¿Nadie dispuesto a «matar», digo, a «morir» por Cataluña?

Héctor López Bofill, uno de los nacionalistas más recalcitrantes de toda nuestra abigarrada fauna aborigenista, profesor en la UPF (la Pompeu Fabra) y regidor de la facción Puigdemont, JxCAT, en el municipio de Altafulla, provincia de Tarragona, se lamenta amargamente en redes sociales de una carencia primordial en el campo separatista para lograr la deseada independencia: “no tenemos gente (se entiende que suficientemente valiente, patriota o concienciada) dispuesta a morir por Cataluña”.

Al llanto desgarrado del señor López se unen voces de la misma coral sinfónica en esa pulsión mortuoria, vector “thánatos”, que insisten en la necesidad de plantar muertos sobre la mesa… “si cal” (si es necesario), añaden. En efecto, pareciera que en un proceso como es la segregación de un territorio de la unidad nacional a la que pertenece, no es tal si no hay un vertido, aunque controlado, de sangre. Nos recuerda esa lacrimógena insistencia a aquella simpática viñeta en la que el general Alcázar suplica al intrépido reportero Tintín que le deje fusilar al menos a media docena de oficiales partidarios del general Tapioca para darle empaque al pronunciamiento. Y es que un golpe de Estado, sin unas cuantas descargas de fusilería ante el paredón, es un fraude, una auténtica birria que resta prestigio al espadón que lo capitanea. Alcázar conoce las tradiciones.

Sólo que las “edificantes” declaraciones del señor López son un truco, una estafa. Nadie muere por Cataluña, por su amada o por lo que sea, si no se expone primeramente a cometer algún tipo de acto cuya réplica o respuesta por terceras personas entrañe algún peligro. En el que el riesgo de la propia vida forme parte del cálculo de probabilidades. Nadie muere por depositar un ramo de flores ante la tumba del chiflado de Maciá, por acudir a una de las numerosas manifestaciones convocadas por el gobierno regional a través de sus terminales subvencionadas (Òdium, ANC -Viggo Tontensen-, UGT, CC.OO, etc) o por formar parte de un tramo de la Vía Catalana dándose la manita con el vecino a la altura de Calella de Palafrugell. La muerte, a priori, no anda al acecho en esas coordenadas.

Es, pues, difícil morir por Cataluña cuando las propuestas más arriesgadas auspiciadas por los dirigentes insurreccionales son delatar de manera anónima a un profesor universitario que imparte su clase en lengua española o chivarse (al estilo «Santiago Espot») a la Agència Catalana de Consum de que tal comerciante mantiene en español el rótulo de su establecimiento. No parece muy allá que te explote una mina antipersona debajo del culo en una de tan intrépidas acciones de comando o te alcance el fuego graneado de la artillería española. Eso y tributar directamente a la autodenominada “Hacienda Catalana”, que luego rinde cuentas a la agencia nacional: problemas con los “calerons” (dineros), los justos. Diríase que los golpistas catalanistas, aún al frente de las instituciones locales para vergüenza de todos, no alientan precisamente lo que podríamos llamar el heroísmo abnegado de las masas. Dimos cuenta en una tractorada anterior (véase “Gudari Gómez”) de una de las “ekintzas” (acciones) más arriesgadas de los separatistas nativos: Gómez Buch, de CUP, monitor de colonias en Olesa de Montserrat (o de Bonesvalls, que ahora no recuerdo), mandó a su casa a un niño con cajas destempladas por acudir a la reunión ataviado con una camiseta de la selección española de fútbol, y de ello presumió en las redes sociales. Todo un cruzado de la causa.

La acción emblemática de los golpistas fue el referéndum ilegal del 01-O de 2017 (versión mejorada del anterior, Artur Mas, 09-N de 2014). En aquella ocasión se produjeron algunos heridos durante las cargas policiales pasivamente presenciadas por los agentes de los Md’E destacados a los puntos de fraudulenta votación. Nos hablaron de miles de represaliados en las UCI’s de los hospitales (no hay constancia de que ninguno de ellos fuera reconfortado por Puigdemont y Junqueras acompañados de sus séquitos respectivos) y colgaron en las redes a los antidisturbios de la policía turca repartiendo leña y la cara ensangrentada de un chico en una protesta estudiantil acaecida tiempo ha en Lérida, entre otras lindezas y tergiversaciones. Roger Español, que toca en un grupo de ska, perdió un ojo de un pelotazo de goma tras lanzar vallas de contención a la Policía y a Marta Torrecillas, ERC, “le rompieron los dedos de la mano, uno a uno”, manifestó la interfecta (sólo faltó que le sacaran las uñas, como hacen a las disidentes en las cárceles cubanas), y, por si ello no bastara, añadió que le tocaron las tetas en el fragor de la batalla. Pura filfa. Quienes en aquellas fechas nos dieron la matraca con la cantinela “he visto cosas horribles en las redes” («a la gente le están dando de hostias», Gerard Piqué), aún no se han disculpado, ni lo harán, por pretender engañarnos, por estupidez o maldad, con noticias falsas.

Como no hay manera de que la Acorazada Brunete asome sus cañones giratorios y sus orugas metálicas por la Diagonal, pues tampoco el comando suicida nativo (véase “La vida de Brian”, de Monty Python) tiene ocasión de inmolarse a lo Jan Pallach ante los tanques soviéticos. Qué chasco.

De todo lo antedicho se sigue necesariamente que el discurso de López enmascara el sentido profundo de la homilía, de la palinodia que le larga al paisanaje afín. No se trata tanto de morir por Cataluña, sino de matar por ella, y quizá entonces, morir. Ése es el lógico y estricto orden de las cosas, de los acontecimientos invocados que no se atreve a formular claramente, pero que uno entiende… sin ser un lince. Morir por Cataluña en un control de carreteras, “Operación Jaula”, en un intercambio de disparos con la Guardia Civil, por ejemplo, tras la comisión de un atentado mortal contra uno de esos puercos de la Asociación por la Tolerancia o una zorra españolista de S’ha Acabat. Ése es el sentido último de las palabras de López. Morir como posible consecuencia, los gajes del oficio, de matar… de matar a uno de los estigmatizados enemigos de una Cataluña entendida como una comunidad monolítica que debe preservar su pureza de los efectos contaminadores de esos indeseables parásitos colonialistas. O de morir porque te confundiste al conectar los cables del artefacto explosivo que pensabas endosarle a un cabrón de las brigadas nocturnas que retiran simbología separatista de los espacios públicos.   

La metodología “López Bofill” ya está inventada. En julio de 1968, Francisco Javier Echevarrieta y su conmilitón Sarasqueta viajaban en coche cuando la Guardia Civil les dio el alto. Detuvieron la marcha y un agente comprobó la matrícula del vehículo. Echevarrieta, eufórico según su acompañante (iba el hombre de centraminas hasta el colodrillo, banzai, banzai, como un piloto kamikaze), se bajó del auto y le pegó un tiro en la cabeza al número Pardines. Fue el primer asesinato de ETA. Se dieron a la fuga y se refugiaron en Tolosa, en casa, cómo no, de un cura. Al cabo de unas horas, salieron de su escondite e inmediatamente fueron interceptados por la Benemérita. En el tiroteo, Echavarrieta fue abatido. Así nació el primer “mártir gudari”. La mendaz mitología etarra indica, nada que ver con lo sucedido, que Echevarrieta fue maniatado, fincado de hinojos y a sangre fría ejecutado. El relato exacto de los hechos se lo debe esta tractorada a la esclarecedora y didáctica participación de Jon Juaristi en el último ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia.

Cabe decir que los mitólogos de ETA lanzaron su versión de los hechos desde la clandestinidad y con un limitado respaldo social entonces, básicamente en los seminarios, y que la misma fórmula, en cambio, la repite el señor López desde los aledaños del poder establecido hoy, y desde hace décadas, en Cataluña. López, y otros más, persiguen la aparición de “echevarrietas” indígenas que, en efecto, mueran por “ésa su Cataluña”, pero después de haber matado, claro es, y de ese modo auparlos a los altares de la patria. Para ello hay que vencer un obstáculo primero, y de no poca trascendencia, y es el de matar a otras personas, lo que no está muy bien visto en los tiempos que corren, razón por la que los enemigos seleccionados han de ser deshumanizados previamente y convertidos en “ratas” (judíos), “enemigos del pueblo” (mujiks), “cucarachas” (tutsis)… o “colonos”, “botiflers”, “malos catalanes” (catalanes no nacionalistas). Tras ese tratamiento cosmético, es más fácil apretar el gatillo.

Cuando ese proceso ha sido completado o se le ha dedicado la energía e intensidad suficientes (“gentes de ADN bastardeado”, Quim Torra, con el aplauso de SOS Racisme, “padres a los que habría que quitarles la patria potestad sobre sus hijos”, Muriel Casals, DEP, “individuos inadaptados”, Tortell Poltrona ante la alcaldesa Colau, “esos sarnosos”, Quim Masferrer, el de “El foraster”, programación de odio intensivo en TV3, etc), se crean las condiciones apropiadas, cala esa lluvia fina, gota a gota, para que de las sombras surjan esos gólems teledirigidos armados con pistolas y prontos a descerrajarle un tiro en la nuca a un semejante, que ya no lo es por obra y gracia del adoctrinamiento, del envenenamiento y de, Jon Juaristi dixit, “esas mentiras que nos contaron nuestros padres”. 

López Bofill busca gente capaz de matar, digo, de morir por Cataluña. Es que yo ya estoy mayor para ir por ahí dando tumbos, pegando tiros y colocando bombas… que si el reuma, el lumbago y un fastidioso espolón en el pie… y, además, estoy muy liado dando clases en la UPF y con mi regiduría en Altafulla, dicen las malas lenguas que ha dicho el interfecto. A ver si se anima lo mejor de nuestra juventud… que si yo tuviera 20 años menos, empezaría por esos malditos bastardos de la Tolerancia. Pim, pam, pum.

El «cagatió» de Alpens

Alpens es una localidad de la provincia de Barcelona, comarca de Osona (Vich), que a su vez integra la subcomarca llamada del Lluçanés (esa Cataluña rural, interior, cinturón de la barretina calada hasta el colodrillo, repartida entre la ya citada de Osona y las del Ripollés y del Bages) y que siempre ha pretendido, hasta ahora sin éxito, la dignidad comarcal “propia”. En Alpens, Prats de Lluçanés, y otros municipios de la zona, aspiran, pues, a la plena “comarcalidad”.

En fiestas navideñas, es costumbre en Alpens plantar el famoso “cagatió” en la plaza mayor para deleite de los peques. Ya saben, un tronco tocado con barretina y que fuma en pipa. La costumbre ha sido extendida un tanto artificiosamente a toda la región, zonas urbanas incluidas, por aquello de mostrar un hecho cultural propio y distinto (el denominado “fet diferencial”) con relación al resto de España. La finalidad es clara: “somos diferentes de esos españolazos cagabandurrias de ADN bastardeado (aportación genetista de Quim Torra) al celebrar la Navidad”. Este simpático personaje arbóreo del folclore local tiene sus pares en otras regiones como el “olentzero”, carbonero del agro vascongado que regaña a los galopines que redactan su carta petitoria en español, o el “apalpador” del brumoso reino de Breogán, que en la negrura de la noche se acerca al niño durmiente y tras hacerle cosquillas en la barriguita, le deja un regalo… personaje del que nada más diré pues su “modus operandi” me genera cierta intranquilidad.

