempre me follas e nunca me preñas”. Y de ese modo, sabemos al fin que “a romería de san Andrés, van dos e veñen tres”. Y tantas otras cosas.

Al hilo de las vivencias completas en gallego recuerdo una noticia, a mi juicio divertidísima, que pasó sin pena ni gloria (entre tanta melonada es comprensible), y eso que fue difundida, nada más y nada menos, que en un noticiero TV de Antena 3, el que dirige el periodista Vicente Vallés y que goza de notoria audiencia. Resulta que en el aeropuerto de Lavacolla (Santiago) se vivieron momentos de cierta tensión cuando muchos pasajeros querían embarcar rumbo al Reino Unido durante la pandemia. Se encontraron con la exigencia del gobierno británico de mostrar un test de antígenos reciente, se estuviera o no vacunado. Aunque en la página web de las autoridades de dicho país se especifica que las pruebas médicas han de estar forzosamente redactadas en inglés, francés o español, lo que tiene cierta lógica por tratarse de idiomas de gran difusión, muchos viajeros presentaban la documentación requerida, tachán, en gallego.

Y hay que entenderlo, en España toda la documentación tramitada por las autoridades competentes (“competentes” gracias al “desbarajuste competencial” propiciado por el fallido Estado de las autonomías) en aquellas regiones donde existe una lengua co-oficial, te la facilitan en esta última por defecto, salvo que quieras guerrear para que te la expidan en español. Y la verdad, muchas veces, por pereza, o porque das por supuesto que eso es lo normal o no caes en la cuenta de ello, descubres que en Gran Bretaña no saben gallego, ni catalán, ni vascuence, ni bable si me apuran, y no tienen ni tiempo ni ganas de aprenderlos o de destinar una partida presupuestaria para contratar intérpretes en las citadas lenguas que, por razones de diversa índole, así es la vida, no alcanzaron el estatus de “lingua franca” a escala planetaria. Hay que decirlo, duela mucho o poco, andan muy lejos (gallego, vascuence, catalán o calagurritano) de poder equipararse al “motu” como lenguas “diplomáticas”, que es el habla intertribal que permite entenderse entre sí a todas las pequeñas colectividades de caníbales dispersas por la frondosa jungla de Papúa-Nueva Guinea.

Ni que decir tiene que la restricción británica contrarió y de qué manera a los portavoces de la subvencionada “Asamblea Pola Normalización Lingüística”. Confieso que me chifla eso de “Pola”, que nada tiene que ver con otras “polas”, sean de Laviana o de Siero. El broche de oro fue cosa, días después, de la “mandamasa” de la Asamblea citada, o de un organismo similar, que campanudamente afirmó que “en Galicia, lo elegante es hablar en gallego”. Toma castaña. Es cuestión, parece, de “glamour”. E hicieronse eco de su estiloso mensaje las vacas lecheras que pacen en las verdinales y comunales praderías de la región que, desde entonces, mugen también en gallego.

Es sabido que Feijó (y así, a la brava, nos evitamos el lío con el acento) opta ahora a la presidencia del PP tras el lío mayúsculo que han montado fra-Casado y Egea para deshacerse de Ayuso (IDA, para las izquierdas y para el “fuego amigo”), y se postulará como candidato a la presidencia de la nación en las próximas elecciones generales. Aquellos que queremos que España sea un país normal, empezando por algo tan elemental y nuclear como que la enseñanza en lengua española esté garantizada en todo el territorio nacional (como sucede en otros países donde se hablan varias lenguas, sea el caso de Francia o Gran Bretaña), que no es mucho pedir, ya sabemos, pues, a qué atenernos con semejante candidato.

Y es que cuando los “nuestros”, por así decirlo (que no son ya los míos), hacen exactamente lo mismo que los otros, duele más. Los adversarios nunca te traicionan, nunca te venden… la traición es, pues, potestad de quienes se declaran a ti cercanos. Ha de saber Feijó que lo queremos todo y lo queremos ya. Que se acabaron para siempre esas migajas y vergonzosos apaños de las eras Wert y Méndez-Vigo. Que ya nadie se conforma con acudir a los tribunales y litigar contra toda la maquinaria administrativa para obtener un exiguo 25% de enseñanza en español. Y que cada palo aguante su vela. 21 días… y 500 noches.

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/santiago/2021/09/02/reino-unido-deja-tierra-pasajeros-presentan-test-antigenos-gallego/0003_202109S2C2991.htm

Feijó disfrazado de Joaquín Sabina interpretando su gran hit en gallego: “21 días y 500 noches”

San Carlos de la Rápita

Desde su fundación, a finales del siglo XVIII, San Carlos de la Rápita (Montsiá, provincia de Tarragona) se llamó San Carlos de la Rápita. Tal cual, pues la existencia del citado municipio se debe a la voluntad y deseo regios de Carlos III. Que un servidor no se inventa nada… lo ha leído en Dolça Catalunya con motivo del referéndum allí celebrado en octubre de 2021 por capricho del consistorio. Hacia esas coordenadas, tras las últimas escalas técnicas en Alpens y en L’ Espluga Calba, se dirige este tractor infatigable, a pesar de la carestía del combustible.

