Armonización fiscal… y escolar

El autonomismo se presta a toda analogía en negativo que a uno le pase por el magín. Por ejemplo, es como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. O como esas divas progres de la tele que están cañón y lucen sus encantos en cuanto les ponen una cámara delante, paradigma Pedroche, pero luego rabian de lo lindo a cuenta de la cosificación del cuerpo femenino si unas azafatas monísimas quieren sacarse un dinerito en un premio de Fórmula-1 marcando tipín, con tops y falditas plisadas: “¡Intolerable opresión heteropatriarcal ejercida contra esas muchachas hipersexualizadas!”. La ley del embudo: lo que está fenómeno para mí, no casa para ti, guapa… porque yo lo valgo.

Se habla estos días con gran prosapia de armonización cuando se trata del peliagudo y oneroso asunto fiscal. Ahora y en el presente caso la armonización es buena, deseable, mira tú. Luego la capacidad que tienen las CC.AA (sigla de uso periodístico que vale por regiones) para establecer políticas propias y diferenciadas con relación a la impositividad (“impuestos e impuestas”, que diría la ministra pro-castrista Díaz, ducha en el arte de la falsificación curricular), tributación empresarial, “sucesiones” y/o gestión del tramo autonómico del IRPF retraído al personal de sus nóminas, se pone en tela de juicio desde el gobierno de la “nación de naciones”, ocurrente fórmula acuñada por Zapatero, palanganero asalariado del tirano Maduro que, por economía de lenguaje, habría de dar en el novedoso concepto supranación.

Siempre se nos ha dicho que una de las virtudes que adornan al autonomismo es que fomenta la cercanía de la administración al ciudadano. Cercanía por lo común excesiva a causa de la obcecación hiperreguladora que anima a los gobiernos locales, prontos a asfixiar a tutti quanti a base de nuevas y cada vez más meticonas e invasivas normativas acompañadas de mecanismos sancionadores con afán recaudatorio: prohibido rascarse el trasero en la vía pública, recomendado separar el cartón del papel de bajo gramaje, obligatorio pasear al perrito de 08h a 09h, martes, jueves y sábados, etc, etc… en esa variada panoplia de medidas pintorescas casi cualquier cosa, por inaudita que parezca, dispone de asiento legal en las densas páginas de los diferentes “BOE” regionales.

No obstante, ese ámbito de la “cogobernanza” (horripilante expresión) impositiva, ese margen de maniobra hasta ahora legal de las regiones para ejercer una suerte de parcial “autonomía” fiscal ha caído en desgracia, se percibe como amenaza y por ello ha de ser corregida mediante, acabáramos, la armonización fiscal. Tabla rasa.

La razón aducida es que esas regiones que adoptan medidas más atractivas que el resto para captar el interés del inversor incurren en algo, al decir de sus detractores, llamado “dumping” fiscal. No cabe duda, algo que a sí mismo se deja llamar “dumping” ha de ser por fuerza cosa mala. El dumping es una torticera fórmula de desleal competencia. La primera vez que oí la expresión creí que se trataba de un deporte de riesgo como el “puenting” o el “cañoning”. Quiere decirse que esas regiones son insolidarias, que abaratan costes “tributarios” para excitar el celo del capital y atraerlo hacia sí impelidas por un indomeñable egoísmo. Cuando hablan de «esas regiones», en realidad se trata de un camuflaje en plural para referirse a Madrid, que es la bestia negra del actual gobierno de coalición PSOEPodemos (más Otegui, Junqueras, Puigdemont, PAC o Partido Anchoísta de Cantabria, antiguamente Santander, el patea-hernias de Errejón y Teruel ¿Existe de veras?, etc).

Sucede que los virreyezuelos de algunas regiones echan fuego por las muelas porque, acaso propulsados por una voluntariosa pulsión de confiscatoria rapiña, son partidarios de subir impuestos como si no hubiera un mañana, pues hay que dotar de medios suficientes todos los artefactos que la política “creativa” es capaz de diseñar: desde las televisiones autonómicas a los organismos públicos mandatados para velar por la buena salud del tritón lacustre en comarcas de media y alta montaña, la manufactura del calzado rural con hebras autóctonas de cannáceas ribereñas, y otros muchos más, y todos ellos desde una perspectiva de género inclusiva y energéticamente sostenible. Hay muchas deudas y mamandurrias que pagar y muchos amigos y familiares a los que acomodar en confortable poltrona. Aguardan en el garaje docenas de coches oficiales de alta gama que demandan chófer, galones de gasolina y pasaje tras opacas ventanillas.

Y, claro es, cuando uno de sus pares, en lugar de reforzar cargas impositivas para drenar recursos hacia esos organismos públicos, maniobra para crear un marco propicio a la inversión y a la actividad económica, les da la erisipela, un ataque de cuernos del quince. Mientras unos piensan que la curva de Laffer es un tramo peligroso del circuito de Spa-Francorchamps, otros consideran que tratando un poquito mejor al contribuyente, mejorará a su vez el monto de la contribución y de ese modo no se vaciarán las alcancías. Y, entonces, la riña, la disputada liorna entre regiones, está servida.

Llegados a esta sazón y punto, la solución gubernamental (Pedro Sánchez y su alegre troupe) pasa, no por instar a las CC.AA a replicar el modelo madrileño de excelencia impositiva (con el margen de mejora que quepa)… Si funciona en Madrid, hagan ustedes lo propio… nada de eso, sino por forzar a Madrid, incluso por ley, acompañada de acoso mediático, a subir los impuestos. Ensucie su casa y llénela de cachivaches para que no sea más atractiva que las casas de sus vecinos. De este modo la cosmovisión fiscal del gobierno de coalición es diametralmente opuesta (igualar por decreto a las regiones en la franja alta de tributación, acabando con la autonomía fiscal) a la observada por el mismo, ley de la exministraá Celaá, en el ámbito de la educación: ahormar formación y aprovechamiento académico de los alumnos por la base, o mejor, el subsuelo, propiciando una suerte de aprobado general aun con todas las asignaturas suspendidas. Esto es, el establecimiento por decreto de la inopia intelectual.

La llamada “armonización fiscal”, en el fondo una pataleta sectaria contra el gobierno de Madrid, es la enmienda a la totalidad, por así decirlo, de aquel ameboide e indigerible artefacto que dieron en llamar “federalismo asimétrico” los capitostes del PSC y que de vez en cuando agitan como un espantajo, ahora de nuevo como posible solución (inverosímil, a la par que indeseable) a la martingala “procesual” en Cataluña. A la hora de la verdad, pues, determinadas iniciativas, a según quién, no se le consienten. Y todo el mundo ha de pasar por las horcas caudinas de una política fiscal homogénea. Cuando, en realidad, nada que sea importante lo es (homogéneo) en España: sea, el reciente caso, sin ir más lejos, de la desafinada y desconcertada gestión de la pandemia…

… Los cargos públicos, para tomar posesión de su acta, juran o prometen por lo que les sale de los pelendengues y todas las fórmulas son invariablemente aceptadas, aunque se trate de un desafío expreso al orden constitucional… “Juro por la futura soberanía de Las Batuecas”. En nuestros ayuntamientos ondean banderas sin reconocimiento legal, la estrellada, la segundorrepublicana, la del movimiento LGTBi, si es que ése es el acrónimo exacto, pues a cada paso le añaden una letra más… cualquiera, pues, menos la nacional. En España no hay armonización por parte alguna. Y siempre que se ha hablado de ello, de “armonización”, los progres claman iracundos pues el vocablo les trae a las mientes una estrategia coactiva de inspiración como franquista contra los particularismos y “fets diferencials” (hechos diferenciales). Les suena a esa fiera corrupia que para ellos es una España unida. La armonización, la que sea, les huele a cuerno quemado y les da una patada en el trasero, hasta que la espantable divisa se urde en sus cuarteles y se divulga a diario para meter a la levantisca Madrid en cintura. Entonces sí, la armonización es el bálsamo de Fierabrás.

En mi opinión, no hay mejor “armonización” fiscal entre autonomías que su “amortización”, esto es, la supresión de estas últimas. Pero puestos a «armonizar», y mientras persista ese contraproducente modelo de invertebración nacional, vamos a armonizar cosas no menos importantes que la fiscalidad. Por ejemplo, la posibilidad real, cierta (nada de gansaditas cobardonas tipo Ley Wert), de recibir de una p*** vez la enseñanza en español en todos los ciclos escolares, universitario incluido, y en todo el territorio nacional sin excepción alguna. Es decir, en la lengua oficial y común a todos los españoles, como sucede, ni más ni menos, con el francés en Francia, donde también se hablan otras lenguas y donde nadie defiende que la igualdad entre ciudadanos, la verdadera armonización cívica, haya de sucumbir a usos y politiqueos regionales. A un francés de ideas progresistas le escandalizaría que en Perpiñán, Biarritz, la alsaciana Riquenwhir o Ajaccio, para estudiar en francés, tuvieran que acudir los padres del alumno a litigio judicial y, en definitiva, para obtener un birrioso 25% de las clases lectivas. A un español, no.

¿Quiere ello decir que nuestros progres son más idiotas que los progres franceses? Aun siendo progres ambos, con diferencia. Los nuestros se definen por decirte que puedes decidir si tu hijo (bien entendido que no es de tu propiedad, no te confundas) nace o no, vamos, si lo abortas, e incluso cuál es su género, independientemente de su combinación cromosómica, esto es, al margen de la biología… pero no en qué lengua ha de ser escolarizado, que para decidir eso ya están ellos y la inmersión obligatoria, lo mismo en vascuence que en catalán o gallego, y a no mucho tardar incluso en bable. Pero qué más da. A perro flaco todo son pulgas… pues no va y se nos muere Franco Battiato. Él sí encontró su centro de gravedad permanente.

Franco Battiato: buscando incansablemente celestes armonizaciones y centros de gravedad permanentes. Requiescat in pace.

