El manicomio mallorquín: guau, guau, o sea, «bub-bub»

Una cosa es “miau” y otra es “miu” en la medida en que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. “Miau” es la onomatopeya del maullido en español. En catalán, en cambio, los gatos maúllan “miu”. Asimismo, los perros que ladran en español dicen “guau, guau” y aquellos que disponen del nivel C canino en lengua catalana se inclinan por un “bub-bub”, circunstancia que un servidor, catalán de cuna, ignoraba completamente hasta hace unos días. Hay, pues, un hecho diferencial (fet diferencial) zoológico innegable. Cabe recordar que, años atrás, especialistas en etología lupina divulgaron la especie que los lobos peninsulares aúllan a la luna distintamente según su distribución geográfica. De tal suerte, ése es el busilis del estudio, que los especímenes avecindados en bosques y comarcas montuosas de Galicia emiten un aullido diferente del aullido de uso común entre los residentes en llanadas y páramos de Castilla, aunque se precisa buen oído para distinguirlos. Hemos permitido que España sea esto.

Ni que decir tiene que los nacionalistas del BNG (pronúnciese “be-ene-gé” por mejor superar la “palurdofilia” localista) entraron en éxtasis al imaginar que sus lobos corretean entre las vaporosas brumas del antiguo reino de Breogán al acecho de víctimas compartiendo fraternal y patrióticamente trochas y senderos, pozas y arroyuelos con “meigas”, duendecillos traviesos, estantiguas y ondinas de cabellos plateados, largando aullidos precisados de lobuno traductor. Quizá sus aullidos particularistas, impregnados de esa calma transida de melancolía y de tristeza que llaman “morriña”, y en Portugal “saudade”, los aprendieran del buhonero Romasanta, versión autóctona entre pazos y célticas cruces, de la figura legendaria y aterradora del licántropo (*).

De igual manera, nuestros indigenistas más ensoñadores suspiran por lobos “arrelats al territori” (**) que aúllen también de manera distinta, con sus matices sonoros discernibles de los demás, y que toquen su cánida calavera con el gorro frigio de nuestros labriegos en una entrañable profesión de fe de apego al terruño. De todo lo antedicho se deduce que la fauna nacional reproduce miméticamente las divisiones regionales entre sus gentes. Es la fatalidad sin conllevancia posible que nos persigue, por mucho que pontificara Ortega y Gasset.

Así vemos el mundo por mor de la centrifugación nacional con anteojeras de burro, así vemos el reino animal. En psicología lo llaman “proyección”. Si las mascotas ladran y maúllan de manera discordante por territorios, y asimismo lobos y otras especies de la fauna salvaje, lo mismo un lince que un meloncillo, cada uno con su peculiar onomatopeya… pues así los veterinarios habrán de incorporar a su bagaje científico, arrea, un conocimiento suficiente de las lenguas cooficiales. Antes que nadie se apresuró a hacerlo el denominado “Consell Insular” de Menorca (Consejo Insular), en manos, cómo no, del siempre exasperante PP de Marga Prohens.

Que el dog-tor (chiste malo) se olvide de curarle la patita a Chufo, un bigotudo schnauzer “emperropadronado” en Mahón, si no obra en su poder el preceptivo titulillo B2 de catalán. Que de nutrición perruna y de cánidas dolencias sabrá la mundial, pero si el idiota del amo se empecina en que le dé el parte facultativo de Chufo en catalán, y no está capacitado para ello, ya puede hacer los bártulos por gentileza del PP menorquín, agarrar el ferry de Balearia e ir pensando en ejercer su noble oficio en Murcia. Tal y como sucedió en Ibiza con oncólogos y cardiólogos durante el mandato en la región de Francina Armengol, la tercera autoridad de España en la actualidad, y no es una broma pesada. Quiere decirse que no es broma lo de la fuga de oncólogos, tampoco lo de Armengol, que es tercera autoridad de una nación que fue imperio en los dos hemisferios.

Siempre se ha dicho que la insularidad instila a no pocos de sus vecinos ciertos desarreglos mentales, conductas extravagantes o depresivas, incluso tendencias suicidas. Un territorio rodeado de mar, batido siempre por el viento y sin nuevos rincones por descubrir. Vivir ahí se hace, a la larga, tedioso, monótono, asfixiante para algunos entendimientos, y más cuanto más chiquituja es la isla. Y, junto al episodio veterinario, otro protagonizado por un donante de sangre de Palma corrobora lo dicho, a cuenta, suma y sigue, del despropósito lingüístico que nos desballesta como entidad nacional histórica con un montón de siglos de antigüedad y nos incapacita como auténtico Estado de Derecho de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

Ese buen señor, henchido de loabilísimos sentimientos humanitarios, se acercó a la clínica para donar sangre conforme había hecho en ocasiones anteriores. Gratitud por su altruismo y civismo ejemplares. Solo que esta vez fue atendido en español por un miembro del personal sanitario. Todo hay que decirlo, aunque parezca mentira semejante contradiós, estas cosas suceden aún en España, en pleno siglo XXI. Qué disparate: ¡¡¡Atender en español… en España!!! Y es que no sabe uno a qué extremos de ignominia llegaremos. Encima que das tu sangre gratis et amore, pinchazo que te crío, va el indeseable ése de matasanos enfundado en bata blanca, fonendo al cuello, y te habla en el idioma colonial. Una experiencia horripilante.

Póngase usted en el pellejo del donante (mejor que en el del tomante). Nadie está obligado a dar sangre, un bien preciado para uno mismo, y escaso, que no se debe derrochar alegremente. Y, lo dicho, va uno de buena fe y se la extraen en español. En este caso no hablaríamos de donación o extracción aquiescente, si no de expolio del torrente sanguíneo. España nos roba, la sangre incluso. Ya no se trataría de una práctica clínica, antes bien de una agresión vampírica. Por ello, el protagonista de esta anécdota agarró un cabreo del quince y abandonó las instalaciones sin someterse al operativo. Que se olvidaran de su sangre, de modo que ésta continuaría en su totalidad fluyendo por sus venas, regando sus vísceras despreocupadamente.

La decisión de nuestro protagonista habilita una reflexión, acaso contraria al consenso admitido, y basado en el sentido común, que rige el mecanismo de las transfusiones sanguíneas. La sangre en depósito, fruto de donaciones voluntarias, se suministra, es sabido, a los pacientes por estado de necesidad, gravedad y urgencia sin atender a otras consideraciones. Da igual de quién se trate y cuáles sean sus circunstancias. Cabe habilitar en circunstancias excepcionales una suerte de triaje, sea un accidente con múltiples heridos o un atentado terrorista especialmente devastador con numerosas víctimas, si es que en ese momento las reservas disponibles son limitadas y conviene fijar, a criterio médico, una prelación asistencial.

Pero si las autoridades consintieran, a petición de nuestro protagonista, o por disposición de la propia autoridad, que la extracción de sangre se ha de operar obligatoriamente en el idioma elegido por el donante en un contexto de cooficialidad lingüística de ámbito regional, queriendo decir qué personas pueden sacarle o no la sangre, que es suya… por qué razón, tirando de ese mismo hilo, no habría de disponer el donante de la facultad discrecional de decidir quiénes habrían de beneficiarse y quiénes no de su generoso acto. Si soy negro, mi sangre para un hermano. Si pertenezco al Klan, que se olviden negros, judíos y comunistas. Si soy musulmán, jamás para un infiel. Si soy machista, tendrán preferencia las mujeres bellas. Si soy progre, vetados los votantes de Vox y a la inversa. En definitiva: si soy catalanista, mi sangre nunca ha de salvar la vida de un colono piojoso que habla en español, es decir, la lengua de las bestias taradas (Quim Torra dixit).

Esto parecerá un sofisma, acaso un argumento cornuto de ínfima calidad, pero no dista mucho de la pretensión que hemos oído en ocasiones concerniente a una hipotética distribución electiva, por deseo del contribuyente, de la parte alícuota de los impuestos que satisface regularmente y que habría en justicia de obligar al fisco… que, todo hay que decirlo, y sirvan estas horas demenciales que vivimos como botón de muestra, surte de liquidez al gobierno para malgastar en gilipolleces descomunales, cuando no en canalladas aberrantes que hipotecan onerosamente el futuro de nuestros hijos, sobrinos y nietos. La moraleja de todo esto es que, de no ser la sociedad española una sociedad enferma por infecciones lingüística e identitaria, a nadie jamás le importaría un bledo que le atendieran en español, lengua oficial en toda la nación, es decir, la lengua nacional, a la hora de donar sangre.  

(*) Hombre-lobo. Personaje, Romasanta, interpretado magistralmente por JL López Vázquez en “El bosque del lobo”, de Pedro Olea, una de las mejores películas del cine español.   

(**) “Enraizados”  

Oye, tú, “nyordo”, pedazo de atún, a mí no me acerques esa jodida jeringuilla si es que me vas a hablar en español… que me pinchen tiene un pase, pero no en la lengua imperialista de los garbanceros mesetarios que sacuden a sus mujeres y violan a sus propias hijas…

El Barça se proclama «Campió»

El gobierno regional y las asociaciones más activas en la imposición del catalán (Òmnium, ANC, Plataforma x la Llengua) firman con el Barça un acuerdo por el que éste se compromete a promover su uso en todas las secciones deportivas, implicando por igual a equipos técnicos y jugadores, particularmente durante los entrenamientos. De modo que la más granada perla de la cantera, Lamine Ben Yamal, y el ariete goleador de la plantilla, el polaco Lewandowski (*), que ondeó la bandera estrellada en la guagua descubierta que recorrió las calles de Barcelona, habrán de comunicarse entre sí en la lengua de nuestros juramentados indigenistas.

Hubo en la rúa que celebró la consecución del campeonato duelo de banderas o “vexilomaquia”. Lewandowski por un lado, ya se ha dicho, secundado por varios jugadores convocados para representar a España en el mundial, Dani Olmo y los “García”, Eric y Joan, y, por otro, Ben Yamal enarbolando el estandarte palestino cual aguerrido gastador de Hamás, en un gesto de empatía con los matarifes que entraron en Israel rajando tripas a embarazadas a machetazos, ametrallando a docenas de jóvenes en un festival de música y flambeando a sus víctimas con lanzallamas para darles ese puntito entre crujiente y churruscado ideal para barbacoas salchicheras (véase en yutube el documental “Screams before silence”).

