De un tiempo a esta parte se observan decisiones del catalanismo en la dirección adecuada, aunque sea fruto de la casualidad, sin obedecer a un cálculo premeditado. Dicho así parece una tomadura de pelo, pero no lo es. Cosa muy diferente es que el catalanismo sea consciente al fin de cuál habría de ser su genuino ámbito de actuación y cuáles los registros que habría de manejar para insertarse más armónicamente en el mundo. Con ello no quiero insinuar que retroceda la omnímoda presencia de nuestro aborigenismo manicomial en la vida pública o que dé marcha atrás en esos capítulos que ha colonizado durante décadas tan campanudamente, sin oposición, mediante sus largos y filamentosos tentáculos que llegan a todos los rincones de la vida institucional, académica, asociativa y mediática. No es que pretenda aliviar la pesada carga que ha depositado sobre nuestras laceradas espaldas. No se trata de eso: pierdan toda esperanza.
De uno de esos asuntos ya se ha hablado en tractoradas anteriores. Y aunque no sea objeto de ésta, se le dedica un par de párrafos que, por sus méritos y en justicia, ha contraído. Como todo buen nacionalismo impostado y de corte milenarista, los propagandistas en vanguardia del catalanismo enragé transitan caminos novedosos que les distancian de la historiografía tradicional. Una opción cabal, habida cuenta de los obstáculos insalvables que se cruzan en su afán, un campo de minas, por construir un relato congruente fundamentado en hechos históricos bien documentados. Misión imposible. Sean sus insistentes, pero baldíos esfuerzos por colarnos la trola colosal de una supuesta “confederación de reinos medievales: “Cataluña y Aragón” o la fantasiosa lucha por “la defensa a ultranza de las libertades nacionales de Cataluña durante la Guerra de Sucesión”, que muta, según su bastardeada componenda, en “Guerra de Secesión”, como la americana siglo y medio después.
Por ello, y tras intentar persuadirnos de que Cervantes, Teresa de Ávila, Leonardo da Vinci y Shakespeare fueron catalanes de “socarrel” (“pura cepa”, de los alrededores de Vich y comarca), apuestan por zambullirse de lleno en el ámbito de la fabulación legendaria y concluyen que a Túbal, mítico nieto de Noé (era “post-diluvial”), le cabe el honor de ser el primer catalán cuyo nombre conocemos. Esta colosal aportación, que bien podría dejar en suspenso los movimientos de rotación y traslación del planeta, es cosa, lo han adivinado, del aclamado INH (Intitut de Nova Història *). Para mí tengo que sus primeros espadas se han dado un atracón indigesto de tubalismo leyendo el erudito, al tiempo que ameno ensayo, del finado Sánchez Dragó, “Gárgoris y Habidis”, tomándose las cosas demasiado al pie de la letra.
Pero la decisión que más interesa a esta tractorada es cosa del alcalde Collboni, y de su diligente gobierno consistorial, que nunca pierde ocasión de proclamar a los cuatro vientos sus altas capacidades para la sabia y eficiente gestión y resolución de los más variados problemas. A su lado, Ada Colau, ahora candidata a la presidencia del gobierno de la nación, no es broma, fue una becaria inexperta. En efecto, el ayuntamiento de Barcelona desestima la imposición de multas a los incívicos, se supone que a los de baja intensidad, “grafiteros”, y otros de similar ralea, que vandalizan el mobiliario urbano o conturban el descanso de los vecinos. Que muy distinta cosa son los extremistas de izquierdas de las guerrillas urbanas en fraternal comandita con saqueadores adolescentes que en estas fechas han alcanzado gran notoriedad en diversas ciudades de España y de Europa.
De tal suerte que, en lugar de sanciones pecuniarias, opta Collboni por cursillos, pero no para fomentar buenas y cívicas conductas entre los infractores, o esas tareas para redimir culpas en beneficio de la comunidad, sino, acabáramos… para fomentar entre los tales el aprendizaje intensivo de la lengua catalana. Queriendo decir con ello que entre las miríficas cualidades que adornan la lengua indígena, brilla con luz propia su capacidad especialísima de insuflar virtudes cívicas de primer rango a los incendiarios, ignorando acaso que todos los chicos sometidos al sistema educativo autóctono, sea cual sea su origen familiar, y en un porcentaje estimable autores de los desaguisados que se pretende corregir, ya conocen sobradamente dicha lengua.
