Objetivo Madrid

Se acerca el día D, hora H: el día de la “Marcha sobre Madrid”. Tras la exitosa convocatoria de la entidad Más Plurales contra la aprobación de la birriosa Ley Celaá, de la ministraá indocumentaá, las asociaciones que en España defienden la libre elección de lengua oficial en la escolarización de los niños (o su versión aminorada de bilingüismo en horas paritario en determinadas regiones), han entendido que el problema de la lengua, y su solución, reside en la nación, y por representación de la misma en la capital y en las instituciones nacionales, y no en Barcelona, Santiago de Compostela, Palma de Mallorca, Vitoria o San Sebastián de la Gomera (por la novedosa pretensión de aupar al silbo gomero, pintoresca lengua tonal de la isla, a la condición de lengua co-oficial y de futuro rango diplomático, hasta el punto que, dicen, se ensayará su uso en las conferencias al más alto nivel para dirimir el conflicto árabe-israelí).

Se ganarán o perderán batallas en un colegio de Badalona, de Sagunto, La Coruña o Manacor, pero la guerra se gana o se pierde en Madrid. Se podría afirmar que la auténtica convocante de la marcha ha sido laá propiaá Celaá y su ley felonaaá, pues las asociaciones defensoras de los derechos lingüísticos (que en España hoy son los derechos civiles en riesgo) nunca habían trasladado su protesta a la corte y villa, como sí hicieron por su propio interés los taxistas, los bomberos o los envasadores de almendras garrapiñadas.

Una vez que el gobierno de coalición PSOE-Podemos (con la estrecha colaboración de los separatistas catalanes, de la rama política de ETA y de otros partidículos minoritarios) niega a la española, otrora común y oficial, la condición de lengua vehicular en la escuela, incurriendo no sabe uno si en una traición monda y lironda o en una figura próxima al delito de lesa patria, o en una mezcolanza de ambos, entienden las asociaciones aludidas que no cabe otra defensa posible de sus principios que la comparecencia física en la capital del reino que es donde se ventilan estas cuestiones.

Desde este momento ya no cabe perder el tiempo rebatiendo los mendaces argumentos de los promotores de la inmersión obligatoria en lenguas co-oficiales, sea el supuesto conocimiento óptimo del idioma de los alumnos avecindados en Olot con dos horas semanales de Lengua Española (recuérdense los matizados discursos en español de Marta Rovira, hoy fugada, en la tribuna del Congreso elevando a cotas sublimes la lengua de Cervantes) o la deseada cohesión social en Cataluña que al parecer depende de que Miguelín Álvarez, de nueve años de edad, aprenda en su escuela de Santa Coloma de Gramanet el proceso metamórfico de sapos y ranas, por bemoles, en catalán. Vamos, que las huelgas generales, las crisis económicas, los disturbios, el vandalismo institucional y callejero del “Procés” y otras cuestiones de grueso calibre no afectan en absoluto a la “cohesión social”, pero aprender en español los afluentes del río Duero, sí. Toma castaña.

Rotas todas las barreras, fuera ya las máscaras carnavalescas, es ya una verdad sin efugio que el problema de las lenguas de escolarización es una cuestión angular del debate político que interesa a la propia estructura del Estado, a la integridad de la nación, a la misma preservación de la democracia, a la conculcación de los derechos fundamentales por parte del poder y a la genuina libertad de los ciudadanos.

Las asociaciones organizadoras de la marcha, y entre ellas la decana de todas, la Asociación por la Tolerancia, han transmitido un mensaje comprensible y optimista, en positivo, detraído al fin de la especiosa terminología de lingüistas y pedagogos que desinteresa y aburre al común de los mortales… que son exactamente los mismos que cada cuatro años acuden a votar. No se trata sólo de invocar la mayor adquisición de conocimientos académicos en la lengua materna del alumno, si es oficial, como recomienda la UNESCO (y reclamaban los nacionalistas en la Transición, sea el caso de la recordada intervención de Trias Fargas), la competencia lecto-escritora en los años primeros del ciclo escolar u otras cuestiones, sin duda, de mucha miga, y que han de figurar por tiempo indefinido en los artículos de opinión de los más sesudos especialistas, sino que el busilis de la cuestión lo protagoniza simple y llanamente la libertad para elegir. Un argumento, si se quiere, menos elaborado, pero de más contundente impacto en el grueso de la opinión pública.

Para elegir, pues, como adultos, como personas libres que quieren vivir en un Estado moderno y democrático que garantice sus derechos fundamentales y no verse relegados a la subalterna condición de súbditos o abocados a litigar para obtener unas migajas de lo que habría de pertenecerles sin más, por derecho de cuna. Para poder estudiar en español en España de una puta vez, como se estudia en francés en Francia, en danés en Dinamarca o en portugués en Portugal. ¿Tan extravagante es?… «Estudiar en español en España porque así lo queremos y así lo hemos decidido». Ése es el mensaje. Un acto de voluntad, sí, sí, de voluntad, querer es poder, como dicen los «malos». Quizá no somos mejores que ellos, pues todos estamos hechos del mismo barro.

Pues qué clase de arquitectura legal es la de una sociedad que no permite escolarizar a los niños en su lengua materna, siendo oficial, común a todo el país y una de las lenguas de comunicación, cultura y civilización más importantes del mundo. ¿Qué país medianamente civilizado puede consentir una auto-mutilación de esa magnitud, una incongruencia como ésa?… ¿Qué sus nacionales no puedan estudiar Matemáticas, Sociales o Naturales en la lengua nacional? ¿Quién puede avalar o justificar, sin que le caiga la cara de vergüenza, semejante sinsentido, semejante gilipollez?

Establecido que hoy en España la lucha por los derechos civiles (a falta de un Martin Luther King) es la lucha por los derechos lingüísticos, y que no se pretende la recuperación del español como lengua vehicular en la enseñanza porque peligre el futuro de dicho idioma, ni cosa parecida, pues no se discute eso, aunque sí peligran los derechos de sus hablantes en algunas regiones (de hecho ya han sido vulnerados), la Asociación por la Tolerancia, y otras afines, han buscado y encontrado sinergias con la plataforma Más Plurales para organizar una pacífica “marcha sobre Madrid” con el “derecho a elegir” como fundamento de la movilización. Pues elegir centro de escolarización y elegir lengua oficial para esa escolarización son dos patas del mismo banco frente a la marea prohibicionista del gobierno de Pedro Sánchez teledirigido por podemitas, separatistas y pro-etarras. Y, lo crean o no, la han organizado, se han tirado al fin a la piscina, a calzón quitado, y uno se pregunta “¿Qué mosca les habrá picado?”. Como oyen, una mani en Madrid, sin petición de firmas para una ILP, ni hostias, y poniendo en un brete a los partidos políticos de ámbito nacional con sede en la capital y representación parlamentaria.

En una próxima “tractorada” daremos fe de cómo transcurrió esa manifestación histórica con unos cuantos datos y un par de simpáticas pinceladas. Qué calles y plazas recorrió. Cómo se distribuyeron los participantes. Qué lugares emblemáticos visitaron. Quiénes faltaron a la cita… Lo decimos por Alberto Núñez Feijóoooo, que tiene en su sectaria y palurda “a-normalizadora” lingüística Alicia Padín (“nadie que sea una persona culta habría de hablar en español en público”) la réplica propia de laá ministraá Celaáaaa. Vimos a todos los asistentes, va de suyo, pertrechados con banderas nacionales engalanadas con un nuevo escudo, la eñe, coronada o no, entre las franjas rojigualdas, amén de adhesivos, globitos de colorines y otros adminículos… toda una alegre impedimenta destinada a enfatizar el protagonismo de esa letra nuestra, símbolo y quintaesencia de la hoy necesaria y mañana juramentada resistencia nacional. La eñe de coño. La eñe de España.

Braulio Poch Olate (Viladecans, Barcelona), uno de los manifestantes que acude a Madrid convocado por una plataforma de asociaciones entre las que figura la decana de todas ellas, la Asociación por la Tolerancia. “Tenía unas ganas de locas de ir a Madrid para reivindicar el derecho a escolarizar a mis hijos en español de una p*** vez. Cuando acabe la mani me acercaré a la Plaza Mayor para zamparme un bocata de calamares y ventilarme una sidra con mi amiga Elvirita, que vive en Zamora”.

Más ley tontaá, digo Celaá

La Ley Celaá, de la ministraá indocumentaá, lleva por nombre LOMLOE, un acrónimo que se desglosa así: Ley Orgánica de Modificación de la LOE. Ni siquiera es una ley con nombre propio sino mediado y supeditado a la ley que deroga y sustituye. Una ley que nace bajo esas coordenadas es una ley reactiva, que no propone nada constructivo y que denota el sectarismo radical de sus proponentes. No es la mejora de la Educación su ratio cognoscendi, su razón de ser, si no la revancha, el rencor.  Una auténtica ley de PM (por darle a la máquina de las siglas, no siendo “Madre” la “M”) sería una abreviatura perfectamente descriptiva de ese feofíceo engendro. La ley se ha aprobado por un mecanismo de urgencia, sin consultas, sin debate, de matute, por la puerta de atrás y por complacer a ERC y ganar su voto afirmativo a los PGE. En definitiva, una porquería de ley politizada e instrumental para cerrar un trato nefando y vil.

Asomarse a la Ley Celaá es como asomarse a una fosa séptica o a una de esas pozas de vertidos industriales sin licencia, con ese aspecto de engrudo embalsado verdusco y de bahorrina sulfúrea y apestosa cuya superficie oleosa rompen burbujas cloradas y jabonosas. De entrada, para abrir boca, permite pasar de curso al alumnado más lerdo del aulario aún con todas las materias suspendidas. Así, a la brava. La presencia garantizada en el pupitre de los escolares menos aplicados y motivados, armando jaleo, molestando a los demás condiscípulos, boicoteando el ambiente propicio para el estudio y el aprendizaje, será una auténtica rémora para el resto de la promoción. No se librarán de esos zotes hasta el día de la licenciatura. Vaya plan. 

Pero hay más en botica. Introduce la Educación Sexual (sic) prácticamente en el parvulario, sin solución de continuidad con el destete, el biberón y el chupete, y a uno le entran temblores de agonía sólo de pensar quiénes y qué diantre les contarán a esas criaturas. Quizá la directora del programa será Aurelia Vera, la concejal socialista de Puerto del Rosario que dijo a sus alumnos-ESO que “a los niños al nacer habría que cortarles los huevitos”. Fue confirmada en el cargo con grandes honores. Da miedo, mucho miedo, más que el miedo que inspiraba al inmortal Bambino la fatídica pérdida de su amante. ¿Y la Educación Especial para chicos que precisan atención constante e individualizada por disfunciones varias, carencias severas de movilidad u otros impedimentos? A tomar por culo directamente. El objetivo es cargarse todas las plazas en 10 años y “acomodar” a esos chicos en las escuelas convencionales. Así, a pelo.