Cuentan las crónicas que Carlos III ordenó que se construyera un puerto en el delta del Ebro (alrededor de 1780) y junto al puerto una ciudad de nueva planta para alojar a los trabajadores: San Carlos de la Rápita. El nombre pervivió sin sobresaltos hasta la proclamación de la II República, mudando en La Ràpita dels Alfacs por eliminar del topónimo la doble referencia santoral y dinástica, es decir, al gusto del estúpido sectarismo del republicanismo español, con diferencia el más imbecilizado de toda Europa occidental. Nombre que estuvo en vigor, claro es, muy poco tiempo. Camino de un siglo después, el actual alcalde, de ERC, recoge el guante de aquella gansada (no son pocas las santas advocaciones en regímenes republicanos de todo el mundo, San Diego en Estados Unidos, Saint-Étienne en Francia o San Petersburgo en Rusia, entre otras), y decide someter a referéndum, chúpate ésa, la prístina denominación del municipio. Y todo porque, simple y llanamente, le sale de los cataplines.

Tan en sus dídimos estaba el operativo que el nombre propuesto al paisanaje para su refrendo en votación ya lo utilizaba tiempo atrás su equipo de gobierno en documentos oficiales: La Ràpita. Es decir, al andoba ése le encabrita el tradicional nombre de la población, lo cambia de facto por su gusto y convoca a los vecinos para que sancionen luego su genial propuesta en una suerte de butifarréndum localista, como otros tantos que hemos visto en estos últimos años a escala regional.

El balance de la pampirolada comicial no fue todo lo positivo que cabía esperar. Participaron, véase la crónica de Dolça Catalunya, unas 3.300 personas, admitidos por la patilla los votos de los mayores de dieciséis años, o lo que es lo mismo, alrededor de un 27% del censo. Magnitud que nos da una idea aproximada del fervor incontenible que la patochada despertó entre el paisanaje. De los votos emitidos, unos 2.250 siguieron lanarmente la consigna de la alcaldía. Proyectada esa cifra sobre la población total, cosechó un 15% de respaldo popular: una auténtica birria. Cabe decir que los votos afirmativos quedaron muy lejos, un millar menos, de los 3.279 obtenidos por la candidatura de ERC en las anteriores municipales, los mismos que permiten al interfecto blandir la vara de burgomaestre. Pero insuficientes para llegar a un aseado porcentaje de síes del 20%, mínimo indispensable que se había marcado ese fulano como objetivo para validar su luminosa ocurrencia. Por cierto, un índice bajísimo, pues para esas cuestiones que habrían de suscitar el interés de todo el pueblo, el porcentaje fijado habría de ser mucho mayor, qué sabe uno… qué menos que del 50%. En resumidas cuentas: no hubo quórum.

Así pues, a la ridícula mojiganga (referéndum gilipollas), se une el fracaso absoluto. ¿Sirvió el batacazo para una discreta rectificación y a otra cosa mariposa? Negativo. Mantenella y no enmendalla, aunque “enmendallas” fueron las bases de su propia convocatoria, pues el amigo y su alegre troupe se las saltaron a la torera y, a pesar del resultado adverso de las urnas, llevaron el cambio de nombre al pleno, donde disponen de mayoría, y, cacicada total, el municipio ha pasado finalmente a llamarse La Ràpita. Toma castaña. Podrían haberse ahorrado la pantomima de la consulta vecinal. Salta a la vista que deseaban notoriedad, la han conseguido, y se morían por ahormar su ridículo particular al clamoroso ridículo general en que anda sumida Cataluña en manos de toda esta caterva de palurdos personajillos que dicen amarla tanto y que la están dejando como un solar. Hay quienes ganan incluso cuando pierden.

El referéndum de San Carlos de la Rápita tiene la virtud de ilustrarnos sobre el modus operandi de aquellos para quienes los procedimientos característicos de la democracia no son un fin a proteger y preservar, a cuidar con mimo exquisito para no pervertir el sistema al que sirven, sino un recurso instrumental para imponer su voluntad. Aquellos para quienes la democracia se agota en una acepción angosta, disminuida, meramente utilitaria. Vale por representación escénica. Es éste, pues, un referéndum-piloto. Ya sabemos a las claras lo que son capaces de hacer, incluso con las normas que ellos mismos han establecido, si el resultado no acompaña.

Cabe preguntarse, sentado tan grosero precedente, de qué garantías andará provisto un referéndum de mayor fuste perpetrado por nuestro aborigenismo radical, una vez conocido su opinable respeto por las más elementales formalidades de la democracia… descontado el corolario de presumibles incidencias: urnas que llegan rebosantes de papeletas, y fuera de plazo, a los colegios electorales, frikis que votan y “revotan” en diferentes localidades, las tan recurrentes “caídas” del sistema informático y las reposiciones del mismo con el inevitable vuelco en el recuento, etc.

