«La presó del rei de França»: ejercicio de recuperación patrimonial

Tiens, voilà du boudin, voilà du boudin… es una de las tonadillas que repito para motivarme en mis «cronocaminatas» por Montjuïch. «Cronocamino», a la fuerza ahorcan, porque no puedo correr. Una vez lo intenté al trote cochinero y no llegué a cubrir unos centenares de metros. Además de ahogarme por mi condición de fumador, se me subió un gemelo y abandoné la tentativa. Fracaso estrepitoso.

Nada acompaña mejor, voilà du boudin, a mis paseos cronometrados que el aire marcial, fanfarrias, atabales y tambores. Te insuflan ese ánimo exultante, ese espíritu belicoso que ayuda a mantener un ritmo rápido de paso y a batir, si el viento sopla a favor, las marcas registradas en días anteriores. Competir contra uno mismo. Será que soplan vientos en contra y el aire trae en andas canciones guerreras. Lo cierto es que me concentré al máximo para proyectar a unos pasos de mis narices una suerte de holograma en contoneante movimiento del culo descomunal de Agnetha en tanga, la rubia de ABBA que nos enamoró a todos. Que Dios la bendiga, cúpula hendida en dos de una fabulosa mezquita de reluciente mármol. Como dos redondos bollitos de pan candeal. Pero la maniobra mental no funcionó. Será que Franco Battiato ha escrito una “Carta al gobernador de Libia”: Por el cielo van los coros de soldados/ contra Omar Mukhtar y Lawrence de Arabia/ cantando canciones populares de tabernas…

Le Boudin. El himno de la Legión Extranjera es de lo más desconcertante, pero me gusta un rato y lo he adoptado como politono de llamada a mi teléfono móvil (que habríamos de llamar “celular”, que es más sencillo y bonito). Miro la letra en los interneles y descubro que dejan sin ración a los belgas porque son unos pésimos tiradores, textualmente, unos “tiradores de culo”: Ils sont des tireurs au cul. Y lo repiten para que no quede lugar a la duda. No hay noticia de que los belgas alistados hayan protestado por ese verso acusatorio. Pero tengo más melodías en la recámara, Gary Owen, adoptada por el patán de Custer como himno oficioso del 7º de Caballería de Michigan, o eso vemos en “Murieron con las botas puestas”, Dixie, a guisa de contrapunto, el himno de las tropas confederadas durante la Guerra de Secesión, o la conmovedora Marcha de los voluntarios catalanes que llevaron a Prim a la victoria en la guerra de Marruecos.

Me resistí a que me acompañara una melodía apta para el presente cometido, pero tras realizar diversas pesquisas la he recuperado para mi uso exclusivo mediante el mecanismo de la expropiación cultural y simbólica, toda vez que, en primera instancia, fue requisada sin permiso y contra el sentido común por la Companyia Elèctrica Dharma y reiteradamente profanada por el separatismo y por la hinchada del Barça: me refiero a La presó del rei de França.

Hace muchos años vi por la tele, caprichos del mando a distancia, un fragmento de un concierto del citado grupo musical, que llamaremos CEDh por abreviar. Recuerdo que los componentes del grupo saltaban en el escenario y el auditorio aplaudía a rabiar. Se trataba del tema en cuestión. El locutor de TV3 se refirió a la pieza instrumental, cuyo título se me pasó por alto, como una suerte de recreación musical del momento en que las tropas de Felipe V entraban en Barcelona tras el prolongado asedio. No me chocó en absoluto que la melodía fuera alegre y triunfal, pues el nacionalismo aborigen tiene por costumbre celebrar derrotas en una hibridación de rencor y jolgorio por aquello de connotarse como pueblo oprimido al tiempo que elegido, un poco en la senda del jewish lifestyle. Como aspirando, auténtico delirio colectivo, a ser los hebreos de Occidente, bien entendido que, curiosamente, la mayoría del nacionalismo autóctono (ERC, Colau-Podem y CUP) son antisionistas todos y antisemitas en su mayor parte. Con la excepción, al parecer, de Pilar Rahola, o Radiola.

Pero hete aquí que uno averigua que “La presó del rei de França” pertenece al cancionero popular. Data, nada menos, del siglo XVI. A lo que se ve hay letras de entonces, pero la versión fijada, la más difundida, es obra del compositor Sancho Marraco (con calle dedicada en Barcelona) y es la que utiliza Serrat para incorporarla a su álbum “Cançons tradicionals”, editado en 1968, es decir, al tiempo que componía el “La, la, la” que finalmente defendió Massiel, la tanqueta de Leganés, en el festival de Eurovisión con notabilísimo éxito. Mucho antes de que la popularizara CEDh, año 1983, y se convirtiera en un icono del irredentismo autóctono.

El busilis de la canción es la derrota de Francisco I, rey de Francia, en la batalla de Pavía, año de gracia de 1.525, ante las tropas del emperador Carlos y su posterior cautiverio en España. De modo que la canción da fe de una de las victorias más sonadas del poderío español en aquella época de dominio militar en el continente. Comienza así:

“Ja partí el rei de França/ Un dilluns al de matí/ Va partir per prende Espanya/ I els espanyols bé l’han pris…”

“Partió el rey de Francia/ un lunes por la mañana/ Partió para ganar España/ y los españoles le han apresado”. Y con estos naipes trucados, los nacionalistas van y se sacan de la (doble) manga (de tahúr) uno de los símbolos más socorridos en sus verbenas y manifestaciones. Chúpate ésa. Uno de los penseques que aducen los chicos de CEDh para justificar la indebida apropiación cultural es que la melodía (la suya es una versión instrumental en un tempo más exaltado que en la composición original) “carece de letra”, o eso responden en una entrevista, lo que es falso, trampa tramposa. De modo que “La presó del rei de França” es un comodín, se deduce de sus palabras, que permite su uso en cualquier contexto. Y así es, pues dicho grupo está en su derecho de emplear esa canción o cualquier otra en sus recitales, lo mismo “Yo tenía un camarada” que el “Oriamendi” o la instrumentalización, con gralles (chirimías), flabiols (flautillos) y dulzainas, de “Baby shark doo, doo, doo”, si de ese modo quieren enfervorizar a sus parroquianos. Pueden tocar “La presó del rei de França” o tocarse los cojones, si lo prefieren. Faltaría más.

Sorprende, no obstante, que una canción de ese perfil, que conmemora la derrota de Francia y de su rey a manos de su archienemigo, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos de Habsburgo, la dinastía que rigió los destinos del imperio español, se convierta en un himno aclamado por el separatismo indígena. De locos, pues esa canción es en todo caso congruente con quienes celebran por filiación emocional los triunfos de España, no sus derrotas o sus episodios más sombríos. El nacionalismo se apropia de cuanto le place para levantar su muro ladrillo a ladrillo. Es la llamada “construcción nacional” y para ello es preciso agarrar materiales dispersos y acomodarlos, en plan bricoleur, a su conveniencia aun incurriendo en una flagrante tergiversación histórica.

Es el caso de la Guerra de Sucesión a la Corona de España entre dos banderías dinásticas que el nacionalismo convierte en guerra de “secesión” por arte de birlibirloque y, en particular, el manoseo de la figura de Rafael Casanova, manipulación grosera que incluso han denunciado los descendientes vivos de aquél. Para muestra un botón, aquí va uno de los párrafos del bando último (censurado siempre por los nacionalistas) que proclamó Casanova en vísperas de la derrota y que no da pie precisamente a la zafia revisión del separatismo:

“(…) quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por la Patria y por la libertad de toda España (…)”

No hay símbolo, hecho o personaje históricos que el nacionalismo se resista a sobar si con ello obtiene algún rédito. Arrambla con todo, también con las calles (siempre serán suyas), incluso con las obras de arte de Sijena o el Archivo de Salamanca gracias al servil beneplácito de las autoridades nacionales por aquello del inútil apaciguamiento.

Sorprende que el separatismo haya encontrado en la Guerra de Sucesión, y en Rafael Casanova, un “valor refugio” cuando, más a mano tiene la figura del eclesiástico Pau Clarís, al que, con mayor motivo habría de conmemorar. Fue el interfecto diputado del brazo religioso de la Diputación del General (lo que llamamos hoy Generalidad de Cataluña) y proclamó la República catalana en vigor durante una semana (tantos días como segundos duró la de Puigdemont) hasta reconocer a Luis XIII de Francia como conde de Barcelona. Clarís rindió Cataluña a la protección francesa tras la revuelta local de 1640 contra la llamada Unión de Armas para sostener el esfuerzo bélico de la corona española en la devastadora Guerra de los Treinta Años. Pau Clarís, pues, hizo efectiva la separación unilateral de Cataluña, si bien es cierto que sólo fue independiente durante “7 días, 6 noches”, como la oferta de un catálogo turístico, e inmediatamente pasó a ser un territorio más bajo soberanía francesa.

De modo que bastaría con ralentizar el tempo musical de la melodía en la versión de CDEh y recuperar “La presó del rei de França” que, en puridad, habría de ser nuestra. Hacer de ella una Marcha de Radetzky al gusto lealista. Tarareando “La presó del rei de França” enfilo la avenida de los Montanyans, paso por delante del club hípico de La Foixarda y saludo agitando los brazos a los caballitos estabulados que asoman por el cajón su efigie equina. Sorprendí en la confinada primavera de este año nefasto una abubilla tocada de peineta de fallera mayor de la floresta y me gusta contemplar el vuelo rectilíneo de las urracas, ataviadas con el frac de su elegante plumaje. Miro el crono… si nada se tuerce, estoy en tiempo de récord. Ja partí el rei de França, un dilluns al de matí

Lemona 1-0 Maruri

En el documental “Bajo el silencio” de Iñaki Arteta (invitado, habida cuenta de su trayectoria y filmografía únicas en España, al ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia), el párroco de Lemona, Mikel Azpeitia, larga por esa boquita ante el micrófono un repugnante engrudo de visceral odio a las víctimas mortales de ETA. Las palabras le salen del bandullo y en su bocón suenan a sinceridad total. El hombre es transparente, desde luego, otra cosa es que a través de esa transparencia uno puede ver las miasmas y el estiércol que empozan su alma. Habla a toro pasado, pues hace años que ETA no mata a nadie, “su merecido llevaron”, que diría el sacerdote prendado de las capuchas, pero no de las procesionales, y podría haber atemperado sus confesiones execrables por discreción, disimulo y por aquello de no dejar ante la cámara rastro tan visible de su sintonía con los asesinos.   