Algunos de los padres afectados por esa inverosímil decisión han replicado muy atinadamente, con humorismo desesperado, que Celaá y sus secuaces creen que la Educación Especial es como esa amable y simpática peli de Campeones, que fue éxito en taquilla hará un par de años. Con esos “protas” adorables, un pelín caóticos y chifletas que transmiten buen rollo y dan ese mensaje buenista de que, aun siendo un poco diferentes, todos tenemos buenos golpes escondidos, nuestras capacidades y virtudes. Y eso no se discute. Puede que así sea, pero por el bien del pasaje, que no me pongan a mí a pilotar un avión comercial… verías tú qué cachondeo a los mandos, ignorando el altímetro y mirándole de reojo el trasero de la azafata. Por mucho que lo repitan, no todos servimos para lo mismo.

El día a día de muchos de esos chicos, que necesitan de centros altamente especializados en cuidados y atenciones, algunas muy básicas, elementales, y nada fáciles de dispensar, para alcanzar con esfuerzo y trabajo durísimo un cierto grado de integración en la sociedad, puede que sea de película, pero es seguro que esta ley no ha hecho a las familias concernidas ni chispa de gracia. Es el riesgo que se corre cuando te tomas una peli de humor demasiado en serio. No hay que perder nunca el sentido de la realidad. Éste llega, no falla, cuando te ves involucrado por parentesco en uno de esos casos difíciles y te cae el mundo encima, señoraá ministraá. Cientos de esos niños, compartiendo aulas con chicos que disfrutan de mayores capacidades, quedarán en una dramática situación de indefensión y desvalimiento. Un atropello indignante y el total desbarajuste. 

Si alguien tuviera como oculto pero premeditado objetivo depreciar, depauperar hasta la irrisión, nivel bajo cero, la escuela pública, no promovería ley mejor que la de Celaá, la indocumentaá. Igualar el nivel por debajo, a ras de suelo, es lo que pretenden siempre los «cacicuelos» de los regímenes obcecados en “transformar la sociedad y la humanidad”, mientras matriculan a los suyos en los colegios de pago que ellos sí se pueden permitir.

Una escuela pública potente, trabajada de verdad, dotada de medios, exigente en contenidos y rendimiento, y a salvo del adoctrinamiento (siempre al dictado de la izquierda, no falla) y de desvaríos pedagógicos, es la garantía de los menos favorecidos económicamente para abrirse camino en la vida. El modelo de escuela pública-“refugio” convertida en un trastero o almacenamiento de niños que regala notas y a todo el mundo iguala en una alfabetización precaria es una puñalada en la espalda al segmento menos pudiente de la sociedad y que condenará a muchos, y con muy limitados horizontes, al paro, al empleo precario, a candidatos a perceptores perpetuos de una de esas paguitas subvencionadas del tipo “ingreso mínimo vital” y, a ser posible, con la papeleta en la boca de Podemos o del radicalizado PSOE de Pedro Sánchez a la hora de acudir a las urnas. ¿Será ésa una de las pretensiones no declaradas de la ley de marras?  

Otra de las minas anti-persona que instala la ley para dinamitar una Enseñanza de calidad es la conversión de la Alta Inspección en Baja Inspección, pues en adelante esa misión ya no dependerá de funcionarios que acceden a las plazas por oposición, mérito y capacidad, sino que se surtirán por el sospechoso procedimiento de la designación “dedocrática”. Serán inspectores gentes de pastueña obediencia a las consignas gubernamentales, siempre en tiempo de saludo.

La Ley Celaá, una ley atontaá, es la culminación de una serie de reformas educativas (la práctica totalidad de ellas perpetradas por el PSOE) que han ido empeorando, degradando paso a paso, por etapas, la Educación, particularmente la Pública, que es la más importante de un país, pues es la que da el tono de una sociedad. Celaá estudió en una escuela religiosa, y sus hijos y nietos (es abuela) en la concertada. De conformidad con los usos y costumbres de los “progres”, Celaá impone a los demás lo que no quiere para sí. Sobre todo le fastidia, también a sus correligionarios, que la gente del común tenga opciones, que pueda elegir. Eso les saca de sus casillas. Quieren la uniformidad, a ser posible, también la del pensamiento, a través de agentes adoctrinadores, que es a lo que aspira (en Cataluña llevamos la delantera) un amplio porcentaje de funcionarios que obtienen la licenciatura de Magisterio con una motivación vocacional que tira de espaldas.

“Tú podrás elegir tu condición sexual en el DNI, entre otras muchas cosas, pero olvídate de elegir dónde y qué estudia tu hijo, y en qué idioma, pues no es tuyo, sino del Estado, que todo eso lo decido yo”. La Ley Celaá es, pues, la culminación liberticida, la guinda de la LOGSE… de la senda que un día transitó Maravall con el burdo penseque de que “los chicos hasta la mayoría de edad no han zangolotear por la calle y deben de estar arrinconados en algún sitio”. Ese sitio es la escuela.

La Ley Celaá, que convierte en ley orgánica el atropello que ya era realidad de facto en Cataluña (y en otras regiones), acaba definitivamente con toda apariencia de legalidad, o mejor, de justicia y sentido común con relación a la lengua de escolarización, salvo que medie un recurso de inconstitucionalidad que, en todo caso, será atendido por “altos” magistrados capaces, por trayectoria, de “constitucionalizar” cualquier cazcarria. Otrosí dejará, al fin, en la más absoluta orfandad a muchos padres a la hora de ejercer el derecho a la tutela efectiva de los tribunales en su disputa contra las normativas educativas periféricas. Si la privación al español de la condición de idioma vehicular se consuma, qué sentido tendrá interponer denuncias para optar a una enseñanza en esa lengua, otrora “común”, que en el ámbito escolar no tendrá ya mayor rango y consideración, efectiva y legalmente, que el urdu o el cingalés.

En cierto modo, y al saber la ciudadanía a qué atenerse en esta materia con el bloque regimental (PSOE-PODEMOS-ERC-Bildu/ETA), toda vez que el odio a España toma el puente aéreo e instala sus reales en Madrid, no tendrá necesidad, qué alivio, de gastar tiempo y dinero en denuncias, abogados, procuradores, contenciosos y toda esa tralla legalista (leguleyista) que desgasta y encocora al más pintado y le vacía los bolsillos.

Este inmundo operativo “celaávita” (por los espeluznantes “cenobitas” de “Hellraiser”) no habría sido tan fácilmente pergeñado por el gobierno de España sin la inesperada ayuda de la pandemia. Esos errabundos coronavirus le han echado a Pedro Sánchez el capote de su vida para pisar el acelerador y plantear uno por uno, con una velocidad de vértigo, todos los ítems “habilitantes” (terminología legal implantada en Venezuela por los asesores de Podemos para transformar aquel otrora rico país en una de esas mal llamadas “democracias populares”) que acabarán con el Estado de Derecho consagrado en la Constitución. Para sustituir al fin la Reforma por la Ruptura, como advirtiera Jaime Mayor Oreja («qué tío agorero, qué pesado, qué exageraciones dice”) sin que nadie le escuchara.

Mientras la gente del común, abocada a la esquizotimia pandémica y colectiva, se pregunta si en Calatayud las reuniones permitidas son de seis u ocho personas, o se debate en Ponferrada si las mascotas de cuatro patas cuentan como familiares, pero no las de dos (el canario), y si en Mondoñedo los bares abren martes, jueves y sábados y los lunes, miércoles y viernes las lavanderías, nos cuelan la Reforma del Poder Judicial, los acercamientos masivos de etarras con crímenes de sangre, la instauración del Ministerio orwelliano de La Verdad y, cómo no, la Ley Celaá de la ministraá indocumentaá. A mala baba uno se pregunta si gestionaron a pésimo propósito la “primera ola Covid”, con el monigote ése de Pedro Simón al frente, para que el estropicio y el daño causados fueran tales que todas estas cacicadas antidemocráticas pasaran filtros sin generar las encendidas y enconadas polémicas que causarían en una sociedad más o menos sana y en circunstancias normales.  

Continuará…    

Uno de los “celaávitas” mejor situados para ocupar la Alta Inspección del Ministerio de Educación. Según recientes declaraciones a “El País”, el interfecto ha prometido que les sacará las tripitas lentamente a los peques que hablen español en el patio. Sus referentes: Viggo Tontensen, Santiago Espot, el Dr. Hannibal Lecter y Echenique. Su peli favorita: cualquiera del “panameño” Almodóvar. Bebida predilecta: la sangría. Personaje histórico: el príncipe valaco Vlad “Tepes” Dracoul, el Empalador y la condesa húngara Isabel Báthory.   

La borrascosa lengua «impropia»

A/A Mónica López (RTVE)

Cuando los españoles aceptan que no tienen derecho a escolarizar a sus hijos en español en España (digo España, y no en partes de ella, pues aquí no es la parte por el todo, sino que son tantas ya las regiones donde no se puede ejercer ese derecho que parte y todo es lo mismo) harán bien en comprender que ya no son ciudadanos de un Estado moderno y democrático que garantiza la defensa de sus derechos fundamentales, sino súbditos de una entidad política que se rige por el arbitrio y la voluntad omnímoda de sus gobernantes. Y que sus hijos no son suyos, salvo nominalmente, ya lo advirtió Celaá. Tampoco sus bienes y haciendas. O sus pensiones mensuales, sujetas en su gestión al capricho de otros, que ya no serán sagradas, sino falibles, violables, por ideología o vagas consideraciones al acuno de un supuesto, e incluso cambiante “interés social” de superior categoría. Es la ausencia de seguridad jurídica, idiotas, el principio fundacional de toda tiranía.

Y esto vale también para aquellos españoles que no se sienten tales, que por diferentes causas reniegan íntimamente de su condición nacional y desprecian a la española como lengua apta para la transmisión de conocimientos académicos y aplauden su destierro de las aulas, pues la marea cuando se desborda no respeta a nadie. El llamado «auto-odio». Es decir, el acomplejamiento «amontillado». Y si consienten y celebran que el gobierno de la propia nación orille la lengua oficial y común, una de las más importantes del mundo (y aunque no lo fuera), harían bien en preguntarse por qué ese mismo gobierno habría de respetar aquellas otras cosas que sí les son queridas o de su interés.    

La Ley Celaá de la ministraá indocumentaá ha tenido la virtud de poner el foco sobre la incomprensible exclusión del español como «lengua vehicular» de la enseñanza para más de un tercio de la población escolar del país (*). Algo que no hemos conseguido las asociaciones partidarias de la libre elección de lengua oficial en la escuela, o de un modelo bilingüe en horas paritario, ni recogiendo firmas para una ILP, ni promoviendo debates, conferencias, ni redactando manifiestos o artículos periodísticos, muchos de ellos firmados por lo más granado de la intelectualidad nacional e internacional (Arcadi Espada, Vargas Llosa, Inger Enqvist, Albert Boadella, etc). Como si lloviera. Con esta ley estercórea, y de tan evidente sectarismo, los enemigos de España, cuando menos de su lengua angular, al fin, se quitan la careta.

No hace tanto tiempo los defensores de la inmersión obligatoria en la escuela pública en lenguas cooficiales te largaban alegremente el desvergonzado rollo de que la enseñanza en español estaba “completamente” garantizada. Y que los cenutrios que discutían acerbamente el anterior aserto eran unos alarmistas y unos nostálgicos del franquismo. Unos fachas. Y que, a fin de cuentas, casi nadie tenía interés en solicitar enseñanza en español, apenas media docena de padres malvados, sociópatas inadaptados… como si la gente no tuviera mejor cosa que hacer que acudir a los tribunales para conseguir, con suerte, un 25% de materias impartidas en español que, hecha la ley (la cobardona ley de esa dupla de hercúleos gladiadores formada por Wert y Méndez de Vigo) hecha la trampa, aplicaban las escuelas concernidas por sentencia en la clase de Gimnasia y en la de Trabajos Manuales.

