Nos damos la espalda

Un licenciado en “cafetosociología”, que es la sociología que se aprende en bares (qué lugares) y cafeterías, habría llegado probablemente a las mismas conclusiones que un servidor de presenciar un peculiar episodio vecinal el pasado domingo 19 de julio, día en que se disputó la Final de la Copa del Mundo de fútbol con participación de la selección nacional… que algunos llaman “la roja” por no decir España, acaso por rendir subrepticio homenaje a la sañuda y fervorosa agente de la NKVD soviética a la que dieron en llamar La Pasionaria.

El ambiente era propicio, según lo vivido por este tractorista apenas unos días antes en Cambrils (Tarragona), tras el sensacional triunfo de España en semifinales frente a la poderosa selección francesa, que era hasta entonces la que mejor juego desarrollaba. Un equipo formidable íntegramente formado (según el artículo firmado por ese «halcón» de la política que fue Mariano Rajoy) por extraordinarios jugadores que encarnan mejor que nadie los valores de la Francia eterna: la Francia carolingia, la Francia de la doncella de Lorena y del vizconde de Chateaubriand. Fue un festival deslumbrante: cientos de personas por el paseo Marítimo con camisetas de la selección, sobre todo chicos jóvenes cantando a gala aquello de “yo soy español, español, español”, banderas nacionales ondeando por docenas, caravana de coches, bocinazos, petardos y saludos efusivos entre desconocidos. Y es que España se había clasificado brillantemente para disputar la final. Claro que, en apenas unos días, cambiaron las tornas y de qué manera. Se vinieron incendios apocalípticos propiciados por la calamitosa política anti-rural de los gobiernos español y europeo, y la vergonzosa invasión marroquí de Ceuta, alrededor de un centenar de bajas, a guisa de prueba piloto para la invasión definitiva. Con lo que España pasó en poco tiempo de ser lo más y mejor del mundo, a ser su apestoso y flatulento culo.

Y llegó el día D. Minutos antes de la hora H, este tractorista salió de su madriguera para dirigirse a un supermercado de conveniencia regentado por paquistanís en la plaza de Santa Madrona, barriada de Pueblo Seco, con la saludable intención de agenciarse un botellín de sidra bien frío que echarse al gaznate. Una bebida refrescante que mitigara la sequedad de los labios, fruto de los nervios y de la tensión, para acompañar los primeros compases del partido. A fin de cuentas, la final de un mundial no se juega todos los días. Al poner pie en la calle, la fea, ruidosa y manicomial plaza de Navas se ofreció a mis ojos. Los tres bares operativos del lugar estaban abiertos, pantallas XXL (las que se resistió a colocar hasta última hora el alcalde Collboni, PSC, en un extremo de la ciudad). Docenas de sillas en la plaza frente a las pantallones para acomodar al gentío y no menos de un centenar de personas, acaso más, ataviadas con camisetas de la selección, banderas a guisa de capa, o de falda arrollada a la cintura, vuvuzelas, abanicos y otros bibelots de inspiración patriótica. Se respiraba una expectación festiva y nerviosa. Un ambientazo del carajo de la vela. Y por las calles aledañas, Bóbila, Ricart, Elcano, Olivera, gente apresurada, hablando por el móvil, mirando localizaciones, uniformados con esas mismas camisetas, deambulando de un lado a otro, desplazándose a pie o en moto a puntos de encuentro con familiares y amigos para presenciar ese sin igual evento. Se cocía algo grande.

Los resentidos del aborigenismo local de algún modo tenían que “contraprogramar”, así se dice, la final mundialista, amén de ponerle una vela al diablo en sus altares para que fuera Argentina la selección campeona. Según “depuso” muy enfáticamente el cantante de un grupo musical en catalán (véase el enlace incorporado al final de esta tractorada), encomendaron aquéllos sus almas al divino Messi (defraudador fiscal de reconocido prestigio) para que les salvara de un infierno en vida insoportable de petardos, cánticos y “banderas estanqueras”, si España se proclamara vencedora. Y la contraprogramación se sustanció en un “aplec (*) sardanista”. Esta demostración de nuestro entrañable folclore tenía lugar a esa misma hora, unos cien metros más allá, dirección calle Lérida, en la recoleta plaza de Santa Madrona. Hasta aquí la licencia poética: no es cierto que el particularismo exaltado contraprogramara el duelo balompédico en la cumbre con la, por otra parte, siempre eficaz herramienta para congregar desbordantes multitudes que es la más apreciada joya de entre nuestras danzas regionales. Diré la verdad, la demostración sardanista era un acto incluido con anterioridad en el programa de la Fiesta Mayor de Pueblo Seco.

Como andaba sobrado de tiempo, detuve el paso y tomé asiento en el pretil de una jardinera para contemplar el espectáculo mientras echaba un pitillo. Una estampa gris y desangelada. Exactamente cuatro “rutllanes” (corros) de bailarines que no sumaban más de treinta personas, contados uno a uno, y que juntos rondaban los dos mil doscientos años, más allá de varias dinastías faraónicas. Sobre el estrado, la “cobla” (los músicos) igualaba casi en efectivos a los danzantes e interpretaba sus notas, no con fastidio, pero sí con cierto abandono, dejadez o tristeza. En otras palabras, un total fracaso de convocatoria. Algún espectador tras ellos, acaso familiares destacados al lugar por si sus intrépidos tutelados se descoyuntaban en pleno y voluntarioso desempeño coreográfico. Y del lado de acá de la plaza, donde permanecía yo pensativo, casi afligido por la indiferencia del resto del mundo que les rodeaba, una pareja de aspecto alternativo, acompañada de un sabueso juguetón, se liaba un incógnito fumadizo. Entretanto, peatones ataviados con los colores nacionales, solos o en grupo, atravesaban la plaza en diferentes direcciones, unos con el semblante exultante o risueño, otros con la preocupación y el miedo esculpidos en el rostro… sin que ninguno de ellos echara cuenta de los veteranos sardanistas. Nadie les hacía ni puto caso, salvo las ya consignadas excepciones.

Tuve la sensación de que dos mundos, como dos conjuntos disjuntos (de cuando estudiábamos en el cole con aquellos diagramas de Venn), se rozaban por sus bordes como si uno y otro vivieran de espaldas, sin muestras externas de recíproca hostilidad, desde luego, pero con la mayor de las indiferencias. Dos comunidades extrañas entre sí. Unos, es un decir, siguiendo el ejemplo del cantante citado párrafos atrás, lo último que querrían era que ese partido lo ganara España. Los otros, que ganara siempre. Tres horas más tarde, España derrotaba merecidamente a Argentina y por segunda vez en su Historia se proclamaba campeona del mundo.

Salí a la calle a estirar las piernas y desentumecer la musculatura tras la tensión acumulada: noventa minutos y prórroga. Por curiosidad me llegué hasta la plaza vecina. Del recital sardanista sólo quedaba el desnudo entarimado. En lugar de los músicos, unos niños improvisaban saltos y zapateados diversos. Uno de ellos confesó a voz en grito “Soy Cucurella”. “Perfecto”, me dije, “Cucu es mi favorito”. Estallaron petardos, el excedente no gastado durante las verbenas. Algunos jóvenes entonaban “lo lo lo los” indescifrables y aprecié un consumo generalizado de botellines y latas de cerveza entre los transeúntes, al que se sumaron de grado los menesterosos que cada noche acampan en la plaza echados sobre los bancos de madera. La mayoría, rumanos y eslavos, y todos ellos bebedores muy competentes.

(*) “Reunión o encuentro         

Fe de erratas.- En la tractorada anterior, “¿Por qué no queman la bandera de Italia?”, confundí a Miriam Nogueras con Laura Borrás (Borràs)… en fin, para el caso…

¿Por qué no queman la bandera de Italia?

Semanas atrás vimos a un dirigente de Junts (antigua CiU) haciendo el ridículo urbi et orbe con gran desparpajo delante del Papa León XIV durante la visita de éste al Congreso de los Diputados. Siguiendo el ejemplo de su jefa de filas, Laura Borrás (Borràs), el interfecto le largó la chapa al Pontífice, solicitando a Su Santidad que hablara en catalán al girar próxima visita a Barcelona para consagrar la torre de Cristo del templo expiatorio de la Sagrada Familia. El caso es que el andoba ése farfulló su parlamento en italiano, más o menos “macarrónico”, por aquello de no abrasarse el paladar hablando la lengua colonial, cuando es sabido que el Santo Padre domina nuestro idioma a las mil maravillas. Sin duda, éste último pensó “qué diantre les pasa a estas ovejas mías, más que descarriadas, bobaliconas, que me hablan en inglés e italiano si los tres hablamos español”. Cuando entró en el Congreso, sede de la soberanía nacional (que no popular) y le explicaron la gansada de los pinganillos y traductores, comprendió a las claras que la “desburrización” antecede, por extrema urgencia, a la “neoevangelización” en la otrora católica España.

Sorprende la elección de la lengua italiana por parte del dirigente separatista. Italia, según la cosmovisión del milenarismo aborigenista, oprime a Cerdeña. Algunos sardos, un 5% del censo, consideran que Cerdeña, como Cataluña, es una nación y que la metrópoli les priva de su libertad. Siempre que pueden entonan el melodioso “Coro de los esclavos” del Nabucco, de igual manera que nuestra burguesía particularista en El Liceo (¿O fue en el “Palau de la Mùsica”?) si está Artur Mas en el palco. Quiere ello decir que nuestro hombre se dirige a León XIV en el idioma que utiliza Roma para sojuzgar una nación hermana. A eso le llaman falta de “empatía”.

Pero, hete aquí, pues la cosa no es tan sencilla, que Cerdeña cuenta con la plaza de El Alghero, una localidad que el espectador avisado comprobará que no falta jamás en el pronóstico meteorológico de TV3. Acabáramos, El Alghero en Cerdeña, lo mismo que Perpiñán en Francia, Valencia, Fraga en Huesca, Mahón en Menorca y Canillo en el principado de Andorra, integran los ensoñados “países catalanes” de nuestros localistas exaltados. Y todo ello, consideran, porque en los citados territorios se habla catalán en alguna de sus variantes dialectales. Que equivaldría, por así decir, a que en el pronóstico meteo de TVE nos dieran la murga a diario con la temperatura máxima registrada en Barranquilla o con el índice pluviométrico de Caracas, Buenos Aires y Malabo, e incluso de Zamboanga por el “chabacano” filipino, porque en esas coordenadas geográficas se habla en español. El pronóstico del tiempo se comería todo el minutaje del noticiero habida cuenta la notable extensión de unos también ensoñados “países españoles”.

