Así se ha pasado décadas la resistencia: sin noticias del gran escritor Eduardo Mendoza. Las tuvimos de Gurb, ese simpático alienígena que aterrizó en la Barcelona preolímpica habiendo adoptado la apariencia de la escultural Marta Sánchez. Mendoza dio el pelotazo literario con la fenomenal novela titulada “La verdad sobre el caso Savolta” que, en tiempos, formaba parte del programa de lecturas obligatorias del Bachillerato. Cuando el bachillerato era Bachillerato. Su consagración llegó con otro exitazo de ventas: “La ciudad de los prodigios”. Una de las mejores firmas de la narrativa española contemporánea.
Sucede con Eduardo Mendoza lo mismo que con otros escritores catalanes que escriben en español, amén de cantantes y artistas de disciplinas diversas. Con relación al nacionalismo obligatorio que asfixia la sociedad de la que forman parte, y a las políticas lingüísticas vigentes desde mediados los 80 del pasado siglo, tendentes a la proscripción del español en la vida pública e institucional, se han colocado de perfil como formando parte de un jeroglífico egipcio y han callado como malas putas.
Dicho a la pata la llana, no se mojan ni debajo de la ducha. A ellos les vale mientras cobren buenos royalties de las editoriales a pesar de que la lengua en la que se ganan muy honrosamente la vida es considerada la lengua “nyorda” (*) de los colonos y ha sido desterrada sin contemplaciones de las aulas, e incluso del patio de recreo. En otras palabras, han ejercido una blandengue neutralidad. “Yo a lo mío y tú depaupera a tus anchas la instrucción pública mediante el aldeanismo lingüístico, que yo no digo ni pío”. No hace falta ser un lince para ver que en una situación así, de ataque continuado a la lengua nacional, otrosí lengua de referencia familiar mayoritaria entre los catalanes (según el propio “CIS” indígena), esa equidistancia no es si no colaboración “pasiva” con el régimen en grado medio-alto. No les preocupa ni mucho ni poco que la jibarización intelectual promovida por el modelo catalanista les excluya de las sublimes manifestaciones culturales de la región cuando la administración exhibe lo más granado de la producción autóctona en ferias internacionales, sea la de Frankfurt. Mientras no les incomoden mucho por escribir en español (o cantar, tipo “Estopa”), van servidos.
Que un escritor no tiene por qué ser un héroe y jugarse el pellejo, va de suyo. Y es muy libre, como cualquiera, de comprometerse o no en la defensa de una causa. Pues causas hay para todos los paladares, como la preservación de las focas monje, la defensa de las libertades civiles y políticas en Cuba o Venezuela, o, en sentido contrario, el respaldo entusiasta a esas mismas tiranías liberticidas del Caribe (detenciones, torturas, “desaparición” de disidentes). Sin ir más lejos, la sumisión al castrismo ha gozado en el gremio aludido de un enorme predicamento. Recordemos el caso paradigmático de Serrat que, a principios de los 70 del pasado siglo, actuó en el parque Lenin de La Habana, según cuenta en sus memorias Juan Abreu, y allí los sayones de la dictadura la emprendieron a porrazos contra los espectadores sin que el aclamado intérprete suspendiera el recital, como si la cosa no fuera con él.
Muchos de nuestros heroicos artistas e intelectuales se blindaron de las acometidas del nacionalismo buscando abrigo en el PSC, del que el PSOE actual es lacayuna franquicia a nivel nacional. Eduardo Mendoza ha sido uno de ellos. Pero, hete aquí, de un tiempo a esta parte el autor ha largado algún que otro alfilerazo al nacionalismo, acaso porque ya tiene una edad que le permite decir a las claras lo que piensa sin supeditar sus declaraciones al interés comercial o a la subsistencia civil, el temor a eso que llaman “cancelación”. Y en esa onda, fuera o no un truco de prestidigitador, se sacó de la manga una inocua chanza sobre la concurrencia del día de “sant Jordi” (san Jorge), mártir capadocio y patrón de Aragón, Inglaterra, Rusia, Georgia, Etiopía e incluso de Friburgo en Briesgovia, y del día del libro que conmemora el nacimiento de Cervantes. Un chascarrillo venial, inofensivo y ayuno de toda sustancia polémica. Dijo algo así como que “sant Jordi”, el sauricida, era una suerte de maltratador animal.