A mayor abundamiento, te decían que los contradictores del maravilloso modelo de la inmersión, ese éxito clamoroso (a pesar de los informes PISA y del elevado nivel de fracaso escolar de los alumnos “inmersionados” en una lengua que no es la suya, aun siendo oficial, más o menos), y por ello vigente no sólo en algunas regiones españoles, también en las islas Feröe, esa gran potencia mundial, “no querían a sus hijos, al señalarlos como bichos raros ante personal docente y condiscípulos, y que por esa razón habría que privarles de su custodia y patria potestad” (Muriel Casals, Òdium Cultural… QmuyEPD).

O te decían, despitochante payasada, que los niños, sea el caso de las mendaces autoridades catalanas (lo mismo pujolistas que tripartitas), al final del ciclo escolar, y con dos birriosas horas semanales de lengua española (a menudo impartidas también en catalán), adquirían el mismo dominio idiomático que los alumnos burgaleses, chúpate ésa. Inmejorable ratio, “tiempo invertido/ rendimiento académico”, que convertiría a todo el alumnado indígena en una cantera formidable de estudiantes superdotados, acreedores a copar año tras año la orla de los premios Nobel. Cuánto talento desperdiciado. Sabido es que esta conclusión se fundamenta en las notas del examen de Selectividad que, en lo tocante a la asignatura de Lengua Española, entrañan en Cataluña una dificultad inenarrable. Para muestra un botón: “Análisis sintáctico de la oración: “Los españoles atizan a las mujeres”. Señala sujeto, verbo y predicado (**)”.  

Y cuando no es esa mugre argumental, apta sólo para cerebros arcillosos fácilmente moldeables, te vienen con el cuento de la “cohesión social”… ¿La “cohequé”?… refiriéndose a la envidiable “cohesión social” alcanzada en Cataluña gracias a la inmersión, tal y como se aprecia particularmente en estos últimos años de idílica convivencia (ha faltado una chispa de nada para que las calles se convirtieran en escenario de un holocausto caníbal), y semejante idiotez te la escupen a la cara quienes, por lo general, matriculan a sus hijos en escuelas concertadas y privadas en las que en alguna medida se atenúa la rigidez de la inmersión obligatoria. 

Con todo cabe recordar que Celaá, la indocumentaá, convierte en ley de ámbito nacional lo que era una situación de facto, de diverso ámbito regional: el español no es idioma vehicular en la escuela catalana desde hace muchísimos años. Ni lo es en Cataluña ni en otras regiones con lengua co-oficial, por mucho que ahora se rasguen las vestiduras Alfonso Guerra o César Antonio Molina, Director que fuera del Instituto Cervantes y ministro de Cultura, años 2007-2009, en el gobierno de un sujeto siniestro que obedece al nombre de Zapatero, palanganero de cámara de Nicolás Maduro y enemigo declarado de la lengua española y que en la SER dijo, se lo recordaremos hasta el día de su muerte, que “estoy a favor de las multas que la Generalidad de Cataluña impone a los comercios rotulados en español”. Entonces, con el destierro consumado del español en las aulas catalanas, ni Guerra ni César A. Molina dijeron esta boca es mía y callaron como putas (y que éstas me disculpen por la comparación), avalando cobardemente ese truño antipedagógico e incivil que es la inmersión obligatoria.

En la cruzada contra el español como lengua culta y de transmisión de conocimientos, se ha significado últimamente Mónica López, de RTVE (Radiotelevisión Espantosa, Rosa María Mateo dixit, y ya sabemos que no fue un lapsus lingüe), que, hasta no hace mucho, presentaba el pronóstico meteo en los informativos de la cadena pública. Borrascas e isobaras. Entrevistando a Alfonso Guerra, la presentadora adujo en un momento del coloquio que no sería necesaria la presencia del español en las aulas, pues dicho idioma “ya se aprende fuera”. Toma castaña. Y es cierto, se aprenden unas nociones básicas de ese idioma en la calle o viendo Sálvame, Tele-5, presentado por Jorge Javier Vázquez  (ese programa “para rojos y maricones”, según el interfecto, y tan edificante para las nuevas generaciones). Términos admitidos por la RAE como papela, jaco, chute, pinchosa, pibón, travelo, marao, fiambre, etc, se aprenden en esa escuela de la vida que es la calle.

Por esa regla de tres, acogiéndonos a tan brillante argumentación, pasaría lo mismo con las Matemáticas y podríamos doctorarnos en esa ciencia gracias a cálculos del tipo: “Si has dado un palo en una farmacia con la recortada y has arramblado con 360 € en efectivo y quieres montártelo de lujo a base de cocaína, y si ésta va a 60 € el gramo… ¿Qué dosis le podrás comprar a tu camello con todo ese parné?”. El mismo método de aprendizaje sería aplicable a las Ciencias Naturales. Das un paseo por el bosque y ves un castaño: reino vegetal. A una ardillita en la rama de un árbol: reino animal, familia de los roedores. Si ves una vaca: mamífero. Si pisas la plasta de esa misma vaca y con ese formato como de ensaimada mallorquina, pues ya adquieres información sobre los procesos digestivos de los rumiantes. No falla… ¿Qué necesidad, pues, de aprender “Natus” y “Mates” en el cole?… ¡Qué ganas de chinchar a los críos! 

Inmediatamente nos asalta una duda verdaderamente atormentadora. Si el español como lengua, y en esa misma lengua los contenidos de otras materias curriculares, se aprenden “fuera” (de la escuela), es decir, en casa o en la calle… ¿Sucede lo mismo con el francés en Francia o con el inglés en Gran Bretaña e Irlanda del Norte? La pregunta, formulada así, a la pata la llana, y dirigida a la señora (o señorita) Mónica López es la siguiente: ¿Por qué cojones estudian en francés en Francia, lo mismo en Perpiñán (donde hay hablantes de lengua catalana), que en Biarritz (de vascuence), que en la alsaciana Illkirch-Graffenstaden (de alemán), si ya lo aprenden en la puta calle pillando marihuana o viendo en casa la retransmisión del partidazo del siglo entre el PSG y el Olympique de Lyon? ¿Es que son gilipollas… más tontos que usted y no se han dado cuenta de las innúmeras virtudes docentes de calles, bares, prostíbulos y supermercados? ¡La de millones que podríamos ahorrar en Educación!

Con todo, hay cosas, querida Mónica, que sólo se aprenden “dentro”. Figúrese un señor que ingresa en presidio, sea el caso del que vendió la cocaína en un párrafo anterior. Este señor se está duchando y se le cae al suelo la pastilla de jabón… ¿Qué hace?… ¿Se agacha a recogerla o se resigna a ducharse de una aguada? Mucho le conviene aprenderlo… y pronto. Antaño el pronóstico del tiempo daba lugar a chistes geniales como aquel legendario de La Codorniz que sorteó la censura franquista y decía, pizca más o menos, “un fresco general procedente de Galicia reina en toda España”. Ahora el chiste, y malo, es la propia chica del tiempo que no ha tenido mejor ocurrencia que romper una lanza en favor de una canallada que jamás perdonaremos a la actual izquierda española, que es ésta y no hay otra. Y si la hay, no tiene ni un diputado en el Congreso. Y que cada palo aguante su vela. Nadie llegó jamás a tonto, digo a tanto.  

Hay quien dice en platós-tv y peceras radiofónicas que esa disposición de la Ley Celaá es un farol y que no llegará a sustanciarse en el articulado definitivo. Lo mismo da. Aunque así fuera, proponer esa imbecilidad ya es, desde un punto de vista moral, una traición, no ejecutada aún, es cierto, pero sí anunciada. Como el tipo que te amenaza con un “te mataré un día de estos”. No lo ha hecho aún, pero mejor cuídate de él. Y aquí no estamos para ser gobernados mediante ocurrencias o globos sonda que, más tarde, por su inoportunidad y sinsentido, se retiran del redactado final. Que no habrá marcha atrás a última hora que disculpe tamaña perrería.

Se ha filtrado que las lenguas co-oficiales, que serán las únicas vehiculares en determinados territorios, pasarán a ser llamadas “lenguas propias”, siendo el español, por oposición o descarte, “lengua impropia” en los mismos. De modo que una parte significativa de la población de esas regiones, la que tiene el español como lengua de referencia familiar, descubrirá de un día para otro que, en cierto modo, también ella lo es, “impropia”. Saberse hablante de una lengua “impropia” donde has nacido, o donde trabajas y resides, te estigmatiza, te convierte en un ser humano (subhumano) fracasado, defectuoso y te “prepara”, o “mentaliza”, para devenir un ciudadano de segunda clase, incapacitado, por ejemplo, para desempeñar un cargo público. Y para muchas cosas más. ¿Podrían, entonces, empeorar las cosas desde un punto de partida semejante? Sólo se me ocurre que te obliguen a transitar por la calle con un distintivo indumentario, un brazalete con una EÑE cosido a la manga de la chaqueta.  

(*) Hasta el momento, pues la ley de marras se abre a la enseñanza de lenguas, y de materias en esas lenguas, no oficiales aún, como el bable, las fablas o el silbo gomero. Átame esa mosca por el rabo.

(**) Para quienes no han estudiado en Cataluña y, por lo tanto, la pregunta es prácticamente irresoluble, aquí va la respuesta correcta. Sujeto: “los españoles”. Verbo: “atizan”. Predicado “a las mujeres”.

Consigna lingüística en una escuela catalana (concertada). Municipio: Cornellá de Llobregat. Al amparo de la Ley Celaá, ANC (Viggo Tontensen, quise decir Mortensen) y Òdium Cultural han exigido que en el patio se imponga el catalán como lengua relacional obligatoria entre los niños, dejando de ser una mera «recomendación».

«La presó del rei de França»: ejercicio de recuperación patrimonial

Tiens, voilà du boudin, voilà du boudin… es una de las tonadillas que repito para motivarme en mis «cronocaminatas» por Montjuïch. «Cronocamino», a la fuerza ahorcan, porque no puedo correr. Una vez lo intenté al trote cochinero y no llegué a cubrir unos centenares de metros. Además de ahogarme por mi condición de fumador, se me subió un gemelo y abandoné la tentativa. Fracaso estrepitoso.