La deriva del monolingüismo inquisitorial, ahora también en el ámbito deportivo, no habría de causar sorpresa, lo que no quiere decir que no procure irritación y fastidio a los espíritus sensibles y libres, se expresen en catalán o en español. Primero, va de suyo, fueron a por los más “vulnerables”, esto es, los niños. Víctimas indefensas que, una vez en el aula, quedan abandonadas a su suerte y en manos de la dirección del centro y del claustro de profesores, es decir, la elite de los batallones herodianos del nacionalismo. Y fueron bombardeados con intenso fuego artillero de “normalizaciones” primero, e “inmersiones”, después. A los adultos, en general, les importó un bledo porque, en razón a la edad, ellos ya fueron escolarizados, escapando de tamaña melonada (que arreen los que vienen detrás). Y disfrazaron su desidia y cobardía echando mano de una antología de patochadas que particularismo e izquierda, con el dontancredismo impasible de la derecha a su favor, les sirvieron en bandeja y repitieron como aves parlanchinas…

… Que si “hay que compensar los excesos del franquismo”, como si las actuales generaciones “inmersionadas” nacieran condenadas a convertirse en moneda de cambio de un agravio anterior. “Lo importante es lo que se aprende y no en qué idioma se aprende”. Exacto, y va a ser lo mismo aprender Física Nuclear en bable o en una de las variantes austronesias de los trobriandeses papús, que no en un idioma universal como el español. “Total, ya lo aprenden viendo la tele, con amigos y en la calle”, es decir, templando sus espíritus gracias a la telebasura, pillando costo o farlopa por las esquinas y yendo de putas, o de travestis acaso. “A fin de cuentas aprenden el mismo español que los alumnos burgaleses, como demuestran las notas de selectividad”… cómo no, en dos horas semanales frente a treinta, “quinceplicando” el coeficiente intelectual de aquéllos. O largando la cansina monserga de la argamasa milagrosa de la “cohesión social” que tan fructífera ha sido en Cataluña en estas últimas décadas… no hay más que ver lo cohesionados que estamos los catalanes, divididos según TV3 entre catalanes y “nyordos”, y según los resistentes al nacionalismo entre catalanes y “lazis”, y entre ambas facciones tan “cohesionadas” se abre hueco el melifluo y viscoso PSC de Illa rindiendo pleitesía a los “lazis”, pero con las alforjas rebosantes de votos “nyordos”.

De modo que, neutralizados los niños por sucesivas generaciones gracias al colaboracionismo del 99’75% de los padres, divididos a su vez en entusiastas, indiferentes y una reticente minoría, el guión señala ahora al paisanaje en su esfera profesional. Recuérdense aquellas bravuconadas del tipo “a mí nadie me obligará a hablar en catalán, hasta aquí podíamos llegar”, y eso vale todavía para las amistades y para la intimidad domiciliaria, pero ya no para el ámbito laboral.

De tal suerte que las exigencias lingüísticas ya han condicionado a muchos adultos al optar a promociones profesionales, resultando de ello, de no acreditar nivel suficiente, estancamiento en su carrera  e incluso el despido. Y han tragado. Y se ha exigido capacitación en la lengua cooficial (diferentes niveles de desempeño) a taxistas, atención al público tanto en la administración como en comercios privados (con especial incidencia en la hostelería), enterradores (no es coña), jardineros, bomberos, conductores de autobuses urbanos, personal sanitario e incluso al trompetista de la orquesta municipal de Barcelona. Normativa que ha traspasado nuestra región y ha tenido eco en Valencia y Mallorca, también con gobiernos del PP. Estos requisitos han despertado, ocasionalmente, tibias protestas de sindicatos sectoriales, aunque sus cúpulas dirigentes, a la hora de la verdad, suscriben alegremente cuantos pactos y manifiestos por el monolingüismo obligatorio en lenguas locales les ponen delante de las narices, no sólo por aquello de no morder la mano que da de comer, si no por sus firmes convicciones particularistas y disgregadoras.

Es llegada la hora del fútbol, al que no en vano llaman “deporte rey” dada su enorme proyección social. Se trata de invertir la tendencia espontánea de hablar en español tanto de los equipos técnicos, como de jugadores y aficionados en el graderío. En suma, de ir contra la realidad. En un fenómeno de masas como el fútbol profesional se estila el uso de lenguas francas, aquéllas en las que todos se entienden por la diversa procedencia de los actores. Se ficha a un entrenador holandés, a un portero esloveno y al mediocampista camerunés más cotizado. Además, el escurridizo delantero es canarión y le chiflan las papas “arrugás”, y el defensa de cierre es un chicarrón del norte que ha hecho carrera en el Bilbao. Estando así las cosas no parece lo más conveniente dar la charla previa al partido clave de la temporada en catalán. Hay que analizar al rival y el Sporting de Calatayud es un hueso duro de roer. Es preciso dar con sus debilidades y explotarlas y, al tiempo, anular sus virtudes en el juego, sometiendo a sus jugadores más creativos a una presión asfixiante, dejando ir alguna patadita. El público clama al unísono “¡A por ellos, oé!, “¡Al bote, al bote, de Calatayud el que no bote!”. Y el técnico holandés sale del banquillo hecho un basilisco para increpar al árbitro en un español deleznable, pero mejor que el de Marta Rovira (ERC): “¡A ti te parió una madre!”, mientras los ensordecedores cánticos de la hinchada “le ponen la gallina de piel”.

Con todo, ha habido una muy significada excepción: la del astro argentino Lionel Messi. Echó los dientes en la cantera azulgrana y en la vida ha pronunciado una palabra en catalán. Y se lo han disculpado por ser vos quien sois. Ítem más, es fama que su hermanita desesperó porque al ser “inmersionada” en una localidad cercana a Barcelona agarró un tremendo berrinche, la pobre se sentía el patito feo de la clase y la familia, por no montar un quilombo, la mandó de vuelta a la Argentina. Un caso que los contrarios a la inmersión liberticida no supimos rentabilizar… y es que nunca fuimos llamados por los caminos del agit-prop.

De igual manera que en el patio de recreo de escuelas de primaria e institutos se han colado espías de las asociaciones rigoristas de la lengua (“personal ajeno a la obra”) para escudriñar en qué idioma juega o se relaciona el alumnado, con el pláceme de centros y “ampas” (sin pero con hache), habrán aquéllas, en lo sucesivo, de infiltrar a sus sabuesos en el graderío, de tapadillo, para fiscalizar los gritos de animación del respetable. Tomarán notas, disimuladamente, y elevarán los informes a quien corresponda. Objetivo: aguzar el oído y discernir si la afición canta «¡Campeones!” o “Campions!” El nacionalismo particularista y la ultraortodoxia lingüística estimulan mejor que nada ni nadie el chivateo y la delación. Para recorrer de incógnito los diferentes sectores del estadio, no habrá disfraz más al caso que el de aquellos vendedores de antaño que voceaban sus artículos entre los espectadores… ¡Hay Celtas, gaseosas, pipas y altramuces!… ¡A las ricas almendras garrapiñadas!…

Los jugadores del Barça, cuando despachen entre sí sobre el terreno de juego, se taparán la boca, tal y como hacen ahora, pero no ya por si un especialista en lectura de labios desentraña la conversación y desvela las consignas recibidas del entrenador, y transmite la preciada información al equipo rival, no; lo harán por cautela y temor a los “confites” del catalán, no sea que identifiquen la lengua que están empleando y la directiva les atice una sanción disciplinaria.

(*) El polaco Lewandowski ya no podrá disfrutar de esa prebenda pues ha finalizado su contrato y cambia de aires

Ya tomé mis lecciones de catalino, pibe… eeeste, ya sé decir “gol”, “match”, “penal”, “declaració d’ Hisenda” y “pacte amb la Fiscalía”… que os den por el orto…

Sin noticias de Eduardo Mendoza

Así se ha pasado décadas la resistencia: sin noticias del gran escritor Eduardo Mendoza. Las tuvimos de Gurb, ese simpático alienígena que aterrizó en la Barcelona preolímpica habiendo adoptado la apariencia de la escultural Marta Sánchez. Mendoza dio el pelotazo literario con la fenomenal novela titulada “La verdad sobre el caso Savolta” que, en tiempos, formaba parte del programa de lecturas obligatorias del Bachillerato. Cuando el bachillerato era Bachillerato. Su consagración llegó con otro exitazo de ventas: “La ciudad de los prodigios”. Una de las mejores firmas de la narrativa española contemporánea.

Sucede con Eduardo Mendoza lo mismo que con otros escritores catalanes que escriben en español, amén de cantantes y artistas de disciplinas diversas. Con relación al nacionalismo obligatorio que asfixia la sociedad de la que forman parte, y a las políticas lingüísticas vigentes desde mediados los 80 del pasado siglo, tendentes a la proscripción del español en la vida pública e institucional, se han colocado de perfil como formando parte de un jeroglífico egipcio y han callado como malas putas.

Dicho a la pata la llana, no se mojan ni debajo de la ducha. A ellos les vale mientras cobren buenos royalties de las editoriales a pesar de que la lengua en la que se ganan muy honrosamente la vida es considerada la lengua “nyorda” (*) de los colonos y ha sido desterrada sin contemplaciones de las aulas, e incluso del patio de recreo. En otras palabras, han ejercido una blandengue neutralidad. “Yo a lo mío y tú depaupera a tus anchas la instrucción pública mediante el aldeanismo lingüístico, que yo no digo ni pío”. No hace falta ser un lince para ver que en una situación así, de ataque continuado a la lengua nacional, otrosí lengua de referencia familiar mayoritaria entre los catalanes (según el propio “CIS” indígena), esa equidistancia no es si no colaboración “pasiva” con el régimen en grado medio-alto. No les preocupa ni mucho ni poco que la jibarización intelectual promovida por el modelo catalanista les excluya de las sublimes manifestaciones culturales de la región cuando la administración exhibe lo más granado de la producción autóctona en ferias internacionales, sea la de Frankfurt. Mientras no les incomoden mucho por escribir en español (o cantar, tipo “Estopa”), van servidos.

Que un escritor no tiene por qué ser un héroe y jugarse el pellejo, va de suyo. Y es muy libre, como cualquiera, de comprometerse o no en la defensa de una causa. Pues causas hay para todos los paladares, como la preservación de las focas monje, la defensa de las libertades civiles y políticas en Cuba o Venezuela, o, en sentido contrario, el respaldo entusiasta a esas mismas tiranías liberticidas del Caribe (detenciones, torturas, “desaparición” de disidentes). Sin ir más lejos, la sumisión al castrismo ha gozado en el gremio aludido de un enorme predicamento. Recordemos el caso paradigmático de Serrat que, a principios de los 70 del pasado siglo, actuó en el parque Lenin de La Habana, según cuenta en sus memorias Juan Abreu, y allí los sayones de la dictadura la emprendieron a porrazos contra los espectadores sin que el aclamado intérprete suspendiera el recital, como si la cosa no fuera con él.

Muchos de nuestros heroicos artistas e intelectuales se blindaron de las acometidas del nacionalismo buscando abrigo en el PSC, del que el PSOE actual es lacayuna franquicia a nivel nacional. Eduardo Mendoza ha sido uno de ellos. Pero, hete aquí, de un tiempo a esta parte el autor ha largado algún que otro alfilerazo al nacionalismo, acaso porque ya tiene una edad que le permite decir a las claras lo que piensa sin supeditar sus declaraciones al interés comercial o a la subsistencia civil, el temor a eso que llaman “cancelación”. Y en esa onda, fuera o no un truco de prestidigitador, se sacó de la manga una inocua chanza sobre la concurrencia del día de “sant Jordi” (san Jorge), mártir capadocio y patrón de Aragón, Inglaterra, Rusia, Georgia, Etiopía e incluso de Friburgo en Briesgovia, y del día del libro que conmemora el nacimiento de Cervantes. Un chascarrillo venial, inofensivo y ayuno de toda sustancia polémica. Dijo algo así como que “sant Jordi”, el sauricida, era una suerte de maltratador animal.

Si aplicamos el esquema de Bettelheim de su “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, vemos que el dragón, más acá de representar al maligno (a lo maligno), simboliza esa parte nuestra oscura, escondida, donde anidan los instintos, las pulsiones primitivas que han de ser sometidas, sublimadas, vencidas para experimentar una purificación o elevación espiritual sobre el componente animalizado de nuestra naturaleza. La sauromaquia georgiana supone, por así decir, la victoria sobre nuestro cerebro reptiliano.