El trabajo te hará libre, decían los nazis a los prisioneros de los campos de concentración. El trabajo te hará hombre, decía el Che a los cubanos homosexuales. Y ahora el catalán te hará cívico, dice Collboni a los gamberros encapuchados.
La pregunta es… ¿En qué consiste lo acertado de la decisión, como se dijo al inicio de esta tractorada? En efecto, lo han adivinado: en el carácter disuasorio de la lengua catalana, estrechamente vinculada, porque sus defensores así lo quieren, a las multas, a las exigencias de capacitación laboral, a las cuotas obligatorias en los medios y a la imposición en el sistema educativo, es decir, gracias a mecanismos coercitivos. Política monocorde durante décadas que la han convertido en una de las lenguas más antipáticas del mundo.
Uno se imagina en el pellejo de esos energúmenos reunidos en el aula para asistir al cursillo de marras y le entran temblores de agonía. La profesora, una chica joven, sonriente, gafitas, recién licenciada, que se toma su oficio muy en serio, da inicio a la lección. Viste jersey de lana, falda amplia, capazo de mimbre, pañoleta palestina y luce un pin del consorcio por la “Normalización”. Separa los labios y… no hay marcha atrás. “Hola nois… i noies (**)”. Habla con todos los dejes y los tics catecumenales (cree que está en “el foc de camp” del “esplai” (***)) de los progres catalanistas que viven, año 2026, como si Franco no hubiera muerto aún.
El secreto de la tortura reside en el insufrible timbre de voz que emite el aparato fonador del progre catalanista: se obtiene interesando con unas delgadísimas pinzas de bruñido metal las terminales de los nervios anales inferiores, ramificados a su vez del nervio pudendo, o nervio nodriza, que transitan la región perianal e inervan el esfínter externo y la piel que envuelve el ano. Con esos pinzamientos, similares a pellizquitos, fugacísimas descargas eléctricas de bajo voltaje, obtenemos del hablante, pues repercuten directamente contra la úvula, expresiones aterradoras que instilarán el pavor extremo entre el alumnado y favorecerán el sagrado deber de la obediencia: “petem la xerradeta”, “això és d’ alló més”, “aviam, vull dir”, “sats? (por “saps?”), “un xic més”, “el tarannà” (****).
Éxito asegurado. El daño que una medida punitiva de ese tipo puede infligir a un cerebro más o menos sano es indescriptible. Estamos ante un castigo extremo, invasivo, no inferior a una lobotomía. Los individuos sometidos al tratamiento “Collboni” nos traen a las mientes a Alex, el jefe de la banda de los “drugos”, La naranja mecánica, al ser sometido al método conductista Ludovico para su rehabilitación psicológica y su posterior reinserción en la sociedad. Las pasarán canutas y ya nada se podrá hacer por ellos. No digamos ya si la “profe” echa mano del arma de destrucción neuronal masiva que es el galimatías insufrible y antinatural de los “pronoms febles” (*****). De todo ello se sigue que, ante una amenaza de ese calado, muchos de esos cafres darán un paso al lado, me juego los bigotes, y dejarán de importunar a los vecinos.
Eso, a fin de cuentas, es lo que han conseguido los paladines del catalán: acojonar a la gente. Aman tanto la lengua, tanto la idolatran, no hay que olvidar que es el medio de vida de muchas personas, que la han convertido en uno de esos objetos ambiguos participados por igual de lo sagrado y lo profano, en el sentido que le da Mircea Eliade a ese fenómeno, que pensamos nos acerca a Dios y, al tiempo, sirve al diablo.
Se trata, este recurso constante a la lengua, cargante y empachoso, como elemento de instrumentación de la vida colectiva promovido desde las instituciones, de un error por exceso de concurrencia más allá del punto de saturación, que es, según una versión chusca de la teoría de la relatividad, como correr a más de 300 kms/ h alrededor del tronco de un árbol para darte por culo a ti mismo.
(*) INH (“Instituto de Nueva Historia)
(**) “Hola, chicos… y chicas”
(***) La fogata del club excursionista
(****) “Hablemos”, “esto es de lo más”, “a ver, quiero decir”, “¿Sabes?”, “una pizca más”, “el talante”
(*****) Pronombres débiles

Hola, nois i noies… petem la xerradeta… cremar contenidors d’escombraries és una cosa molt lletja (hola, chicos y chicas… hablemos… quemar contenedores de basura es una muy fea cosa)








