Un licenciado en “cafetosociología”, que es la sociología que se aprende en bares (qué lugares) y cafeterías, habría llegado probablemente a las mismas conclusiones que un servidor de presenciar un peculiar episodio vecinal el pasado domingo 19 de julio, día en que se disputó la Final de la Copa del Mundo de fútbol con participación de la selección nacional… que algunos llaman “la roja” por no decir España, acaso por rendir subrepticio homenaje a la sañuda y fervorosa agente de la NKVD soviética a la que dieron en llamar La Pasionaria.
El ambiente era propicio, según lo vivido por este tractorista apenas unos días antes en Cambrils (Tarragona), tras el sensacional triunfo de España en semifinales frente a la poderosa selección francesa, que era hasta entonces la que mejor juego desarrollaba. Un equipo formidable íntegramente formado (según el artículo firmado por ese «halcón» de la política que fue Mariano Rajoy) por extraordinarios jugadores que encarnan mejor que nadie los valores de la Francia eterna: la Francia carolingia, la Francia de la doncella de Lorena y del vizconde de Chateaubriand. Fue un festival deslumbrante: cientos de personas por el paseo Marítimo con camisetas de la selección, sobre todo chicos jóvenes cantando a gala aquello de “yo soy español, español, español”, banderas nacionales ondeando por docenas, caravana de coches, bocinazos, petardos y saludos efusivos entre desconocidos. Y es que España se había clasificado brillantemente para disputar la final. Claro que, en apenas unos días, cambiaron las tornas y de qué manera. Se vinieron incendios apocalípticos propiciados por la calamitosa política anti-rural de los gobiernos español y europeo, y la vergonzosa invasión marroquí de Ceuta, alrededor de un centenar de bajas, a guisa de prueba piloto para la invasión definitiva. Con lo que España pasó en poco tiempo de ser lo más y mejor del mundo, a ser su apestoso y flatulento culo.
Y llegó el día D. Minutos antes de la hora H, este tractorista salió de su madriguera para dirigirse a un supermercado de conveniencia regentado por paquistanís en la plaza de Santa Madrona, barriada de Pueblo Seco, con la saludable intención de agenciarse un botellín de sidra bien frío que echarse al gaznate. Una bebida refrescante que mitigara la sequedad de los labios, fruto de los nervios y de la tensión, para acompañar los primeros compases del partido. A fin de cuentas, la final de un mundial no se juega todos los días. Al poner pie en la calle, la fea, ruidosa y manicomial plaza de Navas se ofreció a mis ojos. Los tres bares operativos del lugar estaban abiertos, pantallas XXL (las que se resistió a colocar hasta última hora el alcalde Collboni, PSC, en un extremo de la ciudad). Docenas de sillas en la plaza frente a las pantallones para acomodar al gentío y no menos de un centenar de personas, acaso más, ataviadas con camisetas de la selección, banderas a guisa de capa, o de falda arrollada a la cintura, vuvuzelas, abanicos y otros bibelots de inspiración patriótica. Se respiraba una expectación festiva y nerviosa. Un ambientazo del carajo de la vela. Y por las calles aledañas, Bóbila, Ricart, Elcano, Olivera, gente apresurada, hablando por el móvil, mirando localizaciones, uniformados con esas mismas camisetas, deambulando de un lado a otro, desplazándose a pie o en moto a puntos de encuentro con familiares y amigos para presenciar ese sin igual evento. Se cocía algo grande.