La cuestión es que la chufla nimia y pueril de Mendoza abrió las carnes al separatismo y de no taponarse la herida con las manos, le habrían caído las tripas al suelo con un frufrú de vísceras deslizantes. Indignación. Sentimiento patriótico herido. Agresión intolerable. Catalanofobia. Tambores de guerra. Y la llamada, no es coña, a quemar a lo “Farenheit 451”, libros de Mendoza en la plaza pública. A santo de qué reacción tan furibunda, tanta sobreactuación. Obviamos la equiparación de la airada respuesta catalanista a las hogueras de la bibliofobia nazi que la tomaba con autores por su condición de judíos, por su afinidad ideológica al socialismo o por aquello del aburguesamiento decadente o degenerado. Tratándose tan funesto episodio de un mayúsculo ejercicio de intolerancia, la angurria (**) incendiaria de nuestros catalanistas es, si cabe, más inconsistente aún, habida cuenta que acercan la lumbre a la producción mendocina por una inane alusión a una leyenda, que es como montar en cólera por pitorrearse uno de “Los tres cerditos”. Hay que ser paleto y gilipollas. Y para mí tengo que nuestros particularistas chifletas en su fuero interno creen que “sant Jordi” y san Jorge son dos santos distintos. Que puede que el segundo fuera un paladín de Diocleciano convertido al cristianismo, y martirizado por ello, pero que el primero, es cosa segura, vino al mundo en Roda de Ter.

No hay mal que por bien no venga. Y Mendoza, tan discreto durante décadas, confundido con el paisaje, echando mano de la tecnología biométrica de camuflaje ensayada por su personaje Gurb, y apadrinado por la progresía y tolerado por el régimen catalanista, se gana ahora, sin haber sudado la camiseta, fama de forajido, de autor maldito, de outsider, de incordio para el aborigenismo exaltado y esta suerte de improvisada campaña de propaganda le aúpa al puesto número uno en ventas el día 23 de abril. Miel sobre hojuelas. Una disidencia oportuna y rentable. Que lo sea en adelante sincera y perseverante.

El complejo simbólico del caballero que somete al dragón de una lanzada ha de permanecer intacto. La más mínima variación compromete su eficacia. Como una fórmula mágica o un ensalmo al que cambiamos el orden de las palabras. Recuerda la impostada y ridícula hiperdulía georgiana del catalanismo, en cierto modo, a aquel druida escocés autor de la más descriptiva y poética metáfora del nacionalismo que he conocido. El chamán se acercó a las orillas del lago Ness y mediante un hechizo instó al monstruo a que permaneciera escondido entre las anfractuosidades y honduras del lecho lacustre. Que es un hecho del que ya se ha dado fe en tractoradas anteriores. En efecto, una expedición científica londinense, equipada con radares, sonares y aparatejos de última generación, quería escudriñar cada rincón del lago para hallar de una puñetera vez pruebas consistentes de la presencia del monstruo, un fósil viviente de la criptofauna, o, en caso contrario, proclamar definitivamente su inexistencia. Nessie, trasunto del in illo tempore, de las ancestrales y primigenias esencias de Escocia, una suerte de William Wallace con escamas, debía permanecer oculto, inmergido, a salvo de la mirada indiscreta y analítica de la ciencia. Al margen de la razón, pues la bestia pertenece a ese mundo de brumas de los tiempos oscuros y, cual vampiro nocherniego, no puede ver la luz, pues la luz sería la causa de su destrucción.

Con todo, no andamos muy sobrados de efectivos de este lado y las altas más talentosas las celebramos con entusiasmo, de modo que, don Eduardo, bienvenido al club y apriete el paso con decisión que ya vamos tarde. 

(*)  “Lengua nyorda”: “lengua de mierda” o “lengua española”, en el argot catalanista

(**) “Depradismo”, es decir, de Juan Manuel de Prada. “Angurria”: ansia o afán por alguna cosa

Ya me previno mi madre, si te dejas adorar por los catalanistas, te meterán en un lío

El «asturianu» es gay

En España, es sabido, las lenguas cooficiales sirven para desentenderse unos de otros y fragmentar el sentimiento nacional de pertenencia. Para separar a personas, territorios y poner trabas a la libre movilidad de trabajadores. Eso, de primeras. Cierto que también sirven para crear multitud de chiringuitos cebados con dinero público, que si academias, observatorios, profesorado, medios locales de incomunicación, grupos musicales, certámenes literarios y un sinfín de variopintas amenidades que procuran el sustento de amiguetes enchufados que, a su vez, tórnanse paladines invencibles de la “lengüícula” de turno. Y es que no son pocos quienes codician esa lengua que dan en llamar “propia” para disponer de una excusa que les permita reclamar para sí derechos políticos diferenciados en esta España nuestra en almoneda. Como siguiendo la estela de los nacionalismos periféricos. Se genera así una suerte de industria, por modo de vida, idiomática. Una bicoca para unos cuantos, una ruina para muchos y una monserga insufrible para todos. 

Aborrece uno, viendo la deriva que ha tomado la promoción institucional (especialmente en el ámbito educativo) de las lenguas o hablas locales, el latiguillo insoportable con el que nos laceran la cocorota desde hace décadas: “las lenguas están para entenderse y suponen una riqueza cultural de un valor incalculable”. Pues bien, a fuer de hacerme cansino lo diré una vez más: la verdadera riqueza consiste en tener una en la que entenderse todos. Modelo francés a lo “V República”. Papúa-Nueva Guinea, ya se ha dicho, se alza con el cetro de la poliglotía mundial: más de 700 lenguas censadas en la isla. Gran parte de sus nacionales no se entienden un carajo entre sí. Afirmo campanudamente desde la misantropía eurocéntrica, no teniendo nada contra su cultura (o culturas), sus vivencias y circunstancias, su idiosincrasia tribal e insular, si las hay o se pueden formular en términos inteligibles, que me limpio el culo con todo ello. Disponer de tantas lenguas para desentenderse me parece verdaderamente manicomial y le recomiendo a nuestros casi antípodas que, no dando aquí pábulo a ningún proyecto encaminado a mermar esa floración plurilingüe tan exuberante, se abstengan de emplear intérpretes y pinganillos en las sesiones de su parlamento nacional por evitar el colapso y la locura. Y que no menos esfuerzo pongan en dar con una lengua franca eficiente que facilite de veras el entendimiento, que en mantener esa variedad tan abigarrada y, atiza, “enriquecedora”. 

“Las lenguas no tienen la culpa”, nos dicen. Se concede. Tampoco las pistolas o las metralletas, y es que la responsabilidad es de quienes las hablan y regulan su uso en un caso y de quienes las manejan en otro. En las lenguas no reside el principio de su difusión (pues las razones que explican su mayor o menor expansión rara vez obedecen a vectores lingüísticos, sintaxis, fonética, inherentes a esa misma lengua, aunque también, sea el caso del sistema vocálico del castellano (hoy “español”), si no a otros de tipo histórico), pero con ellas sucede lo que con no pocos artefactos culturales que de la mano de normativas abusivas pueden convertirse en instrumentos coactivos y de cribado o exclusión social. La intencionalidad no reside en las lenguas, pero sí en quienes las hablan y comoquiera que no se hablan solas… pues a la vuelta de unos años nos damos con una sociolingüista que sostiene en un artículo en la edición digital de La Razón que la lengua catalana no es antipática en sí, pero que todo el follaje legislativo que en su defensa y promoción se genera, hace que se perciba como tal por muchas personas.

Hete aquí que algo hay en las lenguas que las hace más o menos aptas para acometer determinados desempeños o misiones. Esto es lo que sostienen los dirigentes del PSOE asturiano. Una de sus más probadas federaciones en el ataque a la legalidad vigente, verbi gratia: su activa participación en el golpe insurreccional junto a UGT, y ERC en Cataluña, contra el gobierno de la II República, año 1934. La “Revolución de Asturias” en comandita de los “Fets d’ Octubre” (*) de Barcelona. Este fue, pizca más o menos, el titular en la prensa digital: el gobierno regional de Asturias (PSOE) solicita a las organizaciones LGTBI+ del principado permiso para propagar las bondades sin cuenta ni cuento de todo ese mundillo, arrea, en “asturiano” o bable. La fundamentación de la solicitud residiría en la “sensibilidad” e “inclusividad” que aportaría la hablilla en cuestión a esa materia específica en mayor grado que la lengua española. Fantástico.

Quiere decirse que la lengua española es insensible y excluyente, cuando menos en relación al bable (“orbayu”, “farrucu”, “Puxa Asturies”) a la hora de enfocar toda la variopinta problemática del citado movimiento. Siendo así, quieren decirnos, que una lengua “dominante” (percibida como tal dada su presencia en el mundo por número de hablantes y países que la tienen por oficial, no así en la propia España donde está vetada como lengua vehicular en la instrucción pública en un tercio de su territorio) no acredita la empatía suficiente para defender las reivindicaciones de un colectivo heterogéneo (si, a mayor abundamiento, incluimos a los “therian”, esto es, “homo-mapaches”, “homo-asnos”, “homo-pandas”, etc) que se autodefine por su vulnerabilidad y victimización… por su injusta exclusión social y carente, dicen, de algo llamado “visibilidad”, siendo, no obstante, muy “visible” en los photo-call de multitud de eventos y en los platós de televisión. No menos que una despampanante vedette del Folies Bergère que, como un pavo real, despliega en escena todo su irisado plumaje.

Y uno deduce que los ideólogos de la federación asturiana del PSOE consideran que una lengua universal como la española en Oviedo, sin embargo, en Gijón y en los valles mineros, transmite hostilidad al colectivo irredento, maldito, perseguido, mutando en lengua opresora, heteropatriarcal y contraria a sus intereses. Ante esa adjudicación por algunos, en función de su muy particular cosmovisión, de valencias implícitas a las lenguas, confieso que, más allá de limpiarme el culo con todo ello (como sucedía párrafos atrás con el plurilingüismo papúo), por una vez no me causa enojo la presente “dramatización” de lenguas o hablillas. “Dramatización” por lo que tiene de asignación de papeles a cada una de ellas en una suerte de “poliglomaquia”, o “lucha entre lenguas”, en este esperpento esquizoide de la cooficialidad lingüística, que es uno de los factores primordiales en la descompresión nacional de España gracias, paradójicamente, a esa supuesta riqueza cultural, entendida además de la peor forma.

De tal suerte que las lenguas no son “culpables”, pues son ajenas a toda caracterización moral. Acaso tampoco inocentes. Como mucho, misántropos y pesimistas natos, nos remiten a la estupidez sustantiva del hombre. Pero nada más allá. En adelante, el bable, ahí reside la novedad, señalará la estupidez adjetiva del hombre, una estupidez “trans” y “socialista”. Allá películas. De modo que los “guajes” que se perciben “guajas”, o al revés, que lo mismo da, que da lo mismo, podrán expresar toda esa farfolla cromosómica, “potórrea” y “pichúrrea” en “asturianu” y, por qué no, en otros lares, y a su imagen y semejanza, en catalán, vascuence, gallego o eólico dulce. A mí plim, mientras de una vez y para siempre nuestro alumnado pueda aprender en el aula, en español y en toda España, el aparato digestivo de las ranas, la tabla de multiplicar, los afluentes del Tajo o las tres guerras carlistas. ¿Lo veremos algún día?