Reconversión espiritual

La industrial ha sido la más famosa reconversión vivida en España en estas últimas décadas. Era condición necesaria desmantelar el tejido de empresas públicas, o participadas parcialmente por fondos estatales, esto es, a cargo de los PGE, para afinar los planes de convergencia económica con la Unión Europea donde para todo firme candidato a ingresar en el selecto club había de regir la economía de mercado. La economía mixta, proteccionista e intervencionista, del franquismo (modelo, «capitalismo de Estado», por el que suspiran hoy nuestros progres coletudos) era un obstáculo a sortear. El momento más candente se vivió en la década de los 80, especialmente en la cornisa cantábrica, sean las explotaciones mineras y siderúrgicas en Asturias o los astilleros en Bilbao.

Pero ahí no se agota el filón de las “reconversiones”. En esta tractorada diré cuatro cosas de una más cercana a nosotros temporal y geográficamente: la desbocada «reconversión espiritual» en Cataluña a cuento del mortificante “procés”. Leo en la prensa digital que la iglesia diocesana cierra al culto 160, arrea, de las 208 parroquias de la ciudad de Barcelona, un 75% aproximadamente. Al punto, el cardenal Omella (¿O es Omeya?), presidente de la Conferencia Episcopal, matiza eufemísticamente que no se trata de una reconversión y cierre, sino de una “reagrupación”, mientras medita cómo diantre encajar la monserga de los indultos a los golpistas en su homilía dominical.

El balance es calamitoso… para los creyentes, claro: Cataluña es la región más descreída de España, donde más personas se declaran ateas o no católicas, donde el porcentaje de contribuyentes que marcan la x en la casilla de la declaración de la renta es el menor, la asistencia a los oficios religiosos la más baja y donde la falta de vocaciones es total. Aquello que en su día dijo Torras i Bages de que “Cataluña será cristiana, o no será”, hoy tiene concluyente respuesta. Se cosecha lo sembrado. “Para unos el paraíso está en el infierno de otros”, Alberto Moravia, de modo que los materialistas y anticlericales más furibundos, con estos datos delante, ronronean de placer como una gatita satisfecha.

Uno de los factores que ha contribuido a ese “vaciamiento” de los templos, es, no cabe duda, la enfeudación de buena parte del clero local a las consignas de esa otra religión llamada “nacionalismo”. Haciendo seguidismo del dogma del particularismo localista, los lugares de culto en Cataluña han mutado en salones de laicizado adoctrinamiento a mayor gloria de los presos que en breve abandonarán la cárcel definitivamente con su indulto bajo el brazo o de los fugados de la justicia en Suiza y Waterloo que pretenden pasar por exiliados políticos. Se dice que el catolicismo, por su vocación universal, no habría de casar con los fenómenos micro-identitarios, pero no siempre es así, y si no que le pregunten mediante la Ouija al carlistón renegado de Sabino Arana. Salvo que pretendan fundar, o enquistar en el seno de la Iglesia católica, mediante maniobras y politiqueos, una iglesia, aunque de obediencia romana, de corte nacional un poco al estilo, en cambio, de la anglicana.

Los ejemplos de esta deriva de buena parte del clero diocesano en Cataluña hacia el nacionalismo excluyente (perdón por el pleonasmo) son numerosos, esquivos al cálculo como la arena de la playa. Ahí tenemos a Benet Galí, párroco de San Narciso en Gerona que sermonea a sus fieles desde el púlpito instándoles a votar a los partidos separatistas. La superiora del convento de San Pedro de Puelles, en la calle Anglí (Barcelona) que expulsa a una monja del convento (entrevistada por Arcadi Espada) por el infando pecado de no comulgar con la idolatría nacionalista y no sumarse ovinamente a los rezos vespertinos de la congregación por la libertad de Puigdemont, chúpate ésa. No pocos campanarios en las iglesias de esos pueblos de la Cataluña interior, el cinturón de la barretina calada hasta las cejas, engalanados con la banderita de la estrella solitaria. Todo esto a nivel de sectarismo de escala básica, parroquial, pero no queda ahí la cosa. En sede pontificia el desparrame es mayúsculo. Va el Santo Padre, el papa Francisco, y nombra arzobispo de Tarragona a Joan Planellas, canónigo de la catedral gerundense y párroco destinado a la localidad de Jafre (Bajo Ampurdán). El mismo que, tras denunciar Albert Boadella la tala de los árboles de su finca por fanáticos ultranacionalistas, declaró que si el cómico no era feliz entre sus ovejas descarriadas, que agarrase las maletas y se largara a otra parte en un gesto conmovedor de auténtica empatía evangélica. Y luego hay quien se sorprende de la menguante feligresía. Con pastores así, el rebaño se dispersa. La desacertada elección arzobispal demuestra que, en efecto, el Papa es falible.

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Hace unas fechas pasé unos días en la acogedora localidad costera de Cambrils. Un buen sitio, pensé, para residir allí una vez jubilado. Cambrils fue cuna de un importante prelado de la Iglesia, el cardenal Vidal i Barraquer. Como es sabido, Vidal i Barraquer salvó el pellejo de chiripa al estallar la Guerra Civil. El arzobispo y el obispo auxiliar, Manuel Borrás, abandonaron a correprisa la sede de Tarragona para huir de los milicianos y se instalaron provisionalmente en Poblet. Los datos que aquí se citan proceden de un artículo de Salvador Caamaño publicado en “Elcatalán.es”. Con todo, fueron detenidos pocos días después por los perdularios comecuras de la CNT-FAI y trasladados a Montblanch. Habían cazado, hay que ponerse en el pellejo de esos criminales para entender su entusiasmo, un “pez gordo”, a todo un cardenal, que es como si un comando guerrillero apresa en audaz golpe de mano a un general del ejército enemigo. ¡Albricias! ¿Qué hacemos con él? De tratarse de un simple fraile lo habrían tiroteado, castrado o crucificado sin más al momento. Pero un cardenal… tate.

El hecho llegó a conocimiento de Ventura i Gassol (poetastro medio chiflado, el de la chalina al cuello, integrado en ERC tras su paso por la Lliga y autor de aquella frase que aún resuena en nuestros oídos, “De España lo odiamos todo, y más que otra cosa el nombre”, contrapunto de aquella otra del afamado cocinero Arguiñano, “Del cerdo me gusta todo, hasta los andares”), que en tiempos fue seminarista, y que comunicó el incidente a Companys para propiciar su liberación, pues Vidal i Barraquer era afecto al catalanismo político. Y se salió con la suya: el cardenal y su secretario personal fueron liberados, trasladados a Barcelona, custodiados en el palacio de la Generalidad y a los pocos días embarcados de matute rumbo a Italia. Pero el salvoconducto de Companys, de su puño y letra, ante el autodenominado “Comité Antifascista” de Montblanch, omitió deliberadamente al obispo auxiliar, Manuel Borrás, que, para su desgracia y martirio, no era de la cuerda.

Con la excusa de un hipotético traslado a Tarragona, los milicianos subieron a Borrás a una camioneta y en las afueras le aperaron del transporte y junto a un olivo fue tiroteado. Vivo aún, le colocaron sobre unos matorrales y prendieron fuego a la pira improvisada. Antes de morir, Borrás les perdonó y de ese hecho se jactaron sus asesinos al contar con socarronería la anécdota a paisanos y conmilitones. Los restos del obispo, medio carbonizados, fueron identificados por Josep Gomis, padre de otro Gomis ilustre que sería con los años alcalde de Montblanch durante el franquismo y posteriormente consejero de Interior (Gobernación) durante el primer mandato de Jordi Pujol.

Se dice que sus restos fueron enterrados en el cementerio de Lilla, pero no han sido hallados aún, pues el sepulturero que presuntamente los enterró se suicidó días más tarde. La Ley de des-Memoria Histórica no parece de aplicación en este caso. Es fama que a Vidal i Barraquer le reconcomieron hasta el día de su muerte los remordimientos por haber abandonado a su suerte al obispo auxiliar, y a otros muchos hermanos en la fe, pues sospechaba el fin que les aguardaba. Y manifestó sus deseos de ser enterrado junto a su antiguo colaborador, si aparecía su cadáver, pues consideraba a Borrás “un auténtico mártir”. Con los años intentó regresar a España, pero el nuevo régimen no se lo permitió a pesar de la carta que en 1937 dirigió al cardenal Pacelli (futuro Pío XII) y que en su artículo extracta Salvador Caamaño:

“He intentado hacer llegar reservadamente y de palabra al general Franco el testimonio de mi felicitación y simpatía y mis sinceros votos por el éxito de la buena causa (…) Si a Vuestra Eminencia le pareciera conveniente u oportuna una manifestación más clara y explícita, estoy dispuesto a ello (…). Deseo vivamente que triunfe Franco (…)”.

Recientemente titulaba así La Vanguardia, 06/11/2018, un acto de homenaje dispensado por Quim «petomán» Torra a Vidal i Barraquer: “El Govern de la Generalitat (sic) homenajea a Vidal i Barraquer, el cardenal que no apoyó a Franco”.

He aquí el trenecito turístico que recorre las calles de Cambrils. Beltraneja, la coneja (en la foto junto a la locomotora), lo pasó fenomenal saludando a los viandantes desde el convoy. Beltraneja es muy moderna, practica el desnudismo y de mayor quiere ser diseñadora de modas e “influencer” del reino animal. Cierto que, sensible como es y dotada de un afinadísimo sexto sentido, al pasar el trenecito junto a la Fundación Vidal i Barraquer, riera de la Alforja arriba, percibió una atmosfera algo enrarecida que le hizo arrugar el hocico.