Nada acompaña mejor, voilà du boudin, a mis paseos cronometrados que el aire marcial, fanfarrias, atabales y tambores. Te insuflan ese ánimo exultante, ese espíritu belicoso que ayuda a mantener un ritmo rápido de paso y a batir, si el viento sopla a favor, las marcas registradas en días anteriores. Competir contra uno mismo. Será que soplan vientos en contra y el aire trae en andas canciones guerreras. Lo cierto es que me concentré al máximo para proyectar a unos pasos de mis narices una suerte de holograma en contoneante movimiento del culo descomunal de Agnetha en tanga, la rubia de ABBA que nos enamoró a todos. Que Dios la bendiga, cúpula hendida en dos de una fabulosa mezquita de reluciente mármol. Como dos redondos bollitos de pan candeal. Pero la maniobra mental no funcionó. Será que Franco Battiato ha escrito una “Carta al gobernador de Libia”: Por el cielo van los coros de soldados/ contra Omar Mukhtar y Lawrence de Arabia/ cantando canciones populares de tabernas…

Le Boudin. El himno de la Legión Extranjera es de lo más desconcertante, pero me gusta un rato y lo he adoptado como politono de llamada a mi teléfono móvil (que habríamos de llamar “celular”, que es más sencillo y bonito). Miro la letra en los interneles y descubro que dejan sin ración a los belgas porque son unos pésimos tiradores, textualmente, unos “tiradores de culo”: Ils sont des tireurs au cul. Y lo repiten para que no quede lugar a la duda. No hay noticia de que los belgas alistados hayan protestado por ese verso acusatorio. Pero tengo más melodías en la recámara, Gary Owen, adoptada por el patán de Custer como himno oficioso del 7º de Caballería de Michigan, o eso vemos en “Murieron con las botas puestas”, Dixie, a guisa de contrapunto, el himno de las tropas confederadas durante la Guerra de Secesión, o la conmovedora Marcha de los voluntarios catalanes que llevaron a Prim a la victoria en la guerra de Marruecos.

Me resistí a que me acompañara una melodía apta para el presente cometido, pero tras realizar diversas pesquisas la he recuperado para mi uso exclusivo mediante el mecanismo de la expropiación cultural y simbólica, toda vez que, en primera instancia, fue requisada sin permiso y contra el sentido común por la Companyia Elèctrica Dharma y reiteradamente profanada por el separatismo y por la hinchada del Barça: me refiero a La presó del rei de França.

Hace muchos años vi por la tele, caprichos del mando a distancia, un fragmento de un concierto del citado grupo musical, que llamaremos CEDh por abreviar. Recuerdo que los componentes del grupo saltaban en el escenario y el auditorio aplaudía a rabiar. Se trataba del tema en cuestión. El locutor de TV3 se refirió a la pieza instrumental, cuyo título se me pasó por alto, como una suerte de recreación musical del momento en que las tropas de Felipe V entraban en Barcelona tras el prolongado asedio. No me chocó en absoluto que la melodía fuera alegre y triunfal, pues el nacionalismo aborigen tiene por costumbre celebrar derrotas en una hibridación de rencor y jolgorio por aquello de connotarse como pueblo oprimido al tiempo que elegido, un poco en la senda del jewish lifestyle. Como aspirando, auténtico delirio colectivo, a ser los hebreos de Occidente, bien entendido que, curiosamente, la mayoría del nacionalismo autóctono (ERC, Colau-Podem y CUP) son antisionistas todos y antisemitas en su mayor parte. Con la excepción, al parecer, de Pilar Rahola, o Radiola.

Pero hete aquí que uno averigua que “La presó del rei de França” pertenece al cancionero popular. Data, nada menos, del siglo XVI. A lo que se ve hay letras de entonces, pero la versión fijada, la más difundida, es obra del compositor Sancho Marraco (con calle dedicada en Barcelona) y es la que utiliza Serrat para incorporarla a su álbum “Cançons tradicionals”, editado en 1968, es decir, al tiempo que componía el “La, la, la” que finalmente defendió Massiel, la tanqueta de Leganés, en el festival de Eurovisión con notabilísimo éxito. Mucho antes de que la popularizara CEDh, año 1983, y se convirtiera en un icono del irredentismo autóctono.

El busilis de la canción es la derrota de Francisco I, rey de Francia, en la batalla de Pavía, año de gracia de 1.525, ante las tropas del emperador Carlos y su posterior cautiverio en España. De modo que la canción da fe de una de las victorias más sonadas del poderío español en aquella época de dominio militar en el continente. Comienza así:

“Ja partí el rei de França/ Un dilluns al de matí/ Va partir per prende Espanya/ I els espanyols bé l’han pris…”

“Partió el rey de Francia/ un lunes por la mañana/ Partió para ganar España/ y los españoles le han apresado”. Y con estos naipes trucados, los nacionalistas van y se sacan de la (doble) manga (de tahúr) uno de los símbolos más socorridos en sus verbenas y manifestaciones. Chúpate ésa. Uno de los penseques que aducen los chicos de CEDh para justificar la indebida apropiación cultural es que la melodía (la suya es una versión instrumental en un tempo más exaltado que en la composición original) “carece de letra”, o eso responden en una entrevista, lo que es falso, trampa tramposa. De modo que “La presó del rei de França” es un comodín, se deduce de sus palabras, que permite su uso en cualquier contexto. Y así es, pues dicho grupo está en su derecho de emplear esa canción o cualquier otra en sus recitales, lo mismo “Yo tenía un camarada” que el “Oriamendi” o la instrumentalización, con gralles (chirimías), flabiols (flautillos) y dulzainas, de “Baby shark doo, doo, doo”, si de ese modo quieren enfervorizar a sus parroquianos. Pueden tocar “La presó del rei de França” o tocarse los cojones, si lo prefieren. Faltaría más.

Sorprende, no obstante, que una canción de ese perfil, que conmemora la derrota de Francia y de su rey a manos de su archienemigo, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos de Habsburgo, la dinastía que rigió los destinos del imperio español, se convierta en un himno aclamado por el separatismo indígena. De locos, pues esa canción es en todo caso congruente con quienes celebran por filiación emocional los triunfos de España, no sus derrotas o sus episodios más sombríos. El nacionalismo se apropia de cuanto le place para levantar su muro ladrillo a ladrillo. Es la llamada “construcción nacional” y para ello es preciso agarrar materiales dispersos y acomodarlos, en plan bricoleur, a su conveniencia aun incurriendo en una flagrante tergiversación histórica.

Es el caso de la Guerra de Sucesión a la Corona de España entre dos banderías dinásticas que el nacionalismo convierte en guerra de “secesión” por arte de birlibirloque y, en particular, el manoseo de la figura de Rafael Casanova, manipulación grosera que incluso han denunciado los descendientes vivos de aquél. Para muestra un botón, aquí va uno de los párrafos del bando último (censurado siempre por los nacionalistas) que proclamó Casanova en vísperas de la derrota y que no da pie precisamente a la zafia revisión del separatismo:

“(…) quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por la Patria y por la libertad de toda España (…)”

No hay símbolo, hecho o personaje históricos que el nacionalismo se resista a sobar si con ello obtiene algún rédito. Arrambla con todo, también con las calles (siempre serán suyas), incluso con las obras de arte de Sijena o el Archivo de Salamanca gracias al servil beneplácito de las autoridades nacionales por aquello del inútil apaciguamiento.

Sorprende que el separatismo haya encontrado en la Guerra de Sucesión, y en Rafael Casanova, un “valor refugio” cuando, más a mano tiene la figura del eclesiástico Pau Clarís, al que, con mayor motivo habría de conmemorar. Fue el interfecto diputado del brazo religioso de la Diputación del General (lo que llamamos hoy Generalidad de Cataluña) y proclamó la República catalana en vigor durante una semana (tantos días como segundos duró la de Puigdemont) hasta reconocer a Luis XIII de Francia como conde de Barcelona. Clarís rindió Cataluña a la protección francesa tras la revuelta local de 1640 contra la llamada Unión de Armas para sostener el esfuerzo bélico de la corona española en la devastadora Guerra de los Treinta Años. Pau Clarís, pues, hizo efectiva la separación unilateral de Cataluña, si bien es cierto que sólo fue independiente durante “7 días, 6 noches”, como la oferta de un catálogo turístico, e inmediatamente pasó a ser un territorio más bajo soberanía francesa.

De modo que bastaría con ralentizar el tempo musical de la melodía en la versión de CDEh y recuperar “La presó del rei de França” que, en puridad, habría de ser nuestra. Hacer de ella una Marcha de Radetzky al gusto lealista. Tarareando “La presó del rei de França” enfilo la avenida de los Montanyans, paso por delante del club hípico de La Foixarda y saludo agitando los brazos a los caballitos estabulados que asoman por el cajón su efigie equina. Sorprendí en la confinada primavera de este año nefasto una abubilla tocada de peineta de fallera mayor de la floresta y me gusta contemplar el vuelo rectilíneo de las urracas, ataviadas con el frac de su elegante plumaje. Miro el crono… si nada se tuerce, estoy en tiempo de récord. Ja partí el rei de França, un dilluns al de matí

Lemona 1-0 Maruri

En el documental “Bajo el silencio” de Iñaki Arteta (invitado, habida cuenta de su trayectoria y filmografía únicas en España, al ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia), el párroco de Lemona, Mikel Azpeitia, larga por esa boquita ante el micrófono un repugnante engrudo de visceral odio a las víctimas mortales de ETA. Las palabras le salen del bandullo y en su bocón suenan a sinceridad total. El hombre es transparente, desde luego, otra cosa es que a través de esa transparencia uno puede ver las miasmas y el estiércol que empozan su alma. Habla a toro pasado, pues hace años que ETA no mata a nadie, “su merecido llevaron”, que diría el sacerdote prendado de las capuchas, pero no de las procesionales, y podría haber atemperado sus confesiones execrables por discreción, disimulo y por aquello de no dejar ante la cámara rastro tan visible de su sintonía con los asesinos.   

Lo cierto es que el marcador del título de esta “tractorada” no refleja, ni de lejos, la auténtica correlación de fuerzas en el seno de la iglesia vasca. Los párrocos afines a ETA ganaron por goleada. Afines activamente, simpatizantes o entre tibios y equidistantes. Las voces que se alzaron contra los asesinos desde el púlpito fueron contadas, y la excepción a la regla, Jaime Larrinaga, el cura de Maruri que tuvo el honor de ser el único sacerdote que necesitó de escolta policial durante su misión pastoral. En el nutrido lado contrario, allende el Evangelio, los más ejercían el pastoreo, pero de cuadrúpedos, entre esas almas aborregadas por la idolatría del nacionalismo. Con la anuencia de su jefe de filas, claro es… ¿Quién no recuerda al siniestro monseñor Setién, aquel que dijo pizca más o menos “que también era cristiano no querer a todos los hijos por igual”?

Se ha dicho muchas veces que ETA nació en el seminario y que entre una parte muy significativa del clero y la banda terrorista hubo siempre mutua comprensión. Vamos, que eran casi “correligionarios”, y nunca “peor” dicho. Unos pegando tiros y otros bendiciendo a hisopazos. Para seguir la pista a esta tenebrosa trama de afectos nada mejor que leer a Jon Juaristi (“El linaje de Aitor”, “El bucle melancólico”), donde da pormenorizada noticia de tan estrechos vínculos. Lo cierto es que ETA jamás “topó” con la Iglesia. Ni un bombazo en una sacristía, ni un cura tiroteado, echado en el suelo sobre el charco de su propia sangre derramada y cubierto por una de esas mantas térmicas a guisa de sudario reflectante. 