(*) “Hechos de Octubre (06/10/1934)” o proclamación golpista por Companys del Estado catalán. Para ese episodio nada como la crónica periodística de Enrique De Angulo reeditada por Ediciones Encuentro: “Diez horas de Estat Catalá (Català).

“Oye, guaje, a mí no me subas a una de esas carrozas del “Orgullo” que te doy un palo que te avío, que bastante tiene uno con darle para el pelo a los mahometanos”

Eje Washington/ Tel-Aviv/ Waterloo

Entonces el mediador era Alay, íntimo colaborador de Puigdemont. Comín, Toni Comín, el otro, andaba batiendo la clara por los rincones del parlamento europeo con un asesor que ahora le denuncia por acoso sexual. Alay era su mano derecha y chico para todo. Se ha dicho, chambelán culinario, que probaba primero que nadie la comida en el palacete (“la casa de la República”), no fuera que los agentes del CNI administraran al jefe, de matute, una dosis de polonio entre la apetecible carne de unos mejillones de “Chez Léon”. Ahora, con el felón de Pedro Sánchez en La Moncloa, los agentes del CNI han quedado para proteger al fugado y rendirle honores. Las vueltas que el mundo da.

Alay fue el agente enviado a la lejana Moscovia para negociar el apoyo ruso al golpe separatista. Uno andaría tentado de pensar que alguien como Putin, que echó los dientes en la KGB y con tantos operativos abiertos por medio mundo y entregado de hoz y coz a devolver oropeles imperiales a la Madre Rusia, largaría de regreso a semejante insignificancia de una patada en el trasero, como en su día hicieron los bolcheviques con el chalado del ex teniente coronel Maciá (Macià). Pero, nada de eso. El interés del Kremlin por sembrar cizaña en Europa y debilitar a los países que la componen para mejor dedicarse a sus manejos expansionistas en la frontera (Ucrania, Polonia, repúblicas bálticas), posibilitó el contacto. La mera consideración de un proyecto de esa jaez: atender los guiños y arrumacos de los nacionalistas catalanes demuestra que incluso un tirano profesional de su talla puede errar el tiro y perder el tiempo en divagaciones manicomiales.

La jugada consistía en que Cataluña, desgajada de España y tutelada por Rusia, se convirtiera en un satélite putinesco en Europa occidental con un estatus parecido al de Bielorrusia o Transnistria. El plan no fraguó y los 10.000 spetsnaz ofrecidos se quedaron en casa con el cuchillo entre los dientes y a la espera de movilizarse en el Donbás. Tal y como andaba de ardor guerrero el gobierno de entonces, Rajoy y Soraya S.de.Santamaría (la caricaturesca armada “Piolín”), uno se malicia que habría bastado un contingente mucho menor para lograr sus objetivos y sin pegar un solo tiro.

Pero los vientos no soplaron ni en la dirección adecuada, ni con la fuerza suficiente, y el apadrinamiento ruso quedó en nada y chasqueados los separatistas catalanes sin avalistas internacionales de cierta nombradía, excepción hecha del autoproclamado gobierno de Biafra en el exilio, que ya abrió una “embajadícula» de pacotilla en Barcelona, año 2014, en presencia de aquel canciller y estadista de primer rango, Ángel (Àngel) Colom, nuestro príncipe de Metternich, especializado muy pintureramente en “asuntos marroquíes”. Tras ese duro mazazo, la acción exterior del “proceso” (la diplomacia catalanista no es la vaticana, precisamente) se resintió gravemente y languideció sin que las grandes potencias la echaran en falta.

Pero, hete aquí, que Trump irrumpe en escena como un caballo en una cacharrería e inicia una gira mundial de armas tomar jalonada por hitos como Gaza, de la mano de Israel, Venezuela, Irán, también junto a Netanyahu, y ahora coloca a Cuba en el punto de mira. Hablamos de conflictos de primera división, a bombazo limpio. A lo que se ve, el hombre se enfurruñó porque no le concedieron el Nobel de la Paz y se desquita largando misiles a espuertas y con un ritmo frenético. Un nivel de productividad como no se ha visto en muchas décadas.

Recuerda Trump al capitán de la caballería aerotransportada interpretado por Robert Duvall en “Apocalypse Now”: “Nada como el olor a napalm por las mañanas… ese pestazo a gasolina quemada huele… a victoria”. Dejo para otra ocasión el debate: “Trump y el derecho internacional”. Un derecho que invocan con la cadencia de tiro de una ametralladora quienes se limpian el culo con los salvajes atentados de Hamás, los homosexuales ahorcados por la teocracia iraní en la vía pública, amén de mujeres azotadas hasta morir por asomar una guedeja de cabello bajo el pañuelo, y los disidentes torturados (abrasiones, descargas eléctricas, “manicura”) por los regímenes criminales del socialismo caribeño. Con todo, hay que admitir que Trump ha elegido con criterio sus objetivos. Todos ellos son una basura hedionda. Gentuza corrupta y sanguinaria al servicio de ideologías excrementicias. Sátrapas antropófagos que vulneran a destajo y de manera atroz, bajo el paraguas del derecho internacional, los derechos humanos más elementales… categoría ésta básica para el aseado funcionamiento de una comunidad política, pero que en esas poblaciones oprimidas durante décadas pertenece, lo mismo que un unicornio, al ámbito de la fantasía.

Y nuestros indigenistas más exaltados y dados a la ensoñación, pues no es lo mismo el separatismo fanatizado de Puigdemont y su gente que el disimulado y algo más tibio del PSC, fijan ahora su atención en el estrafalario personaje y pretenden granjearse su simpatía. Y para ello, como dijo Arzallus de la cochambrosa servidumbre al nacionalismo de los socialistas vascos (posteriores a Redondo Terreros), profieren gorjeos e hinchan el garganchón en un vistoso ritual de apareamiento. En efecto, se ha reunido la nomenclatura del Consejo de la República para tomar cartas en el asunto. El razonamiento básico es el que sigue: dado que Europa ha salido rana y no ha tomado en consideración la independencia de Cataluña (tampoco se le dio tiempo, pues la proclamación duró apenas ocho segundos), cabe mendigar la tutela de Trump aprovechando que el gobierno de España, que es hoy, paradójicamente, el principal valedor del “proceso”, se ha significado como uno de sus más acerbos detractores, sea o no fruto de un mero cálculo electoral… por aquello de desviar la atención mediática de su corrupción moral y material.

De tal suerte que los juramentados padres de la patria en Waterloo ambicionan para sí una suerte de Cataluña groenlandesa cambiando patronato ruso por americano (que lo mismo da Juana que su hermana) y quién sabe si ofreciendo Gavá, Castelldefels o L’ Estartit como emplazamientos alternativos a las bases de Rota y de Morón. En ese mismo batimán habrían de seducir a Israel, pues Trump y Netanyahu van siempre de la mano, como Zipi y Zape, en su desempeño belicista. Y para ello rescatar a Pilar Rahola, que es la única de esa ganadería, a excepción de Silvia Orriols, que simpatiza con los hebreos.

Mientras los carniceros de la teocracia iraní “tunean” sus misiles (“Rockets to Tel-Aviv”, por parafrasear el legendario álbum de “The Ramones”) con la efigie de Pedro Sánchez, que aspira a comerle la tostada a Trump en la próxima entrega de los premios Nobel, pues le cabrá el honor de ser propuesto por algún imbécil colosal (tipo Francesca Albanese), los separatistas de la facción bruselense corren a realinearse en este nuevo y turbulento escenario, dándose de codazos con otros figurantes por asomar la jeró. “Eh, que sigo aquí”.

Cabe recordar que hace unos meses, en la fase “Gaza” de este conflicto expansivo, las autoridades israelíes, hasta la kipá del pacifismo impostado de Pedro Sánchez, jerarca planetario del “derecho internacional”, amenazaron con reconocer la independencia de Cataluña si ésta era nuevamente proclamada. Y, embolica que fa fort (*), uno de los aliados preferentes de Estados Unidos y de Israel no es otro que Marruecos, rearmado hasta los dientes y que coloniza nuestra fruterías en desdoro del agro nacional con permiso de los gobiernos nacional y continental. Amén de mandarnos en puertas de toda negociación, cualquiera que sea, avalanchas ingentes de inmigrantes ilegales (oh, casualidad, todos los de obediencia islamista recalan en Cataluña). Y que, además de tener al monclovita pillado por el teléfono móvil (véase el giro copernicano en el asunto “Sáhara”), nos birlará la final del Mundial de Fútbol a disputarse en el año 2030 y nos levantará Ceuta y Melilla, y unos cuantos islotes bajo soberanía española, sin despeinarse, pues, a tal efecto, le entregaremos las llaves.

Echa a andar, ahí es nada, el eje “Washington/ Tel Aviv/ Waterloo”. El mundo será otro.

(*) Frase que precisa una traducción más literaria que literal. Se propone “el lío del montepío”

PD.- Las autoridades regionales continúan la búsqueda del bocata de mortadela sospechoso de desatar la peste porcina en las inmediaciones de Barcelona 

Dos hombres providenciales y un mismo destino

Lebensborn «casolà» (Lebensborn casero)

Tras el demencial zurriburri (*) de la fase más activa del así llamado “Procés”, el Proceso, no el de Kafka, por kafkiana que ha sido (y es) la época que nos ha tocado vivir, el paisanaje enfeudado al nacionalismo, y/o separatismo, andaba un pelín como remejido (*), tremolante y desorientado entre la llantina, el desengaño y la fatalidad. Se produjo un repunte de arritmias cardíacas y depresiones severas en sus filas (aunque no se han contabilizado suicidios “patrióticos” a los “mosén Xirinachs”), según han podido constatar algunas memorias médicas de ámbito regional dignas de todo crédito.

Con todo, los catalanes, como el funambulista que reequilibra su centro de gravedad gracias a la pértiga cuando transita sobre el abismo por el fino cable, estamos acostumbrados a vivir sucesivamente entre dimensiones distintas y sus encrucijadas. A veces instalados en la realidad factual y cotidiana cuando vamos a comprar tomates y cebollinos a la verdulería regentada por una chinita sonriente, al pisar inadvertidamente una plasta de chucho por las estrechas aceras de Pueblo Seco (Poble Sec) o cuando esperamos meses a que la Sanidad transferida nos programe una resonancia magnética o la extirpación de un lobanillo.

Y, a veces, en ese otro plano de una realidad entre virtual e institucional urdida durante años por un régimen corrupto y liberticida que se reclama ejemplar… un estado de cosas donde se adecúan declaraciones y conductas a principios en los que nadie, o casi nadie, cree. Me refiero a la distopia publicitaria que durante décadas fue llamada “Oasis catalán”. Que no digo que esa ventana no genere consecuencias que condicionan seriamente la vida de los administrados. Pues ahí tienes una multa contante y sonante por rotular tu establecimiento como “zapatería”, en español, si es que en ella vendes zapatos. O toca soportar la turra ésa de que los estudiantes catalanes alcanzan el mismo e incluso mejor nivel de dominio académico de la lengua española, con dos horas semanales de la asignatura, que el alumnado burgalés. Es la estúpida ficción de regresar a la verdulería anterior, comprobar que las berenjenas se rotulan como “albergínies”, conforme al talibanismo lingüístico dominante, y advertir que la dependienta sólo te entiende, a veces con dificultad, cuando le pides “berenjenas”. Van ya muchas décadas de intoxicación intensiva y eso, velis nolis, repercute en la percepción del mundo.