¿Quién fue Sabino Arana? Mi inolvidable experiencia en C’s

Recuerdo con afecto aquella etapa en la que, por cuota de INN (Iniciativa No Nacionalista) y con las facilidades que me dio Manuel Aguilella (el único e hiperactivo sindicalista del no nacionalismo en más de 20 años), pasé de las catacumbas de la clandestinidad a integrarme en el proyecto Ciudadanos. Fue una verbena divertidísima, un hervor de ilusiones, por lo que a mí respecta. Las reuniones sabatinas, previas, en el local de la Asociación por la Tolerancia donde cada quisque decía la suya, eran una maravilla. Yo me lo pasé pipa y me sentí protagonista. Era evidente: con Vidal Quadras defenestrado por Aznar y PSC encabezando un gobierno tripartito, primero Maragall y después el sonderkommando Montilla, y entregado lacayunamente al régimen nacionalista para continuar la senda desbrozada por el pujolismo, no quedaba más bemoles que saltar a la arena de la política partidista creando unas siglas. El experimento dio en llamarse Ciudadanos por decisión de los intelectuales firmantes del manifiesto del Taxidermista.

Cada quien y cada cual tenía su propio partido en el magín. Para mí, y para otros más, Ciudadanos comparecía en escena para competir con PSC desde el centro y escorado a la izquierda y de ese modo birlarle buena parte de ese electorado que en absoluto simpatiza con el nacionalismo, pero que es secuestrado en las urnas por sus dirigentes y entregado a las élites localistas. Recuérdese que durante la Transición, el PSOE, aún a pesar de su mayor tirón electoral, desmanteló su agrupación catalana para entregar sus votantes con lacito a los señoritos del PSC-Congrés (los Raventós, Obiols, Maragall, Serra, etc), es decir, a la fracción de la oligarquía catalanista que en el reparto de papeles se decantó a la izquierda para compartir el pastel con CiU, sus pares de la derecha. O sea, para que mandara quien mandara, todo quedara en familia o “estamento”.

Y el invento, años más tarde, estuvo a punto de cuajar… de convertirse en una opción, en una larva de posibilidad cuando Ciudadanos y UPyD parecían condenados a entenderse… pero cada cual (antipatías personales, competencia de egos, Rivera/ Rosa Díez) siguió su camino y, tras días de vino y rosas, incluso de notabilísimos éxitos electorales, ambas formaciones desaparecieron al fin (C’s está a punto de completar su proceso de extinción).   

Es definitivo: jamás el PSOE se refundará en Cataluña. Su acomplejamiento ante el nacionalismo (o sea, ante el PSC) es total. No puede desandar, salvo que medie una hecatombe, el camino andado. Felipe González: supeditación del PSOE al PSC en Cataluña, y ZapateroPedro Sánchez: supeditación del PSOE “nacional”, o mejor, “federal”, al PSC en toda España. En resumidas cuentas: rendición incondicional ante el separatismo. Está en el ADN de la izquierda española, o sea, anti-española. Quizá un día los españoles de izquierda que aman España (la de verdad, la única que existe y no esa “otra España posible” de la que hablan a veces quienes la detestan), que algunos hay, tendrán una referencia electoral y representación parlamentaria, pero a corto y medio plazo no es posible. 

A lo que vamos, durante una temporada participé en una comisión “ciudadana” de “agitación y propaganda” por mediación de Antonio Robles. Mi presencia ahí aporta una cabal idea del voluntarismo naïf de la naciente formación: cómo debería de andar escasa de medios humanos y materiales para que un servidor tuviera cabida en el citado grupo de trabajo. Nos reuníamos en un local de la plaza Urquinaona una vez por semana. Tormenta de ideas. Me reía a mandíbula batiente con las iniciativas propias y ajenas que, acaso afortunadamente, jamás pasaban de elucubraciones, deseos o auténticas e improductivas pajas mentales. Fue bonito.

Por entonces, una de mis fijaciones era la calle dedicada por el consistorio barcelonés (en tiempos de Narcís Serra) a ese cafre, a ese botarate palurdo, racista y esquinado de Sabino Arana Goiri, carlistón renegado y fundador del PNV. Como todo el mundo sabe, el nomenclátor de Barcelona acoge a todo supremacista catalán medio chiflado de la Renaixença e infeudado a la antropometría decimonónica que a uno le quepa imaginar, lo mismo Pompeyo Gener que Martí i Juliá, o perteneciente a una camada posterior, sea el caso del indeseable proto-fundador de EPOCA, Batista i Roca, matriz infecciosa de la banda terrorista Terra Lliure. La lista es extensa y son numerosos los próceres majaretas de la patria objeto de homenaje municipal.

Era una fijación, digo, porque años atrás unos cuantos miembros de la Asociación por la Tolerancia, en acción de comando (con nocturnidad y alevosía), pretendimos pegar sobre las placas de mármol de la calle citada otras de polispán con dedicatoria a Copito de Nieve, el gorila albino descubierto en Guinea por el ilustre primatólogo Sabaté Pi, al que jamás quiso llamar Floquet de Neu (según explicó en una clase magistral a la que asistió un servidor), que no mucho antes había fallecido en el zoo.

Sólo que la acción se saldó con un estrepitoso fracaso. Mientras unos vigilaban para dar el queo por si se acercaba la Urbana, otros, con el concurso de una escalera, alcanzaron algunas de las placas… pero, cáspita, las nuestras no se adherían al mármol: un chasco de operativo. En estas que algún vecino que observó nuestros sospechosos movimientos alertó a los agentes del orden y allí se plantó un coche patrulla. Nos pillaron con las manos en la masa. La vandalización “cívica”, valga la paradoja, quedó en agua de borrajas. Si no recuerdo mal, los agentes, vista la extrema peligrosidad de los emboscados, zanjaron el incidente sin redactar siquiera un atestado. “Váyanse a sus casas, por favor”. Recogimos los bártulos y, cabizbajos y corridos de vergüenza, nos fuimos con la música a otra parte.

La idea propuesta al comité “ciudadano” consistía en darle una patada a Sabino Arana en el culo de Antonio López, Marqués de Comillas, con estatua erigida frente al palacio de Correos de Vía Layetana. Al decir de muchos, el interfecto amasó una enorme fortuna gracias al tráfico esclavista. A veces, para atacar una posición hay que dar un pequeño rodeo, una maniobra envolvente. Se trataba de alzar, previo estudio de las dimensiones de la estatua, y con ayuda de unas pértigas, un capirote del Ku-klux-Klan para coronar de manera infamante la cabeza del ricohombre. Unos figurantes se encadenarían simbólicamente a los pies del monumento para conferir una escenografía del todo conveniente a la naturaleza reivindicativa del acto. Finalmente pondrían la guinda al pastel un señor negro (era obligada exigencia dar con uno que se prestara a ello) y Albert Rivera. Leerían ambos un manifiesto contra la profusión de calles dedicadas a execrables racistas y politicastros ultranacionalistas en nuestra ciudad, siendo Sabino Arana primum inter pares de entre toda esa nutrida hornada de petimetres. Foto en prensa y eco mediático.

Pero la iniciativa no cuajó. Años más tarde, 2018, el ayuntamiento podemita de Ada (sin hache) Colau retiró la estatua a su propio beneficio propagandístico, instado por la asociación SOS RACISME, la misma que se negó a condenar las divagaciones genetistas del orate de Quim Torra (“los españoles tienen un bache en el ADN” y otras de similar ralea) alegando que “de eso hacía mucho tiempo”, pero no tanto como de las poco edificantes actividades mercantiles de Antonio López. Aquello me olió a cuerno quemado, porque sentí que los malos se apropiaron de mi idea y le sacaron rédito político, el que yo no supe vender o transmitir a mis compis de comité y a quien correspondiera en los órganos decisorios del balbuciente partido.

Una de las claves para que el proyecto no pasara de las musas al teatro pudo deberse a la inopinada reacción de los integrantes recién llegados al citado comité. Hablo de un par de chicos, publicistas de profesión, que se incorporaron un poco más tarde al equipo por voluntad expresa de Albert Rivera. Educados y cordiales y, sin duda, unos hachas en lo suyo, pero me da a mí que ayunos en ideario político… pues expuesto el operativo, el cómo y el por qué, uno de ellos me planteó a quemarropa la cuestión siguiente: “Me gusta mucho tu idea, es muy visual, pero me plantea una duda… ¿Quién es ese Sabino Arana del que tanto hablas?”. Tal cual. Y ya existía Google. “Ya sabes, el mamarracho que fundó el PNV… ese que decía que los españoles son una raza bastardeada de moros y judíos, que todos son afeminados y llevan una navaja al cinto”. Primera noticia. Naturalmente, poco tardé en desvincularme del equipo, pues entendí que no vendería una escoba, que mi presencia allí no aportaría cosa de provecho y que hay que dejar paso a otro tipo de personas que viven la experiencia política de una manera diferente.

Qué subidón, 3 diputados… yo formé parte de aquello. El día del escrutinio, en una sala del Hotel Calderón, recibíamos llamadas telefónicas de nuestros interventores en las mesas electorales. Atendí la de un chico desde Rubí: no hacía falta ser un lince, con aquel porcentaje de voto en un solo colegio la tendencia era clara… entraríamos en el parlamento regional.

Años más tarde, Ciudadanos, de no creer, ganó las elecciones catalanas con la nadería de 36 diputados. Para entonces ya estaba muy distanciado del partido, pues uno debe, al fin, dejarse de experimentos y de jugar a ser lo que no se es y situarse en cambio donde en conciencia le corresponde. Pero me llevé, ya lo creo… ¡36 diputados!… otro alegrón del carajo de la vela. ¿Quién fue Sabino Arana? ¡No te amuela!

Última hora: C’s se alía con Teruel Existe y con Revilluca, el de las anchoas, para no perder grupo propio en el Senado, o algo así. En fin, QEPD.

Sabino Arana: “Todos los españoles son afeminados y llevan navaja al cinto”. ¿Quién fue? ¿Mediocampista defensivo del Ath. Club de Bilbao? ¿Autor de la receta del marmitaco? ¿Primer hombre en coronar la mole caliza de Aralar con una piedra de 120 kilos al hombro?

Aplastando al enemigo de clase (paradigma «Pons»)

El asesinato de Bartolomé Pons Sintes, cura ecónomo de la parroquia de Pachs del Penedés (provincia de Tarragona), constituye el más minucioso y detallado ejercicio de embarrada aplicación activa de la teoría marxista. Bartolomé Pons nació en Mahón, 1888, y tras un periplo pastoral por Uruguay (1919-1926) recaló en Pachs del Penedés, muy cerca de Vilafranca, capital de la vinícola comarca. 