Ahora bien, que en El Alghero se hable catalán, más allá de que algunos ancianos en peligro biológico de extinción se saluden por la calle diciendo “bon dia” o “bona nit” para, poco después, pasarse al italiano opresor, es bastante discutible. O eso me han contado testigos presenciales dignos de todo crédito. Pero, claro está, luego se viene el espinoso asunto de los sentimientos de pertenencia nacional. Demos por sentado que Italia oprime a Cerdeña, pero… ¿Qué pasa con El Alghero? ¿Cerdeña lo cedería alegremente a Cataluña en virtud de un concordato lingüístico entre naciones libres y hermanas que fueron esclavizadas durante siglos por potencias extranjeras?… o… ¿En aras de un intenso proceso de “sardización” en toda la isla para sacudirse del lomo la enculturación italiana, nos dirán que la residual y languideciente pervivencia del catalán en ese rinconcito no deja de ser un anacronismo, un vestigio de una dominación foránea, aunque anterior, igualmente execrable, liquidando así, de un manotazo, la llamada solidaridad entre nacionalismos irredentos? ¿Nos habrán de avergonzar un buen día los soberanistas sardos, antaño hermanos en el sufrimiento, exigiendo de muy malos modos que “apartemos nuestras sucias y expansionistas patas de El Alghero”?

En todo caso, y despejada ahora la incógnita de las mitosis separatistas sucesivas (e hipotéticas) con relación a El Alghero (primero Cerdeña de Italia y después El Alghero de Cerdeña), lo que es verdad sin efugio en la delirante estructura mental del separatismo catalán es que Italia, transitando la misma senda que España y Francia, no permite realizar íntegramente las aspiraciones nacionales de Cataluña manteniendo dicha plaza bajo su égida. Por esa razón, lo congruente con las escenificaciones de nuestro aborigenismo más demente y combativo pasaría por incluir la tricolor italiana en la habitual quema de banderas opresoras en vísperas de la Diada y en otros festejos de parecido tenor. Hemos visto a encapuchados quemar banderas españolas y francesas, pero nunca la de Italia. ¿A qué esperan nuestros irascibles muchachos del particularismo cateto y rabioso a reducirla a cenizas en sus protestas piromaníacas?

A fin de cuentas, por emular la propaganda nazi de preguerra, nuestros cafres esencialistas bien podrían descolgarse con un “L’Alguer és català” (*), a imagen y semejanza de aquel “Danzig ist Deutsch” (*) que fue la excusa invocada para reclamar un corredor bajo soberanía alemana hasta la Prusia Oriental y justificar de ese modo la invasión de Polonia. La cuestión es que los separatistas hacen del agravio su modo de psique y de vida y ese desarreglo mental específico conduce inexorablemente a pulsiones crematorias entendidas como agresión, quema de banderas, o purificación, sea el caso de la anunciada purga por el fuego de la obra del escritor Eduardo Mendoza el pasado 23 de abril… a quien dimos la bienvenida al club de la resistencia en una tractorada anterior, después de pasarse el novelista décadas de perfil ante la cansina monserga del nacionalismo bajo el paraguas protector del PSC.

El nacionalismo traduce en quema de banderas las ofensas recibidas y la inercia consiste en añadir nuevos estandartes a su lista negra, pues quien más quien menos alguna faena imaginaria le ha hecho en el pasado, y así hasta el día en que las queme todas y sólo quede la suya a salvo de las llamas. La bandera de Italia arde primorosamente si le prenden fuego. No es menos que las de España y Francia y también exige sus minutos de efímera y abrasiva gloria.

(*) “El Alghero es catalán” y “Danzig es alemana”

¿Y a mí por qué no me queman esos nenes? Porca Miseria!

Misacantanos

El separatismo no está en racha, quién lo diría. Cuando la ocasión es propicia al lucimiento, algo se tuerce y la sensación de chapuza y desaire es apabullante. Proclama desde balconadas y estrados callejeros independencias que duran diez horas, octubre de 1934 (Companys, de la mano del PSOE en Asturias), o la friolera de ocho segundos (Puigdemont), octubre de 2017. La huida marca dos itinerarios: o por las cloacas bajo el palacio de la Generalidad (Dencás y alguno más), o en el maletero de un coche. El mes siempre es el mismo, octubre, acaso por emulación de la aun, por algunos enemigos de la Humanidad, idolatrada revolución bolchevique. El nuevo chasco, a menor escala, aunque ante un despliegue mediático imponente, ha tenido lugar durante la recentísima visita pastoral a Barcelona del Papa León XIV

En efecto, los catalanistas, muy a su pesar, nos han servido en bandeja de plata un íntimo y demorado ajuste de cuentas. Así lo ve este humilde tractorista. El resultado final de mayor espectro es el siguiente: el Sumo Pontífice ya sabe que nuestros nacionalistas, que además controlan la jerarquía eclesiástica de la Tarraconense (Omella -¿Omeya?) y suman mayoría en el clero diocesano, son rematadamente gilipollas.

Desde el minuto uno dejaron claro que el contenido evangélico de la visita papal les importaba no más que el último pedo que se tiró el coyote. Y eso que no pocos de ellos son, como decía Pujol (*), “missaires”, gente de misa diaria. Lo mollar del asunto era que León XIV hablara en catalán más minutos que en español, aunque fuera para decir “ai, txungala que és carabassa/ ai, txúngala que és polissó”. Quedó claro durante la solemne recepción en el Congreso de los Diputados. Laura Borrás (Borràs) y un adlátere le encajaron la mano y no la soltaron hasta enchufarle su perorata idiomática de cara a su galería. No lo hicieron en español, que el Santo Padre domina a la perfección, si no en inglés la una, la lengua de esos filibusteros de la pérfida Albión que dejaron con el culo al aire a los partidarios de la causa austracista durante la Guerra de Sucesión a la Corona de España, motivo por el que nuestros aborigenistas más exaltados habrían de detestarla por muy lengua franca que sea. No sólo eso, desde una perspectiva nacionalista, en inglés se les enajenó su nación durante siglos a galeses, escoceses e irlandeses, causando la práctica desaparición de las lenguas gaélicas insulares. Naciones hermanas en el infortunio.

Y en italiano el otro. Quiere decirse, remito de nuevo a la peculiar cosmovisión de nuestro indigenismo, en la lengua impuesta a los sardos desde Roma; nación, la suya, también irredenta. Vale que el nacionalismo sardo es testimonial, aunque es aconsejable andarse con cierta cautela por una estrafalaria mitosis segregacionista en dos movimientos. Si bien Italia oprime a Cerdeña, cabría ver qué actitud adoptaría una hipotética Cerdeña libre con relación a El Alghero, plaza que nunca falta en el pronóstico meteo de TV3 y que los catalanistas reclaman para sí porque el señor de edad provecta que sirve a pupilaje hamacas y sombrillas en la playa del Lido sabe decir “cargol, treu banya (**)”, pues lo oyó en vida a su bisabuela materna.

En cualquier caso, dos de los más eximios representantes del separatismo enragée de la hora presente han demostrado de manera diáfana que la función angular de las lenguas no pasa por el necesario entendimiento entre las personas, al decir de la gente en tertulias TV y parloteos de cafetería (“las lenguas están para entenderse”, chipi, chipi, chip), muy al contrario, para manifestar un vivo deseo de distinguirse de los demás.

Illa, que por soso parece un avatar funerario del sonderkommando Montilla, habló de Cataluña ante León XIV (***) en términos de “nación”. La añagaza no dio el fruto esperado y al poco le respondió el Santo Padre, al referirse a nuestra región, en este último y más ajustado registro. Para mí que se vino a nosotros con la lección aprendida, pues tras años de catalanismo desaforado pugnando por asomar la cabeza allende nuestras fronteras, largando alharacas a destajo, ha generado duricias, anticuerpos, en las cancillerías europeas, incluida la vaticana. Esto último ha sido en parte posible por la defunción de Bergoglio, paladín mundial del odio a España. Tan es así que, al utilizar León XIV la lengua grata a nuestro indigenismo, lo hizo para reclamar a los catalanes un esfuerzo de “unidad”, atiza, y en Montserrat no olvidó citar los versos más “unionistas” de El Virolai, los mismos que los nacionalistas omiten intencionadamente: “(…) dels catalans sempre sereu Princesa,/ dels espanyols estrella d’Orient (****). Como dicen ahora, un “zasca” tras otro.

Los llamamientos a sabotear la visita fracasaron estrepitosamente y la guinda del pastel fue el fallido boicot a la consagración de la Torre de Cristo de la Sagrada Familia. Estaba previsto que unos 600 cantores, niños y adultos, una escolanía intergeneracional, pusieran broche de oro a la ceremonia, alhajada con drones que reprodujeron la efigie de Gaudí, alzando melodiosos cantos replicados por las notas, allá en el firmamento, de arpas angelicales. El catalanismo no perdió ocasión de infiltrar simpatizantes en el coro. ¿La consigna? Habrían de propiciar, los más concienciados, la modificación del programa acordado exhibiendo partituras impresas de banderitas estrelladas y entonar Els Segadors. Un caramelo a chupetear con deleite ante un escaparate de repercusión mundial. Pero hete aquí que algunos misacantanos se fueron de la mui, dieron aviso del complot que se cocinaba a los agentes del CNP (desplegados por la presencia de Sus Majestades) y el operativo fue discretamente abortado.

El asunto ha escocido lo suyo y airadamente anuncian querellas, el victimismo informa el ADN catalanista, contra las fuerzas del orden por impedir la protesta, es decir, por sabotear su sabotaje. A estas horas los capitostes del Orfeó Català (*****) andan como locos tras la pista del chivato, o chivatos, para ajustar cuentas. Y hablando de “ajuste de cuentas”, retrocedo hasta el segundo párrafo de esta tractorada. Durante años los consumidores de la falsa pax lingüística reinante en Cataluña, no me refiero a sus ideólogos, si no a las gentes del común que caprinamente han repetido sus especiosos argumentos en el ámbito familiar, en el círculo de amigos o en el trabajo, nos han dado la brasa a los partidarios de la libre elección de lengua en la escuela, y de la libertad lingüística en general, con la siguiente cantinela: “Estáis obsesionados con la lengua”. Como si fuéramos unos maníacos peligrosos, llenos de resentimiento y de odio que ven abusos donde no los hay. “Inadaptados sociales” es otra de las lindezas que nos han dedicado. O esos consejos bastardeados de fingida bonhomía del tipo “confundirse con el paisaje”, “hacerse a los nuevos tiempos” o “qué sentido tiene oponerse”. La bobería colectiva y conformista de la res estabulada ayuna de conciencia, codiciosa de forraje y dadivosa en flatulencias.

Nanay. A otro perro con ese hueso, pero ya para los restos y más allá. Los obsesos de la lengua son ellos, ha quedado meridianamente claro, y si alguien lo discute es un falsario y un imbécil clínico. Se han pasado (y pasan) décadas legislando sobre la lengua y sus usos sociales: despidiendo a un trompetista de la Orquesta de Barcelona por no acreditar el nivel suficiente, exigiéndolo al enterrador del cementerio de Vich y denunciando a camareros en Barcelona por atender a la clientela en español. Han invertido cientos de millones en campañas de promoción lingüística, subvencionado prensa, literatura, edición musical y toda una turbamulta de entidades “cívicas”, incluso pagándoles sedes suntuarias, y cuyo mayor mérito ha sido denunciar a los comercios que rotulaban en español o espiar insidiosamente a los niños en patios escolares para averiguar en qué idioma hablan entre sí al jugar a la rayuela. Han hecho de la lengua un modo de vida para miles de empesebrados y una monserga cochambrosa y antipática para cientos de miles de catalanes.

