Una violinista en el tejado

Meses atrás, la imbecilidad lingüística reinante en buena parte de España (y aquí la parte vale por el todo) le hizo una faena baja y sucia a una profesora de trompeta. Tras 35 años de magisterio, Encarna Grau, Játiva, tuvo que hacer las maletas al no acreditar el dominio suficiente de la lengua co-oficial exigido por aquellas latitudes, que lo mismo da sea valenciano, según unos, que catalán mal hablado, según otros. Joan Baldoví, de Compromís, fue el politicastro más beligerante de todos en esta lastimosa función. El mismo que bailaba torpe y zambombo sobre una tarima, espectáculo bochornoso, en solidaridad con Mónica Oltra tras dimitir la doña por los abusos probados de su marido (entonces lo era) a una menor tutelada… la misma chica que, siendo la denunciante, acudió a juicio esposada a prestar declaración. Usos y costumbres de la progresía más repulsiva. Encarna Grau, de trompeta sabía un rato, pero los “pronoms febles” (pronombres débiles), no eran su fuerte.

Hoy la misma imbecilidad lingüística, y particularista, además del ferviente deseo de impedir a toda costa, y a toda normativa sectaria y descerebrada, la igualdad efectiva en derechos civiles y políticos de todos los españoles, nos traslada a Galicia, territorio Feijóo, a la localidad coruñesa de Ames, no muy lejos de Chanchencho (véase tractorada anterior). Una profesora de violín, con 17 años a su espalda arrancando sublimes acordes al instrumento y triplicando en puntuación, 100 contra 35, a la segunda candidata a consolidar la plaza, ha sido excluida del concurso al no acreditar el nivel de gallego requerido. Nuestra heroína es de origen polaco, tan polaca como Vladislav Szpilman, el pianista que sobrevivió a los nazis, interpretado por Adrien Brody en la extraordinaria película dirigida por Roman Polanski.

Se infiere de la noticia que la decisión compete al consistorio, donde PSdG (PSOE) y BNG (pronúnciese be-ene-gé) obtuvieron mayoría absoluta, 11 concejales de 21 (legislatura anterior, que es la que interesa), y 13 tras las municipales de mayo. Pareciera que el gobierno regional del PP nada tiene que ver o hacer en este asunto, pero uno se teme que no es del todo así. En las generales estivales de hace unas semanas, el partido de Feijóo (¿”Feijoy”?) se ha impuesto claramente en Ames con un 40’5% de los votos escrutados. Quiere decirse que dicha localidad no vive de espaldas a la dinámica política reinante en la región. El “ambiente” posibilita tan absurda y arbitraria decisión de la alcaldía. El discurso lingüístico sectario y liberticida que la habilita, no desentona con el paisaje de fondo pergeñado, legislatura tras legislatura (y van unas cuantas), por el gobierno de Feijóo, candidato a la presidencia de España por el partido mayoritario de la derecha.

Cierto que la versión local de esa derecha no alienta un desencuentro litigioso o conflictivo con la idea de España, pero es decididamente galleguista desde hace mucho tiempo, ya con Fraga erigido en señor local, acaso con intención de bloquear la emergencia de una derecha regionalista o nacionalista que amenazara las mayorías absolutas o diera los gobiernos a la izquierda cambiando de bando. La cuestión es que ha sido el PP el partido que calcó para Galicia las coactivas políticas lingüísticas perpetradas en Cataluña. No tenemos noticia de la menor rectificación en esa materia desde que Feijóo gobierna el brumoso reino de Breogán, más bien al contrario, pues a sus órdenes tiene a una jefa del aparataje lingüístico, Alicia Padín se llama ese brollante hontanar de sabiduría, que saltó a la fama diciendo, pizca más o menos, que en Galicia “ninguna persona culta debería hablar la lengua española en público”. Una declaración perfectamente homologable a la de sus pares del catalanismo más bilioso y exaltado.

Los cacicatos particularistas la han tomado con la lengua, cosa que va de suyo, pues es una manera efectiva de marcar perfil, de enfatizar artificiosamente las diferencias entre regiones que refuerzan tendencias centrífugas y escenarios de bilateralidad con el gobierno de la nación. De ello sacamos algunas conclusiones elementales e indiscutibles, salvo que pretendamos auto-engañarnos: que en España las lenguas co-oficiales no son un mecanismo para fomentar el diálogo y el entendimiento, que el autonomismo propende a la fragmentación de la comunidad política y es un obstáculo real para alcanzar la igualdad legal efectiva entre ciudadanos y además favorece la impostura y la suplantación del Estado de Derecho por estadículos de bolsillo a la rebatiña, como esos buitres que se disputan a picotazos la carroña de una res muerta.

Y, con la lengua como excusa, la han tomado también con la Sanidad. Notorio es el caso de Baleares. Si bien es cierto que los gabinetes insulares del PP hicieron seguidismo del modelo coactivo lingüístico de Cataluña (época de Jaume Matas), no tenemos noticia de que entonces el conocimiento de la lengua co-oficial fuera un requisito para el desempeño de ciertas especialidades médicas, extremo al que se ha llegado con el gabinete saliente de Francina Armengol (PSIB-PSOE), prevaleciendo el artículo “salado” (“salat”) sobre las aptitudes quirúrgicas y oncológicas del personal. De tal suerte, que era posible que un paciente se topara en la mesa de operaciones con un matasanos que recitara de memoria “La vaca cega”, pero no distinguiera un bisturí de una llave inglesa. 

La fijación de los nacionalistas con la enseñanza de la música es algo extraordinario, pues se entiende que el musical es un código expresivo prácticamente universal que apela a las emociones, aunque no descarto que la sinfonía sea un fenómeno incomprensible para un bimin-kuskusmin de Papúa-Nueva Guinea e incluso horrísono a sus oídos. Es claro que la música clásica (orquestal) no se rige por los mismos criterios que la comunicación verbal y por ello habría de quedar al margen de estas milongas particularistas, aldeanas, microscópicas, ridículas y cansinas. Pero no es así, lo que demuestra que el nacionalismo esencialista, o de base identitaria, quiere abrazarlo todo y en ello guarda una cierta similitud con el diseño colectivista de las sociedades. Los agentes de la Stasi (“el escudo y la espada del partido”), por ejemplo, querían saber qué decía el paisanaje incluso en su alcoba, y por eso lo llenaban todo de micrófonos. Los nacionalistas quieren saber más que lo que dice, en qué idioma lo dice, incluso en qué idioma folla el personal. Y, cómo no, en qué idioma juegan los niños en el recreo… y por ello advierten ya sin disimulo a docentes y monitores de actividades extra-escolares que en lo sucesivo ejerzan de polizontes lingüísticos en el patio de la escuela: “Jugad en catalán u os requiso la pelota”. Algunos miserables se prestarán a ello de grado.

Es completamente antipoético, pero dad por cierto que si los nacionalistas “tomaran los cielos al asalto”, de la mano de sus más insignes palanganeros de la actual izquierda (anti) española, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Yolanda Díaz, sacarían la libretita de las amonestaciones para ver en qué idioma tañen el arpa los angelones, y les importaría un pimiento si interpretan la sublime y divinal música de las esferas celestes o una zafia pieza de charanga verbenera. Entre tanto, a nuestra profesora defenestrada por los galleguistas intolerantes no le queda otra que tocar el violín en el tejado.  

 

https://www.vozpopuli.com/espana/profesora-violin-nota-plaza-gallego-c1.html

Si la profesora da las clases de violín en español, dentro hay una metralleta, si las de en gallego, un Stradivarius

Chanchenchar

Una pieza ligera para refrescar este tórrido y tóntido veraneo post-electoral

Chanchenchar.- Infinitivo de la primera conjugación. Presente de indicativo: Yo chanchencho/ tú chanchenchas/ él chanchencha… (inclúyase el pronombre femenino “ella chanchencha” en aras del traído y llevado lenguaje inclusivo y, cómo no, el “elle chanchenche” para el tercer género)… / nosotros chanchenchamos, etc. El verbo “chanchenchar” alude al acto de pronunciar o escribir en lengua co-oficial los nombres de ciudades, ríos y otros accidentes geográficos, cuando el sujeto habla o escribe en lengua española, aun disponiendo ésta de fórmulas propias para designar esas mismas ciudades o accidentes geográficos. El “chanchencheo” entra de lleno en el fenómeno del “idiotismo toponímico” que guarda estrecha relación, en no pocos casos, con la idiotez o acomplejamiento del propio hablante ante los nacionalismos periféricos. La voz nace a raíz de las reiteradas crónicas periodísticas sobre las visitas del rey emérito a la muy noble y leal villa de Sangenjo (“Sanxenxo”, que da “Chanchencho” por similitud fonética).

Ejemplos de “chanchenchar”:

1.- He pasado las vacaciones en “Lleida”.

2.- “Ourense” es una provincia interior.

3.- Me ha gustado mucho la catedral de “Girona”.

4.- Anuncian precipitaciones en “A Coruña”.

5.- Los que chanchenchamos somos igual de tontos en “London” que en “Hondarribia”.

“Chanchenchadora” es la persona que chanchencha. Se trata de convertir el adjetivo en un oprobio, en un insulto, cuando menos en burla. Se puede ser tonto, idiota, lelo, gilí, huevón, paleto, palurdo, pues también chanchenchador en adelante, entrando con paso firme y honores en la muy amplia categoría de gente bobalicona, corta de entendimiento y sin sustancia. Tiempo atrás dedicamos en esta web una cariñosa entrada a la localidad de Chanchencho (provincia de Pontevedra) y en ella se remitía al lector a otra de parecido tenor titulada “Yirona, Llirona” en el ensayo “Demens Catalonia: breviario clínico del nacionalismo en 125 electrochoques” editado por la Asociación por la Tolerancia.