El marxismo, llevado a la práctica por los regímenes que han hecho de esa ideología su piedra angular, ha causado millones de muertos. Los estudiosos no se ponen de acuerdo: hay quienes sitúan a la dupla Lenin/Stalin en la cúspide de esa carrera genocida, otros consideran que Mao les llevó la delantera a masacres y hambrunas estratégicamente diseñadas para estragar a sus poblaciones, y hay quienes tercian en esa contienda dialéctica para promover la muy sólida candidatura de Pol Pot, líder del jemer rojo, pues aun quedando muy atrás en términos absolutos, causó a proporción una mortandad descomunal entre los suyos (uno de cada cinco o seis camboyanos), esgrimiendo, además, razones inverosímiles para el asesinato (por llevar gafas, por tener una bicicleta, por ausencia de callosidades en las manos o por hablar lenguas extranjeras). No en vano, Stephan Courtois y otros autores, en su colosal ensayo “El libro negro del comunismo” editado por Espasa, le dedican un capítulo entero a ese iluminado (que fuera estudiante en La Sorbona parisina) y a su cohorte de carniceros titulado “El país del crimen desconcertante”.

Sin duda el marxismo, como sistema analítico de la historia, como crítica económica del capitalismo y modelo político contrario a la democracia parlamentaria, ha causado un fuerte impacto en la Humanidad. Desde que Marx y Engels establecieran las bases del llamado “socialismo científico”, esa ideología elevada al rango de religión laica por sus prosélitos, valga la paradoja, convertida en dogma de fe, en fórmula que aspira a explicarlo todo, ha ganado para su causa a sucesivas hornadas de intelectuales. No se trata aquí de ponderar sus argumentos, pues esa tarea ya se ha realizado y el autor de estas líneas tendría para ello muy limitada capacidad. Basta con decir que una visión del mundo que pretende instaurar una Humanidad nueva, ha de echar mano, no hay tutía, del modelaje abrupto y arrasador de la precedente. De ello se infiere necesariamente que el marxismo en su praxis política, socialismo o comunismo, habrá por fuerza de recurrir a la violencia programada y a la persecución y exterminio de segmentos enteros de la población. No cabe otra lectura ni opción. Comunismo es, por definición, asesinato a gran escala.

A la estela de plusvalías, infraestructuras económicas y superestructuras ideológicas, el valor de cambio, el valor de uso, la conciencia de clase, alienaciones y colectivizaciones, y, cómo no, la dictadura del proletariado y el “aplastamiento” de los enemigos de clase, son legión los pensadores que se han afanado en interpretar el marxismo, en convertirse en exégetas y alumnos aventajados del maestro, disputándose el codiciado cetro de la ortodoxia marxista: Karl Liebnekcht, hombre de acción y fundador del movimiento espartaquista junto a Rosa Luxemburgo, psiquiatras freudo-marxistas al estilo Lacan, filósofos como Gramsci, Marcuse, Adorno o Althusser, o la mastodonto-plúmbea ensayista chilena Marta Harnecker (discípula del anterior), asesora lo mismo de Allende que de Hugo Chávez, y de quien leí, tiempo ha, su obra más divulgada, una auténtica e insufrible castaña pilonga: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”.

En la actualidad y entre todos ellos, busca hacerse un hueco un profesor no titular de La Complutense llamado Pablo Iglesias. Cantamañanas insigne que deja la política partidista tras el batacazo en las elecciones regionales de Madrid, pero que seguirá enredándolo todo, convirtiendo la política en un lodazal e inoculando veneno desde una madriguera mediática que, eso dicen, le apareja en estos días el malvado e intrigante de Jaume Roures (mecenas del documental pro-golpista sobre el 01-O emitido por TV3 y que pide al gobierno un rescate, ahí es nada, de unos 250 millones de euros para “sanear” Mediapro).

El de Bartolomé Pons fue un asesinato de manual… marxista, claro. Así lo veo después de haber leído el artículo del profesor Barraycoa publicado en la edición digital de La Razón, dentro de la sección titulada “Memoria e Historia”. Barraycoa es una de las bestias negras del separatismo y de la extrema izquierda precisamente por su ingente labor en aras de la recuperación de la memoria, pero de toda la memoria, y en particular de los espeluznantes episodios de la brutal represión contra civiles desarmados practicada en la retaguardia catalana durante la Guerra Civil.

El sacerdote fue “paseado” por la localidad a imagen y semejanza del vía crucis del nazareno. Los latigazos que laceraron su espalda in itinere fueron cosa de los milicianos a las órdenes del criminal Pascual Fresquet, los mismos que, en lugar de batirse el cobre en el frente, sembraron, lejos de los disparos, el terror por las comarcas de Tarragona. Comoquiera que el enemigo de clase debe ser “aplastado”, tal cual, los milicianos, por no caer en la heterodoxia, y por ceñirse estrictamente a la literalidad de la doctrina, asesinaron al sacerdote aplastándolo, reventándolo en una prensa de vino en Pachs del Penedés. Escachifollado vivo. Según declaración de testigos presenciales recogidas en la Causa General, los inopinados vinateros de aquella vendimia macabra glosaron el prensado de la uva martirial con comentarios hirientes del tipo: “A ver qué vino sale”. Vino de misa, que no de mesa.

La piltrafa de carne chafoteada, hecha picadillo, un amasijo de pellejos y de huesos machacados a que Bartolomé Pons quedó reducido, habrían de maridar, va de suyo, con un condumio de pareja calidad: nada más apropiado que los “chorizos de monja” elaborados a partir de la carne de Apolonia Lizárraga, navarra de cuna y superiora de las carmelitas de la provincia de Barcelona, que fue aserrada viva y descuartizada en la checa de la calle San Elías, regentada en aquella hora por los carniceros de la CNT-FAI (hasta mayo del 37 y en adelante por sus pares del PSUC). Los pedazos de la religiosa, no hay mejor estrategia para deshacerse de restos humanos, fueron cebo para alimentar a la piara de cerdos que integraban también la plantilla miliciana de ese antro dantesco instalado precisamente en una iglesia. Es sabido que, tras la matanza de algunos de esos animales, los heroicos militantes de la CNT vocearon por el barrio, especialmente dotados para la promoción comercial de sus fiambres de elaboración artesana, “suculentos chorizos de monja”.  

Puestas así las cosas, y siguiendo a rajatabla los esquemas del marxismo más académico, es forzoso concluir que Bartolomé Pons, que representaría, a decir de esos perdularios, la superestructura ideológica dominante en la sociedad, es la tesis. Que los intrépidos milicianos que ponían en grave riesgo su vida en la retaguardia persiguiendo a frailes y monjas de edad avanzada, peligrosas y armadas hasta los dientes con rosarios y escapularios de grueso calibre, serían la antítesis. Y la síntesis, cómo no, el engrudo grumoso del salvaje e inconcebible prensado de Bartolomé Pons perpetrado en El Penedés por esos hijos de satanás.

Como es sabido, se suceden peticiones parlamentarias tendentes a la revisión y anulación de los juicios del franquismo a causa de su sesgado partidismo, más que presumible por otra parte, pues tras una guerra, se juzgan los abusos del perdedor y se hace la vista gorda con los del vencedor. Este último jamás se juzga a sí mismo. Ello, por añadidura, nos llevaría a anular el juicio en efigie abierto a Santiago Carrillo (hoy con calle dedicada en Madrid por gentileza de Ana Botella) y a quien no pocos documentos desclasificados de la antigua Unión Soviética señalan como instigador y máximo artífice de la multitudinaria escabechina planificada meticulosamente en Paracuellos del Jarama. Los juicios de la Causa General absolvieron a Carrillo de esa matanza incesante, era a la sazón Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, estableciendo la responsabilidad criminal última de su segundo en el escalafón, Serrano Poncela, también perteneciente a la Juventud Socialista Unificada, JSU.

El guerracivilismo zapaterista instalado en el poder, corregido y aumentado de la mano de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias,flojea abriendo fosas, y exhumar, lo que se dice exhumar, ha exhumado los restos de Franco (los únicos que importaban de veras para ese gran operativo propagandístico) y pocos más. Pero, de rebote, han abierto las fosas sépticas del sectarismo y de la discordia civil. Como si el monstruo de la guerra se activara de nuevo, varias generaciones después. La única manera de cortar de raíz esa pérfida estrategia de fragmentación social y de encabronamiento convivencial planteado por la izquierda, para deslegitimar de por vida a la derecha, es recuperar la memoria de aquellas atrocidades cometidas por los chequistas contra gente indefensa como Bartolomé Pons y Apolonia Lizárraga y difundirla ampliamente. Eso e instar a las organizaciones que entonces cobijaron a esas repulsivas alimañas bajo sus siglas, y que aún hoy forman parte de nuestra vida política, a corresponsabilizarse de sus sanguinarias perrerías.

¿Y cómo se obliga a alguien que no quiere? Creando lo que se llama una “masa crítica documental” que le fuerce a pronunciarse, en este caso, a disculparse. Todos hemos visto películas sensacionales sobre el horror apocalíptico de los campos de exterminio nazis, sea el caso de “La lista de Schindler” o “El pianista”. Cuidadas producciones de enorme presupuesto. Si algún lector de esta tractorada ha visitado lo que queda en pie de la checa de la calle San Elías convendrá que reproducirla en un estudio de grabación no sería ni la cosa más complicada ni gravosa del mundo: un presupuesto irrisorio. La industria cinematográfica nacional no da, por sectarismo y miseria moral, para un proyecto así, desde luego… pero ancho es el mundo y por otras latitudes andarán, digo yo, pues de todo hay en botica, guionistas y cineastas capaces de perfilar la semblanza de Bartolomé Pons, de Apolonia Lizárraga o de Pascual Fresquet (un papel éste que podría interpretar por afinidad Willy Toledo, sin guión e improvisando sobre la marcha).

aplastamiento del enemigo de clase (Bartolomé Pons) en una prensa de vino: literal

 

Viggo Tontensen

En este blog han aparecido tractoradas dedicadas a personajes de alguna relevancia. Como tontín ilustre compareció Raül (con diéresis en la “u”) Romeva (“¡Europa, tenemos un problema… los cazas de combate de la aviación española sobrevuelan el espacio aéreo de Riudaura y del Ripollés!… ¡Es el fin!”). Un tonto y patán, y sin pizca de gracia, de la envergadura de Joaquim Forn, hoy asesor jurídico del intrigante y pérfido Jaume Roures. Y mucho más malvados que tontos, pero sin excluir lo segundo, sujetos de la calidad de Tortell Poltrona (alma gemela de Pennywise), Rafael Ribó, Jaume Asens o Gerry Adams, que configuran una auténtica tetrarquía de individuos de una moralidad resbaladiza y viscosa: de lo peor de todo lo malo. En esta ocasión el artista invitado es el afamado actor Viggo Tontensen.

