Tontifex Maximus

Santiago González dirige un divertido espacio radiofónico llamado “La República de los Tonnntos”. Por los micrófonos desfilan, conforme a sus méritos, personajes que disfrutan de la ciudadanía de tan torpe república. Pero falta dar con un candidato de consenso que sobrepuje a todos en su tontíceo (*) desempeño y ocupe por aclamación la jefatura del Estado. Aquí, en esta tractorada, se promociona a un formidable aspirante, David Uclés, ganador del último premio Nadal. Uclés ha dado un arreón tremendo. Se ha revelado, el joven literato, y músico también, como paladín colosal de la estulticia. Ignora este tractorista si en el capítulo matinal de “Es.Radio” ha tenido asiento y glosa tan distinguido pretendiente, pues no siempre puede uno sintonizar, como sería su deseo, el programa que da fe notarial de nuestro elenco patrio de tontos ilustres.

La cuestión es que Uclés, jiennense de cuna, ha sido galardonado por su novela titulada “La península de las casas vacías”, que trata, al parecer, de la Guerra Civil desde la perspectiva literaria del “realismo mágico”. Para componerla ha disfrutado de una beca que le ha permitido instalarse en Barcelona durante una temporada, siguiendo los pasos, admirador que es del “realismo mágico”, de aquellos autores hispanoamericanos que se establecieron en la ciudad condal al dar con un ambiente literario y editorial propicio para su profusa y desbordante creatividad. La actual es, no obstante, otra Barcelona, y salta a la vista: Uclés por Vargas Llosa.

Y, claro es, una vez en Cataluña, ha descendido sobre su cocorota, cual lengua de fuego pentecostal, la dulce melodía del más arrebatado catalanismo. Una iluminación. Ha sido una estancia breve, pero productiva, pues el autor ha caído en trance, mecido por los transportes extáticos de nuestro cautivador particularismo y se ha enamorado perdidamente de la “cultura catalana”, acaso de la literatura escrita en catalán. Cita a varios autores, uno de ellos Josep Carner, un magnífico cuentista, a decir verdad. Incluye en el billete de sus preferencias a Mercè Rodoreda, autora que goza de gran prestigio en la comarquita parnasiana de las letras indígenas. A ella debemos una novelilla, “Aloma”, de lectura obligatoria en el Bachillerato cuando mozos (ya ha llovido desde entonces, y mucho en estas últimas semanas a pesar del “cambioclimatismo” tremebundista). La protagonista, Aloma, es piropeada en español por un anónimo transeúnte y a raíz de ese suceso se hace la doña una reflexión que haría las delicias de Silvia Orriols. Aloma no se casará con nadie que no hable su lengua. Decisión que prefigura la posterior campaña “Fem fills catalans (**)”, al menos tres, pregonada por la difunta Marta Ferrusola.

Sucede, no obstante, que nuestro formidable candidato a las más altas magistraturas de la Tontísima (que no Serenísima) República, apenas pasó unos meses entre nosotros y cuesta creer que, salvo siendo agraciado con el don de lenguas instantáneo, una suerte de infusa poliglotía tal cual sucede en los casos admitidos por el Vaticano como posibles infestaciones demoníacas, haya podido degustar su paladar exquisito a los autores citados en lengua original. Cabe, pues, que Uclés echase mano de traducciones, nada objetable, para saborear semejantes gollerías con la fruición de un sibarita. Hijo dilecto de Euterpe, también es músico (un artista multidisciplinar), no sorprendería que, en apenas unas sesiones, se haya familiarizado con el alegre sonsonete de los instrumentos tradicionales de la cobla sardanista, sea la tenora, el tiple o el “flabiol” o flautín.

Entregado de hoz y coz al evento estelar diseñado por el gobierno de Pedro Sánchez, elcincuentenario de la muerte de Franco, Uclés, a pesar de su juventud, ha tenido a bien sermonear al paisanaje con una batería de diatribas contra el dictador, haciendo especial hincapié en su abulia erótica, en su inapetencia sexual. También en la sorprendente y prolongada permanencia en el poder del interfecto, habida cuenta de su incultura e incompetencia, tanto militar como política, en opinión del novelista. Nos agasaja, asimismo, con una teoría de vectores contrapuestos entre el matriarcado propio de las comarcas rurales, como sucede en Galicia, y la predominancia patriarcal en las zonas que han asistido a un notable desarrollo de la burguesía, que sería el caso de Cataluña. Trabadas perlas de su propio santiscario que, difícilmente, hallarán parangón en los discursos de otros postulantes, por muy distinguidos y capacitados que sean y estén, a la jefatura republicana… como no sea en los del ministro Urtasun (“Tontasun”) que, para mayor inri, lo es de Cultura.

Uno se pregunta si el bueno de Uclés, para documentar su novela guerracivilista, y durante su estancia en Cataluña, se dio un paseo por la calle de San Elías y visitó el tramo de mazmorra de la antigua checa “regentada” por la CNT, anexa a la iglesia de santa Inés, donde la superiora de las carmelitas de Barcelona, Apolonia Lizárraga, fue aserrada viva por milicianas anarquistas y sus restos arrojados a una piara de cerdos para eliminar los restos de los “facciosos” asesinados (“¡Hay chorizos de monja!”, que así se pregonaba el género tras la matanza porcina). Ahí estuvo este tractorista, hace unos años, en un acto de homenaje a las víctimas presentado por el profesor Barraycoa, pero ignoro si la iglesia diocesana, tanto o más desmemoriada que las sectarias leyes sobre el particular promulgadas por los gobiernos de ZP y de Pedro Sánchez, permite el acceso en la actualidad. Acaso se acercara Uclés a la cementera Asland, en Montcada i Reixach, donde los “combativos” milicianos del Frente Popular en la retaguardia se deshicieron de más de un centenar de cadáveres de civiles represaliados haciendo uso de sus hornos… anticipándose en unos años a los métodos industrializados de los campos nazis de exterminio. El glosario podría ser mucho más extenso, pero considero que estas dos exquisiteces satisfarán el fino morro de Uclés.

Al recibir el premio literario, se lamentó amargamente del gran desconocimiento de la literatura “catalana” (en catalán) en “el resto de la península”, según palabras textuales. Que sea desconocida, se lo concedo, pues gracias a los memorables planes de estudio perpetrados por la izquierda contra España, las sucesivas promociones de alumnos ignoran nuestros clásicos, un Góngora, un Quevedo, también a los contemporáneos, creyendo que Jovellanos, Larra e Iriarte forman la línea medular del Rácing de Santander. No sabiendo palabra de los hermanos Manuel y Antonio Machado, nacidos en Soria según nuestro doctísimo Presidente, de Delibes o de Álvaro Cunqueiro, qué cojones les vas a contar de Vinyoli o de Espriu allende nuestra región, por citar dos notabilísimos exponentes de la poesía en catalán. Tan ilusorio como pretender que el oficialismo cultural de la Cataluña ultranacionalista, de cuyas ubres mama Uclés con glotonería, considere catalana la magnífica obra poética y ensayística de Juan Eduardo Cirlot por estar compuesta en español. Considerando que las escuelas de titularidad municipal de Cataluña se han desprendido en estas últimas décadas de la mayoría de los volúmenes de literatura española que antes contenían sus bibliotecas, no por el procedimiento crematorio de la cementera Asland, si no empacándolos y mandándolos a Sudamérica con franqueo postal de baratillo como “impresos para la difusión de la cultura”, no parece que el mecanismo de reciprocidad goce de sólidos cimientos.

Pero, lo más chocante de su tontíceo parlamento interesa a una cuestión geográfica. Toma Uclés, como referencia, “la península”, extendiendo al vecino Portugal, también a la colonia británica de Gibraltar, el dramático desconocimiento de figura tan egregia como Mercè Rodoreda. Cabe que las grandes luminarias de las letras lusas como Luís de Camoens, Fernando Pessoa o Lobo Antunes, le hagan sitio para que la autora de “Aloma” no tenga necesidad de abrirse paso entre ellos a codazos. Claro que, lo que vale para Coimbra, Oporto o Lisboa, no vale, se entiende, para las islas Azores o Madeira, y lo mismo para las Canarias (esto es, eso que llaman “Macaronesia”), Ceuta y Melilla. Ni siquiera para el archipiélago balear. Quedan excluidas, pues, las provincias insulares. Ellas se lo pierden… o no, que diría el cachazudo Rajoy.

Me temo que a Uclés, tras visitarnos, becado a mantel y cuchillo, se le han pegado, el virus es muy contagioso, esos automatismos progres de uso común en Barcelona. Cualquier fórmula, por inapropiada y patética que sea, antes que decir España, no sea que se le abrase la lengua. “Península” y “Estado español” son las más socorridas. Y es que por estas latitudes la mansueta intelectualidad del régimen catalanista piensa y actúa como si Franco no hubiese muerto aún, a pesar del cincuentenario de marras. Una cosa es segura, y acabamos, nuestro candidato, David Uclés, es tonto a pieza bloque lo mismo en Cataluña que en el resto de la península, en Funchal, Canarias o Mallorca, incluido el islote de Sa Dragonera, al copo de vivaces y simpáticas lagartijas, de las que toma su nombre.

(*) Neologismo de este tractorista del que permite su libre uso sin reclamar regalías de autor. Significa “tontíceo”, se desprende del contexto, “tonto en grado superlativo”. “Tontérrimo” sería también una bonita opción

(**) “Tengamos (por “hagamos”) hijos catalanes”

Hola, soy David Uclés, y éste es el mensaje que os doy: “tonto es el que dice tonterías”… la frase es de mi amiguito Forrest Gump, que es mi fuente de inspiración. Y es verdad, lo mismo en Jaén que en Ripoll, que son peninsulares, pero no vale para Mahón o Teguise, que están en unas islitas, gñ, gñ… ¿Por qué me llamarán “el tonto de la boina”?

Lengua de «trabajo»

Sabíamos de la “lengua de trapo”: cuando uno lleva encima un tablón del quince y por efecto de la abusiva ingesta de morapio no es capaz de articular nítidamente dos palabras seguidas (como sucede a las nuevas generaciones de susurrantes actores españoles), pero no de la “lengua de trabajo”. El concepto se lo ha sacado de la chistera Salvador Illa. En efecto, Illa, sucesor del sonderkommando Montilla en la presidencia regional a beneficio del PSC, pretende que los Md’E (*) hagan de la catalana su lengua de trabajo. De modo que en una sociedad bilingüe, con un idioma oficial y otro cooficial, el catalán, mientras no cambie el marco jurídico, los funcionarios adscritos al cuerpo que se desempeña como policía integral en Cataluña habrán de relacionarse con los administrados exclusivamente en catalán. Y también entre ellos cuando acometan tareas concernientes a su ejecutoria profesional.

Quiere decir que el agente Md’E que a otro le pida un paquete de folios para alimentar la impresora, lo hará en catalán con arreglo a la “doctrina Illa”. También usará esa lengua para dar el alto a un sospechoso u ordenarle que se mantenga quieto mientras le reduce o le ajusta las “pulseras”. O para ordenar dispersión a los curiosos que por morbo se aglomeran ante un accidente de tráfico. Pero ese mismo agente podrá, si le place, preguntarle en español al mismo del paquete de folios si le apetece tomarse una cerveza una vez finalizado el servicio… habida cuenta que este supuesto no se incardina, en sentido estricto, en el ámbito laboral. Cosa diferente es que nos digan que todo es trabajo en horario de trabajo, en cuyo caso la invitación a la cantina también habría de formularla en la lengua fetiche del aborigenismo exaltado.