Lo cierto es que el marcador del título de esta “tractorada” no refleja, ni de lejos, la auténtica correlación de fuerzas en el seno de la iglesia vasca. Los párrocos afines a ETA ganaron por goleada. Afines activamente, simpatizantes o entre tibios y equidistantes. Las voces que se alzaron contra los asesinos desde el púlpito fueron contadas, y la excepción a la regla, Jaime Larrinaga, el cura de Maruri que tuvo el honor de ser el único sacerdote que necesitó de escolta policial durante su misión pastoral. En el nutrido lado contrario, allende el Evangelio, los más ejercían el pastoreo, pero de cuadrúpedos, entre esas almas aborregadas por la idolatría del nacionalismo. Con la anuencia de su jefe de filas, claro es… ¿Quién no recuerda al siniestro monseñor Setién, aquel que dijo pizca más o menos “que también era cristiano no querer a todos los hijos por igual”?

Se ha dicho muchas veces que ETA nació en el seminario y que entre una parte muy significativa del clero y la banda terrorista hubo siempre mutua comprensión. Vamos, que eran casi “correligionarios”, y nunca “peor” dicho. Unos pegando tiros y otros bendiciendo a hisopazos. Para seguir la pista a esta tenebrosa trama de afectos nada mejor que leer a Jon Juaristi (“El linaje de Aitor”, “El bucle melancólico”), donde da pormenorizada noticia de tan estrechos vínculos. Lo cierto es que ETA jamás “topó” con la Iglesia. Ni un bombazo en una sacristía, ni un cura tiroteado, echado en el suelo sobre el charco de su propia sangre derramada y cubierto por una de esas mantas térmicas a guisa de sudario reflectante. 

En alguna ocasión me ha llegado, argumento absurdo y torticero, como para justificar esa siniestra cercanía entre encapuchados y ensotanados, que el clero vasco se la tenía jurada a Franco porque unos 14 sacerdotes próximos al PNV fueron fusilados una vez que la región al completo pasó a manos de los nacionales. No se discute en absoluto la veracidad de los hechos, pero cabría replicar que en las represalias habidas en la retaguardia republicana, administradas con saña, los milicianos le dieron matarile, ahí es nada, a no menos de 300 religiosos (entre curas y monjas) oriundos de las provincias vascongadas que ejercían su apostolado en otras regiones. La desproporción es notable.

Acabó la contienda y como sucede a veces, los hijos han de rebelarse contra los padres y alistarse en el bando opuesto, en esa suerte de amotinamiento edípico que se traslada a la siguiente generación, según el esquema freudiano. El finado Arzallus es un exponente de ese complejo. De Arzallus cabe decir que hablaba un magnífico español, mucho mejor que el de todos los zotes de la hora presente que han pactado erradicarlo de las aulas en las regiones donde rigen lenguas co-oficiales, que es la última concesión a ERC y a Bildu (ETA) perpetrada por el PSOE de Pedro Sánchez para aprobar los presupuestos y de ese modo contribuir a la desvertebración definitiva de la España invertebrada de Ortega y Gasset, esto es, la España ortóptera.

El padre de Arzallus fue lo que se dice un carlistón de los peleones y se presentó, al estallar el conflicto, en el cuartelillo de la Guardia Civil de Azcoitia para requisar armas y batirse a tiro limpio contra los milicianos. Sabido es que a su vástago, cuando perteneció a la Compañía de Jesús, perfeccionando sus estudios de Teología en Alemania, le llamaban “el nazi”. En 1970, Arzallus cuelga los hábitos y se afilia al PNV, consumando el parricidio simbólico, y de ahí en adelante su ejecutoria es mejor conocida por el gran público. El fenómeno del terrorismo lo define con una metáfora frutícola que quedará para la Historia, más triste y más negra, de España: “Unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”. Tal cual. Disparos a quemarropa, cabezas reventadas, masa encefálica desparramada por el suelo, ametrallamientos, achicharrantes bombazos, mutilaciones y su correlato de odio, silencio, miradas retadoras, desprecio… y todo queda reducido a eso, al vareado del nogal, que, por cierto, da una madera nobilísima. Fíjate tú… cómo son “esos chicos de la gasolina”.

Lo peor de todo es que Jaime Larrinaga (Maruri) fue la excepción y Mikel Azpeitia (Lemona), la norma. Y aún peor es que, aunque el affaire “Azpeitia” haya ocasionado un escándalo (un «escandalito» en estos aperreados tiempos), todo esto se la trae al fresco a buena parte del paisanaje. A fin de cuentas, “los hijos más queridos” de monseñor Setién, “los chicos de la gasolina” de Arzallus y “los amigotes de la herriko-taberna” de Mikel Azpeitia pactan los Presupuestos Generales del Estado con Sánchez e Iglesias.

Regreso de una de mis cronocaminatas matutinas por Montjuïch y en la calle de la Virgen del Remedio (Mare de Déu del Remei) sale un sacerdote de una puerta lateral de la parroquia de la Virgen de Lourdes, curiosamente frecuentada por muchos filipinos. Para mí no es hombre de Dios, pues aunque luce el alzacuello, adorna su tapabocas coronavírico la banderita sectaria y excluyente del separatismo. Carga algo en el maletero de un coche. Paso a su lado y descortésmente digo en voz alta: “anda, un cura satánico… lleva una estrellita de cinco puntas en el bozal”. Nada responde. Gajes del oficio, pues los clérigos están entrenados para oír esas cosas y otras mucho peores y guardar silencio, como los jugadores profesionales de fútbol en campo contrario… y a veces en el propio. Pienso: “si me responde algo, le diré que si un día los suyos le persiguen (si se repitiera la Historia), no le esconderé en mi casa”. Eso o “vete a tomar un chacolí con tu compadre, ese «cenobita»… (embajador demoníaco de «Hellraiser», peli mítica del género de terror)… de Lemona”. Ite, “tractorada” est.

El viaje

El otro día echaron por la tele una peli estupenda sobre el conflicto norirlandés titulada El viaje. Basada en una anécdota real durante las negociaciones en Escocia, año 2006, para conseguir un acuerdo de paz: el viaje en coche que juntos emprendieron Martin McGuiness (interpretado por Colm Meaney), militante y dirigente del IRA, y representante del Sinn Féin (“Nosotros mismos”), y el pastor Ian Paisley (Timothy Spall), líder del DUP (Partido Unionista Democrático del Ulster). Un peliculón del quince con un duelo interpretativo verdaderamente magistral. La mayor parte de la in-acción transcurre a bordo de un coche puesto a disposición de ambos líderes que conduce un agente camuflado del MI 5.

La película me trae a las mientes otra cinta excepcional sobre el mismo conflicto, “Cinco minutos de gloria”, protagonizada por James Nesbitt, hermano en la ficción de una víctima católica de los protestantes de la UVF, y Liam Neeson, autor del atentado y que ha pasado 30 años en la cárcel. Nesbitt lo borda y Liam Neeson demuestra que no sólo es el actor número 1 repartiendo natas a mano abierta, con esos brazos que parecen palas excavadoras. En ese cometido es mi favorito, el más descollante “ahostiador” del actual celuloide. Por tratarse de una maravilla de película, con el fenómeno del terrorismo en el meollo de la trama, fue acertadamente programada en uno de los últimos ciclos de cine organizados por la Asociación por la Tolerancia.

Un par de secuencias de la película recuerdan el busilis de la “tractorada” anterior, “Lucha armada”. El actor que encarna a Tony Blair, el Primer Ministro británico, transmite muy bien la sensación de estar metido en un auténtico “embolao” entre dos contendientes irreconciliables que habían protagonizado, liderado, una verdadera Guerra Civil, aunque de bajo voltaje, y que jamás habían intercambiado nada que no fueran bombazos y tiroteos por las calles de Belfast o de Londonderry. Uno tiene la impresión de que a Blair no le llega la camisa al cuerpo y que le temblequean incluso las cejas. Blair, y sus asesores, entran en pánico cada vez que aparece en plano una suerte de espectro aterrador, el siniestro barbudo Gerry Adams, amigo y compi de francachelas de Arnaldo Otegui.

Blair mueve la colita como un chucho amaestrado cuando se dirige a Adams, hierático, impasible, con esa barba que le oculta los labios y que reduce su expresividad facial a cero, mejor «a bajo cero», frío como un témpano. Esas secuencias insinúan, sin decir oste ni moste mediante guión dialogado, que Adams es el tipo que corta el bacalao entre sus conmilitones y apenas abre la boca salvo para decir que ha de reunir a algo que pomposamente denomina “Consejo Militar”. Te queda claro que el interfecto es el que pinta una crucecita junto a los nombres que integran la lista negra de los objetivos de la banda terrorista. Si se ha fijado en ti, date por jodido. ¿Se trata de la misma fascinación, del magnetismo que Otegui ejerció sobre Zapatero o que ejerce sobre algunos de los cargos más relevantes del PSOE actual? ¿Se trata de que los peores de entre los malos subyugan siempre, no sé cómo, a los malos de entre los mediocres? ¿Es sencillamente miedo? ¿Miedo a que te envase un balazo en la nuca si le das la espalda y por eso algunos sucumben a la indignidad de encerar los zapatos a lengüetazos a ese tiparraco? ¿Es algo más?… Necesito que un psicólogo colegiado me explique ese complejo desconcertante.

El viaje de McGuiness y Paisley tiene final feliz, pero eso no quiere decir que se pasen por un salón oriental de masajes. Semejante entretenimiento no habría encajado en los gustos y preferencias del pastor presbiteriano, furibundo antipapista que llegó a afirmar que “el Papa era el Anticristo”, refiriéndose a Juan XXIII. ¿Qué no habría dicho de coincidir en el tiempo con el actual sucesor de Pedro?… A lo que vamos, contra todo pronóstico se dan la mano y sellan la paz. Paisley pasa a ocupar el cargo de Primer Ministro del gobierno autónomo de Irlanda del Norte, mientras McGuiness es su «vice». A partir de ahí hubo entre ellos mucha sintonía, incluso amistad, y ambos fueron motejados como “las hermanas risitas”. O eso nos cuentan. 