En alguna ocasión me ha llegado, argumento absurdo y torticero, como para justificar esa siniestra cercanía entre encapuchados y ensotanados, que el clero vasco se la tenía jurada a Franco porque unos 14 sacerdotes próximos al PNV fueron fusilados una vez que la región al completo pasó a manos de los nacionales. No se discute en absoluto la veracidad de los hechos, pero cabría replicar que en las represalias habidas en la retaguardia republicana, administradas con saña, los milicianos le dieron matarile, ahí es nada, a no menos de 300 religiosos (entre curas y monjas) oriundos de las provincias vascongadas que ejercían su apostolado en otras regiones. La desproporción es notable.

Acabó la contienda y como sucede a veces, los hijos han de rebelarse contra los padres y alistarse en el bando opuesto, en esa suerte de amotinamiento edípico que se traslada a la siguiente generación, según el esquema freudiano. El finado Arzallus es un exponente de ese complejo. De Arzallus cabe decir que hablaba un magnífico español, mucho mejor que el de todos los zotes de la hora presente que han pactado erradicarlo de las aulas en las regiones donde rigen lenguas co-oficiales, que es la última concesión a ERC y a Bildu (ETA) perpetrada por el PSOE de Pedro Sánchez para aprobar los presupuestos y de ese modo contribuir a la desvertebración definitiva de la España invertebrada de Ortega y Gasset, esto es, la España ortóptera.

El padre de Arzallus fue lo que se dice un carlistón de los peleones y se presentó, al estallar el conflicto, en el cuartelillo de la Guardia Civil de Azcoitia para requisar armas y batirse a tiro limpio contra los milicianos. Sabido es que a su vástago, cuando perteneció a la Compañía de Jesús, perfeccionando sus estudios de Teología en Alemania, le llamaban “el nazi”. En 1970, Arzallus cuelga los hábitos y se afilia al PNV, consumando el parricidio simbólico, y de ahí en adelante su ejecutoria es mejor conocida por el gran público. El fenómeno del terrorismo lo define con una metáfora frutícola que quedará para la Historia, más triste y más negra, de España: “Unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”. Tal cual. Disparos a quemarropa, cabezas reventadas, masa encefálica desparramada por el suelo, ametrallamientos, achicharrantes bombazos, mutilaciones y su correlato de odio, silencio, miradas retadoras, desprecio… y todo queda reducido a eso, al vareado del nogal, que, por cierto, da una madera nobilísima. Fíjate tú… cómo son “esos chicos de la gasolina”.

Lo peor de todo es que Jaime Larrinaga (Maruri) fue la excepción y Mikel Azpeitia (Lemona), la norma. Y aún peor es que, aunque el affaire “Azpeitia” haya ocasionado un escándalo (un «escandalito» en estos aperreados tiempos), todo esto se la trae al fresco a buena parte del paisanaje. A fin de cuentas, “los hijos más queridos” de monseñor Setién, “los chicos de la gasolina” de Arzallus y “los amigotes de la herriko-taberna” de Mikel Azpeitia pactan los Presupuestos Generales del Estado con Sánchez e Iglesias.

Regreso de una de mis cronocaminatas matutinas por Montjuïch y en la calle de la Virgen del Remedio (Mare de Déu del Remei) sale un sacerdote de una puerta lateral de la parroquia de la Virgen de Lourdes, curiosamente frecuentada por muchos filipinos. Para mí no es hombre de Dios, pues aunque luce el alzacuello, adorna su tapabocas coronavírico la banderita sectaria y excluyente del separatismo. Carga algo en el maletero de un coche. Paso a su lado y descortésmente digo en voz alta: “anda, un cura satánico… lleva una estrellita de cinco puntas en el bozal”. Nada responde. Gajes del oficio, pues los clérigos están entrenados para oír esas cosas y otras mucho peores y guardar silencio, como los jugadores profesionales de fútbol en campo contrario… y a veces en el propio. Pienso: “si me responde algo, le diré que si un día los suyos le persiguen (si se repitiera la Historia), no le esconderé en mi casa”. Eso o “vete a tomar un chacolí con tu compadre, ese «cenobita»… (embajador demoníaco de «Hellraiser», peli mítica del género de terror)… de Lemona”. Ite, “tractorada” est.

El viaje

El otro día echaron por la tele una peli estupenda sobre el conflicto norirlandés titulada El viaje. Basada en una anécdota real durante las negociaciones en Escocia, año 2006, para conseguir un acuerdo de paz: el viaje en coche que juntos emprendieron Martin McGuiness (interpretado por Colm Meaney), militante y dirigente del IRA, y representante del Sinn Féin (“Nosotros mismos”), y el pastor Ian Paisley (Timothy Spall), líder del DUP (Partido Unionista Democrático del Ulster). Un peliculón del quince con un duelo interpretativo verdaderamente magistral. La mayor parte de la in-acción transcurre a bordo de un coche puesto a disposición de ambos líderes que conduce un agente camuflado del MI 5.

La película me trae a las mientes otra cinta excepcional sobre el mismo conflicto, “Cinco minutos de gloria”, protagonizada por James Nesbitt, hermano en la ficción de una víctima católica de los protestantes de la UVF, y Liam Neeson, autor del atentado y que ha pasado 30 años en la cárcel. Nesbitt lo borda y Liam Neeson demuestra que no sólo es el actor número 1 repartiendo natas a mano abierta, con esos brazos que parecen palas excavadoras. En ese cometido es mi favorito, el más descollante “ahostiador” del actual celuloide. Por tratarse de una maravilla de película, con el fenómeno del terrorismo en el meollo de la trama, fue acertadamente programada en uno de los últimos ciclos de cine organizados por la Asociación por la Tolerancia.

Un par de secuencias de la película recuerdan el busilis de la “tractorada” anterior, “Lucha armada”. El actor que encarna a Tony Blair, el Primer Ministro británico, transmite muy bien la sensación de estar metido en un auténtico “embolao” entre dos contendientes irreconciliables que habían protagonizado, liderado, una verdadera Guerra Civil, aunque de bajo voltaje, y que jamás habían intercambiado nada que no fueran bombazos y tiroteos por las calles de Belfast o de Londonderry. Uno tiene la impresión de que a Blair no le llega la camisa al cuerpo y que le temblequean incluso las cejas. Blair, y sus asesores, entran en pánico cada vez que aparece en plano una suerte de espectro aterrador, el siniestro barbudo Gerry Adams, amigo y compi de francachelas de Arnaldo Otegui.

Blair mueve la colita como un chucho amaestrado cuando se dirige a Adams, hierático, impasible, con esa barba que le oculta los labios y que reduce su expresividad facial a cero, mejor «a bajo cero», frío como un témpano. Esas secuencias insinúan, sin decir oste ni moste mediante guión dialogado, que Adams es el tipo que corta el bacalao entre sus conmilitones y apenas abre la boca salvo para decir que ha de reunir a algo que pomposamente denomina “Consejo Militar”. Te queda claro que el interfecto es el que pinta una crucecita junto a los nombres que integran la lista negra de los objetivos de la banda terrorista. Si se ha fijado en ti, date por jodido. ¿Se trata de la misma fascinación, del magnetismo que Otegui ejerció sobre Zapatero o que ejerce sobre algunos de los cargos más relevantes del PSOE actual? ¿Se trata de que los peores de entre los malos subyugan siempre, no sé cómo, a los malos de entre los mediocres? ¿Es sencillamente miedo? ¿Miedo a que te envase un balazo en la nuca si le das la espalda y por eso algunos sucumben a la indignidad de encerar los zapatos a lengüetazos a ese tiparraco? ¿Es algo más?… Necesito que un psicólogo colegiado me explique ese complejo desconcertante.

El viaje de McGuiness y Paisley tiene final feliz, pero eso no quiere decir que se pasen por un salón oriental de masajes. Semejante entretenimiento no habría encajado en los gustos y preferencias del pastor presbiteriano, furibundo antipapista que llegó a afirmar que “el Papa era el Anticristo”, refiriéndose a Juan XXIII. ¿Qué no habría dicho de coincidir en el tiempo con el actual sucesor de Pedro?… A lo que vamos, contra todo pronóstico se dan la mano y sellan la paz. Paisley pasa a ocupar el cargo de Primer Ministro del gobierno autónomo de Irlanda del Norte, mientras McGuiness es su «vice». A partir de ahí hubo entre ellos mucha sintonía, incluso amistad, y ambos fueron motejados como “las hermanas risitas”. O eso nos cuentan. 

Ni uno ni otro se arrepienten de su trayectoria pasada, aun admitiendo algunos “errores”. No se pedirán perdón, siquiera en privado, fuera de cámaras, por el dolor causado, por las vidas sacrificadas. Han protagonizado una contienda de verdad, de esas con dos bandos enfrentados que tiran a dar, y no de esas otras en las que unos ponen la nuca y otros la pistola. Si unos detonan una bomba en un pub y se llevan por delante a media docena de unionistas, los otros ametrallan un coche de los primeros y dan matarile a otros tantos republicanos. Un conflicto con dos bandos, dos ejércitos urbanos que matan y mueren. Un toma y daca. Firman, pues, un armisticio. Un acuerdo que no supone el olvido de lo pasado y de las responsabilidades contraídas por cada una de las facciones beligerantes. ¿Por qué y para qué blanquear el pasado o silenciar lo ocurrido? ¿Por qué y para qué cubrir con un tupido velo esa rueda incesante de atentados y de represalias?

Se deduce de la cinta, y esa conclusión proyecto sobre lo sucedido en el Ulster, aún sin tener demasiado conocimiento sobre la materia, que Paisley y McGuiness fueron hombres de guerra y que, por ello, por haberlo sido en igual medida, pueden, si se lo proponen a un tiempo, ser hombres de paz. Lo que, en sentido estricto, nunca serán Otegui o Josu Ternera, por mucho unte oleoso que derramen sobre sus cabezas algunos medios de comunicación al dictado de Sánchez e Iglesias, pues ellos jamás tuvieron enfrente a un Martin McGuiness o a un Ian Paisley. Otegui y sus asesinos, socios preferentes del actual gobierno de coalición, planearon matar a quienes sabían que no se revolverían jamás contra ellos, siguiendo la táctica implacable del ventajismo. Ésa es una diferencia entre Otegui, es decir, ETA, y los protagonistas del film. Otegui no ha participado en una guerra, sino en una carnicería y por eso jamás será un hombre de paz, sino un hombre de muerte… por la espalda.

Las víctimas de ETA siempre delegaron su defensa y protección en las autoridades. Confiaron en sus representantes legales. Fueron contadísimas las víctimas que optaron, y lo hicieron privadamente, al margen de toda estructura organizada, sea el caso del hijo del Comandante Saénz de Ynestrillas, por devolver el golpe, impelidos por esa connatural pulsión humana que es la venganza. Y no diré más. Ni los mercenarios del BVE, Batallón Vasco-Español, ni los del GAL fueron cosa suya.

La mayoría de los jóvenes españoles no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. El chivato que facilitó los datos al comando criminal para que asesinara al concejal ermuarra, el mismo que ocultó a los terroristas en su propio domicilio, Ibon Muñoa, que fuera concejal de Herri Batasuna (ahora Bildu) en Éibar, ha sido excarcelado tras cumplir una condena de 20 años. En su villa natal le han recibido muchos de sus convecinos con el brindis preceptivo, un “aurresku”, jolgorio y homenaje. 