Llama poderosamente la atención que los gobiernos regionales liderados por el PSC son los que más aprietan en la imposición del catalán y, la otra cara de la moneda, en la exclusión del español de la vida pública e institucional. Nadie multó más que Montilla por el “affaire” de los rótulos comerciales. Y para la capital, Barcelona, nunca se llegó a mayor desprecio a la lengua española con Ada Flotilla Colau y ahora Collboni, relegándola a la marginalidad detrás del árabe y del chino, o expulsándola directamente de los anuncios municipales. Es parte de la tragedia catalana: la izquierda que se dice no nacionalista, extrema en mayor grado las normativas lingüísticas, acaso por hacerse perdonar su ya, meramente nominal, desafección del nacionalismo. Es imposible distinguirlos. Sucede aquí como en el final desolador de “Rebelión en la granja”. Miró del cerdo al hombre y del hombre al cerdo, y no halló ninguna diferencia.

Uno de los factores que ha motivado la ocurrencia del gobierno Illa es la contumaz y perversa costumbre de los agentes de hablar entre ellos en español, cuando menos en Barcelona y su área metropolitana, como habrá comprobado cualquiera que tenga oídos en perfecto estado de revista. Esa circunstancia escuece, y mucho, a los apologetas del catalán. Se les abren las carnes a causa de la heterodoxia idiomática, en sus conversaciones privadas, de los agentes uniformados. ¡¡¡Con el escudo patrio en la guerrera y hablando español!!! ¡¡¡Qué desfachatez es ésa!!! No es un trago fácil de digerir.

De tal suerte que, en adelante, se comunicarán en catalán con el caco, el violador o el navajero. En toda ocasión e independientemente de esos rasgos antropométricos que permitirían aventurar procedencia geográfica distinta. Vamos, al margen del fenotipo. Cabe que no pocos delincuentes, descontados los autóctonos, lo hablen a su vez por adaptación social y escolarización. Me explico, los chicos descendientes de inmigrantes dominicanos que a mal tengan delinquir (una exigua minoría, no cabe duda), nacidos lo mismo en Badalona que en Rubí (y que canturrean insufribles rimas “urbanitas” a bordo de veloces patinetes eléctricos, que te meto, que te meto, que te mato, y de un tiro te remato), confinados en la escuela pública, reciben todo su extenso y provechoso itinerario académico en catalán. Conocen el idioma y hacen uso de él por razones instrumentales, pero entre ellos no lo hablan, como asimismo sucede con los hijos de magrebíes y de asiáticos que, en términos coloquiales, se limpian el culo con la lengua localista. Lo que no sorprende si consideramos que a mano familiar y domiciliaria tienen otras de cierta difusión mundial como son el español, el árabe o el chino.

Pero hete aquí que, por mor de la laxa política migratoria vigente en España, ha aumentado exponencialmente la participación de inmigrantes (muchos de ellos ilegales) en la crónica negra. Hay estadísticas para todos los paladares e interpretaciones contrapuestas de esos mismos datos. Aunque la ocultación de la nacionalidad de los infractores es aún tendencia dominante, a la autoridad no le han quedado más bemoles que corregir al alza el porcentaje de criminalidad atribuido a la población foránea. De una fase casi idílica, “los inmigrantes no delinquen más que los españoles”, se pasó a una estadística instrumental o ideológica. En una tractorada anterior se dio fe de la publicidad del ayuntamiento de El Vendrell (Tarragona) sobre el particular. Unas banderolas metálicas enganchadas a las farolas exhibían en la vía pública el voluntarioso mensaje de la siguiente guisa: “Los extranjeros sólo cometen el 27% de los delitos sexuales”. Eran datos a escala nacional. Quería decirse que el 73% restante, una magnitud muy superior, corría por cuenta de los delincuentes indígenas. Sólo que entonces la población extranjera (el capítulo importante, se entiende, es el concerniente a la inmigración ilegal) rondaba el 12-13%. El afán por no estigmatizar al “colectivo” sólo podía embaucar a los más pachorrudos en la ciencia aritmética, pues salta a la vista que “27” dobla a “12-13”. De modo que el mensaje “farolero”, nunca mejor dicho, bien podría haber sido este otro: “Los extranjeros cometen, nada más y nada menos, que el doble de agresiones sexuales que los nacionales”. Solo que…

… habiendo asomado la patita en algunos medios digitales informes policiales realmente escalofriantes (al menos en Cataluña y Vascongadas) en lo tocante a la atribución por nacionalidades de delitos violentos, especialmente de índole sexual, se han actualizado las cifras por aquello de parar el golpe y se ha pasado del 27% a casi un 40%. La bagatela de 13 puntos porcentuales y casi un 50% más sobre la magnitud anterior. Y eso en los papeles oficiales, atenta la guardia. Si el porcentaje de población extranjera roza hoy el 15% quiere decirse que éstos, en esa materia criminal, dan un puñetazo en la mesa y se erigen en paladines invencibles del estupro. Suma y sigue: de ese índice campeonísimo, 40%, los marroquíes son autores, a su vez, del 40%: líderes indiscutibles. Y comoquiera que el 40% de ellos (de cuarenta en cuarenta) reside en Cataluña, se infiere, no hace falta ser un pitagorín, que su protagonismo en nuestra región, en lo tocante a abusos, aspira a la hegemonía. Que ríase usted de los putañeros mandos intermedios del PSOE.

Donde hay patrón no manda marinero. A todos ellos habrá que tomarles declaración en catalán, al menos en el cuartelillo, y darles copia, en catalán también para su firma, del atestado, tanto si les asiste, como si no, un traductor. Esta demora en los trámites por acomodo lingüístico redundará muy posiblemente en un peor y más atascado servicio policial y en una mayor sensación de inseguridad ciudadana. Pero qué diantre importa semejante minucia si, a cambio, la vida de la comunidad, en ese flanco crítico de la misma que es la perturbación de los derechos a la propiedad y a la integridad física de las personas, puede desarrollarse íntegramente en la lengua cooficial. ¿A qué esperan las entidades tipo Òmnium para elaborar ese breviario traducido al catalán de términos del sociolecto criminal a distribuir por los bajos fondos? “Navalla” (navaja), “dona’m la pasta o et tallaré el coll” (la pasta o te corto el cuello)”, “calla, meuca, i xucla” (calla, puta, y chupa).

No hay que darle más vueltas. Ni lengua de trabajo, ni gaitas. La instrucción de Cara de acelga Illa (**) es un subterfugio que no tiene otra finalidad que prohibir a los agentes Md’E que hablen en español entre sí durante la prestación del servicio, pues dan mala imagen al Cuerpo. Y punto. Sólo que no tienen los pelendengues de decirlo a las claras, como sí lo haría Silvia Orriols. De este modo transitamos la senda que nos adentra en esa fractura dimensional entre la realidad social y lingüística, el día a día de la gente, y la versión oficial, monolingüe. Mundos paralelos… y así se pasan las décadas en Catatònia, tan estúpidamente.   

(*) Md’E: Mossos d’ Esquadra

(**) El interfecto anda un pelín pachucho y está hospitalizado

Soy otro desde que me ponen “manilles” en lugar de esposas. Es un giro copernicano en mi carrera, me siento más valorado. Lo veo todo de otra manera: así da gusto acuchillar a la gente

Una DANA lingüística

Tantas veces se dice que el sonsonete produce hastío, el cansancio de la frase manida, del topicazo. Me refiero a esa “gran riqueza cultural” que suponen los diferentes idiomas hablados en España, sin olvidar, va de suyo, el curioso lenguaje tonal, el silbo, usado desde Dios sabe cuándo por los pastores de las quebradas gomeras. La muletilla la encuentra uno hasta en los discursos navideños de Felipe VI. Qué fatiga, entre otras cosas porque los idiomas más o menos locales, regionales, hablillas, “bables” o “fablas”, se utilizan por lo común, fenómeno potenciado por la centrifugación que habilita el modelo autonómico, a guisa de vectores de fragmentación política e identitaria. También para la creación de chiringuitos generosamente subvencionados a cargo del contribuyente y excusa para la instauración de derechos diferenciados al amparo siempre del Tribunal Constitucional (con mayoría “progre” o conservadora, que lo mismo da). Y para otras mil amenidades. Esa pretendida “riqueza cultural” sirve para levantar barreras entre territorios, y dentro de ellos. Y para separar y anteponer a unos ciudadanos en relación a otros. El multilingüismo cooficial vigente deviene un tóxico elemento que socava la igualdad civil y política de la ciudadanía. Y la “riqueza cultural” de marras obra en favor de la “pobreza civil”, que castiga más a unos que a otros, va de suyo, y aminora la calidad de la democracia española. Un bodrio “legalizado” chapuceramente y un negocio ruinoso para la mayoría (y una bicoca para una minoría).

Como ya se dijo desde este humeante tractor, si la riqueza cultural de una nación guarda relación directa con el número de lenguas que hablan sus nacionales, es Papúa-Nueva Guinea, patria de los bimin-kuskusmin de las Tierras Altas del río Sepik (para quienes no hay mejor sepultura para los padres que la panza de sus hijos), la mayor potencia cultural de todo el orbe planetario… pues son más de 700 los idiomas censados en ese rincón del planeta. ¿Qué quieres riqueza cultural? Pues ahí tienes una de mil pares de cojones que no la salta un gitano (*). Cuando son varias las lenguas que se hablan en una nación, la verdadera riqueza consiste en tener una, a ser posible de gran difusión, en la que entenderse todos. Y lo demás son jeribeques y milongas para gastarse una pasta en dobles o triples rotulaciones, en traductores y pinganillos. Y para embaularse tragos amargos como asistir a las disertaciones en catalán de un José Montilla o a las lecciones magistrales de ese trapalandrán (**) de Revilla, el de las anchoas, sobre la existencia del “cántabru” o “cantabruco”, o lo que quiera que sea que dice el interfecto se habla en los valles pasiegos. O subirse, chucu-chú, al “tren Cheolochico” (existe) rumbo a Los Mallos de Riglos por gentileza del baturrogobierno de Aragón. O para dotar de medios la academia del andalúh que mima con esmero Moreno Bonilla, cuando sus sentidos homenajes al chifletas de Blas Infante se lo permiten. Valgan estos ejemplos, pero los hay a miles e infinitamente más sádicos y peores.