Ni uno ni otro se arrepienten de su trayectoria pasada, aun admitiendo algunos “errores”. No se pedirán perdón, siquiera en privado, fuera de cámaras, por el dolor causado, por las vidas sacrificadas. Han protagonizado una contienda de verdad, de esas con dos bandos enfrentados que tiran a dar, y no de esas otras en las que unos ponen la nuca y otros la pistola. Si unos detonan una bomba en un pub y se llevan por delante a media docena de unionistas, los otros ametrallan un coche de los primeros y dan matarile a otros tantos republicanos. Un conflicto con dos bandos, dos ejércitos urbanos que matan y mueren. Un toma y daca. Firman, pues, un armisticio. Un acuerdo que no supone el olvido de lo pasado y de las responsabilidades contraídas por cada una de las facciones beligerantes. ¿Por qué y para qué blanquear el pasado o silenciar lo ocurrido? ¿Por qué y para qué cubrir con un tupido velo esa rueda incesante de atentados y de represalias?

Se deduce de la cinta, y esa conclusión proyecto sobre lo sucedido en el Ulster, aún sin tener demasiado conocimiento sobre la materia, que Paisley y McGuiness fueron hombres de guerra y que, por ello, por haberlo sido en igual medida, pueden, si se lo proponen a un tiempo, ser hombres de paz. Lo que, en sentido estricto, nunca serán Otegui o Josu Ternera, por mucho unte oleoso que derramen sobre sus cabezas algunos medios de comunicación al dictado de Sánchez e Iglesias, pues ellos jamás tuvieron enfrente a un Martin McGuiness o a un Ian Paisley. Otegui y sus asesinos, socios preferentes del actual gobierno de coalición, planearon matar a quienes sabían que no se revolverían jamás contra ellos, siguiendo la táctica implacable del ventajismo. Ésa es una diferencia entre Otegui, es decir, ETA, y los protagonistas del film. Otegui no ha participado en una guerra, sino en una carnicería y por eso jamás será un hombre de paz, sino un hombre de muerte… por la espalda.

Las víctimas de ETA siempre delegaron su defensa y protección en las autoridades. Confiaron en sus representantes legales. Fueron contadísimas las víctimas que optaron, y lo hicieron privadamente, al margen de toda estructura organizada, sea el caso del hijo del Comandante Saénz de Ynestrillas, por devolver el golpe, impelidos por esa connatural pulsión humana que es la venganza. Y no diré más. Ni los mercenarios del BVE, Batallón Vasco-Español, ni los del GAL fueron cosa suya.

La mayoría de los jóvenes españoles no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. El chivato que facilitó los datos al comando criminal para que asesinara al concejal ermuarra, el mismo que ocultó a los terroristas en su propio domicilio, Ibon Muñoa, que fuera concejal de Herri Batasuna (ahora Bildu) en Éibar, ha sido excarcelado tras cumplir una condena de 20 años. En su villa natal le han recibido muchos de sus convecinos con el brindis preceptivo, un “aurresku”, jolgorio y homenaje. 

Lucha armada

Qué tendrá la poltrona monclovita que a la que un tipo toma asiento en ella inmediatamente se ve obligado a largar alguna sandez acerca de ETA, siempre bajo la premisa de que la banda terrorista disfruta de un enigmático halo de superioridad moral con relación al “apoltronado”, y acomplejado de turno, propincuo a la idiotez. Nos recuerdan los sucesivos usuarios de dicha poltrona que, por imbecilidad (temporal o permanente) o por inconfesable cálculo político, les doran la píldora a los terroristas con bochornosas declaraciones a esos otros tipos descastados que aspiran a granjearse las simpatías del matón del barrio diciendo monerías, haciendo risibles piruetas y poniendo su honra en holganza. Esos que se envilecen por “coleguear”, por confraternizar con los malos, malasombra.

La fórmula la inauguró Aznar avergonzándonos con aquella majadería del MLNV, el “Movimiento Vasco de Liberación Nacional”, por no decir “banda terrorista ETA”. A lo que se ve era por mantener un tono favorable a las negociaciones sostenidas de tapadillo con la organización criminal y en las que, sin duda, habló Aznar vascuence, como habla catalán en la intimidad.

Tomó el testigo Zapatero, uno de los más voluntariosos de esos zotes, capaz de toda iniquidad. Nos dijo de Arnaldo Otegui, “el Gordo”, terrorista especializado en secuestros (empresario Luis Abaitua y absuelto por falta de pruebas en las tentativas fallidas contra los diputados Rupérez y Cisneros, de la UCD), que era “un hombre de paz”, y que el atentado de ETA en la T-4 de Barajas, eso afirmó en solemne comparecencia, fue un lamentable “incidente”… terminología tomada en préstamo por Miguel Urbán, eurodiputado podemita, para quien el atentado islamista en Niza durante la celebración de la fiesta nacional francesa (docenas de personas arrolladas por un camión de gran tonelaje) fue un “incidente de tráfico” y, en buena lógica, el autor del mismo, un conductor temerario, uno de esos que pierden de una tacada todos los puntos del carné por saltarse un “Stop”. Mismamente como el de Las Ramblas de Barcelona, sólo que éste último, al pilotar un vehículo más pequeñito, una furgoneta de reparto, tan sólo derribó diecisiete “bolos”, atrancándose a medio recorrido del bulevar entre tantas piernas, costillares y brazos rotos. Al lado del otro, un mero aficionado, un amateur.

Llegó el turno de Rajoy que, compasivo, afirmó estar muy preocupado por el estado de salud de Bolinaga (o “Bolinga”, por su propensión a atizarse zuritos en las “herriko-tabernas”), el carcelero de Ortega Lara. El mismo indeseable que, al producirse su detención y al concluir sin éxito en primera instancia el registro en un almacén de Mondragón, estaba dispuesto a dejar morir de inanición al funcionario de prisiones… hasta que uno de los agentes dio con una minúscula rendija en el pavimento bajo una máquina hidráulica y se retomó la búsqueda. Descubierto el zulo cochambroso, le preguntaron a Bolinaga que quién había dentro y éste respondió, tal cual, “el Ortega ése”.

Y salta Pedro Sánchez al terreno de juego. Si pensábamos que la indignidad de Zapatero no tendría parangón conocido, andábamos muy errados, pues no hay techo cuando los malvados compiten entre sí. Una pelea a cara de perro entre el hoy embajador plenipotenciario del narcodictador Nicolás Maduro y el actual inquilino de La Moncloa. Para referirse al terrorismo de ETA, en estas horas de acaramelado idilio PSOE/ Bildu-Batasuna, elige Sánchez la expresión “lucha armada”. Por extensión se sigue que quien la ejerce no es un terrorista, sino un “luchador armado”, que no debemos confundir con un “luchador mejicano», que es un luchador enmascarado, y cuyos primeros espadas gozan de gran popularidad, que si “el Gallo de Jalisco” o “el Chupacabras” de Veracruz.

De tal suerte que los más sanguinarios asesinos de ETA, los pistoleros que le descerrajaron un tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco (de rodillas y maniatado a la espalda con alambre) o el comando que llenó de bombas el aparcamiento subterráneo de Hipercor, achicharrando vivas a muchas personas, abandonarían, según Pedro Sánchez, la categoría de “terroristas” para integrar la mucho más aseada de “luchadores armados”. E incluso Bolinaga, a fortiori, pasaría a ser “luchador desarmado”, casi un modélico pacifista como Gandhi, pues no consta que en su cometido criminal fuera necesario el concurso de un arma de fuego. Es lo que pasa cuando uno se corrompe brindando con Otegui (Idoia Mendía o el babeante Jesús Eguiguren) o te venden la moto de que los filoetarras “son ahora necesarios para el buen gobierno de España”.

Con relación al Vicepresidente del gobierno, ese gran estadista llamado Pablo Iglesias, no es necesario añadir gran cosa pues es sabido que él, y su partido, son entes coalescentes con relación al universo batasuno, pues mucho antes de pisar moqueta, el hoy vecino ilustre de Galapagar era uno de los contactos en Madrid de los abogados etarras del frente de “makos” y pisó no pocas herriko-tabernas, como esas orquestas que bolo a bolo, en la gira veraniega de fiestas patronales, recorren toda la geografía nacional, para decir que a ETA y a la izquierda abertzale les adorna el honor de ser los únicos “actores” políticos que vieron fraude y superchería en la Transición y quienes mejor comprendieron que la Constitución española era “papel mojado”. Pablo Iglesias, eso hay que admitirlo, en ese registro no ha engañado a nadie y ha llegado a tener no pocas cadenas TV a sus pies y más de 70 diputados, hecho contrastado que nos da una cabal idea del nivelazo estratosférico del paisanaje.

Cuando nos dicen que a los terroristas, es decir, a los “luchadores armados”, de nada les ha servido matar, para mí tengo que nos escamotean la verdad. Y que la prueba del nueve de ese discurso mendaz es que “ahora que no matan, están en las instituciones y haciendo política”. Sólo faltaría que, matando día sí, día no, gozaran del estatuto de interlocutor político homologado. Pero lo triste es que también eso es mentira, un “relato” se dice ahora, aunque bastardeado, pues mientras mataban, sí estaban en las instituciones: tenían concejales y alcaldes, diputados regionales y nacionales. E incluso pedía el voto para ellos Pepa Flores, alias “Marisol”, aquella monada de niña prodigio. Por aquel entonces ETA estaba en un promedio anual de 100 víctimas: los llamados “años de plomo”.  

La diferencia es que ahora, con Sánchez, forman parte de la mayoría gobernante y sólo les falta entrar en el gabinete nombrando ministro a uno de los suyos, Otegui para Interior en lugar de Minúsculo-Marlaska. Para el caso. Sólo que su actual estatus no sería el mismo si su ejecutoria política no estuviera teñida de la sangre derramada en sus atentados, que Sánchez, echando la vista atrás y haciendo del síndrome de Estocolomo un paradigma político, el de la “nueva normalidad” respecto del fenómeno terrorista, por coherencia llamará “acciones” (ekintza), incluso las que segaron la vida de militantes socialistas, por aquello de blanquear la “memoria histórica” más reciente de la que ETA ha sido protagonista estelar y por hacer y decir «cosas que nos helarán la sangre”, como atinadamente pronosticó la “amachu” de los Pagaza.