Pero, como se dijo en una reciente tractorada, la irrupción en escena de Sílvia (Silvia) Orriols, diva ex machina del catalanismo, ha alterado el paisaje considerablemente. Y ha devuelto las formulaciones de nuestro particularismo al lugar que en justicia le corresponde: el del romanticismo etnicista del siglo XIX. Para muestra, un botón. Extracto de una pampirolada manicomial del catalanismo, año 2026, en una web de la cuerda: “Volem reconnectar el país amb la seva continuïtat històrica, amb la Catalunya comtal i de Jaume I (**)”. Y es una regresión, hay que decirlo, no exenta de franqueza. Su desprecio a España, su “odio” a los españoles es sincero y así lo ha manifestado la doña, por la directa y sin ambages. Fuera máscaras.

Nada que ver con el bodrio de ICV-Els Verds que en su día padecimos, con aquellas ínfulas y pretensiones de aunar la casposa antigualla del catalanismo político a ideas de “progreso, avanzadas, abiertas al mundo”… y garrotín y garrotán, a la vera de san Juan. Recuerden al dirigente de ese birrioso mejunje post-PSUC (Torredembarra) que animaba a apadrinar a un niño extremeño por mil euros al mes valiéndose de la foto de un mocoso famélico, y ello para denunciar desde la “izquierda solidaria” nada menos que el pretendido “desequilibrio de las balanzas fiscales”. Hoy, esa estafa, esa morralla, la representa Ada Flotilla Colau. Es menos ofensivo a la inteligencia, y menos dañino para el estómago de un resistente, con mucho, el sectarismo agro-troglodítico de Orriols. A fin de cuentas, a los ideólogos de la condesa de Ripoll y comarca te los imaginas abrevando de esas fuentes con elevado contenido de minerales pesados, “folcloríticos” y “mitopoéticos”, que inauguró el francés Agustín Chaho para el vasquismo (acúdase al ensayo “El linaje de Aitor”, de Jon Juaristi), donde se arrimaron sedientos los tarados hermanos Arana y, para el catalanismo, décadas más tarde, toda aquella recua de fatuos charlatanes de la llamada Renaixença. 

 La recuperación del prístino ADN catalanista por Orriols y su alegre troupe trae consigo una renovada y disparatada apuesta por la genética y por lo que podríamos denominar “etnogamia (***)”, o endogamia tribal. La divisa fue proclamada ya por Estat Català (“Estado Catalán”), partido del histérico gallináceo de Macià (ex teniente-coronel Maciá), allá por los años 20 del pasado siglo, y más recientemente por doña Marta Ferrusola, la madrina del clan Pujol. Fem fills catalans! El catalanismo de la época se enrocaba en la reproducción ante la amenaza del aluvión de foráneos, temiendo que su llegada masiva desnaturalizara las esencias del pueblo adánico e incontaminado. Recordemos la aversión que murcianos y andaluces inspiraban al indigenismo fanatizado de entonces. Las caricaturas en semanarios satíricos, tipo Cu-Cut!, estaban impregnadas de una inquina furiosa: “(…) Los murcianos nos atufan con la pestilencia de sus mal digeridos garbanzos”, y otras lindezas por el estilo.

De tal suerte que triunfa hoy en las redes un proyecto consistente en reclutar voluntarios para contraer nupcias entre catalanes de “soca rel” (esto es, “de pura cepa”), xarnegos abstenerse (****), con al menos cuatro apellidos indiscutiblemente autóctonos. La moda de quemar contenedores de basura y cortar el tráfico de la avenida Meridiana ha quedado descatalogada. Cunde, pues, entre sus gentes cierta desconfianza hacia las instituciones, sospechas de traición, y los más arrebatados de amor patrio consideran que aquello que no hagan los particulares ayunos de obediencias partidistas, no lo hará nadie. Y se sienten llamados a una operación entre heroica y apostólica. Genesíaca y eugenésica. Su misión: fraguar un sustrato social compacto y homogéneo, demográficamente significativo, incardinado a la más irreprochable pureza racial. Un reservorio espiritual que garantice la pervivencia de un catalanismo incólume en medio de las asechanzas de un mundo hostil y de la importación de colonos de muy variada procedencia (los murcianos de otrora) que amenazan la existencia e identidad de Cataluña. Tal cual.

El mecanismo es sencillo y obedece a los elementales dictados de la biología. Los hitos que marcan el itinerario son: citaos por internet, conoceos y haced vuestra la divisa bíblica “creced y multiplicaos”. Y, a continuación, que la “pubilla” (*****) separe las piernas lo suficiente para que el contrayente ocupe el hueco. Unas cuantas sacudidas pélvicas y así hasta que la inseminación sea productiva. Pero nada de sutilezas amatorias a lo señor de Valmont, caricias sofisticadas o entretenimientos estériles, pues los futuros paladines de la patria irredenta han de ser concebidos de manera honesta, sin extravagancias que repugnen al decoro. Nos jugamos mucho en tan delicada empresa y las acometidas han de inspirarse en pulsiones meramente reproductivas, sin concurso de la voluptuosidad. Eso no quita que nuestra “pubilla” comparezca en la cámara nupcial con bonitos aditamentos, corpiño ajustado con filigranas y perifollos de fina labor, medias de rejilla y ligueros con la “estrellada” inscripta para mejor enardecer las briosas cargas de nuestros garañones… como lucían la esvástica en tan femenil ornamento las seleccionadas meretrices de “Salón Kitty”, de Tinto Braas, apóstol del “culismo” en el septeno arte. Una copa de “cava” burbujeante para romper el hielo y desinhibir a las damiselas más pacatas y pudorosas, ostras y bombones, a los que atribuyen propiedades afrodisíacas, y la ambientación musical pertinente para propiciar el carnal ayuntamiento. Y qué mejor acicate sonoro que el “Remena, nena”, de Guillermina Motta, pues la barreja surt més bona i al client deixes content… (******). 

La operación Lebensborn, planificada por el alto mando de las SS, pretendía crear un núcleo de población étnicamente pura, sin tacha alguna, uniendo los mejores exponentes de la raza aria, reclutados entre sus hombres, a buenas mozas de indubitable ascendencia germánica. Visualicen a esas camareras del oktobertfest, biotipo “vaca brava”, que acarrean de una tacada media docena de jarras de cerveza apretujando su generoso escote. Valquirias rubias de ojos garzos y glabros (*) muslámenes de alabastro. El proyecto se extendió también a Noruega, tras la invasión, 1940, de ese territorio escandinavo. Si las circunstancias lo hubieran permitido, a buen seguro Himmler, materia gris de tamaña patochada, habría autorizado con entusiasmo la adquisición de nuestras feraces hembras de La Garrocha y de los Pallares (Jussà y Sobirà) para así superar sus expectativas de excelencia.

Las primeras puntadas de Lebensborn se dieron poco después de la llegada de Hitler al poder y antes de estallar la II Guerra Mundial. La selección de candidatos era meticulosa, se tomaban medidas antropométricas, rigurosamente, midiendo cráneos, arcos cigomáticos, huesos parietales (a lo Doctor Robert por el Ampurdán)… nada se dejaba al azar. Se testaba el cociente intelectual, miraban con lupa antecedentes familiares y, por supuesto, eran rechazados quienes no pasaban tan pormenorizada criba. Lebensborn y Fem fills Catalans! fueron prácticamente contemporáneos y les inspiró una misma filosofía y parecida finalidad. Los catalanistas hoy desempolvan las mismas gansadas de ayer.

(*)   Muestra de algunos vocablos “depradistas” (por Juan Manuel de Prada) contenidos en esta tractorada

(**)   “Queremos reconectar el país con su continuidad histórica, con la Cataluña Condal y de Jaime I”

(***)  “Etnogamia”: dícese del matrimonio contraído entre dos individuos pertenecientes a la misma etnia, si bien en nuestro caso sería preferible utilizar el derivado más inconsistente de ”etnoidegamia” pues hablar de una “etnia catalana” carece absolutamente del más mínimo rigor científico

(****)  “Mestizos”, catalanes de mezcla, como este tractorista

(*****) “Heredera”, primogénita entre las hijas en la familia tradicional catalana

(******) “Menea, nena… que la mezcla sale mejor y al cliente dejas contento…”

La bellísima Frida, de ABBA, nacida en 1945, es producto Lebensborn. Fue concebida muy pocas fechas antes de que los nazis se retirasen de Noruega. Aunque estamos, sin duda, ante un magnífico espécimen de la estirpe humana, la famosa cantante siempre lamentó no haber nacido en Capolat o Setcases, en el seno de una linajuda familia catalanista, y parecerse a Lloll Bertrán o a Mónica Terribas. Queridísima Frida, no se puede tener todo en esta vida

Tontifex Maximus

Santiago González dirige un divertido espacio radiofónico llamado “La República de los Tonnntos”. Por los micrófonos desfilan, conforme a sus méritos, personajes que disfrutan de la ciudadanía de tan torpe república. Pero falta dar con un candidato de consenso que sobrepuje a todos en su tontíceo (*) desempeño y ocupe por aclamación la jefatura del Estado. Aquí, en esta tractorada, se promociona a un formidable aspirante, David Uclés, ganador del último premio Nadal. Uclés ha dado un arreón tremendo. Se ha revelado, el joven literato, y músico también, como paladín colosal de la estulticia. Ignora este tractorista si en el capítulo matinal de “Es.Radio” ha tenido asiento y glosa tan distinguido pretendiente, pues no siempre puede uno sintonizar, como sería su deseo, el programa que da fe notarial de nuestro elenco patrio de tontos ilustres.

La cuestión es que Uclés, jiennense de cuna, ha sido galardonado por su novela titulada “La península de las casas vacías”, que trata, al parecer, de la Guerra Civil desde la perspectiva literaria del “realismo mágico”. Para componerla ha disfrutado de una beca que le ha permitido instalarse en Barcelona durante una temporada, siguiendo los pasos, admirador que es del “realismo mágico”, de aquellos autores hispanoamericanos que se establecieron en la ciudad condal al dar con un ambiente literario y editorial propicio para su profusa y desbordante creatividad. La actual es, no obstante, otra Barcelona, y salta a la vista: Uclés por Vargas Llosa.

Y, claro es, una vez en Cataluña, ha descendido sobre su cocorota, cual lengua de fuego pentecostal, la dulce melodía del más arrebatado catalanismo. Una iluminación. Ha sido una estancia breve, pero productiva, pues el autor ha caído en trance, mecido por los transportes extáticos de nuestro cautivador particularismo y se ha enamorado perdidamente de la “cultura catalana”, acaso de la literatura escrita en catalán. Cita a varios autores, uno de ellos Josep Carner, un magnífico cuentista, a decir verdad. Incluye en el billete de sus preferencias a Mercè Rodoreda, autora que goza de gran prestigio en la comarquita parnasiana de las letras indígenas. A ella debemos una novelilla, “Aloma”, de lectura obligatoria en el Bachillerato cuando mozos (ya ha llovido desde entonces, y mucho en estas últimas semanas a pesar del “cambioclimatismo” tremebundista). La protagonista, Aloma, es piropeada en español por un anónimo transeúnte y a raíz de ese suceso se hace la doña una reflexión que haría las delicias de Silvia Orriols. Aloma no se casará con nadie que no hable su lengua. Decisión que prefigura la posterior campaña “Fem fills catalans (**)”, al menos tres, pregonada por la difunta Marta Ferrusola.