Hace unos años se produjo en Bélgica un accidente ferroviario. En los chistes franceses los belgas desempeñan el papel de zonzos y lerdos. Y a tontainas continentales nos disputan la primacía a cara de perro, grrrrr… aunque ellos se han quedado, por el momento, con Puigdemont. No me sé ninguno de esos chascarrillos para ilustrar esto que digo, pero sí un verso de “Le Boudin”, el marcial himno de la Legión Extranjera, que atribuye a sus vecinos una pésima puntería: Pour les belges y en a plus/ Ce sont des tireurs au cul. Afortunadamente, recuerdo, no hubo que lamentar daños personales. Quizá fueran trenes sin pasajeros, “fuera de servicio”, y eso ayudó a que el episodio no acabara en tragedia. Dos trenes circulaban en sentido contrario por la misma vía. Los maquinistas se pusieron en contacto por radio para evitar el choque. Pero, hete aquí, que uno de ellos era valón, francófono, y el otro flamenco. Esto no es una coña marinera. El flamenco se empecinó en hablar su lengua (volem viure plenament en flamenc) que el valón no comprendía y uno por otro, y otro por uno, se armó el belén. Hubo colisión. Cabe decir que los flamencos, a la fuerza ahorcan, entienden el francés y, mejor o peor, lo hablan… pero como sucede en ocasiones, no seamos ilusos, las lenguas no están para acercar a las personas, si no para distanciarlas. Esta anécdota trae a las mientes el chiste del maño tozudo. Ése que a lomos de su mula caminaba por la vía del tren y al ver que se acercaba uno a toda castaña le espetó aquello de “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”

Y así llegamos a la fatídica DANA que anegó Valencia en octubre de 2024 con un balance apocalíptico de 240 víctimas mortales. ¿Factores? Los habituales, pero a lo bestia. El irregular índice pluviométrico de la costa mediterránea que alterna calorinas importantes y prolongadas sequías con lluvias torrenciales, particularmente en otoño. La orografía de la región con una extensa llanada tocante al mar apropiadísima para el desbordamiento de ramblas y arroyos. Otros sobrevenidos, como la falta de limpieza y mantenimiento de los cauces secos, según se ha podido saber, que obstruye el curso del agua y embalsa la crecida de caudales con dañinas consecuencias. Esto último fruto de una desastrosa política medioambiental basada en la “ecolobobería” urbanita que subraya en toda ocasión la oportunidad de dejar a la naturaleza que actúe por sí misma, sin interferencias, remitiéndonos a una suerte de naíf y peligroso “libre albedrío hídrico”. La desidia de las administraciones a través de los organismos (in) competentes, sea el caso de la Confederación Hidrográfica del Júcar. “Ecolobobos” que reclaman de manera insistente e irresponsable el retorno del Turia a su antiguo cauce, que en una crecida anterior (octubre de 1957) ya ocasionó casi un centenar de muertos. Si no se hubiera desviado el curso del río, atendiendo hoy a la población de la capital, y con el índice pluviométrico registrado en 2024, una cantidad descomunal, calculan los especialistas que hablaríamos a lo poco de 5.000 víctimas mortales. 

Suma y sigue. La retahíla judicializada de tardanzas en los avisos de emergencia con cruce de acusaciones: “que si tú, que si yo, que si yo, que si tú”. La carencia de un mando único eficaz para gestionar el desastre. Si necesitan ayuda, que la pidan. Es decir, el desparrame inherente al sindiós autonómico que alienta la deslealtad entre instituciones por intereses partidistas confrontados. El despliegue a cámara lenta de un operativo militar apropiado (UME u otras unidades). La imbecilidad supina de Mazón, pillado “in fraganti” en el reservado de un restaurante con una despampanante periodista, dándole la espalda a la tragedia y la cara al escote de la doña. Y el bochorno de las pesquisas posteriores en sede judicial que nada importan ya: dónde estuvo de las 18h a las 18h 15´o si regresó a su despacho andando, en taxi o tartana. O la heroica retirada de Sánchez, el galgo de Paiporta, mirada altiva, sereno continente, tras una lluvia de pegotes de barro atribuida a un peligroso comando de la ultraderecha. “Estoy bien, gracias”. 

Hete aquí que en la declaración de un técnico del gobierno regional adscrito a la unidad de gestión de la crisis asoma, pero sin que haya generado polémica alguna, una turbulencia lingüística “a la belga”, digo “a la valenciana”. Había que alertar a la población mediante un comunicado. Es lo suyo. Se redactó en español. Perfecto. Pero había que hacerlo también en valenciano (que algunos consideran que no deja de ser una variante dialectal del catalán, y otros que no, que es idioma por sí propio… y aún estamos los terceros que, llegados al nivel actual de estupidez plurilingüe vigente en España, nos importa un pimiento que sea lo uno o lo otro).

Quienquiera que fuera el encargado de redactar la versión localista del documento admonitorio, ay, madre, la pifió con los acentos (¿abiertos o cerrados?)… que los carga el diablo. El estropicio fue detectado, no pasó el filtro de calidad idiomática y hubo que revisarlo a fondo. Tan a fondo que la versión inicial fue datada a las 18h 15’ (según el declarante), esto es, justo cuando Mazón se comía con los ojos a su partenaire en el reservado (o en el aparcamiento anexo, que uno no sabe ya). Y la definitiva, con arreglo a la “Gramática Valenciana de doña Visenteta de El Perellonet”, no estuvo lista, ahí es nada, hasta las 20h 11’, cuando el licenciado en Filología dio el visto bueno y se transmitió definitivamente a la población…  habiendo digerido entonces Mazón la paella regada con un aromático rosado de Utiel-Requena. Atenta la guardia: ¡¡¡Casi dos horas más tarde!!! Y así lo dejo, que no quiero líos.  

(*) Dicho tradicional sin asomo de “gitanofobia” o cosa parecida

(**) «Palabro» que se le cuela a uno por leer a Juan Manuel De Prada

El perfil de la riada del Turia de octubre de 1957. Y hay quienes lo quieren devolver a su cauce anterior para que en la próxima inundación los fiambres se amontonen por cientos en La Malvarrosa.

Aliança Catalana

Aliança Catalana, el partido de Silvia Orriols, refulge como una supernova en el universo demoscópico desde hace unos meses. Las encuestas auguran a su formación un crecimiento espectacular, pasando de sus dos diputados en el actual parlamento regional a 19 o 20, ahí es nada, a la par de Junts. En catalán se dice muy descriptivamente “un daltabaix”, éste electoral. Y a fe mía que lo es. Se suceden los sesudos artículos acerca de la, más que presumible, colosal irrupción de AC en el escenario político y todos ellos muy bien fundamentados. Toca pues, quién dijo miedo, dar una versión propia, si bien de más modesto alcance, desde este humeante tractor.

La “reconquista catalanista” de la Cataluña irredenta, tras el desbarajuste procesual, procederá de Ripoll, cuna de Orriols, como de Ripoll procedían los terroristas islámicos que sembraron Las Ramblas de Barcelona de cadáveres arrollados por una furgoneta en agosto de 2017. Ripoll, es sabido, es una de las “palancas” (no hablo del Barça) angulares en la formación de la Cataluña “primigenia”, dicho así, por su protagonismo inicial en la resistencia al Islam tras el colapso de la monarquía visigoda. El Ripoll condal, Besalú y alrededores, mantenían relación de vasallaje con el reino carolingio: la “Marca Hispánica” de los francos… una denominación ulcerante para el nacionalismo. Ya saben, los tiempos fundacionales de Godofredo el Peludo (Guifré el Pilós), Bernardo I, Tallaferro y del abate Oliva (Oliba). Personajes de gran relevancia en el imaginario catalanista incursos en las productivas y seminales licuefacciones de nuestros aborigenistas más exaltados, como unidos por un cordón umbilical a la Alta Edad Media y nacidos por esporas, pitufos de gorro frigio, en una colonia de níscalos (“rovellons”). 

¿Por qué Silvia Orriols sube como la espuma en los últimos sondeos? Sencillo. No hace falta ser un lince para aderezar un par de motivos verosímiles. El primero es el balance en cierto modo frustrante del “proceso” separatista conducido por los partidos catalanistas tradicionales. Fracaso relativo, dirá alguien, y lo concedo, pues en estos últimos años, al calor del inicuo gobierno de Pedro Sánchez, han conseguido gracias a la debilidad de éste, a su cobardía y propensión a la traición, muchas más cosas, y de no poco fuste, de lo que habrían soñado mediante la confrontación directa con el gobierno de la nación. Pero es cierto que, entre sus feligreses se ha instalado una sensación de abatimiento (“nos han dejado colgados de la brocha”, “nos han utilizado”, “se han reído de nosotros”, etc). La Serenísima República de los Ocho Segundos. Pero no menos cierto es que la felonía de Sánchez no es producto directo del desafío rupturista. Es una circunstancia sobrevenida que, en términos culinarios, “liga” el potaje. Y que todo se encadena en una fatídica cadena de causalidades: la villanía de Pedro Sánchez sería irrelevante si Mariano Rajoy no hubiera cobardeado en tablas (se sabía el escondrijo de las urnas, se permitió la fuga de Puigdemont y el amotinamiento parcial de los Md’E*). Sorpresa ninguna, por otra parte, atendiendo a la personalidad del sujeto, tendente a la somnolencia abacial. A ello habría que sumar la melindrería “soft” de su gabinete (recuérdese aquel jodido fraude de Soraya “SdeS” que se dejaba masajear plácidamente la cerviz por Oriol Junqueras).

Otro motivo obedece a los nítidos planteamientos del fenómeno Orriols frente a las ideologías impostadas, vinculadas al universo woke, que han adoptado multitud de partidos (incluso de derechas) en todo el mundo occidental, también los catalanistas, y que han generado auténtica fatiga, cuando no perplejidad e irritación en una buena parte de la sociedad. Orriols no se ha detenido en esos peajes obligatorios y eso gusta a mucha gente… y, a mayor abundamiento, cuando los vectores prístinos, iniciales, del catalanismo político, del nacionalismo particularista, están en las antípodas de toda esa tralla de la ideología de género, de la cristianofobia o de la defensa a ultranza de la inmigración ilegal, entre otras bagatelas. Nuestro aborigenismo nació, como otros tantos, catolicón, tradicionalista y entre etnocéntrico y racista, y Orriols conecta mucho mejor con las esencias originales.

Al contrario, los partidos que han funcionado durante décadas como marcadores étnicos, CiU (Junts) y ERC, adoptaron alegremente esa morralla intelectual por estar al día y siempre ha quedado la sospecha de que se apuntaron al carro insincera e interesadamente, y que toda esa quincalla arcoirisada de la post-modernidad, en el fondo, se les daba una higa. Para muestra un botón: aupada Orriols a la alcaldía de Ripoll tuvo el buen tino de recuperar una “butifarrada” popular de larga tradición (no confundir con el “butifarréndum” de 2014 organizado por Artur Mas) que durante años fue prohibida por aquello de no ofender a la pujante comunidad musulmana de la comarca que, ya se dijo, dio jugosos frutos como cantera del terrorismo integrista (Las Ramblas, 2017). Consecuencia: se ganó la voluntad del paisanaje.

Basta, lo he visto y vivido, y apuntado en otras tractoradas, con darse un garbeo por esas bonitas localidades de La Garrocha, del Ripollés o de los ampurdanes (Alto y Bajo), pues las conozco bien, para detectar una disociación política evidente entre algunas formulaciones de los partidos nacionalistas y sus votantes. Es un fenómeno exportable a otras comarcas del interior (vale para Osona, Berguedá (-à) o Pallars Sobirá (-à)), esto es, al cinturón de la “barretina calada hasta las cejas”, como lo hay de la “Biblia”, del “güisqui clandestino” o del “gorrito cola de mapache” en los Montes Apalaches. Preciosas masías, césped recién cortado, caminitos de grava, flores en macetas cerámicas de La Bisbal, voladizos, un utilitario junto a un todocamino de alta gama bajo el emparrado, pérgolas y mecedoras, mástiles dentro de la finca con enormes banderas estrelladas. Allá, en el campo anexo, balas de paja.

Y, junto a ello, paisanos de menor fortuna, pero que en modo alguno quieren ser asimilados a eso que llaman los “nouvinguts” (“recién llegados”), que pasean a sus mujeres enfundadas en vestiduras talares… negras, fantasmales. Sociológicamente, podríamos hablar de un segmento amplio de la población enfeudado a la derecha y a la extrema derecha. Si doblamos esas coordenadas por el eje de Los Pirineos, sus pares al otro lado de la frontera votan masivamente al remodelado Frente Nacional de Marine Le Pen. Nada que a un observador curioso extrañe en demasía. En Francia, el sentimiento de pertenencia (con distorsiones poco significativas) lo marca la nación. En España, lo disputa la región en tumultuosa coexistencia azuzada por el delirante desparrame autonomista.