Luego matar, les ha servido y de mucho, pues el “escenario” de la política no les ha sido vedado por siempre por haber matado… si no abierto, y la puerta grande, por dejar de hacerlo… por abandonar “la lucha armada”, Sánchez dixit. Quienes creyeron en su día que no tenían otro horizonte que la rendición, la disolución, amén de la incautación de bienes para afrontar compensaciones indemnizatorias, el presidio y la ilegalización de su entramado asociativo, se llevaron (nos llevamos) un chasco morrocotudo. Dirán, quienes dicen que llueve cuando te hacen pis encima, que no se han salido con la suya, que no han ganado… pero, la verdad de la buena es que tampoco han perdido.

Duele porque esos guiños y gesticulaciones son innecesarios, pues nada aportan y en cambio degradan a quien los profiere. El terrorista no dejará de negociar, si eso es lo que pretende. Tiene, es un decir, el alma cuajada, petrificada, en estado sólido y poco le importa que le llamen terrorista o criminal, o monstruo de la peor especie. Y no agradecerá que le cortejen. Se la sopla. Eso sólo servirá para aumentar su íntimo desprecio y le convencerá de que no habría sido mala idea coser a balazos al tipo sin agallas ni condición que se rebaja a dedicarle cucamonas.

El enigma de la poltrona monclovita sigue sin ser desvelado. Es un misterio, pero no de este mundo. Habría que facultar a Iker Jiménez (el doctor Jiménez del Oso de mi generación) al mando de una misión nocturna a palacio pertrechado de cámaras infrarrojas y gramófonos para grabar psicofonías, acompañado de esas personas a las que llaman “sensitivas”, especialistas en detección de fenómenos paranormales. E incluir a un sacerdote exorcista en plantilla pertrechado de hisopo de agua bendita, estola morada y Ritual Romano (kit básico de todo exorcista). ¿Darían con una emanación ectoplásmica de Míster X, artífice de los GAL? ¿Con el espectro de Margaret Thatcher diciendo en la Cámara de los Comunes aquello de “Señoría, yo disparé”, interpelada por un diputado laborista tras el tiroteo en Gibraltar en el que dos terroristas del IRA fueron abatidos a manos de agentes británicos? ¿O tan sólo el olor acre, punzante, del miedo que es cobardía y la nada infinita del abandono y de la desmemoria? ¿Tendremos algún día los españoles que no nos avergonzamos de serlo un Presidente del gobierno de la nación que no traslade a la ciudadanía la desazonadora impresión de que para merecer esa poltrona, antes o después, es preciso requebrar amorosamente a ETA?

Una amenidad: «al capvespre» (al atardecer)

Cuando la exquisitez artificiosa, impostada, y la cursilería se dan la mano, el ayuntamiento de Barcelona depara gansadas sublimes como la del cartel informativo de los jardines del Doctor Pla i Armengol, en el distrito de Horta-Guinardó, entre las calles de Cartagena y de Torrent de Melis. Las caedizas hojas de los árboles caducifolios bailan un vals cadencioso, autumnal, y el cromatismo de la foresta muta en variados colores y matices como la paleta del pintor… entonces la ñoñez y la gilipollez supinas se abrazan rendidas a la nostalgia, a la melancolía… y en un búcaro olvidado se marchita una flor, que diría el bardo de la princesa de los labios de fresa. Es lo que tiene el otoño, o sea, la tardor, que te entra el estro poético que es un contento y te cae sobre la cocorota en forma de ojiva pentecostal y te predispone a las rimas delicuescentes y a las más sutiles pampiroladas.

El letrero municipal (*) nos transporta en andas a etéreas regiones que no sabrían degustar los espíritus simplicísimos. Hay que estar hecho de una pasta especial para saborear determinados placeres, los más selectos. Y es que no es lo mismo que un parque cierre al capvespre (al atardecer) que a las 20h 00’ 00’’, con ese prosaísmo como calvinista de la exactitud, de la puntualidad robótica y cronométrica de la era tecnotrónica. Eso salta a la vista y no ha de ser uno el lince de Beocia para verlo.

Cuando unos jardines cierran al atardecer, es decir, “al capvespre”, les fulles porugues, un xic malaltisses cauen, però, al terra, a prop d’ ombrívols racons aromosos i bosquetans… i de ben lluny sentim el brogiment d’ una font d’ aigües neguitoses i rialleres que esquitxen els peus d’ un bufó i entremaliat angelot de marbre (**). Y si afinas un poco el oído, una suavecísima brisa te acerca los acordes melodiosos de un lejano violín.

El horario de visita a los jardines del Doctor Pla i Armengol se acorta, supongo, cuando nos encaminamos al solsticio de invierno en el hemisferio boreal (en el austral sucede todo lo contrario). Del orden de minuto y medio diario. De tal suerte que el “capvespre”, el atardecer, se produce a una hora en junio y a otra muy distinta en noviembre, pongamos por caso, en función de la incidencia de la luz solar, o cuando menos la tarde cobra un aspecto muy diferente, pues a las 18h, «a las seis de la tarde», decimos a menudo «ya es de noche». Detalle que se le pasó por alto al genio de turno. Atardece antes, si antes anochece, va de suyo, pues lo primero precede a lo segundo. O eso aprendimos asistiendo a las magistrales lecciones-TV del entrañable Libro Gordo de Petete.

La poética cursilería informativa en los jardines Doctor Pla i Armengol da pie a situaciones absurdas. Se te acerca el empleado que ha de desalojarlos y te dice: “Vamos a cerrar”. “Pero, caballero”… le respondes mientras te atusas las rizadas guías del bigote… “por mi reloj… (de bolsillo claro, fijado a la solapa con cadena y leontina de oro)… son las “capvespre” menos cuarto y además en un ratito he de batirme en duelo, a primera sangre o muerte, por la honra de una dama”.

No sabría uno cómo acomodar el “capvespre” o también “la matinada” en la esfera del reloj y qué tramo de la circunferencia ocuparían esos difusos conceptos en sustitución de los números que indican las horas en punto. La complicación sería aún mayor en el caso de un reloj digital, 18:30:22… 23, 24, 25, etc. La fórmula tampoco es muy allá para los vecinos de la ciudad que sostenemos que las comunicaciones de las diferentes administraciones deben figurar en ambas lenguas oficiales, pues no en vano las instalaciones municipales, y sus equipamientos, los pagan en igual medida los ciudadanos que tienen el español como lengua de referencia familiar. Tampoco la “info” es muy adecuada, cuando menos precisa, para la pertinente orientación de turistas despistados que recalen por el lugar si pretenden recrearse los sentidos mediante una visita programada.

Si acudiera a unos jardines que cierran sus puertas al “capvespre”, no lo haría jamás sin una de las amenidades de Álvaro Cunqueiro en el bolsillo, que es uno de mis escritores favoritos, y supongo que suyo también… si es persona de gustos refinados y amante del placer de la literatura por la literatura. Buscaría un banco donde sentarme y me abandonaría durante un tiempecito a la lectura del genial autor del fait divers, pues nadie sabe decir ciertas cosas mejor que él, que te inserta la “brétima”, como “neblina”, en el relato, y siendo un galleguismo, suena a un español delicioso. Agarras “Flores del año mil y pico de ave” (el título mismo ya es una declaración de intenciones), o cualquier otra, que en Cunqueiro la elegancia es sello personal, y te encuentras con perlas como éstas: “Nació bajo las acacias, en la hierba esmaltada de pesebetas, reinesildas y lilas”. “Caía agua a Dios dar”. “La prisa que me arrastra, como viento vendaval las hojas secas”. Gonzalo, el obispo mindoniense, ve en el claustro del monasterio de San Martín… “caballos. En los capiteles, caballos. Los caballos odínicos que galopan en las praderas hiperbóreas. Todavía están allí. Quizá el escultor los vio en las proas de las naves viquingas”. Insana envidia, sobre todo para quienes a duras penas distinguimos un cocotero de un alcornoque, ya no te digo una “pesebeta” de una “reinesilda”, que la primera me suena a antigua unidad monetaria y la segunda a legendaria princesa goda.

Con esa profusión floral y arbórea te pasan las horas y te dan las tantas, es decir, el “capvespre”, y te regresas a casa con la sensación de haber alimentado tu espíritu con la gollería más lisonjera al paladar. Para poner áureo broche a la visita, nada como quedarte absorto contemplando una reproducción de “Ofelia” de Millais, tan aficionado a los arroyuelos y a los nenúfares e instigador máximo del movimiento prerrafaelita. Y todo gracias, “serendipia” llaman al fenómeno (“afortunado hallazgo que se encuentra de manera inesperada”), a la omnipresente estulticia del ayuntamiento de Barcelona y a sus bucólicos atardeceres. Eso sí, la medalla al documental “Ciutat morta”, ditirámbica loa del sanguinario y cobarde asesino Rodrigo Lanza (botellazos en la cabeza a espaldas vueltas), esa infamia no la retiran. Quizá sí la estatua a Colón.

(*) Documentación gráfica facilitada por José Ginés, vocal de la Asociación por la Tolerancia y agente literario y héroe del autor de esta “tractorada”.

(**) “Las hojas temerosas, algo delicadas, caen al suelo en rincones sombreados, frondosos y aromáticos… y de lejos nos llega el rumor de una fuente de aguas saltarinas y joviales que salpican los pies de un simpático y travieso angelote de mármol”. 

PS.- Ousmane, el senegalés (véase “Somos el comunismo”), dobla su chamizo plegable de cartón a eso de las 10h y lo instala al atardecer, es decir, al “capvespre”, junto a la puerta del Teatre Lliure, para pasar ahí la noche. Luego el truco para evitar el desahucio reside en hacer desaparecer su vivienda portátil durante unas horas, fingiéndose nómada cuando es sedentario.

«Somos el comunismo»

Sales de buena mañana a “cronocaminar” (caminar a paso vivo, cronometrado, para hacer deporte y vida sana en tiempos de pandemia) por Montjuïch y te dan un tortazo pero a manaza abierta: agresión visual severa… y cuando no hace ni media hora que te has despertado. El asalto te pilla con las defensas bajas y te activa fatalmente el nivel de adrenocorticotropina. El susto y la ansiedad pueden ocasionarte graves y duraderas lesiones.