Sucede, no obstante, que nuestro formidable candidato a las más altas magistraturas de la Tontísima (que no Serenísima) República, apenas pasó unos meses entre nosotros y cuesta creer que, salvo siendo agraciado con el don de lenguas instantáneo, una suerte de infusa poliglotía tal cual sucede en los casos admitidos por el Vaticano como posibles infestaciones demoníacas, haya podido degustar su paladar exquisito a los autores citados en lengua original. Cabe, pues, que Uclés echase mano de traducciones, nada objetable, para saborear semejantes gollerías con la fruición de un sibarita. Hijo dilecto de Euterpe, también es músico (un artista multidisciplinar), no sorprendería que, en apenas unas sesiones, se haya familiarizado con el alegre sonsonete de los instrumentos tradicionales de la cobla sardanista, sea la tenora, el tiple o el “flabiol” o flautín.

Entregado de hoz y coz al evento estelar diseñado por el gobierno de Pedro Sánchez, elcincuentenario de la muerte de Franco, Uclés, a pesar de su juventud, ha tenido a bien sermonear al paisanaje con una batería de diatribas contra el dictador, haciendo especial hincapié en su abulia erótica, en su inapetencia sexual. También en la sorprendente y prolongada permanencia en el poder del interfecto, habida cuenta de su incultura e incompetencia, tanto militar como política, en opinión del novelista. Nos agasaja, asimismo, con una teoría de vectores contrapuestos entre el matriarcado propio de las comarcas rurales, como sucede en Galicia, y la predominancia patriarcal en las zonas que han asistido a un notable desarrollo de la burguesía, que sería el caso de Cataluña. Trabadas perlas de su propio santiscario que, difícilmente, hallarán parangón en los discursos de otros postulantes, por muy distinguidos y capacitados que sean y estén, a la jefatura republicana… como no sea en los del ministro Urtasun (“Tontasun”) que, para mayor inri, lo es de Cultura.

Uno se pregunta si el bueno de Uclés, para documentar su novela guerracivilista, y durante su estancia en Cataluña, se dio un paseo por la calle de San Elías y visitó el tramo de mazmorra de la antigua checa “regentada” por la CNT, anexa a la iglesia de santa Inés, donde la superiora de las carmelitas de Barcelona, Apolonia Lizárraga, fue aserrada viva por milicianas anarquistas y sus restos arrojados a una piara de cerdos para eliminar los restos de los “facciosos” asesinados (“¡Hay chorizos de monja!”, que así se pregonaba el género tras la matanza porcina). Ahí estuvo este tractorista, hace unos años, en un acto de homenaje a las víctimas presentado por el profesor Barraycoa, pero ignoro si la iglesia diocesana, tanto o más desmemoriada que las sectarias leyes sobre el particular promulgadas por los gobiernos de ZP y de Pedro Sánchez, permite el acceso en la actualidad. Acaso se acercara Uclés a la cementera Asland, en Montcada i Reixach, donde los “combativos” milicianos del Frente Popular en la retaguardia se deshicieron de más de un centenar de cadáveres de civiles represaliados haciendo uso de sus hornos… anticipándose en unos años a los métodos industrializados de los campos nazis de exterminio. El glosario podría ser mucho más extenso, pero considero que estas dos exquisiteces satisfarán el fino morro de Uclés.

Al recibir el premio literario, se lamentó amargamente del gran desconocimiento de la literatura “catalana” (en catalán) en “el resto de la península”, según palabras textuales. Que sea desconocida, se lo concedo, pues gracias a los memorables planes de estudio perpetrados por la izquierda contra España, las sucesivas promociones de alumnos ignoran nuestros clásicos, un Góngora, un Quevedo, también a los contemporáneos, creyendo que Jovellanos, Larra e Iriarte forman la línea medular del Rácing de Santander. No sabiendo palabra de los hermanos Manuel y Antonio Machado, nacidos en Soria según nuestro doctísimo Presidente, de Delibes o de Álvaro Cunqueiro, qué cojones les vas a contar de Vinyoli o de Espriu allende nuestra región, por citar dos notabilísimos exponentes de la poesía en catalán. Tan ilusorio como pretender que el oficialismo cultural de la Cataluña ultranacionalista, de cuyas ubres mama Uclés con glotonería, considere catalana la magnífica obra poética y ensayística de Juan Eduardo Cirlot por estar compuesta en español. Considerando que las escuelas de titularidad municipal de Cataluña se han desprendido en estas últimas décadas de la mayoría de los volúmenes de literatura española que antes contenían sus bibliotecas, no por el procedimiento crematorio de la cementera Asland, si no empacándolos y mandándolos a Sudamérica con franqueo postal de baratillo como “impresos para la difusión de la cultura”, no parece que el mecanismo de reciprocidad goce de sólidos cimientos.

Pero, lo más chocante de su tontíceo parlamento interesa a una cuestión geográfica. Toma Uclés, como referencia, “la península”, extendiendo al vecino Portugal, también a la colonia británica de Gibraltar, el dramático desconocimiento de figura tan egregia como Mercè Rodoreda. Cabe que las grandes luminarias de las letras lusas como Luís de Camoens, Fernando Pessoa o Lobo Antunes, le hagan sitio para que la autora de “Aloma” no tenga necesidad de abrirse paso entre ellos a codazos. Claro que, lo que vale para Coimbra, Oporto o Lisboa, no vale, se entiende, para las islas Azores o Madeira, y lo mismo para las Canarias (esto es, eso que llaman “Macaronesia”), Ceuta y Melilla. Ni siquiera para el archipiélago balear. Quedan excluidas, pues, las provincias insulares. Ellas se lo pierden… o no, que diría el cachazudo Rajoy.

Me temo que a Uclés, tras visitarnos, becado a mantel y cuchillo, se le han pegado, el virus es muy contagioso, esos automatismos progres de uso común en Barcelona. Cualquier fórmula, por inapropiada y patética que sea, antes que decir España, no sea que se le abrase la lengua. “Península” y “Estado español” son las más socorridas. Y es que por estas latitudes la mansueta intelectualidad del régimen catalanista piensa y actúa como si Franco no hubiese muerto aún, a pesar del cincuentenario de marras. Una cosa es segura, y acabamos, nuestro candidato, David Uclés, es tonto a pieza bloque lo mismo en Cataluña que en el resto de la península, en Funchal, Canarias o Mallorca, incluido el islote de Sa Dragonera, al copo de vivaces y simpáticas lagartijas, de las que toma su nombre.

(*) Neologismo de este tractorista del que permite su libre uso sin reclamar regalías de autor. Significa “tontíceo”, se desprende del contexto, “tonto en grado superlativo”. “Tontérrimo” sería también una bonita opción

(**) “Tengamos (por “hagamos”) hijos catalanes”

Hola, soy David Uclés, y éste es el mensaje que os doy: “tonto es el que dice tonterías”… la frase es de mi amiguito Forrest Gump, que es mi fuente de inspiración. Y es verdad, lo mismo en Jaén que en Ripoll, que son peninsulares, pero no vale para Mahón o Teguise, que están en unas islitas, gñ, gñ… ¿Por qué me llamarán “el tonto de la boina”?

Lengua de «trabajo»

Sabíamos de la “lengua de trapo”: cuando uno lleva encima un tablón del quince y por efecto de la abusiva ingesta de morapio no es capaz de articular nítidamente dos palabras seguidas (como sucede a las nuevas generaciones de susurrantes actores españoles), pero no de la “lengua de trabajo”. El concepto se lo ha sacado de la chistera Salvador Illa. En efecto, Illa, sucesor del sonderkommando Montilla en la presidencia regional a beneficio del PSC, pretende que los Md’E (*) hagan de la catalana su lengua de trabajo. De modo que en una sociedad bilingüe, con un idioma oficial y otro cooficial, el catalán, mientras no cambie el marco jurídico, los funcionarios adscritos al cuerpo que se desempeña como policía integral en Cataluña habrán de relacionarse con los administrados exclusivamente en catalán. Y también entre ellos cuando acometan tareas concernientes a su ejecutoria profesional.

Quiere decir que el agente Md’E que a otro le pida un paquete de folios para alimentar la impresora, lo hará en catalán con arreglo a la “doctrina Illa”. También usará esa lengua para dar el alto a un sospechoso u ordenarle que se mantenga quieto mientras le reduce o le ajusta las “pulseras”. O para ordenar dispersión a los curiosos que por morbo se aglomeran ante un accidente de tráfico. Pero ese mismo agente podrá, si le place, preguntarle en español al mismo del paquete de folios si le apetece tomarse una cerveza una vez finalizado el servicio… habida cuenta que este supuesto no se incardina, en sentido estricto, en el ámbito laboral. Cosa diferente es que nos digan que todo es trabajo en horario de trabajo, en cuyo caso la invitación a la cantina también habría de formularla en la lengua fetiche del aborigenismo exaltado.

Llama poderosamente la atención que los gobiernos regionales liderados por el PSC son los que más aprietan en la imposición del catalán y, la otra cara de la moneda, en la exclusión del español de la vida pública e institucional. Nadie multó más que Montilla por el “affaire” de los rótulos comerciales. Y para la capital, Barcelona, nunca se llegó a mayor desprecio a la lengua española con Ada Flotilla Colau y ahora Collboni, relegándola a la marginalidad detrás del árabe y del chino, o expulsándola directamente de los anuncios municipales. Es parte de la tragedia catalana: la izquierda que se dice no nacionalista, extrema en mayor grado las normativas lingüísticas, acaso por hacerse perdonar su ya, meramente nominal, desafección del nacionalismo. Es imposible distinguirlos. Sucede aquí como en el final desolador de “Rebelión en la granja”. Miró del cerdo al hombre y del hombre al cerdo, y no halló ninguna diferencia.

Uno de los factores que ha motivado la ocurrencia del gobierno Illa es la contumaz y perversa costumbre de los agentes de hablar entre ellos en español, cuando menos en Barcelona y su área metropolitana, como habrá comprobado cualquiera que tenga oídos en perfecto estado de revista. Esa circunstancia escuece, y mucho, a los apologetas del catalán. Se les abren las carnes a causa de la heterodoxia idiomática, en sus conversaciones privadas, de los agentes uniformados. ¡¡¡Con el escudo patrio en la guerrera y hablando español!!! ¡¡¡Qué desfachatez es ésa!!! No es un trago fácil de digerir.

De tal suerte que, en adelante, se comunicarán en catalán con el caco, el violador o el navajero. En toda ocasión e independientemente de esos rasgos antropométricos que permitirían aventurar procedencia geográfica distinta. Vamos, al margen del fenotipo. Cabe que no pocos delincuentes, descontados los autóctonos, lo hablen a su vez por adaptación social y escolarización. Me explico, los chicos descendientes de inmigrantes dominicanos que a mal tengan delinquir (una exigua minoría, no cabe duda), nacidos lo mismo en Badalona que en Rubí (y que canturrean insufribles rimas “urbanitas” a bordo de veloces patinetes eléctricos, que te meto, que te meto, que te mato, y de un tiro te remato), confinados en la escuela pública, reciben todo su extenso y provechoso itinerario académico en catalán. Conocen el idioma y hacen uso de él por razones instrumentales, pero entre ellos no lo hablan, como asimismo sucede con los hijos de magrebíes y de asiáticos que, en términos coloquiales, se limpian el culo con la lengua localista. Lo que no sorprende si consideramos que a mano familiar y domiciliaria tienen otras de cierta difusión mundial como son el español, el árabe o el chino.