El niño que acude ante el “cagatió” le asesta varios golpes blandiendo un palitroque y de ese modo el dadivoso tronco deposita por su parte trasera, el paralelismo catabólico es fácilmente comprensible, los regalos codiciados. La singularidad del “cagatió” de Alpens es su atavío “procesual”, pues este año ha comparecido, como un rey de la Francia absolutista envuelto en su capa de armiño, cubierto por la bandera estrellada del separatismo.

Que los niños son el obscuro objeto de deseo de los catalanistas radicales es cosa sabida. Comparten parafilia, en cierto modo, con los pederastas. No pretenden abusarlos sexualmente, como principio general, aunque se han documentado casos entre sus filas, sea el conocido, pero no muy nombrado mediáticamente, de los benedictinos de Montserrat. Pero sí manosearlos mediante el moldeado de sus almas en la escuela, como da forma el escultor en su taller a un bloque de arcilla. En definitiva, el catalán no se toca, pero a los peques de la escolanía, sí.

Es ingente, y malamente admirable, el esfuerzo legislativo y normativo de los sucesivos gobiernos regionales, tripartitos o no, para forjar en las aulas promociones enteras de mozalbetes obedientes a las consignas particularistas. Nadie en el mundo gastó tanta energía, tiempo y dinero en cultivar un modelo educativo que reflejara las sectarias ambiciones de sus muñidores. El blindaje monolingüe en el ámbito educativo es el sanctasanctórum, la joya de la corona, del régimen autóctono: la línea electrificada que marca la frontera azul del Liang Shan Po aborigenista. Bien entendido que en Cataluña, con el billete del idioma camina de la mano el adoctrinamiento, pues forman dupla inseparable, simbiótica pareja de hermanos siameses. Junto a los contenidos académicos habituales, todos ellos en lengua catalana, lo mismo el teorema de Pitágoras que los nombres de las cordilleras, se deslizan las socorridas invectivas contra España, su Historia y sus gentes, para instalar en las porosas conciencias de los chicos la ilusión de la identidad distinta y distante, la lejanía emocional, cuando no el desprecio, el odio al enemigo secular por su incesante carrusel de supuestas agresiones, invasiones, ataques y dominaciones sangrientas contra nuestra irredenta patria de bolsillo.

He de admitir que en mis excursiones a lo largo y ancho de la geografía catalana (he visitado alrededor de 150 municipios, aún lejos de la marca establecida por el Molt Honorable Jordi Pujol i Soley, que en la década de los 60 del pasado siglo, a bordo de un SEAT 600, los visitó todos sin excepción, incluida la baronía de Sant Oïsme, 0 habitantes), nunca fui mejor recibido que en la mentada subcomarca. Concretamente en Sant Boi de Lluçanés, hotel Montcel, a unos 10 kms al sudoeste de Alpens. Un hotel verdaderamente tronado que era, al mismo tiempo y licenciado para ello por el gobierno regional, residencia geriátrica y casa de reposo para pacientes que requerían de una potente medicación ansiolítica.

Echamos la cuadrilla de amigos unas buenas excursiones por los alrededores y ahí pasamos la Noche de Difuntos, un lugar ambientado muy a propósito para la ocasión, con pasillos estrechos y oscuros, aparadores con inquietantes muñecas de porcelana, como exvotos de una ermita solitaria, sobre labores de encajes y puntillitas. Fue llamar a la puerta y recibirnos jovialmente un buen mozo, un niño grande, uno de los residentes, con una sonrisa de oreja a oreja y un saludo afectuoso hasta casi desencajársele la mandíbula: Holaaaaa, neeens!” (¡Holaaaaa, nenes!). Rondaría el infeliz, que Dios le bendiga, los 40 años y quería ser nuestro amiguito. Y nosotros, suyos. Recomendable, entre otras, una buena caminata, oh, el variado cromatismo de la masa forestal en otoño, saliendo del lugarejo llamado La Talaia, llaneando casi todo el recorrido y pasando junto a la ermita de San Roque, rumbo a Sobremunt, desde donde se divisa el altiplano de Aiats, que es una de las mejores balconadas naturales de Cataluña.

Nuestros indigenistas con alma de niño sueñan que el “cagatió” de Alpens, al recibir los bastonazos rituales, excreta, a guisa de regalo, la independencia. Atendiendo a ese peculiar complejo simbólico, la independencia sería una deposición, por así decir. Un mojón, dicho a la pata la llana. Con todo, la metáfora deyectiva es mucho más apropiada y descriptiva de la realidad política de lo que a primera vista parece. Hay algo casi profético en ella, a pesar de que no pocos sostienen que el peligro de la secesión a corto y medio plazo ha sido conjurado. En ello habría tenido que ver el errado cálculo de los promotores del golpe contra la legalidad constitucional que denominaron “proceso”.

La república catalana fue proclamada, sólo que duró la friolera de ocho segundos, para disgusto de sus más voluntariosos y furibundos partidarios. Pero las mudanzas de las investiduras gubernamentales más rocambolescas y la bochornosa y manicomial ejecutoria política del gobierno de la nación (“multinacional” como la Coca-Cola, en tiempos de Zapatero, y “multinivel” según su más indocumentado aprendiz), han trasladado curiosamente las expectativas, progresos y conchabanzas de los “sediciosos” a La Moncloa. Es allí, en Madrid, en la capital del reino, donde se juegan hoy las bazas del posibilismo separatista, que no en Waterloo, en la guarida del fugado Puigdemont. Y la timba no les va nada mal: ganan casi todas las manos, ya no por «cobardícola» incomparecencia de la banca (Rajoy), sino por sumisión y complicidad (Pedro Sánchez).

¿El componente profético aludido antes? El proceso acelerado de descomposición nacional (¿reversible?) auspiciado por el gobierno de coalición PSOE-Podemos, respaldado por todas las formaciones centrifugadoras, enemigas confesas de España, bien entendido que en el gabinete mismo hay ministros que comparten el ideario de sus socios, sea el caso del ministro de cuota de Colau, Castells, el de Universidades (pues hay ministerio para semejante capítulo), ya dimitido, pero sustituido por otro de la misma cuota y ganadería, Subirats (ex-PSC y votante “doble-sí” en todos los referendos organizados por las desleales autoridades de la región).

La descomposición de esta España nuestra más invertebrada que nunca, para desesperación de ultratumba de Ortega y Gasset, que se produce a buen ritmo entre los vasos leñosos del “cagatió”, no se trataría, por continuar la analogía metabólica, de un caso de necrosis celular o metástasis, sino de una mala y pesada digestión, con su correlato dispéptico de retornos, acideces y malolientes flatulencias. Qué horror. Pero así son las descomposiciones. Y cuando éstas afectan a un cuerpo social histórico, y con muchos siglos de existencia, es mejor no pensar en qué excesos, atropellos y convulsiones se traducirán esas disfunciones estomacales. Ítem más. La imbecilidad, a caballo de la descomposición nacional, se extiende como mancha de aceite y para poner broche de latón oriniento a esta tractorada tardonavideña, aquí va un ilustrativo ejemplo: en varios pueblos de Valencia y su región, los pajes reales, o mejor, municipales, no admiten cartas de los peques redactadas en español. Que la maldad y estupidez tienen firmemente asentado su campo en Cataluña, lo sabemos, pero no en régimen de monopolio:

https://www.eldebate.com/espana/20220105/espanol-reyes-magos-ayuntamientos-piden-ninos-cartas-sean-valenciano.html

Tió, cagatió, dona’m fort i torna Puigdemont! (¡Tió, cagatió, dame fuerte y regresa Puigdemont!)… cantan en Alpens la versión casta, inocentona, del gran éxito musical de Ian Dury: Hit me with your rhythm stick.

Matar niños en caliente. Legislar en frío

Insoportable. Siempre que atrapan a un desalmado que ha secuestrado a un niño para luego torturarlo, violarlo y asesinarlo, irrumpen en escena los “opinadores” progresistas para largar, con gesto abatido, la cantinela habitual: que no se “legisle en caliente”. Esa odiosa monserga de la que se deduce que es preferible legislar “en frío”. Pues no falla. Pasan unas semanas y se atenúa la indignación popular (la vida sigue, hay que volver a la rutina, pagar facturas, impuestos y encajar del mejor modo posible las ocurrencias de última hora de los gobiernos nacional, regional y municipal). El clamor inicial da paso a cierta serenidad y si alguien, ya en frío, con descenso térmico registrado en el estado de exaltación social, plantea la posibilidad de endurecer las penas para crímenes gravísimos por la vulnerabilidad e indefensión de las víctimas, sea el caso del secuestro, abusos sexuales inconcebibles y asesinato de niños, retornan a las tertulias televisadas y radiofónicas los cánticos seráficos en aras de la reinserción del delincuente… trastornado por una sociedad culpable y envilecedora. Que si tuvo una infancia difícil y le atizaron de pequeñito creándole un trauma irreparable y de imprevisibles consecuencias. Que si el mundo le hizo así, como a Jeanette, aquella baladista de mi infancia con cara de niña, tan dulce, tan almibarada.

En otras palabras, la sociedad en su conjunto, mira tú por dónde, no puede, no debe perderse la oportunidad única, excepcional, de reinsertar a un montón de estiércol atrapado en el cuerpo de un hombre y muy capaz de separar a un niño de sus padres y de cortarle las orejitas con una sierra de marquetería o de sacarle los ojos con la cucharilla del café. De reconvertirle, con la supervisión de acreditados expertos en la psique y conducta humanas, en un miembro provechoso y ejemplar para la comunidad.

Para mí tengo que no hay miedo peor que el padecido por un niño que, arrebatado con añagazas a sus padres, camina en la noche y en el frío de la fría mano del monstruo que hará pedacitos su cuerpo. Que ese miedo es el miedo paradigmático, el miedo en estado puro, pues la víctima carece de todo tipo de referencias, de contrastes, de experiencias previas para entender su situación y vislumbrar qué le espera en esa cabaña destartalada en medio del bosque o en ese sótano sucio como un muladar y mal iluminado al que le llevan, y que en nada aliviará ese miedo desconocido y absoluto el apretujarse contra su mascota de peluche que aún conserva por el sádico capricho de su asesino. Un niño solo, con frío… “señor, quiero ir con mi mamá”… en el sombrío tabuco donde habitan los monstruos… los golpes, los cortes, abusos asquerosos e inconcebibles… gritos y llantos que no serán oídos, lágrimas que no serán enjugadas ni sanadas las heridas.

He compartido cháchara, mesa y mantel con esos progres, algunos de ellos buenos amigos, que, mientras dan cuenta de un aperitivo, con gran facundia y ese talante y esa elegancia en las formas que nadie como ellos cultivan, apelan al sosiego, a la calma, como distantes de las cuitas, porfías y flaquezas humanas, y con displicente ademán rechazan de plano el endurecimiento de condenas, la cadena perpetua revisable para crímenes que requieren especial consideración por su espantosa brutalidad. Que no, que no, que las penas impuestas no deben regirse por la cólera o el deseo de venganza, por la idea de “castigo”, que eso es muy antiguo, pues alimenta las más bajas pasiones e integra esa cultura del linchamiento que nos remite a una España en blanco y negro. Ahora no toca abrir ese melón, añaden con frutícola metáfora. Y, claro es… que la privación de libertad ha de servir para rehabilitar al reo. Y esto último no lo discute nadie en la mayoría de los casos. Pero los hay, delitos abominables, que siendo pocos estadísticamente, son demasiados para cualquier estómago más o menos sano.

A finales de octubre de este año, Álex, un niño de 9 años, fue salvajemente asesinado en Lardero, provincia de Logroño. Un preso en libertad condicional, con un truculento pasado, fue detenido como presunto autor del crimen. El monstruo pederasta, mediante engaño (“tengo un cachorrito en mi casa, ven a verlo”), convenció al niño para que le acompañara a su domicilio. Y allí, a sus anchas, sin que nadie le molestara, y tomándose su tiempo, le dio muerte.