El busilis de la cuestión es ya sabido, aunque ignorado por un segmento considerable de la sociedad; el que, precisamente, conforman los chanchenchadores. Para no hacer el ridículo, pasar por un pedante (especialmente cuando pronunciamos topónimos extranjeros) o por un acomplejado ante progres y nacionalistas, el hablante debe usar la forma admitida en español cuando se refiere a una localidad sita en una región donde se habla otra lengua, además de la española. Ese acto es una cortesía y una deferencia hacia la ciudad en cuestión, que habría de halagar los oídos de los avecindados en la misma, pues quiere decirse que dicha ciudad es o ha sido lo suficientemente importante como para trascender el ámbito local y generar una forma en otro idioma. Viladecans, por ejemplo, así queda al hablar y escribir en español, se respeta la denominación autóctona, pues su trayectoria no ha dado para más, pero Gerona, por ser una capital importante (la romana Gerunda y escenario de una resistencia heroica frente al invasor napoleónico), es Gerona, que no Girona, cuando hablamos en español. Del mismo modo que en catalán decimos y escribimos Cadis (que no Cádiz) para de ese modo honrar a tan bella ciudad y, de paso, a los gaditanos. En cambio, no la hay para referirse a Sanlúcar de Barrameda, aun tratándose de un muy nombrado municipio. La vida es así: para unos no, para otros sí. Para Sangenjo, Lérida, Colonia y Londres, sí. Para Sant Feliu de Pallerols, Lippstadt o Plymouth, no. Pero si la hay, se ha de usar, so pena de pasar por un tonto de baba, es decir, por un chanchenchador.  

Sorprenderá a una inteligencia mediana dedicar espacio a una cuestión tan elemental, pero es necesario insistir en ello si lo que pretendemos es torcerle la mano al adoctrinamiento nacionalista. Sólo que no es una cuestión tan baladí como parece. Es decir, si no somos capaces de lo menos, decir Gerona por Girona cuando hablamos en español, cómo diantre seremos capaces de lo más, sea el caso de armar un discurso potente para abogar, en defensa de España y de la igualdad legal y efectiva de todos los españoles, en favor del regreso competencial de importantes materias (educación, salud, seguridad ciudadana, etc) a su único gestor que habría de ser, la experiencia lo ha demostrado, el gobierno de la nación. No en vano todos hemos asistido a la deslealtad notoria de algunos gabinetes autonómicos… deslealtad habilitada en esencia por el propio sistema que, más allá de un deseable grado de descentralización administrativa, propende a la controversia y al conflicto entre territorios y a la diferenciación de derechos civiles y políticos por intereses partidistas. Decía el finado Antonio Gala que él perdonaría los grandes errores, cuando ante una encrucijada incierta, una situación grave, toca decidirse por uno u otro camino, pero que las fruslerías, las meteduras de pata por una gansada, no tienen perdón. Observación atinada.

Hemos de repetir hasta la saciedad que aquellos que al hablar en español dicen “Lleida” en lugar de Lérida, son unos paletos más tontos que Abundio. Una vez y otra, hasta que de oírlo se les colapse el pabellón auditivo a los tales y queden corridos (de vergüenza, se decía antaño). Ni tregua, ni cuartel. “Lleida, Girona y A Coruña… lo dice todo el mundo”, te replican los chanchenchadores más recalcitrantes buscando abrigo en la reconfortante solidaridad del hato ovino. Mal de muchos. Hablando de errores, de chanchenchar se sale, si uno se lo propone, echando mano de voluntad, de persistencia y de coraje, como se sale de otras más dominantes dependencias.

Y no se trata de aplicar una terapia correctiva de tipo invasivo, colocando a los chanchenchadores electrodos en la lengua para someterlos a descargas de bajo voltaje cada vez que enuncien uno de los topónimos abominables. El itinerario pasa por orquestar una campaña de recogida de firmas en las redes. “¿Cómo dice?”. Muy sencillo. Del mismo modo que usted ha secundado con su firma la protección del bonobo culiverde o la inclusión de los implantes dentales en los tratamientos generalistas de la Seguridad Social, ahora se trata de instar a la RAE a que admita la voz “chanchenchar” con el significado descrito en el primer párrafo de esta tractorada. Bien sabido que el celo de la RAE en defensa de la lengua española aquende nuestras fronteras es, lamento decirlo, mejorable. Con asuntos como la liberticida inmersión obligatoria en lenguas co-oficiales, se ha lavado las manos cobardemente. En el uso de los topónimos en lengua española, nuestros académicos tampoco han destacado por su bravura. De cuantas academias de la lengua en el mundo son, la española es la más bizcochable de todas.

Hete aquí que, convertido “chanchenchar” en un asiento más de nuestro vocabulario, tendremos una herramienta a mano para abochornar a los chanchenchadores, pues éstos aún ignoran que lo son. No cabe duda que en la fonética del hallazgo hay algo de infamante y ridículo. El hablante que chanchencha (acción de chanchenchar) nos remite a aquel otro que “cantinflea”… el que, como Cantinflas, habla a tontas y locas, hace mil aspavientos y no se entiende nada de lo que dice”, y que ya ha sido incorporada, “cantinflear”, al léxico de nuestra lengua. Una vez el concepto reciba el nihil obstat podremos decirle con todas las de la ley a ese conocido que ofende nuestros castos oídos con un “Me voy este finde a Girona” aquello de: “¡Anda… pero si tú chanchenchas! No sabía que fueras un patético chanchenchador”. Chanchenchar entonces no será plato de gusto para nadie. No imagino que se promuevan, a despecho, carrozas de gentes en taparrabos para celebrar el día del “Orgullo Chanchenchador”. Más bien todo lo contrario. Serán objeto de mofa y befa. Integrarán reuniones de adictos anónimos y serán despreciados por sus compañeros. Se levantarán de la silla y dirán: “Me llamo Fulgencio Bermúdez… (y añadirá contrito)… y chanchencho desde que tengo uso de razón”. Los toxicómanos se apartarán de él escandalizados, con un rictus de asco esculpido en la cara: “Yo puedo compartir mi espacio con un yonqui o un pirómano arrepentido, pero jamás con un chanchenchador… no quiero saber nada de ese monstruo”.

Pasarán los años y aquellos que chanchencharon a mansalva en su cara de usted, “Girona y A Coruña” a todas horas, como si fueran presentadores de un noticiero TV, le dirán dándose poleo de puristas: “Yo jamás he chanchenchado… siempre dije Gerona y Lérida al hablar en español”. Nanay, hasta ayer mismo dijiste “A Coruña”. Y se lo recordaremos. Como aquellos que se inventaron una juventud levantisca y “corrieron delante de los grises” en los años del tardofranquismo cuando en realidad estaban ligando en la “boîte”, cubata en mano y fardando de cajetilla de rubio americano. No se hable más: a la RAE y a las redes… quienes sepan, pues los hay que sólo conocemos las de pescar, y no por haberlas manejado. Firme por el reconocimiento de la voz «chanchenchar». Concédase un capricho.   

Hola amiguitos… a nosotros nos flipa chanchenchar… mola mazo decir “A Coruña” y “Lleida”… juega con nosotros a gilipollear topónimos, es lo más…

Santako

Esta tractorada, tras visitar diversas localidades catalanas (Besalú, Tortosa, Alpens, L’ Espluga Calba y otras), e incluso algunos destinos fuera de nuestras demarcaciones (sea la dedicada al aterrador duende Argitxo, chivato oficial del vascuence y aventajado alumno de la Stasi), tiene como escenario una populosa localidad de la conurbación metropolitana de Barcelona: Santa Coloma de Gramanet, abreviada Santako, con “k” de borroka, en esa jerga poligonera que goza hoy de cierta popularidad.

Hete aquí que en un Instituto de Santako le proponen el siguiente trabajo de campo al alumnado, como si los chicos fueran inspectores colmilludos del etno-lingüismo: barrer la ciudad en pos de cartas de bares y restaurantes (bar Trini y pizzería La Góndola) para comprobar in situ en qué idioma están redactadas. Ahí no acaba la felicísima ocurrencia: los muchachos, han de ofrecerse a los dueños de los establecimientos en que no figuran en el pizarrín las comandas en lengua catalana, a traducirlas a dicho idioma para que esos empresarios insensibles a su uso social lo incorporen de una vez al negocio. Ítem más, han de preguntarles si durante la pesquisa se han sentido “acosados”, entiéndase, molestos por el cuestionario que les han formulado. Nada se dice, por descontado, de traducirlas al español cuando están exclusivamente redactadas en catalán, que eso de la “bilingüización” se percibe como un acto de sumisión intolerable a la potencia colonial, tal y como sostiene nuestra amiga Julia Bacardit (con tractorada propia), la escritora ultranacionalista fichada por la agencia EFE para la corresponsalía en Bucarest.

Alguien podría pensar que esta iniciativa colisiona con el abnegado apostolado por la pureza lingüística que desarrollan los voluntarios de la asociación presidida por el delator máximo, Santiago Espot, del que, a Dios gracias, últimamente nada sabemos, el mismo que se vanaglorió en su día de haber denunciado a más de 3.000 locales ante la ACA (Agència Catalana de Consum) por incumplimiento de la sectaria y punitiva normativa regional sobre rotulaciones comerciales. Colisiona, decimos, en el sentido de pisarle el terreno y dejarle sin cometido, a guisa de ilícita competencia. Con esa actividad no se pretende otra cosa que “homologar” el espacio público de Santako, donde la difusión del catalán es menor que en Capolat o en Setcases, al de las comarcas del llamado cinturón de la “botifarra amb mongetes”. Es preciso, consideran los promotores de la deslumbrante idea, “civilizar” Santako, de tal suerte que esa roña de ciudad infestada de “xarnegos” piojosos deje de ser refractaria a la evangelización catalanista, y donde, por cierto, Gabriel Rufián ha fracasado estrepitosamente como candidato de ERC a la alcaldía.

Salta a la vista que la Cataluña oficial pretende que el ámbito escolar en todos sus niveles, en primaria, secundaria y enseñanza superior, sea la cantera fecunda que ha de nutrir en adelante las compactas falanges de activistas del particularismo localista. Ha de formar las nuevas levas que escenifiquen los próximos desafíos soberanistas, el relevo generacional de los CDR, y no hay mejor aprendizaje para sostener la conculcación de derechos que la intolerancia lingüística, que es la almendra del movimiento, su razón de ser, el tabernáculo del templo. Podrá retroceder temporalmente (y hasta nuevo aviso) la fuerza del vector más político del nacionalismo tras un “proceso” latoso y como en hibernación, pero la lengua será siempre el tesoro que defenderán hasta la muerte sus juramentados paladines. Causa a la que se suma de grado un partido titubeante como el PSC, es decir, guardando cierta distancia con el separatismo golpista, pero que, por hacerse perdonar esa tacha, y en aras de su redención, cierra filas (una transaccional) alrededor de la inmersión obligatoria en el sistema educativo. En esa materia, el PSC hace piña con los liberticidas.