Pero hete aquí que, por mor de la laxa política migratoria vigente en España, ha aumentado exponencialmente la participación de inmigrantes (muchos de ellos ilegales) en la crónica negra. Hay estadísticas para todos los paladares e interpretaciones contrapuestas de esos mismos datos. Aunque la ocultación de la nacionalidad de los infractores es aún tendencia dominante, a la autoridad no le han quedado más bemoles que corregir al alza el porcentaje de criminalidad atribuido a la población foránea. De una fase casi idílica, “los inmigrantes no delinquen más que los españoles”, se pasó a una estadística instrumental o ideológica. En una tractorada anterior se dio fe de la publicidad del ayuntamiento de El Vendrell (Tarragona) sobre el particular. Unas banderolas metálicas enganchadas a las farolas exhibían en la vía pública el voluntarioso mensaje de la siguiente guisa: “Los extranjeros sólo cometen el 27% de los delitos sexuales”. Eran datos a escala nacional. Quería decirse que el 73% restante, una magnitud muy superior, corría por cuenta de los delincuentes indígenas. Sólo que entonces la población extranjera (el capítulo importante, se entiende, es el concerniente a la inmigración ilegal) rondaba el 12-13%. El afán por no estigmatizar al “colectivo” sólo podía embaucar a los más pachorrudos en la ciencia aritmética, pues salta a la vista que “27” dobla a “12-13”. De modo que el mensaje “farolero”, nunca mejor dicho, bien podría haber sido este otro: “Los extranjeros cometen, nada más y nada menos, que el doble de agresiones sexuales que los nacionales”. Solo que…

… habiendo asomado la patita en algunos medios digitales informes policiales realmente escalofriantes (al menos en Cataluña y Vascongadas) en lo tocante a la atribución por nacionalidades de delitos violentos, especialmente de índole sexual, se han actualizado las cifras por aquello de parar el golpe y se ha pasado del 27% a casi un 40%. La bagatela de 13 puntos porcentuales y casi un 50% más sobre la magnitud anterior. Y eso en los papeles oficiales, atenta la guardia. Si el porcentaje de población extranjera roza hoy el 15% quiere decirse que éstos, en esa materia criminal, dan un puñetazo en la mesa y se erigen en paladines invencibles del estupro. Suma y sigue: de ese índice campeonísimo, 40%, los marroquíes son autores, a su vez, del 40%: líderes indiscutibles. Y comoquiera que el 40% de ellos (de cuarenta en cuarenta) reside en Cataluña, se infiere, no hace falta ser un pitagorín, que su protagonismo en nuestra región, en lo tocante a abusos, aspira a la hegemonía. Que ríase usted de los putañeros mandos intermedios del PSOE.

Donde hay patrón no manda marinero. A todos ellos habrá que tomarles declaración en catalán, al menos en el cuartelillo, y darles copia, en catalán también para su firma, del atestado, tanto si les asiste, como si no, un traductor. Esta demora en los trámites por acomodo lingüístico redundará muy posiblemente en un peor y más atascado servicio policial y en una mayor sensación de inseguridad ciudadana. Pero qué diantre importa semejante minucia si, a cambio, la vida de la comunidad, en ese flanco crítico de la misma que es la perturbación de los derechos a la propiedad y a la integridad física de las personas, puede desarrollarse íntegramente en la lengua cooficial. ¿A qué esperan las entidades tipo Òmnium para elaborar ese breviario traducido al catalán de términos del sociolecto criminal a distribuir por los bajos fondos? “Navalla” (navaja), “dona’m la pasta o et tallaré el coll” (la pasta o te corto el cuello)”, “calla, meuca, i xucla” (calla, puta, y chupa).

No hay que darle más vueltas. Ni lengua de trabajo, ni gaitas. La instrucción de Cara de acelga Illa (**) es un subterfugio que no tiene otra finalidad que prohibir a los agentes Md’E que hablen en español entre sí durante la prestación del servicio, pues dan mala imagen al Cuerpo. Y punto. Sólo que no tienen los pelendengues de decirlo a las claras, como sí lo haría Silvia Orriols. De este modo transitamos la senda que nos adentra en esa fractura dimensional entre la realidad social y lingüística, el día a día de la gente, y la versión oficial, monolingüe. Mundos paralelos… y así se pasan las décadas en Catatònia, tan estúpidamente.   

(*) Md’E: Mossos d’ Esquadra

(**) El interfecto anda un pelín pachucho y está hospitalizado

Soy otro desde que me ponen “manilles” en lugar de esposas. Es un giro copernicano en mi carrera, me siento más valorado. Lo veo todo de otra manera: así da gusto acuchillar a la gente

Una DANA lingüística

Tantas veces se dice que el sonsonete produce hastío, el cansancio de la frase manida, del topicazo. Me refiero a esa “gran riqueza cultural” que suponen los diferentes idiomas hablados en España, sin olvidar, va de suyo, el curioso lenguaje tonal, el silbo, usado desde Dios sabe cuándo por los pastores de las quebradas gomeras. La muletilla la encuentra uno hasta en los discursos navideños de Felipe VI. Qué fatiga, entre otras cosas porque los idiomas más o menos locales, regionales, hablillas, “bables” o “fablas”, se utilizan por lo común, fenómeno potenciado por la centrifugación que habilita el modelo autonómico, a guisa de vectores de fragmentación política e identitaria. También para la creación de chiringuitos generosamente subvencionados a cargo del contribuyente y excusa para la instauración de derechos diferenciados al amparo siempre del Tribunal Constitucional (con mayoría “progre” o conservadora, que lo mismo da). Y para otras mil amenidades. Esa pretendida “riqueza cultural” sirve para levantar barreras entre territorios, y dentro de ellos. Y para separar y anteponer a unos ciudadanos en relación a otros. El multilingüismo cooficial vigente deviene un tóxico elemento que socava la igualdad civil y política de la ciudadanía. Y la “riqueza cultural” de marras obra en favor de la “pobreza civil”, que castiga más a unos que a otros, va de suyo, y aminora la calidad de la democracia española. Un bodrio “legalizado” chapuceramente y un negocio ruinoso para la mayoría (y una bicoca para una minoría).

Como ya se dijo desde este humeante tractor, si la riqueza cultural de una nación guarda relación directa con el número de lenguas que hablan sus nacionales, es Papúa-Nueva Guinea, patria de los bimin-kuskusmin de las Tierras Altas del río Sepik (para quienes no hay mejor sepultura para los padres que la panza de sus hijos), la mayor potencia cultural de todo el orbe planetario… pues son más de 700 los idiomas censados en ese rincón del planeta. ¿Qué quieres riqueza cultural? Pues ahí tienes una de mil pares de cojones que no la salta un gitano (*). Cuando son varias las lenguas que se hablan en una nación, la verdadera riqueza consiste en tener una, a ser posible de gran difusión, en la que entenderse todos. Y lo demás son jeribeques y milongas para gastarse una pasta en dobles o triples rotulaciones, en traductores y pinganillos. Y para embaularse tragos amargos como asistir a las disertaciones en catalán de un José Montilla o a las lecciones magistrales de ese trapalandrán (**) de Revilla, el de las anchoas, sobre la existencia del “cántabru” o “cantabruco”, o lo que quiera que sea que dice el interfecto se habla en los valles pasiegos. O subirse, chucu-chú, al “tren Cheolochico” (existe) rumbo a Los Mallos de Riglos por gentileza del baturrogobierno de Aragón. O para dotar de medios la academia del andalúh que mima con esmero Moreno Bonilla, cuando sus sentidos homenajes al chifletas de Blas Infante se lo permiten. Valgan estos ejemplos, pero los hay a miles e infinitamente más sádicos y peores.

Hace unos años se produjo en Bélgica un accidente ferroviario. En los chistes franceses los belgas desempeñan el papel de zonzos y lerdos. Y a tontainas continentales nos disputan la primacía a cara de perro, grrrrr… aunque ellos se han quedado, por el momento, con Puigdemont. No me sé ninguno de esos chascarrillos para ilustrar esto que digo, pero sí un verso de “Le Boudin”, el marcial himno de la Legión Extranjera, que atribuye a sus vecinos una pésima puntería: Pour les belges y en a plus/ Ce sont des tireurs au cul. Afortunadamente, recuerdo, no hubo que lamentar daños personales. Quizá fueran trenes sin pasajeros, “fuera de servicio”, y eso ayudó a que el episodio no acabara en tragedia. Dos trenes circulaban en sentido contrario por la misma vía. Los maquinistas se pusieron en contacto por radio para evitar el choque. Pero, hete aquí, que uno de ellos era valón, francófono, y el otro flamenco. Esto no es una coña marinera. El flamenco se empecinó en hablar su lengua (volem viure plenament en flamenc) que el valón no comprendía y uno por otro, y otro por uno, se armó el belén. Hubo colisión. Cabe decir que los flamencos, a la fuerza ahorcan, entienden el francés y, mejor o peor, lo hablan… pero como sucede en ocasiones, no seamos ilusos, las lenguas no están para acercar a las personas, si no para distanciarlas. Esta anécdota trae a las mientes el chiste del maño tozudo. Ése que a lomos de su mula caminaba por la vía del tren y al ver que se acercaba uno a toda castaña le espetó aquello de “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”

Y así llegamos a la fatídica DANA que anegó Valencia en octubre de 2024 con un balance apocalíptico de 240 víctimas mortales. ¿Factores? Los habituales, pero a lo bestia. El irregular índice pluviométrico de la costa mediterránea que alterna calorinas importantes y prolongadas sequías con lluvias torrenciales, particularmente en otoño. La orografía de la región con una extensa llanada tocante al mar apropiadísima para el desbordamiento de ramblas y arroyos. Otros sobrevenidos, como la falta de limpieza y mantenimiento de los cauces secos, según se ha podido saber, que obstruye el curso del agua y embalsa la crecida de caudales con dañinas consecuencias. Esto último fruto de una desastrosa política medioambiental basada en la “ecolobobería” urbanita que subraya en toda ocasión la oportunidad de dejar a la naturaleza que actúe por sí misma, sin interferencias, remitiéndonos a una suerte de naíf y peligroso “libre albedrío hídrico”. La desidia de las administraciones a través de los organismos (in) competentes, sea el caso de la Confederación Hidrográfica del Júcar. “Ecolobobos” que reclaman de manera insistente e irresponsable el retorno del Turia a su antiguo cauce, que en una crecida anterior (octubre de 1957) ya ocasionó casi un centenar de muertos. Si no se hubiera desviado el curso del río, atendiendo hoy a la población de la capital, y con el índice pluviométrico registrado en 2024, una cantidad descomunal, calculan los especialistas que hablaríamos a lo poco de 5.000 víctimas mortales. 

Suma y sigue. La retahíla judicializada de tardanzas en los avisos de emergencia con cruce de acusaciones: “que si tú, que si yo, que si yo, que si tú”. La carencia de un mando único eficaz para gestionar el desastre. Si necesitan ayuda, que la pidan. Es decir, el desparrame inherente al sindiós autonómico que alienta la deslealtad entre instituciones por intereses partidistas confrontados. El despliegue a cámara lenta de un operativo militar apropiado (UME u otras unidades). La imbecilidad supina de Mazón, pillado “in fraganti” en el reservado de un restaurante con una despampanante periodista, dándole la espalda a la tragedia y la cara al escote de la doña. Y el bochorno de las pesquisas posteriores en sede judicial que nada importan ya: dónde estuvo de las 18h a las 18h 15´o si regresó a su despacho andando, en taxi o tartana. O la heroica retirada de Sánchez, el galgo de Paiporta, mirada altiva, sereno continente, tras una lluvia de pegotes de barro atribuida a un peligroso comando de la ultraderecha. “Estoy bien, gracias”. 

