El «cagatió» de Alpens

Alpens es una localidad de la provincia de Barcelona, comarca de Osona (Vich), que a su vez integra la subcomarca llamada del Lluçanés (esa Cataluña rural, interior, cinturón de la barretina calada hasta el colodrillo, repartida entre la ya citada de Osona y las del Ripollés y del Bages) y que siempre ha pretendido, hasta ahora sin éxito, la dignidad comarcal “propia”. En Alpens, Prats de Lluçanés, y otros municipios de la zona, aspiran, pues, a la plena “comarcalidad”.

En fiestas navideñas, es costumbre en Alpens plantar el famoso “cagatió” en la plaza mayor para deleite de los peques. Ya saben, un tronco tocado con barretina y que fuma en pipa. La costumbre ha sido extendida un tanto artificiosamente a toda la región, zonas urbanas incluidas, por aquello de mostrar un hecho cultural propio y distinto (el denominado “fet diferencial”) con relación al resto de España. La finalidad es clara: “somos diferentes de esos españolazos cagabandurrias de ADN bastardeado (aportación genetista de Quim Torra) al celebrar la Navidad”. Este simpático personaje arbóreo del folclore local tiene sus pares en otras regiones como el “olentzero”, carbonero del agro vascongado que regaña a los galopines que redactan su carta petitoria en español, o el “apalpador” del brumoso reino de Breogán, que en la negrura de la noche se acerca al niño durmiente y tras hacerle cosquillas en la barriguita, le deja un regalo… personaje del que nada más diré pues su “modus operandi” me genera cierta intranquilidad.

El niño que acude ante el “cagatió” le asesta varios golpes blandiendo un palitroque y de ese modo el dadivoso tronco deposita por su parte trasera, el paralelismo catabólico es fácilmente comprensible, los regalos codiciados. La singularidad del “cagatió” de Alpens es su atavío “procesual”, pues este año ha comparecido, como un rey de la Francia absolutista envuelto en su capa de armiño, cubierto por la bandera estrellada del separatismo.

Que los niños son el obscuro objeto de deseo de los catalanistas radicales es cosa sabida. Comparten parafilia, en cierto modo, con los pederastas. No pretenden abusarlos sexualmente, como principio general, aunque se han documentado casos entre sus filas, sea el conocido, pero no muy nombrado mediáticamente, de los benedictinos de Montserrat. Pero sí manosearlos mediante el moldeado de sus almas en la escuela, como da forma el escultor en su taller a un bloque de arcilla. En definitiva, el catalán no se toca, pero a los peques de la escolanía, sí.

Es ingente, y malamente admirable, el esfuerzo legislativo y normativo de los sucesivos gobiernos regionales, tripartitos o no, para forjar en las aulas promociones enteras de mozalbetes obedientes a las consignas particularistas. Nadie en el mundo gastó tanta energía, tiempo y dinero en cultivar un modelo educativo que reflejara las sectarias ambiciones de sus muñidores. El blindaje monolingüe en el ámbito educativo es el sanctasanctórum, la joya de la corona, del régimen autóctono: la línea electrificada que marca la frontera azul del Liang Shan Po aborigenista. Bien entendido que en Cataluña, con el billete del idioma camina de la mano el adoctrinamiento, pues forman dupla inseparable, simbiótica pareja de hermanos siameses. Junto a los contenidos académicos habituales, todos ellos en lengua catalana, lo mismo el teorema de Pitágoras que los nombres de las cordilleras, se deslizan las socorridas invectivas contra España, su Historia y sus gentes, para instalar en las porosas conciencias de los chicos la ilusión de la identidad distinta y distante, la lejanía emocional, cuando no el desprecio, el odio al enemigo secular por su incesante carrusel de supuestas agresiones, invasiones, ataques y dominaciones sangrientas contra nuestra irredenta patria de bolsillo.

He de admitir que en mis excursiones a lo largo y ancho de la geografía catalana (he visitado alrededor de 150 municipios, aún lejos de la marca establecida por el Molt Honorable Jordi Pujol i Soley, que en la década de los 60 del pasado siglo, a bordo de un SEAT 600, los visitó todos sin excepción, incluida la baronía de Sant Oïsme, 0 habitantes), nunca fui mejor recibido que en la mentada subcomarca. Concretamente en Sant Boi de Lluçanés, hotel Montcel, a unos 10 kms al sudoeste de Alpens. Un hotel verdaderamente tronado que era, al mismo tiempo y licenciado para ello por el gobierno regional, residencia geriátrica y casa de reposo para pacientes que requerían de una potente medicación ansiolítica.