Que se tienten la ropa pusilánimes, cobardícolas, apaciguadores y otras especies cuando dan bola a la idea de una consulta pactada que satisfaga las “legítimas aspiraciones” del particularismo autóctono. Por aquello de que dejen de dar la murga de una p*** vez. Error, pues su pretensión será siempre repetir la función cuantas veces sea menester hasta que salga sí, lo mismo con una participación del 20 que del 30 por ciento. Y nunca faltarán excusas para precipitar la ruptura de un hipotético acuerdo sobre la periodicidad de la consulta… -uno por generación, o cada 50 años si hay peticionarios suficientes o cierto interés en ello-… si sobreviene un motivo que se considere novedoso o muy importante. Recuérdese que el SNP, los nacionalistas escoceses liderados por la señora Sturgeon (tras la defenestración de Alex Salmond), solicitaron un segundo referéndum poco después de concluir el recuento del que perdieron y antes incluso del fenómeno Brexit. Y, por supuesto, jamás convocar otro en sentido contrario aunque lo solicitara una amplia mayoría social. ¿Qué entiende el separatismo por referéndum? La respuesta es sencilla: San Carlos de la Rápita… municipio al que siempre, hasta la hora de la extremaunción, llamaré San Carlos de la Rápita. Punto final.   

 

«¡Pardiez! Primero me cuelgan un retrato de Stalin de la Puerta de Alcalá (mírala, mírala) y luego le cambian el nombre a San Carlos de la Rápita… de no creer». Carlos III está el pobre que fuma en pipa.

 

    

A «descomer» por gentileza del «dire»

Tomamos el camino de L’Espluga Calba, provincia de Lérida, a unos 10 kms de Las Borjas Blancas, cuna de ese psicópata “sediento de sangre” de Maciá, tal y como lo pintó Francesc Cambó en sus memorias (Alianza editorial). Y no muy lejos de Omells de Na Gaia, donde el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) estableció uno de sus campos de trabajo forzado durante la Guerra Civil para “acomodar” a los desafectos a la causa republicana… aquellos, claro es, que no fueron asesinados en las primeras horas de la contienda a manos de las diferentes facciones milicianas. Este modesto tractor recorre nuestros caminos y sendas que es un contento: Balaguer, Cunit, Tortosa, Besalú, Alpens muy recientemente, y ahora detiene sus ruedas estriadas en la comarca de Las Garrigas.

Con atinadas palabras y elegancia exquisita, Escuela de Todos, integrada también por la Asociación por la Tolerancia, va de suyo, remitió un “mailing” a todos los directores de centros escolares de nuestra región (de primaria y de bachillerato, que ahora llaman ESO). En la carta se solicita de los tales el cumplimiento, como así ha de ser en derecho y en una sociedad civilizada, de la disposición del TSJC sobre ese mínimo del 25% de horas lectivas en lengua española. Pero de asignaturas de verdad, de las troncales, nada de gimnasia o de modelar figuritas en arcilla.

Es obligación de todo funcionario público, por especial ejemplaridad ante la ciudadanía, acatar y cumplir las sentencias judiciales, le gusten o no… mayormente aquellas que interesan a su cometido específico. Causaría cierta conmoción entre los contribuyentes, sea el caso, que un alto funcionario, por rango que no estatura, del Cuerpo de Gestión del Ministerio de Hacienda incurriese en ilícito por reiterado fraude en sus propias tributaciones. Un Director de centro escolar que desoye una sentencia sobre una materia que le compete, proyecta sobre la comunidad una imagen de absoluta deslealtad del todo inconveniente para el ejercicio de su cargo.

Las respuestas recibidas de los “dires”, por lo que sé, no son demasiado esperanzadoras. Una amplísima mayoría del funcionariado concernido ha optado por el silencio. Ni mu. Entre quienes han dicho “esta boca es mía”, la negativa a someterse al dictado de los tribunales es aplastante, y entre ellos descuella, paladín invicto de la inmersión, el “dire” del instituto de L’ Espluga Calba. Ha sido escueto y conciso. No se ha andado por las ramas. “A cagar”, ha sentenciado el interfecto. Dicho así, sin tapujos, a la pata la llana. Para qué matices, sutilezas y medias tintas. Lo largó tal cual, como quien alivia las tripas de un buen arreón tras una digestión turbulenta.