El caso del instituto de Santako es un ejemplo palmario de la estrategia de los intolerantes. Se trata de trasladar a los centros educativos la última línea de defensa de la coacción lingüística. Y estas semanas afloran en la prensa crítica, como medusas en verano, planes específicos de esos consejos escolares que justan entre sí para dilucidar cuál de ellos es el campeón indiscutible de la exclusión y del sectarismo. La idea es que, si un día cambia el marco legal en detrimento de la imposición monolingüe, el adversario, para revertir efectivamente la situación, habrá de presentar batalla centro a centro, director a director. Y asistimos a todo tipo de apuestas, la última, la de un centro escolar de Sant Vicenç dels Horts que pretende impedir que el docente que imparte la asignatura de Lengua Española, al margen de su horario lectivo, acceda libremente a las aulas, como si fuera un apestado, persona non grata. La finalidad es restringir sus movimientos, medida incompatible con la legislación laboral y con los derechos fundamentales, para, de ese torticero modo, evitar que su presencia física interfiera en el desarrollo del “proyecto lingüístico” del que el centro se ha dotado. Se entiende que los alumnos, al ver al profe de Lengua Española, por automatismo, se dirigirán al docente en ese idioma: enorme y sangrante tragedia.  

Parecida disposición ha adoptado el Instituto Xaloc, de Sant Pere de Ribes, donde se insta a los monitores de actividades extraescolares a que empleen siempre la lengua catalana bajo amenaza de suspender la actividad, lo mismo la de balonvolea que la de natación, o un taller de papiroflexia. La suspensión de la actividad extinguiría, muy posiblemente, la relación contractual. Los ejemplos son numerosos. Estos dos son una muestra. Pero lo cierto es que el nacionalismo periférico excluyente (perdón por el pleonasmo) aprieta el acelerador por si en un futuro se producen cambios en el escenario político y un buen día se forma un gobierno nacional menos complaciente a sus demandas (*).

Dejan en retaguardia, por si acaso, un campo plagado de minas. Y, claro es, hay que desactivarlas una a una, tantas como centros de enseñanza obligatoria. La inmensa mayoría de directores obedecen al perfil de aquel de L’ Espluga Calba (provincia de Lérida) que ante la petición de la AEB de “cumplir con el 25% de asignaturas impartidas en español por sentencia del TSJC”, y que hoy nos sabe a poco, respondió con un escueto A la merda!” (¡“A la mierda!”), serán la réplica ultracatalanista de los voluntarios inasequibles al desaliento del capitán Ezquerra y de los franceses de la división Carlomagno que durante la batalla de Berlín defendieron a cara de perro el búnker de Hitler, cuando ya las SS habían rendido las armas. Consideremos que los cargos políticos de las diferentes consejerías del gobierno regional, dimitidos o cesados, son al punto trasladados a otros desempeños a cuenta del erario público o encuentran fácil acomodo en una de esas grandes empresas donde tienen mano o a las que en su día beneficiaron. Las llamadas “puertas giratorias”. Y que su plaza vacante en el gabinete lo ocupa un afín, y acaso de peor catadura, si cabe. Sólo que dicho procedimiento, con los directores de centro, no es tan fácil de repetir por su elevado número y porque al ser funcionarios de carrera, la toma de decisiones contrarias a la ley y al derecho podría acarrearles problemas de mucho fuste, sea el caso de la inhabilitación o de la suspensión indefinida de empleo y sueldo… siempre, claro es, que existiera voluntad política de sancionar excesos y desobediencias cuando afectan a derechos fundamentales de otras personas.

(*) Posibilidad que parece esfumarse a corto plazo tras el resultado de las últimas elecciones generales. No en vano, por interés político del candidato de la sucursal madrileña del PSC, Pedro Sánchez, la capital del reino, en fecha próxima, podría trasladarse a Waterloo.

¿En qué idioma has redactado la lista de la compra? La resistencia contra el invasor se consolida en esos detalles cotidianos. Cataluña es eterna cuando le dices “Bon dia!” a tu vecina ecuatoriana en el ascensor de la finca.

Presos «reincidentes»

Que si algunos delincuentes reinciden por haberse criado en un entorno familiar problemático, a causa de su extracción social o de su ínfimo nivel educativo. Que si en algunos casos su conducta criminal está motivada por una inversión de valores morales o por una suerte de peligrosa e inadaptada sociopatía. Gente poco empática. Incluso por sus rasgos faciales y antropométricos, tal y como sostenían destacados ensayistas de los siglos XVIII, XIX y aún del XX. Muchos autores, filósofos, moralistas y juristas de diferentes corrientes de pensamiento (utilitarismo, hedonismo, ambientalismo) han teorizado sobre la raíz del mal en la especie humana, qué es lo que mueve a los hombres a delinquir, a dañar a los demás en su integridad física o en su patrimonio. Las argumentaciones son variadas y esquivas al cálculo como la arena de la playa… olvídese para siempre de esas teorías caducas, pamemas que a lo sumo aportan explicaciones parciales que no abarcan tan amplio y tentacular fenómeno, pues ha venido al fin la Generalidad de Cataluña a sacarnos de tanto error, de ese devanarse los sesos en vano, de dar palos de ciego y caminar a tientas por el tenebroso páramo de la confusión.

Todo, absolutamente, se fundamenta en una razón lingüística, idiomática: los presos que hablan catalán reinciden menos. Tal cual. Y si no os gusta: “Que us bombín” (“que os den”, Trias dixit). De ello se deduce que la propensión al delito de los criminales que tienen el español como lengua propia es superior a la de aquellos otros que se han criado en el seno de una familia (desestructurada o no) catalanohablante. Y que la reinserción social, una vez penada la culpa, será más fácil en los delincuentes de este segundo grupo. Pero no sólo eso, los autores del estudio, entendamos que asignados a la Consejería competente en la materia (Dirección de Prisiones y Servicios Penitenciarios), insinúan que la lengua española es esencial, estructuralmente malvada, y que en la cosmovisión de aquellas personas que construyen sus parámetros mentales en ese idioma sucio y obsceno hay mayor acomodo para la repetición de actos tipificados en el Código Penal. Las lenguas, cuando los nacionalistas palomean alrededor, y en Cataluña lo llevamos bien aprendido, no son neutrales.

Hablar en español, pero sobre todo pensar en español, predispone a la comisión de los más variados delitos, hurto, robo, alzamiento de bienes, asesinato, piromanía forestal, envenenamiento de cursos fluviales, con especial incidencia en los crímenes y parafilias sexuales como la práctica de la zoofilia con cabras y gallinas, la violación manadista o esa aberración nauseabunda de la pederastia que ha defendido públicamente la ministro Irene Montero. No en vano, la segunda de la interfecta, una tal PAM, así la llaman, una rubia redondita, manifestó hace unos días que “los españoles son bastante violadores”, suponemos que excluidos de su enjundiosa afirmación aquellos que piensan y hablan en catalán (u otras lenguas co-oficiales) y que íntimamente reniegan de su nacionalidad legal. En parecidos términos depuso (oralmente) la famosilla “influencer” Sara Sálamo, más tonta que guapa, y no es ése un reto nada fácil, pues la chica es monísima, “que los machistas españoles matan más que ETA”. Eso después de que la interfecta montara en cólera por recibir un aviso en su celular para colaborar económicamente en la investigación del cáncer de próstata: “Nos violan y nos matan y encima quieren que nos solidaricemos con ellos”.

Establecido por el gobierno regional que la lengua española es un acicate para perpetrar todo tipo de crímenes, falta por conocer en profundidad el informe en el que se cuantifican esas prácticas delictivas. Y se malicia uno que tras las conclusiones del estudio de marras hay un agente estadístico disfrazado de Tezanos, pero tocado, claro es, con barretina calada hasta las cejas, apañando a destajo cocientes y porcentajes. Cabe pensar que estamos ante un caso de demoscopia proyectiva, por así decir. Se trata de lanzar un mensaje, los presos que hablan español reinciden más que aquellos otros que hablan catalán, con una clara intencionalidad ideológica, adoctrinadora, y supuestamente respaldada por magnitudes mensurables y con aires de impostado empirismo, que no trata de reflejar la realidad, pero sí el futuro ensoñado.   

A lo que vamos, comoquiera que la lengua es un hecho cultural relevante, algo más que las filigranas en las labores de encaje tradicionales o que la alfarería, que también lo son (hechos culturales), los promotores del estudio quieren decirnos, desde su óptica supremacista, ahí está el busilis de la cuestión, que hay culturas más próximas a la perfección moral que otras. Culturas más evolucionadas, en definitiva, porque forjan individuos rayanos en la beatitud angélica por mor de la lengua que hablan. Culturas superiores para hombres superiores. Sociedades y culturas que, en lo tocante a los individuos descarriados que engendran y que son sancionados por sus malas acciones, llevan no obstante impregnado en su “ADN”, como se dice ahora a tontas y a locas, la capacidad de arrepentimiento y de rectificación que se observa en su menor índice de reincidencia delictiva. Otras no, pues sus barbianes, rufianes, rascapieles, granujas y pillos de siete suelas, lo serán de por vida, pues andan ayunos de instrumentos culturales de contención o de represión de sus pulsiones más elementales, a menudo criminales e incapacitantes para la convivencia pacífica.

De tal suerte que Cataluña, la Cataluña genuina, auténtica, ni contaminada ni pervertida por agentes foráneos, la Cataluña interior, profunda y primordial, la del cinturón de la “botifarra amb mongetes”, es una ínsula civilizatoria de primer rango, ya no en España, si no en toda Europa y más allá, en Occidente. Es su más aquilatada y densa reserva espiritual. Sabemos, gracias al paradigma woke, que es la nueva reformulación de la izquierda mundial (cancelación, lesbofeminismo, cambioclimatismo antropogénico, indigenismo, racismo antirracista y otras caspicias ideológicas), que la civilización occidental en su conjunto es lo peor que le ha pasado a la Humanidad, la mayor y más inmunda pestilencia engendrada por la estirpe humana. Ni la protodemocracia ateniense, la ingeniería y el derecho romanos, el románico, las catedrales góticas, el Renacimiento, la música sinfónica y la separación de poderes, el constitucionalismo o la proclamación de las libertades individuales, valen un triste pimiento. Somos un mojón repulsivo: hemos guerreado de lo lindo, formado imperios, colonizado, masacrado y esclavizado a millones de seres humanos. Alguien podría argüir que esos fenómenos no son privativos de Occidente, pero correría el riesgo de ser tachado de infame “negacionista” de sólo Dios sabe qué causa pendiente, lo mismo de la transfobia que de la gordofobia, o que de la aracnofobia ya metidos en harina.