Han deforestado el planeta editando en papel reglamentos locales y regionales, pintarrajeado murales y colgado pancartas en los colegios. Han acosado sistemáticamente a los pocos padres contrarios a la inmersión obligatoria que han dado la cara y agredido a manifestantes pacíficos que reclamaban bilingüismo institucional y escolar. Y multas, lo dicho, por miles, con Illa y Montilla en vanguardia. Incluso abogaron, sea el caso de la difunta Muriel Casals (“Òmnium Cultural”) por la retirada de la patria potestad a aquellos padres que solicitaran la escolarización en español para sus hijos. En adelante León XIV, vicario de Cristo, habrá de redactar sus encíclicas en catalán, so pena de excomunión. Toda una tralla horripilante de muy diversos cachivaches enfocada, en definitiva, a erradicar el español de la vida pública, que ha hecho de la catalana una de las lenguas más bordes y estúpidas del mundo, muy por delante del vascuence (******), que tiene al menos a su favor el aliciente del pintoresquismo troglodita, pues ya se hablaba, dicen, mientras los montañases despellejaban osos en las cuevas al pie del macizo de Aralar. Y todo ello con el aplauso mansueto de una buena parte de este paisanaje nuestro descastado y huevón.

(*) ¿Aún no ha muerto el “Molt Honorable”?

(**) “Caracol, saca el cuerno”

(***) Esto ha sucedido en escuelas catalanas, lo sabemos de buena tinta. Dada la escasa familiaridad de nuestros escolares con los números romanos, el Santo Padre ha sido por ellos rebautizado como León “Xiv”, para mejor entendernos, pronunciado “Chib”. Es decir, la “X” no vale por diez, si no por “equis” (aquí me inclino por “Ch”). “I” no vale por “uno”, es la i latina. Y, por último, “V” no es “cinco”, es la letra “uve” que sustituyo aquí por “b” para facilitar la visualización de la mudanza demencial. De modo que el ordinal XIV del Papa León se transmuta en un apellido, “Chib”

(****) ”De los catalanes siempre seréis princesa, / de los españoles estrella de Oriente”

(*****) Orfeón Catalán

(******) Lengua en que María Chivite, tan socialista y navarra como Koldo García, “inmersionará” en breve al alumnado en las escuelas de Sangüesa, Cascante y Petilla de Aragón 

Mi república no es de este mundo… en Cataluña antes acabarán mis obispos con el catolicismo que los milicianos del Frente Popular, hay que joderse…

El manicomio mallorquín: guau, guau, o sea, «bub-bub»

Una cosa es “miau” y otra es “miu” en la medida en que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. “Miau” es la onomatopeya del maullido en español. En catalán, en cambio, los gatos maúllan “miu”. Asimismo, los perros que ladran en español dicen “guau, guau” y aquellos que disponen del nivel C canino en lengua catalana se inclinan por un “bub-bub”, circunstancia que un servidor, catalán de cuna, ignoraba completamente hasta hace unos días. Hay, pues, un hecho diferencial (fet diferencial) zoológico innegable. Cabe recordar que, años atrás, especialistas en etología lupina divulgaron la especie que los lobos peninsulares aúllan a la luna distintamente según su distribución geográfica. De tal suerte, ése es el busilis del estudio, que los especímenes avecindados en bosques y comarcas montuosas de Galicia emiten un aullido diferente del aullido de uso común entre los residentes en llanadas y páramos de Castilla, aunque se precisa buen oído para distinguirlos. Hemos permitido que España sea esto.

Ni que decir tiene que los nacionalistas del BNG (pronúnciese “be-ene-gé” por mejor superar la “palurdofilia” localista) entraron en éxtasis al imaginar que sus lobos corretean entre las vaporosas brumas del antiguo reino de Breogán al acecho de víctimas compartiendo fraternal y patrióticamente trochas y senderos, pozas y arroyuelos con “meigas”, duendecillos traviesos, estantiguas y ondinas de cabellos plateados, largando aullidos precisados de lobuno traductor. Quizá sus aullidos particularistas, impregnados de esa calma transida de melancolía y de tristeza que llaman “morriña”, y en Portugal “saudade”, los aprendieran del buhonero Romasanta, versión autóctona entre pazos y célticas cruces, de la figura legendaria y aterradora del licántropo (*).

De igual manera, nuestros indigenistas más ensoñadores suspiran por lobos “arrelats al territori” (**) que aúllen también de manera distinta, con sus matices sonoros discernibles de los demás, y que toquen su cánida calavera con el gorro frigio de nuestros labriegos en una entrañable profesión de fe de apego al terruño. De todo lo antedicho se deduce que la fauna nacional reproduce miméticamente las divisiones regionales entre sus gentes. Es la fatalidad sin conllevancia posible que nos persigue, por mucho que pontificara Ortega y Gasset.

Así vemos el mundo por mor de la centrifugación nacional con anteojeras de burro, así vemos el reino animal. En psicología lo llaman “proyección”. Si las mascotas ladran y maúllan de manera discordante por territorios, y asimismo lobos y otras especies de la fauna salvaje, lo mismo un lince que un meloncillo, cada uno con su peculiar onomatopeya… pues así los veterinarios habrán de incorporar a su bagaje científico, arrea, un conocimiento suficiente de las lenguas cooficiales. Antes que nadie se apresuró a hacerlo el denominado “Consell Insular” de Menorca (Consejo Insular), en manos, cómo no, del siempre exasperante PP de Marga Prohens.

Que el dog-tor (chiste malo) se olvide de curarle la patita a Chufo, un bigotudo schnauzer “emperropadronado” en Mahón, si no obra en su poder el preceptivo titulillo B2 de catalán. Que de nutrición perruna y de cánidas dolencias sabrá la mundial, pero si el idiota del amo se empecina en que le dé el parte facultativo de Chufo en catalán, y no está capacitado para ello, ya puede hacer los bártulos por gentileza del PP menorquín, agarrar el ferry de Balearia e ir pensando en ejercer su noble oficio en Murcia. Tal y como sucedió en Ibiza con oncólogos y cardiólogos durante el mandato en la región de Francina Armengol, la tercera autoridad de España en la actualidad, y no es una broma pesada. Quiere decirse que no es broma lo de la fuga de oncólogos, tampoco lo de Armengol, que es tercera autoridad de una nación que fue imperio en los dos hemisferios.

Siempre se ha dicho que la insularidad instila a no pocos de sus vecinos ciertos desarreglos mentales, conductas extravagantes o depresivas, incluso tendencias suicidas. Un territorio rodeado de mar, batido siempre por el viento y sin nuevos rincones por descubrir. Vivir ahí se hace, a la larga, tedioso, monótono, asfixiante para algunos entendimientos, y más cuanto más chiquituja es la isla. Y, junto al episodio veterinario, otro protagonizado por un donante de sangre de Palma corrobora lo dicho, a cuenta, suma y sigue, del despropósito lingüístico que nos desballesta como entidad nacional histórica con un montón de siglos de antigüedad y nos incapacita como auténtico Estado de Derecho de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

Ese buen señor, henchido de loabilísimos sentimientos humanitarios, se acercó a la clínica para donar sangre conforme había hecho en ocasiones anteriores. Gratitud por su altruismo y civismo ejemplares. Solo que esta vez fue atendido en español por un miembro del personal sanitario. Todo hay que decirlo, aunque parezca mentira semejante contradiós, estas cosas suceden aún en España, en pleno siglo XXI. Qué disparate: ¡¡¡Atender en español… en España!!! Y es que no sabe uno a qué extremos de ignominia llegaremos. Encima que das tu sangre gratis et amore, pinchazo que te crío, va el indeseable ése de matasanos enfundado en bata blanca, fonendo al cuello, y te habla en el idioma colonial. Una experiencia horripilante.

Póngase usted en el pellejo del donante (mejor que en el del tomante). Nadie está obligado a dar sangre, un bien preciado para uno mismo, y escaso, que no se debe derrochar alegremente. Y, lo dicho, va uno de buena fe y se la extraen en español. En este caso no hablaríamos de donación o extracción aquiescente, si no de expolio del torrente sanguíneo. España nos roba, la sangre incluso. Ya no se trataría de una práctica clínica, antes bien de una agresión vampírica. Por ello, el protagonista de esta anécdota agarró un cabreo del quince y abandonó las instalaciones sin someterse al operativo. Que se olvidaran de su sangre, de modo que ésta continuaría en su totalidad fluyendo por sus venas, regando sus vísceras despreocupadamente.

La decisión de nuestro protagonista habilita una reflexión, acaso contraria al consenso admitido, y basado en el sentido común, que rige el mecanismo de las transfusiones sanguíneas. La sangre en depósito, fruto de donaciones voluntarias, se suministra, es sabido, a los pacientes por estado de necesidad, gravedad y urgencia sin atender a otras consideraciones. Da igual de quién se trate y cuáles sean sus circunstancias. Cabe habilitar en circunstancias excepcionales una suerte de triaje, sea un accidente con múltiples heridos o un atentado terrorista especialmente devastador con numerosas víctimas, si es que en ese momento las reservas disponibles son limitadas y conviene fijar, a criterio médico, una prelación asistencial.

Pero si las autoridades consintieran, a petición de nuestro protagonista, o por disposición de la propia autoridad, que la extracción de sangre se ha de operar obligatoriamente en el idioma elegido por el donante en un contexto de cooficialidad lingüística de ámbito regional, queriendo decir qué personas pueden sacarle o no la sangre, que es suya… por qué razón, tirando de ese mismo hilo, no habría de disponer el donante de la facultad discrecional de decidir quiénes habrían de beneficiarse y quiénes no de su generoso acto. Si soy negro, mi sangre para un hermano. Si pertenezco al Klan, que se olviden negros, judíos y comunistas. Si soy musulmán, jamás para un infiel. Si soy machista, tendrán preferencia las mujeres bellas. Si soy progre, vetados los votantes de Vox y a la inversa. En definitiva: si soy catalanista, mi sangre nunca ha de salvar la vida de un colono piojoso que habla en español, es decir, la lengua de las bestias taradas (Quim Torra dixit).

Esto parecerá un sofisma, acaso un argumento cornuto de ínfima calidad, pero no dista mucho de la pretensión que hemos oído en ocasiones concerniente a una hipotética distribución electiva, por deseo del contribuyente, de la parte alícuota de los impuestos que satisface regularmente y que habría en justicia de obligar al fisco… que, todo hay que decirlo, y sirvan estas horas demenciales que vivimos como botón de muestra, surte de liquidez al gobierno para malgastar en gilipolleces descomunales, cuando no en canalladas aberrantes que hipotecan onerosamente el futuro de nuestros hijos, sobrinos y nietos. La moraleja de todo esto es que, de no ser la sociedad española una sociedad enferma por infecciones lingüística e identitaria, a nadie jamás le importaría un bledo que le atendieran en español, lengua oficial en toda la nación, es decir, la lengua nacional, a la hora de donar sangre.  

(*) Hombre-lobo. Personaje, Romasanta, interpretado magistralmente por JL López Vázquez en “El bosque del lobo”, de Pedro Olea, una de las mejores películas del cine español.   