Es algo más que un barrunto: el “dire” del “insti” de L’Espluga Calba hará carrera. Como aquella profesora que abofeteó a una niña por pintar en un mural de la escuela una banderita española (Miriam Ferrer, Font de l’Alba, Tarrasa). Lo dicho, el andoba ése da sus primeros pasos para hacerse a la vuelta de unos años con la cartera de ministrín (consejero) de Educación. El gobierno regional se ha propuesto reforzar la “línea Maginot” de la inmersión, la verdadera joya de la corona del régimen, el tabernáculo del templo, ahora que caen en cascada sentencias, aunque tibias (el traído y llevado 25%), contrarias a ese mayúsculo disparate de modelo educativo. Y si no le catapulta su escatológica respuesta, “a descomer”, por decirlo finamente, al codiciado cargo en el gabinete presidido en la actualidad por un tal Aragonés (artífice de la manida divisa “España nos roba” y nieto del último alcalde franquista de Pineda de Mar), que no se apure, que, solícito, el PSC le tentará para recibir ex cathedra su docta asesoría. No en vano, el pandémico Illa ha fichado a Irene Rigau (era “Artur Mas”) a guisa de áulica consejera para tan controvertido asunto. Cosas veredes.

Uno advierte, con cierta distancia sobre el objeto de estudio, como el mirmicólogo que observa los vaivenes de sus hormiguitas en un terrario, el destacado papel que juegan pequeños ideogramas y adminículos de nuestro acervo cultural, el simpático “cagatió”, ver tractorada reciente con escenario en Alpens, o el “caganer”, omnipresente en nuestros nacimientos navideños… esos vestigios anecdóticos de la civilización humana, cual sea una herramienta del período achelense (Paleolítico inferior), que nos informan del modo de vida de remotos grupos humanos y que en el caso de nuestro aborigenismo nos remiten a una cosmovisión definida por la fase deyectiva del metabolismo que es la fecalidad.

Instalados en una suerte de «fase anal del placer» disponemos de más bibelots concurrentes a esa tendencia, sean las “llufes” (o follones), unos muñequitos de papel que se colocan en la espalda de nuestra víctima, sin que lo advierta, para embromarla; inocentada típica del día en que celebramos el infanticidio herodiano. Solidario de ese artefacto folclórico es el nombre de uno de los grupos de música pop más aclamados por el separatismo, Els Pets, cuyo nombre es en sí toda una declaración de intenciones. Al contrario que los follones, Els Pets (“Los Pedos”) son desgraciadamente audibles para todo aquel que sintonice una radio-fórmula musical que emita en Cataluña, pues por mandato gubernativo están obligadas las empresas del sector a programar una cuota fijada de plomizas canciones en catalán. Cabe decir que, en caso de incumplimiento de la cuota impuesta, la renovación de la licencia radiofónica corre peligro (*).

Antonio Roig en su artículo titulado “Y el “caganer” se alivió sobre el 25%…”, publicado hace unos días en “Elcatalán.es”, que es una lección magistral de todo este desparrame porcentual a cuento de la sentencia del TSJC, cita a un personajillo del famoseo separatista  que huronea por las redes sociales y que se postula para apedrear la casa familiar del “niño de Canet”, que ya tiene ese ángel bendito nombre artístico si decide, de adulto, dedicarse a la rumba, a la copla o a la tauromaquia. Comoquiera que ese fulano, que obedece al nombre de Jaume Fábrega, comparece en sus edificantes disertaciones acompañado de bellas señoritas con los pechos al aire, advertimos que el boquimuelle aúna “liberticidio” y libertinaje en un mismo ”tuit”. Conforme a mi escala de valores, le perdono lo segundo, mas no lo primero. Es evidente que en el caso del distinguido señor Fábrega, la fecalidad se transmuta en fonación, pues en su caso la boca forma parte del aparato excretor y cada vez que la abre desembaraza las tripas perdiendo el control de los esfínteres.

El director de la escuela (o del instituto) de L’Espluga Calba pudo inclinarse por una fórmula equivalente, y muy nuestra, y de formato más aseado como “a pastar fang” (“a comer barro”), pero no, el hombre quería demostrar a la parroquia su absoluto desprecio por el fallo judicial, acaso por la impunidad que otorga al nacionalismo saberse a resguardo de la ley, pues cuando sus vedettes dan un golpe de estado desde las instituciones son, al cabo de muy pocas fechas, indultados por un gobierno de la nación rendido a los enemigos de ésta. Dejamos, pues, al “dire” en su gabinete de trabajo, ocupado a pleno rendimiento con su profusión de mocordos, tanto matéricos, al estilo pictórico de Tàpies, como intangibles o mentales. Y no está sólo, los padres inscritos en las fanatizadas asociaciones del entorno (Òdium, ANC, Som Escola, etc) han advertido que, en caso de cumplirse la polémica (e insuficiente) sentencia, retirarán a sus hijos de las escuelas. Libres son de hacerlo. Y más anchos quedarán los discentes (le copio la expresión a Antonio Roig, hontanar de sentido común, es decir, de sabiduría) que permanezcan en el aula.

¿El pensador de Rodin? Negativo. Es el “dire” del instituto de L’Espluga Calba meditando sobre la respuesta que dará al cuestionario de “Escuela de todos”. Mientras cavila, entre dientes canturrea: La merda de la muntanya no fa pudor/ encara que la remenis amb un bastó (“La mierda de la montaña no hiede, aunque la remuevas con un bastón”).