Lucha armada

Qué tendrá la poltrona monclovita que a la que un tipo toma asiento en ella inmediatamente se ve obligado a largar alguna sandez acerca de ETA, siempre bajo la premisa de que la banda terrorista disfruta de un enigmático halo de superioridad moral con relación al “apoltronado”, y acomplejado de turno, propincuo a la idiotez. Nos recuerdan los sucesivos usuarios de dicha poltrona que, por imbecilidad (temporal o permanente) o por inconfesable cálculo político, les doran la píldora a los terroristas con bochornosas declaraciones a esos otros tipos descastados que aspiran a granjearse las simpatías del matón del barrio diciendo monerías, haciendo risibles piruetas y poniendo su honra en holganza. Esos que se envilecen por “coleguear”, por confraternizar con los malos, malasombra.

La fórmula la inauguró Aznar avergonzándonos con aquella majadería del MLNV, el “Movimiento Vasco de Liberación Nacional”, por no decir “banda terrorista ETA”. A lo que se ve era por mantener un tono favorable a las negociaciones sostenidas de tapadillo con la organización criminal y en las que, sin duda, habló Aznar vascuence, como habla catalán en la intimidad.

Tomó el testigo Zapatero, uno de los más voluntariosos de esos zotes, capaz de toda iniquidad. Nos dijo de Arnaldo Otegui, “el Gordo”, terrorista especializado en secuestros (empresario Luis Abaitua y absuelto por falta de pruebas en las tentativas fallidas contra los diputados Rupérez y Cisneros, de la UCD), que era “un hombre de paz”, y que el atentado de ETA en la T-4 de Barajas, eso afirmó en solemne comparecencia, fue un lamentable “incidente”… terminología tomada en préstamo por Miguel Urbán, eurodiputado podemita, para quien el atentado islamista en Niza durante la celebración de la fiesta nacional francesa (docenas de personas arrolladas por un camión de gran tonelaje) fue un “incidente de tráfico” y, en buena lógica, el autor del mismo, un conductor temerario, uno de esos que pierden de una tacada todos los puntos del carné por saltarse un “Stop”. Mismamente como el de Las Ramblas de Barcelona, sólo que éste último, al pilotar un vehículo más pequeñito, una furgoneta de reparto, tan sólo derribó diecisiete “bolos”, atrancándose a medio recorrido del bulevar entre tantas piernas, costillares y brazos rotos. Al lado del otro, un mero aficionado, un amateur.

Llegó el turno de Rajoy que, compasivo, afirmó estar muy preocupado por el estado de salud de Bolinaga (o “Bolinga”, por su propensión a atizarse zuritos en las “herriko-tabernas”), el carcelero de Ortega Lara. El mismo indeseable que, al producirse su detención y al concluir sin éxito en primera instancia el registro en un almacén de Mondragón, estaba dispuesto a dejar morir de inanición al funcionario de prisiones… hasta que uno de los agentes dio con una minúscula rendija en el pavimento bajo una máquina hidráulica y se retomó la búsqueda. Descubierto el zulo cochambroso, le preguntaron a Bolinaga que quién había dentro y éste respondió, tal cual, “el Ortega ése”.

Y salta Pedro Sánchez al terreno de juego. Si pensábamos que la indignidad de Zapatero no tendría parangón conocido, andábamos muy errados, pues no hay techo cuando los malvados compiten entre sí. Una pelea a cara de perro entre el hoy embajador plenipotenciario del narcodictador Nicolás Maduro y el actual inquilino de La Moncloa. Para referirse al terrorismo de ETA, en estas horas de acaramelado idilio PSOE/ Bildu-Batasuna, elige Sánchez la expresión “lucha armada”. Por extensión se sigue que quien la ejerce no es un terrorista, sino un “luchador armado”, que no debemos confundir con un “luchador mejicano», que es un luchador enmascarado, y cuyos primeros espadas gozan de gran popularidad, que si “el Gallo de Jalisco” o “el Chupacabras” de Veracruz.

De tal suerte que los más sanguinarios asesinos de ETA, los pistoleros que le descerrajaron un tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco (de rodillas y maniatado a la espalda con alambre) o el comando que llenó de bombas el aparcamiento subterráneo de Hipercor, achicharrando vivas a muchas personas, abandonarían, según Pedro Sánchez, la categoría de “terroristas” para integrar la mucho más aseada de “luchadores armados”. E incluso Bolinaga, a fortiori, pasaría a ser “luchador desarmado”, casi un modélico pacifista como Gandhi, pues no consta que en su cometido criminal fuera necesario el concurso de un arma de fuego. Es lo que pasa cuando uno se corrompe brindando con Otegui (Idoia Mendía o el babeante Jesús Eguiguren) o te venden la moto de que los filoetarras “son ahora necesarios para el buen gobierno de España”.

Con relación al Vicepresidente del gobierno, ese gran estadista llamado Pablo Iglesias, no es necesario añadir gran cosa pues es sabido que él, y su partido, son entes coalescentes con relación al universo batasuno, pues mucho antes de pisar moqueta, el hoy vecino ilustre de Galapagar era uno de los contactos en Madrid de los abogados etarras del frente de “makos” y pisó no pocas herriko-tabernas, como esas orquestas que bolo a bolo, en la gira veraniega de fiestas patronales, recorren toda la geografía nacional, para decir que a ETA y a la izquierda abertzale les adorna el honor de ser los únicos “actores” políticos que vieron fraude y superchería en la Transición y quienes mejor comprendieron que la Constitución española era “papel mojado”. Pablo Iglesias, eso hay que admitirlo, en ese registro no ha engañado a nadie y ha llegado a tener no pocas cadenas TV a sus pies y más de 70 diputados, hecho contrastado que nos da una cabal idea del nivelazo estratosférico del paisanaje.

Cuando nos dicen que a los terroristas, es decir, a los “luchadores armados”, de nada les ha servido matar, para mí tengo que nos escamotean la verdad. Y que la prueba del nueve de ese discurso mendaz es que “ahora que no matan, están en las instituciones y haciendo política”. Sólo faltaría que, matando día sí, día no, gozaran del estatuto de interlocutor político homologado. Pero lo triste es que también eso es mentira, un “relato” se dice ahora, aunque bastardeado, pues mientras mataban, sí estaban en las instituciones: tenían concejales y alcaldes, diputados regionales y nacionales. E incluso pedía el voto para ellos Pepa Flores, alias “Marisol”, aquella monada de niña prodigio. Por aquel entonces ETA estaba en un promedio anual de 100 víctimas: los llamados “años de plomo”.  

La diferencia es que ahora, con Sánchez, forman parte de la mayoría gobernante y sólo les falta entrar en el gabinete nombrando ministro a uno de los suyos, Otegui para Interior en lugar de Minúsculo-Marlaska. Para el caso. Sólo que su actual estatus no sería el mismo si su ejecutoria política no estuviera teñida de la sangre derramada en sus atentados, que Sánchez, echando la vista atrás y haciendo del síndrome de Estocolomo un paradigma político, el de la “nueva normalidad” respecto del fenómeno terrorista, por coherencia llamará “acciones” (ekintza), incluso las que segaron la vida de militantes socialistas, por aquello de blanquear la “memoria histórica” más reciente de la que ETA ha sido protagonista estelar y por hacer y decir «cosas que nos helarán la sangre”, como atinadamente pronosticó la “amachu” de los Pagaza.

Luego matar, les ha servido y de mucho, pues el “escenario” de la política no les ha sido vedado por siempre por haber matado… si no abierto, y la puerta grande, por dejar de hacerlo… por abandonar “la lucha armada”, Sánchez dixit. Quienes creyeron en su día que no tenían otro horizonte que la rendición, la disolución, amén de la incautación de bienes para afrontar compensaciones indemnizatorias, el presidio y la ilegalización de su entramado asociativo, se llevaron (nos llevamos) un chasco morrocotudo. Dirán, quienes dicen que llueve cuando te hacen pis encima, que no se han salido con la suya, que no han ganado… pero, la verdad de la buena es que tampoco han perdido.

Duele porque esos guiños y gesticulaciones son innecesarios, pues nada aportan y en cambio degradan a quien los profiere. El terrorista no dejará de negociar, si eso es lo que pretende. Tiene, es un decir, el alma cuajada, petrificada, en estado sólido y poco le importa que le llamen terrorista o criminal, o monstruo de la peor especie. Y no agradecerá que le cortejen. Se la sopla. Eso sólo servirá para aumentar su íntimo desprecio y le convencerá de que no habría sido mala idea coser a balazos al tipo sin agallas ni condición que se rebaja a dedicarle cucamonas.

El enigma de la poltrona monclovita sigue sin ser desvelado. Es un misterio, pero no de este mundo. Habría que facultar a Iker Jiménez (el doctor Jiménez del Oso de mi generación) al mando de una misión nocturna a palacio pertrechado de cámaras infrarrojas y gramófonos para grabar psicofonías, acompañado de esas personas a las que llaman “sensitivas”, especialistas en detección de fenómenos paranormales. E incluir a un sacerdote exorcista en plantilla pertrechado de hisopo de agua bendita, estola morada y Ritual Romano (kit básico de todo exorcista). ¿Darían con una emanación ectoplásmica de Míster X, artífice de los GAL? ¿Con el espectro de Margaret Thatcher diciendo en la Cámara de los Comunes aquello de “Señoría, yo disparé”, interpelada por un diputado laborista tras el tiroteo en Gibraltar en el que dos terroristas del IRA fueron abatidos a manos de agentes británicos? ¿O tan sólo el olor acre, punzante, del miedo que es cobardía y la nada infinita del abandono y de la desmemoria? ¿Tendremos algún día los españoles que no nos avergonzamos de serlo un Presidente del gobierno de la nación que no traslade a la ciudadanía la desazonadora impresión de que para merecer esa poltrona, antes o después, es preciso requebrar amorosamente a ETA?

Una amenidad: «al capvespre» (al atardecer)

Cuando la exquisitez artificiosa, impostada, y la cursilería se dan la mano, el ayuntamiento de Barcelona depara gansadas sublimes como la del cartel informativo de los jardines del Doctor Pla i Armengol, en el distrito de Horta-Guinardó, entre las calles de Cartagena y de Torrent de Melis. Las caedizas hojas de los árboles caducifolios bailan un vals cadencioso, autumnal, y el cromatismo de la foresta muta en variados colores y matices como la paleta del pintor… entonces la ñoñez y la gilipollez supinas se abrazan rendidas a la nostalgia, a la melancolía… y en un búcaro olvidado se marchita una flor, que diría el bardo de la princesa de los labios de fresa. Es lo que tiene el otoño, o sea, la tardor, que te entra el estro poético que es un contento y te cae sobre la cocorota en forma de ojiva pentecostal y te predispone a las rimas delicuescentes y a las más sutiles pampiroladas.

El letrero municipal (*) nos transporta en andas a etéreas regiones que no sabrían degustar los espíritus simplicísimos. Hay que estar hecho de una pasta especial para saborear determinados placeres, los más selectos. Y es que no es lo mismo que un parque cierre al capvespre (al atardecer) que a las 20h 00’ 00’’, con ese prosaísmo como calvinista de la exactitud, de la puntualidad robótica y cronométrica de la era tecnotrónica. Eso salta a la vista y no ha de ser uno el lince de Beocia para verlo.