Esa es la oferta clara, directa y triunfadora de Silvia Orriols: no tiene necesidad alguna de camuflar el marcador identitario, que demandan sus potenciales votantes, entre oropeles y perifollos ideológicos ofertados, por lo común, desde los púlpitos de la progresía, tan a menudo contrarios al sentido común. Y, va de suyo, se sienten representados sin hacer concesiones, qué sabe uno, a los apóstoles del “multiculturalismo” o de la “okupación”. Los más pusilánimes apuntan que será más dura si cabe en materia lingüística. Quiá. ¿Más que los gobiernos ancilares con el nacionalismo del sonderkommando Montilla o de cara de acelga Illa?

Parecidamente nos sucedió, en muy distintas coordenadas, a los catalanes de la resistencia contra el nacionalismo cuando surgió C’s. Por fin teníamos un partido al que votar experimentando un alivio indescriptible y diciendo campanudamente: “Es mi partido… tengo al fin un partido que, en lo básico, me representa, que defiende sin complejos eso que yo quiero (con la excepción anterior del PP de Vidal Quadras, más por Vidal Quadras que por el PP, claro es). Y llegó a 36 diputados. Ahora es el turno de Aliança Catalana. Ignoro cuál será su itinerario electoral en las grandes ciudades o en la conurbación metropolitana de Barcelona, pero en comarcas tendrá un éxito rotundo, me juego el bigote. Primero le hará una OPA a la antigua CiU por vecindad en el espectro ideológico, pero también le requisará votos a carretadas a ERC y no pocos le rascará a ese engendro de CUP. ¿Qué no? Se admiten apuestas.

(*) Md’E: Mossos d’ Esquadra   

Foto panorámica de Queralbs (Ripollés), refugio predilecto, en tiempos, de Jordi Pujol. “¿Género fluido? ¿Que es usted una cabra atrapada en un cuerpo humano? ¿Que me va a “okupar” el granero y para desalojarle he de meterme en juicios?… Esas cosas no se estilan por aquí, por eso votaremos todos a Silvia Orriols”. Dicho en otras palabras: “Este es un pueblo muy aburrido… no te va a gustar”, que le larga el gran Brian Dennehy a John Rambo en esa primera hora fantástica de “Acorralado”

Morir en Vich es «too much»

El catalanismo anda últimamente un pelín desnortado, confuso. Camina tremolante, desbarajustado, como pollo sin cabeza. No sabe si ha fracasado, pues la República de los Ocho Segundos (ROS), en el exilio de Waterloo, no acaba de fijar un itinerario que ilusione a la parroquia… o si ha triunfado, con un gobierno de España como nunca soñó, a su merced, besando sus pies y lamiéndole el trasero con unción. Por si fuera poco, irrumpe en escena, como elefante en una cacharrería, el pujante fenómeno «Orriols» que amenaza con requisar el voto a la antigua CiU (“Junts”), y también a ERC, aunque a ésta a medio plazo, en las comarcas de la Cataluña interior, es decir, aquellas con mayor implantación nacionalista. Y, éramos pocos… si bien el interés público en el asunto ha decaído considerablemente por la tardanza en instruirse la causa, se celebran al fin las primeras sesiones del juicio contra el clan Pujol, con el Padrino, el Molt Honorable, ya viudo, completamente fuera de órbita en virtud de su edad provecta.  

Con todo, aprecio que en medio de ese desconcierto espasmódico, el nacionalismo transita por una vez la senda que le es propia. Hace unas semanas propuso trasladar la región al ámbito de la diacronía instaurando un huso horario diferenciado del que rige (véase “Una horas menos en Vilamacolum”) en el resto de España y ahora exige un notable desempeño en el dominio de la lengua catalana para acceder a una plaza de sepulturero en el cementerio municipal de Vich. Fantástico. Todas aquellas patochadas de la reducción del paro al 0’5% con la proclamación de la independencia o la  drástica disminución del cáncer no tienen ya recorrido, pues de esgrimirse de nuevo en una futura efervescencia separatista olerían a comistrajo refrito apto sólo para organismos tubulares simplicísimos, “boca/ano”, sin una neurona activa.

Pero la exigencia del nivel B, o C, de catalán, a los sepultureros en Vich es congruente con la naturaleza originaria y fundacional del nacionalismo autóctono, pues nos instala de nuevo en las vaporosas coordenadas de la mitomagia y de la trascendencia, en una república que, como el reino de Cristo, no es de este mundo: ese éxtasis quedo, bocones abiertos, estremecimientos de placer y lagrimales húmedos ante consejas y leyendas medievales con el culillo prieto (… amb son germà, lo comte de Cerdanya, com àliga que a l’ àliga acompanya”*) y la chorra morcillona y a un par de versos más de desnatarse torrencialmente.

Va de suyo, el sepulturero ha de saber, palada a palada, enjugándose el sudor de la frente que, si ha de dirigir un postrero epicedio al finado, de cuerpo presente, habrá de hacerlo en catalán. O de lo contrario, éste se removerá inquieto en el ataúd y contactará con la superioridad para que le incoen un expediente disciplinario por avieso sayón colonial que malogra su tránsito al más allá en irreverente profanación idiomática. El busilis de la queja es perfectamente comprensible: queremos, no sólo vivir, si no también morir en catalán. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, dicen, sí, pero en la lengua de Pompeu Fabra. Que no somos perros, joder. Los catalanes, cuando asistimos a unas solemnes exequias nos comportamos como personas aseadas y gentiles, no como los españoles que son capaces de hurgarse los dientes con un palillo y de rascarse el trasero, cuando no de acomodarse las partes chocarreramente mientras el sacerdote pronuncia el responso con el semblante transido de elevados y píos sentimientos.

Vich ha visto cosas de enorme gravedad en estos años y no es cuestión de añadir, a tanto dolor y postración, nuevas penurias. De modo que habríamos de dar nuestro pláceme a esas últimas voluntades lingüísticas adoptadas por los preclaros munícipes de la corporación. Espicharla no es plato de gusto, pues siempre se quiere vivir un día más, pero si la diñas en catalán, la cosa es más llevadera.

En el año 1991 ETA metió un coche bomba (más de 200 kgs de explosivos) en la casa cuartel de la Guardia Civil de Vich asesinando a diez personas, cinco de ellas niños, y causando heridas a más de cuarenta. El “Comando Barcelona” fue el autor del atentado y su máximo responsable Juan Carlos Monteagudo, ex de Terra Lliure. Su proyecto criminal consistía en dañar la imagen de los Juegos Olímpicos a celebrarse el año siguiente en Barcelona. Vich tenía opciones de convertirse en subsede para la disputa de un deporte de exhibición, el hockey sobre patines. La gestión municipal de la tragedia fue un bodrio especialmente nauseabundo que, transcurridos más de treinta años, causa sonrojo. El alcalde era Pere Girbau (CiU) y se opuso a autorizar una manifestación en repulsa por el atentado. Con todo, unos meses más tarde, encabezó otra de muy distinto signo, ésta contraria a la apertura de una nueva casa cuartel en la localidad. No hace al caso llamarle hijo de puta, pues sabido que las prostitutas también son madres, sus hijos no tienen por qué sufrir el baldón de la equiparación con el interfecto. Ese individuo dejó de respirar hace un par de años y ahora su alma sucia y garrapatosa anda recociéndose en las calderas de Pedro Botero por toda la eternidad.

Casi dos décadas después del atentado, la corporación vigitana consintió al fin en colocar una placa conmemorativa del siniestro episodio. El alcalde de aquella hora, Vila d’ Abadal (nieto de uno de los fundadores de UDC), ni siquiera asistió al evento. Mérito que le valió convertirse en el primer presidente de la autodenominada AMI, “Asamblea de Municipios por la Independencia”, o cosa parecida. Un sujeto, pues, de parecida calaña a la de su predecesor en el cargo. Vich y comarca (Osona), una cosa lleva a la otra, son famosas por la elaboración de embutidos. El porcino, con o sin peste africana, queda por lo antedicho acreditado, es uno de los sectores punteros de la localidad.

El terrorismo no consiste solamente en el suceso criminal, su preparación, ejecución, mortandad, consecuencias políticas y esclarecimiento y sanción judicial, si la hubiere. Tiene múltiples derivadas. Además del respaldo mensurable de un segmento de la población a los atentados criminales, también opera efectos muy diversos en el conjunto del paisanaje. Uno de los más bochornosos no es necesariamente esa sintonía en medios y fines, si no el envilecimiento, la infamia moral en que incurren quienes voluntariamente se apartan y distancian asqueados de las víctimas por considerarlas estorbo, molestia o elemento de distorsión. “Esos aguafiestas de las víctimas”. O por qué la equidistancia no es tal, si no factor que refuerza y juega siempre a favor del terrorismo, de la comisión de nuevos atentados. Es decir, la pretendida “equidistancia” potencia la capacidad destructiva de la dinamita. En esa doctrina los insignes alcaldes de Vich, Girbau y Vila d’ Abadal, fueron auténticos profetas.

Durante el delirante y cansino “Proceso” separatista, la plaza mayor de Vich fue escenario de una llamativa performance siendo plantadas tantas cruces amarillas como víctimas censadas hubo de la supuesta represión policial, más de mil, por el ilegal referéndum separatista de 2017. De entre tantos testimonios destaca el espeluznante relato de Marta Torrecillas (ERC) que, incomprensiblemente no fue tomado en consideración por el Tribunal Penal Internacional, el mismo que juzga los crímenes de guerra habidos en la antigua Yugoslavia: “Los agentes de la Policía Nacional me tocaron las tetas y me rompieron los dedos de las manos uno a uno”.

Tras el fugaz fenómeno “Anglada”, natural de Vich, fundador de PxC (Plataforma por Cataluña), la localidad se perfila como uno de los posibles caladeros de votos del partido de Silvia Orriols, Aliança Catalana, que, precisamente ahí cursó estudios universitarios, aunque no parece que se le pegara nada bueno de su hijo más ilustre, el gran pensador Jaime Balmes. De modo que dejamos Vich atrás, sumida en la persistente neblina que teje a su alrededor un velo de íntimas e ínfimas miserias ocultas a las indiscretas miradas de los foráneos. Ahí queda el sepulturero, la piqueta al hombro, como en el poema de Bécquer, cantando entre dientes/ se perdió a lo lejosDios mío, qué solos/ se quedan los muertos.

Nuestro sepulturero le habla en catalán al finado a la espera de una respuesta del más allá mientras echa un pitillo, pues la lengua elegida como “propia” por Dios y por don José Montilla contribuye a la sustentación de ese fenómeno estético omnipresente en la fascinante obra poética de Baudelaire que los estudiosos llaman “petrarquización” (por idealización) de la muerte. Acaso, demorada, le llegue esa respuesta de ultratumba a través del tablero Ouija. Pero que nadie entre en pánico, la firma ETSY también los comercializa (“tauler”) en catalán, según he podido comprobar en su página web.   

(*) «… Junto a su hermano, el conde de Cerdaña/ como águila que al águila acompaña» (versos del poema «Canigó», de mosén Jacinto Verdaguer)

La plaza Mayor de Vich sembrada de cruces amarillas en sentido homenaje a las víctimas de la atroz represión policial durante el “Proceso”. Ni Sarajevo.