En cierta ocasión, una persona a mí cercana me confesó que le horrorizó el tremebundo atentado islamista (que no “internacional”, Zapatero dixit) del 11-S en Nueva York contra las Torres Gemelas… “pero que de tener que pasar cosa semejante en algún sitio, estuvo bien que fuera en Estados Unidos”. Eso dijo probablemente animada de esa pueril fobia anti-yanqui que sacude a muchos “tontiprogres” europeos, especialmente cuando allí gobierna un presidente republicano. Comoquiera que jamás debemos desear que nada malo ocurra, y menos una catástrofe de esa magnitud, ni en USA ni en Pernambuco, entendí muy bien que en la estructura profunda del inconfesable pensamiento de mi interlocutor (o interlocutora) subyacía un cierto grado de satisfacción… “llevan su merecido”… acaso motivada por una percepción hostil a la política internacional de la gran potencia, o por cualesquiera otros de los considerandos que informan las fabulaciones hostiles contra ella de la progresía occidental.

Pues bien, recojo el guante de ese empozado razonamiento vertido al tiempo que su emisor (o emisora) le da un buchito, apenas se moja los labios, a un verdejo lisonjero al paladar en una reunión dominical de amigos (mañana soleada en un bonito local) y repito el argumento, pues no soy ningún angelito, ni tengo vocación de ursulina, ni soy mejor persona: ojalá no se repita jamás un crimen tan repugnante como el cometido en Lardero (que no Laredo) por la excarcelación temporal de un criminal abyecto que debería ser apartado de la sociedad de por vida, pero al que las autoridades penitenciarias, imbuidas de un buenismo realmente conmovedor, conceden graciosamente un permiso de “finde” o rebajan el cumplimiento de la pena al grado de la libertad condicionada.

Pero que si ha de suceder tamaña desgracia, no lo permita el cielo, que la próxima y, eso sí, la última víctima por los siglos de los siglos toque en algún grado de parentesco a uno de esos progres sabihondos a los que maldigo con toda mi alma… esos que se repanchingan como en un confortable sillón admirándose de su infinita superioridad moral. Que se horrorizan, ya no ante la cadena perpetua sin remisión, sino ante el mero cumplimiento íntegro de las penas para asesinos peligrosísimos, por su historial delictivo, contra criaturas indefensas. Pues no hay mejor escuela de vida que ésa, sufrir en propia carne el infortunio que no se desea a los demás. Y llorar sangre en cristales de picudas aristas, llorar piedras que erosionen y rasguen los lagrimales. Por asesinatos en caliente y legislaciones en frío. Y que cada palo aguante su vela y cada quisque sepa qué coño vota en frío o en caliente.

Que la legislación en caliente, o en frío, no acabará con estos sucesos horripilantes, es cierto, pero evitará que la alimaña cazada y a recaudo entre rejas repita sus hazañas. Que habrá otros monstruos y se darán otros casos de espeluzno… no hace falta ser un lince para verlo. Pues habrá que ir a por ellos, no queda otra. Mientras tanto sus tontos útiles, que no sus cómplices, que no digo eso, pretenderán imponernos sus amenidades y ensoñaciones de humanidades nuevas y sociedades felices por decreto donde no existirán los sociópatas y sólo tendremos que alargar la mano y agarrar del árbol la fruta madura para saciar el apetito. Ya hemos visto ese jodido fraude de película.

John Wayne Gacy, Pogo el payaso, uno de los asesinos en serie más sanguinarios de la Historia. En una fosa común, en el sótano de su casa, se hallaron restos de 30 niños. Gacy, de seguir con vida hoy, animaría al personal a defender a capa y espada la monserga de la “no legislación en caliente” (tampoco en frío), tan a propósito para la comisión de nuevas fechorías. Se confesaría gran admirador del ministro Grande Marlaska y de las políticas de reinserción (cursillos de ebanistería y de macramé) y de concesión de terceros grados que ha podido disfrutar recientemente uno de sus conmilitones en Lardero. “Mi colega (por el asesino de Lardero)”, habría dicho Gacy, “ha hecho un trabajo fino, fino, filipino, de mucha filicustancia”… parafraseando una rumba de Peret.

Tontos en todos los idiomas

Hay trabajo por delante para convertir el orvallu y los carbayones en una bicoca multimillonaria. El operativo ha echado a andar: el bable (un habla) ya es lengua oficial y será vehicular en la escuela, toma del frasco, gracias a los votos en el parlamento regional de PSOE, Podemos y de un diputado de Foro Asturias, ese partidillo localista y caciquil que se sacó de la manga Álvarez Cascos tras salir, años ha, enfurruñado del PP. Una vez más, como es tradición, se impone en una parte de España la amplitud de miras de una cosmovisión genuinamente universalista.

La hoja de ruta es clara. Siempre es la misma. Se precisa una Academia del Bable, generosamente presupuestada, que limpie, fije y dé esplendor al idioma (sic) para «amamandurriar» a unos cuantos lingüistas. Levas de profesores titulados para impartir la asignatura. Más adelante llegará el adoctrinamiento “astur”. Primero vendrá la “normalización” y con el tiempo la “inmersión obligatoria” en las aulas, que los promotores del proyecto eludirán para sus hijos, claro es, que serán malos pero no tontos, condenando a la depauperación académica y micro-particularista la educación pública en todo el Principado, de tal suerte que chicos de familias más modestas no se pierdan la inolvidable experiencia vital, en clase de matemáticas, de potenciar números al “calderu”, o cubo. O sea, preparándose concienzudamente para una promisoria vida profesional basada en la elaboración de cachopos, de riquísimas “fabes” con almejas, del mazacote graciosamente denominado “pantrucu” y en el pinturero escanciado de sidra. Así se conseguirá que las futuras promociones de alumnos asturianos, fuera de sus coordenadas geográficas habituales, paseen su aldeanismo por el resto del mundo como “pitu» (pollo) sin cabeza. Las barreras también funcionarán en sentido inverso y no habrá ser humano mínimamente cabal que se asiente en aquella provincia para que su prole adquiera exhaustivos conocimientos en esa lengua académicamente prestigiada a nivel mundial. ¿Quién, en su sano juicio, va a estudiar física cuántica en inglés, alemán o español, cuando tiene el bable tan a mano? De cajones.

Y junto a la devastación de la educación pública, asistiremos al sometimiento de la prensa al nuevo paradigma idiomático (ediciones en bable subvencionadas y repartidas gratuitamente en escuelas y en los trayectos ferroviarios del tren de vía estrecha, va de suyo, para “estrechas” mentes), requisito puntuable en la asignación de plazas médicas, tal cual sucede en Mallorca, y en las oposiciones al funcionariado local, rotulación de señales de tráfico y de comercios bajo pena de multa administrativa, oficinas de delación amparando denuncias anónimas, véase Cataluña, conforme al modelo inquisitorial de los malsines que señalaban a sospechosos “judaizantes”. Literatura subvencionada a base de escritores becados (prosa, verso, ensayo, historia local, etc). Que no falte el pop-astur en bable, como se promocionó el infumable pop en catalán a base de millonadas presupuestarias y a cuotas obligatorias de emisión a las empresas radiofónicas. Y todos esos ingredientes removidos a fuego lento en el puchero, aromas y hervores, darán un guiso donde no faltará un pretendido hecho diferencial aborigenista al acuno de la “santiña” de Covadonga, una fiscalidad distinta a la del común de los mortales que resuelva agravios pasados y la reclamación de derechos civiles y políticos particularizados que habrán de remontarse a tiempos del mismísimo don Pelayo y del rey Favila y su osito de compañía. Y no, la línea quebradiza que registra el sismógrafo no es un movimiento tectónico, ni la incesante erupción volcánica de La Palma, es Jovellanos, gijonés de cuna, modernizador del país, que del berrinche que lleva por culpa del aldeanismo ridículo del paisanaje, se agita y descoyunta bajo la lápida entre frenéticos temblores de ultratumba.

Ítem más. El andaluz pide la vez. Y no es una coña marinera. La idea va tomando cuerpo. Aquí el que no tiene “lengua propia”, cierta o impostada, es gilipollas. El personal se ha dado cuenta del momio (Cataluña, Galicia, País Vasco, etc) que representa eso de tener un idioma distinto al común y todos quieren chupar ese caramelo deliciosamente envuelto. Una diputada, o senadora, de Adelante Andalucía, no Atrás, Adelante (escisión de Podemos o algo por el estilo), nos ilumina en nuestra ignorancia, rescatándonos de las tinieblas del error: “el andaluz es tan idioma como el vascuence”. Arrea. Es lo que sostiene Pilar González. Y nos comunica la representante de la soberanía nacional que ya hay lingüistas muy serios, no cabe duda, preparando una ortografía… pues lo que su señoría nos ofrece a la vista, dista, eso creo, de ser la versión gramatical definitiva del idioma. Llama poderosamente la atención una gran profusión de acentos circunflejos (“andalûh”). Aquí va la muestra perpetrada por la doña, escrita con trazo indeleble en las telemáticas líneas de un “tuit”:

El andalûh êh nuêttra lengua naturâh. Y no êh inferiôh a ninguna otra lengua del êttao. Lo ablamô çin complehô. Y temenô (doble sic) ademâh, linguîttâ andaluçê con propuêttâ pa una ortografía.

Arsa que toma y olé. El andaluz, para su homologación oficial, necesita, a no mucho tardar, de la ímproba tarea normalizadora de todo un Pompeu Fabra, pero tocado con sombrero cordobés. Sensacional, en el sentido de “manicomial”, como gustaba decir don José Pla. Todas esas amenidades para que los estudiantes asturianos y andaluces, a la vuelta de unos años, ya “inmersionados” en sus lenguas respectivas, escriban en español con la soltura y pericia de la que hace gala una de las hijas de Quim Torra, Carlota, en un mensaje difundido a través de las redes sociales, con motivo del juicio a Dolors Bassa, consejera que fue del gobierno regional por ERC y militante de UGT:

Gracias señoria no solo por haver me oido sinó por haverme escuchado

Para enmarcar. La feroz andanada de Carlota Torra contra la lengua española demuestra de manera irrefutable que aquella cantinela repetida una y mil veces por nacionalistas, y su mayordomía progre-palanganera, para ensalzar las bondades de la inmersión obligatoria era pura bazofia: “que el nivel en lengua española adquirido por los alumnos catalanes, dos horas semanales, no es inferior al de los escolares de otras regiones sin lengua co-oficial”. Que sucia y asquerosa mentira para consumo de malvados, de tontos de baba y de acomplejados ante el nacionalismo, sin cuajo y sin dignidad… esos individuos capaces de asistir impasibles al espectáculo deplorable de José Montilla y Manolo Chaves entendiéndose en una sesión del Senado con ayuda de traducción simultánea mediante pinganillo. Una escena bochornosa que provocaría el vómito copioso e intenso a un espíritu mínimamente ilustrado.

El “andalûh” y el bable. Chúpate ésa. ¿Quién da más? ¿No habrá olvidada y marchita en las alacenas de la rebotica alguna otra variante dialectal, jerigonza, habla o sociolecto, candidatos a idioma oficial y lengua vehicular en la escuela? ¿El cheli, el silbo gomero, el calasparrense reduplicado, el calagurritano palatal, el astigitano dulce o el pueril idioma de la “pe” (hopolapá, por hola)? Acabemos de una vez y saquemos todas esas hablillas del armario para establecer por siempre jamás nuestra abigarrada geografía multilingüe.