(*) Para conocer los intríngulis de la música pop en catalán, un fenómeno a estudiar por la psiquiatría social, acuda el lector al “electrochoque” titulado de igual manera, “Pop en catatán”, en el ensayo “Demens Catalonia” del autor de esta tractorada.

¿Nadie dispuesto a «matar», digo, a «morir» por Cataluña?

Héctor López Bofill, uno de los nacionalistas más recalcitrantes de toda nuestra abigarrada fauna aborigenista, profesor en la UPF (la Pompeu Fabra) y regidor de la facción Puigdemont, JxCAT, en el municipio de Altafulla, provincia de Tarragona, se lamenta amargamente en redes sociales de una carencia primordial en el campo separatista para lograr la deseada independencia: “no tenemos gente (se entiende que suficientemente valiente, patriota o concienciada) dispuesta a morir por Cataluña”.

Al llanto desgarrado del señor López se unen voces de la misma coral sinfónica en esa pulsión mortuoria, vector “thánatos”, que insisten en la necesidad de plantar muertos sobre la mesa… “si cal” (si es necesario), añaden. En efecto, pareciera que en un proceso como es la segregación de un territorio de la unidad nacional a la que pertenece, no es tal si no hay un vertido, aunque controlado, de sangre. Nos recuerda esa lacrimógena insistencia a aquella simpática viñeta en la que el general Alcázar suplica al intrépido reportero Tintín que le deje fusilar al menos a media docena de oficiales partidarios del general Tapioca para darle empaque al pronunciamiento. Y es que un golpe de Estado, sin unas cuantas descargas de fusilería ante el paredón, es un fraude, una auténtica birria que resta prestigio al espadón que lo capitanea. Alcázar conoce las tradiciones.

Sólo que las “edificantes” declaraciones del señor López son un truco, una estafa. Nadie muere por Cataluña, por su amada o por lo que sea, si no se expone primeramente a cometer algún tipo de acto cuya réplica o respuesta por terceras personas entrañe algún peligro. En el que el riesgo de la propia vida forme parte del cálculo de probabilidades. Nadie muere por depositar un ramo de flores ante la tumba del chiflado de Maciá, por acudir a una de las numerosas manifestaciones convocadas por el gobierno regional a través de sus terminales subvencionadas (Òdium, ANC -Viggo Tontensen-, UGT, CC.OO, etc) o por formar parte de un tramo de la Vía Catalana dándose la manita con el vecino a la altura de Calella de Palafrugell. La muerte, a priori, no anda al acecho en esas coordenadas.

Es, pues, difícil morir por Cataluña cuando las propuestas más arriesgadas auspiciadas por los dirigentes insurreccionales son delatar de manera anónima a un profesor universitario que imparte su clase en lengua española o chivarse (al estilo «Santiago Espot») a la Agència Catalana de Consum de que tal comerciante mantiene en español el rótulo de su establecimiento. No parece muy allá que te explote una mina antipersona debajo del culo en una de tan intrépidas acciones de comando o te alcance el fuego graneado de la artillería española. Eso y tributar directamente a la autodenominada “Hacienda Catalana”, que luego rinde cuentas a la agencia nacional: problemas con los “calerons” (dineros), los justos. Diríase que los golpistas catalanistas, aún al frente de las instituciones locales para vergüenza de todos, no alientan precisamente lo que podríamos llamar el heroísmo abnegado de las masas. Dimos cuenta en una tractorada anterior (véase “Gudari Gómez”) de una de las “ekintzas” (acciones) más arriesgadas de los separatistas nativos: Gómez Buch, de CUP, monitor de colonias en Olesa de Montserrat (o de Bonesvalls, que ahora no recuerdo), mandó a su casa a un niño con cajas destempladas por acudir a la reunión ataviado con una camiseta de la selección española de fútbol, y de ello presumió en las redes sociales. Todo un cruzado de la causa.

La acción emblemática de los golpistas fue el referéndum ilegal del 01-O de 2017 (versión mejorada del anterior, Artur Mas, 09-N de 2014). En aquella ocasión se produjeron algunos heridos durante las cargas policiales pasivamente presenciadas por los agentes de los Md’E destacados a los puntos de fraudulenta votación. Nos hablaron de miles de represaliados en las UCI’s de los hospitales (no hay constancia de que ninguno de ellos fuera reconfortado por Puigdemont y Junqueras acompañados de sus séquitos respectivos) y colgaron en las redes a los antidisturbios de la policía turca repartiendo leña y la cara ensangrentada de un chico en una protesta estudiantil acaecida tiempo ha en Lérida, entre otras lindezas y tergiversaciones. Roger Español, que toca en un grupo de ska, perdió un ojo de un pelotazo de goma tras lanzar vallas de contención a la Policía y a Marta Torrecillas, ERC, “le rompieron los dedos de la mano, uno a uno”, manifestó la interfecta (sólo faltó que le sacaran las uñas, como hacen a las disidentes en las cárceles cubanas), y, por si ello no bastara, añadió que le tocaron las tetas en el fragor de la batalla. Pura filfa. Quienes en aquellas fechas nos dieron la matraca con la cantinela “he visto cosas horribles en las redes” («a la gente le están dando de hostias», Gerard Piqué), aún no se han disculpado, ni lo harán, por pretender engañarnos, por estupidez o maldad, con noticias falsas.