Al pasar por delante de la entrada regia del Palacio de la Agricultura, sede del Teatre Lliure, te das de bruces con la delirante campaña promocional de la temporada “otoño-invierno” que han diseñado los insignes gestores de la escénica institución. Te paras porque no das crédito al texto, te pellizcas las mejillas. Hace ya muchos años que no agarras una buena castaña (te achispas, es la edad, con un  par de gintonics), ni le das una calada a un petardo. No se trata, cabía la sospecha, de una percepción alterada de la realidad por culpa del abuso de sustancias psicotrópicas. Tus sentidos no te están jugando una mala pasada. El deslumbrante cartel, al final de esta “tractorada”.

Saludo con un ligero movimiento de cabeza a Ousmane, un senegalés alto y delgado, más chupado que la pipa de un indio, que vive acampado desde hace meses en un chamizo de cartonaje y plásticos, junto a la entrada noble del Palacio, a socaire del viento tras un seto desarreglado. De qué pasta estará hecho que resiste allí, como en un blocao, desde marzo, y ha pasado el verano en esa cochambrosa morada asediado por la descontrolada profusión de flora y fauna, desatención coronavírica, que ha convertido la “Montaña mágica” en una versión doméstica del Matto Grosso. Cierto que de un tiempo a esta parte se ven ya cuadrillas de operarios municipales desbrozando maleza, pero les queda trabajo, y mucho, por delante.

Según a qué hora pases, sorprenderás a Ousmane rezando en dirección a La Meca, supongo, que debe de andar detrás del Teatro Griego (en línea recta y a miles de kilómetros), que es lo que tiene delante de sus narices. Empleados de Parques y Jardines, cuando no agentes de la propia Guardia Urbana, fotografían a menudo la chabola del senegalés para acreditar que la frágil vivienda del campista sólo dispone de un cuerpo edilicio, es decir, que el “okupa” de espacios públicos no gana terreno al parterre levantando chabolas supletorias. Que, en definitiva, se ciñe a su modesto habitáculo sin acometer ampliaciones mediante estructuras estables y sin licencia de obras, mayores o menores, con arreglo a la normativa urbanística. De eso depende, al parecer, que no le obliguen a recoger los bártulos. ¿Delirante?… Sí, pero no más que la inaudita “publi” del Lliure.

Somos la disidencia. Somos el comunismo. Es una de las frases. Un contrasentido yuxtapuesto, separado por un punto y seguido. Una cosa y la contraria. Pues donde hay disidencia, puede haber comunistas, pero donde hay comunismo, no hay disidentes: tabla rasa “polpotiana”. Con el comunismo, la disidencia acaba, más pronto que tarde, en los sótanos de la Lubianka de un tiro en la nuca, en el gulag, en el “laogai”, en la cárcel de La Cabaña o en la sórdida cheka de la calle de San Elías. O practicando el vuelo libre, accidentalmente, desde uno de los amplios ventanales, magníficas vistas, del SEBIN caraqueño.

El régimen soviético gozó de la entusiasta anuencia de muchos intelectuales de Occidente. Eran, por Lenin, los llamados “tontos útiles” (véase el formidable ensayo de Stephen Koch, “El final de la inocencia”, con las sensacionales maniobras de ese genio del agit-prop que fue Willi Münzenberg, el fiel agente alemán de Stalin). Esos “tontos útiles” que para los demás querían lo que jamás habrían aceptado para sí y que regresaban de excursiones partidistas a la URSS organizadas por la Komintern, a pan y cuchillo, contando ampulosas y rimbombantes maravillas del régimen soviético, sea el caso de George Bernard Shaw, H.G. Wells, John Dos Passos, André Malraux, Miguel Hernández o de los indeseables Neruda y Alberti.

Tras asentarse definitivamente la dictadura comunista (pleonasmo), pintores, músicos, literatos, cineastas, no pocos de ellos fueron “desacreditados” y algunos “purgados” directamente, en toda la extensión de la palabra. Isaak Bábel, Ósip Mandelstam, Bulgákov, Meyerhold o Boris Pasternak, entre muchos, pagaron sus desavenencias con el régimen. El arte bajo la bota comunista, superado el inicial e interesado idilio con los creadores de la época afectos a las llamadas “ideas avanzadas”, en fementido pero exitoso plan para congraciarse con las élites biempensantes de Europa, pasó al fin por el cedazo de la ortodoxia expresiva marcada por el Partido y ello dio lugar al castrador y plomizo tostón del “realismo socialista”. El teatro no fue una excepción, por supuesto.

“La vida de los otros” es una magnífica película que, en cierto modo, ilustra ese fenómeno. El “chico” de la peli, un dramaturgo berlinés afecto al régimen, tras un giro radical, se aviene a redactar un artículo sobre los silenciados suicidios en la RDA (donde todo es abundancia y contento, y no existen por decreto las personas infelices). El pobre las pasa canutas para evadir el texto y publicarlo en Occidente. El protagonismo lo comparte con esa máquina implacable de triturar vidas que es la Stasi y que a todas partes llega gracias a la tupida capilaridad de agentes y voluntarios (como esa vecina del “prota” que, para costear la carrera universitaria a su hijo, debe aportar periódicamente los informes de sus entrometidas averiguaciones).

Algunos carteles que reproducen el texto del Teatre Lliure traen el listado de sus generosos patrocinadores. Ahí está el logo de TV3. Nada sorprendente. También el de La Vanguardia y el de El Periódico. Patrocinadores semi-públicos (subvenciones al grupo Godó y a la edición en catalán del tebeo hasta hace poco dirigido por Enric Hernández, ahora al frente del “soviet” de los servicios informativos de RTVE). Y, atenta la guardia, de la cervecera Damm y del Banco de Sabadell, el mismo que largaba esos cansinos anuncios TV en blanco y negro protagonizados por Pep Guardiola.

Dijo Lenin, en inspirada sentencia para la posteridad, aquello de que “los burgueses nos venderán la soga con la que les ahorcaremos” y los zotes del Banco de Sabadell, del que si fuera cliente me apresuraría a retirar mis fondos, se empecinan en darle la razón. Advierte Jean-François Revel (“Ni Marx ni Jesús”, un lúcido ensayo por lo que tiene de atinado y por lo que tiene de opinable) que, con relación a la aprehensión del socialismo los europeos, en particular sus intelectuales, incurren en una fatal propensión a partir de cero: la persistente desmemoria histórica. Uno de los capítulos se titula muy perspicazmente: “Es posible pasar de la libertad (valga por democracia) al socialismo, pero no del socialismo a la libertad”… salvo que medie un cataclismo como el de la extinción de los dinosaurios, se entiende, o la caída del muro de Berlín. Buena parte del mérito de su análisis reside en que el ensayo está fechado en 1970, cuando el negacionismo del genocidio elefantiásico (que aún hoy cuenta con adeptos: Unidas Podemos, sin ir más lejos) perpetrado por el socialismo-comunismo a escala planetaria era dominante en las cátedras universitarias del “mundo libre”, que suspiraba, a lo que se ve, por dejar de serlo.

El otro patrocinador de la campaña es usted, lo sepa o no, gracias a esos reputados asesores financieros que ha contratado llamados gobierno de la Generalidad y Diputación de Barcelona (la misma que paga 6.000 € mensuales, no se sabe a cambio de qué, a Marcela Topor, la doña de Puigdemont), si hemos de hacer caso al documentado artículo publicado hace unos días por Dolça Catalunya. La afluencia de dinero público es considerable, a carretadas… algunos de esos jugosos euritos que perciben los sagaces rectores del “chiringuito” proceden del tramo autonómico del IRPF que le han detraído a usted alegremente de la nómina. Disfrute, pues, del dirigismo cultural más descarnado y flagrante, de la más evidente manifestación de la sectaria politización de la cultura, pues sus promotores no tienen el menor empacho en proclamar a qué propósito sirven. Claro, que si es usted comunista, estará encantado con esa patraña, supongo… aunque siempre podrá salirse por la tangente, en plan Houdini, como Dalí, cuando a propósito de Picasso dijo aquello de “Picasso es comunista… yo tampoco”.   

Posta, Posto y Correus

Correos y Telégrafos SAE ha comunicado a los sindicatos con representación en la empresa una singular modificación en las bases de un proceso pomposamente llamado “convocatoria de ingreso de personal laboral “indefinido” perteneciente al grupo profesional IV”. Se trata de proveer la plantilla de nuevos trabajadores de régimen laboral por medio de un examen, pues los funcionarios en Correos lo son “a extinguir” desde hace años. La “laboralización” de la empresa avanza a marchas forzadas, no en vano cada año se jubilan miles de funcionarios y los que quedan superan de media, y de largo, los 50 años de edad. De modo que, “tic-tac, tic-tac”, a Correos le basta con dejar pasar el tiempo para librarse de ese molesto contingente funcionarial que luce la cornamusa, aún coronada, en la camisa del uniforme.

La modificación consiste en que, en adelante, Correos puntuará a beneficio del peticionario la acreditación del conocimiento de lenguas co-oficiales (y otras), con validez, se entiende, en aquellos territorios en que disfruten de rango normativo. Correos, pues, da un primer paso para acogerse a esos modismos lingüísticos de uso común en algunas CC.AA donde, para obtener, por ejemplo, la especialidad de Cirugía es tan importante, si no más, el dominio del gallego o del vascuence que la propia pericia quirúrgica. “Soy su cirujano…”, te dice el tipo ataviado con bata blanca y que blande un serrucho, “… aprobé las prácticas de chiripa, pero soy euskaldun de toda la vida, baserritarra del Goyerri, oiga. Le amputo la pierna por una apendicitis y luego vamos por Donosti a tomar unos txikitos en plan jatorra”.  