«Malamente»

Malamente. Motomami. Lux. Las tractoradas son cosa del siglo, están en el mundo. Por una vez se aborda aquí un suceso que forma parte de eso que llaman “la candente actualidad”. Los catalanistas más furibundos montan en cólera porque Rosalía, natural de Sant Esteve Sesrovires, acaba de sacar un disco y en uno de sus temas los escolanos de Montserrat le hacen coro y, pobres criaturas, cantan en español. Repito: ¡¡¡¡En español!!! Esto es, en la lengua “nyorda” (“ñorda o mierdosa”, excrementicia, según la terminología acuñada por TV3) que hablan los funcionarios coloniales, los agentes explotadores de la metrópoli y sus “collabos” o colaboracionistas, es decir, catalanes de cuna de diversa catadura y condición vendidos a España por un plato de lentejas, reconcomidos por el odio a sus raíces o simplemente degustadores sicalípticos de la traición. Esto es, la peor escoria. Y junto a ellos, la purria estercórea de la inmigración, y parte de su descendencia, de los años 60 y 70 del pasado siglo, comedores de tocino y garbanzos, violadores de cabras, hacinados en chiscones sin ventilación en las barriadas periféricas de la conurbación de Barcelona, siempre con problemas de halitosis, desdentados por la ingesta abusiva de carajillos y de vinacho peleón, fumadores de apestosas tagarninas, estragados por dermatosis, urticarias y golondrinos, y generosos en flatulencias. Y aficionados a la tauromaquia.

Admito mi ignorancia supina en lo tocante a la carrera discográfica de Rosalía. Sé que goza de prestigio artístico y que su fama como intérprete traspasa nuestras fronteras. Alguna calidad tendrá. Lo cierto es que este tractorista poco sabe de la música contemporánea popular, de los superventas de hoy (o “descargas” por internet) del tipo Taylor Swift, Katy Perry, la misma Rosalía, y otros. Sólo sé de muchas de esas vedettes, o eso me parece a mí, que son más tontas que guapas a tenor de sus declaraciones, y guapas lo son un rato. Para muestra un botón: Dua Lipa, que es un cañón de grueso calibre. Al margen de piezas escogidas de pop y rock, y música de los 80, uno se regocija y consuela con artistas de una talla y de una calidad hoy inimaginables como Bambino, Raphael, Sinatra, Aznavour, Astrud Gilberto, Roberto Carlos o Los Chichos.

Pero, a lo que vamos, Rosalía hace apenas unos años presentó sus credenciales para alzarse con el cetro de artista “comprometida” y de amplias miras. Hoy el compromiso pasa por el “cambioclimatismo” y la denuncia permanente de la denominada “transfobia”, de igual manera que entre los “comprometidos” de antaño era condición sine qva non besarle el trasero ávidamente a Fidel Castro, como las brujas a Satanás en el aquelarre. A unos y otros, hoy les une Hamás en una suerte de fórmula mágica de “compromiso” intergeneracional con las peores causas posibles. Un buen día Rosalía “tuiteó”, o como se diga, una divisa obligada, “FCK VX”, para granjearse las simpatías del faranduleo y de la intelectualidad regimentales sujetas a los dictados de la ideología woke. Desde el partido aludido le contestaron muy a propósito que “los millonarios no tienen patria y viajan en jets privados” y es que la artista se fotografió ufanamente editando el citado mensaje a bordo de un avión alquilado para desplazarse a uno de sus recitales en sólo Dios sabe qué apartado rincón del planeta. Cabe decir que, tras el merecido sofión, la doña ha ganado en prudencia y desde ese incidente no se le conocen ni soflamas ni deslices de contenido político. O eso creo.

Los catalanistas más furibundos son fácilmente excitables y entre ellos destacan Juliana Canet y Jair Domínguez (letrista del “eurovisivo” Chiki-chiki de la productora del cantamañanas de Andreu Buenafuente, “Andresín”) por su bajo umbral de ebullición. Han sido los primeros en censurar acremente el obsceno sacrilegio. El argumentario de los ultras fanatizados es fácil de imaginar: la artista ha contaminado tanto a Cataluña como a esos angelitos de Dios de la escolanía. Lo que supone para las esencias patrias la blasfemia perpetrada por Rosalía y los niños cantores (por inducción de esa mala pécora que los ha seducido y ha profanado su inocencia, y pervertido de un modo abyecto sus hasta hoy almas inmaculadas) lo ha explicado cumplidamente Antonio Robles en su artículo de Libertad Digital (14/11/2025) y yo no lo voy a hacer mejor.

Esas airadas protestas nos traen a las mientes las que hace un cuarto de siglo expelió el nacionalismo cuando se denunciaron abusos sexuales continuados a menores en la abadía. El jefe de filas de la pederastia montserratina era el ultranacionalista Andreu Soler, responsable de la sección excursionista (“escoltes”) del monasterio. Sus fechorías fueron encubiertas por los abades sucesivos, Bardolet y Josep Maria Soler. La división político-mediática del régimen, abreviadamente SROC (Serenísima República del Oasis Catalán) salió en tromba a tachar a los denunciantes de “marionetas anticatalanistas” y los más significados dirigentes políticos de aquella hora se dieron de codazos para encabezar un manifiesto alabancioso a la gloria eterna de los frailes benedictinos, a su infatigable labor espiritual y a su desempeño en el celo custodio de las fragantes esencias de la patria. Jordi Pujol, apóstol de las mordidas corruptas del 3% (o más), y que aún no ha sido juzgado, ni lo será, Joan Raventós, Ernest Lluch (al poco asesinado por ETA) y “el Guti”, histórico del PSUC (que no el estiloso jugador del Real Madrid) entre los abajofirmantes. Los comunistas, cosas veredes, a guisa de palanganeros de un curángano satánico, abusador de niños, cuando décadas atrás le dieron matarile a 23 hermanos de la congregación (ni 22, ni 24) expresamente “protegidos”, mira tú, por el siniestro y esquizoide Companys. Juntos en el manifiesto, lo más granado del catalanismo regimental previo al desmelenamiento separatista de este siglo. La friolera de casi veinte años tardó Josep Maria Soler (año 2019) en reconocer los hechos y pedir perdón a las víctimas. 

A lo que se ve, Rosalía ha incorporado a su último disco motivos y letras de cierta espiritualidad, pinceladas religiosas y místicas, dejando de lado el quinquismo poligonero y choni de trabajos anteriores. También los videos promocionales beben de las fuentes de una estética al gusto sacramental. Nada que objetar. Como era presumible, ese cambio de estilo le ha valido la animosidad de la izquierda sucia y exaltada de Sumar y/o Podemos, dos engendros perfectamente intercambiables. Incluso PAM, Secretaria de Estado de no recuerdo qué a las órdenes entonces de Irene Montero, ha abandonado su letargo en un muladar para llamar “retrógrada” a la artista catalana.

Ignora este tractorista si se trata de una conversión o de un postureo esteticista supeditado a cálculo comercial. También Almodóvar, cineasta bajo claqueta panameña, tiene a mano todo el santoral e infinidad de advocaciones marianas en sus jaculatorias festivaleras cuando le conceden un premio o en los atorrantes sermones que larga por su bocón desde el púlpito de la superioridad moral de la progresía, aunque en la intimidad se licúa de gustirrinín cuando piensa en esos sacerdotes y monjas atrozmente martirizados durante la persecución religiosa en nuestra contienda civil. Pero no desviemos el tiro. Siendo el escenario el mismo, Montserrat, se aprecia una actitud diferenciada de los nacionalistas ante ambos fenómenos, asistidos servilmente, va de suyo, por la izquierda. En el caso de la pederastia abacial, la situación demandaba el silencio y el encubrimiento de esas aberraciones repugnantes. Y conforme al guion, procedieron cargando contra las víctimas, esto es, los denunciantes de los abusos. En el caso del abominable crimen de Rosalía, hacer cantar a los indefensos escolanos en español, han protestado ruidosamente y sin tardanza.

Las conclusiones se sirven por sí solas, como frutos que caen del árbol por su propia gravidez. En la prelación de horrores a denunciar por catalanistas y progres es infinitamente más grave, hablando de Montserrat, “cor espiritual de Catalunya” (*), que un niño cante en español a que un fulano ensotanado le deje el culito hecho un estropicio a ese mismo niño cantor. Como un bebedero patos. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Nos cuenta el humorista irlandés JP Donleavy (aunque nacido en Nueva York, pues los irlandeses, como los bilbaínos, nacen donde les da la gana) en su apreciable novela “Las bestiales bienaventuranzas de Balthazar B”, por boca de su protagonista, un auténtico dandy, especie en peligro de extinción, que las señoritas inglesas de buena familia de finales del XIX y principios del XX (época victoriana y años siguientes) viajaban a Italia y a Grecia, no sólo para visitar monumentos, también para dejarse sodomizar en la inteligencia de que ese pasatiempo afinaría su timbre de voz para dejarlo atiplado como el silbido de un pito. Un modismo que se valoraba mucho entre las damiselas en edad de merecer. Comoquiera que nadie en su sano juicio, y en las postrimerías del siglo XX, cuenta con recurrir a la castración, como sucedía antaño con los “castrato” para mantener su voz aguda pasada la pubertad, acaso pensó ese monstruo que el método alternativo procurado por la lectura de Donleavy habría de conferir parecida calidad canora a los escolanos sin recurrir a los drásticos procedimientos de la cirugía. Para sus adentros se persuadió de que, en el fondo, les hacía un favor a los chicos… y que sus manejos no eran abuso y vicio, si no artístico mecenazgo.  

(*) “corazón espiritual de Cataluña”

Nenes, muy malamente. ¿Que los escolanos de Montserrat cantan en español? Callasteis como pindongas cuando obligaron a esas criaturas a encerar el tubo a lengüetazos a un mosén depravado y envilecido. Estáis enfermos…

Una hora menos en Vilamacolum

De cuantas chamuchinas y milongas han urdido los separatistas para enfatizar el llamado “fet diferencial català” (el “hecho diferencial” que avale la creación de un estado soberano e independiente), ésta, en mi opinión, es la mejor trabada y la más audaz, pese a su apariencia de humorada. En efecto, al adoptar un huso horario distinto, el catalanismo más exaltado (la propuesta procede de Waterloo) aboga por la ruptura del continuo espacio-tiempo, creando entre Cataluña y España la falla separadora de la diacronía, situando a sus nacionales respectivos en un ámbito temporal heterogéneo: a unos los manda al futuro y a otros, al pasado. La ruptura pasaría por ubicar a nuestros vecinos, colonos e invasores, en otro ámbito cronométrico. Cierto que no dejaríamos de respirar el mismo aire que ellos, pero, alto ahí, lo haríamos en momentos distintos.  

El asunto horario goza de cierta presencia en el anecdotario folclórico catalán, aunque ignoro si dispone de asiento propio en el “Costumari” de Joan Amades, que es, por así decir, nuestra versión autóctona de “La rama dorada” de sir James G. Frezer, un referente de la etnografía a escala planetaria. Acaso se trate de una conseja, una de esas apócrifas “leyendas urbanas” que hoy llaman “bulos”. Dicen que en Sant Pol de Mar no tuvieron más feliz ocurrencia que cubrir un reloj de sol con un tejadillo para que no lo dañaran la lluvia y el granizo, quedando en sombra y deteniendo fatalmente la lectura del decurso horario. Para hacer burla de semejante melonada, los naturales de la vecina localidad de Mataró mortifican, desde entonces hasta hoy día, a los naturales de Sant Pol con la expresión “Sant Pol ¿Quina hora és? (*)”. Claro que, donde las dan las toman, éstos se vengaron, llegada la ocasión y la hora, de sus guasones vecinos. Gente de Mataró, se dice, quiso enriquecer el bestiario del municipio con un nuevo cabezudo (“capgrós”) y obtuvieron permiso para facturarlo con los materiales tradicionales en una salita habilitada a guisa de taller en el mismo edificio consistorial. Hete aquí que el cabezudo resultante lo era de veras, un cabezón colosal, y, arrea, al terminarlo quedaron chascados, pues era imposible mostrarlo públicamente en un pasacalles. ¿La razón? Era tan voluminoso que no pasaba por la puerta de la salita mentada. Para los restos quedó este alfilerazo: “Mataró, capgrós (**)”.