Tontensen, de nacionalidad estadounidense y de ascendencia escandinava, tal y como acredita el sufijo patronímico de la filiación, “-sen”, de Tontensen, se crió en Argentina y por esa razón se maneja muy aceptablemente en español, como hemos comprobado en las muchas entrevistas televisadas que ha concedido. Nadie duda de sus grandes dotes para la interpretación. Ha protagonizado la saga de “El señor de los anillos” y películas de mérito como “Promesas del Este”, la post-apocalíptica “On the road” o la más reciente “Green Book”, en la que, basada en un hecho real, Tontensen, un italoamericano buscavidas, hace de chofer para un pianista negro la mar de relamido de gira (“bolos”) por el Sur profundo, ahí es nada, en la década de los 60.

Hace un tiempo Tontensen nos sorprendió a todos (y posiblemente a sí mismo) ingresando, arrea, en Òdium Cultural, uno de esos chiringuitos hipersubvencionados que hacen del supremacismo nacionalista su razón de ser, consagrado a la fragmentación de la sociedad catalana, a denigrar cuanto huela a España y a impedir, entre otras cosas, la libre elección de lengua oficial en la escuela pública. Lo más rancio y apolillado del particularismo localista: el Ku-Klux-Klan de la barretina calada hasta las cejas.

Quizá Tontensen, que presume de su amplitud de miras y de su talante progresista, en la línea de la izquierda exquisita satirizada en su día por Tom Wolfe (el célebre episodio del apartamento neoyorquino de Leonard Bernstein donde la progresía de aquellas hora y latitud agasaja a los cabecillas Black Panther), ignore que la asociación en la que milita cuenta entre sus fundadores con Joan Baptista Cendrós, mecenas ultracatalanista que durante el franquismo amasó una fortuna con el masaje Floïd, depositante de primera hora de Banca Catalana y ridiculizado en escena por Boadella en la obra desternillante titulada “La increíble historia del Dr. Floit & Mr. Pla”. Soy… se autodefinía Cendrós… un nazi catalán que piensa que todo lo que se haga por matar a los castellanos (sinécdoque por “españoles”) es bueno. Toda una declaración de intenciones.

Qué lleva a Tontensen, me pregunto, a pagar la cuota de un club tan marcadamente aborigenista y excluyente como Òdium. Si a Tontensen le diera por avecindarse en Barcelona, o en cualquier otra localidad catalana, sus consocios de Òdium aplaudirían con las orejas que el interfecto no pudiera escolarizar en español a sus hijos en caso de matricularlos en una escuela pública. Lengua de comunicación internacional, oficial, cuando menos nominalmente, en nuestra región y que el gran actor habla con soltura.

Todo ello, por supuesto, en el hipotético caso de que Tontensen confiara la instrucción académica de sus hijos a las innúmeras virtudes de la escuela pública. Es sabido que los progres, paladines a ultranza de “lo público”, particularmente de la escuela y de la sanidad, llevan a sus hijos a la privada (en Cataluña para escapar de la pesada broma in-docente de la inmersión obligatoria) o dan a luz, Penélope Cruz, en una clínica chic y elitista tras reservar para sí una planta entera del edificio… como esos jeques árabes que desembarcan en Marbella y tirando de talonario se instalan en un hotel para su exclusivo disfrute, alquilando todas las habitaciones.

Cabría recordar a Tontensen que Muriel Casals, presidenta que fue en vida de Òdium, muy ponderadamente afirmó “que a los padres que solicitan la enseñanza en español en Cataluña habría que quitarles la patria potestad sobre sus hijos por convertirlos en unos bichos raros”. Eso dijo. Una de las más refinadas perlas de su tolerante repertorio. QmuyEPD.

Líneas atrás se planteó la posibilidad de una mudanza, de un cambio de domicilio. “Si Tontensen se avecindara en Barcelona (…)”, pues el actor americano, uno de los separatistas de mayor nombradía mundial (junto a Pamela Anderson, Cher y Spike Lee), reside en Madrid, esto es, en la metrópoli colonizadora, en la capital del Estado opresor. Lo suyo sería que, por dar ejemplo, compartiera con nosotros, con los catalanes sojuzgados por la bota de la dominación española, nuestras miserias y heridas, que con su aliento y cariño sanara los desgarrones que en nuestras laceradas espaldas esculpen los furiosos latigazos del ocupante inicuo. Y es que Tontensen vive en la corte y villa junto a la actriz Ariadna Gil, a la que conoció durante el rodaje de “Alatriste”. Quizá por ahí se le contagió a Tontensen el ramalazo separatista, pues la bellísima Ariadna y su familia son reconocidos partidarios de la independencia. Y entre que “dos tetas tiran más que dos carretas”, reza el rancio aforismo, y que Tontensen tiene a buena parte de su familia política revoloteando por Waterloo alrededor del fugado Puigdemont, cae uno en la cuenta de las posibles causas de la militancia ultra del actor.

Lo de su cónyuge es perfectamente comprensible, sobre todo si Tontensen, como un servidor, padece el diagnosticado síndrome MID (mamofasia infantil deficitaria). Es preciso hacer algo de pedagogía en este punto sobre el citado síndrome para evitar indeseadas y embarazosas confusiones. Mi santa madre, que en gloria esté, por diferentes razones que no hacen al caso, no pudo darme el pecho y hubo de criarme a biberones. Esa lactancia artificial, está demostrado, genera una suerte de carencia afectiva que en los varones adultos se manifiesta a través de una fijación o interés desmedidos hacia los senos generosos. No es extraño, pues, que un paciente-MID se quede como embobado, y con la boca abierta, mirando el escote de una dama. Pero en ello no hay lascivia alguna, lujurioso o concupiscente desarreglo. No negaré que no pocos hombres, en efecto, devoran porcinamente, con miradas rijosas y sucias, los atributos femeninos. A ello les impele su grosería y una indomeñable pulsión animal. No es mi caso, ni el de otros pacientes-MID. Y podemos demostrarlo con una pericial diagnóstica. Por esa razón, no habríamos de ser reconvenidos si, en un lance de la vida cotidiana, captan intensamente nuestra atención los senos de una transeúnte desconocida o los de una usuaria del transporte público. No hay en ello, en el caso de los MID, ni atisbo de maldad, ni de verriondez heteropatriarcal y cosificadora. Los MID queremos tener visibilidad y no ser estigmatizados por ello. 

Hete aquí que hace unos días echaron por la tele una peli protagonizada por Viggo Tontensen, “Captain fantastic”, rodada en el año 2016. Comoquiera que vi unos minutos de la cinta apoderándome del mando a distancia, tuve ocasión de asistir a una secuencia que lo aclara todo. Es más, si en lo sucesivo a Tontensen le diera una ventolera y la emprendiera a porrazos por ahí, sin ton ni son, o empalara con un paraguas el caniche de la vecina, si fuera yo su abogado defensor lo tendría fácil para dar con una causa atenuante que explicara parcialmente su violenta e irracional conducta. Uno se queda patidifuso cuando el personaje encarnado por Tontensen, que educa a sus hijos en medio del bosque, apartado del mundanal ruido, y les transmite dogmas contrarios al consumismo desde una perspectiva antisistema, el día de Navidad no lo celebra como tal. En su lugar, la familia Tontensen celebra, nada más y nada menos, que… ¡¡¡El cumpleaños de Noam Chomsky!!!… Y no es una coña marinera. El “cumple” del bueno de Noam, átame esa mosca por el rabo. Sí, el famoso lingüista nonagenario, politólogo y activista radical, faro de la intelectualidad progre, y simpatizante de ETA y del separatismo catalán (firmante de un manifiesto que exige la liberación inmediata de los presos golpistas).

En contadas ocasiones, cuando el impacto del personaje a interpretar, por su avasalladora carga significativa y su vis dramatica, es difícil de digerir, de asimilar, la personalidad originaria del actor “implosiona” y se produce un fenómeno de sustitución. El actor se imbuye de tal modo que se desencarna de sí mismo y pasa a ser el personaje de ficción. Le sucedió a Bela Lugosi con Drácula. El actor húngaro, que dormía en un féretro, murió creyendo que era el príncipe de los vampiros. Celebrar, aún por exigencia del guión, el cumpleaños de Noam Chomsky en lugar de la Navidad, puede con cualquiera, por muy cabal que sea y por bien puestos que tenga los pelendengues. Eso te trastoca para los restos, sí o sí.

Quizá Tontensen podría haber mitigado las secuelas psíquicas de ese duro y exigente rodaje si, al momento, hubiera ingresado en una casa de reposo o se hubiera recluido un par de semanas en un balneario, masajes, baños de burbujitas, esas cosas. De haber sido un servidor su médico de cabecera, se lo habría prescrito por bemoles. Pero a la vista está que no lo hizo. Y al no tratarse de ese severo estrés post-traumático, como el de un veterano de la guerra de Vietnam, ingresó, sí… pero en Òdium. Acabáramos. Eso lo explica todo.