Cuando decimos que en esta España nuestra ya no cabe un tonto más, faltamos a la verdad por inmotivado optimismo, pues con una densidad demográfica media-baja de algo más de 90 habitantes por km2, hay sitio para nuevas y compactas hornadas de imbéciles. Recuerdo que en mi infancia la magnitud era de 69 habitantes. Quiere ello decir que en cada km2 hemos hecho un huequecito para 20 nuevas incorporaciones. Es cuestión de apretarse un poquito más.

De todo lo dicho se deduce dramáticamente que Jovellanos, Leopoldo Alas “Clarín” o Alejandro Casona, al tiempo que Góngora, Bécquer, los hermanos Machado (que no eran de Soria sino de Sevilla, recordatorio para el presidente Pedro Sánchez), Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Vicente Aleixandre, el indeseable de Alberti o García Lorca fueron unos redomados traidores a sus orígenes, pues bien pudieron componer poemas y relatos en su lengua propia, bable o “andalûh”, según el caso, y no en la lengua colonial del maldito opresor. Mucho tardan los furibundos iconoclastas de los más apartados irredentismos en derribar sus estatuas. Cosas veredes. Tontos en todos los idiomas.    

Claudio, mi “pitu” (pollo) favorito. Mi héroe las tenía tiesas con su vecino Bruno, un “perru” (perro… lo adivinaron). Montaban unos saraos fenomenales a porrazo limpio. Hoy esos dibujos no podrían emitirse en horario infantil por su violencia explícita. No es broma. 

Cunit: territorio «malsín»

Malsín: Cizañero, soplón. II Persona que denuncia, acusa o delata a alguien.

Esas son las dos acepciones que del término “malsín”, procedente del hebreo, da la versión on-line del diccionario de la RAE. Es un concepto, no muy honroso, con el que el lector que acuda al monumental ensayo de Julio Caro Baroja, “Los judíos en la España Moderna y Contemporánea (editorial Istmo)”, se topará a cada paso.

Expresión hoy en desuso, fue muy común en los siglos XVI a XVIII, para designar a aquellos que daban chivatazo anónimo a la autoridad inquisitorial de presuntos “judaizantes”, es decir, de personas cuya conversión al cristianismo, tras el decreto de expulsión, 1.492, no había sido sincera, sino un ardid para salvar el pellejo y que, a escondidas, continuaban practicando los ritos de la fe mosaica. No hace falta ser un lince para ver que un modelo de tal guisa amparaba al envidioso de la fortuna ajena, al rencoroso que no perdonaba un agravio o al intransigente furibundo… conductas, en definitiva, propias de una moralidad poco estimable, habida cuenta de los muy serios aprietos en que se ponía a la persona denunciada. Ni que decir tiene que en muchos casos el malsín (Caro Baroja, cual metódico ratón de biblioteca, da cuenta de ello huroneando entre miríadas de archivos) era también un judaizante que, mediante la delación, confiaba en salir indemne en su vida y hacienda de un proceso similar. Un mecanismo viciado que propiciaba una asfíctica atmosfera de terror y desconfianza.

Ese formidable ejército de delatores fue más tardíamente replicado en la antigua RDA, claro que por distinto motivo, aunque en el fondo el mecanismo es similar: señalar al “hereje”, en su caso, al opositor, presunto o cierto, del régimen comunista. Sergio Campos Cacho, autor del minucioso ensayo titulado “En el muro de Berlín” (editorial Espasa), revisando informes y expedientes como un loco, aporta un cómputo de paisanos reclutados por la Stasi para informar de sus vecinos sospechosos: los largos tentáculos del socialismo real. La nómina de confidentes ascendería (cito de memoria), a unos 190.000 para algo menos de 19 millones de habitantes. Un “malsín”, en cifras redondas, por cada 100 alemanes bajo la bota soviética. Una puta locura. Ítem más: si a los paisanos reclutados sumamos los agentes de carrera de la Stasi (el escudo y la espada del partido) y de otros órganos represores del régimen, la ratio baja de 50 habitantes por espía. Un “paraíso” a degustar con auténtica fruición por los amantes de las libertades.

La Stasi, sucesivamente liderada por eximios criminales como Wilhelm Zaisser y Erich Mielke, brigadistas en España, apunta Sergio Campos, reclutaba a sus informadores amateurs entre gente del común mediante el infalible procedimiento de explotar sus flaquezas y debilidades, proveerles de medios básicos para la subsistencia o garantizar estudios o atención médica a familiares a cambio de sus servicios, tal y como vemos en esa extraordinaria película titulada “La vida de los otros (Florian Henckel, 2006)”, citada en tractoradas anteriores.

Un tercer grupo de soplones, de malsines contemporáneos, es el que nos traslada a Cunit, localidad costera de la provincia de Tarragona. El periplo por esta Cataluña nuestra tiranizada por el nacionalismo nos llevó a Balaguer, Besalú, Tortosa y Vich, y a no mucho tardar nos acercará a San Carlos de La Rápita. A los malsines de Cunit, en cambio, no les mueve, para largar por la muy, ni salvar el pellejo, ni la codicia, ni la contraprestación por un episodio vital crítico. Nadie les tiene agarrados por las pelotas. Lo hacen por placer, porque les gusta… por amor al arte. A cambio de nada. Por esta razón, de todos, son los peores. Porque la delación anónima forma parte de su sociedad ideal, de su paraíso en la tierra. Es el mejor de los mundos posible, que quieren para sí y para sus hijos.

En efecto, en Cunit, municipio supuestamente turístico, el ayuntamiento regido por la dupla PSC-ERC (se alternan la vara consistorial cada dos años) rotula exclusivamente en catalán toda la información concerniente al uso y disfrute de la playa, conforme a los procedimientos habituales en la Cataluña paleta y cejijunta. La “info” en la lengua común y oficial, propia de muchos de sus residentes, brilla por su ausencia. Alguien dirá: “nada nuevo bajo el sol”. Sí, pero no todo el mundo se resigna a ese silenciamiento premeditado, que es ofensivo y además ilegal. El protagonista de este episodio, JGG, entendió que el menosprecio a la lengua española exigía una protesta cuando menos simbólica y pertrechado de un rotulador, y sin tachones, ni emborronamientos de por medio, y sin impedir la lectura de los paneles informativos, añadió al texto una escueta leyenda: “sólo en catalán es excluyente”. En eso, dar fe notarial de una evidencia, consistió su horrendo delito.

Hete aquí que a JGG le barran el paso dos voluntariosos malsines. Se encaran con él obviando las debidas presentaciones a las que obliga la urbanidad más elemental. Le afean su conducta y, sin que aquél dé su consentimiento, le tiran una foto, plano frontal, con un celular, violentando su derecho a la privacidad. Esa fotografía llega a la comisaría de la Policía Local antes que el propio JGG… pues hacia allí se encamina tras el incidente para inquirir si le asiste el derecho a denunciar a unos individuos no identificados y, en ningún caso, agentes del orden, por vedarle el paso en la vía pública y hacerle una fotografía sin su permiso. Nuestro héroe, por espacio de una hora, vive un episodio de tintes kafkianos. De un departamento a otro, de acá para allá y de allá para acá, como la falsa moneda. Fatigado, cariacontecido y sin ser oído, se regresa a su casa… y al cabo de unas semanas, encuentra en su domicilio, voilà, la notificación de un expediente administrativo contra él incoado y con multazo incluido. 

El expediente sancionador, al que un servidor ha tenido acceso, contiene un par de curiosidades dignas de mención. La primera es que se basa en el testimonio oral y gráfico aportado por dos sujetos desconocidos, mecanismo “malsín”, cuya identidad no figura en ningún apartado de la documentación compilada por el consistorio. Dos sujetos que, de facto, actúan como agentes del orden, figura rayana en la suplantación, teniendo su declaración, si la ha habido, valor de prueba de cargo. La otra, no menos llamativa, es que en los papelotes con membrete oficial remitidos a JGG se afirma que todo es cosa probada pues el interfecto, arrea, “reconoce la autoría de los hechos”… ¡¡¡Cuando ni siquiera se le ha tomado declaración!!!… En otras palabras, JGG no ha tenido ocasión, si ese fuera su gusto, de autoinculparse.

Los servicios jurídicos de Cunit, acaso por aquello de agilizar trámites burocráticos, ni cortos ni perezosos, van y “suplantan al acusado”, para entendernos, y no se conforman con declararle culpable de la falta, sino que proyectan dicha culpabilidad poniéndola en su boca… se la atribuyen al interesado mismo como si fuera un acto voluntario de su propio peculio, cuando el hombre aún no ha dicho esta boca es mía. Y se quedan tan anchos. ¿Qué hacemos con las garantías procesales? ¡A tomar por culo! ¿Para qué complicarse la vida? Y a revisar otro expediente, que el trabajo se amontona hasta el techo. Es decir, vuelta de tuerca al modelo acusatorio y condenatorio de Andrei Vyshinsky, Fiscal General de la URSS durante los tristemente célebres Procesos de Moscú. Uno: no se ha verificado si el acusado es el autor de los hechos… pero “podría haberlo sido”. Dos: ni se ha declarado culpable, pero “podría hacerlo mañana”. Chim-pún.

El busilis de la cuestión es la llamada “vandalización” de mobiliario y señalización urbanos, según los munícipes. Pintadas, escachifollamiento de contenedores, mil cosas que a diario vemos perpetradas por los cachorros más radicales del régimen soberanista, y a quienes esas verbenas salen gratis total: la llamada ley del embudo.

Nuevas promociones de chivatos vocacionales se modelan a diario en las madrasas nacionalistas (antes, escuelas) y ahora en las universidades. El gobierno regional habilita un buzón, o centralita telefónica, con el beneplácito de claustros y rectorados, ha sido reciente noticia, donde las levas venideras de polis lingüísticos podrán echar los dientes en el desempeño de sus funciones, los malsines del mañana, para denunciar a aquellos profesores que impartan sus clases en la pérfida y embrutecedora lengua española. Por el bien de la causa habrían de beneficiarse también de cursillos de fotografía para captar, qué menos, el perfil bueno del acusado indefenso.

Escudo de Cunit, municipio donde los chivatos vocacionales son bien recibidos

Otoño republicano

La historia del republicanismo en España es para llorar, de la risa en el caso de la Primera (cantonalismo y Cartagena en pie de guerra), y de terror en el de la Segunda. Esta última se estrenó sacando de la chistera un bandera tricolor como de república bananera que haría para Togo o para un microestado polinesio (véase la tractorada “Bandera-fake para la discordia incivil”), más falsa que un duro sevillano y que, por respeto a los republicanos de verdad de la buena, que alguno habrá, llamaremos en adelante “bandera segundorrepublicana”… que es la que llevan los liberados sindicales de UGT y CCOO a sus manifestaciones, menos a la convocada por la subida del recibo de la luz, de la que se han borrado los muy pillos, y la que jamás, por sectaria y extraña a nuestra Historia, ondean los aficionados que acuden a eventos deportivos para animar a la selección nacional.

De pensar en el advenimiento de la Tercera, a uno le entras temblores de agonía, entre otras cosas porque una de sus más conspicuas valedoras es la alcaldesa de Barcelona, Inmaculada Colau (Ada, sin hache, para los amigos). No en vano la interfecta nos regaló a los barceloneses una campaña institucional, gastando una pasta a trasmano del municipalismo, que pregonaba el siguiente mensaje: En una democracia hi sobra el rei (“En una democracia sobra el rey”). Divisa que se solapa con aquella otra de los partidarios de los golpistas que hemos visto, por alguna razón desconocida, pintada en los pasos de peatones: “els catalans no tenim rei” (los catalanes no tenemos rey), y que al poco repintaron al acuno de una perspectiva inclusiva de género (“els catalans i les catalanes no tenim rei”) para que todo estuviera conforme a los modismos actuales. 