Sólo se salva, como queda dicho, Cataluña, y acaso algún otro aborigenismo residual pero bien apegado al terruño, sea el caso del agropecuario “baserritarrismo” de Vascongadas, con sus compactos escuadrones de “segalaris”, “bertsolaris” y “arrantzales” mitificados por los nazis en el documental “Im Landen der Basken”, o los sami lapones abrazados a sus rebaños de renos. Vale que también los catalanes hemos contado entre los nuestros con reputados racistas como el doctor Robert, celebrado en calles y plazas de toda Cataluña, o Martí Juliá (y más recientemente el finado Heribert Barrera o el “MH” Jordi Pujol, “el andaluz es un hombre desestructurado” y que morirá sin ir a juicio) y con esclavistas derrocados de sus marmóreos pedestales, como el marqués de Comillas. Dicen guasones los cubanos descendientes de esclavos: “Quién fuera blanco, aun siendo catalán”. La Cataluña aldeanista tiene, pues, a su favor, y a ojos del nuevo y plúmbeo  izquierdismo identitario, el prurito de la pureza primordial que no fue mancillada por el devenir histórico de las naciones constituidas, las naciones de verdad como España, Francia o Alemania. Cataluña, siendo Occidente, no es cochambre occidental. Acaso por eso los rescoldos de la inocencia y del adanismo originario caldean el corazón de nuestros delincuentes, que reinciden menos que esos criminales sin enmienda que te atracan en español, pinchosa en mano.

Hola, soy Edmund Kemper. Ya me lo dijo mi abogado, un tal Boye, que de haber pensado y hablado en catalán no habría reincidido. Por una puta letra de mierda no nazco Kempes, Mario Alberto, alias el “Matador”, pero del área… hay que joderse.

Medicina alternativa: «Metges pel català» (Médicos por el catalán)

Si usted cree que la función de la medicina y de los médicos es velar por la salud y sanar a los pacientes, se equivoca. Error. Error. Error. En Cataluña su misión primordial es velar por la “salud”, sí, pero de la lengua catalana. Eso se deduce del ideario de la asociación profesional autodenominada “Metges pel català” (“Médicos por el catalán”) liderada por el colegiado Lluis Mont. El catalán, según nuestros aborigenistas fanatizados, goza de “muy mala salud” (una mala salud de hierro) y precisa de vigilancia y cuidados intensivos. Los médicos más concienciados, e imbuidos de ardor patrio, acuden en su auxilio y harán cuanto sea menester para que el enfermo, a punto de viático, recupere sus constantes vitales y reciba el alta médica: hablando catalán a los pacientes, si es preciso con ayuda de un traductor, prescribiendo tratamientos en esa lengua y redactando en la misma todo historial médico que se tercie.

“El catalán está a punto de desaparecer”. “Retrocede su uso entre los jóvenes, particularmente en tiempo de ocio, en bares y discotecas, a la hora del cortejo galante, o para mercadear con según qué sustancias”. “Los catalanes se pasan al español inmediatamente cuando hablan con un forastero”. Ni una buena noticia. “Además, los pequeñuelos hablan español entre sí durante el recreo y hay que revertir esa perniciosa costumbre con ayuda de inspectores, docentes y monitores de comedor emboscados tras un seto”. Una situación dramática… una lengua a un tris de la extinción, casi una lengua muerta. Excusas que arguyen los extremistas para redoblar las coacciones lingüísticas llevándolas a un extremo insufrible, incluso al ámbito doméstico (véase la entrada dedicada recientemente a Argitxo en el caso del vascuence, ese duende feo, malvado y chivato) y, cómo no, para justificar nuevos incrementos en las partidas presupuestarias a cargo del contribuyente. Inmersión lingüística de la mano de la “imposición” en sus dos acepciones, imperativa e impositiva o fiscal.

Cabe decir, que el gasto en promoción de la lengua catalana se ha desbocado en estos últimos años, promoción que va acompañada, que nadie lo dude, de la exclusión en la vida institucional de la lengua de referencia familiar de más de la mitad de los catalanes, y todavía oficial, el español. Los estudios sobre el particular de algunas entidades reflejan un saldo abracadabrante. Al final de esta tractorada, para muestra un botón, uno de esos balances. Queda dicho que la llantina incesante sobre la desaparición “inminente” del catalán es el principal penseque para entrar a saco corsario en la tesorería. Sólo que si nos rigiéramos por criterios de rentabilidad de la inversión y de resultados contables, con el espíritu optimizador de recursos inherente a una empresa privada, ya habríamos cerrado el chiringuito y despedido a los gestores de la verbena: “Recoja sus pertenencias en una caja de cartón, como en las pelis americanas, y abandone su despacho. Si se resiste, le acompañará hasta la salida un empleado de seguridad”. El resultado: una birria, según los mismos promotores de esas políticas, pues cuanto mayor es el gasto promovido por el gobierno regional, más disminuye el uso “social” de la lengua catalana. Incluso se contrae el consumo de TV3, quién lo diría, que registra estos últimos años, menguantes audiencias. Lo que no habría de extrañarnos debido al hartazgo y bochorno que causa su sectaria programación.  

Los furibundos defensores de la inmersión (nacionalistas y progres, lo mismo PSC que ahora Podemos/Podem) siempre nos han barrenado el cráneo con la pamema, y hay quien la repite en las charlas de cafetería, que el modelo educativo catalán ha sido un éxito clamoroso. Y que los chicos salen de la escuela con mayor conocimiento académico en lengua española incluso que los alumnos burgaleses: el milagro de los panes y los peces y de las dos horas semanales que ha suscitado el interés y la envidia, a partes iguales, de medio mundo. La prueba del nueve son las extraordinarias calificaciones que obtienen nuestros bachilleres en los exámenes de selectividad donde les endosan ejercicios tan capciosos como éste: “Juan come peras. Señala el sujeto de la oración”. Pero si uno se malicia que hay truco y que ese argumento es una trola para consumo de idiotas y débiles mentales sólo tiene que leer los informes de entidades y organismos independientes que certifican que la comprensión lectora del alumnado catalán es la más deficiente, y con diferencia, de toda España, y que el fracaso escolar se duplica entre los alumnos “inmersionados” que tienen el español como idioma familiar con relación al que se da entre sus condiscípulos catalanohablantes. 

Digamos, por otra parte, que el modelo sanitario catalán es otra maravilla que adorna nuestra bien amada región causando asombro en todo el orbe planetario por su prontitud y eficiencia. Aquí no hay listas de espera para operarse, quiá. Las visitas al especialista, a mucho tirar, al día siguiente de solicitarlas. Las enfermeras gaditanas son recibidas con toda suerte de parabienes. Todo marcha sobre ruedas, no hay problema alguno, ni quejas tampoco. Y si se ha vertido alguna crítica, hay que buscar su origen a 600 kms de distancia, en el páramo mesetario… son intoxicaciones interesadas, catalanofobia pura y dura, de esos “nyordos” de españolazos (“ñordos” o zurullos), comegarbanzos y follacabras. Donde el estropicio es mayúsculo es en el Madrid de Ayuso, aquello sí es un despropósito sanitario. No hay más que ver la de huelgas que le ha montado, por algo será, el sindicato AMYTS, el de Mónica García (Más Madrid), cuyo acaudalado marido se ha beneficiado de un bono energético por su situación de impecune vulnerabilidad. O aquellas imágenes aterradoras de los fallecidos por la pandemia, con docenas de féretros alineados en una pista de patinaje y que motivó el piadoso comentario de la golpista Clara Ponsatí, “de Madrid al cielo”, y la ocurrente glosa de otro dirigente separatista: “De Madrid al hielo”. En claro contraste con la desdeñable y marginal incidencia del covid-19 en Cataluña, donde apenas se registraron casos mortales, y los pocos que hubo fueron desvergonzadamente exagerados por nuestros enemigos. Ni rastro de ataúdes en el Clínico de Barcelona.

En casos excepcionales como el que hemos vivido, uno entra en sospechas de la bondad de los criterios de triaje médico (selección) que los matasanos de “Metges pel català” pondrían sobre el tapete, aun habiendo pronunciado el famoso juramento hipocrático. O en el caso de clasificación de pacientes receptores de un órgano vital. Miau. Casi mejor no estar en sus manos. Por ello considero que no sería mala idea incorporar en adelante al seguro médico una cláusula que excluya explícitamente a los galenos lingüísticos de la citada asociación, de la atención al suscriptor de la póliza. Figúrese: está usted echado en la mesa de operaciones, aún no le ha hecho efecto la anestesia y entra en el quirófano el tal Lluis Mont tan campante. Pues ya sabe lo que sintieron muchos judíos al ver a Mengele ajustándose parsimoniosamente los guantes desechables.

Parece una broma que el baremo idiomático pueda convertirse en un argumento para la criba médica en una sociedad civilizada. No se engañe. Todo es posible. Para comprobarlo sólo hay que agarrar el magnífico ensayo de Douglas Murray (lectura obligada para los amantes de la libertad) titulado “La guerra contra Occidente” y acudir al capítulo en el que describe las valiosas aportaciones de la llamada “medicina equitativa” vinculada a la TCR, Teoría Crítica de la Raza, que causa furor en muchas instituciones norteamericanas, particularmente en el ámbito universitario. Los impulsores de ese subproducto de la más amplia corriente de pensamiento que llaman woke, advirtieron que el criterio de vacunación prioritaria a los mayores de 65 años era injusto, pues en ese tramo de edad el peso demográfico de la población blanca es muy superior al de la minoría negra. Los blancos viven más años de media que los llamados “afroamericanos”, pero no que los judíos o asiáticos. Aupado Biden a la Presidencia, se revocó esa medida por suponer una concesión al supremacismo blanco y un retorno al “esclavismo sanitario”. No es una coña marinera. Razones que fueron defendidas por Harald Schmidt, de la Universidad de Pensilvania, y con mando en plaza en el poderoso e influyente Centro de Control para la Prevención de Enfermedades. Y en la nueva prelación pasó a primer puesto la vacunación de trabajadores esenciales sin rango de edad. Pues entre bomberos y policías, por ejemplo, la proporción de agentes negros en esos cuerpos es superior al peso real de su “comunidad” en el conjunto de la población. Ahí, en esos apartados, están sobrerrepresentados. Se calcula que el cambio de vector en la estrategia vacunadora causó más de 50.000 muertes evitables en Estados Unidos (la mayoría ancianos blancos). Un índice perfectamente soportable de “daños colaterales” en aras de la “medicina equitativa”, restitutoria y con marcado componente racial.

https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/20211001/la-generalitat-gasta-millones-nacion-catalana-estudio/616188427_0.html

Este bebedizo milagroso se lo administro a mis pacientes no catalanistas. No deja trazas toxicas en las autopsias. La receta me la pasó mi amigo del alma Lluis Mont. Funciona, es la pera limonera.