Como no hay manera de que la Acorazada Brunete asome sus cañones giratorios y sus orugas metálicas por la Diagonal, pues tampoco el comando suicida nativo (véase “La vida de Brian”, de Monty Python) tiene ocasión de inmolarse a lo Jan Pallach ante los tanques soviéticos. Qué chasco.

De todo lo antedicho se sigue necesariamente que el discurso de López enmascara el sentido profundo de la homilía, de la palinodia que le larga al paisanaje afín. No se trata tanto de morir por Cataluña, sino de matar por ella, y quizá entonces, morir. Ése es el lógico y estricto orden de las cosas, de los acontecimientos invocados que no se atreve a formular claramente, pero que uno entiende… sin ser un lince. Morir por Cataluña en un control de carreteras, “Operación Jaula”, en un intercambio de disparos con la Guardia Civil, por ejemplo, tras la comisión de un atentado mortal contra uno de esos puercos de la Asociación por la Tolerancia o una zorra españolista de S’ha Acabat. Ése es el sentido último de las palabras de López. Morir como posible consecuencia, los gajes del oficio, de matar… de matar a uno de los estigmatizados enemigos de una Cataluña entendida como una comunidad monolítica que debe preservar su pureza de los efectos contaminadores de esos indeseables parásitos colonialistas. O de morir porque te confundiste al conectar los cables del artefacto explosivo que pensabas endosarle a un cabrón de las brigadas nocturnas que retiran simbología separatista de los espacios públicos.   

La metodología “López Bofill” ya está inventada. En julio de 1968, Francisco Javier Echevarrieta y su conmilitón Sarasqueta viajaban en coche cuando la Guardia Civil les dio el alto. Detuvieron la marcha y un agente comprobó la matrícula del vehículo. Echevarrieta, eufórico según su acompañante (iba el hombre de centraminas hasta el colodrillo, banzai, banzai, como un piloto kamikaze), se bajó del auto y le pegó un tiro en la cabeza al número Pardines. Fue el primer asesinato de ETA. Se dieron a la fuga y se refugiaron en Tolosa, en casa, cómo no, de un cura. Al cabo de unas horas, salieron de su escondite e inmediatamente fueron interceptados por la Benemérita. En el tiroteo, Echavarrieta fue abatido. Así nació el primer “mártir gudari”. La mendaz mitología etarra indica, nada que ver con lo sucedido, que Echevarrieta fue maniatado, fincado de hinojos y a sangre fría ejecutado. El relato exacto de los hechos se lo debe esta tractorada a la esclarecedora y didáctica participación de Jon Juaristi en el último ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia.

Cabe decir que los mitólogos de ETA lanzaron su versión de los hechos desde la clandestinidad y con un limitado respaldo social entonces, básicamente en los seminarios, y que la misma fórmula, en cambio, la repite el señor López desde los aledaños del poder establecido hoy, y desde hace décadas, en Cataluña. López, y otros más, persiguen la aparición de “echevarrietas” indígenas que, en efecto, mueran por “ésa su Cataluña”, pero después de haber matado, claro es, y de ese modo auparlos a los altares de la patria. Para ello hay que vencer un obstáculo primero, y de no poca trascendencia, y es el de matar a otras personas, lo que no está muy bien visto en los tiempos que corren, razón por la que los enemigos seleccionados han de ser deshumanizados previamente y convertidos en “ratas” (judíos), “enemigos del pueblo” (mujiks), “cucarachas” (tutsis)… o “colonos”, “botiflers”, “malos catalanes” (catalanes no nacionalistas). Tras ese tratamiento cosmético, es más fácil apretar el gatillo.

Cuando ese proceso ha sido completado o se le ha dedicado la energía e intensidad suficientes (“gentes de ADN bastardeado”, Quim Torra, con el aplauso de SOS Racisme, “padres a los que habría que quitarles la patria potestad sobre sus hijos”, Muriel Casals, DEP, “individuos inadaptados”, Tortell Poltrona ante la alcaldesa Colau, “esos sarnosos”, Quim Masferrer, el de “El foraster”, programación de odio intensivo en TV3, etc), se crean las condiciones apropiadas, cala esa lluvia fina, gota a gota, para que de las sombras surjan esos gólems teledirigidos armados con pistolas y prontos a descerrajarle un tiro en la nuca a un semejante, que ya no lo es por obra y gracia del adoctrinamiento, del envenenamiento y de, Jon Juaristi dixit, “esas mentiras que nos contaron nuestros padres”. 