(**) “Enraizados”  

Oye, tú, “nyordo”, pedazo de atún, a mí no me acerques esa jodida jeringuilla si es que me vas a hablar en español… que me pinchen tiene un pase, pero no en la lengua imperialista de los garbanceros mesetarios que sacuden a sus mujeres y violan a sus propias hijas…

El Barça se proclama «Campió»

El gobierno regional y las asociaciones más activas en la imposición del catalán (Òmnium, ANC, Plataforma x la Llengua) firman con el Barça un acuerdo por el que éste se compromete a promover su uso en todas las secciones deportivas, implicando por igual a equipos técnicos y jugadores, particularmente durante los entrenamientos. De modo que la más granada perla de la cantera, Lamine Ben Yamal, y el ariete goleador de la plantilla, el polaco Lewandowski (*), que ondeó la bandera estrellada en la guagua descubierta que recorrió las calles de Barcelona, habrán de comunicarse entre sí en la lengua de nuestros juramentados indigenistas.

Hubo en la rúa que celebró la consecución del campeonato duelo de banderas o “vexilomaquia”. Lewandowski por un lado, ya se ha dicho, secundado por varios jugadores convocados para representar a España en el mundial, Dani Olmo y los “García”, Eric y Joan, y, por otro, Ben Yamal enarbolando el estandarte palestino cual aguerrido gastador de Hamás, en un gesto de empatía con los matarifes que entraron en Israel rajando tripas a embarazadas a machetazos, ametrallando a docenas de jóvenes en un festival de música y flambeando a sus víctimas con lanzallamas para darles ese puntito entre crujiente y churruscado ideal para barbacoas salchicheras (véase en yutube el documental “Screams before silence”).

La deriva del monolingüismo inquisitorial, ahora también en el ámbito deportivo, no habría de causar sorpresa, lo que no quiere decir que no procure irritación y fastidio a los espíritus sensibles y libres, se expresen en catalán o en español. Primero, va de suyo, fueron a por los más “vulnerables”, esto es, los niños. Víctimas indefensas que, una vez en el aula, quedan abandonadas a su suerte y en manos de la dirección del centro y del claustro de profesores, es decir, la elite de los batallones herodianos del nacionalismo. Y fueron bombardeados con intenso fuego artillero de “normalizaciones” primero, e “inmersiones”, después. A los adultos, en general, les importó un bledo porque, en razón a la edad, ellos ya fueron escolarizados, escapando de tamaña melonada (que arreen los que vienen detrás). Y disfrazaron su desidia y cobardía echando mano de una antología de patochadas que particularismo e izquierda, con el dontancredismo impasible de la derecha a su favor, les sirvieron en bandeja y repitieron como aves parlanchinas…

… Que si “hay que compensar los excesos del franquismo”, como si las actuales generaciones “inmersionadas” nacieran condenadas a convertirse en moneda de cambio de un agravio anterior. “Lo importante es lo que se aprende y no en qué idioma se aprende”. Exacto, y va a ser lo mismo aprender Física Nuclear en bable o en una de las variantes austronesias de los trobriandeses papús, que no en un idioma universal como el español. “Total, ya lo aprenden viendo la tele, con amigos y en la calle”, es decir, templando sus espíritus gracias a la telebasura, pillando costo o farlopa por las esquinas y yendo de putas, o de travestis acaso. “A fin de cuentas aprenden el mismo español que los alumnos burgaleses, como demuestran las notas de selectividad”… cómo no, en dos horas semanales frente a treinta, “quinceplicando” el coeficiente intelectual de aquéllos. O largando la cansina monserga de la argamasa milagrosa de la “cohesión social” que tan fructífera ha sido en Cataluña en estas últimas décadas… no hay más que ver lo cohesionados que estamos los catalanes, divididos según TV3 entre catalanes y “nyordos”, y según los resistentes al nacionalismo entre catalanes y “lazis”, y entre ambas facciones tan “cohesionadas” se abre hueco el melifluo y viscoso PSC de Illa rindiendo pleitesía a los “lazis”, pero con las alforjas rebosantes de votos “nyordos”.

De modo que, neutralizados los niños por sucesivas generaciones gracias al colaboracionismo del 99’75% de los padres, divididos a su vez en entusiastas, indiferentes y una reticente minoría, el guión señala ahora al paisanaje en su esfera profesional. Recuérdense aquellas bravuconadas del tipo “a mí nadie me obligará a hablar en catalán, hasta aquí podíamos llegar”, y eso vale todavía para las amistades y para la intimidad domiciliaria, pero ya no para el ámbito laboral.

De tal suerte que las exigencias lingüísticas ya han condicionado a muchos adultos al optar a promociones profesionales, resultando de ello, de no acreditar nivel suficiente, estancamiento en su carrera  e incluso el despido. Y han tragado. Y se ha exigido capacitación en la lengua cooficial (diferentes niveles de desempeño) a taxistas, atención al público tanto en la administración como en comercios privados (con especial incidencia en la hostelería), enterradores (no es coña), jardineros, bomberos, conductores de autobuses urbanos, personal sanitario e incluso al trompetista de la orquesta municipal de Barcelona. Normativa que ha traspasado nuestra región y ha tenido eco en Valencia y Mallorca, también con gobiernos del PP. Estos requisitos han despertado, ocasionalmente, tibias protestas de sindicatos sectoriales, aunque sus cúpulas dirigentes, a la hora de la verdad, suscriben alegremente cuantos pactos y manifiestos por el monolingüismo obligatorio en lenguas locales les ponen delante de las narices, no sólo por aquello de no morder la mano que da de comer, si no por sus firmes convicciones particularistas y disgregadoras.

Es llegada la hora del fútbol, al que no en vano llaman “deporte rey” dada su enorme proyección social. Se trata de invertir la tendencia espontánea de hablar en español tanto de los equipos técnicos, como de jugadores y aficionados en el graderío. En suma, de ir contra la realidad. En un fenómeno de masas como el fútbol profesional se estila el uso de lenguas francas, aquéllas en las que todos se entienden por la diversa procedencia de los actores. Se ficha a un entrenador holandés, a un portero esloveno y al mediocampista camerunés más cotizado. Además, el escurridizo delantero es canarión y le chiflan las papas “arrugás”, y el defensa de cierre es un chicarrón del norte que ha hecho carrera en el Bilbao. Estando así las cosas no parece lo más conveniente dar la charla previa al partido clave de la temporada en catalán. Hay que analizar al rival y el Sporting de Calatayud es un hueso duro de roer. Es preciso dar con sus debilidades y explotarlas y, al tiempo, anular sus virtudes en el juego, sometiendo a sus jugadores más creativos a una presión asfixiante, dejando ir alguna patadita. El público clama al unísono “¡A por ellos, oé!, “¡Al bote, al bote, de Calatayud el que no bote!”. Y el técnico holandés sale del banquillo hecho un basilisco para increpar al árbitro en un español deleznable, pero mejor que el de Marta Rovira (ERC): “¡A ti te parió una madre!”, mientras los ensordecedores cánticos de la hinchada “le ponen la gallina de piel”.

Con todo, ha habido una muy significada excepción: la del astro argentino Lionel Messi. Echó los dientes en la cantera azulgrana y en la vida ha pronunciado una palabra en catalán. Y se lo han disculpado por ser vos quien sois. Ítem más, es fama que su hermanita desesperó porque al ser “inmersionada” en una localidad cercana a Barcelona agarró un tremendo berrinche, la pobre se sentía el patito feo de la clase y la familia, por no montar un quilombo, la mandó de vuelta a la Argentina. Un caso que los contrarios a la inmersión liberticida no supimos rentabilizar… y es que nunca fuimos llamados por los caminos del agit-prop.

De igual manera que en el patio de recreo de escuelas de primaria e institutos se han colado espías de las asociaciones rigoristas de la lengua (“personal ajeno a la obra”) para escudriñar en qué idioma juega o se relaciona el alumnado, con el pláceme de centros y “ampas” (sin pero con hache), habrán aquéllas, en lo sucesivo, de infiltrar a sus sabuesos en el graderío, de tapadillo, para fiscalizar los gritos de animación del respetable. Tomarán notas, disimuladamente, y elevarán los informes a quien corresponda. Objetivo: aguzar el oído y discernir si la afición canta «¡Campeones!” o “Campions!” El nacionalismo particularista y la ultraortodoxia lingüística estimulan mejor que nada ni nadie el chivateo y la delación. Para recorrer de incógnito los diferentes sectores del estadio, no habrá disfraz más al caso que el de aquellos vendedores de antaño que voceaban sus artículos entre los espectadores… ¡Hay Celtas, gaseosas, pipas y altramuces!… ¡A las ricas almendras garrapiñadas!…

Los jugadores del Barça, cuando despachen entre sí sobre el terreno de juego, se taparán la boca, tal y como hacen ahora, pero no ya por si un especialista en lectura de labios desentraña la conversación y desvela las consignas recibidas del entrenador, y transmite la preciada información al equipo rival, no; lo harán por cautela y temor a los “confites” del catalán, no sea que identifiquen la lengua que están empleando y la directiva les atice una sanción disciplinaria.

(*) El polaco Lewandowski ya no podrá disfrutar de esa prebenda pues ha finalizado su contrato y cambia de aires

Ya tomé mis lecciones de catalino, pibe… eeeste, ya sé decir “gol”, “match”, “penal”, “declaració d’ Hisenda” y “pacte amb la Fiscalía”… que os den por el orto…

Sin noticias de Eduardo Mendoza

Así se ha pasado décadas la resistencia: sin noticias del gran escritor Eduardo Mendoza. Las tuvimos de Gurb, ese simpático alienígena que aterrizó en la Barcelona preolímpica habiendo adoptado la apariencia de la escultural Marta Sánchez. Mendoza dio el pelotazo literario con la fenomenal novela titulada “La verdad sobre el caso Savolta” que, en tiempos, formaba parte del programa de lecturas obligatorias del Bachillerato. Cuando el bachillerato era Bachillerato. Su consagración llegó con otro exitazo de ventas: “La ciudad de los prodigios”. Una de las mejores firmas de la narrativa española contemporánea.

Sucede con Eduardo Mendoza lo mismo que con otros escritores catalanes que escriben en español, amén de cantantes y artistas de disciplinas diversas. Con relación al nacionalismo obligatorio que asfixia la sociedad de la que forman parte, y a las políticas lingüísticas vigentes desde mediados los 80 del pasado siglo, tendentes a la proscripción del español en la vida pública e institucional, se han colocado de perfil como formando parte de un jeroglífico egipcio y han callado como malas putas.