Carla Simón: «la cándida-ta»

Tras el éxito de crítica y público de “Alcarrás”, la directora de la película, Carla Simón, anunció su salto a la política municipal. Apenas transcurridos unos días, la aclamada cineasta se desdijo y se borró de la candidatura de Junts per Catalunya (JxC) a Les Planes d’ Hostoles, comarca de La Garrocha (Gerona). Carla Simón estaba encantada de la vida formando parte, como “independiente”, de una candidatura que en las anteriores elecciones se agenció el pleno de concejalías con el 82% del voto favorable. Mostraba su contento en las redes y estaba muy ilusionada por participar en un proyecto “inclusivo para todos los vecinos y todas las vecinas”, textual. Eso declaró de conformidad con los atorrantes topicazos buenistas y tontistas que emiten de manera insistente, gracias a su productivo aparato fonador, nuestros artistas e intelectuales. Le faltó añadir aquello de “para todos los pitos y todas las flautas”. Pero, hete aquí que algún integrante de la lista no vio con buenos ojos que aterrizara allí de buenas a primeras. Parece que Carla Simón ha pasado largas temporadas de su vida avecindada en esa localidad, sólo que su repentina inclinación municipalista no ha cosechado los mismos parabienes que su película. Y, despechada por el frío recibimiento de los suyos, se ha quitado de en medio. La criatura no acaba de entrar en política y ya sale escaldada.

Carla Simón encarna el papel del intelectual bienintencionado, transido de candor angélico. De ahí que sea una cándida-ta. “Un proyecto inclusivo”, pregonó la doña. Sucede que el concepto «inclusión» no casa para nada con política e ideario de Junts x Cat., la antigua CDC (la del 3%, o más), sólo que mucho más radicalizada en la actualidad, y con su líder huido a Waterloo en el maletero de un coche tras la fugacísima proclamación republicana (en vigor durante la friolera de ocho segundos). Si algo ha demostrado nuestro nacionalismo aborigenista es que de él podrán decirse muchas cosas, pero eso de que es “inclusivo” (nos llaman “nyordos” a los que no somos de la cuerda, como llaman «mono» a Vinicius) no se lo cree nadie que tenga dos dedos de frente. Lo que demuestra que ser crédulo y tonto nada tiene que ver con rodar, al decir de los expertos, una buena película (yo no la he visto y hablo de oídas).

Nos recuerda la interfecta a aquellos renombrados intelectuales europeos del período de entreguerras, una de las más nutridas promociones de idiotas que ha dado Occidente, y que con tanto acierto retrata Stephen Koch en “El fin de la inocencia”, contactados por el mayor propagandista de todos los tiempos, el agente comunista Willi Münzerberg al servicio de Stalin. Entonaron a coro, años 30 del pasado siglo, la cantinela del “pacifismo” y del “antifascismo” para sustraer a la opinión pública europea las barrabasadas cometidas en aquella hora por el comunismo en Rusia, en particular los procesos de “deskulaquización”, la “colectivización agraria” a base de requisas forzosas y bayonetas, y el planificado Holodomor para Ucrania, los alemanes del Volga y los cosacos del Kubán: una matanza a escala apocalíptica. Y de grado desempeñaron ese cometido servil, tanto si no eran conscientes de la colosal masacre, como si estaban en el secreto de ella: “el doloroso peaje a pagar por la sagrada Revolución”. Los llamados “efectos colaterales”.

Y así desde entonces, pues subsisten en nuestro tiempo los llamados “intelectuales y artistas comprometidos”. De ese modo nos los presentan en cualquier programa televisivo, sea cual fuere la cadena que sintonicemos: “Hoy nos acompaña Fulanito Pérez, un artista comprometido”… comprometido la mayoría de las veces, claro es, con las peores causas imaginables.

Hay multitud de ejemplos. Aquí va uno muy cercano, casi doméstico, que no es de los más sangrantes, intensidad media-baja, pero que me causó una gran impresión al leer las memorias, “Debajo de la mesa”, del cubano Juan Abreu afincado en Barcelona. El protagonista, Serrat, el mismo que desistió de representar a España en el festival de Eurovisión, esa verbena insufrible controlada desde hace años por el mundillo LGTBIQ+ (y no sé si me dejo alguna letra), al no obtener permiso para interpretar su canción en catalán. El mismo que por entonces, los años del tardofranquismo, se ganó cierto prestigio como opositor al régimen. Y que en 1973 actuó en el anfiteatro del parque Lenin de La Habana. Allí, según Abreu, y ante las narices de Serrat, se aliñó una buena ensalada de porrazos. Los esbirros de la dictadura castrista arremetieron contra el público por demandar “libertad” y Abreu llevó más de un papirotazo en cocorota propia. Era el momento justo para que el rapsoda antifranquista diera la cara y se pronunciara desde el escenario… y detuviera la cacería o, cuando menos, el concierto… pero nada dijo mientras llovían las hostias y continuó su repertorio tan ricamente como si la cosa no fuera con él. Y hablando de Cuba, ahí tenemos el testimonio de un compromiso duradero e inquebrantable, el del actor Javier Bardem, que viajó a la isla para disculparse lacayunamente ante ese régimen criminal por haber interpretado al poeta disidente Reinaldo Arenas en “Antes que anochezca”. La “intelligentsia” y el “artisteo” “comprometidos”. Vaya tropa.

Les Planes d’ Hostoles y alrededores rezuman, al gusto de Carla Simón, “inclusividad” por todas partes. No muy lejos de allí, Amer y comarca, “territorio Puigdemont” por antonomasia, instalan en la vía pública una guillotina con dedicatoria a Felipe VI. Nos reciben mástiles con banderas estrelladas en las rotondas, sea el caso de Perafita (recién estrenada comarca del Llusanés –Lluçanès-), incluso mucho antes del “Proceso”, y otros municipios aledaños. Las mismas que ondean en las balconadas consistoriales. Algo más allá, en Báscara (Bàscara), unos vecinos, tan inclusivos como frenopatizados, proclaman la república catalana e instalan a la entrada del pueblo un control aduanero de cartón-piedra. Médicos, lampistas, saltimbanquis, bomberos y payasos Sin Fronteras, pero en Báscara instalamos una, aunque sea de mentirijilla. Que no entre ni salga nadie sin el salvoconducto expedido por el chamán de la tribu. Por salvoconducto nos referimos al “dni” de pacotilla pergeñado por el “Consell de la República” en el exilio y al que dan marchamo de “legalidad” casi una docena de gobiernos municipales, entre ellos Amer, cómo no, Torres de Segre, Amposta o Vich para tramitar asuntos legales de su competencia (véase enlace). Uno se pregunta si la buena de Carla, para financiar su próximo proyecto cinematográfico, habrá de presentar ese carné “inclusivo” y verbenero para embolsarse la subvención pertinente. Carla Simón, la cándida-ta.  

https://www.eldebate.com/espana/cataluna/20230521/once-ayuntamientos-catalanes-prescinden-dni-e-implantan-carnet-republica-catalana_115879.html

Guillotina “inclusiva” instalada por los CDR en el centro de Barcelona, frente a la Jefatura Superior de Policía sita en Vía Layetana. También las ha habido en otras localidades catalanas.

PS.- Se ha producido un notable vuelco electoral en las municipales celebradas el pasado domingo. JXC, tras las siglas CM (Compromís Municipal) ha perdido respaldo y ha caído hasta el 20% del voto escrutado, alzándose con la victoria la coalición, a priori vecinal, Estimem Les Planes con un 72%. Carla Simón se borró a tiempo. Pocas cosas tan cargantes como las variadas siglas que concurren a este tipo de elecciones. Es misión imposible averiguar quién se esconde detrás de esas candidaturas.

«El duende feo y chivato»

A la repugnante dentadura Queta, un bicho “halitoso” que muerde, artefacto pergeñado por nuestro aborigenismo fanatizado y que encajaría a las mil maravillas en la consulta de un dentista psicópata de película gore, le ha salido un feofíceo aliado en el ámbito del vascuence, el duende malvado al que llaman Argitxo. Están hechos el uno para el otro. Espían en el recreo mientras los peques juegan a pilla-pilla o saltan a la comba, huronean, coaccionan, asustan, rondan a los niños salivando como el pervertido “hombre de los caramelos”, esto es, comparten aficiones. Son tal para cual.

Argitxo actúa como un agente en nómina de la Stasi, o como esos informadores reclutados en el vecindario que espiaban a sus convecinos o de lo contrario les dejaban las autoridades sin cupón para adquirir en el economato el tradicional bote de pepinillos encurtidos en vinagre. Por el mismo procedimiento, los convecinos espiados les devolvían el favor y les espiaban a su vez, a sueldo también de la Stasi. Se espiaban unos a otros y otros a unos, configurando tupidas redes de colaboracionistas aficionados con gran profusión de denuncias cruzadas. Acuda el lector a la aclamada película “La vida de los otros”, donde no se larga ni una bofetada, pero se advierte al mismo tiempo la asfíctica y omnipresente violencia reinante en la antigua RDA.

Argitxo es un espía nocherniego e itinerante, pues cada noche cambia de domicilio. En efecto, va “rulando” de mano en mano, que se decía antaño, como un petardo de marihuana en un corrillo de fumetas adolescentes. Un día se lo lleva a casa Ekaitz Gutiérrez y al siguiente Bikendi Rebolledo. Los niños en las provincias vascongadas tienen ese tipo de nombres, si bien los expertos en patronímica han descartado, para tranquilidad de todos, que el fenómeno guarde relación alguna con el cambio climático.

Su delicada misión consiste en averiguar en qué idioma habla Ekaitz con sus padres en la sagrada intimidad del hogar, y sus padres entre sí, incluso cuando se dicen “cositas” al oído al hacer uso del matrimonio, pero también cuando Ekaitz juega con su perrito o su tortuga, y cuando habla con los abuelos, tíos y primitos, si están de visita o charlan por teléfono. Argitxo lo apunta todo en su cuadernito azul de chivato asqueroso. No se le escapa una.