Cierto que la campaña adornó farolas y marquesinas de buses metropolitanos en primavera, que es la estación más publicitaria del año (“la primavera de Praga”, “ya es primavera en El Corte Inglés”… o la presente “primavera republicana de Barcelona (*)”), pero nunca el otoño es malo si de lo que se trata es “de decapitar al Borbón”. En algunas localidades catalanas del cinturón de la “barretina calada” hasta el entrecejo, los CDR plantaron a tal efecto guillotinas de cartón-piedra… que nuestras brigadas limpiadoras de simbología “lazi” fueron desballestando de una en una.

Para mí tengo que la elección no fue casual, pues por lo común asociamos la primavera a los ciclos de renovación de la naturaleza, de la flora y de la fauna, aromas, colores, pajaritos piando y mariposas revoloteando, sonrisas, positividad a carretadas, y claro, esa eclosión bonancible de civilidad incontaminada que es la República. Sucede que el factor republicano para homologar una democracia es opinable. Son repúblicas China, Corea del Norte, Bielorrusia, Cuba, Venezuela o Irán, por ejemplo. Y alguna de ellas con valencia hereditaria, siendo la coreana la más evidente, pues la presidencia pasa de padres a hijos. O la catalanista en el exilio de Waterloo, ahora que Puigdemont ha sido nombrado por su consejo áulico presidente vitalicio de una república que duró la friolera de ocho segundos. Es decir, un presidente fugacísimo y fugado, pero blindado hasta que ponga pie y medio en el estribo.

Por otro lado hay naciones que se rigen por parámetros democráticos indiscutibles que tienen a un monarca constitucional como Jefe de Estado, sea el caso de Holanda, Suecia, Dinamarca o Bélgica (en cuyo territorio reside nuestro presidente vitalicio) y que a menudo se citan como paradigma de sociedades políticas a imitar. Pareciera, pues, que en Noruega o Gran Bretaña “no sobran los reyes”.

Verdad es que no todas las monarquías dan pábulo a la separación de poderes que integra forzosamente un régimen democrático, y que no pasarían la criba, como son las dinastías del Golfo Pérsico, y que hay repúblicas que cumplen sobradamente los requisitos, como Francia o Alemania. Todo ello demuestra que no es el hecho republicano en sí el que garantiza el grado de desarrollo democrático de una sociedad política, pues en el mundo son tantas las repúblicas democráticas como las que no. Sólo que esta casuística a la alcaldesa Colau le importa un pimiento, pues de lo que se trata en última instancia es de fracturar la sociedad y de generar ruido y polémica para aunar municipalismo a tensión institucional y fomentar entre los administrados el desapego a la idea de España y a sus símbolos.

Las primaverales sonrisas de Colau trocaron en lágrimas cuando dedicó su enésimo guiño a los separatistas (durante años la balconada municipal lució un pancartón a favor de los presos golpistas, que al final quedaron en sediciosos de bajo voltaje y, además, indultados) durante las pasadas fiestas del barrio de Gracia. El consistorio tuvo la feliz ocurrencia de encargarle el pregón nada más y nada menos que a Jordi Cuixart, uno de los líderes más destacados del republicanismo en su versión aborigenista, dando aquilatada muestra de su sectarismo, pues no se espera que el próximo corra por cuenta de la secretaria judicial que en aquella noche esperpéntica hubo de huir por el tejado de la Consejería de Economía y Hacienda del gobierno regional. O de los muchachos de S’ha Acabat, siempre vituperados y agredidos en la Universidad. En definitiva, la parroquia que asistió al evento, entregada a Cuixart, abucheó a la munícipe y ésta, pobrecita mía, rompió a llorar desconsoladamente, buá-buá. “No me ajuntan”.

Pero la venganza de Colau no se hizo esperar. Apenas un mes más tarde, tras la preceptiva mani del 11-S, los convocantes dieron una cifra de asistencia demencial, según es costumbre: 400.000 personas, lo que equivaldría a encajar a unos 9 o 10 fulanos por metro cuadrado en Vía Layetana, que fue la arteria por la que transcurrió. Hete aquí que la Guardia Urbana, a la órdenes de la llorona burgomaestre, rebajó la cifra ostensiblemente hasta 108.000, es decir, la cuarta parte pizca más o menos. ¿Dónde está la novedad? ¿Y en qué se advierte el cabreo de Colau? Pues en que nunca la Guardia Urbana desdijo a los organizadores en manifestaciones anteriores. O dio por buenos los cálculos de aquéllos o los maquilló muy someramente. De tal forma que cuando los primeros decían que 1.200.000 personas, los segundos replicaban que un millón. Que si eran 500.000, los dejaban muy aseadamente en 450.000, en una horquilla de entre el 80-90% de la cifra más optimista. Dicho de otro modo, la Guardia Urbana avalaba siempre el exageradísimo cómputo de manifestantes con una leve corrección a la baja. “Si lo dice la Guardia Urbana…”. Y con la prevención de no dar nunca de más, por el aquel de las formas. Efecto que sólo se ha conseguido una vez en la Historia de la Humanidad. Sucedió en Gerona, con Joaquim Nadal como alcalde, durante las manis celebradas en toda España contra la guerra de Irak. Los organizadores dijeron que 30.000 almas y la poli local subió la apuesta… ¡¡¡40.000!!! Pensemos, por aritmética proporción, que una mani en Gerona de 30.000 personas (sobre un censo de 100.000) valdría por una de unos 4 millones en Calcuta (sobre 15). Difícil de digerir.

Solo que en esta ocasión la vengativa alcaldesa estaba cabreada como una mona, “esos nenes malos me han hecho llorar”, y dio la consigna de hinchar la cifra (pues en realidad no eran más de 50.000, que no está nada mal, todo hay que decirlo), pero a enorme distancia de la aportada a los medios por la cansina troupe del particularismo autóctono. 400 frente a 108 (en miles), o sea, la cuarta parte. Colau se enjugó las lágrimas diciendo para sus adentros: “Chincha, rabiña…”. Y a todo esto la vida sigue igual: los catalanistas exaltados echan chispas porque un camarero les atiende en español, los gallos montan a las gallinas, los volcanes escupen lava y los hijos crecen y las madres envejecen.       

(*) En revisión y busca de editor la delirante sátira titulada El pangolín y la alcaldesa Babau que trata de la aprobación por decreto municipal de “la primavera permanente” y de la reedición calamitosa del “Fòrum de les cultures” para relanzar la deteriorada imagen de Barcelona, con la tribu caníbal de los bimin-kuskusmin (Papúa-Nueva Guinea) como invitados al manicomial y descacharrado evento.  

«Gudari» Gómez

Despedimos el verano con una gran hazaña particularista acaecida a principios de julio y que para la prensa no pasó de anécdota entre tantas noticias, como una insignificante gota de agua en medio del océano. Una verdadera lástima porque el arrojo, el coraje y la valentía de su protagonista, Gómez Buch, miembro de la coalición electoral autodenominada CUP, sección Olesa de Montserrat, convendrán conmigo, eran merecedores de mejor suerte.

En contadas y escogidas ocasiones descuella entre las gentes del común un hombre de rango superior y resolutivo que encarna con sus actos, su apostura, su sereno continente en medio de gravísimos peligros, de terroríficas hecatombes, su manera de ser y de obrar, unos valores imperecederos, eternos… caramba, me estoy poniendo casi tan cursi como la vicepresidenta del gobierno de la nación multinivel, Yolanda Díaz, prologando una edición de El Capital de Karl Marx, cuyas líneas, según la interfecta, están redactadas con trazo indeleble en el viento de la Historia.

Decía que uno de esos hombres excepcionales es Gómez Buch, mariscal de las invictas armas del irredento aborigenismo. La gesta sin parangón de «gudari» Gómez ha consistido en regañar a un niño por acudir a una de las actividades extraescolares de las colonias de verano en Olesa de Montserrat ataviado… atenta la guardia… ¡¡¡Con la sucia camiseta de la selección española de fútbol!!!

No podemos sino felicitarnos de su determinación ante la insidiosa conducta del mocoso. Todos sabemos cómo las gastan esos pájaros de cuenta, a pesar de su tierna edad, enfundados en camisetas de la selección española, con esos aires de bravucones y de matasiete que se dan… de “chulopiscinas”, en un registro más coloquial. Poca broma con ellos. Gómez Buch, imperturbable ante el desafío de ese malandrín, subió la apuesta y, a calzón quitado, puso los pelendengues encima de la mesa… y se la jugó. Con un par. Gómez Buch, gesto adusto e impasible, con ese espíritu belígero e inquebrantable de los antiguos almogávares, no se arrugó cuando el pendenciero niñato se presentó pavoneándose con esa camiseta insidiosa, provocando temblores de agonía entre los demás pequeñuelos, jamás preparados para un horror así. Por entonces se disputaba la Eurocopa de naciones y el felón instigador de pesadillas creyó que esa eventualidad justificaba su aterrador atuendo y tan espantosa agresión. Gómez le paró los pies: “No me vengas aquí con esa camiseta”. Tajante, pero templado. Duro, pero sin alardes. Puño de hierro… pero con guante de seda.

Algunos dirán que en realidad Gómez no compareció en el campo del honor (que es donde crecen las berzas galantes… hoy me siento como abrasado por el estro poético) ante un igual, sino que, marcando rol autoritario ante un niño, no es más que un cobarde asqueroso y que siendo seguramente su madre una santa, él es un tiparraco inmundo engendrado por catorce leches distintas. Que es un individuo basuriento y que, de parecida manera a como obran los pederastas, que es una de las depravaciones más repugnantes que a uno le quepa imaginar, se impuso al menor abusivamente por la prevalencia de la edad y de la mayor fortaleza física del adulto. En definitiva, que Gómez Buch es un montón de estiércol un trillón de veces más apestoso que una boñiga de vaca. Es una manera de verlo.

Cabe, no obstante, hacer un par de breves consideraciones. La primera, si un sujeto de la ralea de Gómez, antes de la acción aquí referenciada, no está obligado por una orden de alejamiento emitida por un tribunal de cuanto tenga que ver con la formación de los niños (a nivel académico o extraescolar) es porque la sociedad que lo consiente está enferma con diferente grado de responsabilidad entre los individuos que la componen. Unos por afinidad, complicidad manifiesta o camaradería con el interfecto, y otros por su ineficaz oposición, por mucho que se desgañiten gritando que este nivel de adoctrinamiento y de reprogramación entre los peques es inadmisible e impropio de una sociedad regida por las libertades auspiciadas por el Estado de Derecho. Deberían, pues, de haber gritado más para impedirlo.

¿Para impedir qué?… Segunda consideración: los niños son el más codiciado objeto de deseo del nacionalismo, de ahí el énfasis especial que pone en el control del ámbito educativo, desde la guardería hasta la educación superior, donde, por cierto, aguardan al alumnado comisarios políticos como la recién dimitida Vicerrectora de la UPC, Nuria Pla, que instaba en vísperas de la Diada, vía tuit, a crear un nuevo itinerario académico plagado de tan formativas materias como “la quema de contenedores” o “el asalto de las instalaciones aeroportuarias”. Los niños, vale por la hegemonía en el proceso de escolarización, son la joya de la corona del nacionalismo, y ya en su día Jordi Pujol, al echar a andar la democracia, antepuso la lengua (la escuela) al concierto económico. Es la bóveda de cañón de la llamada construcción nacional y el primer episodio de purga masiva del funcionariado sustanciado con el exilio de miles de profesores (Manifiesto de los 2.300, campaña de Normalización… ¿Recuerdan el simpático muñequito llamado Norma, con esa carita de no haber roto un plato en la vida?).