Cuando unos jardines cierran al atardecer, es decir, “al capvespre”, les fulles porugues, un xic malaltisses cauen, però, al terra, a prop d’ ombrívols racons aromosos i bosquetans… i de ben lluny sentim el brogiment d’ una font d’ aigües neguitoses i rialleres que esquitxen els peus d’ un bufó i entremaliat angelot de marbre (**). Y si afinas un poco el oído, una suavecísima brisa te acerca los acordes melodiosos de un lejano violín.

El horario de visita a los jardines del Doctor Pla i Armengol se acorta, supongo, cuando nos encaminamos al solsticio de invierno en el hemisferio boreal (en el austral sucede todo lo contrario). Del orden de minuto y medio diario. De tal suerte que el “capvespre”, el atardecer, se produce a una hora en junio y a otra muy distinta en noviembre, pongamos por caso, en función de la incidencia de la luz solar, o cuando menos la tarde cobra un aspecto muy diferente, pues a las 18h, «a las seis de la tarde», decimos a menudo «ya es de noche». Detalle que se le pasó por alto al genio de turno. Atardece antes, si antes anochece, va de suyo, pues lo primero precede a lo segundo. O eso aprendimos asistiendo a las magistrales lecciones-TV del entrañable Libro Gordo de Petete.

La poética cursilería informativa en los jardines Doctor Pla i Armengol da pie a situaciones absurdas. Se te acerca el empleado que ha de desalojarlos y te dice: “Vamos a cerrar”. “Pero, caballero”… le respondes mientras te atusas las rizadas guías del bigote… “por mi reloj… (de bolsillo claro, fijado a la solapa con cadena y leontina de oro)… son las “capvespre” menos cuarto y además en un ratito he de batirme en duelo, a primera sangre o muerte, por la honra de una dama”.

No sabría uno cómo acomodar el “capvespre” o también “la matinada” en la esfera del reloj y qué tramo de la circunferencia ocuparían esos difusos conceptos en sustitución de los números que indican las horas en punto. La complicación sería aún mayor en el caso de un reloj digital, 18:30:22… 23, 24, 25, etc. La fórmula tampoco es muy allá para los vecinos de la ciudad que sostenemos que las comunicaciones de las diferentes administraciones deben figurar en ambas lenguas oficiales, pues no en vano las instalaciones municipales, y sus equipamientos, los pagan en igual medida los ciudadanos que tienen el español como lengua de referencia familiar. Tampoco la “info” es muy adecuada, cuando menos precisa, para la pertinente orientación de turistas despistados que recalen por el lugar si pretenden recrearse los sentidos mediante una visita programada.

Si acudiera a unos jardines que cierran sus puertas al “capvespre”, no lo haría jamás sin una de las amenidades de Álvaro Cunqueiro en el bolsillo, que es uno de mis escritores favoritos, y supongo que suyo también… si es persona de gustos refinados y amante del placer de la literatura por la literatura. Buscaría un banco donde sentarme y me abandonaría durante un tiempecito a la lectura del genial autor del fait divers, pues nadie sabe decir ciertas cosas mejor que él, que te inserta la “brétima”, como “neblina”, en el relato, y siendo un galleguismo, suena a un español delicioso. Agarras “Flores del año mil y pico de ave” (el título mismo ya es una declaración de intenciones), o cualquier otra, que en Cunqueiro la elegancia es sello personal, y te encuentras con perlas como éstas: “Nació bajo las acacias, en la hierba esmaltada de pesebetas, reinesildas y lilas”. “Caía agua a Dios dar”. “La prisa que me arrastra, como viento vendaval las hojas secas”. Gonzalo, el obispo mindoniense, ve en el claustro del monasterio de San Martín… “caballos. En los capiteles, caballos. Los caballos odínicos que galopan en las praderas hiperbóreas. Todavía están allí. Quizá el escultor los vio en las proas de las naves viquingas”. Insana envidia, sobre todo para quienes a duras penas distinguimos un cocotero de un alcornoque, ya no te digo una “pesebeta” de una “reinesilda”, que la primera me suena a antigua unidad monetaria y la segunda a legendaria princesa goda.

Con esa profusión floral y arbórea te pasan las horas y te dan las tantas, es decir, el “capvespre”, y te regresas a casa con la sensación de haber alimentado tu espíritu con la gollería más lisonjera al paladar. Para poner áureo broche a la visita, nada como quedarte absorto contemplando una reproducción de “Ofelia” de Millais, tan aficionado a los arroyuelos y a los nenúfares e instigador máximo del movimiento prerrafaelita. Y todo gracias, “serendipia” llaman al fenómeno (“afortunado hallazgo que se encuentra de manera inesperada”), a la omnipresente estulticia del ayuntamiento de Barcelona y a sus bucólicos atardeceres. Eso sí, la medalla al documental “Ciutat morta”, ditirámbica loa del sanguinario y cobarde asesino Rodrigo Lanza (botellazos en la cabeza a espaldas vueltas), esa infamia no la retiran. Quizá sí la estatua a Colón.

(*) Documentación gráfica facilitada por José Ginés, vocal de la Asociación por la Tolerancia y agente literario y héroe del autor de esta “tractorada”.

(**) “Las hojas temerosas, algo delicadas, caen al suelo en rincones sombreados, frondosos y aromáticos… y de lejos nos llega el rumor de una fuente de aguas saltarinas y joviales que salpican los pies de un simpático y travieso angelote de mármol”. 

PS.- Ousmane, el senegalés (véase “Somos el comunismo”), dobla su chamizo plegable de cartón a eso de las 10h y lo instala al atardecer, es decir, al “capvespre”, junto a la puerta del Teatre Lliure, para pasar ahí la noche. Luego el truco para evitar el desahucio reside en hacer desaparecer su vivienda portátil durante unas horas, fingiéndose nómada cuando es sedentario.

«Somos el comunismo»

Sales de buena mañana a “cronocaminar” (caminar a paso vivo, cronometrado, para hacer deporte y vida sana en tiempos de pandemia) por Montjuïch y te dan un tortazo pero a manaza abierta: agresión visual severa… y cuando no hace ni media hora que te has despertado. El asalto te pilla con las defensas bajas y te activa fatalmente el nivel de adrenocorticotropina. El susto y la ansiedad pueden ocasionarte graves y duraderas lesiones.

Al pasar por delante de la entrada regia del Palacio de la Agricultura, sede del Teatre Lliure, te das de bruces con la delirante campaña promocional de la temporada “otoño-invierno” que han diseñado los insignes gestores de la escénica institución. Te paras porque no das crédito al texto, te pellizcas las mejillas. Hace ya muchos años que no agarras una buena castaña (te achispas, es la edad, con un  par de gintonics), ni le das una calada a un petardo. No se trata, cabía la sospecha, de una percepción alterada de la realidad por culpa del abuso de sustancias psicotrópicas. Tus sentidos no te están jugando una mala pasada. El deslumbrante cartel, al final de esta “tractorada”.

Saludo con un ligero movimiento de cabeza a Ousmane, un senegalés alto y delgado, más chupado que la pipa de un indio, que vive acampado desde hace meses en un chamizo de cartonaje y plásticos, junto a la entrada noble del Palacio, a socaire del viento tras un seto desarreglado. De qué pasta estará hecho que resiste allí, como en un blocao, desde marzo, y ha pasado el verano en esa cochambrosa morada asediado por la descontrolada profusión de flora y fauna, desatención coronavírica, que ha convertido la “Montaña mágica” en una versión doméstica del Matto Grosso. Cierto que de un tiempo a esta parte se ven ya cuadrillas de operarios municipales desbrozando maleza, pero les queda trabajo, y mucho, por delante.

Según a qué hora pases, sorprenderás a Ousmane rezando en dirección a La Meca, supongo, que debe de andar detrás del Teatro Griego (en línea recta y a miles de kilómetros), que es lo que tiene delante de sus narices. Empleados de Parques y Jardines, cuando no agentes de la propia Guardia Urbana, fotografían a menudo la chabola del senegalés para acreditar que la frágil vivienda del campista sólo dispone de un cuerpo edilicio, es decir, que el “okupa” de espacios públicos no gana terreno al parterre levantando chabolas supletorias. Que, en definitiva, se ciñe a su modesto habitáculo sin acometer ampliaciones mediante estructuras estables y sin licencia de obras, mayores o menores, con arreglo a la normativa urbanística. De eso depende, al parecer, que no le obliguen a recoger los bártulos. ¿Delirante?… Sí, pero no más que la inaudita “publi” del Lliure.

Somos la disidencia. Somos el comunismo. Es una de las frases. Un contrasentido yuxtapuesto, separado por un punto y seguido. Una cosa y la contraria. Pues donde hay disidencia, puede haber comunistas, pero donde hay comunismo, no hay disidentes: tabla rasa “polpotiana”. Con el comunismo, la disidencia acaba, más pronto que tarde, en los sótanos de la Lubianka de un tiro en la nuca, en el gulag, en el “laogai”, en la cárcel de La Cabaña o en la sórdida cheka de la calle de San Elías. O practicando el vuelo libre, accidentalmente, desde uno de los amplios ventanales, magníficas vistas, del SEBIN caraqueño.

El régimen soviético gozó de la entusiasta anuencia de muchos intelectuales de Occidente. Eran, por Lenin, los llamados “tontos útiles” (véase el formidable ensayo de Stephen Koch, “El final de la inocencia”, con las sensacionales maniobras de ese genio del agit-prop que fue Willi Münzenberg, el fiel agente alemán de Stalin). Esos “tontos útiles” que para los demás querían lo que jamás habrían aceptado para sí y que regresaban de excursiones partidistas a la URSS organizadas por la Komintern, a pan y cuchillo, contando ampulosas y rimbombantes maravillas del régimen soviético, sea el caso de George Bernard Shaw, H.G. Wells, John Dos Passos, André Malraux, Miguel Hernández o de los indeseables Neruda y Alberti.

Tras asentarse definitivamente la dictadura comunista (pleonasmo), pintores, músicos, literatos, cineastas, no pocos de ellos fueron “desacreditados” y algunos “purgados” directamente, en toda la extensión de la palabra. Isaak Bábel, Ósip Mandelstam, Bulgákov, Meyerhold o Boris Pasternak, entre muchos, pagaron sus desavenencias con el régimen. El arte bajo la bota comunista, superado el inicial e interesado idilio con los creadores de la época afectos a las llamadas “ideas avanzadas”, en fementido pero exitoso plan para congraciarse con las élites biempensantes de Europa, pasó al fin por el cedazo de la ortodoxia expresiva marcada por el Partido y ello dio lugar al castrador y plomizo tostón del “realismo socialista”. El teatro no fue una excepción, por supuesto.

“La vida de los otros” es una magnífica película que, en cierto modo, ilustra ese fenómeno. El “chico” de la peli, un dramaturgo berlinés afecto al régimen, tras un giro radical, se aviene a redactar un artículo sobre los silenciados suicidios en la RDA (donde todo es abundancia y contento, y no existen por decreto las personas infelices). El pobre las pasa canutas para evadir el texto y publicarlo en Occidente. El protagonismo lo comparte con esa máquina implacable de triturar vidas que es la Stasi y que a todas partes llega gracias a la tupida capilaridad de agentes y voluntarios (como esa vecina del “prota” que, para costear la carrera universitaria a su hijo, debe aportar periódicamente los informes de sus entrometidas averiguaciones).