Lo ha manifestado campanudamente un dirigente del autodenominado “Consell de la Repùblica (***)”, un organismo que forma parte de la corte de los milagros de Puigdemont en el exilio y que pagamos entre todos. No hay consideración de tipo práctico en la propuesta. Nada de ahorro energético o zarandajas por el estilo. Es una invitación lisa y llanamente a la sociedad civil a que haga suya la estrategia en aras del “empoderamiento nacional”. Un acto, en definitiva, de resistencia anti-colonial y, a un tiempo, de afirmación patriótica, como lo es colgar una banderita estrellada en el balcón.  En su opinión, 200.000 patriotas cronométricos serían más que suficientes para forzar el reconocimiento de ese inopinado huso horario. Cierto que se generaría cierta confusión en la convivencia cotidiana, pues aquí no sería la región en su conjunto la que se amoldara a la propuesta, sino las personas. De modo que le pides hora por la calle a un transeúnte y no sabes si te da la hora que rige para toda España o la hora que han adoptado mayoritariamente los avecindados en el municipio ampurdanés de Vilamacolum. El caos a nivel comercial, laboral y en la prestación de servicios sería algo, como diría don José Pla, verdaderamente “manicomial”.

Por lo que se sabe del operativo, la hora elegida por los catalanistas furibundos sería la misma que rige en Canarias, esto es, una hora menos. De tal suerte que la mayor parte del territorio español quedaría rodeado, copado, al este y al oeste, por sesenta minutos, como por las tropas soviéticas, las divisiones de Von Paulus en Stalingrado. La llamada “pinza horaria”. Cabe decir de esta iniciativa rupturista que devuelve el catalanismo a su ámbito más entrañable que es el de las ensoñaciones brumosas, neblinosas y evanescentes de la mitomagia. Esto es, a los mitos y las leyendas: las dragas en los lagos, las barras de sangre en el escudo, ese tipo de cosas que nos transportan a una suerte de infantilizada edad de oro donde los caballeros blanden espadas y las princesas suspiran de amores en el reducto del castillo. Un mundo fantástico donde no existen las almorranas. Luego está el catalanismo antipático, el del día a día, el de las proscripciones lingüísticas, rótulos multados, tergiversaciones históricas y adoctrinamiento intensivo a través de los medios públicos (y semipúblicos) de comunicación y de las madrasas escolares al servicio del nacionalismo. Ese catalanismo horario, blandito como la peluda panza de un burrito, está más cerca de las ilustraciones infantiles de Pilarín Bayés y del “Cavall Fort” que de los pútridos y cloaquídeos miasmas de la corrupción institucional al 3% (o más).

Pero, cierto es, no se trata de una novedad en sentido estricto. Años atrás los nacionalistas gallegos del BNG (ya saben: “be-ene-ge”, que no “be-ne-ga”) ya pasearon parecido espantajo por la crónica política y, periódicamente, siguen dando la turra con la misma cantinela. Si no recuerdo mal, se trataba de una propuesta algo más modesta en minutaje, pues su pretensión consistía en quedar a medio camino entre la hora española y el huso horario portugués: ni para ti, ni para mí. Era preciso mantener una suerte de especificidad cronométrica equidistante entre las dos potencias peninsulares que amenazan su singularidad cultural e histórica. De tal suerte que el berenjenal estaría servido en noticieros televisivos y radiofónicos. Tras la señal horaria en punto, el locutor habría de recitar un carrusel de horas casi tan extenso como la lista de los reyes godos. “Las dos de la tarde en la península, una hora menos en Canarias y Cataluña, media hora menos en Santiago de Compostela y un cuarto de hora menos en La Almunia de Doña Godina…” y así ad infinitum. Figúrense a los protagonistas de “Atraco a las tres” sincronizando sus relojes unos minutos antes de dar el palo. Cassen con el horario catalán, pues lo era de cuna, y Gracita Morales, José Luis López Vázquez y Manuel Alexandre con el de la metrópoli. No es forma de robar un banco. No hay quien se aclare.

Para qué rasgarse las vestiduras. A fin de cuentas, este desfase horario no es sino la culminación del proceso de centrifugación autonómico. España carece de un plan de estudios común y adolece en cambio de una diversa panoplia de exámenes de acceso a la enseñanza superior. A los alumnos catalanes les hablan del río Ebro desde Mequinenza hasta el mar, ahora también del río Jordán, pero no del Tajo, y a los aragoneses, en cambio, hasta Mequinenza y no más allá. Los alumnos navarros saben quién fuera el rey Sancho “el Fuerte”, cuñado de Ricardo “Corazón de león”, rey de Inglaterra, pero acaso les ocultan su participación en la crucial batalla de Las Navas de Tolosa. Para los examinandos gallegos Breogán es el rey de una estirpe legendaria que desde Brigantia (La Coruña, A Coruña en los estupidizantes noticieros TV) llegó a conquistar la Verde Erín, en tanto que para los demás es, si le tienen afición al baloncesto, un equipo de Lugo que compitió años ha en primera división. Y así todo. Lo mismo la Sanidad que los impuestos sucesorios, que en una regiones se aplican y en otras “non”, como pican los pimientos de Padrón… o las tributaciones locales, que son la recuperación de anonas y portazgos de antaño, aduanas internas, que desbaratan la llamada unidad de mercado.

Y qué si los agentes de los Md’E (****) persiguen por la autopista a Cassen y a Gracita Morales en su SEAT 1430 con el motor trucado, después de atracar la sucursal bancaria con una media en la cara y empuñando la recortada, hasta Las Casas de Alcanar (Les Cases d’Alcanar), pues a partir de Vinaroz les releva por atribución jurisdiccional la patrulla del CNP. A lo que vamos, que el tiempo es relativo y para mensurarlo con exactitud, mejor que uno suizo de alta gama, uno de esos relojes blandos de Dalí, familiarizado éste con los deliquios de un paisanaje, Puigdemont y su alegre troupe, mentalmente alterados por esos fuertes vientos de componente norte que barren la comarca ampurdanesa desde la estribaciones últimas de Los Pirineos hasta el macizo de Las Guillerías.

 (*)     Sant Pol ¿Qué hora es?

(**)    Mataró, cabezón

(***)  Consejo de la República

(****) Mossos d’ Esquadra

Señores “nyordos” (ñordos o zurullos, es decir, españoles), sepan ustedes que en Cataluña nos regimos por una hora distinta… incluso el tiempo transcurre a otro ritmo en el oasis catalán. ¿Se convencen ahora? Nada queremos con ustedes

Sí, otra vez (y esta vez el PP de Badalona)

Es el mejor chiste sobre funcionarios. Vale por decir del manido tópico del proverbial desapego de los funcionarios al trabajo y de su propensión al absentismo inmotivado. Un funcionario se presenta con expresión compungida en su negociado tras varios días ausente y el jefe le dice “Hombre, Requejo, llevamos días sin verle el pelo”… “Jefe”, replica aquél, “es que… ha muerto mi padre”. “¿Otra vez?”, pregunta el jefe sorprendido. Y Requejo, cabizbajo, lo confirma: “Sí, otra vez”.

Sí, el PP lo ha vuelto a hacer. Esta vez en Badalona, de la mano de su alcalde Xavier García Albiol. Es arraigada costumbre en el PP dejar a sus simpatizantes colgados de la brocha y siempre por una inopinada claudicación de los jerarcas del partido, nacionales o regionales, indistintamente, ante la terminología y artefactos ideológicos de la izquierda y de los nacionalistas, también indistintamente. Siempre hay un barón, o baronesa, que ante la última chamuchina conceptual del adversario, experimenta una pulsión centrífuga irresistible que le expulsa al exterior y le incita a abandonar la disciplina del grupo. Comoquiera que el fenómeno es asaz frecuente, lo que hace en realidad es reforzar la connatural “indisciplina” del mismo.

Esto es consecuencia del acomplejamiento de la actual fracción mayoritaria de la derecha ante el separatismo y ante la izquierda nominalmente española, aunque el gentilicio se estrelle abruptamente contra su ejecutoria y desempeño. Y, lo que no es baladí, manifiesta la incapacidad absoluta de esa derecha para consolidar en la práctica política los principios básicos, fundamentales, que habrían de vincularla con lazo estrecho a su electorado. Y, claro es, cada vez que se produce una recaída, su votante entra en pánico y en un estado de desánimo y desasosiego. Esta desazón, una sensación de abandono, de orfandad y de total abatimiento, alcanzó su hora culminante durante el mandato, con mayoría absoluta, de Mariano Rajoy, figura antológica de la desidia, de la cobardía y del tancredismo que no fue capaz de revocar legalmente, siquiera lo intentó, los arracimados estropicios de la era Zapatero, hoy amplificados por su aventajado alumno, Pedro Sánchez. Da en el clavo Rosa Díez diagnosticando una atinada metáfora oncológica: “ZP fue el tumor y su discípulo, la metástasis”.

Acaso no lo pagará García Albiol en las urnas por las características de esos comicios tan específicos, pero las siglas se resentirán, acaso, en las elecciones regionales, pues el partido cae en descrédito ante los suyos y pierde, por su indefinición y su alma pusilánime, la confianza de aquellos a quienes debería defender. El busilis de la cuestión es que el PP de Badalona ha suscrito en el pleno municipal el artefacto denominado “Pacte Nacional per la Llengua” (*), muñido por los separatistas confesos e inconfesos (PSC). Tras esa inopinada maniobra, en una cuestión capital que atañe al fenómeno llamado “proceso de construcción nacional”, antesala de la independencia, no será en adelante tarea fácil distinguir al PSC de “cara de acelga” Illa del PP de Cataluña, cuando menos en Badalona y en lo tocante al fenómeno excluyente y liberticida de las imposiciones lingüísticas.

He de admitir que contaba a García Albiol entre los dirigentes con mayor aplomo del PP regional, y aún a escala nacional junto a Isabel Díaz Ayuso (IDA, según sus detractores). Vamos, que no era uno de esos especímenes blandengues como Guardiola, la lideresa extremeña, o Moreno Bonilla, que no se duele en prendas a la hora de rendir homenaje al chifletas de Blas Infante, o el PP de Melilla, al que no se le ocurre mejor iniciativa que suprimir el 12-O como festivo en la ciudad autónoma y sustituirlo, no es broma, por una fiesta del calendario musulmán, alcanzando un nivel de abyección e infamia antipatrióticas sólo visto en regiones donde el separatismo tiene un significativo respaldo. Y, hablando de lenguas, no puedo dejar sin mención, sería una injusticia, a Prohens, dúctil y maleable como la goma de mascar, que parece que da un pasito adelante, pero luego deshace el camino hecho y da tres pasitos para atrás. Que cuida con mimo y subvenciones millonarias a OCB (Obra Cultural Balear), que es como nuestro Òmnium. Que avanza con paso de tortuga a la hora de reintroducir la lengua española en las aulas mallorquinas, incumpliendo promesas en campaña, y que a día de hoy exige aún el nivel C de catalán para tocar la trompeta en la banda municipal de Capdepera.