Correos, que tiene por ley la encomienda de prestar el servicio postal universal, sucumbe a los particularismos lingüísticos que restringen la movilidad de los trabajadores y fijan su desempeño profesional a un ámbito geográfico delimitado por acentos y fonemas. Esta decisión no restituye ningún derecho menoscabado, ni repara una situación de injusticia, todo lo contrario, establece criterios discriminatorios entre personas en función de la lengua y esto se aprecia en casos que nos sirve la propia realidad, verbigratia:

-Muchos trabajadores del grupo de edad de más de 50 años que tienen como lengua de referencia familiar el catalán, el vascuence o el gallego, estarán en desventaja con relación a aquellos otros de edad inferior que sí fueron “inmersionados”, por así decirlo, en dichas lenguas durante su etapa escolar. De modo que éstos últimos podrán acreditar la titulación académica requerida por la empresa y los primeros no, aun siendo hablantes de las citadas lenguas, resultando de todo ello un castigo añadido al colectivo de trabajadores de mayor edad sin empleo. Bien entendido que este efecto perverso de la disposición es una bagatela sobrevenida, pues entiendo que la valoración de lenguas cooficiales para clasificar y repartir cartas, a pie o motorizado, ya no como requisito, siquiera como mérito a considerar, es una melonada innecesaria, aunque concordante a estos tiempos enloquecidos. 

El establecimiento de baremos lingüísticos por parte de Correos para optar a una plaza es el inicio de una política de barreras que condicionará el libre tránsito de trabajadores por una cuestión que nada tiene que ver con la idoneidad del desempeño requerido. Aquéllos que no conocen más lengua que la común, partirán en desventaja allí donde exista una lengua co-oficial que desconocen. Y, al contrario, los trabajadores que acrediten debidamente el conocimiento de una de esas lenguas co-oficiales estarán en igualdad de condiciones con los candidatos de un territorio donde no exista más lengua oficial que la común, estableciéndose de facto una relación asimétrica, en beneficio de unos y perjuicio de otros. Y no digamos ya cómo rabiarán los partidarios de la oficialidad de “hablas” o variantes dialectales que no son reconocidas por la disposición de Correos, sea el caso del bable o de las “fablas” pirenaicas: “Guaje… ¿Por qué a mí no me das un “puntín”?… Puxa Asturies, el orbayu y los carbayones”.

Pero hay más («embolica que fa fort»). Correos también puntuará a los candidatos el conocimiento de lenguas que NO son oficiales, por ejemplo, en Ceuta y Melilla (“dariya” y “tagmazid” respectivamente, o así figuran transcritas en las bases publicadas) y se entiende que es por cercanía a parte de la población residente en dichas localidades. Por esa misma regla de tres, densidad de hablantes de una lengua en un área determinada, aun no siendo oficial, habría de baremar Correos el conocimiento del alemán en algunos municipios de Mallorca al copo de “jubiletas” tudescos, o del urdu, ya puestos, en el distrito postal 01 de Barcelona (El Raval), en Salt (provincia de Gerona) o en algunos barrios de El Vendrell (Tarragona).

Al adoptar este modelo, pareciera que Correos, bajo la férula del actual Presidente, “amiguísimo” y “enchufadísimo” de Pedro Sánchez (*), quiera desandar el camino de la prestación del servicio postal a escala nacional, y quién sabe si algo más… como si pretendiera, pasito a pasito, remodelar estructuras y adecuarlas a una hipotética fragmentación al gusto localista más exacerbado, diseñando acaso un futuro “despiece” de la empresa y su “traspaso”, en un formato regionalizado de operadores postales, a  las taifas autonómicas.

Tiempo atrás vimos que Unipost, hoy en quiebra, se postulaba en Cataluña para sustituir a Correos con el beneplácito del gobierno autonómico durante la fase más alarmante y delirante del latoso “procés”. Cambian las tornas, o mejor dicho: el acoso a España y a la vigente legalidad constitucional diversifica escenarios y desde Barcelona se desplaza a Madrid, y sospecha uno que ahora Correos SAE se plantea, a la inversa, ser ese mismo Unipost… pero no sólo en casa, también en Valencia, Palma de Mallorca, Bilbao y Santiago de Compostela (territorio Núñez Feijóo, que en tiempos fuera, qué tendrá ese incómodo sillón, Presidente de Correos), convenientemente desagregado en 17 parcelitas adaptables a un horizonte de transferencias competenciales.

Nadie se imagina que en la republicanísima Francia, donde se hablan diferentes lenguas, La Poste puntúe a los candidatos a integrar su plantilla por acreditar conocimiento de corso (en Córcega), catalán (en Prats de Molló o Perpiñán), vascuence (en Biarritz o San Juan de Luz), alemán (en algunas localidades de Alsacia) o canaco (en Nueva Caledonia donde, por cierto, los indigenistas acaban de perder otro referéndum independentista). A fin de cuentas todos hablan francés y allí lo tienen claro: LAS MISMAS OPORTUNIDADES PARA TODA LA CIUDADANÍA, sin concesiones particularistas de por medio que otorguen a colectivos concretos derechos políticos diferenciados… lo que atentaría gravemente contra el espíritu fundacional de la República.

Si algo debiera premiar Correos con 10 puntos, pero a escala no nacional, sino planetaria, si tuviera jurisdicción en ello, es el conocimiento del silbo gomero, que es un lenguaje tonal y ancestral “silbado” por los isleños para comunicarse en la distancia entre aquellas abruptas barrancas y quebradas, al tiempo que dan (o daban) unos saltos tremendos ayudados de unas pértigas primitivas para salvar los desniveles del terreno. Razón por la que la isla canaria siempre demandó traumatólogos y carteros que llamaran a la puerta dos o más veces.

(*) Se rumorea en los mentideros capitalinos que el Presidente de Correos, íntimo de Pedro Sánchez, es el más zoquete de toda la pandilla. Enchufe, en su caso, que hace bueno el viejo proverbio postal: “El que vale, vale, y el que no a Correos”.

PS.- Al fin una buena noticia: El asesino Rodrigo Lanza (véase “A la (puta) cárcel”), ídolo de la izquierda española, particularmente de Colau y su alegre troupe (“Picharelo”, “La meona de Barcelona”, Albano Dante Fachín… -¿Qué habrá sido de ese sujeto siniestro?-… Jaume Asens, etc), ha sido condenado a 20 años de prisión por el alevoso asesinato de Víctor Laínez, botellazo en la cabeza por la espalda, con agravante de odio sectario. Me he tomado un buen “pelotazo” para celebrarlo. Se duerme mucho mejor sabiendo que ese tiparraco inmundo está entre rejas. Aunque lo suyo sería, convendrán conmigo, una “perpetua”.

Poltrona, Tortell: el payaso rencoroso

A Manuel Aguilella, «Patancrátor Máximo» de Patanes Sin Fronteras

“Poltrona” no es un buen alias artístico para un payaso. Las poltronas y los payasos son como el agua y el aceite: no casan bien. El bufón, va de suyo, se mueve siempre en el filo de la navaja. Está investido de una licencia especial para decir, irónico y cínico, las cosas que nadie más puede en presencia del rey, pero una humorada excesiva, un paso mal medido, apenas unas gotas de más de vitriolo en su cóctel de comicidad, o un malhumorado día del monarca (un ataque de gota o un dolor de muelas… “Que le corten la cabeza”), truecan en un plisplás el género bufo en tragedia y acaban sus volatinerías, mordacidades y ocurrencias desternillantes en una sombría mazmorra, colgado de un gancho como la chacina o deslenguado con tenazas al rojo.

El payaso, el bufón, risas al margen para todo público, es, por definición, la conciencia crítica de la sociedad, y si no es así no hay ni acerada burla, ni ludibrio, ni mofa, ni befa. Ni “Opiniones de un payaso”, de Heinrich Böll, que estaba el pobre obsesionado con las expectativas electorales de la CDU. Cuando un payaso como tal, por su ejecutoria de payasadas, recibe medallas y honores o pregona un acto institucional de parte del poder político, miau… algo falla. Y se podrá decir entonces que el payaso ha desertado de su bandería y se ha pasado al enemigo. Es decir, no es íntimamente un payaso. Acaso un funcionario palatino como el chambelán, el doméstico vaciador de bacinillas o el palafrenero. Un funcionario algo sui generis, pero un funcionario al cabo.

Para mí tengo que Poltrona, Tortell, no es un payaso vocacional, aunque puede que lo sea profesional. Quiere decirse que paga sus facturas (agua, luz, gas, hipoteca) gracias a su desempeño como supuesto payaso y a los servicios prestados. Por ello le nombran pregonero de las fiestas patronales (quise decir, matronales) de Barcelona por designio del consistorio. Y allí, en primera fila, evocando aquellos tiempos en que se disfrazaba de abeja “Maya” enmascarada de la PAH, estaba la sedente y sonriente Ada (sin hache) Colau aguantando todo el chorreo bilioso y rencoroso del fraudulento saltimbanqui, feamente pintarrajeado como el cuadro cubista de un pintor mediocre, de un pintamonas. 

En efecto, hemos visto las imágenes de un Poltrona descompuesto, largando sapos y culebras por la boca contra aquellos que no hablan en catalán habitualmente, a los que llama “inadaptados sociales”, imbuido de odio, con cara desencajada y el maquillaje corrido, aplicado a brochazos sobre la cara y que no disimula su animosidad, su alma atribulada por el coraje y por sentimientos hostiles. Y nos recuerda al payaso sanguinario de “Balada triste de trompeta”, de Alex de la Iglesia… el patético payaso que no sabía hacer reír a la gente. El payaso malogrado que no se erige en paladín de los “inadaptados”, sino en su delator (les señala con el dedo). Una auténtica birria, un jodido fraude de payaso que se cisca en la universalidad del humor como lenguaje, del humor como gramática e idioma transfronterizos.

Poltrona, pues, rehúye la condición de outsider, de forajido conveniente a todo payaso que se precie para degenerar en alabardero asalariado de la risa domesticada… en chistoso regimental, lo que en Sevilla llamaron siempre un “agradaor” de señoritos al calor del poder: ése que sacude al amo el polvo de la hombrera, eso sí, con chispa y gracejo, pues pretende su generosa ración del rosco, del pastelillo (“tortell”), para continuar cómodamente “apoltronado” en la silla gestatoria del humor servil al gusto de la oficialidad.

A Poltrona, Tortell, le sobran ingenio y pelendengues, qué valiente, para morderle la yugular a la camarera del parlamento regional crucificada en las redes sociales por los “consocios-òdium cultural” de Vigo Mortensen (“quienes hablan castellano son unos inadaptados”). Ése es el bagaje del amigo, su genuina valencia humorística. Contra la escanciadora de copas, los representantes sindicales de Nissan y otros muchos “inadaptados”, brotan del bocón de Poltrona géiseres de espumarajos y mala baba y propaga en estos aperreados tiempos de pestilencia aerosoles orales más peligrosos que los del coronavirus, los del odio.