Echamos la cuadrilla de amigos unas buenas excursiones por los alrededores y ahí pasamos la Noche de Difuntos, un lugar ambientado muy a propósito para la ocasión, con pasillos estrechos y oscuros, aparadores con inquietantes muñecas de porcelana, como exvotos de una ermita solitaria, sobre labores de encajes y puntillitas. Fue llamar a la puerta y recibirnos jovialmente un buen mozo, un niño grande, uno de los residentes, con una sonrisa de oreja a oreja y un saludo afectuoso hasta casi desencajársele la mandíbula: Holaaaaa, neeens!” (¡Holaaaaa, nenes!). Rondaría el infeliz, que Dios le bendiga, los 40 años y quería ser nuestro amiguito. Y nosotros, suyos. Recomendable, entre otras, una buena caminata, oh, el variado cromatismo de la masa forestal en otoño, saliendo del lugarejo llamado La Talaia, llaneando casi todo el recorrido y pasando junto a la ermita de San Roque, rumbo a Sobremunt, desde donde se divisa el altiplano de Aiats, que es una de las mejores balconadas naturales de Cataluña.

Nuestros indigenistas con alma de niño sueñan que el “cagatió” de Alpens, al recibir los bastonazos rituales, excreta, a guisa de regalo, la independencia. Atendiendo a ese peculiar complejo simbólico, la independencia sería una deposición, por así decir. Un mojón, dicho a la pata la llana. Con todo, la metáfora deyectiva es mucho más apropiada y descriptiva de la realidad política de lo que a primera vista parece. Hay algo casi profético en ella, a pesar de que no pocos sostienen que el peligro de la secesión a corto y medio plazo ha sido conjurado. En ello habría tenido que ver el errado cálculo de los promotores del golpe contra la legalidad constitucional que denominaron “proceso”.

La república catalana fue proclamada, sólo que duró la friolera de ocho segundos, para disgusto de sus más voluntariosos y furibundos partidarios. Pero las mudanzas de las investiduras gubernamentales más rocambolescas y la bochornosa y manicomial ejecutoria política del gobierno de la nación (“multinacional” como la Coca-Cola, en tiempos de Zapatero, y “multinivel” según su más indocumentado aprendiz), han trasladado curiosamente las expectativas, progresos y conchabanzas de los “sediciosos” a La Moncloa. Es allí, en Madrid, en la capital del reino, donde se juegan hoy las bazas del posibilismo separatista, que no en Waterloo, en la guarida del fugado Puigdemont. Y la timba no les va nada mal: ganan casi todas las manos, ya no por «cobardícola» incomparecencia de la banca (Rajoy), sino por sumisión y complicidad (Pedro Sánchez).

¿El componente profético aludido antes? El proceso acelerado de descomposición nacional (¿reversible?) auspiciado por el gobierno de coalición PSOE-Podemos, respaldado por todas las formaciones centrifugadoras, enemigas confesas de España, bien entendido que en el gabinete mismo hay ministros que comparten el ideario de sus socios, sea el caso del ministro de cuota de Colau, Castells, el de Universidades (pues hay ministerio para semejante capítulo), ya dimitido, pero sustituido por otro de la misma cuota y ganadería, Subirats (ex-PSC y votante “doble-sí” en todos los referendos organizados por las desleales autoridades de la región).

La descomposición de esta España nuestra más invertebrada que nunca, para desesperación de ultratumba de Ortega y Gasset, que se produce a buen ritmo entre los vasos leñosos del “cagatió”, no se trataría, por continuar la analogía metabólica, de un caso de necrosis celular o metástasis, sino de una mala y pesada digestión, con su correlato dispéptico de retornos, acideces y malolientes flatulencias. Qué horror. Pero así son las descomposiciones. Y cuando éstas afectan a un cuerpo social histórico, y con muchos siglos de existencia, es mejor no pensar en qué excesos, atropellos y convulsiones se traducirán esas disfunciones estomacales. Ítem más. La imbecilidad, a caballo de la descomposición nacional, se extiende como mancha de aceite y para poner broche de latón oriniento a esta tractorada tardonavideña, aquí va un ilustrativo ejemplo: en varios pueblos de Valencia y su región, los pajes reales, o mejor, municipales, no admiten cartas de los peques redactadas en español. Que la maldad y estupidez tienen firmemente asentado su campo en Cataluña, lo sabemos, pero no en régimen de monopolio:

https://www.eldebate.com/espana/20220105/espanol-reyes-magos-ayuntamientos-piden-ninos-cartas-sean-valenciano.html

Tió, cagatió, dona’m fort i torna Puigdemont! (¡Tió, cagatió, dame fuerte y regresa Puigdemont!)… cantan en Alpens la versión casta, inocentona, del gran éxito musical de Ian Dury: Hit me with your rhythm stick.

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