Los resentidos del aborigenismo local de algún modo tenían que “contraprogramar”, así se dice, la final mundialista, amén de ponerle una vela al diablo en sus altares para que fuera Argentina la selección campeona. Según “depuso” muy enfáticamente el cantante de un grupo musical en catalán (véase el enlace incorporado al final de esta tractorada), encomendaron aquéllos sus almas al divino Messi (defraudador fiscal de reconocido prestigio) para que les salvara de un infierno en vida insoportable de petardos, cánticos y “banderas estanqueras”, si España se proclamara vencedora. Y la contraprogramación se sustanció en un “aplec (*) sardanista”. Esta demostración de nuestro entrañable folclore tenía lugar a esa misma hora, unos cien metros más allá, dirección calle Lérida, en la recoleta plaza de Santa Madrona. Hasta aquí la licencia poética: no es cierto que el particularismo exaltado contraprogramara el duelo balompédico en la cumbre con la, por otra parte, siempre eficaz herramienta para congregar desbordantes multitudes que es la más apreciada joya de entre nuestras danzas regionales. Diré la verdad, la demostración sardanista era un acto incluido con anterioridad en el programa de la Fiesta Mayor de Pueblo Seco.
Como andaba sobrado de tiempo, detuve el paso y tomé asiento en el pretil de una jardinera para contemplar el espectáculo mientras echaba un pitillo. Una estampa gris y desangelada. Exactamente cuatro “rutllanes” (corros) de bailarines que no sumaban más de treinta personas, contados uno a uno, y que juntos rondaban los dos mil doscientos años, más allá de varias dinastías faraónicas. Sobre el estrado, la “cobla” (los músicos) igualaba casi en efectivos a los danzantes e interpretaba sus notas, no con fastidio, pero sí con cierto abandono, dejadez o tristeza. En otras palabras, un total fracaso de convocatoria. Algún espectador tras ellos, acaso familiares destacados al lugar por si sus intrépidos tutelados se descoyuntaban en pleno y voluntarioso desempeño coreográfico. Y del lado de acá de la plaza, donde permanecía yo pensativo, casi afligido por la indiferencia del resto del mundo que les rodeaba, una pareja de aspecto alternativo, acompañada de un sabueso juguetón, se liaba un incógnito fumadizo. Entretanto, peatones ataviados con los colores nacionales, solos o en grupo, atravesaban la plaza en diferentes direcciones, unos con el semblante exultante o risueño, otros con la preocupación y el miedo esculpidos en el rostro… sin que ninguno de ellos echara cuenta de los veteranos sardanistas. Nadie les hacía ni puto caso, salvo las ya consignadas excepciones.
Tuve la sensación de que dos mundos, como dos conjuntos disjuntos (de cuando estudiábamos en el cole con aquellos diagramas de Venn), se rozaban por sus bordes como si uno y otro vivieran de espaldas, sin muestras externas de recíproca hostilidad, desde luego, pero con la mayor de las indiferencias. Dos comunidades extrañas entre sí. Unos, es un decir, siguiendo el ejemplo del cantante citado párrafos atrás, lo último que querrían era que ese partido lo ganara España. Los otros, que ganara siempre. Tres horas más tarde, España derrotaba merecidamente a Argentina y por segunda vez en su Historia se proclamaba campeona del mundo.
Salí a la calle a estirar las piernas y desentumecer la musculatura tras la tensión acumulada: noventa minutos y prórroga. Por curiosidad me llegué hasta la plaza vecina. Del recital sardanista sólo quedaba el desnudo entarimado. En lugar de los músicos, unos niños improvisaban saltos y zapateados diversos. Uno de ellos confesó a voz en grito “Soy Cucurella”. “Perfecto”, me dije, “Cucu es mi favorito”. Estallaron petardos, el excedente no gastado durante las verbenas. Algunos jóvenes entonaban “lo lo lo los” indescifrables y aprecié un consumo generalizado de botellines y latas de cerveza entre los transeúntes, al que se sumaron de grado los menesterosos que cada noche acampan en la plaza echados sobre los bancos de madera. La mayoría, rumanos y eslavos, y todos ellos bebedores muy competentes.
(*) “Reunión o encuentro
Fe de erratas.- En la tractorada anterior, “¿Por qué no queman la bandera de Italia?”, confundí a Miriam Nogueras con Laura Borrás (Borràs)… en fin, para el caso…