Si aplicamos el esquema de Bettelheim de su “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, vemos que el dragón, más acá de representar al maligno (a lo maligno), simboliza esa parte nuestra oscura, escondida, donde anidan los instintos, las pulsiones primitivas que han de ser sometidas, sublimadas, vencidas para experimentar una purificación o elevación espiritual sobre el componente animalizado de nuestra naturaleza. La sauromaquia georgiana supone, por así decir, la victoria sobre nuestro cerebro reptiliano.
La cuestión es que la chufla nimia y pueril de Mendoza abrió las carnes al separatismo y de no taponarse la herida con las manos, le habrían caído las tripas al suelo con un frufrú de vísceras deslizantes. Indignación. Sentimiento patriótico herido. Agresión intolerable. Catalanofobia. Tambores de guerra. Y la llamada, no es coña, a quemar a lo “Farenheit 451”, libros de Mendoza en la plaza pública. A santo de qué reacción tan furibunda, tanta sobreactuación. Obviamos la equiparación de la airada respuesta catalanista a las hogueras de la bibliofobia nazi que la tomaba con autores por su condición de judíos, por su afinidad ideológica al socialismo o por aquello del aburguesamiento decadente o degenerado. Tratándose tan funesto episodio de un mayúsculo ejercicio de intolerancia, la angurria (**) incendiaria de nuestros catalanistas es, si cabe, más inconsistente aún, habida cuenta que acercan la lumbre a la producción mendocina por una inane alusión a una leyenda, que es como montar en cólera por pitorrearse uno de “Los tres cerditos”. Hay que ser paleto y gilipollas. Y para mí tengo que nuestros particularistas chifletas en su fuero interno creen que “sant Jordi” y san Jorge son dos santos distintos. Que puede que el segundo fuera un paladín de Diocleciano convertido al cristianismo, y martirizado por ello, pero que el primero, es cosa segura, vino al mundo en Roda de Ter.
No hay mal que por bien no venga. Y Mendoza, tan discreto durante décadas, confundido con el paisaje, echando mano de la tecnología biométrica de camuflaje ensayada por su personaje Gurb, y apadrinado por la progresía y tolerado por el régimen catalanista, se gana ahora, sin haber sudado la camiseta, fama de forajido, de autor maldito, de outsider, de incordio para el aborigenismo exaltado y esta suerte de improvisada campaña de propaganda le aúpa al puesto número uno en ventas el día 23 de abril. Miel sobre hojuelas. Una disidencia oportuna y rentable. Que lo sea en adelante sincera y perseverante.
El complejo simbólico del caballero que somete al dragón de una lanzada ha de permanecer intacto. La más mínima variación compromete su eficacia. Como una fórmula mágica o un ensalmo al que cambiamos el orden de las palabras. Recuerda la impostada y ridícula hiperdulía georgiana del catalanismo, en cierto modo, a aquel druida escocés autor de la más descriptiva y poética metáfora del nacionalismo que he conocido. El chamán se acercó a las orillas del lago Ness y mediante un hechizo instó al monstruo a que permaneciera escondido entre las anfractuosidades y honduras del lecho lacustre. Que es un hecho del que ya se ha dado fe en tractoradas anteriores. En efecto, una expedición científica londinense, equipada con radares, sonares y aparatejos de última generación, quería escudriñar cada rincón del lago para hallar de una puñetera vez pruebas consistentes de la presencia del monstruo, un fósil viviente de la criptofauna, o, en caso contrario, proclamar definitivamente su inexistencia. Nessie, trasunto del in illo tempore, de las ancestrales y primigenias esencias de Escocia, una suerte de William Wallace con escamas, debía permanecer oculto, inmergido, a salvo de la mirada indiscreta y analítica de la ciencia. Al margen de la razón, pues la bestia pertenece a ese mundo de brumas de los tiempos oscuros y, cual vampiro nocherniego, no puede ver la luz, pues la luz sería la causa de su destrucción.
Con todo, no andamos muy sobrados de efectivos de este lado y las altas más talentosas las celebramos con entusiasmo, de modo que, don Eduardo, bienvenido al club y apriete el paso con decisión que ya vamos tarde.
(*) “Lengua nyorda”: “lengua de mierda” o “lengua española”, en el argot catalanista
(**) “Depradismo”, es decir, de Juan Manuel de Prada. “Angurria”: ansia o afán por alguna cosa

Ya me previno mi madre, si te dejas adorar por los catalanistas, te meterán en un lío