Hete aquí que en la declaración de un técnico del gobierno regional adscrito a la unidad de gestión de la crisis asoma, pero sin que haya generado polémica alguna, una turbulencia lingüística “a la belga”, digo “a la valenciana”. Había que alertar a la población mediante un comunicado. Es lo suyo. Se redactó en español. Perfecto. Pero había que hacerlo también en valenciano (que algunos consideran que no deja de ser una variante dialectal del catalán, y otros que no, que es idioma por sí propio… y aún estamos los terceros que, llegados al nivel actual de estupidez plurilingüe vigente en España, nos importa un pimiento que sea lo uno o lo otro).

Quienquiera que fuera el encargado de redactar la versión localista del documento admonitorio, ay, madre, la pifió con los acentos (¿abiertos o cerrados?)… que los carga el diablo. El estropicio fue detectado, no pasó el filtro de calidad idiomática y hubo que revisarlo a fondo. Tan a fondo que la versión inicial fue datada a las 18h 15’ (según el declarante), esto es, justo cuando Mazón se comía con los ojos a su partenaire en el reservado (o en el aparcamiento anexo, que uno no sabe ya). Y la definitiva, con arreglo a la “Gramática Valenciana de doña Visenteta de El Perellonet”, no estuvo lista, ahí es nada, hasta las 20h 11’, cuando el licenciado en Filología dio el visto bueno y se transmitió definitivamente a la población…  habiendo digerido entonces Mazón la paella regada con un aromático rosado de Utiel-Requena. Atenta la guardia: ¡¡¡Casi dos horas más tarde!!! Y así lo dejo, que no quiero líos.  

(*) Dicho tradicional sin asomo de “gitanofobia” o cosa parecida

(**) «Palabro» que se le cuela a uno por leer a Juan Manuel De Prada

El perfil de la riada del Turia de octubre de 1957. Y hay quienes lo quieren devolver a su cauce anterior para que en la próxima inundación los fiambres se amontonen por cientos en La Malvarrosa.

Aliança Catalana

Aliança Catalana, el partido de Silvia Orriols, refulge como una supernova en el universo demoscópico desde hace unos meses. Las encuestas auguran a su formación un crecimiento espectacular, pasando de sus dos diputados en el actual parlamento regional a 19 o 20, ahí es nada, a la par de Junts. En catalán se dice muy descriptivamente “un daltabaix”, éste electoral. Y a fe mía que lo es. Se suceden los sesudos artículos acerca de la, más que presumible, colosal irrupción de AC en el escenario político y todos ellos muy bien fundamentados. Toca pues, quién dijo miedo, dar una versión propia, si bien de más modesto alcance, desde este humeante tractor.

La “reconquista catalanista” de la Cataluña irredenta, tras el desbarajuste procesual, procederá de Ripoll, cuna de Orriols, como de Ripoll procedían los terroristas islámicos que sembraron Las Ramblas de Barcelona de cadáveres arrollados por una furgoneta en agosto de 2017. Ripoll, es sabido, es una de las “palancas” (no hablo del Barça) angulares en la formación de la Cataluña “primigenia”, dicho así, por su protagonismo inicial en la resistencia al Islam tras el colapso de la monarquía visigoda. El Ripoll condal, Besalú y alrededores, mantenían relación de vasallaje con el reino carolingio: la “Marca Hispánica” de los francos… una denominación ulcerante para el nacionalismo. Ya saben, los tiempos fundacionales de Godofredo el Peludo (Guifré el Pilós), Bernardo I, Tallaferro y del abate Oliva (Oliba). Personajes de gran relevancia en el imaginario catalanista incursos en las productivas y seminales licuefacciones de nuestros aborigenistas más exaltados, como unidos por un cordón umbilical a la Alta Edad Media y nacidos por esporas, pitufos de gorro frigio, en una colonia de níscalos (“rovellons”). 

¿Por qué Silvia Orriols sube como la espuma en los últimos sondeos? Sencillo. No hace falta ser un lince para aderezar un par de motivos verosímiles. El primero es el balance en cierto modo frustrante del “proceso” separatista conducido por los partidos catalanistas tradicionales. Fracaso relativo, dirá alguien, y lo concedo, pues en estos últimos años, al calor del inicuo gobierno de Pedro Sánchez, han conseguido gracias a la debilidad de éste, a su cobardía y propensión a la traición, muchas más cosas, y de no poco fuste, de lo que habrían soñado mediante la confrontación directa con el gobierno de la nación. Pero es cierto que, entre sus feligreses se ha instalado una sensación de abatimiento (“nos han dejado colgados de la brocha”, “nos han utilizado”, “se han reído de nosotros”, etc). La Serenísima República de los Ocho Segundos. Pero no menos cierto es que la felonía de Sánchez no es producto directo del desafío rupturista. Es una circunstancia sobrevenida que, en términos culinarios, “liga” el potaje. Y que todo se encadena en una fatídica cadena de causalidades: la villanía de Pedro Sánchez sería irrelevante si Mariano Rajoy no hubiera cobardeado en tablas (se sabía el escondrijo de las urnas, se permitió la fuga de Puigdemont y el amotinamiento parcial de los Md’E*). Sorpresa ninguna, por otra parte, atendiendo a la personalidad del sujeto, tendente a la somnolencia abacial. A ello habría que sumar la melindrería “soft” de su gabinete (recuérdese aquel jodido fraude de Soraya “SdeS” que se dejaba masajear plácidamente la cerviz por Oriol Junqueras).

Otro motivo obedece a los nítidos planteamientos del fenómeno Orriols frente a las ideologías impostadas, vinculadas al universo woke, que han adoptado multitud de partidos (incluso de derechas) en todo el mundo occidental, también los catalanistas, y que han generado auténtica fatiga, cuando no perplejidad e irritación en una buena parte de la sociedad. Orriols no se ha detenido en esos peajes obligatorios y eso gusta a mucha gente… y, a mayor abundamiento, cuando los vectores prístinos, iniciales, del catalanismo político, del nacionalismo particularista, están en las antípodas de toda esa tralla de la ideología de género, de la cristianofobia o de la defensa a ultranza de la inmigración ilegal, entre otras bagatelas. Nuestro aborigenismo nació, como otros tantos, catolicón, tradicionalista y entre etnocéntrico y racista, y Orriols conecta mucho mejor con las esencias originales.

Al contrario, los partidos que han funcionado durante décadas como marcadores étnicos, CiU (Junts) y ERC, adoptaron alegremente esa morralla intelectual por estar al día y siempre ha quedado la sospecha de que se apuntaron al carro insincera e interesadamente, y que toda esa quincalla arcoirisada de la post-modernidad, en el fondo, se les daba una higa. Para muestra un botón: aupada Orriols a la alcaldía de Ripoll tuvo el buen tino de recuperar una “butifarrada” popular de larga tradición (no confundir con el “butifarréndum” de 2014 organizado por Artur Mas) que durante años fue prohibida por aquello de no ofender a la pujante comunidad musulmana de la comarca que, ya se dijo, dio jugosos frutos como cantera del terrorismo integrista (Las Ramblas, 2017). Consecuencia: se ganó la voluntad del paisanaje.

Basta, lo he visto y vivido, y apuntado en otras tractoradas, con darse un garbeo por esas bonitas localidades de La Garrocha, del Ripollés o de los ampurdanes (Alto y Bajo), pues las conozco bien, para detectar una disociación política evidente entre algunas formulaciones de los partidos nacionalistas y sus votantes. Es un fenómeno exportable a otras comarcas del interior (vale para Osona, Berguedá (-à) o Pallars Sobirá (-à)), esto es, al cinturón de la “barretina calada hasta las cejas”, como lo hay de la “Biblia”, del “güisqui clandestino” o del “gorrito cola de mapache” en los Montes Apalaches. Preciosas masías, césped recién cortado, caminitos de grava, flores en macetas cerámicas de La Bisbal, voladizos, un utilitario junto a un todocamino de alta gama bajo el emparrado, pérgolas y mecedoras, mástiles dentro de la finca con enormes banderas estrelladas. Allá, en el campo anexo, balas de paja.

Y, junto a ello, paisanos de menor fortuna, pero que en modo alguno quieren ser asimilados a eso que llaman los “nouvinguts” (“recién llegados”), que pasean a sus mujeres enfundadas en vestiduras talares… negras, fantasmales. Sociológicamente, podríamos hablar de un segmento amplio de la población enfeudado a la derecha y a la extrema derecha. Si doblamos esas coordenadas por el eje de Los Pirineos, sus pares al otro lado de la frontera votan masivamente al remodelado Frente Nacional de Marine Le Pen. Nada que a un observador curioso extrañe en demasía. En Francia, el sentimiento de pertenencia (con distorsiones poco significativas) lo marca la nación. En España, lo disputa la región en tumultuosa coexistencia azuzada por el delirante desparrame autonomista.

Esa es la oferta clara, directa y triunfadora de Silvia Orriols: no tiene necesidad alguna de camuflar el marcador identitario, que demandan sus potenciales votantes, entre oropeles y perifollos ideológicos ofertados, por lo común, desde los púlpitos de la progresía, tan a menudo contrarios al sentido común. Y, va de suyo, se sienten representados sin hacer concesiones, qué sabe uno, a los apóstoles del “multiculturalismo” o de la “okupación”. Los más pusilánimes apuntan que será más dura si cabe en materia lingüística. Quiá. ¿Más que los gobiernos ancilares con el nacionalismo del sonderkommando Montilla o de cara de acelga Illa?

Parecidamente nos sucedió, en muy distintas coordenadas, a los catalanes de la resistencia contra el nacionalismo cuando surgió C’s. Por fin teníamos un partido al que votar experimentando un alivio indescriptible y diciendo campanudamente: “Es mi partido… tengo al fin un partido que, en lo básico, me representa, que defiende sin complejos eso que yo quiero (con la excepción anterior del PP de Vidal Quadras, más por Vidal Quadras que por el PP, claro es). Y llegó a 36 diputados. Ahora es el turno de Aliança Catalana. Ignoro cuál será su itinerario electoral en las grandes ciudades o en la conurbación metropolitana de Barcelona, pero en comarcas tendrá un éxito rotundo, me juego el bigote. Primero le hará una OPA a la antigua CiU por vecindad en el espectro ideológico, pero también le requisará votos a carretadas a ERC y no pocos le rascará a ese engendro de CUP. ¿Qué no? Se admiten apuestas.

(*) Md’E: Mossos d’ Esquadra   

Foto panorámica de Queralbs (Ripollés), refugio predilecto, en tiempos, de Jordi Pujol. “¿Género fluido? ¿Que es usted una cabra atrapada en un cuerpo humano? ¿Que me va a “okupar” el granero y para desalojarle he de meterme en juicios?… Esas cosas no se estilan por aquí, por eso votaremos todos a Silvia Orriols”. Dicho en otras palabras: “Este es un pueblo muy aburrido… no te va a gustar”, que le larga el gran Brian Dennehy a John Rambo en esa primera hora fantástica de “Acorralado”

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