Dicho a la pata la llana, no se mojan ni debajo de la ducha. A ellos les vale mientras cobren buenos royalties de las editoriales a pesar de que la lengua en la que se ganan muy honrosamente la vida es considerada la lengua “nyorda” (*) de los colonos y ha sido desterrada sin contemplaciones de las aulas, e incluso del patio de recreo. En otras palabras, han ejercido una blandengue neutralidad. “Yo a lo mío y tú depaupera a tus anchas la instrucción pública mediante el aldeanismo lingüístico, que yo no digo ni pío”. No hace falta ser un lince para ver que en una situación así, de ataque continuado a la lengua nacional, otrosí lengua de referencia familiar mayoritaria entre los catalanes (según el propio “CIS” indígena), esa equidistancia no es si no colaboración “pasiva” con el régimen en grado medio-alto. No les preocupa ni mucho ni poco que la jibarización intelectual promovida por el modelo catalanista les excluya de las sublimes manifestaciones culturales de la región cuando la administración exhibe lo más granado de la producción autóctona en ferias internacionales, sea la de Frankfurt. Mientras no les incomoden mucho por escribir en español (o cantar, tipo “Estopa”), van servidos.

Que un escritor no tiene por qué ser un héroe y jugarse el pellejo, va de suyo. Y es muy libre, como cualquiera, de comprometerse o no en la defensa de una causa. Pues causas hay para todos los paladares, como la preservación de las focas monje, la defensa de las libertades civiles y políticas en Cuba o Venezuela, o, en sentido contrario, el respaldo entusiasta a esas mismas tiranías liberticidas del Caribe (detenciones, torturas, “desaparición” de disidentes). Sin ir más lejos, la sumisión al castrismo ha gozado en el gremio aludido de un enorme predicamento. Recordemos el caso paradigmático de Serrat que, a principios de los 70 del pasado siglo, actuó en el parque Lenin de La Habana, según cuenta en sus memorias Juan Abreu, y allí los sayones de la dictadura la emprendieron a porrazos contra los espectadores sin que el aclamado intérprete suspendiera el recital, como si la cosa no fuera con él.

Muchos de nuestros heroicos artistas e intelectuales se blindaron de las acometidas del nacionalismo buscando abrigo en el PSC, del que el PSOE actual es lacayuna franquicia a nivel nacional. Eduardo Mendoza ha sido uno de ellos. Pero, hete aquí, de un tiempo a esta parte el autor ha largado algún que otro alfilerazo al nacionalismo, acaso porque ya tiene una edad que le permite decir a las claras lo que piensa sin supeditar sus declaraciones al interés comercial o a la subsistencia civil, el temor a eso que llaman “cancelación”. Y en esa onda, fuera o no un truco de prestidigitador, se sacó de la manga una inocua chanza sobre la concurrencia del día de “sant Jordi” (san Jorge), mártir capadocio y patrón de Aragón, Inglaterra, Rusia, Georgia, Etiopía e incluso de Friburgo en Briesgovia, y del día del libro que conmemora el nacimiento de Cervantes. Un chascarrillo venial, inofensivo y ayuno de toda sustancia polémica. Dijo algo así como que “sant Jordi”, el sauricida, era una suerte de maltratador animal.

Si aplicamos el esquema de Bettelheim de su “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, vemos que el dragón, más acá de representar al maligno (a lo maligno), simboliza esa parte nuestra oscura, escondida, donde anidan los instintos, las pulsiones primitivas que han de ser sometidas, sublimadas, vencidas para experimentar una purificación o elevación espiritual sobre el componente animalizado de nuestra naturaleza. La sauromaquia georgiana supone, por así decir, la victoria sobre nuestro cerebro reptiliano.

La cuestión es que la chufla nimia y pueril de Mendoza abrió las carnes al separatismo y de no taponarse la herida con las manos, le habrían caído las tripas al suelo con un frufrú de vísceras deslizantes. Indignación. Sentimiento patriótico herido. Agresión intolerable. Catalanofobia. Tambores de guerra. Y la llamada, no es coña, a quemar a lo “Farenheit 451”, libros de Mendoza en la plaza pública. A santo de qué reacción tan furibunda, tanta sobreactuación. Obviamos la equiparación de la airada respuesta catalanista a las hogueras de la bibliofobia nazi que la tomaba con autores por su condición de judíos, por su afinidad ideológica al socialismo o por aquello del aburguesamiento decadente o degenerado. Tratándose tan funesto episodio de un mayúsculo ejercicio de intolerancia, la angurria (**) incendiaria de nuestros catalanistas es, si cabe, más inconsistente aún, habida cuenta que acercan la lumbre a la producción mendocina por una inane alusión a una leyenda, que es como montar en cólera por pitorrearse uno de “Los tres cerditos”. Hay que ser paleto y gilipollas. Y para mí tengo que nuestros particularistas chifletas en su fuero interno creen que “sant Jordi” y san Jorge son dos santos distintos. Que puede que el segundo fuera un paladín de Diocleciano convertido al cristianismo, y martirizado por ello, pero que el primero, es cosa segura, vino al mundo en Roda de Ter.

No hay mal que por bien no venga. Y Mendoza, tan discreto durante décadas, confundido con el paisaje, echando mano de la tecnología biométrica de camuflaje ensayada por su personaje Gurb, y apadrinado por la progresía y tolerado por el régimen catalanista, se gana ahora, sin haber sudado la camiseta, fama de forajido, de autor maldito, de outsider, de incordio para el aborigenismo exaltado y esta suerte de improvisada campaña de propaganda le aúpa al puesto número uno en ventas el día 23 de abril. Miel sobre hojuelas. Una disidencia oportuna y rentable. Que lo sea en adelante sincera y perseverante.

El complejo simbólico del caballero que somete al dragón de una lanzada ha de permanecer intacto. La más mínima variación compromete su eficacia. Como una fórmula mágica o un ensalmo al que cambiamos el orden de las palabras. Recuerda la impostada y ridícula hiperdulía georgiana del catalanismo, en cierto modo, a aquel druida escocés autor de la más descriptiva y poética metáfora del nacionalismo que he conocido. El chamán se acercó a las orillas del lago Ness y mediante un hechizo instó al monstruo a que permaneciera escondido entre las anfractuosidades y honduras del lecho lacustre. Que es un hecho del que ya se ha dado fe en tractoradas anteriores. En efecto, una expedición científica londinense, equipada con radares, sonares y aparatejos de última generación, quería escudriñar cada rincón del lago para hallar de una puñetera vez pruebas consistentes de la presencia del monstruo, un fósil viviente de la criptofauna, o, en caso contrario, proclamar definitivamente su inexistencia. Nessie, trasunto del in illo tempore, de las ancestrales y primigenias esencias de Escocia, una suerte de William Wallace con escamas, debía permanecer oculto, inmergido, a salvo de la mirada indiscreta y analítica de la ciencia. Al margen de la razón, pues la bestia pertenece a ese mundo de brumas de los tiempos oscuros y, cual vampiro nocherniego, no puede ver la luz, pues la luz sería la causa de su destrucción.

Con todo, no andamos muy sobrados de efectivos de este lado y las altas más talentosas las celebramos con entusiasmo, de modo que, don Eduardo, bienvenido al club y apriete el paso con decisión que ya vamos tarde. 

(*)  “Lengua nyorda”: “lengua de mierda” o “lengua española”, en el argot catalanista

(**) “Depradismo”, es decir, de Juan Manuel de Prada. “Angurria”: ansia o afán por alguna cosa

Ya me previno mi madre, si te dejas adorar por los catalanistas, te meterán en un lío

El «asturianu» es gay

En España, es sabido, las lenguas cooficiales sirven para desentenderse unos de otros y fragmentar el sentimiento nacional de pertenencia. Para separar a personas, territorios y poner trabas a la libre movilidad de trabajadores. Eso, de primeras. Cierto que también sirven para crear multitud de chiringuitos cebados con dinero público, que si academias, observatorios, profesorado, medios locales de incomunicación, grupos musicales, certámenes literarios y un sinfín de variopintas amenidades que procuran el sustento de amiguetes enchufados que, a su vez, tórnanse paladines invencibles de la “lengüícula” de turno. Y es que no son pocos quienes codician esa lengua que dan en llamar “propia” para disponer de una excusa que les permita reclamar para sí derechos políticos diferenciados en esta España nuestra en almoneda. Como siguiendo la estela de los nacionalismos periféricos. Se genera así una suerte de industria, por modo de vida, idiomática. Una bicoca para unos cuantos, una ruina para muchos y una monserga insufrible para todos. 

Aborrece uno, viendo la deriva que ha tomado la promoción institucional (especialmente en el ámbito educativo) de las lenguas o hablas locales, el latiguillo insoportable con el que nos laceran la cocorota desde hace décadas: “las lenguas están para entenderse y suponen una riqueza cultural de un valor incalculable”. Pues bien, a fuer de hacerme cansino lo diré una vez más: la verdadera riqueza consiste en tener una en la que entenderse todos. Modelo francés a lo “V República”. Papúa-Nueva Guinea, ya se ha dicho, se alza con el cetro de la poliglotía mundial: más de 700 lenguas censadas en la isla. Gran parte de sus nacionales no se entienden un carajo entre sí. Afirmo campanudamente desde la misantropía eurocéntrica, no teniendo nada contra su cultura (o culturas), sus vivencias y circunstancias, su idiosincrasia tribal e insular, si las hay o se pueden formular en términos inteligibles, que me limpio el culo con todo ello. Disponer de tantas lenguas para desentenderse me parece verdaderamente manicomial y le recomiendo a nuestros casi antípodas que, no dando aquí pábulo a ningún proyecto encaminado a mermar esa floración plurilingüe tan exuberante, se abstengan de emplear intérpretes y pinganillos en las sesiones de su parlamento nacional por evitar el colapso y la locura. Y que no menos esfuerzo pongan en dar con una lengua franca eficiente que facilite de veras el entendimiento, que en mantener esa variedad tan abigarrada y, atiza, “enriquecedora”. 

“Las lenguas no tienen la culpa”, nos dicen. Se concede. Tampoco las pistolas o las metralletas, y es que la responsabilidad es de quienes las hablan y regulan su uso en un caso y de quienes las manejan en otro. En las lenguas no reside el principio de su difusión (pues las razones que explican su mayor o menor expansión rara vez obedecen a vectores lingüísticos, sintaxis, fonética, inherentes a esa misma lengua, aunque también, sea el caso del sistema vocálico del castellano (hoy “español”), si no a otros de tipo histórico), pero con ellas sucede lo que con no pocos artefactos culturales que de la mano de normativas abusivas pueden convertirse en instrumentos coactivos y de cribado o exclusión social. La intencionalidad no reside en las lenguas, pero sí en quienes las hablan y comoquiera que no se hablan solas… pues a la vuelta de unos años nos damos con una sociolingüista que sostiene en un artículo en la edición digital de La Razón que la lengua catalana no es antipática en sí, pero que todo el follaje legislativo que en su defensa y promoción se genera, hace que se perciba como tal por muchas personas.

Hete aquí que algo hay en las lenguas que las hace más o menos aptas para acometer determinados desempeños o misiones. Esto es lo que sostienen los dirigentes del PSOE asturiano. Una de sus más probadas federaciones en el ataque a la legalidad vigente, verbi gratia: su activa participación en el golpe insurreccional junto a UGT, y ERC en Cataluña, contra el gobierno de la II República, año 1934. La “Revolución de Asturias” en comandita de los “Fets d’ Octubre” (*) de Barcelona. Este fue, pizca más o menos, el titular en la prensa digital: el gobierno regional de Asturias (PSOE) solicita a las organizaciones LGTBI+ del principado permiso para propagar las bondades sin cuenta ni cuento de todo ese mundillo, arrea, en “asturiano” o bable. La fundamentación de la solicitud residiría en la “sensibilidad” e “inclusividad” que aportaría la hablilla en cuestión a esa materia específica en mayor grado que la lengua española. Fantástico.