La educación sesgada en nuestras aulas es un hito obligado para la “extranjerización emocional y sentimental de España”. Y para ello los nacionalistas forman anualmente nuevas levas de agentes, compactas falanges de maestrillos perfectamente adiestrados para lavarle el cerebro a las criaturas. No en vano, las tesis separatistas gozan de una aceptación mayoritaria entre los licenciados en Magisterio, cerca, se dice, de un 80%… porcentaje que lleva a Antonio Robles, no sin razón, a sostener que el profesorado, junto con TV3 (y toda la prensa apaniguada), integra la vanguardia operativa del nacionalismo. Descripción que no contradice aquella otra del “amontillado” sonderkommando Vázquez Montalbán, ideólogo del leninismo-pujolismo, para quién el Barça siempre ha sido el ejército desarmado de Cataluña, al tiempo que el RCD Español encarnaría el papel de quintacolumnista balompédico al servicio del régimen opresor.

Hemos permitido que esa gentuza monopolice la Educación y sus territorios colindantes (colonias de verano, extraescolares, etc). Hemos recogido firmas, dado doctas conferencias, acudido a los tribunales, organizado manifestaciones, promovido documentados estudios sobre el aprovechamiento académico de los chicos “inmersionados”, etcétera, pero se ve que no hemos trabajado lo suficiente y que no hemos persuadido a los partidos políticos “nacionales” que en su día votamos a plantar cara a los artífices de este sistema educativo roñoso y liberticida. Alguna culpa llevamos.

El standartenführer de un batallón de las Waffen SS en la película “Masacre” (véase tractorada del mismo título, una de las primeras) lo tiene claro. Le preguntan estupefactos los partisanos que le han capturado por qué ha matado a los niños. “Porque han visto lo que hemos hecho a sus padres y si les dejamos atrás, un día nos devolverán la visita y nos matarán”, responde pizca más o menos poco antes de morir. Los niños, pues, han de ser esculpidos, moldeados en el aula, cual si fueran bloques de arcilla, para ganar adeptos y reducir y silenciar toda futura disidencia del régimen. Por eso el mocoso de turno, si quiere chapotear en la piscina junto a los compis, apetece de visitar un museo con sus amiguitos o asistir a la función de un payaso, tendrá que dejar en casa esa camiseta demoníaca. Es el “protocolo-Gómez”. Ese sujeto sí sabe de qué va la película.           

Adviértase que entre Pol y Buch, se ha extraviado la partícula “Gómez”. Por modestia acaso, nuestro héroe utiliza el plural mayestático (“l’hem avisat”). El mensaje viene acompañado de un risueño emoticono que invita a pensar que el intrépido Gómez disfruta, además, de un gran sentido del humor.
 

Luis Tosar

Si el gran actor Luis Tosar hubiera nacido en el País Vasco habría militado en ETA. Eso ha dicho en unas recientes declaraciones para promocionar la última película de Icíar Bollaín. Es claro, pues siendo gallego de cuna no habría pasado de “maketo”. Un “palurdo”, al decir de Sabino Arana, fundador del PNV. De modo que Tosar, por un capricho de la cigüeña, esa cigüeña trompetilla de los dibujos animados de cuando niños que equivocaba siempre las direcciones, se libró de meterle dos tiros en la nuca a Miguel Ángel Blanco, de padres gallegos… pues cuando se perpetró el atentado (año 1997), el etarra en potencia, el etarra putativo, por así decirlo, ya tenía edad suficiente para matar.

Con todo, hay que admitir que, a efectos de reclutamiento, ETA ha sido siempre más inclusiva que el Atlhetic Club de Bilbao. Cierto que el club residenciado en San Mamés ha ampliado horizontes combinando el ius sanguinis con el derecho de gentes y ha admitido a jugadores nacidos en las Vascongadas, Navarra, el país vasco-francés y zonas anexionables (La Rioja, la burgalesa Sierra de la Demanda o el condado de Treviño) de padres no vascos y a jugadores nacidos en cualquier rincón del planeta, lo mismo Manila que Maracaibo o Cáceres, pero con algún antepasado vasco… acaso por la bilbainada que dice que los bilbaínos nacen “donde les da la gana”.

Cabe recordar a Tosar que ser vasco y formar parte de ETA nunca ha sido obligatorio y que no necesariamente se da una fatalista relación de causa y efecto, nacimiento e ingreso, pues de ser así ETA habría contado con más de dos millones y medio de voluntarios. No, no todos los vascos han sido o son, por cojones, de ETA. En cambio, muchas de las víctimas de ETA han sido vascos que ni entendían ni vivían su condición de tales de la misma manera que sus verdugos. Queda establecido, pues, que por inclinación personal (estructura de personalidad, opiniones formadas y afinidad), Tosar antes se identifica, “empatiza” se dice ahora, con los terroristas, los vascos (o asimilados) que mataban generalmente por la espalda, que con los vascos que morían. Tosar se ve más en el papel vital de los tipos que dispararon a bocajarro contra Miguel Ángel Blanco, que en el del concejal maniatado con alambres.

Si a Tosar le pone “palote” dar ráfagas de metralleta, detonar bombas o descerrajar tiros en la nuca a personas indefensas, pero de verdad de la buena, derramando sangre y caspicias de cerebro, y no como en las pelis que protagoniza donde todo son chorretones de “kétchup”, habría podido, siendo gallego, enrolarse (candidato electoral que fue del BNG, pronúnciese be-ene-gé) en un comando del terrorismo autóctono (Exercito Guerrilleiro do Povo Galego Ceibe… los célticos gudaris que dinamitaron la casa de recreo de Fraga en Perbes) por mejor defender el brumoso reino del mitológico Breogán. Con un tiarrón como él en la organización, las cosas habrían funcionado mejor.

A lo que vamos. Hacer posturitas delante de un espejo empuñando a dos manos una pistola, marcando los tiempos, amartillo y disparo en plan machote, y decir “bang, bang”, dando el perfil más fotogénico, o retratarse con un pasamontañas y un AK-47 al hombro, a imagen y semejanza de los CDR catalibanes que finalmente serán juzgados por terrorismo, no es lo mismo que participar en un combate real contra un ejército armado, en igualdad de condiciones, y que dispara balas y lanza morterazos contra tu posición. Es mucho más fácil acercarse sigilosamente a un tipo que está tomando un café en una terraza mientras lee la prensa y reventarle la cabeza de un tiro y poner pies en polvorosa.

Si se trata de retribuirse espiritualmente (el romanticismo de la causa juramentada, el acicate de la clandestinidad, “sincronicemos nuestros relojes”, “vía de escape”, “piso franco”) a través de la muerte, la ajena, claro, matar es mucho menos arriesgado para quien practica el terrorismo. Aunque nadie te garantiza que no tengas un encuentro fortuito con las fuerzas del orden enemigas, pongamos por caso, y que se líe una buena ensalada de tiros y resultes herido o muerto (en este segundo caso recibirás un homenaje póstumo, muy emotivo, en tu pueblo, incluido el réquiem del párroco, cosa segura si naciste en Lemona), pero, por lo común, tus objetivos son civiles desarmados que poco o nada podrán hacer ante la prevalencia de las armas de fuego o de los bombazos detonados con mando a distancia.

 Quizá Tosar, de haber nacido en Belfast, habría pertenecido al IRA, si la cigüeña hubiera depositado el paquete natalicio en Falls Road, o acaso a los lealistas del UVF de parar en Shankill Road, unas calles más allá. Y, visto lo dicho por el gran actor, no se habría conformado con pintar murales patrióticos. Para Tosar, la marcha del universo le llevaría a cualquiera en este mundo nuestro a militar en una organización propiciadora de terror y de muerte. De nacer en la Alemania de entreguerras, uno antes se lo imagina en su edad adulta enfundado en el uniforme de las SS, casco de acero y botas de caña alta, que compartiendo estrechez en un vagón de ganado repleto de judíos deportados a Treblinka o Auchswitz (no “mola” nada verse enlatado como un filete de anchoa junto a docenas de personas en un espacio chiquitujo sin ventilación y donde algunos mueren de sed a tu lado, y permanecen de pie, involuntariamente sujetados por los vivos… no tiene épica). En la Unión Soviética, NKVD, GPU o KGB sucesivamente, habrían ganado con su voluntarioso concurso a un eficaz agente desmochador de orejas en los sótanos de la Lubianka.

 De haber ingresado en ETA, Tosar habría tenido el honor inmenso de participar en importantes y “heroicos” hechos de armas como el atentado contra la casa-cuartel de la Guardia Civil de Vich, el achicharramiento de personas en el aparcamiento subterráneo de Hipercor en Barcelona o la balacera en la madrugada sevillana que acabó con el matrimonio Jiménez-Becerril. O en el arrasamiento de la Casa del Pueblo de Portugalete, donde murieron churruscados cuatro militantes socialistas… pues hubo un tiempo en que los afiliados al PSE, y al PSN, eran “objetivo militar”, esa era la terminología utilizada por los etarras. Quién lo diría atendiendo a la trayectoria de compañeros de los asesinados (Enrique Casas o Joseba Pagaza) como Pachi López, Jesús Eguiguren, Odón Elorza, Idoia Mendía, María Chivite  e incluso Eduardo Madina (también víctima) en su etapa “estocolmista”.

Por dar una pincelada de paisanaje malogrado, pues naciendo en el País Vasco, Tosar no sería gallego, encajaría el interfecto a las mil maravillas en el dantesco cuadro escénico ejecutado por Tomasón (Pérez Revilla) y sus compañeros de “talde” (“el Ruso”, “Pruden” y Basacarte), en el caserío francés, alrededores de Bidart, del siniestro y resbaladizo Telesforo Monzón, uno de los fundadores de HB. Esos fenómenos, el largo río de la vida les condujo a ello inexorablemente, les sacaron los ojos con un destornillador a los tres chicos gallegos (Humberto Fouz, Jorge Juan García y Fernando Quiroga) confundidos con polis de incógnito en el sur de Francia (aterrador episodio novelado por Adolfo García Ortega en “Una tumba en el aire”), cuando pasaron la frontera para asistir en San Juan de Luz a una proyección de “El último tango en París”. Siempre podrá replicar el bueno de Tosar que la culpa fue de Franco, pues de no haber prohibido el régimen esa peli en España, los chicos no habrían acabado hechos una piltrafa de carne picada y sanguinolenta.

En su última película, “Maixabel”, el gran actor Luis Tosar (y a fe mía que lo es, para muestra un botón: su estupenda actuación en “Intemperie”, un estimable “western” nativo ambientado en la mísera y desértica Almería de la pos-guerra) encarna a un terrorista, Echezarreta, integrante del comando Buruntza, que asesinó de dos tiros al que fuera Gobernador Civil de Guipúzcoa, el socialista Juan María Jáuregui. El terrorista abandonó la banda acogiéndose a la llamada “Vía Nanclares”. La viuda, Maixabel Lasa, accede a entrevistarse con él y le perdona.