Mientras Poltrona, dormita a los pies del amo y sueña con hincar dentelladas a los proscritos, para saborear luego la jugosa recompensa a su lealtad (el perro no muerde jamás la mano que le da de comer), los bufones de verdad escapan por la ventana del Clínico para eludir un Consejo de Guerra, como Boadella (tiempos en que la pena de muerte era legal), o llevan escolta para no espicharla descalabrados de una pedrada. A uno le brinda honores un destacamento de la Guardia Urbana con uniforme de gala, airones y charreteras, y a otros les escarnecen con dinero público en un teatrillo roñoso del barrio de Gracia (*).

Las gansadas de Poltrona nos hielan la risa (como la sangre en las venas a la “amachu” de los Pagaza, las subalternas declaraciones pro-HB de Idoia Mendía) y nos queda esa cara patidifusa y angulosa de sonrisa ósea, maxilar, esquelética, sepulcral sonrisa como de fosa común, de calavernario. Cuando Poltrona, ayuno de espíritu crítico ante la jerarquía, brama el chiste malo y supremacista de la “inadaptación lingüística” buscando el aplauso de la superioridad, nos traslada a aquellas viñetas facilonas de los nazis en las que los judíos eran caricaturizados (o caracterizados) como ratas y cucarachas, o a las de los burgueses y los “mujiks” orondos, los primeros con chistera, de la propaganda soviética cuando las purgas masivas, primero de Lenin y luego de Stalin. Acomodado (por “apoltronado”) en el establishment nacionalista, Poltrona largo tiempo ha olvidó que el bufón ha de ejercer de contrapeso para enfatizar la necesidad de la salubre separación anímica de poderes entre risa y llanto.

Sorprende, es un sarcasmo, que Poltrona, Tortell, ostente la presidencia de una ONG (en su caso, mejor OSG, Sí Gubernamental) intitulada Payasos Sin Fronteras, cuando lo suyo son las fronteras precisamente, pero esas fronteras murales electrificadas con millones de voltios, alambre de espino, concertinas y bayonetas, para contener del otro lado a los mugrientos “inadaptados” que somos legión. Y así pasará la vida el fundador del Circ (Circo) Cric, que jamás me contará en sus funciones como espectador, colando alguna melonada más o menos risible entre aplausos y medallas pensionadas como el Premio Nacional de Teatro que le fue concedido en el año 2013, gobierno Rajoy, sazonado con la friolera de 30.000 €. No tuvo Poltrona el menor escrúpulo a la hora de guardarse el fajo en la faldriquera. No nos sorprende… son las 30 (por mil) monedas de plata de la traición.

No sabe uno si Poltrona actuará un día junto a aquel inolvidable dúo pro-etarra, Pirritx eta Porrotx, en su cruzada contra niños “inadaptados” y otras gentes de mal vivir. Pirritx y su pareja de baile guardaban en su repertorio, como una bala en la recámara los pistoleros, un embromante gag parecido a éste: “Al ver un fiambre tirado en la calle con un tiro en la nuca, cubierto con una manta térmica… diremos a los peques de un pueblito del Goyerri… “¿Por qué no lo dejan en un contenedor de basura?… en el de materia orgánica, que hay que reciclar”… ja, ja, ja, y nos troncharemos de la risa». O si formará itinerante compañía con Krusty, el avariento payaso de los Simpson. Pero ninguno mejor, por afinidad de caracteres y visión del mundo, que Pennywise, el payaso de It, con quien haría buenas migas.

Cuando me han llamado “payaso”, en mi condición de Vicepatán de Patanes Sin Fronteras, he sentido siempre una honda satisfacción… ese como ese plácido hormigueo que, a veces, y sin estimulantes pensamientos de dos rombos de por medio, hace que involuntaria y lentamente se desperece la pichurra. “Payaso”, a mi juicio, es un insulto fallido, pues no denigra a nadie, pero al vero payaso denigra que a Poltrona le traten de tal. Si el alma de Poltrona, Tortell, fuera frangible como el cristal, y tras su cara de risa ocultara su quebranto y derrota, cantaría por bulerías el Payaso triste de Bambino que anónimo languidece, entre el humo y las copas vacías, en un rincón de la taberna. Pero está claro que Poltrona no simpatiza con los perdedores, con los “inadaptados” de este mundo, por eso en su puta vida será un payaso, por muchos tartazos que dé.

(*) Almeria Teatre programó una chufla titulada “Ubuadella” para execrar a nuestro bufón favorito, el más grande, digno heredero del mítico Triboulet.  

La «inmersionada» alcaldesa de Montcada

La alcaldesa de Montcada i Reixach es ejemplo viviente del gran éxito de la inmersión lingüística obligatoria en la escuela pública. Es la inmersión encarnada. Y no lo digo yo, lo dice ella. La interfecta, qué mosca le picó, se dirigió en español a los empleados de Nissan “en lucha” por la huida largo tiempo anunciada de la multinacional nipona. En el municipio vallesano, sede de la antigua Motor Ibérica, tiene la empresa automovilística una de sus factorías.

Paréntesis. Sabido es que Nissan se larga a uña de caballo porque no le place que buena parte de su producción pague aranceles, si pretende colocarla en países miembros de la UE, en caso de hacerse efectiva la separación de Cataluña. Nunca se enuncia este argumento, que es el busilis de la cuestión, y nos remiten a más templados sucedáneos del tipo “incertidumbre política y falta de seguridad jurídica”, inherentes a la atorrante monserga “procesual”. Los empleados afectados por la inminente deslocalización sí se han ocupado de difundirlo, a deshora, claro, mediante esos adhesivos que a lo mejor usted ha visto en una farola: PROCESO = CIERRE NISSAN. Esos mismos empleados, dicho sea de paso, afiliados a los “bizcochables” sindicatos que acudieron a golpe de pito a firmar el así llamado “Pacto Nacional por el Derecho a Decidir”, no fuera que al no salir en la foto se quedaran sin las subvenciones de rigor del cacicato autonómico. Luego se subió al carro del desbarajuste Janet Sanz, la segunda de Colau, y clavó en la cerviz del astado un rejón de muerte con la “oportunisísisima” reivindicación de un “replanteamiento integral de la industria automovilística” en Barcelona y comarca “aprovechando” las crisis económica y sanitaria. “Ésta es la nuestra”, se dijo para sus adentros la doña partidaria del “decrecimiento económico”.

La alcaldesa de Montcada, procedente de ICV-Els Verds y ahora “común” (Podemos versión “punto cat”), derramó unas lagrimitas cuando, tras dirigirse en español a los trabajadores de Nissan en una asamblea para insuflarles ánimos en tan duro trance, fue por ello despellejada viva en las redes por los ultramontanos defensores de la pureza idiomática. La munícipe, Laura Campos, afeó al nacionalismo intransigente (perdón por el pleonasmo) las críticas recibidas por esa causa. Lo que nada tuvo de extraño, pues el mismo trato dispensaron los talibanes de “barretina calada” a los representantes de la plantilla que se expresaron en español también ante los medios de comunicación. “Que cierren la factoría”, es decir “Que se jodan”, clamaban airadamente los catalanistas hiperventilados en arremolinados “tuits” al ver en la tele a esos operarios respondiendo a la reportera en la demoníaca lengua de la opresión.

Laura Campos fue, en cambio, acunada compasiva, amorosamente casi, por los pocos medios (todos de nuestro entorno) que se hicieron eco de la noticia, más por enfatizar mediante el contraste la indubitable villanía de sus detractores, supongo, que por verdadera sintonía con la interfecta. Pues en el fondo, sostiene Laurita, que con los trabajadores, comadres, putas y yonquis se puede hablar en español (e incluso con sus convecinos al pedirles el voto en un mitin electoral, pues es aquél el idioma mayoritario en la comarca), pero si la llama TV3 para participar en un debate… hablará en catalán, por supuesto. Esto es, para la alta política, para las cosas serias el catalán por bandera, pues ella es “el espíritu y la letra” de la inmersión, la prueba irrefutable y victoriosa de la culminación del proceso de exclusión del español del mundo educativo (y de la vida institucional) iniciado en 1983 con aquella chicuela, “Norma”… ¿La recuerdan?… “Sóc la Norma”, “El català, cosa de tots!”… Qué ingenua parecía la damisela, mono azul, camiseta amarilla, pelo à la garçonnière y carita de no haber roto un plato en la vida. 

Laura Campos estima oportuno dirigirse en español a los “currelas” de la cadena de montaje, tipos con el culo pelado en la brega fabril… pero no así a los hijos de éstos, si los tienen, cuando calientan pupitre en el aula. ¿Es una medida profiláctica para blindar los aún tiernos tímpanos de las criaturas de los daños irreparables que les causaría la audición de ese idioma maldito?… Laura Campos es una fan de la inmersión en la escuela pública, donde sin duda estudian sus hijos, si ha sido elevada a la dignidad materna. Es sabido que todos los partidarios de la “inmersión”, y, por ende, de la gran “cohesión social” que habilita dicho sistema, se dan de bofetadas, pero a dos manos, oiga, por llevar a sus peques a la “pública” para que se beneficien de las loabilísimas virtudes “inmersoras”. Ha de saber Laurita que aquellos que la abuchean acerbamente, son conspicuos defensores de esa inmersión de la que ella saca pecho y se gloría campanudamente. Conste en acta que fueron pedagogos (sic) afines al PSUC, su partido-nodriza, y conchabados con Jordi Pujol, los muñidores del birrioso y liberticida engendro.