Quiere decirse que la lengua española es insensible y excluyente, cuando menos en relación al bable (“orbayu”, “farrucu”, “Puxa Asturies”) a la hora de enfocar toda la variopinta problemática del citado movimiento. Siendo así, quieren decirnos, que una lengua “dominante” (percibida como tal dada su presencia en el mundo por número de hablantes y países que la tienen por oficial, no así en la propia España donde está vetada como lengua vehicular en la instrucción pública en un tercio de su territorio) no acredita la empatía suficiente para defender las reivindicaciones de un colectivo heterogéneo (si, a mayor abundamiento, incluimos a los “therian”, esto es, “homo-mapaches”, “homo-asnos”, “homo-pandas”, etc) que se autodefine por su vulnerabilidad y victimización… por su injusta exclusión social y carente, dicen, de algo llamado “visibilidad”, siendo, no obstante, muy “visible” en los photo-call de multitud de eventos y en los platós de televisión. No menos que una despampanante vedette del Folies Bergère que, como un pavo real, despliega en escena todo su irisado plumaje.

Y uno deduce que los ideólogos de la federación asturiana del PSOE consideran que una lengua universal como la española en Oviedo, sin embargo, en Gijón y en los valles mineros, transmite hostilidad al colectivo irredento, maldito, perseguido, mutando en lengua opresora, heteropatriarcal y contraria a sus intereses. Ante esa adjudicación por algunos, en función de su muy particular cosmovisión, de valencias implícitas a las lenguas, confieso que, más allá de limpiarme el culo con todo ello (como sucedía párrafos atrás con el plurilingüismo papúo), por una vez no me causa enojo la presente “dramatización” de lenguas o hablillas. “Dramatización” por lo que tiene de asignación de papeles a cada una de ellas en una suerte de “poliglomaquia”, o “lucha entre lenguas”, en este esperpento esquizoide de la cooficialidad lingüística, que es uno de los factores primordiales en la descompresión nacional de España gracias, paradójicamente, a esa supuesta riqueza cultural, entendida además de la peor forma.

De tal suerte que las lenguas no son “culpables”, pues son ajenas a toda caracterización moral. Acaso tampoco inocentes. Como mucho, misántropos y pesimistas natos, nos remiten a la estupidez sustantiva del hombre. Pero nada más allá. En adelante, el bable, ahí reside la novedad, señalará la estupidez adjetiva del hombre, una estupidez “trans” y “socialista”. Allá películas. De modo que los “guajes” que se perciben “guajas”, o al revés, que lo mismo da, que da lo mismo, podrán expresar toda esa farfolla cromosómica, “potórrea” y “pichúrrea” en “asturianu” y, por qué no, en otros lares, y a su imagen y semejanza, en catalán, vascuence, gallego o eólico dulce. A mí plim, mientras de una vez y para siempre nuestro alumnado pueda aprender en el aula, en español y en toda España, el aparato digestivo de las ranas, la tabla de multiplicar, los afluentes del Tajo o las tres guerras carlistas. ¿Lo veremos algún día?

(*) “Hechos de Octubre (06/10/1934)” o proclamación golpista por Companys del Estado catalán. Para ese episodio nada como la crónica periodística de Enrique De Angulo reeditada por Ediciones Encuentro: “Diez horas de Estat Catalá (Català).

“Oye, guaje, a mí no me subas a una de esas carrozas del “Orgullo” que te doy un palo que te avío, que bastante tiene uno con darle para el pelo a los mahometanos”

Eje Washington/ Tel-Aviv/ Waterloo

Entonces el mediador era Alay, íntimo colaborador de Puigdemont. Comín, Toni Comín, el otro, andaba batiendo la clara por los rincones del parlamento europeo con un asesor que ahora le denuncia por acoso sexual. Alay era su mano derecha y chico para todo. Se ha dicho, chambelán culinario, que probaba primero que nadie la comida en el palacete (“la casa de la República”), no fuera que los agentes del CNI administraran al jefe, de matute, una dosis de polonio entre la apetecible carne de unos mejillones de “Chez Léon”. Ahora, con el felón de Pedro Sánchez en La Moncloa, los agentes del CNI han quedado para proteger al fugado y rendirle honores. Las vueltas que el mundo da.

Alay fue el agente enviado a la lejana Moscovia para negociar el apoyo ruso al golpe separatista. Uno andaría tentado de pensar que alguien como Putin, que echó los dientes en la KGB y con tantos operativos abiertos por medio mundo y entregado de hoz y coz a devolver oropeles imperiales a la Madre Rusia, largaría de regreso a semejante insignificancia de una patada en el trasero, como en su día hicieron los bolcheviques con el chalado del ex teniente coronel Maciá (Macià). Pero, nada de eso. El interés del Kremlin por sembrar cizaña en Europa y debilitar a los países que la componen para mejor dedicarse a sus manejos expansionistas en la frontera (Ucrania, Polonia, repúblicas bálticas), posibilitó el contacto. La mera consideración de un proyecto de esa jaez: atender los guiños y arrumacos de los nacionalistas catalanes demuestra que incluso un tirano profesional de su talla puede errar el tiro y perder el tiempo en divagaciones manicomiales.

La jugada consistía en que Cataluña, desgajada de España y tutelada por Rusia, se convirtiera en un satélite putinesco en Europa occidental con un estatus parecido al de Bielorrusia o Transnistria. El plan no fraguó y los 10.000 spetsnaz ofrecidos se quedaron en casa con el cuchillo entre los dientes y a la espera de movilizarse en el Donbás. Tal y como andaba de ardor guerrero el gobierno de entonces, Rajoy y Soraya S.de.Santamaría (la caricaturesca armada “Piolín”), uno se malicia que habría bastado un contingente mucho menor para lograr sus objetivos y sin pegar un solo tiro.

Pero los vientos no soplaron ni en la dirección adecuada, ni con la fuerza suficiente, y el apadrinamiento ruso quedó en nada y chasqueados los separatistas catalanes sin avalistas internacionales de cierta nombradía, excepción hecha del autoproclamado gobierno de Biafra en el exilio, que ya abrió una “embajadícula» de pacotilla en Barcelona, año 2014, en presencia de aquel canciller y estadista de primer rango, Ángel (Àngel) Colom, nuestro príncipe de Metternich, especializado muy pintureramente en “asuntos marroquíes”. Tras ese duro mazazo, la acción exterior del “proceso” (la diplomacia catalanista no es la vaticana, precisamente) se resintió gravemente y languideció sin que las grandes potencias la echaran en falta.

Pero, hete aquí, que Trump irrumpe en escena como un caballo en una cacharrería e inicia una gira mundial de armas tomar jalonada por hitos como Gaza, de la mano de Israel, Venezuela, Irán, también junto a Netanyahu, y ahora coloca a Cuba en el punto de mira. Hablamos de conflictos de primera división, a bombazo limpio. A lo que se ve, el hombre se enfurruñó porque no le concedieron el Nobel de la Paz y se desquita largando misiles a espuertas y con un ritmo frenético. Un nivel de productividad como no se ha visto en muchas décadas.

Recuerda Trump al capitán de la caballería aerotransportada interpretado por Robert Duvall en “Apocalypse Now”: “Nada como el olor a napalm por las mañanas… ese pestazo a gasolina quemada huele… a victoria”. Dejo para otra ocasión el debate: “Trump y el derecho internacional”. Un derecho que invocan con la cadencia de tiro de una ametralladora quienes se limpian el culo con los salvajes atentados de Hamás, los homosexuales ahorcados por la teocracia iraní en la vía pública, amén de mujeres azotadas hasta morir por asomar una guedeja de cabello bajo el pañuelo, y los disidentes torturados (abrasiones, descargas eléctricas, “manicura”) por los regímenes criminales del socialismo caribeño. Con todo, hay que admitir que Trump ha elegido con criterio sus objetivos. Todos ellos son una basura hedionda. Gentuza corrupta y sanguinaria al servicio de ideologías excrementicias. Sátrapas antropófagos que vulneran a destajo y de manera atroz, bajo el paraguas del derecho internacional, los derechos humanos más elementales… categoría ésta básica para el aseado funcionamiento de una comunidad política, pero que en esas poblaciones oprimidas durante décadas pertenece, lo mismo que un unicornio, al ámbito de la fantasía.

Y nuestros indigenistas más exaltados y dados a la ensoñación, pues no es lo mismo el separatismo fanatizado de Puigdemont y su gente que el disimulado y algo más tibio del PSC, fijan ahora su atención en el estrafalario personaje y pretenden granjearse su simpatía. Y para ello, como dijo Arzallus de la cochambrosa servidumbre al nacionalismo de los socialistas vascos (posteriores a Redondo Terreros), profieren gorjeos e hinchan el garganchón en un vistoso ritual de apareamiento. En efecto, se ha reunido la nomenclatura del Consejo de la República para tomar cartas en el asunto. El razonamiento básico es el que sigue: dado que Europa ha salido rana y no ha tomado en consideración la independencia de Cataluña (tampoco se le dio tiempo, pues la proclamación duró apenas ocho segundos), cabe mendigar la tutela de Trump aprovechando que el gobierno de España, que es hoy, paradójicamente, el principal valedor del “proceso”, se ha significado como uno de sus más acerbos detractores, sea o no fruto de un mero cálculo electoral… por aquello de desviar la atención mediática de su corrupción moral y material.

De tal suerte que los juramentados padres de la patria en Waterloo ambicionan para sí una suerte de Cataluña groenlandesa cambiando patronato ruso por americano (que lo mismo da Juana que su hermana) y quién sabe si ofreciendo Gavá, Castelldefels o L’ Estartit como emplazamientos alternativos a las bases de Rota y de Morón. En ese mismo batimán habrían de seducir a Israel, pues Trump y Netanyahu van siempre de la mano, como Zipi y Zape, en su desempeño belicista. Y para ello rescatar a Pilar Rahola, que es la única de esa ganadería, a excepción de Silvia Orriols, que simpatiza con los hebreos.

Mientras los carniceros de la teocracia iraní “tunean” sus misiles (“Rockets to Tel-Aviv”, por parafrasear el legendario álbum de “The Ramones”) con la efigie de Pedro Sánchez, que aspira a comerle la tostada a Trump en la próxima entrega de los premios Nobel, pues le cabrá el honor de ser propuesto por algún imbécil colosal (tipo Francesca Albanese), los separatistas de la facción bruselense corren a realinearse en este nuevo y turbulento escenario, dándose de codazos con otros figurantes por asomar la jeró. “Eh, que sigo aquí”.