Esa es la “bienintencionada” pauta que marca la cinta: reencontrarse y perdonar. De modo que, da lo mismo que queden más de 300 asesinatos por resolver, que ETA jamás haya pedido perdón ni colaborado en solucionar esos casos de incógnita autoría, que las gentes envilecidas de Mondragón reciban a Henri Parot entre evohés de alegría y con una festiva marcha de 31 kilómetros (uno por año de cárcel cumplido) y que, en absoluto, se arrepiente de haber participado en el asesinato de más de 30 personas. La función ejemplarizante y docente de la peli, consonante a estos tiempos políticos de un fulgurante y tóxico relativismo (con Bildu como socio preferente del gobierno de España), es que las víctimas perdonen sí o sí para pasar página de una puta vez y caminar una nueva etapa cogiditos de la mano, en buena armonía. Y si no lo hacen es porque son unos rencorosos, empecinados siervos del odio, una gente triste, huraña y de alma oscura y negra. Gente que, por decirlo llanamente, casi se merece lo que le pasó: las roñosas y lloriqueantes víctimas de ETA.

No sabe uno… acaso con el tiempo nos echarán una peli, por ejemplo, de la víctima de la “manada” de Pamplona perdonando a toda la camarilla y preparándoles entre fogones un humeante y rico “marmitako”. La cuestión es que los crímenes de ETA, eso se insinúa, han “prescrito” moralmente. Los de la Guerra Civil, exclusivamente los cometidos por el bando vencedor, no, por muy anteriores que sean a los que pudo perpetrar Luis Tosar de haber nacido en Eibar. A falta de nacer en la villa armera (siempre tendrá una segunda oportunidad si cree en el misterio de la reencarnación), Tosar da forma a su “compromiso” ingresando en los CINNE, los autodenominados Comandos Ideológicos de Negacionistas de la Nación Española, donde coincide con numerosas almas gemelas siempre prontas a renegar de España o ensuciar su nombre… aun recibiendo generosas subvenciones para rodar sus pelis y los suculentos canapés de los vistosos y festivos certámenes (alfombra roja y flashes por doquier) que celebra el gremio a cargo del contribuyente.     

«De haber nacido en Kabul, me habría apuntado a los talibanes… y me habría puesto morao degollando infieles y azotando a esas rameras que no quiere llevar el burka. La cuestión es liarse a tiros y no estarse quieto». Fuentes dignas de toda credibilidad nos advierten que Tosar jamás ha realizado la entrecomillada declaración.

«Rusia es culpable»

Esta tractorada fue redactada unos meses atrás. No hubo entonces ocasión de “colocarla”, pero su momento ha llegado. Ya se habló de la injerencia rusa (o “putinesca”) en el latoso “proceso” con motivo de la operación Vóloh contra el entramado comisionista-empresarial del separatismo golpista (el siniestro Xavier Vendrell & cia), pero las informaciones publicadas recientemente en “The New York Times” confieren renovada actualidad al asunto. Más detalles escabrosos para una auténtica y esperpéntica astracanada que merecerá “tractoradas” futuras. La realidad supera la ficción.

Hay que admitirlo: los nacionalistas llevan las de ganar por la sencilla razón de que tienen el estómago blindado por una aleación formidable, indestructible, y se tragan todo, cualquier cosa que les echen, por corrosiva que sea… y la metabolizan. Les dijeron que el paro en una Cataluña independiente se reduciría a la mitad en menos de un año. También lo haría el cáncer en una significativa proporción. Que Cataluña ingresaría de inmediato en la UE y en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y estas chamuchinas y majaderías las repetían, sobre todo en aquella fase inicial de “la revolución de las sonrisas”, con los ojos entelados por la emoción, lágrimas apenas contenidas y fe ciega no pocos de los invitados habituales a las tertulias de TV3, de Catalunya Ràdio y RAC-1. Tienen unas tragaderas que ni la boca del Metro. Y ahí siguen. Les largan unas trolas mastodónticas y se las zampan con glotonería, cebados a embudo, como alimentan a gansos sin descanso para hipertrofiar su hígado y elaborar el exquisito foie. Y, claro es, el coronavirus no habría llegado aquí, pues la UME, Unidad Militar Extranjera, no lo habría propagado a manguerazos por el aeropuerto de El Prat (como denunció el actor Petri-Tomàtic, Club Súper 3) y se habría detenido allende nuestras fronteras.

Cae en el enlabio lo mismo el menestral con estudios medios y oficio adquirido por tradición familiar, que el licenciado universitario que ejerce una profesión liberal. En el día a día demuestran muchos de ellos sentido común y al hablar te parecen personas cabales, sensatas y aptas para la vida cotidiana. Todos tenemos un pariente, amigo o vecino de esa condición, pero cuando entra en danza la malhadada monserga “procesual”, esas mismas personas se obcecan y dan cancha a todo tipo de conjeturas y animaladas. ¿Por qué se produce ese sorprendente cambio de registro? ¿Por qué la cordura demostrada tórnase en un periquete un ejercicio de voluntarismo fanatizado e inmotivado racionalmente? ¿Por qué se produce esa falla, esa diaclasa tan llamativa en sus procesos cognitivos? Ésa es una de las claves de la fascinación cuasi hipnótica que ejerce el nacionalismo identitario sobre muchos individuos.

Tras la detención de los pretorianos de Puigdemont en la sombra y de su entorno empresarial, y oídas algunas de las declaraciones que se filtraron a la prensa, a uno se le eriza el vello. Al rescate de la banda, cómo no, solícita acudió la domesticada Fiscalía que, al no solicitar medidas cautelares, facilitó que esa caterva de hampones (Madí, Vendrell, etc), comisionistas desvergonzados y trincones de la peor especie, y a pesar de la gravedad de los hechos investigados, salieran a la calle sin fianza. Como si, atendiendo al pelaje de la ganadería, no existiera riesgo de fuga. A eso llaman fiscales de la catadura de Conde-Pumpido “mancharse las togas con el polvo del camino”.

El nombre de la operación, Vóloh, que es, dicen, una deidad del panteón eslavo, generó cierta confusión, pues en la prensa catalana apareció como Vóljov, por la batalla habida a orillas del río de la cuenca báltico-rusa en la que participó muy activamente la División Azul. “Orillas del Voljov”, de Fernando Vadillo, es una de las memorias literarias mejor consideradas, junto con “Cuadernos de Rusia” de Dionisio Ridruejo (fuego graneado de morteros en Krasny Bor), del paso de los divisionarios por el Frente Oriental.

Uno de los ejes vertebradores del operativo separatista es Xavier Vendrell, dirigente del MDT (Moviment de Defensa de la Terra), y, por ósmosis entre ambas organizaciones, terrorista enrolado en Terra Lliure, especializado en la colocación de artefactos explosivos. Llegó a ser ministrín de Gobernación con carné de ERC, por espacio de tres semanas, en el gobierno tripartito, es decir, con los Mossos d’Esquadra, chúpate ésa, bajo su mando. He dicho “eje vertebrador”, expresión aquí desafortunada por rimbombante, cuando lo suyo habría sido decir “cabeza visible”, pues no en vano la naturaleza ha dotado al interfecto de un perímetro craneal considerable y de una volumétrica cubicación de aúpa, suficiente para alojar en su interior una máquina registradora enorme y operativa las veinticuatro horas del día. Con la educación especial, Fundación El Brot, y la gestión de las residencias geriátricas durante la inusitada mortandad de la pandemia ha hecho caja ese fulano despreciable.

Nos dicen que el zar de la Santa Madre Rusia, Putin, ofreció al fugado de Waterloo hacerse cargo de la deuda catalana con el fisco español (lo que sorprende a cualquiera, pues se supone que era al revés, que era la España extractora la que estaba en deuda con Cataluña, a razón de 16.000 millones de euros anuales en concepto de desequilibrio entre balanzas, cantidad disparatada y más falsa que un duro sevillano). Eso, y, arrea, la nadería de un cuerpo expedicionario de 10.000 hombres armados hasta los dientes, los temibles spetsnaz, o sea, la réplica rusa de los navy seals americanos. Estos “10.000 hijos de Putin”, que no es San Luis precisamente, como atinadamente los bautizó Antonio Robles, son el reverso kármico, “todo te vuelve”, de los divisionarios que marcharon a la helada y lejana Moscovia alentados por la sentencia lapidaria de Serrano Suñer: “Rusia es culpable”. De modo que la transitiva culpabilidad regresa a España. Es el mecanismo del bumerán. La cosa acabó en nada. Se deduce de una conversación entre dos de los detenidos que a Puigdemont le entraron temblores de agonía y que, textualmente, se hizo popó en las “calces” (braguitas).

Y es que estamos en un circo de cinco pistas: en unas edificantes grabaciones a Madí, cazan a Pili Rahola, el perejil de todas las salsas, quejándose de que ¡¡¡sale poco en TV3!!!… pero hay más en botica. Largan por la muy que es un contento y le hacen un traje a medida a todos sus cofrades: “Torra es tóxico” y tiene la sensibilidad de un botijo, Junqueras, acaso por su estancia en presidio, demasiado tiempo para pensar y la cabeza entra en ebullición… “está desequilibrado”. Artur Mas es un “cactus” y Bonvehí (PDECAT), uno que va en silla de ruedas es, directamente, “un subnormal”. ¿Quién da más?  

Pero lo que tiene el nacionalismo catalán es que no se para en barras y lo mismo le da Juana que su hermana. El Estado Mayor de Puigdemont haciendo las rusias, y cultivando el trato con Julian Assange para cerrar un operativo masivo de intoxicación informativa a cuenta de la supuesta brutalidad policial del 01-O (imágenes de cargas violentas en Pernambuco y en Tayikistán), que inmortalizarían Jaume Roures y Tatxo Benet en una serie TV de Mediapro a emitir en TV3. Pero hete aquí que se producen disturbios en Bielorrusia, estado satélite, y en una concentración ante la catedral, varias docenas de nativos de dicho país afincados en Barcelona salen al escenario y aparecen, entre las suyas, unas cuantas banderas separatistas. Se lanzan consignas contra el dictadorzuelo Lukashenko, fiel esbirro de Putin, nuestro Lord Protectormiau, porque el zar, alumno aventajado de Iván el terrible, no admite titubeos y no perdona la deslealtad, como buen director que fue en tiempos de la KGB. Hay una jerarquía, una escala de mando y una obediencia debida. No le gustan a Putin los aliados-fake que juegan a dos barajas. Y yo me tentaría las ropas antes de causarle el menor disgusto, que tarda poco en mandarte unos bombones rellenos de polonio o del agente nervioso que llaman “novichok” y cuyas virtudes ha tenido el opositor Alexei Navalny el discutible privilegio de ponderar.

Es sabido que si a Putin, que monta a caballo con el torso desnudo y cambia golpes en el cuadrilátero con osos de los Urales, le tocas los pelendengues, luego te pasan cosas muy raras aun con apariencia de accidente. Y te espeta, émulo de Stalin, aquello de “¿No estarás pensando en suicidarte?”… que le dijo Koba el Temible a Mijaíl Koltsov, uno de sus agentes plenipotenciarios en la Guerra Civil española y poco después definitivamente “purgado”. 

Me pregunto quién habría comandado esa fuerza expedicionaria, los 10.000 hijos de Putin, para expulsar a nuestros enemigos más allá del Ebro, vadeando el río en sentido contrario, 82 años después. Quiénes habrían sido nuestros mariscales Kutúzov (vencedor de Napoleón) o Zhúkov (que hizo lo propio con todos los von: Leeb, Bock, Rundstedt y Paulus, del generalato prusiano de la Wehrmacht). Un óptimo candidato sería Miquel Sellarés, por ejecutoria, o Albert Donaire, el agente más atrabiliario de los M’dE, toda vez que Trapero, restituido en su puesto, cosas veredes, se borra de la terna y en adelante se conformará con tocar la guitarra en las cuchipandas que organiza Pili Rahola en su casa de Cadaqués.