Uno se pregunta por qué repajolera razón García Albiol ha dado ese giro copernicano. Quien fuera en su juventud aguerrido pívot (¿pivote?) en las canchas de baloncesto, ahora cobardea en tablas ante el nacionalismo como un toro manso. ¿Qué le habrá impulsado a dar ese paso? Ese alcalde colosal en primera línea de fuego enfrentándose a pecho descubierto a los “okupas”, reprimiendo la venta ilegal callejera e itinerante de los manteros y sin dar tregua a la delincuencia reincidente en aras de la seguridad ciudadana y del respeto a la propiedad. Y enemigo declarado de los “menas”, a menudo “manas” (“mayores no acompañados”, a juzgar por las pruebas antropométricas a las que son sometidos para determinar su edad real… sea el caso del «mena» que violó a una chica en Alcalá de Henares y pasó de los 17 a los 23 años en un santiamén, como por arte de birlibirloque).

La cuestión es que la imagen proyectada a la sociedad por García Albiol como martillo de chorizos y violetas, garante del orden y la ley, le granjeó las simpatías del electorado y en las últimas municipales barrió a sus adversarios. Se llevó, ahí es nada, algo más de 50.000 votos de los 90.000 escrutados. Un mastodóntico 55’73% de los emitidos y la friolera de 18 concejales sobre 27. Y esa proeza en Cataluña con las siglas del PP detrás. Miau. En los comicios anteriores también fue el más votado, pero no le bastó para blandir la vara de burgomaestre. Obtuvo un 37’8% de los votos (37.500) y 11 concejales. Una entente cordial entre socialistas, ERC, los autodenominados “Comunes” y CUP, le barró el paso a la alcaldía. En aquella ocasión, ojo al dato, participaron cien mil avecindados en la localidad… quiere decirse que con más abstención, unos diez mil electores menos, ganó la friolera de trece mil votos. Ya digo: una machada.

No hace falta ser un sesudo analista para ver que muchos simpatizantes de sus oponentes pasaron a la abstención e incluso pescó miles de votos en caladeros ajenos, harto el personal de la inseguridad ciudadana que se vive en la conurbación metropolitana de Barcelona. De lo contrario no darían las cuentas para explicar terremoto semejante. Por bueno que sea su desempeño al frente del consistorio (el ejercicio del poder desgasta inexorablemente), parece difícil que en una próxima convocatoria mejore o incluso mantenga un resultado tan avasallador. Siendo la restitución del orden en la calle el acicate principal para votarle, es dudoso que pueda captar más voluntades con el mismo discurso, pues por ahí ya lo ha ganado todo, pero sí probable, eso barrunta, perder algunas en favor de formaciones con un mensaje más expeditivo, sea el caso de Vox. De modo, que los votos que se pierdan por ese flanco, pretende compensarlos por otro.

La izquierda anda lejos, es la sensación dominante, de hacerle sombra, ni siquiera presentándose toda ella en una candidatura conjunta liderada por uno de los hijos más ilustres de la ciudad, “Jorgeja” (Jorge Javier Vázquez), esa especie de sátiro televisivo de facciones mutantes adherido como una escrófula a los más basurientos contenidos de la tele. El interfecto haría las veces de un Rufián en Santa Coloma por ERC o del bizarro personaje que dice llamarse Bob Pop, un fantoche que se postula por los “Comunes” para sustituir a Ada “Flotilla” Colau, madrileño de cuna y cuyas nauseabundas declaraciones provocan un efecto emético inmediato. La distancia abisal entre García Albiol y esta tropa heterogénea no la arregla, a corto plazo, ni un sondeo de Tezanos.

En estos últimos meses ha irrumpido con fuerza demoscópica Aliança Catalana, el partido nacionalista más escorado a la derecha, y haría al caso dedicar a este pujante fenómeno una futura tractorada. Silvia Orriols gana clientela a capazos entre el electorado separatista y aunque rasca votos a todos, es evidente que, por vecindad en el espectro ideológico, el principal damnificado será el partido de Puigdemont. Ese trasvase que se avizora en el horizonte se evidenciará especialmente en las elecciones de ámbito local y regional. El roto a Junts, nos dicen las encuestas, hará época y ahí anda García Albiol con la caña a punto para llevarse, o eso cree, esos centenares de votos más moderados de los antiguos convergentes que, por cierto pudor, se resistan a echarse en brazos de los extremistas de AC. Y de ese modo compensar las fugas de papeletas hacia Vox que podrían comprometer la revalidación de su holgada mayoría absoluta. Y si no es por el apuntado esbozo de cálculo electoral, que me aspen sí sé por qué narices García Albiol, suscribiéndose a ese birrioso pacto lingüístico al gusto ultranacionalista, comete una falta burda y antideportiva que le inhabilita, a mi juicio, para continuar en la cancha.

 (*) Pacto Nacional por la Lengua  

   ¿Qué tal, chicos? No os esperabais ese tapón con rodillazo en las pelotas incluido…

Tontos a pupilaje: el parquin

Hay conductas admirables, que no necesariamente ejemplares. Son admirables porque causan admiración… por estrafalarias, risibles, patéticas o por un dominante componente de auténtica gilipollez. La prensa digital dio fe del sorprendente suceso. Una pareja se quedó encerrada en un parquin (aparcamiento) de la ciudad de Barcelona a bordo de su vehículo. El busilis de la anécdota no fue una avería en la barrera, empeñada en no dejar expedito el paso al conductor, o un fallo en el expendedor de tiques (recibos) al minutaje. Nada de eso. Todo se debió a una cuestión idiomática. En estas lides, Cataluña es referente y punta de lanza a nivel mundial.

Nuestros héroes querían abandonar el aparcamiento subterráneo. En ésas que un problema técnico impidió dar cumplimiento a su propósito. Muchos establecimientos del sector no disponen ya de garita y de empleados presenciales que puedan auxiliar a la clientela en apuros. El estudiante que se sacaba unas perras estudiando el voluminoso manual de Derecho y el voluntarioso opositor son cosa del pasado, como el señor orondo que escuchaba por el transistor los partidos de fútbol (¡Goool en Las Gaunas!), pertrechado de una garrota para imprevistos y de una bota de vino bajo la providente mirada de Ágatha Lys, ligerita de ropa, en un poster clavado con chinchetas al panel de corcho. O tempora, o mores.

De modo que llamaron al teléfono publicitado para exponer su desesperada situación. Y, según afirman, les contestó una persona en lengua española con marcado acento sudamericano. Nuestros paladines de la lengua (vernácula) manifestaron con ardorosa militancia su afán de vivir en catalán las 24 horas del día, incluso en sueños, “jamás arriaremos nuestras banderas”, e insistieron en dirigirse a su interlocutor en la lengua que llamaron “propia” don José Montilla, sonderkommando cordobés al servicio del nacionalismo, el mago de las ondas Justo Molinero (¡La muñeca chochona!) o un señor que permite que los demás le llamen Michel, madrileño de cuna y entrenador que es del Girona FC (club residenciado en la ciudad de Gerona). Propulsados por un amor inconmensurable a la lengua, no dieron su brazo a torcer. El aparcamiento a pupilaje estaba físicamente en Cataluña, como ellos, y exigían ser atendidos en catalán y que en catalán fuera solventado el incidente. Pero su contacto… a saber en qué remotas coordenadas geográficas tenía su culo asiento. Hoy en día llaman al celular, o al fijo domiciliado, para un trámite bancario o una analítica médica, para una estafa o por una póliza de seguros y el fulano con el que hablamos está en Zaragoza, Madrid, Marrakech o Bogotá, si es que cometemos la imprudencia de contestar.

A lo que vamos, el operario no entendía ni papa. No es que se negara a atenderlos en su idioma por animosidad lingüística (como sucede en Bélgica entre flamencos y valones… con “uve”, deferencia a lectores menores de treinta años), es que no ligaba nada de lo que le decían. Comoquiera que nuestros esforzados paladines del “pronom feble” (*) persistían, erre que erre, en hablar en catalán, el otro, tras advertir que no pillaba una, les avisó que colgaría el teléfono por no mantener la línea ocupada y de ese modo dar paso a otras incidencias que pudieran presentarse. Y así fue.

Hay sitios mucho peores que un aparcamiento para quedarse encerrado, que no aislado. La cuestión es que el proveedor del servicio no estaba en disposición de ayudarles por una incomprensión total del mensaje. Ignoro si nuestros protagonistas llamaron después, iracundos, a los bomberos o a los agentes de la Guardia Urbana (la poli local de Barcelona). A Emergencias, Protección Civil o la UME, siempre que pudieran atenderles en catalán, claro es. Pero mientras llevaran consigo sus celulares, con la batería cargada, no tendrían por qué sentirse incomunicados del resto del mundo. Acaso aprovecharon el interludio para llamar a la “tieta” Montse, una encantadora octogenaria que vive en Ulldecona o para deleitarse espiritualmente reproduciendo por Yutube (¿?) los grandes éxitos musicales de la finada Nuria Feliu. También cabe la maniobra escapatoria de seguir la rueda de otro vehículo, y cuando se alza la barrera y pasa el primero, colarse detrás a toda mecha como hemos visto en los peajes de las autopistas.

“Parking” es una saga de películas de intriga y terror de serie B. Un entretenimiento sin grandes pretensiones, facturado para pasar un rato distendido dándole a las palomitas, echado en el sofá. La trama es fácil de imaginar. El “prota” quiere abandonar el aparcamiento luego de una agotadora jornada laboral y regresarse a su madriguera. Pero un vigilante malvado o un psicópata asesino quieren evitarlo y de ello se sigue una alocada y tumultuosa persecución por las plantas y recovecos del estacionamiento. Un producto de consumo fácil, sustos y golpes de efecto, que no requiere de un gran presupuesto, ni de interpretaciones estelares.

Pues ya tenemos la versión al gusto local: dos simpatizantes de “Plataforma per la Llengua”, tras asistir a la ceremonia anual, presidida por Salvador Illa, de entrega de premios al “activista que ha denunciado a más comercios rotulados en español”, y luego de pedir un autógrafo al premiado, el actor Joel Joan, presidente que fue de la Academia Catalana del Cine, se deciden a volver a casa. Pero, hete aquí que se topan con fuerzas oscuras juramentadas para hacerles pasar un mal rato. El villano, el guardián del aparcamiento, es un esbirro de la resistencia antinacionalista al que identificamos por una pulserita de lazo con los colores nacionales y porque la cámara enfoca, en la garita, un ejemplar de las desternillantes “Memorias de un bufón”, de Albert Boadella. No por casualidad propongo al ilustre Joel Joan como hipotético premiado, pues cualquiera que se dé un paseo por la avenida del Paralelo, le sorprenderá los días de función en una terracita aledaña al Teatro Condal. Echa un rato el interfecto liándose un pitillo y pegando la hebra con unos amigotes. El gran intérprete de la dramaturgia nativa, célebre por difundir por las redes comentarios ofensivos contra establecimientos donde le atendieron en español, le hace un gesto a la camarera y le pide una birra, o cualquier otra cosa, atiza, en la lengua del opresor. No una vez, si no muchas. Soy testigo. Como es su “cuartel general” escénico, no quiere líos el gachó con el dueño del “kebab”. Un espíritu práctico.