Cabe recordar que hace unos meses, en la fase “Gaza” de este conflicto expansivo, las autoridades israelíes, hasta la kipá del pacifismo impostado de Pedro Sánchez, jerarca planetario del “derecho internacional”, amenazaron con reconocer la independencia de Cataluña si ésta era nuevamente proclamada. Y, embolica que fa fort (*), uno de los aliados preferentes de Estados Unidos y de Israel no es otro que Marruecos, rearmado hasta los dientes y que coloniza nuestra fruterías en desdoro del agro nacional con permiso de los gobiernos nacional y continental. Amén de mandarnos en puertas de toda negociación, cualquiera que sea, avalanchas ingentes de inmigrantes ilegales (oh, casualidad, todos los de obediencia islamista recalan en Cataluña). Y que, además de tener al monclovita pillado por el teléfono móvil (véase el giro copernicano en el asunto “Sáhara”), nos birlará la final del Mundial de Fútbol a disputarse en el año 2030 y nos levantará Ceuta y Melilla, y unos cuantos islotes bajo soberanía española, sin despeinarse, pues, a tal efecto, le entregaremos las llaves.

Echa a andar, ahí es nada, el eje “Washington/ Tel Aviv/ Waterloo”. El mundo será otro.

(*) Frase que precisa una traducción más literaria que literal. Se propone “el lío del montepío”

PD.- Las autoridades regionales continúan la búsqueda del bocata de mortadela sospechoso de desatar la peste porcina en las inmediaciones de Barcelona 

Dos hombres providenciales y un mismo destino

Lebensborn «casolà» (Lebensborn casero)

Tras el demencial zurriburri (*) de la fase más activa del así llamado “Procés”, el Proceso, no el de Kafka, por kafkiana que ha sido (y es) la época que nos ha tocado vivir, el paisanaje enfeudado al nacionalismo, y/o separatismo, andaba un pelín como remejido (*), tremolante y desorientado entre la llantina, el desengaño y la fatalidad. Se produjo un repunte de arritmias cardíacas y depresiones severas en sus filas (aunque no se han contabilizado suicidios “patrióticos” a los “mosén Xirinachs”), según han podido constatar algunas memorias médicas de ámbito regional dignas de todo crédito.

Con todo, los catalanes, como el funambulista que reequilibra su centro de gravedad gracias a la pértiga cuando transita sobre el abismo por el fino cable, estamos acostumbrados a vivir sucesivamente entre dimensiones distintas y sus encrucijadas. A veces instalados en la realidad factual y cotidiana cuando vamos a comprar tomates y cebollinos a la verdulería regentada por una chinita sonriente, al pisar inadvertidamente una plasta de chucho por las estrechas aceras de Pueblo Seco (Poble Sec) o cuando esperamos meses a que la Sanidad transferida nos programe una resonancia magnética o la extirpación de un lobanillo.

Y, a veces, en ese otro plano de una realidad entre virtual e institucional urdida durante años por un régimen corrupto y liberticida que se reclama ejemplar… un estado de cosas donde se adecúan declaraciones y conductas a principios en los que nadie, o casi nadie, cree. Me refiero a la distopia publicitaria que durante décadas fue llamada “Oasis catalán”. Que no digo que esa ventana no genere consecuencias que condicionan seriamente la vida de los administrados. Pues ahí tienes una multa contante y sonante por rotular tu establecimiento como “zapatería”, en español, si es que en ella vendes zapatos. O toca soportar la turra ésa de que los estudiantes catalanes alcanzan el mismo e incluso mejor nivel de dominio académico de la lengua española, con dos horas semanales de la asignatura, que el alumnado burgalés. Es la estúpida ficción de regresar a la verdulería anterior, comprobar que las berenjenas se rotulan como “albergínies”, conforme al talibanismo lingüístico dominante, y advertir que la dependienta sólo te entiende, a veces con dificultad, cuando le pides “berenjenas”. Van ya muchas décadas de intoxicación intensiva y eso, velis nolis, repercute en la percepción del mundo.

Pero, como se dijo en una reciente tractorada, la irrupción en escena de Sílvia (Silvia) Orriols, diva ex machina del catalanismo, ha alterado el paisaje considerablemente. Y ha devuelto las formulaciones de nuestro particularismo al lugar que en justicia le corresponde: el del romanticismo etnicista del siglo XIX. Para muestra, un botón. Extracto de una pampirolada manicomial del catalanismo, año 2026, en una web de la cuerda: “Volem reconnectar el país amb la seva continuïtat històrica, amb la Catalunya comtal i de Jaume I (**)”. Y es una regresión, hay que decirlo, no exenta de franqueza. Su desprecio a España, su “odio” a los españoles es sincero y así lo ha manifestado la doña, por la directa y sin ambages. Fuera máscaras.

Nada que ver con el bodrio de ICV-Els Verds que en su día padecimos, con aquellas ínfulas y pretensiones de aunar la casposa antigualla del catalanismo político a ideas de “progreso, avanzadas, abiertas al mundo”… y garrotín y garrotán, a la vera de san Juan. Recuerden al dirigente de ese birrioso mejunje post-PSUC (Torredembarra) que animaba a apadrinar a un niño extremeño por mil euros al mes valiéndose de la foto de un mocoso famélico, y ello para denunciar desde la “izquierda solidaria” nada menos que el pretendido “desequilibrio de las balanzas fiscales”. Hoy, esa estafa, esa morralla, la representa Ada Flotilla Colau. Es menos ofensivo a la inteligencia, y menos dañino para el estómago de un resistente, con mucho, el sectarismo agro-troglodítico de Orriols. A fin de cuentas, a los ideólogos de la condesa de Ripoll y comarca te los imaginas abrevando de esas fuentes con elevado contenido de minerales pesados, “folcloríticos” y “mitopoéticos”, que inauguró el francés Agustín Chaho para el vasquismo (acúdase al ensayo “El linaje de Aitor”, de Jon Juaristi), donde se arrimaron sedientos los tarados hermanos Arana y, para el catalanismo, décadas más tarde, toda aquella recua de fatuos charlatanes de la llamada Renaixença. 

 La recuperación del prístino ADN catalanista por Orriols y su alegre troupe trae consigo una renovada y disparatada apuesta por la genética y por lo que podríamos denominar “etnogamia (***)”, o endogamia tribal. La divisa fue proclamada ya por Estat Català (“Estado Catalán”), partido del histérico gallináceo de Macià (ex teniente-coronel Maciá), allá por los años 20 del pasado siglo, y más recientemente por doña Marta Ferrusola, la madrina del clan Pujol. Fem fills catalans! El catalanismo de la época se enrocaba en la reproducción ante la amenaza del aluvión de foráneos, temiendo que su llegada masiva desnaturalizara las esencias del pueblo adánico e incontaminado. Recordemos la aversión que murcianos y andaluces inspiraban al indigenismo fanatizado de entonces. Las caricaturas en semanarios satíricos, tipo Cu-Cut!, estaban impregnadas de una inquina furiosa: “(…) Los murcianos nos atufan con la pestilencia de sus mal digeridos garbanzos”, y otras lindezas por el estilo.

De tal suerte que triunfa hoy en las redes un proyecto consistente en reclutar voluntarios para contraer nupcias entre catalanes de “soca rel” (esto es, “de pura cepa”), xarnegos abstenerse (****), con al menos cuatro apellidos indiscutiblemente autóctonos. La moda de quemar contenedores de basura y cortar el tráfico de la avenida Meridiana ha quedado descatalogada. Cunde, pues, entre sus gentes cierta desconfianza hacia las instituciones, sospechas de traición, y los más arrebatados de amor patrio consideran que aquello que no hagan los particulares ayunos de obediencias partidistas, no lo hará nadie. Y se sienten llamados a una operación entre heroica y apostólica. Genesíaca y eugenésica. Su misión: fraguar un sustrato social compacto y homogéneo, demográficamente significativo, incardinado a la más irreprochable pureza racial. Un reservorio espiritual que garantice la pervivencia de un catalanismo incólume en medio de las asechanzas de un mundo hostil y de la importación de colonos de muy variada procedencia (los murcianos de otrora) que amenazan la existencia e identidad de Cataluña. Tal cual.

El mecanismo es sencillo y obedece a los elementales dictados de la biología. Los hitos que marcan el itinerario son: citaos por internet, conoceos y haced vuestra la divisa bíblica “creced y multiplicaos”. Y, a continuación, que la “pubilla” (*****) separe las piernas lo suficiente para que el contrayente ocupe el hueco. Unas cuantas sacudidas pélvicas y así hasta que la inseminación sea productiva. Pero nada de sutilezas amatorias a lo señor de Valmont, caricias sofisticadas o entretenimientos estériles, pues los futuros paladines de la patria irredenta han de ser concebidos de manera honesta, sin extravagancias que repugnen al decoro. Nos jugamos mucho en tan delicada empresa y las acometidas han de inspirarse en pulsiones meramente reproductivas, sin concurso de la voluptuosidad. Eso no quita que nuestra “pubilla” comparezca en la cámara nupcial con bonitos aditamentos, corpiño ajustado con filigranas y perifollos de fina labor, medias de rejilla y ligueros con la “estrellada” inscripta para mejor enardecer las briosas cargas de nuestros garañones… como lucían la esvástica en tan femenil ornamento las seleccionadas meretrices de “Salón Kitty”, de Tinto Braas, apóstol del “culismo” en el septeno arte. Una copa de “cava” burbujeante para romper el hielo y desinhibir a las damiselas más pacatas y pudorosas, ostras y bombones, a los que atribuyen propiedades afrodisíacas, y la ambientación musical pertinente para propiciar el carnal ayuntamiento. Y qué mejor acicate sonoro que el “Remena, nena”, de Guillermina Motta, pues la barreja surt més bona i al client deixes content… (******). 

La operación Lebensborn, planificada por el alto mando de las SS, pretendía crear un núcleo de población étnicamente pura, sin tacha alguna, uniendo los mejores exponentes de la raza aria, reclutados entre sus hombres, a buenas mozas de indubitable ascendencia germánica. Visualicen a esas camareras del oktobertfest, biotipo “vaca brava”, que acarrean de una tacada media docena de jarras de cerveza apretujando su generoso escote. Valquirias rubias de ojos garzos y glabros (*) muslámenes de alabastro. El proyecto se extendió también a Noruega, tras la invasión, 1940, de ese territorio escandinavo. Si las circunstancias lo hubieran permitido, a buen seguro Himmler, materia gris de tamaña patochada, habría autorizado con entusiasmo la adquisición de nuestras feraces hembras de La Garrocha y de los Pallares (Jussà y Sobirà) para así superar sus expectativas de excelencia.

Las primeras puntadas de Lebensborn se dieron poco después de la llegada de Hitler al poder y antes de estallar la II Guerra Mundial. La selección de candidatos era meticulosa, se tomaban medidas antropométricas, rigurosamente, midiendo cráneos, arcos cigomáticos, huesos parietales (a lo Doctor Robert por el Ampurdán)… nada se dejaba al azar. Se testaba el cociente intelectual, miraban con lupa antecedentes familiares y, por supuesto, eran rechazados quienes no pasaban tan pormenorizada criba. Lebensborn y Fem fills Catalans! fueron prácticamente contemporáneos y les inspiró una misma filosofía y parecida finalidad. Los catalanistas hoy desempolvan las mismas gansadas de ayer.