Pero esta verbena dará para más episodios, como esas muñequitas rusas que, ¡Sorpresa!, guardan otra más en su interior. Lo que es sabido es que el alma eslava es siempre un misterio insondable, incluso para los propios eslavos. Y si no que pregunten a Tolstoi o Dostoyevski. Otro día hablaremos de la luna. Que nadie descarte que sea ése el escenario de la definitiva proclamación de la independencia, pues gracias a la NASA catalana, más pronto que tarde, instalaremos una base allí, acaso en su cara oculta. Nasdrovia!  

Vladimir Putin en plena forma y a lomos de un oso de los Urales cabalga a su paso por el Montsech, cerca de Àger, para ser finalmente coronado zar de todas las Rusias y conde de Barcelona en la abadía de Montserrat por Xavier Novell, el obispo satánico de Solsona.

Pedro en el zulo

No hace mucho vi en la prensa una de las fotos más obscenas e hirientes que recuerdo: Pedro Sánchez huroneando en la reconstrucción del antro infecto, “zulo”, donde los nacionalistas sanguinarios de ETA (Bolinaga y los demás compis de “talde”) tuvieron secuestrado a Ortega Lara durante más de 500 días. Digo “nacionalistas sanguinarios” por no llamarles terroristas, no sea que se me caliente la boca y acabe llamando “dictadura” al filantrópico régimen castrista y me gane la animadversión del actual gobierno. Poco antes de producirse esa instantánea, Sus Majestades los Reyes visitaron ese espacio de ingrata memoria y a Pedro Sánchez le reconcomió la envidia. “Si va el Rey, también yo… no voy a ser menos”.

Me pareció que el Presidente no sabía bien qué diantre hacía ahí o qué se le había perdido. Sánchez no necesitó un croquis para no perderse dentro como en un laberinto, pues el zulo es como un “loft” (espacio único, sin tabiques ni divisiones internas), ni le colocaron unos auriculares, tipo “audioguía”, de esos que en un museo te soplan la info al oído en varios idiomas… por si había olvidado quién fuera Ortega Lara o qué cosa fuera ETA. Nada se sabe de las cosas que al Presidente de la nación “multinivel” le pasaron por la cabeza, qué impresiones tuvo mientras permaneció en ese cubil repugnante, pero una cosa es segura, en adelante sabrá a qué atenerse si le falla a uno de sus socios preferentes, HB-Bildu, el flanco político de los asesinos de ETA. Nada tiene que ver ese agujero apestoso con las “dachas” presidenciales en las que Sánchez recibe a pan y cuchillo, en período vacacional, a sus amiguitos de la “chupi-pandi”, colocados a cargo del erario público, empezando por el más lerdo de todos ellos con mando en plaza en Correos.

Mientras Sánchez agachaba la cabeza por no darse con el colodrillo en el techo, su ministro de Interior, pequeño-Marlaska, andaba atareadísimo trastejando informes y papelotes para que el veterano líder del Frente Polisario entrara de matute en España y recibiera tratamiento médico, al tiempo que acercaba a los heroicos “gudaris” de ETA a las cárceles del País Vasco… rebatiendo Marlaska aquella tan falaz como extendida teoría de la incapacidad de los hombres para cometer dos fechorías a la vez. En definitiva, por la naturaleza de los casos enunciados, es notorio que pequeño-Marlaska siente cierta fascinación por todos aquellos que en su singladura vital tienen por desempeño “matar a españoles” donde sea y como sea. De modo que, salga usted a la calle, llévese a tres o cuatro connacionales por delante (navajazo, martillazo en la cocorota, escopeta de postas, cualquier método vale) y tendrá al ministro suspirando de amores y rendido a sus pies.

Bolinaga fue, recuérdese, el carcelero de Ortega Lara. Pero Marlaska llegó tarde para liberarlo y colgarse la medalla de la indignidad, pues se le adelantó, “por razones humanitarias”, el gobierno “cobardícola” de Mariano Rajoy. El interfecto estaba algo pachucho, nos dijeron entonces, con pie y medio en el estribo por enfermedad terminal. Eso animó a los populares a darle “la blanca” y mandarlo a su pueblo, donde, como es preceptivo, fue recibido como un auténtico héroe y con esa aquilatada bonhomía de la que hizo gala en vida se dedicó durante un par de años a cocerse a txikitos por las herrikotabernas, recibiendo esos palmetazos en la espalda, de camaradería y complicidad en las vinícolas francachelas de ese paisanaje algo bruto, pero “noblote” y jatorra de Mondragón. No haberlo liberado habría supuesto un ilícito de “prevaricación”… palabras textuales del traidorzuelo gobierno del PP.

Ortega Lara que, comprensiblemente, vive alejado del mundanal ruido, ha sido agasajado por la revista “satírica” El Jueves muy recientemente. Sacan una caricatura suya en portada, tumbado a la bartola en la playa, pero cocidito como una gamba y con la piel erizada de ampollas por insolación. Dice el ocurrente “humorista”: Ortega Lara (simpatizante de VOX, como otros 4 millones de españoles), de la oscuridad del zulo al sol de cara. Ja, ja, jaEl Jueves, retoma aquel titular antológico del diario pro-etarra Gara, cuando al día siguiente de su liberación, excretó, con gran riqueza tipográfica, aquello de “Ortega Lara vuelve a prisión”, pues era funcionario de prisiones… como si hubiera estado 500 días de baja por un catarro o de turismo por el ancho mundo. Ingeniosísisisimo golpe de los valientes y comprometidos humoristas de El Jueves, esos mismos que en la vida han tenido el cuajo de hacer una caricatura, por amable que sea, de Mahoma, siguiendo exactamente los pasos de sus tiroteados compis de Charlie Hebdo. Esa viñeta asquerosa, tiene muy pocas con las que rivalizar… acaso con aquella, por su mala baba inolvidable, de Vouillemin, artista gráfico francés, para L’ Écho des Savannes, sobre el holocausto judío en la que un guardián de las SS toma abruptamente a una raquítica prisionera judía y ésta, ante la portezuela abierta de un horno crematorio que deja ver un cráneo, costillares y un par de tibias, exclama horrorizada: “¡Cielos, mi marido!”.

Pero vamos a matizar esas afirmaciones, no sea que alguien cobre argumentos para decir que esta tractorada simplifica las cosas, que proscribe los matices, que aquí todo es o blanco o negro. Si el criminal régimen comunista implantado en Cuba desde hace 60 años no es una dictadura para el gobierno socialista-podemita, el zulo donde retuvieron los etarras a Ortega Lara no es un zulo, tampoco acaso un resort de superlujo, pero cuando menos una “solución habitacional temporal para españoles señalados por el MLNV (siglas en su día popularizadas por Aznar)”. Ese espacio, quizá es la idea que le ronda el magín a Pedro Sánchez, sería el escenario perfecto para acoger la próxima cumbre bilateral a celebrar con Urkullu (como esas otras en las que recibe con parabienes y genuflexiones al gobierno golpista de la Generalidad de Cataluña) y cerrar nuevas concesiones, más traspasos y millonadas a espuertas.

Tiene sentido: siendo que unos “varean el árbol” y otros “recogen las nueces”, la elección de ese zulo constituiría una suerte de homenaje a la clarividencia de los “arbóreo-vareadores” por cuanto sabían que a la vuelta de un par de décadas el funcionario defendería el programa de VOX y, claro es, no hay cosa peor en el mundo, ni siquiera una estrecha amistad con Víctor Orban, el mandatario húngaro. Por lo tanto, Ortega Lara tuvo lo suyo, y bien merecido… una estancia en una de las “cárceles del pueblo”, pero sin régimen de visitas, que es como ETA denominaba los cubiles donde mantenía cautivas a sus víctimas.

La izquierda española prefiere, de largo y de lejos, a separatistas y filoterroristas que a los partidos que defienden, en algún caso con un vigor mejorable, la unidad de España. Pero esa imbecilidad, contrariamente a lo que yo pensaba, no es privativa de la izquierda aborigen. Odones elorza los hay también en otras latitudes. Para muestra un botón… las escalofriantes declaraciones de un diputado laborista británico, John MacDonell, recogidas en el extraordinario ensayo “Matar por Irlanda”, de todo un especialista como Rogelio Alonso:

Ya es hora de que empecemos a rendir honores a las personas implicadas en la lucha armada. Fueron las bombas y los sacrificios realizados por gente como Bobby Sands los que forzaron a Gran Bretaña a la mesa de negociación”… “Sin la lucha armada del IRA durante los últimos 30 años el Acuerdo de Viernes Santo no habría reconocido la legitimidad de las aspiraciones de muchos irlandeses por una Irlanda unida. Y sin ese reconocimiento no tendríamos un proceso de paz.

Átame esa mosca por el rabo. Esa bazofia fue eructada por el interfecto con motivo del vigésimo aniversario de la huelga de hambre protagonizada por Bobby Sands y sus conmilitones del IRA en tiempos de Margareth Thatcher. La conclusión se impone por sí sola: cada bombazo del IRA (lo que vale para el IRA, vale para ETA, pizca más o menos) fue un pasito hacia la paz. El atentado contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Vich, los militantes socialistas achicharrados vivos en la Casa del Pueblo de Portugalete, Hipercor, el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, el tiro sin gracia a Joseba Pagaza, o el zulo de Ortega Lara, entre otros, devienen hitos en ese tránsito hacia la paz y la convivencia, según esa peregrina teoría de los laboristas británicos… y españoles.

Nada hará el gobierno regional del PNV por impedir el homenaje a Parot, de hecho los ongi etorris se suceden alegremente en las provincias vascongadas y en Navarra, pancartas, aurresku, chistu y chiquitos, programa básico para celebrar las proezas criminales de los asesinos etarras… eso sí, Urkullu le atizará una multa millonaria a cualquiera que, según él, manifieste en público simpatía o cosa parecida por Franco. Con todo, la ley vasca no contempla mecanismos para aplicar la sanción con retroactividad, afortunadamente para su partido, pues es sabido que en Álava y Navarra el propio PNV, al estallar la guerra, se decantó del lado de los nacionales. Nada hará, tampoco, el gobierno de la nación “multinivel”, ahora que Pedro Sánchez sabe que el secuestro de Ortega Lara fue un trago duro, pero quizá necesario, según la doctrina MacDonell.

En el zulo dejamos al Presidente, sentado en el catre, entregado a sesudas cavilaciones:

Aquí no se está del todo mal… es un estudio chiquitito, no muy coqueto, pero funcional… esos plomazos y lloricas de víctimas exageraron con la monserga de las condiciones “infrahumanas” del secuestro, que si la crueldad de ETA… paparruchas… es un lugar pistonudo para reflexionar y reencontrarse con uno mismo, como una de esas celdillas monacales abiertas al turismo… aquí me tienes dándole al cerebelo para impulsar la acción de gobierno, más pichi que un ocho… me he marcado varios objetivos: meterle el cuerno a Ayuso, atar en corto a los catalanes no nacionalistas para que entiendan de una puta vez que lo de los indultos es lo menos grave que trae el menú y que antes verán sus propias orejas que no la libre elección de lengua escolar… eso y urdir una estrategia para tener a Biden agarrado por las pelotas, literalmente, y arrancarle una entrevista de tres o cuatro minutos, qué menos… ¡Cáspita… ya lo tengo!… Me cuelo con él en los baños de una de esas cumbres diplomáticas y como a ciertas edades se sabe cuándo comienza una micción, pero nunca cuando acaba por culpa del goteo persistente, le agarro la pilila por sorpresa, se la sacudo y aprovecho para largarle todo el rollo… ahora bien, no olvido que más de media docena de sacudidas se considera onanismo…  

“No hay para tanto”, piensa Sánchez… “si parece una cabaña de maderita, un bungalow cerca de las pistas de esquí de Chamonix”.

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