Captain Fantastic: el mayor reto de la exitosa carrera cinematográfica de Tontensen 

«El último valle»

En este blog han aparecido tractoradas dedicadas a diversas localidades catalanas como Besalú, Vich o Balaguer. El periplo andariego continúa por el “último valle”. Y en verdad andariego porque una de las mejores formas de disfrutar de este paradisíaco valle es caminar, lisa y llanamente… o cuesta arriba y abajo si toca salvar algún desnivel para alcanzar la meta perseguida, por ejemplo, el santuario de Sant Josep de Torán o el bonito pueblo de Bagergue, inscrito en el registro de “los pueblos más bonitos de España”, galardón que horripila a nuestro paisanaje más cejijunto y “microcósmico”.

Europa sumida en el caos de la Guerra de los 30 años (siglo XVII)… intolerancia religiosa, matanzas, epidemias, hambrunas, la tierra ensangrentada y devastada por el fuego. Salvo un valle recóndito, una suerte de Shangri-La terrenal que ha escapado al acaso del fragor de las batallas y del pillaje de la soldadesca. Hasta ahí llega el protagonista, Vogel, encarnado por Omar Sharif, que quiere a toda costa salvar el pellejo. Sólo que tras él, siguiendo la misma senda, irrumpe en el valle la partida de mercenarios capitaneada por Michael Caine.

“El último valle”, de James Clavell, 1971, es una película magnífica. Vogel convence a los bregados guerreros, ante la proximidad de un rudo invierno, de instalarse allí y pasarlo en paz y llevaderamente gracias a las abundantes provisiones que los previsores y laboriosos lugareños han almacenado en sus silos… en vez de entregarse a la rapiña, al asesinato y la violación. Los mercenarios obtendrán el sustento de los nativos a cambio de proteger el valle de otras incursiones armadas. El sustento y algo más… pues su capitán negocia con el cacique local un régimen de contactos íntimos entre sus hombres y las campesinas. El cacique admite que dispone “en plantilla” de “un par de viudas que consentirían en ser visitadas”, sensacional eufemismo, pero oferta insuficiente. Michael Caine reclama para solaz de sus hombres “seis mozas de buen ver” y para sí la querida del otro, que será posteriormente acusada de brujería por un fraile siniestro y fanático. 

No hay similitud, semejanza alguna entre el “último valle” de la película y el Valle de Arán, afortunadamente. Pero es verdad que el Valle de Arán ha escapado, en cierto modo, de toda la roña iconográfica que supura, como el pus de un absceso, la insufrible matraca “procesual”. La diferencia se percibe sin bajarse del autocar: en la estación de autobuses de Balaguer (localidad donde fue acosada sin descanso la familia de nuestra madre coraje Ana Moreno, premio de la Asociación Por la Tolerancia) te reciben murales combativos de abigarrados colores a la moda bergadana (“Ho tornarem a fer”, “Poble en lluita”, etc), tal que si un transbordador de materia te trasladara de un puntapié a los barrios más conflictivos de Belfast y Londonderry a mediados de la década de los 70 del pasado siglo.

Es pasar por el túnel de Viella y asomarse a otra dimensión: ni una puta bandera estrellada, ni un puto lazo amarillo en edificio o persona a todo lo largo y ancho del valle. ¿Quién da más? El aire, ya de por sí, limpio y respirable, lo parece aún más gracias a la higiene simbólica dominante entre Bagergue, el pueblo a mayor altitud del valle, y Les, a poniente y el más cercano a la frontera francesa siguiendo la carretera nacional y el curso del río Garona. Entre los residentes, nacionalistas, haberlos, haylos, pero no son dominantes, ni de lejos, y por alguna razón que desconozco, pero como visitante agradezco, han decidido no exteriorizar sus preferencias.

La conducta electoral de los araneses en los pasados comicios del 14-F arroja este balance: ERC, el segundo partido más votado con 504 votos y un 14’95 % del escrutinio, unas décimas por encima del tercero, Vox, con 490 votos y un 14’52%. En cuarto lugar aparece la candidatura de JxCAT, respaldada por 368 votantes: un 10’92%. A mayor distancia comparecen CUP y PDECAT, con 126 (3’74%) y 82 (2’43%), respectivamente. Es decir el separatismo cosecha algo menos de un tercio de los votos (32’04%). Si le sumamos los 166 de EC-Podem (Podemos), que no se autodefine como nacionalista, pero siempre anda al servicio de los aborigenistas periféricos cual subalterno mamporrero y es, en todo caso, un partido anti-español, la cota de la desafección nacional alcanza en el valle el 36’96%. Un resultado muy por debajo de la media catalana, y el negativo (es decir, el positivo) de las comarcas limítrofes: Alta Ribagorza, con un 62’5% para los separatistas, 68’5 si incluimos a los simpatizantes de Colau, y Pallars Sobirá con un aplastante 79’7%, 83’2 sumada la servidumbre podemita. Nacionalistas, los hay en el valle, y no pocos (horquilla 32-37%, según baremo), pero por mi experiencia puedo decir que no se hacen notar. Qué alivio y qué descanso.

Esto se percibe en otros parámetros de la vida cotidiana, sea el caso de la pacífica convivencia de rotulaciones idiomáticas en espacios públicos, comercios, info turística y edificios oficiales. Las hay en aranés, en catalán, español o francés. Por separado o reunidas, en abierta y libre mezcolanza, como si hasta allí no hubieran desembarcado en su delator peregrinaje, libretita en mano, los agentes del malsín (chivato) Santiago Espot para cazar a multazos al criminal infractor. Sorprende, incluso, que muchos lugareños reciban de oficio, como opción primera, al forastero hablando en español y que, cuando éste se expresa en catalán (lo he comprobado junto a persona muy cercana), tras la inicial gentileza de responderle unas palabras en ese idioma, en cuanto pueden se pasan al español motu proprio aun siendo competentes en la lengua co-oficial. ¿El porqué de ese hábito lingüístico entre los nativos? Lo ignoro. 

En Arán también se subvierte la definición clásica de “ayuntamiento catalán” pasando de ser ese “edificio de aspecto “institucional” ubicado en la céntrica plaza del pueblo donde NO ondea la bandera nacional” a otro donde ondea, acompañada, como es preceptivo, de la cruz de Occitania, de la europea y de la bandera regional, pero la de verdad, jamás la de la estrellita solitaria. Para no creer. A mayor abundamiento, el visitante comprobará in situ que en el cuartel de bomberos de Bossóst, la bandera nacional ocupa en los mástiles el lugar que el protocolo le asigna. Con muy buen criterio, los cuarteles en la comarca llevan inscripta en el frontis la leyenda “POMPIERS”, mucho mejor que “BOMBERS”, no sea que por el nombre se les peguen las malas costumbres. Y por tan inocuo detalle ya sabe el caminante que estos bomberos son de los buenos, de los que apagan los fuegos en lugar de avivarlos (véase “El apellido de la violencia”).

Si esto fuera un folleto turístico, de suyo sería mencionar los paisajes de alta montaña… los pueblitos acogedores con sus casitas de tejados de pizarra a dos vertientes para que se deslice la nieve caída en el frío invierno… las verdes praderías… los caballos percherones, las vacas paciendo tranquilamente al compás del tintineo musical de sus esquilas… los senderos anchurosos y arbolados… el “camí reiau” que conecta todos los pueblos del valle… la estampa solemne de la cima del Montardo desde Arties, con su tartera de nieve refulgente al sol… la elevadísima concentración de arte románico (la ruta de las iglesias) y sus esbeltos campanarios de estilo lombardo… el brioso discurrir del río Garona de color aguamarina… el afán de sorprender furtivamente una nutria o una ardillita y echarle una foto… esa humeante olla aranesa que repone de sus fatigas al caminante… la infundada esperanza de que el oso esloveno que se deja ver por los alrededores de la aldehuela fantasma de Porcingles te salga al paso y rapte a tu señora (o a tu marido, según el caso)… la inconmensurable dicha de entrar en un estanco y reencontrarte al cabo de varias décadas con una cajetilla de Gauloise negro, balnearios, pistas de esquí para quien desea romperse una pierna, el paraje lacustre del circo de Colomers… todo eso y más. Hay para todos los gustos y paladares. Heidi, en Arán, estaría como en su casa. Pero no lo es (un folleto turístico). 

Sucede que todo lo que empieza, acaba. Y a veces de manera abrupta. Ese guantazo en el jerolo que te da la prosaica, cuando no sucia, realidad. Agarras la guagua para regresar a casa y paras en la estación de autobuses de Lérida, que es uno de los antros más infectos y nauseabundos que he visto en mi vida. Se acabó el sueño aranés. Por allí pulula un selecto paisanaje de descuideros y de salaces merodeadores que haría las delicias de Antonio Baños-Públicos, ex-diputado de CUP y co-presentador de un programa de BTV, a cuento de sus bizarras aficiones captadas por un indiscreto pantallazo de internet que ha sido reciente y comentada noticia. Tan a gusto como Heidi corretearía por el verde tapiz de las praderías aranesas, Antonio (Baños) huronearía felicísimo en los retretes de la estación de autobuses ilerdense. Cada quisque en su paraíso.

La fauna salvaje, por ausencia pandémica de excursionistas, se ha empoderado de caminos y veredas. Para muestra un botón: un mapache (especie invasora) de aspecto sanguinario y feroz hostiga al autor de estas líneas camino de Porcingles (Canejan). El caminante debe abstenerse de ofrecer comida a esas bestezuelas y ha de alejarse despacio y en silencio para no provocar un ataque de imprevisibles consecuencias. Advertencia: esta tractorada no ha sido patrocinada por el Consejo Comarcal de Turismo del Valle de Arán.

«Yabastar» y guardar la ropa

Foment (Fomento), la gran patronal catalana, ha registrado su propia versión del célebre refrán: “nadar y guardar la ropa”. Esto ha sucedido durante una reciente y muy comentada comparecencia de la plana mayor de esa benemérita institución. Su cabeza visible, Sánchez Llibre, otrora diputado de UDC, el partido del nunca nombrado ministro de Exteriores, Durán Lleida (en la coalición CiU), se arrimó al atril y adoptó un tono grave y circunspecto para afear a las autoridades regionales el permanente desgobierno de Cataluña… fruto del traído y llevado “proceso” que menoscaba la seguridad jurídica, daña el tejido industrial autóctono (fuga de empresas… y van ya unas 5.000) y espanta a los inversores nacionales e internacionales. Una ruina, oiga.