Conocidas las atribuciones del engendro, me figuro que alguna madre coraje, no abundan, le habrá dicho a la tutora de turno que se meta el jodido monigote por salva sea la parte… pero si no quiere uno enemistades, siempre cabrá la posibilidad de vengarse de ese chafardero detestable escondiéndolo en un cajón del armario donde nada pueda oír y colocándole unos auriculares para meterle a toda castaña la discografía completa de Los Chichos, pues Argitxo no soporta las “maketadas” y, en cambio, se licúa degustando las plúmbeas antologías poéticas de los más afamados “bertsolaris”. Cabe que, por aquello de refinar los métodos de espionaje e incorporar nuevas tecnologías a su indiscreto cometido, salga de la escuela con un micrófono camuflado entre sus tripitas de algodón para más fielmente captar las conversaciones ajenas. Ni los niños ucranianos refugiados, pues algunos dieron con sus huesos en Bilbao y Vitoria, se libran por turno de su indeseada compañía.

La estética feísta de Argitxo, véase la fotografía que acompaña esta “tractorada”, va de la mano de su feísmo ético de sucio delator (la cara es espejo del alma), como la de aquellos indeseables que amparados en el anonimato, “malsines” los llamaban, acudían a la Inquisición para denunciar a un conocido supuestamente “judaizante”. O esos chivatos sin entrañas que, durante las atroces campañas de colectivización agraria en la época de Stalin, señalaban ante la poderosa OGPU (más tarde y sucesivamente NKVD y KGB) a los campesinos que aún escondían de la rapiña de las brigadas confiscadoras un puñado de semillas de cereal para quedarse, a guisa de recompensa, con un porcentaje del decomiso (*). Esa nariz prominente a juego con sus oídos, el bicho dispone de unos imponentes pabellones auditivos ocultos tras la gorra, le va de perlas para el desempeño de otra de sus misiones: olisquear sucia y mórbidamente en el cuévano de mimbre de la ropa usada que espera turno para la colada. No en vano Argitxo ha sido adiestrado en la “ikastola” para discernir por vía olfativa “euskaldunes” de “erdaldunes”. Hay, según su experiencia, trazas en el ADN (secreciones variadas) adheridas a la ropa que ayudan a establecer inequívocamente el nivel de RH negativo de cada individuo. Argitxo es polivalente, lo mismo escucha pegado a la pared que hoza en el humus, en el estercolero.

La notoriedad de Argitxo, el primo malvado de Chucky, protagonista de “El muñeco diabólico”, se solapa con el último golpe al sentido común y a la enseñanza en lengua española en la escuela pública recientemente perpetrado por el gobierno de coalición PNV-PSE. Los socialistas, una vez más, y ya es “tra (d) ición”, acuden gozosamente al lacayuno servicio del nacionalismo excluyente. Pachi López, ahora con cierta relevancia mediática, el mismo que fuera nombrado “lehendakari” con los votos del PP, arde en deseos de demostrar a la ciudadanía su dominio exquisito del vascuence. Argitxo, qué duda cabe, hace campaña y reúne sobrados méritos para ostentar indignamente la cartera de consejero de Educación (“ministrín”) en un futuro gobierno regional de coalición, sean sus componentes lo mismo PNV que PSE, Podemos o como quiera que se llame hoy el brazo político de ETA.

(*) Acuda el lector al estremecedor y bien documentado ensayo sobre el Holodomor, “La hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania”, de Anne Applebaum. Hambruna programada desde Moscú, años 1932-1933, que acabó por inanición con la vida de unos 5 millones de personas, casi 4 de ellos en Ucrania.

Argitxo en acción: “Prestad atención, peques: los niños buenos hablan vascuence y los que no lo hablan son españolazos que huelen a pipi y caca… y de mayores serán pedigüeños, yonquis, navajeros y prostitutas”.

Despacho de última hora:- La escritora Julita Bacardit (TV3), véase la tractorada titulada “Las lenguas están para no entenderse”, contraria a la edición en español de su novela por aquello de no contribuir a la “bilingüización” de Cataluña, ha fichado por la agencia EFE para ocupar la corresponsalía en Bucarest, desde donde mandará sus crónicas, acabáramos, en español. 

Manifiesto milenarista: «la especie está en peligro»

Nuestro aborigenismo exaltado nos ha deparado en estos años momentos inolvidables. ¿Una lata, un tostón? Nadie en su sano juicio lo discute. Pero también es cierto que en el ancho mundo, donde abundan los particularismos más pintorescos, muy pocos pueden presumir de compartir, como nosotros, su espacio vital con personajes e ideas tan estrafalarias. Entre el hastío y el llanto, se cuela en ocasiones una carcajada, humorismo a lo Ciorán, como de desollado vivo, una risa mandibular y entrechocante de calavera repelada. Un amplio segmento de la sociedad catalana, hibridado de disociación cognitiva y de sobreexcitación emocional por causa del nacionalismo identitatario (“som el que som”), está dispuesto, como abandonado a sí mismo y a medio plazo irrecuperable, a creerse cualquier cosa y a definirse a sí propio en base a esas creencias delirantes, de índole mágica y pre-racional.

En el cuadro clínico de la psicopatología de masas encaja, como el zapato a su horma, el último manifiesto del autodenominado “Moviment per la Independència de Catalunya” (tanto gusto) que ha gozado de cierto eco mediático entre el incesante alud de majaderías que, cual brollante hontanar, dimana del separatismo. El nudo gordiano del manifiesto interesa a una suerte de trashumancia espiritual, yendo, muy llamativamente, y con un desparpajo conmovedor, de lo particular a lo general, a lo universal incluso. Para el citado, y hasta la fecha ignoto movimiento (enero de 2023, véase enlace), la consecución de la república catalana es “imprescindible para nuestra supervivencia como personas, como pueblo y como especie humana”. Con otras palabras: chocolate amarillo, corre, corre, que te pillo. El redactado del manifiesto no deja claro si la supervivencia del “pueblo catalán” (el “pueblo elegido” según la ortodoxia mesiánica), incluidos los catalanes que no tenemos ningún deseo de ser “salvados” de no se sabe qué apocalíptica tragedia, interesa exclusivamente al pueblo aludido o a la totalidad de la Humanidad, sin olvidar a los bimin-kuskusmin de Papúa-Nueva Guinea.

Quiere decirse, o bien la independencia de Cataluña es imprescindible para el conjunto de la población mundial, o bien el pueblo catalán fagocita y agota la “condición humana”, y no disfrutan de ella los demás “pueblos” que componen nuestra especie, considerados “subhumanos” en adelante. Clasificación a beneficio de inventario (quien parte y reparte…) que entronca con las taxonomías zoológicas de algunos pueblos primitivos (que ahora llaman “originarios”) y que practican o han practicado el canibalismo hasta no hace tanto allá por el Amazonas o por la selva de Borneo. Pueblos que generalmente se autodenominan “los hombres” (sin el preceptivo correlato del género inclusivo: “y las mujeres”) y excluyen de esa tipología a otras tribus, por lo que éstas últimas serían indiscernibles, según su cosmovisión, de especies como el capibara, el pangolín, el meloncillo o el casuario, pasando, no siendo humanos, a ser “comestibles”. Y borrando de un plumazo posibles tabús alimenticios. O sea, a la olla, nene, con unos ñames y aromáticas nueces de macadamia.

Se deduce del manifiesto que, sin independencia de Cataluña, los catalanes, y acaso el resto de los mortales, estamos en grave peligro de extinción, como el lince ibérico, el tigre de Bengala o el perrito mapache, al que algunos responsabilizan ahora de la transmisión del covid-19. Causante de todos los males del mundo, sería, cómo no, la maldita, pérfida y opresora España que, con el sencillo gesto de conceder por las buenas la independencia a Cataluña, nos salvaría a todos de una colosal hecatombe.

En el manifiesto late una pulsión naíf, infantil, de una ingenuidad que casa a las mil maravillas con los milenarismos que han sido profusamente analizados por sesudos ensayistas (*). Nos presentan un “pueblo catalán” desesperadamente confundido con el resto del mundo, a imagen y semejanza de ese niño que no ha completado su proceso de individuación y tiene dificultades para diferenciarse de su entorno. La mistificada bondad primigenia que define al “buen salvaje” no contaminado por las corruptoras pestilencias de la civilización, es el ingrediente básico para poner en marcha la redención, la salvación del “pueblo/ especie”. Sin ese candor angélico no echa a andar la catarsis milenarista.

Ese extraordinario fenómeno, el milenarismo, irrumpió con fuerza en Europa allá por el año mil de nuestra era, claro es. Con la llegada del nuevo milenio surgen, como setas en otoño, batallones de visionarios enloquecidos, de profetas exaltados y frenéticos (los, cómo los llaman… ¿”Influencers”?… de la época), descabellados heresiarcas, sectas a tutiplén, afanes redentoristas, la voluntad de hacer tabla rasa del pasado, el anhelo por establecer una humanidad libre de pecados y de ominosas proscripciones impuestas por la jerarquía eclesiástica y por los señores feudales. Y se dan cita todo tipo de excesos, episodios de histeria colectiva, crímenes y promiscuidades, fructífera semilla de dulcinistas y flagelantes desquiciados.

El esquema milenarista cumple también en esta tractorada, aunque sin esas desaforadas extravagancias. En el año 1988, el entonces intocable Molt Honorable organiza los fastos del llamado “Mil·lenni” del “nacimiento” de Cataluña. Aperitivo del “Plan 2.000”, cuando Pujol, entonces nuestro santón, nuestro guía espiritual, traza al rayar el nuevo milenio la hoja de ruta, como se dice ahora, del proceso soberanista que tantas jornadas de gloria nos ha proporcionado. Afloran por doquier los apostólicos voceros de la buena nueva encabezados por Pilar Rahola, la monja argentina o el economista de las americanas de vivos colores que nos dan plúmbea chapa desde el plató de TV3 (y medios afines) para evangelizarnos como es debido. Y, va de suyo (véase tractorada anterior, “La Flama me inflama”), descenderá en picado la afectación por el cáncer (lo dijeron), el desempleo será un mal recuerdo, no habrá listas de espera en los hospitales (esto también), nuestra renta se eyectará a los cielos superando en un pispás la de Suiza (pues seremos la “Dinamarca del Mediterráneo”, textual), ingresaremos como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (y esto) y nos besarán el culo todas las mañanas. En mi caso, dedicándole especial atención a cada una de las hemorroides que circundan mi orificio anal. 