López Bofill busca gente capaz de matar, digo, de morir por Cataluña. Es que yo ya estoy mayor para ir por ahí dando tumbos, pegando tiros y colocando bombas… que si el reuma, el lumbago y un fastidioso espolón en el pie… y, además, estoy muy liado dando clases en la UPF y con mi regiduría en Altafulla, dicen las malas lenguas que ha dicho el interfecto. A ver si se anima lo mejor de nuestra juventud… que si yo tuviera 20 años menos, empezaría por esos malditos bastardos de la Tolerancia. Pim, pam, pum.

El «cagatió» de Alpens

Alpens es una localidad de la provincia de Barcelona, comarca de Osona (Vich), que a su vez integra la subcomarca llamada del Lluçanés (esa Cataluña rural, interior, cinturón de la barretina calada hasta el colodrillo, repartida entre la ya citada de Osona y las del Ripollés y del Bages) y que siempre ha pretendido, hasta ahora sin éxito, la dignidad comarcal “propia”. En Alpens, Prats de Lluçanés, y otros municipios de la zona, aspiran, pues, a la plena “comarcalidad”.

En fiestas navideñas, es costumbre en Alpens plantar el famoso “cagatió” en la plaza mayor para deleite de los peques. Ya saben, un tronco tocado con barretina y que fuma en pipa. La costumbre ha sido extendida un tanto artificiosamente a toda la región, zonas urbanas incluidas, por aquello de mostrar un hecho cultural propio y distinto (el denominado “fet diferencial”) con relación al resto de España. La finalidad es clara: “somos diferentes de esos españolazos cagabandurrias de ADN bastardeado (aportación genetista de Quim Torra) al celebrar la Navidad”. Este simpático personaje arbóreo del folclore local tiene sus pares en otras regiones como el “olentzero”, carbonero del agro vascongado que regaña a los galopines que redactan su carta petitoria en español, o el “apalpador” del brumoso reino de Breogán, que en la negrura de la noche se acerca al niño durmiente y tras hacerle cosquillas en la barriguita, le deja un regalo… personaje del que nada más diré pues su “modus operandi” me genera cierta intranquilidad.

El niño que acude ante el “cagatió” le asesta varios golpes blandiendo un palitroque y de ese modo el dadivoso tronco deposita por su parte trasera, el paralelismo catabólico es fácilmente comprensible, los regalos codiciados. La singularidad del “cagatió” de Alpens es su atavío “procesual”, pues este año ha comparecido, como un rey de la Francia absolutista envuelto en su capa de armiño, cubierto por la bandera estrellada del separatismo.

Que los niños son el obscuro objeto de deseo de los catalanistas radicales es cosa sabida. Comparten parafilia, en cierto modo, con los pederastas. No pretenden abusarlos sexualmente, como principio general, aunque se han documentado casos entre sus filas, sea el conocido, pero no muy nombrado mediáticamente, de los benedictinos de Montserrat. Pero sí manosearlos mediante el moldeado de sus almas en la escuela, como da forma el escultor en su taller a un bloque de arcilla. En definitiva, el catalán no se toca, pero a los peques de la escolanía, sí.

Es ingente, y malamente admirable, el esfuerzo legislativo y normativo de los sucesivos gobiernos regionales, tripartitos o no, para forjar en las aulas promociones enteras de mozalbetes obedientes a las consignas particularistas. Nadie en el mundo gastó tanta energía, tiempo y dinero en cultivar un modelo educativo que reflejara las sectarias ambiciones de sus muñidores. El blindaje monolingüe en el ámbito educativo es el sanctasanctórum, la joya de la corona, del régimen autóctono: la línea electrificada que marca la frontera azul del Liang Shan Po aborigenista. Bien entendido que en Cataluña, con el billete del idioma camina de la mano el adoctrinamiento, pues forman dupla inseparable, simbiótica pareja de hermanos siameses. Junto a los contenidos académicos habituales, todos ellos en lengua catalana, lo mismo el teorema de Pitágoras que los nombres de las cordilleras, se deslizan las socorridas invectivas contra España, su Historia y sus gentes, para instalar en las porosas conciencias de los chicos la ilusión de la identidad distinta y distante, la lejanía emocional, cuando no el desprecio, el odio al enemigo secular por su incesante carrusel de supuestas agresiones, invasiones, ataques y dominaciones sangrientas contra nuestra irredenta patria de bolsillo.

He de admitir que en mis excursiones a lo largo y ancho de la geografía catalana (he visitado alrededor de 150 municipios, aún lejos de la marca establecida por el Molt Honorable Jordi Pujol i Soley, que en la década de los 60 del pasado siglo, a bordo de un SEAT 600, los visitó todos sin excepción, incluida la baronía de Sant Oïsme, 0 habitantes), nunca fui mejor recibido que en la mentada subcomarca. Concretamente en Sant Boi de Lluçanés, hotel Montcel, a unos 10 kms al sudoeste de Alpens. Un hotel verdaderamente tronado que era, al mismo tiempo y licenciado para ello por el gobierno regional, residencia geriátrica y casa de reposo para pacientes que requerían de una potente medicación ansiolítica.