Sólo que el verbo conjugado en su infinitivo por la gente de Foment no es “nadar” sino “yabastar”, neologismo que proviene del contundente exhorto “ya basta”. A lo que se ve el aguerridísimo gran empresariado catalán ha dado un sonoro puñetazo en la mesa, harto de tanta pamplina y tanta milonga. O no… pues el comunicado excretado en español y en catalán, mira tú, no es el mismo… sino que contiene significativas diferencias. O sea, dos mensajes distintos en función del auditorio al que cada uno de ellos va dirigido. Las diferencias entrambas versiones se recogen en el artículo publicado en “Libertad.digital” que se adjunta al final de esta tractorada.

Estamos, pues, ante una nueva pillería de los empresarios catalanes, siempre dispuestos a vender a sus verdugos la soga (lapidaria frase de ese criminal de masas que fue Lenin, maestro de Stalin) con la que les ahorcarán luego del palo mayor de la “fabriqueta”. Mediante ese truco, no de tahúr del Misisipi, sino de ramplón trilero de Las Ramblas (que en el crimen hay clases todavía), Sánchez Llibre llama “tonto del culo” al paisanaje, confiado en que nadie leerá y cotejará el comunicado en sus dos variantes idiomáticas para descubrir el enlabio. ¿Quién se va a molestar en compararlas?

Sánchez Llibre nos recuerda a toda esa tropa de “humoristas” y sacamantecas televisivos que han hecho fama y fortuna en Madrid cultivando la simpatía y la campechanía, tipo Santi Millán, Buenafuente o el desaseado e insufrible José Corbacho, pero que luego, en Barcelona, se conduelen amargamente de que su amigo, el golpista Oriol Junqueras, esté recluido a cuerpo de rey en un confortable balneario… digo en la cárcel.

En la versión.cat del comunicado “bipolar” se insta a quienes tienen mando en plaza a que “reúnan la mesa de partidos y retomen el diálogo para solucionar el problema catalán”. Eso dice, pizca más o menos. Es decir, por un lado manifiestan hastío del desgobierno provocado por el vía crucis “procesual”, poco menos que pidiendo “ley y orden”, pero por otro llaman a quienes precisamente lo han urdido para que no dejen de tensar la cuerda y enredar. A eso le llaman “yabastar”… y guardar la ropa.

Si algo hemos aprendido de todo este manicomial desbarajuste es que ha sido precisamente el empresariado catalán, la burguesía catalana, la que ha estado alimentando al monstruo durante décadas, desde que decidió mudar de chaqueta y abjurar del franquismo para abrazarse, era el signo de los tiempos, al rampante nacionalismo auspiciado por el Molt Honorable Jordi Pujol… por aquello de meter presión a Madrid a cambio de un trato de favor.

En posición de firmes ante el localismo particularista, el empresariado catalán ha financiado eventos, asociaciones (Òdium, Plataforma “per la Llengua”, “por las encajeras de Riudoms y comarca” o «Federación Catalana de Lanzamiento de Huesos de Aceituna»), exposiciones, editoriales, discográficas, proyectos y mandangas que enfatizaran artificiosas diferencias con “la puta España de los cojones” que nos desnaturaliza como pueblo y nos expolia continuamente hasta desangrarnos (recuérdese el mantra, om, om, de las “balanzas fiscales”). El empresariado catalán, en definitiva, lo ha pagado todo, yendo más allá de lo exigible. Es, pues, uno de los principales responsables de este esperpéntico sindiós que es hoy Cataluña.

En el fondo, nada nuevo bajo el sol. Les invito a echar mano de las jugosas y divertidísimas memorias de Francisco Cambó que encontrarán en Alianza Editorial. El personaje es sobradamente conocido y no se trata aquí de glosar su trayectoria. Pero como es el artífice del invento, el catalanismo político del siglo XX, no hay mejor fuente de información que sus consideraciones. Con él, por así decirlo, empezó todo.

Cabría decir que Cambó y su gente (los lligaires), algunos de mucha peor fe acaso que la mayoría de ellos, sembraron la semillita particularista de la fractura nacional que llevó en aquella hora al separatismo desbocado de Estat Català y ERC (o sea, el espadón chiflado de Maciá, así lo retrata Cambó, y el frívolo de Companys), para luego entrar en pánico por el monstruo creado, quedando la Lliga en un espacio incierto de moderantismo localista que hubo de acercarla, a la fuerza ahorcan, al bando nacional en la contienda civil (pues les ahorcaban literalmente, es decir, fusilaban, los matones “retaguardistas” de las Milicias Antifascistas en cuanto les echaban el guante).

El engendro siempre se rebela contra su artífice, cobra vida propia, escapa a su obediencia y acaba por morderle la oreja… y si no que le pregunten al doctor Víctor Frankenstein. El gran empresariado catalán, ése que se frotaba las manos con su virrey favorito, que le reía todas las gracias y le daba cuerda y carretadas de millones, vía comisiones al 3%, para que mejor trabara componendas con los sucesivos gobiernos de la nación (Felipe González y Aznar), ahora se tienta las ropas, le temblequean las piernas y conjuga el verbo “yabastar”.

Cambó se da aires como de un Münzenberg (“El fin de la inocencia”, Stephen Koch) del catalanismo y admite que para poner en marcha un movimiento de amplia base social hay que cultivar la propaganda y el victimismo, de lo contrario no te comes un colín:

“Como en todos los grandes movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas (…) hay que conceder que los movimientos transformadores se tomen algunas “libertades” (pág 41, “Memorias”)”.

A todos nos suena esa confesión de Cambó equivalente a justificación exculpatoria, viendo, gracias a la perspectiva que da el tiempo, a qué extremos llegaron en su época las consecuencias prácticas de la manipulación emocional connatural al nacionalismo identitario. Ese mismo aroma asfíctico que hemos respirado todos estos años: “España nos roba”, “genocidio cultural”, “represión continuada”, ensvolenaixafar (“nos quieren aplastar”), etc.

Cambó come aparte. Es la mar de ocurrente. Parece no tener abuela, pero la tiene, una señora adorable de Besalú (Gerona). Al margen del considerable valor de sus opiniones para hacerse una cabal idea de una época turbulenta, del nacimiento de la Lliga al advenimiento de la II República y de la Guerra Civil, o los retratos que esboza de Antonio Maura, Lerroux, Romanones y Santiago Alba, nos deja perlas como ésta, que da fe del elevado concepto en que se tenía a sí propio:

“Comprendí que durante un período (tras combatir la Lliga la huelga revolucionaria de 1919)… (…)… tenía que dejar pasar un tiempo para que se borrara la impresión de un fracaso político en el cual nadie ponderaba el contrapeso del inmenso servicio social que yo había hecho a Cataluña (pág 306)”.

Urde una Asamblea de Municipios para impulsar la creación de una autonomía catalana (inspiración de la táctica “procesual” de los 400 o 500 alcaldes conjurados vara en mano que arroparon a Artur Mas, Arturo I de Liechtenstein) o destaca a Madrid a su colaborador Rafael Vehils para fundar un partido de implantación nacional teledirigido desde Barcelona para influir en la política española (el “centro reformista” de la Operación Roca).Tras diversas pinceladas que abundan en la idea ya sugerida de la enorme autoestima en que Cambó se tenía a sí mismo (el adecentamiento y urbanización de la montaña de Montjuïch para la Exposición Universal de 1929 fue, según cuenta, cosa suya y sólo suya) y confesar que nada tuvo que ver en el pronunciamiento de Primero de Rivera, lo que parece muy poco verosímil, marca distancias con las veleidades del irredentismo aborigen más exaltado:

“Como yo era un hombre fuerte, nunca caí en la debilidad separatista, fruto de la inconsciencia o expresión notoria de un complejo de inferioridad (pág 356)”.   

Me pasa con el gran empresariado catalán representado por Fomento (Foment) lo mismo que con los bomberos adscritos a la Generalidad (véase “El apellido de la violencia”), que se me da una higa de sus problemas, cuitas y porfías. Me figuro que, siendo empresarios, algunos tendrán empresas y otros, presumo, serán los típicos burócratas de asociación medio subvencionada que proliferan en esas instituciones, pero que no han gestionado en su vida ni una zapatería. Algo tendrá que ver, supongo, Sánchez Llibre con la empresa conservera familiar, Dani (“eso está hecho, eso está hecho, Dani, Dani, Dani… y sus berberechos”). Y no les deseo mal alguno en sus actividades empresariales, básicamente porque dan empleo a muchos trabajadores que han de pagar hipotecas, facturas y procurar el sustento a los suyos. Y, a fin de cuentas, no son todos igual de bobos, pusilánimes y bizcochables. Para muestra un botón: ahí tenemos al señor Bonet, un hombre sensato, presidente de la Cámara de Comercio de España y premiado por la Asociación por la Tolerancia.

Pero, a lo que vamos, el gran empresariado catalán, por el qué dirán o por cobrar ventaja, se ha pasado la vida pagando la verbena nacionalista y jamás ha soltado un duro para mitigar la soledad e impecunia del no nacionalismo. Pues ahora que se laman esas heridas que ellos mismos se autoinfligieron. Ya basta, señores, de tanto “yabastar” y a vaciar esos lagrimales llorando por los rincones.

Hummm… qué rica la “Nutella”

https://www.libertaddigital.com/espana/2021-03-04/trilerismo-del-empresariado-catalan-presenta-el-manifiesto-basta-ya-con-cambios-en-la-version-catalana-y-la-espanola-6715697/

El apellido de la violencia

Hete aquí que la violencia política tiene nombre y apellidos. Cuando la violencia la perpetra un grupo de obediencia ultraderechista es violencia ultra o neo-nazi. En cambio, cuando la violencia es obra de un grupo extremista de izquierdas, no es violencia ultraizquierdista o comunista, y pasa a ser, mira tú por donde, “la violencia venga de donde venga”, quedando difuminada mediante ese rarísimo circunloquio la orientación ideológica de sus ejecutores. Primer apellido: Venga. Segundo: De Donde Venga. Nombre: Violencia. Es una violencia como putativa, en orfandad, que busca a su papá y a su mamá, como aún buscan autor seis personajes de Pirandello.