Algunos carteles que reproducen el texto del Teatre Lliure traen el listado de sus generosos patrocinadores. Ahí está el logo de TV3. Nada sorprendente. También el de La Vanguardia y el de El Periódico. Patrocinadores semi-públicos (subvenciones al grupo Godó y a la edición en catalán del tebeo hasta hace poco dirigido por Enric Hernández, ahora al frente del “soviet” de los servicios informativos de RTVE). Y, atenta la guardia, de la cervecera Damm y del Banco de Sabadell, el mismo que largaba esos cansinos anuncios TV en blanco y negro protagonizados por Pep Guardiola.

Dijo Lenin, en inspirada sentencia para la posteridad, aquello de que “los burgueses nos venderán la soga con la que les ahorcaremos” y los zotes del Banco de Sabadell, del que si fuera cliente me apresuraría a retirar mis fondos, se empecinan en darle la razón. Advierte Jean-François Revel (“Ni Marx ni Jesús”, un lúcido ensayo por lo que tiene de atinado y por lo que tiene de opinable) que, con relación a la aprehensión del socialismo los europeos, en particular sus intelectuales, incurren en una fatal propensión a partir de cero: la persistente desmemoria histórica. Uno de los capítulos se titula muy perspicazmente: “Es posible pasar de la libertad (valga por democracia) al socialismo, pero no del socialismo a la libertad”… salvo que medie un cataclismo como el de la extinción de los dinosaurios, se entiende, o la caída del muro de Berlín. Buena parte del mérito de su análisis reside en que el ensayo está fechado en 1970, cuando el negacionismo del genocidio elefantiásico (que aún hoy cuenta con adeptos: Unidas Podemos, sin ir más lejos) perpetrado por el socialismo-comunismo a escala planetaria era dominante en las cátedras universitarias del “mundo libre”, que suspiraba, a lo que se ve, por dejar de serlo.

El otro patrocinador de la campaña es usted, lo sepa o no, gracias a esos reputados asesores financieros que ha contratado llamados gobierno de la Generalidad y Diputación de Barcelona (la misma que paga 6.000 € mensuales, no se sabe a cambio de qué, a Marcela Topor, la doña de Puigdemont), si hemos de hacer caso al documentado artículo publicado hace unos días por Dolça Catalunya. La afluencia de dinero público es considerable, a carretadas… algunos de esos jugosos euritos que perciben los sagaces rectores del “chiringuito” proceden del tramo autonómico del IRPF que le han detraído a usted alegremente de la nómina. Disfrute, pues, del dirigismo cultural más descarnado y flagrante, de la más evidente manifestación de la sectaria politización de la cultura, pues sus promotores no tienen el menor empacho en proclamar a qué propósito sirven. Claro, que si es usted comunista, estará encantado con esa patraña, supongo… aunque siempre podrá salirse por la tangente, en plan Houdini, como Dalí, cuando a propósito de Picasso dijo aquello de “Picasso es comunista… yo tampoco”.   

Posta, Posto y Correus

Correos y Telégrafos SAE ha comunicado a los sindicatos con representación en la empresa una singular modificación en las bases de un proceso pomposamente llamado “convocatoria de ingreso de personal laboral “indefinido” perteneciente al grupo profesional IV”. Se trata de proveer la plantilla de nuevos trabajadores de régimen laboral por medio de un examen, pues los funcionarios en Correos lo son “a extinguir” desde hace años. La “laboralización” de la empresa avanza a marchas forzadas, no en vano cada año se jubilan miles de funcionarios y los que quedan superan de media, y de largo, los 50 años de edad. De modo que, “tic-tac, tic-tac”, a Correos le basta con dejar pasar el tiempo para librarse de ese molesto contingente funcionarial que luce la cornamusa, aún coronada, en la camisa del uniforme.

La modificación consiste en que, en adelante, Correos puntuará a beneficio del peticionario la acreditación del conocimiento de lenguas co-oficiales (y otras), con validez, se entiende, en aquellos territorios en que disfruten de rango normativo. Correos, pues, da un primer paso para acogerse a esos modismos lingüísticos de uso común en algunas CC.AA donde, para obtener, por ejemplo, la especialidad de Cirugía es tan importante, si no más, el dominio del gallego o del vascuence que la propia pericia quirúrgica. “Soy su cirujano…”, te dice el tipo ataviado con bata blanca y que blande un serrucho, “… aprobé las prácticas de chiripa, pero soy euskaldun de toda la vida, baserritarra del Goyerri, oiga. Le amputo la pierna por una apendicitis y luego vamos por Donosti a tomar unos txikitos en plan jatorra”.  

Correos, que tiene por ley la encomienda de prestar el servicio postal universal, sucumbe a los particularismos lingüísticos que restringen la movilidad de los trabajadores y fijan su desempeño profesional a un ámbito geográfico delimitado por acentos y fonemas. Esta decisión no restituye ningún derecho menoscabado, ni repara una situación de injusticia, todo lo contrario, establece criterios discriminatorios entre personas en función de la lengua y esto se aprecia en casos que nos sirve la propia realidad, verbigratia:

-Muchos trabajadores del grupo de edad de más de 50 años que tienen como lengua de referencia familiar el catalán, el vascuence o el gallego, estarán en desventaja con relación a aquellos otros de edad inferior que sí fueron “inmersionados”, por así decirlo, en dichas lenguas durante su etapa escolar. De modo que éstos últimos podrán acreditar la titulación académica requerida por la empresa y los primeros no, aun siendo hablantes de las citadas lenguas, resultando de todo ello un castigo añadido al colectivo de trabajadores de mayor edad sin empleo. Bien entendido que este efecto perverso de la disposición es una bagatela sobrevenida, pues entiendo que la valoración de lenguas cooficiales para clasificar y repartir cartas, a pie o motorizado, ya no como requisito, siquiera como mérito a considerar, es una melonada innecesaria, aunque concordante a estos tiempos enloquecidos. 

El establecimiento de baremos lingüísticos por parte de Correos para optar a una plaza es el inicio de una política de barreras que condicionará el libre tránsito de trabajadores por una cuestión que nada tiene que ver con la idoneidad del desempeño requerido. Aquéllos que no conocen más lengua que la común, partirán en desventaja allí donde exista una lengua co-oficial que desconocen. Y, al contrario, los trabajadores que acrediten debidamente el conocimiento de una de esas lenguas co-oficiales estarán en igualdad de condiciones con los candidatos de un territorio donde no exista más lengua oficial que la común, estableciéndose de facto una relación asimétrica, en beneficio de unos y perjuicio de otros. Y no digamos ya cómo rabiarán los partidarios de la oficialidad de “hablas” o variantes dialectales que no son reconocidas por la disposición de Correos, sea el caso del bable o de las “fablas” pirenaicas: “Guaje… ¿Por qué a mí no me das un “puntín”?… Puxa Asturies, el orbayu y los carbayones”.

Pero hay más («embolica que fa fort»). Correos también puntuará a los candidatos el conocimiento de lenguas que NO son oficiales, por ejemplo, en Ceuta y Melilla (“dariya” y “tagmazid” respectivamente, o así figuran transcritas en las bases publicadas) y se entiende que es por cercanía a parte de la población residente en dichas localidades. Por esa misma regla de tres, densidad de hablantes de una lengua en un área determinada, aun no siendo oficial, habría de baremar Correos el conocimiento del alemán en algunos municipios de Mallorca al copo de “jubiletas” tudescos, o del urdu, ya puestos, en el distrito postal 01 de Barcelona (El Raval), en Salt (provincia de Gerona) o en algunos barrios de El Vendrell (Tarragona).

Al adoptar este modelo, pareciera que Correos, bajo la férula del actual Presidente, “amiguísimo” y “enchufadísimo” de Pedro Sánchez (*), quiera desandar el camino de la prestación del servicio postal a escala nacional, y quién sabe si algo más… como si pretendiera, pasito a pasito, remodelar estructuras y adecuarlas a una hipotética fragmentación al gusto localista más exacerbado, diseñando acaso un futuro “despiece” de la empresa y su “traspaso”, en un formato regionalizado de operadores postales, a  las taifas autonómicas.

Tiempo atrás vimos que Unipost, hoy en quiebra, se postulaba en Cataluña para sustituir a Correos con el beneplácito del gobierno autonómico durante la fase más alarmante y delirante del latoso “procés”. Cambian las tornas, o mejor dicho: el acoso a España y a la vigente legalidad constitucional diversifica escenarios y desde Barcelona se desplaza a Madrid, y sospecha uno que ahora Correos SAE se plantea, a la inversa, ser ese mismo Unipost… pero no sólo en casa, también en Valencia, Palma de Mallorca, Bilbao y Santiago de Compostela (territorio Núñez Feijóo, que en tiempos fuera, qué tendrá ese incómodo sillón, Presidente de Correos), convenientemente desagregado en 17 parcelitas adaptables a un horizonte de transferencias competenciales.

Nadie se imagina que en la republicanísima Francia, donde se hablan diferentes lenguas, La Poste puntúe a los candidatos a integrar su plantilla por acreditar conocimiento de corso (en Córcega), catalán (en Prats de Molló o Perpiñán), vascuence (en Biarritz o San Juan de Luz), alemán (en algunas localidades de Alsacia) o canaco (en Nueva Caledonia donde, por cierto, los indigenistas acaban de perder otro referéndum independentista). A fin de cuentas todos hablan francés y allí lo tienen claro: LAS MISMAS OPORTUNIDADES PARA TODA LA CIUDADANÍA, sin concesiones particularistas de por medio que otorguen a colectivos concretos derechos políticos diferenciados… lo que atentaría gravemente contra el espíritu fundacional de la República.

Si algo debiera premiar Correos con 10 puntos, pero a escala no nacional, sino planetaria, si tuviera jurisdicción en ello, es el conocimiento del silbo gomero, que es un lenguaje tonal y ancestral “silbado” por los isleños para comunicarse en la distancia entre aquellas abruptas barrancas y quebradas, al tiempo que dan (o daban) unos saltos tremendos ayudados de unas pértigas primitivas para salvar los desniveles del terreno. Razón por la que la isla canaria siempre demandó traumatólogos y carteros que llamaran a la puerta dos o más veces.

(*) Se rumorea en los mentideros capitalinos que el Presidente de Correos, íntimo de Pedro Sánchez, es el más zoquete de toda la pandilla. Enchufe, en su caso, que hace bueno el viejo proverbio postal: “El que vale, vale, y el que no a Correos”.

PS.- Al fin una buena noticia: El asesino Rodrigo Lanza (véase “A la (puta) cárcel”), ídolo de la izquierda española, particularmente de Colau y su alegre troupe (“Picharelo”, “La meona de Barcelona”, Albano Dante Fachín… -¿Qué habrá sido de ese sujeto siniestro?-… Jaume Asens, etc), ha sido condenado a 20 años de prisión por el alevoso asesinato de Víctor Laínez, botellazo en la cabeza por la espalda, con agravante de odio sectario. Me he tomado un buen “pelotazo” para celebrarlo. Se duerme mucho mejor sabiendo que ese tiparraco inmundo está entre rejas. Aunque lo suyo sería, convendrán conmigo, una “perpetua”.

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