(*)   Muestra de algunos vocablos “depradistas” (por Juan Manuel de Prada) contenidos en esta tractorada

(**)   “Queremos reconectar el país con su continuidad histórica, con la Cataluña Condal y de Jaime I”

(***)  “Etnogamia”: dícese del matrimonio contraído entre dos individuos pertenecientes a la misma etnia, si bien en nuestro caso sería preferible utilizar el derivado más inconsistente de ”etnoidegamia” pues hablar de una “etnia catalana” carece absolutamente del más mínimo rigor científico

(****)  “Mestizos”, catalanes de mezcla, como este tractorista

(*****) “Heredera”, primogénita entre las hijas en la familia tradicional catalana

(******) “Menea, nena… que la mezcla sale mejor y al cliente dejas contento…”

La bellísima Frida, de ABBA, nacida en 1945, es producto Lebensborn. Fue concebida muy pocas fechas antes de que los nazis se retirasen de Noruega. Aunque estamos, sin duda, ante un magnífico espécimen de la estirpe humana, la famosa cantante siempre lamentó no haber nacido en Capolat o Setcases, en el seno de una linajuda familia catalanista, y parecerse a Lloll Bertrán o a Mónica Terribas. Queridísima Frida, no se puede tener todo en esta vida

Tontifex Maximus

Santiago González dirige un divertido espacio radiofónico llamado “La República de los Tonnntos”. Por los micrófonos desfilan, conforme a sus méritos, personajes que disfrutan de la ciudadanía de tan torpe república. Pero falta dar con un candidato de consenso que sobrepuje a todos en su tontíceo (*) desempeño y ocupe por aclamación la jefatura del Estado. Aquí, en esta tractorada, se promociona a un formidable aspirante, David Uclés, ganador del último premio Nadal. Uclés ha dado un arreón tremendo. Se ha revelado, el joven literato, y músico también, como paladín colosal de la estulticia. Ignora este tractorista si en el capítulo matinal de “Es.Radio” ha tenido asiento y glosa tan distinguido pretendiente, pues no siempre puede uno sintonizar, como sería su deseo, el programa que da fe notarial de nuestro elenco patrio de tontos ilustres.

La cuestión es que Uclés, jiennense de cuna, ha sido galardonado por su novela titulada “La península de las casas vacías”, que trata, al parecer, de la Guerra Civil desde la perspectiva literaria del “realismo mágico”. Para componerla ha disfrutado de una beca que le ha permitido instalarse en Barcelona durante una temporada, siguiendo los pasos, admirador que es del “realismo mágico”, de aquellos autores hispanoamericanos que se establecieron en la ciudad condal al dar con un ambiente literario y editorial propicio para su profusa y desbordante creatividad. La actual es, no obstante, otra Barcelona, y salta a la vista: Uclés por Vargas Llosa.

Y, claro es, una vez en Cataluña, ha descendido sobre su cocorota, cual lengua de fuego pentecostal, la dulce melodía del más arrebatado catalanismo. Una iluminación. Ha sido una estancia breve, pero productiva, pues el autor ha caído en trance, mecido por los transportes extáticos de nuestro cautivador particularismo y se ha enamorado perdidamente de la “cultura catalana”, acaso de la literatura escrita en catalán. Cita a varios autores, uno de ellos Josep Carner, un magnífico cuentista, a decir verdad. Incluye en el billete de sus preferencias a Mercè Rodoreda, autora que goza de gran prestigio en la comarquita parnasiana de las letras indígenas. A ella debemos una novelilla, “Aloma”, de lectura obligatoria en el Bachillerato cuando mozos (ya ha llovido desde entonces, y mucho en estas últimas semanas a pesar del “cambioclimatismo” tremebundista). La protagonista, Aloma, es piropeada en español por un anónimo transeúnte y a raíz de ese suceso se hace la doña una reflexión que haría las delicias de Silvia Orriols. Aloma no se casará con nadie que no hable su lengua. Decisión que prefigura la posterior campaña “Fem fills catalans (**)”, al menos tres, pregonada por la difunta Marta Ferrusola.

Sucede, no obstante, que nuestro formidable candidato a las más altas magistraturas de la Tontísima (que no Serenísima) República, apenas pasó unos meses entre nosotros y cuesta creer que, salvo siendo agraciado con el don de lenguas instantáneo, una suerte de infusa poliglotía tal cual sucede en los casos admitidos por el Vaticano como posibles infestaciones demoníacas, haya podido degustar su paladar exquisito a los autores citados en lengua original. Cabe, pues, que Uclés echase mano de traducciones, nada objetable, para saborear semejantes gollerías con la fruición de un sibarita. Hijo dilecto de Euterpe, también es músico (un artista multidisciplinar), no sorprendería que, en apenas unas sesiones, se haya familiarizado con el alegre sonsonete de los instrumentos tradicionales de la cobla sardanista, sea la tenora, el tiple o el “flabiol” o flautín.

Entregado de hoz y coz al evento estelar diseñado por el gobierno de Pedro Sánchez, elcincuentenario de la muerte de Franco, Uclés, a pesar de su juventud, ha tenido a bien sermonear al paisanaje con una batería de diatribas contra el dictador, haciendo especial hincapié en su abulia erótica, en su inapetencia sexual. También en la sorprendente y prolongada permanencia en el poder del interfecto, habida cuenta de su incultura e incompetencia, tanto militar como política, en opinión del novelista. Nos agasaja, asimismo, con una teoría de vectores contrapuestos entre el matriarcado propio de las comarcas rurales, como sucede en Galicia, y la predominancia patriarcal en las zonas que han asistido a un notable desarrollo de la burguesía, que sería el caso de Cataluña. Trabadas perlas de su propio santiscario que, difícilmente, hallarán parangón en los discursos de otros postulantes, por muy distinguidos y capacitados que sean y estén, a la jefatura republicana… como no sea en los del ministro Urtasun (“Tontasun”) que, para mayor inri, lo es de Cultura.

Uno se pregunta si el bueno de Uclés, para documentar su novela guerracivilista, y durante su estancia en Cataluña, se dio un paseo por la calle de San Elías y visitó el tramo de mazmorra de la antigua checa “regentada” por la CNT, anexa a la iglesia de santa Inés, donde la superiora de las carmelitas de Barcelona, Apolonia Lizárraga, fue aserrada viva por milicianas anarquistas y sus restos arrojados a una piara de cerdos para eliminar los restos de los “facciosos” asesinados (“¡Hay chorizos de monja!”, que así se pregonaba el género tras la matanza porcina). Ahí estuvo este tractorista, hace unos años, en un acto de homenaje a las víctimas presentado por el profesor Barraycoa, pero ignoro si la iglesia diocesana, tanto o más desmemoriada que las sectarias leyes sobre el particular promulgadas por los gobiernos de ZP y de Pedro Sánchez, permite el acceso en la actualidad. Acaso se acercara Uclés a la cementera Asland, en Montcada i Reixach, donde los “combativos” milicianos del Frente Popular en la retaguardia se deshicieron de más de un centenar de cadáveres de civiles represaliados haciendo uso de sus hornos… anticipándose en unos años a los métodos industrializados de los campos nazis de exterminio. El glosario podría ser mucho más extenso, pero considero que estas dos exquisiteces satisfarán el fino morro de Uclés.

Al recibir el premio literario, se lamentó amargamente del gran desconocimiento de la literatura “catalana” (en catalán) en “el resto de la península”, según palabras textuales. Que sea desconocida, se lo concedo, pues gracias a los memorables planes de estudio perpetrados por la izquierda contra España, las sucesivas promociones de alumnos ignoran nuestros clásicos, un Góngora, un Quevedo, también a los contemporáneos, creyendo que Jovellanos, Larra e Iriarte forman la línea medular del Rácing de Santander. No sabiendo palabra de los hermanos Manuel y Antonio Machado, nacidos en Soria según nuestro doctísimo Presidente, de Delibes o de Álvaro Cunqueiro, qué cojones les vas a contar de Vinyoli o de Espriu allende nuestra región, por citar dos notabilísimos exponentes de la poesía en catalán. Tan ilusorio como pretender que el oficialismo cultural de la Cataluña ultranacionalista, de cuyas ubres mama Uclés con glotonería, considere catalana la magnífica obra poética y ensayística de Juan Eduardo Cirlot por estar compuesta en español. Considerando que las escuelas de titularidad municipal de Cataluña se han desprendido en estas últimas décadas de la mayoría de los volúmenes de literatura española que antes contenían sus bibliotecas, no por el procedimiento crematorio de la cementera Asland, si no empacándolos y mandándolos a Sudamérica con franqueo postal de baratillo como “impresos para la difusión de la cultura”, no parece que el mecanismo de reciprocidad goce de sólidos cimientos.

Pero, lo más chocante de su tontíceo parlamento interesa a una cuestión geográfica. Toma Uclés, como referencia, “la península”, extendiendo al vecino Portugal, también a la colonia británica de Gibraltar, el dramático desconocimiento de figura tan egregia como Mercè Rodoreda. Cabe que las grandes luminarias de las letras lusas como Luís de Camoens, Fernando Pessoa o Lobo Antunes, le hagan sitio para que la autora de “Aloma” no tenga necesidad de abrirse paso entre ellos a codazos. Claro que, lo que vale para Coimbra, Oporto o Lisboa, no vale, se entiende, para las islas Azores o Madeira, y lo mismo para las Canarias (esto es, eso que llaman “Macaronesia”), Ceuta y Melilla. Ni siquiera para el archipiélago balear. Quedan excluidas, pues, las provincias insulares. Ellas se lo pierden… o no, que diría el cachazudo Rajoy.

Me temo que a Uclés, tras visitarnos, becado a mantel y cuchillo, se le han pegado, el virus es muy contagioso, esos automatismos progres de uso común en Barcelona. Cualquier fórmula, por inapropiada y patética que sea, antes que decir España, no sea que se le abrase la lengua. “Península” y “Estado español” son las más socorridas. Y es que por estas latitudes la mansueta intelectualidad del régimen catalanista piensa y actúa como si Franco no hubiese muerto aún, a pesar del cincuentenario de marras. Una cosa es segura, y acabamos, nuestro candidato, David Uclés, es tonto a pieza bloque lo mismo en Cataluña que en el resto de la península, en Funchal, Canarias o Mallorca, incluido el islote de Sa Dragonera, al copo de vivaces y simpáticas lagartijas, de las que toma su nombre.

(*) Neologismo de este tractorista del que permite su libre uso sin reclamar regalías de autor. Significa “tontíceo”, se desprende del contexto, “tonto en grado superlativo”. “Tontérrimo” sería también una bonita opción

(**) “Tengamos (por “hagamos”) hijos catalanes”

Hola, soy David Uclés, y éste es el mensaje que os doy: “tonto es el que dice tonterías”… la frase es de mi amiguito Forrest Gump, que es mi fuente de inspiración. Y es verdad, lo mismo en Jaén que en Ripoll, que son peninsulares, pero no vale para Mahón o Teguise, que están en unas islitas, gñ, gñ… ¿Por qué me llamarán “el tonto de la boina”?

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