Falta, es inexcusable, la figura angular del “ungido”, del “enviado”, esto es, del “mesías”, descartado ya Jordi Pujol por imperativo de la edad y por enriquecimiento ilícito del clan familiar (trama corrupta que jamás se sustanciará en los tribunales). También Artur Mas, a pesar de aquel sublime cartel electoral con los brazos abiertos en los que remedaba a Moisés (Charlton Heston) separando las aguas del Mar Rojo. Y Puigdemont, fugado a Waterloo en el maletero de un coche y Aragonés, por inane… (Junqueras está demasiado fondón, panza prominente, para representar el papel de famélico e irascible gurú que conviene a todo conductor de masas). Como agua de mayo, el milenarismo (y mesianismo) catalanista espera a su invicto paladín.

Para mí tengo que, por cerrar el círculo, esta búsqueda y captura de mesías, una suerte de casting para completar el elenco de semejante astracanada, habría de encomendarse a los creativos chicos del INH (“Institut de Nova Història”). Comoquiera que han catalanizado a Colón (Colom), que zarpó de Pals, a Leonardo, que no era de Vinci, si no de Vich, o a Cervantes (Sirvent, como las famosas horchaterías), empresa tan comprometida no les supondría la menor dificultad. Y catalanizarán si es menester, quién lo duda, al mismísimo Jesucristo, una minucia para tan privilegiados cacúmenes… pues bien pudo nacer en un humilde chamizo en Betlan o Betrén, localidades ambas del Valle de Arán, siendo el ara-nés, que no el ara-meo, su lengua materna, errónea transcripción del Nuevo Testamento que habría distorsionado fatalmente nuestro conocimiento de la Historia sagrada. Ya no cabrá error cartográfico alguno, y la Segunda Venida, la parusía, o glorioso advenimiento del Salvador al final de los tiempos, tendrá como escenario las sendas y trochas, las comarcas (“les contrades”) de nuestra amada Cataluña… con el beneplácito del abad de Montserrat y del que fuera obispo de Solsona, Xavier Novell, que anda ahora ejercitándose como avezado operario (mamporrero) de la inseminación porcina.

(*) Bibliografía básica, encarecidamente recomendada, sobre milenarismo:

-“En pos del milenio”, Norman Cohn (Alianza Editorial), una maravilla que pienso releer, pues uno ya tiene edad para regresar a aquellas lecturas que le dejaron huella.

-“Al son de la trompeta final”, Peter Worsley (Ediciones Siglo XXI), sobre milenarismo melanesio.

-“Rebeldes primitivos”, Eric Hobsbawm (Ariel Editorial), a quien, eso dicen, con la edad le entró el sentido común y se alejó de su ortodoxia marxista.  

 

https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/entidad-independencia-imprescindible-nuestra-supervivencia-especie_759419_102.html

“Está en peligro nuestra supervivencia como pueblo, como especie humana e incluso como club… la tormenta perfecta”, declaró este veterano hincha del Barça tras suscribir entre gruesos y desconsolados lagrimones el manifiesto del “Moviment per la Independència”. “Mis nietos verán una Cataluña independiente… a mí ya me pilla muy mayor”, añadió.

Lenguas para no entenderse (paradigma Julita Bacardit)

Años sufriendo la misma cantinela de boca de equidistantes y “bienintencionados”, esos que son coartada pavitonta y perfecta de discriminadores y desaprensivos: “las lenguas están para entenderse”. Eso podrá decirse con razón de las llamadas linguas francas, como antaño fueran el latín o el francés, lengua diplomática durante siglos en todas las cancillerías, ahora el inglés o el español, que goza de una situación ventajosa a escala mundial (salvo en España, claro es). Idiomas que, por razones históricas y utilitarias, cuentan con un fuerte arraigo en muchos países y con comunidades de hablantes repartidas por el ancho mundo. Ese estatus lo tiene el español, pero no el vascuence o las lenguas ugrofinesas, qué le vamos a hacer… la vida es así, no la he inventado yo. Hete aquí que hay otras lenguas que, por el uso torticero que se hace de ellas, levantan barreras, condicionan la libre movilidad de las personas (incluidas las enfermeras gaditanas) y sirven, acaso ellas no tengan la culpa, para dividir, para enfrentar, para conferir derechos civiles y políticos diferenciados frente a los hablantes de otras y ocasionar agravios. En resumidas cuentas, para que nos demos la espalda y, contrariamente a la bonancible divisa antes entrecomillada, para “desentendernos”.

Son las lenguas babélicas. O lenguas regionales, reales o impostadas (baturrés, bable) con marchamo de co-oficialidad. Esas lenguas que, en su reivindicación y defensa, late un afán de revancha. Afán que no está en la lengua misma, claro es, pero sí en sus paladines. De modo que la lengua se impregna del uso que se hace de ella, materia moldeable como la arcilla, y deviene intención, herramienta, un arma, por así decir, que es lo que supone la tecnología a la ideología dominante en la crítica de Marcuse a la sociedad contemporánea (no ha mucho leí “El hombre unidimensional”, su ensayo más difundido: menudo tostón). La tecnología, según Marcuse, no es neutral, obedece a su amo y perpetúa la represión. Con el tiempo, y tras un proceso hiperregulatorio (normalización lingüística, inmersión obligatoria en la escuela pública, colonización total del paisaje comercial, de las comunicaciones administrativas con el ciudadano, del ocio subvencionado en el espacio público, especialmente el dirigido a la infancia), las lenguas babélicas dejan de ser neutrales para convertirse en elementos de obligada observancia, en mérito o requisito puntuable para la obtención de un empleo público, en exigencia, en ley, en sanción económica si no se acata su artificiosa preponderancia. Y se convierten en lenguas antipáticas y “regimentales”, no de un regimiento de alabarderos, pero sí de un régimen político rayano en el liberticidio.

Las lenguas babélicas de inmediato generan organismos públicos parasitarios a cargo del contribuyente (academias, observatorios, cuerpos de inspectores con capacidad sancionadora, campañas institucionales destinadas a promover su uso en todos los ámbitos), mil tentáculos diversos para llegar a todas partes, lo mismo al etiquetado de productos en el colmado que a la publicidad en las marquesinas de las guaguas o al doblaje de las películas, incluidas las pornográficas. Se trata de convertir la lengua babélica en un elemento omnipresente en la vida cotidiana del paisanaje. Todo ello redunda en la creación de un nutrido ejército de “funcionarios” que cobran su salario y pagan las facturas gracias al nuevo rango legal y, sobre todo, preferente, de la lengua babélica de turno. La defenderán a capa y espada, no en vano su modo de vida depende de ello. Y así vemos que en Aragón, RENFE publicita su tren turístico a los Mallos de Riglos con la siguiente divisa: “tren cheolochico” (véase la tractorada del mismo nombre). Descomunal majadería, reír por no llorar, que sólo puede prosperar en una comunidad nacional que deserta de sí misma como la española.

Con ese paisaje de fondo, no es extraño dar con actitudes como la de Julia (Jùlia) Bacardit, jovencísima novelista en lengua catalana, que ha alcanzado en estas fechas cierta notoriedad. Y es que la criatura, por contrato con la editorial, ha impuesto una llamativa cláusula: renuncia a que su obra se traduzca al español y se edite en esa lengua, pues la interfecta, que aspira a vivir en una comunidad monolingüe, no quiere contribuir a la “bilingüización” de nuestra tan amada como desnortada región. Que la podrán traducir al japonés, si hay interés comercial en ello, al inglés o al burmeso, pero al español, jamás de los nuncajamases.

Julita comete un error que no le tengo en cuenta: “no hay “bilingüización” a la que no contribuir”, pues la catalana es una sociedad bilingüe tiempo ha (incluso antes del régimen franquista, aunque esta afirmación contravenga los prejuicios del hato ovino ahormado al discurso oficial, sea el caso de la novísima escritora). Cualquiera que conozca nuestra Historia lo sabe: desde los autores catalanes que escribían en español, pues lo conocían, poetas como Juan Boscán o ensayistas como Jaime Balmes, a los documentos gráficos que nos aporta la prensa catalana del siglo XIX. Sin duda, Julita es una de esas catalanas, hijas de la inmersión obligatoria y del adoctrinamiento, fenómenos que entre sí se explican y se complementan, persuadida de que Cataluña era una nación pacífica, independiente y feliz, reconocida en el orbe de la Tierra, habitada por pitufitos azules, gentes ingenuas y bondadosas (sin epidemias de peste, guerras de banderías, progromos anti-hebreos, opresiones feudales, persecuciones religiosas y otras mandangas propias de naciones apolilladas y antiguas). Y, claro es, completamente monolingüe… hasta que Franco nos desnaturalizó enviándonos en trenes de ganado, a partir de los años 50 y 60 del pasado siglo, docenas de miles de mesetarios hambrientos y malolientes, de acento ceceante y con los sobacos repletos de golondrinos purulentos.

En realidad lo que Julita pretende, eso me malicio, es contribuir al “monolingüismo” obligatorio. Ella tiene más que suficiente con publicar su novela en catalán para labrarse un futuro literario en un entorno geográfico de proximidad y vivir de ello con cierta holgura, concediendo de vez en cuando una entrevista a TV3, RAC-1, 8TV, la revista Catalonia Today dirigida por la señora de Puigdemont o al ruinoso diario Ara. Cabe decir que no pocas de las novedades editoriales en catalán gozan de subvención, si no directa, indirecta, pues buena parte de la tirada se destina a bibliotecas municipales y escuelas públicas, que son una suerte de clientela cautiva de esa producción cultural teledirigida desde el poder político. En otras palabras, aunque usted no adquiera el ejemplar en la librería, ha patrocinado su publicación, es decir, ha contribuido vía impositiva, unos céntimos de su tramo autonómico del IRPF, a sufragar los gastos de edición y las regalías de autor, pese a que le importen un pimiento las elucubraciones de la señorita Bacardit. De tal suerte que podríamos afirmar, sin caer en burdas exageraciones, que nuestros novelistas en lengua «local» son autores “semi-públicos” o que la suya es una “literatura cuasi funcionarial”, tanto como el informe anual de accidentes de tráfico en las carreteras catalanas.