Hete aquí que a Laurita le sale una inesperada competidora por la primacía “inmersora”, y es otra alcaldesa, Nuria Parlón, de Santa Coloma de Gramanet. Nuri, indulgente con los presos “sediciosos” en sus manifestaciones públicas, ha invitado a sus conciudadanos a hablar en catalán a sus propios hijos en toda ocasión, aunque entre los cónyuges lo hagan en español, lo mismo cuando riñen que cuando engendran a su prole… idioma en el que la interfecta, por otra parte, se dirige invariablemente al personal para revalidar las mayorías absolutas del PSC en las elecciones municipales. Confiesa la “parlante” Parlón, hija de la “migrante emigración”, que ella, ése fue el insuperado trauma de su candorosa niñez, hablaba en español con sus papis, claro es, pero ha dado un giro copernicano y ahora lo hace en catalán con sus hijos. De modo que los pequeñuelos “inmersionados”, aunque la española (oficial aún) sea su lengua de referencia familiar, devienen una suerte de pueril avatar del “buen salvaje” de Rousseau en horario lectivo y por ello es preciso preservar su inocencia de corruptoras intromisiones idiomáticas. ¡Son tan pequeñines para envilecerlos enseñándoles el abecedario en lengua española, pobrecitos míos!… A fin de cuentas, ya la aprenderán el día de mañana viendo los programas de entretenimiento de Tele-5 o departiendo con sus camellos cuando acudan a los narcopisos de El Raval (“Ravalpindi”) a pillar papelas de coca o de heroína.

Antaño, en la era “amontillada” (culmen del “charneguismo agradecido”), el ambiente regimental permitía el uso público (televisivo, radiofónico, aunque tasado y a regañadientes), a los adultos, de la inicua lengua colonial… siempre que fueran elementos “políticamente” asimilados, es decir, votantes de esa izquierda lacayuna (PSC e ICV) que luego entrega en bandeja de plata las papeletas cosechadas en Cornellá, Santa Coloma, El Prat, Hospitalet o Montcada (por cerrar el círculo), al nacionalismo o separatismo, que lo mismo es, que es lo mismo. Pero hoy esa pantalla en “Catatònia” ha sido superada y los supremacistas lingüísticos ya no pasan una y le dan palos a mansalva a una camarera del parlamento regional por hablar en español en un reportaje de TV3: “¡Que despidan a esa furcia!”.

O reniegan en arameo contra la citada cadena (cosas veredes), “la nostra”, es decir, “la seva”, por emitir una serie, que llaman “culebrot”, donde varios actores cometen la turpísima osadía de interpretar en español su papel. Si tuviera que apostarme algo, diría que uno de ellos debe de ser el fulano que pasa las pildorillas alucinógenas a la pandilla de chicos que la protagonizan, y otro el energúmeno que sacude a su novia o manifiesta actitudes racistas en cada capítulo, de conformidad con los roles que adjudica TV3% a los chandalas que hablan la lengua foránea por excelencia… pero es un decir, pues no sé ni qué serie es, ni de qué diantre va, ni tengo interés alguno por verla. Y, de buen grado, desintonizaría la cadena, si consintiera la autoridad conyugal. En definitiva, Laurita & Nuri, guapas, meteos la inmersión por donde os quepa…

Perla 17. De la Normalització al negacionisme lingüístic – Perles negres,  Perles blanques

 

La huella

Cuando nos hablan de “la huella”, nos viene a las mientes la pisada del primer hombre en la Luna al acuno de la concertada música de las esferas celestes. En efecto, tras el alunizaje del Apolo XI en el Mar de la Tranquilidad, año 1969, la tripulación, Armstrong, Aldrin y Collins (nos la supimos de carrerilla como la tripleta atacante del equipo de fútbol de nuestros amores), holló para la Historia la superficie del satélite: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”. Y si no es en eso, pensamos en “La huella”, sensacional obra teatral en formato cinematográfico (no puede faltar en su videoteca) rodada por Mankiewicz e interpretada magistralmente por Laurence Olivier y Michael Caine. Qué peliculón, mamma mia.

Pero no, ni esas dos, las más famosas, ni siquiera la huella de un bigfoot, una suerte de legendario ogro peludo y boscícola, un “yeti” en versión amerindia (lo que sería el asilvestrado basajaun de la mitología vascongada), hallada por incansables aficionados a la criptofauna en la frondosa foresta aledaña al monte Hood (Oregón). Esos tipos animosos que se pasan la vida huroneando, sin demasiada fortuna, en el lago Ness en busca del simpático y esquivo Nessie. La huella que nos ocupa, la genuina huella que es símbolo del camino emprendido por la humana estirpe hacia su perfeccionamiento moral y espiritual es la de Jordi Cuixart, ahormada sobre un bloque de arcilla por el famoso artista chino Ai Weiwei, idolatrado por la progresía mundial.

Afirmativo, el artista, disidente del régimen chino, pero partidario a lo que se ve del liberticida nacionalismo en Cataluña, visitó al golpista Cuixart en Lledoners por cuenta de Òmnium (Òdium) Cultural, es decir, a cargo del contribuyente por tratarse de una entidad hipersubvencionada, y tuvo la feliz e inspirada ocurrencia de hacer un molde de la huella pedicular de nuestra versión nativa del Mahatma Gandhi. Dicha huella habría de servir para ilustrar de manera simbólica la conmemoración de la Declaración de los Derechos del Hombre… a dar golpes de Estado contra democracias homologadas. Lo suyo habría sido encajar esa huella en el capó, a modo de pedestal, de un coche-patrulla de la Guardia Civil, desde donde el interfecto se dirigió, megáfono en mano, a las masas enfervorecidas. Se dice que Ai Weiwei ha sido “fichado” (me excusarán de decir en qué consiste el fichaje, pero no es un secreto que todo fichaje conlleva una “ficha”) por la trama de acción exterior de la Generalidad de Cataluña. Tan singular obra ha sido expuesta en el Museo de la Terracota sito en La Bisbal del Ampurdán y opta a ingresar, con todos los pronunciamientos a favor, en el más selecto catálogo de maravillas escultóricas junto a los “davides” de Donatello y Miguel Ángel y al Perseo de Cellini.

A propósito de Ai Weiwei, aquí va un apunte de sinología doméstica. Para mí tengo que a los chinos avecindados en España, quizá no tanto a sus descendientes ya nacidos aquí, y más naturalizados al país, los occidentales les parecemos una colección de auténticos botarates. Ellos montan sus negocios, sean bazares al copo de artículos invendibles, o bares de barrio, los bares de las partidas de brisca y dominó de los jubiletas de toda la vida, pues ya pasó el boom de la cocina cantonesa, y todo lo demás se les da una higa.

Siempre he apreciado su discreción: ni conspiran en secretos cubiles para adosarnos bombas lapa bajo el trasero para mayor gloria de Confucio o por restañar el orgullo herido de la emperatriz Cixí (la bruja ungulada de “55 días en Pekín”), ni nos dan la murga con la insufrible llantina de la discriminación racial, ni nos hostigan con serenatas a toda castaña de sus músicas tradicionales, sea el caso de mis “adorables” vecinos dominicanos, vallenato, bachata y merengue, a concierto diario. Y es que no les interesamos en absoluto. Algo ven en nosotros que les disuade de mezclarse, de buscar nuestra amistad o compañía. Y les alabo el gusto: nada hay en nosotros que codicien salvo esas modestas transacciones que mantienen abiertos y operativos sus comercios. Y no es que, a mis ojos, sea China sea un dechado de virtudes: por fin han prohibido un tradicional festín en no sé qué región a base de carne de canelo (además, corren malos tiempos para el suculento pangolín à la meunière) y nadie sabe con certeza qué precipitados víricos urden en sus laboratorios.

Quizá lo antedicho no constituya el ejemplo más deseable de integración en la sociedad receptora, pero si aquélla ha de servir para que sus chicos desfilen ataviados con camisetas del Barça, “Messi” a la espalda, nos dejen atónitos largándonos un sermón sobre las virtudes incontables de la “inmersión lingüística en la escuela pública”, sin olvidar el ítem obligado de la supuesta “cohesión social”, o les dé por hacer la mili en los CDR del ejército lazi, talmente los hijos de “petomán” Torra… casi mejor lo dejamos como está.   

Cuixart pasará a la posteridad, gracias a Ai Weiwei y al estratégico museo ampurdanés, como uno de esos hombres excepcionales que han dejado huella en el planeta, integrante de esa pléyade de líderes irrepetibles, y entre ellos los más comúnmente citados, Julio César, Leonardo Da Vinci, Newton, Bonaparte o Einstein. Su huella, como la brújula que señala el norte magnético, marca el camino a la tierra de promisión, a la libertad en su más amplio y elevado concepto. Acaso al paraíso místico de Shangri-La. O, una pisada y luego otra, forjarán la senda sagrada del guerrero en pos del reino secreto de Shambala, en un recóndito paraje del Himalaya, de donde saldrá un ejército comandado por el último avatar de Visnú, el temible paladín Kalki, a lomos de su corcel Devadatta, para destruir el mal que un aciago día señoreará y asolará la tierra. Pues ya está el bueno de Kalki tardando (versos milenaristas y proféticos del brahmanismo).

De modo que la huella de Cuixart en la arcilla es una señora huella y no la que usted deja, don importante, en el barro o en la nieve. Las comparaciones son odiosas. Cierto que Cuixart ha dejado otras huellas para el recuerdo, las dactilares, cuando ingresó en prisión y tocó en “Recepción”, según el antañón argot patibulario, la entintada pianola. La huella del pinrel de Cuixart es uno de los más “fragantes” souvenirs… (use o no productos desodorantes de la gama Peusek o duerma con patucos en las frías noches de invierno en el astroso catre de su tabuco penitenciario)… que nos deja el incesante “proceso” de nuestro particularismo enragé, junto al sentido homenaje tributado por los CDR al bolardo “abatido” por las fuerzas del orden tras registrar la sede de Unipost en Tarrasa. Unipost, hoy en liquidación concursal, y que era el operador postal elegido por los golpistas para sustituir a Correos y Telégrafos una vez proclamada la independencia. El bolardo caído tuvo su homilía póstuma y le rindieron nocturnos honores unos señores pertrechados con antorchas (¿Pacientes fugados de una casa de reposo? ¿Politoxicómanos embalsamados en sustancias psicotrópicas?). Desgraciadamente, no es una broma. Copien el enlace que sigue y comprobarán que tendemos a subestimar el prodigioso nivel alcanzado por la estupidez humana (véase el divulgado de ensayo Carlo M. Cipolla). Bolardo que, burla burlando, habría de suscitar, por qué no, el interés de un artistazo como Weiwei si de lo que se trata es de dejar huellas indelebles de nuestro paso a la gandaya por este valle de lágrimas.  

https://www.20minutos.es/noticia/3773714/0/los-cdr-rinden-homenaje-a-un-bolardo-derribado-por-los-mossos-en-terrassa-y-se-equivocan-de-poste/

 

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