Echamos la cuadrilla de amigos unas buenas excursiones por los alrededores y ahí pasamos la Noche de Difuntos, un lugar ambientado muy a propósito para la ocasión, con pasillos estrechos y oscuros, aparadores con inquietantes muñecas de porcelana, como exvotos de una ermita solitaria, sobre labores de encajes y puntillitas. Fue llamar a la puerta y recibirnos jovialmente un buen mozo, un niño grande, uno de los residentes, con una sonrisa de oreja a oreja y un saludo afectuoso hasta casi desencajársele la mandíbula: Holaaaaa, neeens!” (¡Holaaaaa, nenes!). Rondaría el infeliz, que Dios le bendiga, los 40 años y quería ser nuestro amiguito. Y nosotros, suyos. Recomendable, entre otras, una buena caminata, oh, el variado cromatismo de la masa forestal en otoño, saliendo del lugarejo llamado La Talaia, llaneando casi todo el recorrido y pasando junto a la ermita de San Roque, rumbo a Sobremunt, desde donde se divisa el altiplano de Aiats, que es una de las mejores balconadas naturales de Cataluña.

Nuestros indigenistas con alma de niño sueñan que el “cagatió” de Alpens, al recibir los bastonazos rituales, excreta, a guisa de regalo, la independencia. Atendiendo a ese peculiar complejo simbólico, la independencia sería una deposición, por así decir. Un mojón, dicho a la pata la llana. Con todo, la metáfora deyectiva es mucho más apropiada y descriptiva de la realidad política de lo que a primera vista parece. Hay algo casi profético en ella, a pesar de que no pocos sostienen que el peligro de la secesión a corto y medio plazo ha sido conjurado. En ello habría tenido que ver el errado cálculo de los promotores del golpe contra la legalidad constitucional que denominaron “proceso”.

La república catalana fue proclamada, sólo que duró la friolera de ocho segundos, para disgusto de sus más voluntariosos y furibundos partidarios. Pero las mudanzas de las investiduras gubernamentales más rocambolescas y la bochornosa y manicomial ejecutoria política del gobierno de la nación (“multinacional” como la Coca-Cola, en tiempos de Zapatero, y “multinivel” según su más indocumentado aprendiz), han trasladado curiosamente las expectativas, progresos y conchabanzas de los “sediciosos” a La Moncloa. Es allí, en Madrid, en la capital del reino, donde se juegan hoy las bazas del posibilismo separatista, que no en Waterloo, en la guarida del fugado Puigdemont. Y la timba no les va nada mal: ganan casi todas las manos, ya no por «cobardícola» incomparecencia de la banca (Rajoy), sino por sumisión y complicidad (Pedro Sánchez).

¿El componente profético aludido antes? El proceso acelerado de descomposición nacional (¿reversible?) auspiciado por el gobierno de coalición PSOE-Podemos, respaldado por todas las formaciones centrifugadoras, enemigas confesas de España, bien entendido que en el gabinete mismo hay ministros que comparten el ideario de sus socios, sea el caso del ministro de cuota de Colau, Castells, el de Universidades (pues hay ministerio para semejante capítulo), ya dimitido, pero sustituido por otro de la misma cuota y ganadería, Subirats (ex-PSC y votante “doble-sí” en todos los referendos organizados por las desleales autoridades de la región).

La descomposición de esta España nuestra más invertebrada que nunca, para desesperación de ultratumba de Ortega y Gasset, que se produce a buen ritmo entre los vasos leñosos del “cagatió”, no se trataría, por continuar la analogía metabólica, de un caso de necrosis celular o metástasis, sino de una mala y pesada digestión, con su correlato dispéptico de retornos, acideces y malolientes flatulencias. Qué horror. Pero así son las descomposiciones. Y cuando éstas afectan a un cuerpo social histórico, y con muchos siglos de existencia, es mejor no pensar en qué excesos, atropellos y convulsiones se traducirán esas disfunciones estomacales. Ítem más. La imbecilidad, a caballo de la descomposición nacional, se extiende como mancha de aceite y para poner broche de latón oriniento a esta tractorada tardonavideña, aquí va un ilustrativo ejemplo: en varios pueblos de Valencia y su región, los pajes reales, o mejor, municipales, no admiten cartas de los peques redactadas en español. Que la maldad y estupidez tienen firmemente asentado su campo en Cataluña, lo sabemos, pero no en régimen de monopolio:

https://www.eldebate.com/espana/20220105/espanol-reyes-magos-ayuntamientos-piden-ninos-cartas-sean-valenciano.html

Tió, cagatió, dona’m fort i torna Puigdemont! (¡Tió, cagatió, dame fuerte y regresa Puigdemont!)… cantan en Alpens la versión casta, inocentona, del gran éxito musical de Ian Dury: Hit me with your rhythm stick.
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