Y la rueda gira. El infame inquilino de La Moncloaca, llamada así por los múltiples episodios de estercórea corrupción que el palacete ha presenciado, pacta con el fugitivo Puigdemont que las empresas con más de 250 trabajadores en plantilla estarán obligadas a atender en catalán (vascuence, gallego, acaso castúo) a su clientela aunque estén residenciadas en otras regiones o países. Una sandez babélica inimaginable. Quiere decirse que los protagonistas de esta ridícula historia podrán beneficiarse de la patafísica ocurrencia al próximo cautiverio en el mismo u otro aparcamiento. Si la empresa concesionaria cuenta con más de 250 empleados (aunque ninguno de ellos visible), prestando servicio en España, tendrá que darles respuesta en catalán, velis nolis, lo mismo si tiene su sede social en Calatayud, Torrejón de Ardoz, Lima o Tánger. A esos infelices les fue de unos pocos días, o dicho de otro modo, de una servil concesión más de Pedro Sánchez a los separatistas. Se adelantaron a su tiempo.

Échese a temblar. Se toma una semana de vacaciones para huir del “barretinismo cejijunto” y asfíctico que se respira en Cataluña, y recala en Lanzarote. Se hospeda en el “Gran Hotel Costa Teguise” con salida a la apacible playita de “El Jablillo”. Es un gran complejo, pero no especialmente discordante con el entorno. En temporada alta la plantilla supera los 250 empleados entre recepción, mantenimiento, limpieza, cocinas, animadores, administrativos y seguridad. Usted espera turno para registrarse y justo en el “chequeo” le precede una familia catalanohablante oriunda de Queralbs (Gerona), esto es, de la Cataluña interior que gustan llamar “Cataluña catalana”. Y avisados de la nueva normativa exigen la atención personalizada en catalán. “Vull ser atés en català d’acord amb la nova llei (**)”. Y usted, que pensaba librarse por unos días de esa murga insoportable, se da de bruces con unos aborigenistas tozudos y, además, empoderados. “Tierra, trágame”. Aquello de “ancha es Castilla” se convertirá en un aforismo en desuso, pues nadie estará a salvo de la turra multilingüe en ningún apartado rincón del país. Tras asistir al enésimo fracaso del gobierno frentepopulista en lo relativo a la oficialidad de las lenguas regionales en la UE, pasaremos a la oficialidad de facto de éstas en toda España, justo cuando la española, en Cataluña, anda en consideración por detrás del árabe y del urdu.

(*) Pronombre “débil”. Un consejo: déjelo correr.

(**) “Quiero ser atendido en catalán de acuerdo con la nueva ley”

“Te equivocaste de parquin, amigo”

Cóctel «Granollers»

Esta vez agarro mi tractor y pongo rumbo a la populosa villa de Granollers,  capital de la comarca del Vallés Oriental. Con esta tractorada no acaba uno de sacudirse la apatía de la calorina estival de detrás de las orejas, pues la noticia saltó a los medios en agosto… de 2024, durante la celebración de las fiestas mayores de la citada localidad. Sólo que la Fiscalía, un año después, ha visto que el asunto tiene sustancia suficiente para proceder a una investigación. Cuando en estos aperreados tiempos decimos Fiscalía, queremos decir “Lotería”. Y es que el equipo consistorial de festejos y eventos (algo así como “Área de Cultura”) no tuvo mejor ocurrencia que autorizar la celebración de un taller infantil para elaborar “cócteles molotov” que arrojar a los agentes de Policía. Una gran iniciativa, es fácil de ver, que aúna a partes iguales divertimento, pedagogía y elevación espiritual tan beneficiosos para la equilibrada formación de los más peques. Lo que vendría a ser una idea redonda.

En Granollers tienen mando en plaza los socialistas con mayoría absoluta tras las últimas elecciones locales, 13 de 25. La alcaldesa, Alba Barnusell, blande la vara de burgomaestre gracias a 9.200 votos, el 41% de los emitidos. Una victoria apabullante. Cabe decir que los cócteles molotov facturados en el taller son de cartón, cócteles papiroflécticos, nada de botellines de vidrio, mecha y gasolina. Como de cartón son las figuras de los antidisturbios contra los que los párvulos aprendices de terrorista han de hacer diana. Todo queda en un ejercicio mimético voluntarioso, pero inocuo, donde no se registran llamaradas ni abrasiones. Se ignora cuántos alumnos tomaron parte en las clases magistrales, pero los hubo. Quiere decirse que algunos padres dieron su consentimiento. Luego vieron con buenos ojos, y provechoso para su prole, que los arrapiezos se familiarizaran, desde una perspectiva lúdica, con la idea de quemar viva a una persona o, en su defecto, reducir a cenizas un vehículo estacionado en la vía pública, acaso un comercio rotulado en español o un contenedor de basuras. Siempre, ésa es la idea nuclear, que el bien o propiedad arrasados por el fuego futuro no pertenecerán al padre del alumno. Que ya sabemos cómo funcionan estas cosas. La “okupación” es un estilo de vida muy loable, siempre que no “okupen” mi vivienda. O, escuela pública para todos, menos para mis hijos (Pablo Iglesias). Y como ésas, otras más.

La actividad, nihil obstat, pasó el filtro con excelencia, además, por impartirse exclusivamente en catalán. Foc (fuego), cremar, calar foc (quemar), ferir (herir), m’agrada olorar les flames (me encanta oler las llamas), un poli fastigós traslladat a la unitat de grans cremats de l’hospital de la Vall d’Hebró (un poli asqueroso trasladado a la unidad de grandes quemados del hospital Valle Hebrón). Cosas que hacen al caso. Los progres y los catalanistas (hoy ambas categorías tienen un valor refugio en el PSC) siempre han demostrado un inusitado interés por el universo infantil. Es una auténtica obsesión que abarca un amplio espectro de facetas, incluida la vertiente sexual, en el desarrollo de la personalidad del niño, a la vuelta de unos años votante cautivo y perceptor de ayudas públicas empezando por el denominado “cheque cultural” para que pase el día convenientemente narcotizado matando marcianitos. “El hombre nuevo”, “la nueva Humanidad”, es un desiderátum angular de sus fáusticas ensoñaciones. Bien entendido que renuncian por el momento a materializar dicho sueño (como el paraíso para unos… tirando de la sentencia de Moravia, son los sueños que para otros pesadillas) mediante el método “polpotiano” de la tabla rasa exterminando a los segmentos anacrónicos, o retardatarios, de la población que no encajan en su promisorio edén de angélico igualitarismo sobre la faz de la Tierra.

La propensión a los “talleres” es algo que acompaña a todo progre que se precie doquiera que vaya. “Es un hombre a un taller pegado”. Es a su estructura de personalidad lo que la insidiosa picazón de una tortuosa venícula al orificio anal. La profusión de talleres para adoctrinar y moldear las mentes infantiles, y no es un desafuero añadir “para idiotizar a los adultos también”, no conoce límites. Ante nuestra mirada impávida se expande una pleamar de cursillos.

Hemos sabido de talleres para componer pichelos y pototos de plastilina, o de arcilla, en los aularios de primaria, acaso con la felicísima intención de aficionar las novísimas promociones estudiantiles a la disciplina escultórica, por ser una de las bellas artes más descuidadas por los planes (sic) de estudio. Cursillos para todas las edades, como el obligatorio para pasear mascotas por la calle (aunque el listado definitivo de qué especies animales son “mascotas” no está cerrado y buena prueba de ello es que recientemente la vaca “Loli” ha adquirido el distinguido estatus de animal de compañía) con arreglo a la meticona ley aprobada por el gobierno frentepopulista de Pedro Sánchez. “El hombre nuevo” ha de sacar a pasear su chihuahua al menos tres veces al día, nunca por menos de veinte minutos y sin dejar atrás el residual producto del metabolismo animal, debidamente pertrechado de bolsita impermeabilizada y botellín de agua. Y para que “el hombre nuevo” sea nuevo de verdad proliferan como setas en otoño cursillos para combatir (“deconstruir”) la así llamada “masculinidad tóxica”, que no es otra que la tradicional y la que, en virtud de los parámetros dominantes de la izquierda actual, define al varón heterosexual como maltratador, violador y asesino por predisposición genética heredada de antecesores neandertales, ocasionalmente caníbales.

Los niños catalanes son espiados en el recreo por OeSeGés (Organizaciones Sí Gubernamentales (*)) con el beneplácito de las direcciones de centros escolares, como es público y notorio, para saber en qué idioma se relacionan entre sí cuando no están en el aulario bajo el escrutinio permanente del profesorado, instruido para detectar el más mínimo indicio de disidencia idiomática. A través de la sistemática manipulación de  los niños, el catalanismo regimental, hegemónico, pretende erigir los cimientos de esa Cataluña nueva, inspirada, paradojas de la vida, en una mítica edad de oro histórica (condados de la época carolingia hasta el compromiso de Caspe, dinastía de los Trastámara, año 1412), donde el apetito será saciado sin esfuerzo, pues los árboles acercarán el sustento a los hombres, dobladas sus ramas por el peso de los frutos. Tampoco habrá noticia de paro obrero, el cáncer no existirá y los jovenzuelos ilegales, mayoritariamente marroquíes, y de entre ellos los más conflictivos, se integrarán motu proprio en el tejido asociativo y gustarán de apuntarse al “esbart dansaire” (**), o a un “cau”, o club excursionista, antes que violar muchachas europeas o degollar infieles en nombre de la “yihad”.

Los progres hacen suya, les va de perlas, la teoría psicoinfantil de Adler (“El niño difícil”). El niño de hoy es el padre de mañana, nada nuevo bajo el sol, y es para ellos, progres y catalanistas por igual, una atribución irrenunciable controlar el proceso de socialización del individuo (el niño) hacia el fin deseado… que es la armonización de las conductas particulares (y sus complejos) a un medio inclusivo en el que todas aquéllas tienen cabida. Para esa escuela psicológica, la identificación de las causas del complejo, del trastorno, su origen en definitiva, tiene menor incidencia que en el modelo freudiano donde la “abreacción”, o catarsis emocional, es la clave de la sanación. La integración del complejo en un modelo social progresivo es la apuesta de Adler. El niño ha de fluir, como fluyen los arroyuelos de aguas cantarinas. Ahora es fama que los peques “fluyen” en el comedor de la escuela y no se les regaña, ni se les retira el postre, si no prueban siquiera las verduras. Es lo que tiene la “fluencia”. Con todo, el lanzamiento del cóctel “granollers” de cartón-piedra no es otra cosa que un elemental mecanismo de proyección y el agente de policía, símbolo de todos los males que aquejan al niño, sus miedos, sus incipientes traumas, el ogro malvado que impidió que los Reyes Magos le echaran un Scalextric, es el remedo del chivo expiatorio (le bouc émissaire) que apechuga con todos los vicios, pestilencias y pecados individuales y colectivos, y es expulsado a pedradas de la comunidad.

Al tiempo que las autoridades locales “normalizan” y socializan a los niños arrojando contra la poli cócteles “granollers” de mentirijilla, un “subsahariano” apuñala mortalmente de “verdurijilla” a una persona en el mercado de dicha localidad, a plena luz del día. En su caso no hay confusión geográfica, es subsahariano de verdad, oriundo de un país a meridión del inconmensurable desierto. Y no como aquel otro criminal que la reportera de un noticiero radiofónico denominó muy creativamente “subsahariano de nacionalidad dominicana”. Cabe que lo fueran, subsaharianos, sus antepasados.

Aquí va el enlace audiovisual de un taller infantil. Cierto que no es el de Granollers, objeto de esta tractorada, pero podríamos aventurar algunas similitudes. ¿El escenario? Lo acertó usted.

(*) OSG, Organización Sí Gubernamental, quiere decirse, financiada, al margen de las cuotas de los afiliados, con los impuestos de los ciudadanos mediante subvenciones públicas, sea Òmnium Cultural o Plataforma per la Llengua 

(**) Grupo de danzas tradicionales

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