Los escritores catalanes tienen dos formas inmediatas de asomarse al mundo, escribiendo en catalán o en español. También lo pueden hacer en árabe o en chino mandarín, si su dominio de esas lenguas es suficiente para describir situaciones aseadamente y definir conceptos. Cabe decir que, haciéndolo en catalán, su opción de trascenderse a sí mismos, darse a conocer y comunicar ideas es más limitada por razones obvias. Pero los de mayor poso y sedimento literarios no renunciaron a que sus textos fueran traducidos para incidir en más lectores. José Pla o Salvador Espriu en ocasiones escribieron en español, o ellos mismos dirigieron la traducción de sus obras.

En la ensayística y la literatura, en prosa o en verso, laten el afán por comunicar con otros, cuantos más, mejor, y si no en número, en calidad lectora. Sea el caso de un elitista Juan-Eduardo Cirlot, que jamás pretendió agradar a un público multitudinario. J(ù)lia Bacardit le da la vuelta al calcetín y trastoca esa función comunicadora y expansiva de la creación literaria. Ella renuncia a trascenderse, o mejor: no quiere trascenderse. Es un acto voluntario, una afirmación. Un vector volitivo de su estructura de personalidad. Sólo quiere transmitir cosas a su círculo de amigos, acaso una mera extensión de sí misma, a su tribu o clan. No aspira a ser conocida “más allá de”. Ningún autor, por celebrado y universal que sea su fama, lo consigue completamente. Pero la pretensión está ahí. Para los autores inéditos, aquellos que no nos comemos un colín, y que soñamos con darnos a conocer, ganar un lector, un solo lector que no pertenezca a nuestro entorno más inmediato, es una victoria descomunal y la celebramos bailando un rigodón.

Nuestra amiga Julita no pretende que sus palabras viajen por el espacio y el tiempo e incidan de algún modo en humanidades diversas. Le importa un bledo que sus reflexiones generen alguna reacción allende las lindes de su aldea, de su comunidad. Podrá acceder la interfecta a que su novela sea traducida, si contiene trazas de calidad o refleja situaciones universalmente comprensibles, al urdu o al tagalo, pero no a la lengua española. Por esa razón estimo que J(ù)lia Bacardit no es una escritora en sentido estricto, aunque junte palabras en una cuartilla, pues desprecia la cualidad comunicadora de la literatura. Es, no aspirando a ser leída, en su deseada intrascendencia, no mucho más que aquel pregonero del pueblo: “¡Por orden del señor alcalde…!”. Sabe la doña que las lenguas regionales, las lenguas babélicas, están para eso, para desentenderse del resto del mundo. Y en eso aventaja a los «blanditontuelos» que nos dan la murga desde hace décadas para justificar su claudicante sumisión a las cooficialidades fragmentarias: “las lenguas están para entenderse”.  

  Hola, soy Jùlia Bacardit: tonto quien me lea

PS.- El rey emérito regresa, al decir de los noticieros-TV…  ¡A Chanchencho! Otra vez Chanchencho en la comida y en la cena. Desesperante. Sólo un reportero de entre docenas, hablando en español, ha tenido el cuajo de decir Sangenjo (véase tractorada titulada “Chanchencho”, tal cual).

«La Flama» me inflama

Una de las peculiaridades más desconcertantes de los afectos al separatismo es su propensión a la disociación cognitiva. Esto es, viven una realidad paralela y siendo muchos de ellos, considerados individualmente, personas racionales y cabales para atender con éxito la mayoría de los retos que nos plantea la vida cotidiana (ejercicio profesional, relaciones familiares, el sentido común que requieren las rutinas y las naderías), luego desbarran de lo lindo al cambiar de registro, cuando trasladan sus querencias y porfías a cuestiones de mayor alcance como la cosmovisión o la política. ¿Cómo es posible… nos preguntamos… que se crean de veras que, en poco tiempo, en una Cataluña independiente la afectación de todo tipo de cánceres se reducirá en un 15%, que el índice de paro se desplomará a nivel cero… o que al día siguiente de la proclamación de la independencia, Cataluña ingresará en la UE como miembro de pleno derecho, o que las inversiones extranjeras caerán sobre nuestras cocorotas como el maná sobre el pueblo mosaico en su huida de Egipto? Pues es posible.

En resumidas cuentas, que en ese ámbito, en el ideológico, viven en otras coordenadas. Sí, sí, pero… sucede que a los demás nos toca (sigo en Cataluña, donde mandan sin interrupción desde 1980, formato CiU o formato tripartito) sufrirles a ellos y sufrir su mundo. Y por muy imaginario, irreal y paralelo que sea aquél, lo cierto es que a fuerza de diarrea legislativa, de partidas presupuestarias, de sanciones, de multas, discriminaciones, de construcciones nacionales, de penetración e influencia (el “entrismo”) en todo tipo de asociaciones, acaban por forjar un mundo (entiéndase, una sociedad) a su medida y descubrimos que somos nosotros quienes estamos abocados a malvivir o a vivir resignadamente en el suyo, con sus reglas… esto es, en un mundo que deviene real y del que en ocasiones, parcial y temporalmente, debemos evadirnos para conservar la cordura.

A pesar de ello, apareció semanas atrás una noticia que recibí con estupefacción e incredulidad, pero no de manera completamente hostil. Una noticia sorprendente. A lo que se ve una asociación imbuida del nacionalismo más radical y especialmente fanatizada por la pureza lingüística, anda captando socios y donantes para poner en marcha La Flama, una cooperativa privada de ámbito (supuestamente) educativo. Su pretensión es garantizar a las familias cooperativistas un espacio escolar para sus hijos (académico, formativo y lúdico) íntegramente en catalán. En resumidas cuentas, los simpatizantes de La Flama no tienen suficiente con la inmersión total y obligatoria en la escuela pública, y tres cuartos de lo mismo en la privada y en la concertada, con la excepción de algunas instituciones de matriz extranjera, sea el caso del Colegio Alemán… en el que estudió in illo tempore un hijo del sonderkommando nacionalista José Montilla. El peque de los Montilla sólo recibía (sólo con acento) una hora semanal de catalán en tan prestigiosa escuela, o eso confesó la madre ufana y satisfecha. “Lo compensamos, hablándole (en catalán) en casa”. Arrea. Eso decía mientras el gabinete presidido por su maridito recrudecía las políticas inmersoras y la persecución, multazo que te crío, a los establecimientos rotulados en español, hoy desaparecidos de nuestro paisaje comercial.

Los promotores del flamígero invento hacen hincapié en la salud del futuro alumnado sujeto a su disciplina, pero no se refieren necesariamente a la salud física, si no a la salud en un sentido amplio, moral, espiritual, acaso “racial”, del tipo “construyamos un espacio nacionalmente sano”, sin elementos foráneos dañinos, corruptores y contaminantes. Una suerte de edén idiomático que sólo ellos pueden propiciar. “Viure plenament en català” es la premisa, la receta mágica para conseguir tan codiciado objetivo. Por esa razón acusan al gobierno regional… atenta la guardia… ¡¡¡De promover un genocidio contra la lengua catalana!!! … ¿¿¿Cómo dice???… Lo que oye. Vamos, que el nacionalismo (incluida la mayordomía socialista y “podemita” a su servicio) se queda corto. Chocolate amarillo, corre, corre, que te pillo.

La visión del mundo que anima a los promotores de La Flama no es nueva. Nos traslada a aquellas asociaciones gimnásticas, deportivas, culturales y excursionistas (del tipo de los “mendigoizales” aranistas) de finales del siglo XIX y principios del XX, de carácter ultranacionalista que afloraron por toda Europa. Nosaltres Sols (cuyo fundador, Daniel Cardona (i) Civit, partidario de la insurrección armada para obtener la independencia, ha sido recordado por su interés a escala planetaria en una reciente exposición en el Museu d’Història de Catalunya) encajaría como ejemplo autóctono en esa categoría. Asociaciones en las que era moneda de uso común cultivar el cuerpo y el amor a la patria irredenta en una suerte de calistenia nacional. Una comunidad sana, cerrada a cal y canto (“reservado el derecho de admisión”) a individuos indeseables e infecciosos. Con un elemento mesiánico troncal: sólo serán redimidos de sus pecados y alcanzarán la salvación eterna los elegidos, los puros de espíritu, que son en este caso los lingüísticamente puros. Pintarán un lazo, el icónico churro soberanista, con sangre de cordero en el dintel de su morada y serán sus vidas respetadas por los ángeles exterminadores. Parecidamente a los “raelianos”, o a otros zumbados de jaez similar, que suben a la cima de una montaña a la espera de esos platillos volantes que los rescatarán al fin y trasladarán a un paraíso sideral donde saciarán su sed y apetito con sólo alargar la mano, eximidos de trabajos, enfermedades y penurias.  

Con todo, hay algo que induce a pensar que esta payasada sectaria de nuestro aborigenismo, que incurre en una suerte de “auto-apartheid” voluntario, contiene en su estructura profunda un dato que invita a un cierto optimismo a los partidarios de la libre elección de lengua escolar. No me he vuelto loco del todo, de esos de atar. O eso creo. ¿Estaremos asistiendo al canto de sirena de la intolerancia lingüística… que hasta los más acérrimos paladines de la represión, a pesar de los medios económicos invertidos en décadas y de la asfixiante legislación promovida, intuyen que sus desvelos, a medio o largo plazo, no podrán ser satisfechos por las instituciones locales?… ¿Y que, en consecuencia, ellos, por su cuenta, y rascándose los bolsillos, habrán de construir su propio “paraíso” terrenal encerrados en una finca (murete de piedra y vallas electrificadas) en medio del bosque?

Nada me gustaría más que esos apuntados temores en la soflama de La Flama fueran realidad, más pronto que tarde. Soñar es gratis. Y que, un día, en España, repliquemos el modelo francés tal cual… a imagen y semejanza de lo dictaminado meses atrás por el Tribunal Supremo de Francia al revocar una Ley de Lenguas que fue aprobada en primera instancia por el parlamento galo, estableciendo al fin el alto tribunal que la lengua vehicular de la enseñanza obligatoria en Francia es el francés. Que es la única lengua oficial en toda la nación, y que sólo allá donde no llegue la maquinaria administrativa de la República a prestar los servicios que le competen (imposible, llega a todas partes, incluso a Prats de Molló), los interesados podrán promover la utilización de otras lenguas en el ámbito educativo, siempre que se la costeen de su pecunia y siendo los contenidos curriculares debidamente supervisados por las autoridades.

Arriba militantes raelianos manifiestan su afinidad y simpatía por los promotores de la cooperativa ultranacionalista La Flama. “Estamos con La Flama a partir un piñón”.
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