“La violencia venga de donde venga” es la alambicada expresión que utilizó Pedro Sánchez para referirse tibiamente a las algaradas producidas estos días atrás en Barcelona con motivo del ingreso en el trullo del rapero podemita Pablo Hasel, nieto de un mando de la Guardia Civil que combatió al maquis en el Valle de Arán allá por los años 40 (del pasado siglo): “Feliz como una perdiz si le cortan el cuello a Letizia Ortiz”… canta el andoba ése arrebatado por el divinal aflato de las musas. Digo Hasel, pero quizá el ripio sea de Valtonyc o de cualquiera de esos zampabollos que, con la perspectiva que nos dará el tiempo, eclipsarán como grandes intérpretes de la lírica, fijo, a Frank Sinatra, Charles Aznavour o Astrud Gilberto. Ese “venga de donde venga” nos impele a preguntar: “Pero… ¿De dónde coño viene?”… y por rizar el rizo: “¿Y a dónde coño va?”. Que “volando voy, volando vengo y por el camino me entretengo”… sería la coda rumbera pintiparada para esa melindrosa definición.

La estampa de Barcelona en llamas, barricadas de contenedores ardiendo, neumáticos humeantes, cascotes, ladrillazos volanderos, cócteles molotov abrasivos y otros desperfectos en el mobiliario urbano, y todo ello sazonado con la inactividad de las fuerzas del orden, habrá hecho las delicias de la flamante premio Nacional de Literatura, Cristina Morales, barcelonesa de adopción, quien en su día afirmó que le causaba una placentera embriaguez ver la ciudad de sus amores devastada por el fuego purificador de la acometida revolucionaria (véase “Sóc una botiga trista”) con motivo de la furia destructora de los CDR tras el ingreso en prisión de los líderes golpistas del separatismo aborigen. Una estampa apocalíptica para estetas al gusto neroniano.

Cuando se habla de la pasividad de las fuerzas del orden no se dice por menoscabar el prestigio de las dotaciones de antidisturbios destacadas ante el movedizo itinerario de los altercados, sino para dar fe notarial de un hecho incontrovertible y perfectamente explicable. Los Md’E nada o casi nada hicieron, otra vez a las órdenes de Trapero (así se apellida el interfecto), porque recibieron instrucción de la superioridad de no intervenir. Y vuelve la burra al trigo. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque más de un cargo electo de CUP implicado en la negociación de gobierno con ERC y JXCAT, tras las elecciones regionales del 14-F, integraba esos batallones vandálicos que hacen de la “borroka-nuit” su divertimento favorito de “findes” combativos. La orden era clara: “No me carguen ustedes contra los manifestantes, no vaya a ser que le abran la cabeza a fulano de tal, pues le esperan mañana en el Palacio de la Generalidad para acordar la composición de la Consejería de Gobernación”, por ejemplo.

Casualmente casi todas las tiendas saqueadas tienen su razón social en el Paseo de Gracia y en Rambla de Cataluña, el comercio VIP de Barcelona. Si usted pensaba que las masas enfurecidas y depauperadas por la sangrante injusticia social optarían por arramblar sacos de patatas y botes de lentejas para mitigar la elemental pulsión del hambre atrasada, ha errado el tiro. Esa muchedumbre que apenas sí puede cubrir pudorosamente su desnudez, con el fondillo de los pantalones desgastados por el uso, o roídos por los ratones, desestimó el asalto a “Confecciones Angelines” y “Casa Blanch: Géneros de punto para caballero” y dirigieron la requisa enfurecida, llamémosla “redistribución social de la riqueza”, hacia prestigiosas firmas como Gucci, Armani, Prada o Versace. Faltó esta vez el icono como berlanguiano del sans-coulotte exaltado blandiendo triunfalmente la expropiada paletilla de ibérico, quintaesencia porcina de la sofisticación y de la vida muelle en el imaginario colectivo de las clases populares: “(…) en pie famélica legión”. 

Fuego. ¿Bomberos? Quiá… A todo esto, nuestros bomberos son únicos en el mundo, pues mantienen con el fuego una relación cuando menos desconcertante. Ellos sí componen, con todas las letras, un “fet diferencial” (hecho diferencial) a cuento de la piromanía. Según sea la causa que origine el incendio, pasan de largo ante las llamas, como si la cosa no fuera con ellos. Y va, pues su misión es apagarlas y por ello perciben su estipendio. Pero si la barricada la han prendido los CDR o los admiradores (groupies en argot musical) de Pablo Hasel, o todos ellos juntos, pues son los mismos unos y otros que otros y unos, permiten que se consuma tan alegremente.

Cabe decir del cuerpo de bomberos que durante el golpe contra la democracia orquestado por la desleal Generalidad, y en las jornadas posteriores, no sólo no se mantuvo al margen de las movilizaciones, sino que participó activamente en ellas. Ni siquiera fue neutral, actitud de por sí imperdonable por timorata cuando está en juego la legalidad vigente, sino que se inclinó por los malos y con ellos hizo vergonzante comandita. En el cuartel sito en el Paseo de Josep Carner, que a diario veo desde mi centro de trabajo, proliferaron en aquellas fechas lazos amarillos, banderas estrelladas, cartelería contraria a la aplicación del artículo 155 de la Constitución y toda la iconografía consonante a la asonada institucional perpetrada por Puigdemont y sus adláteres.

En estos días, en cambio, penden de los ventanales y de las paredes del edificio otro tipo de reivindicaciones, relacionadas, eso parece, con carencias de plantilla e incidencias propias de la prestación del servicio, “Bombers en lluita” (Bomberos en lucha). Si esperan mi solidaridad o comprensión, tras su traidorzuela ejecutoria, mal lo llevan y por mí pueden seguir ejercitando sus membrudos brazos en el gimnasio con ayuda de las mancuernas o utilizar las tales como amplificador de diámetros anales pensando en futuras colonoscopias. No se apoya a los malvados que echaron más “leña al fuego”. Que se metan, pues, las mangueras por donde les quepan.

Cerrado el paréntesis de ignición-combustión, descubrimos, átame esa mosca por el rabo, que los protagonistas del arrasamiento del centro de Barcelona no son nativos. Que son italianos, la reedición del Batallón Garibaldi que integró las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil. Acabáramos. Parece ser que los macarroni-borrokas no tienen Quirinales que rodear, ni comercios en la vía del Corso que desmochar a fuego y martillazos. Que Barcelona es un polo de atracción para todo tipo de insurgencias, hampas y criminalidades, lo sabemos, gracias al efecto llamada potenciado desde la propia alcaldía. Todo el internacionalismo ácrata y filocomunista (Black Block y similares), el “turismolotov”, tiene en Barcelona asiento y capitalidad.

Artífices de la, por Pedro Sánchez, llamada “violencia venga de donde venga”, es decir, la violencia de la extrema izquierda, son los chicos de CUP. Una cata sociológica publicada no ha mucho en varios medios de comunicación concluye que los simpatizantes y electores del citado partido son los que disponen de mayor renta per cápita, clase media-alta, y de más y mejores estudios. Lo que siempre se llamó “niños de papá”. Que de todo habrá en botica, es claro, pero el estudio demoscópico nos habla de un identificable sesgo estadístico. A mí no me sorprende. El nene-levantisco de CUP es, en la mayoría de los casos, un pijiprogre en versión localista cebado por sus papás afines a la extinta CiU o a ERC. Nenes irritados con este mundo perverso e injusto que les ha colocado, qué fastidio, en el segmento más favorecido de la población. Lo que habrían dado muchos de ellos por nacer en el seno de una misérrima familia condenada a una sórdida existencia en un bidontown, entre cartonajes y chatarra de vehículos desballestados, para mejor conocer las cuitas y porfías de los desheredados de la Tierra.

Con todo, no voy a explicar aquí, ni a replicar, las siempre ponderadas y atinadísimas palabras de Antonio Roig Ribé, en este caso acerca de la fragilidad emocional y el infantilismo inherentes a los incendiarios embozados en sudaderas con capucha. Nada mejor que recurrir al original para saber de qué estamos hablando. La violencia venga de donde venga. De modo que aquí va un enlace de su esclarecedor artículo publicado días atrás en Elcatalán.es:  

Gerry Adams, El barbas

El Barbas es Gerry Adams, como El Gordo es Otegui. Así le llamaba su sobrina Aine Tyrrell, hija de su hermano Liam. Aine, una vez llegada a la edad adulta, confesó que su padre la había violado de manera persistente desde los 4 años de edad y por un período de 10. Liam perdió el interés en su hija al cumplir ésta los 14: a lo que se ve ya era muy mayor para las aficiones del degenerado pederasta. Su tito Gerry estaba al corriente de esa espeluznante e incestuosa aberración. El Barbas “blindó” a su hermano afiliándolo al Sinn Féin y tuvo la brillante ocurrencia de colocarlo como asesor “experimentado” en problemática específicamente infantil en un centro de asistencia público sito en el distrito electoral de Belfast del que Gerry Adams era diputado. Su hermanito Liam, salta a la vista, “daba” el perfil sobradamente.

Ese tan jugoso como nauseabundo episodio aparece detalladamente explicado en el excelente reportaje periodístico, ficcionado como una novela, de Patrick Radden Keefe, “No digas nada”, sobre el conflicto norirlandés, recomendado por mi abogado, y sin embargo amigo, Antonio Ramos. Una amena y al tiempo escalofriante lectura. Gerry le pidió a su sobrina que no dijera nada. Chitón. Sólo que la denuncia se hizo pública y el interfecto, como para exculpar a su hermano, contraatacó diciendo, fuera o no cierto, que su padre, ya fallecido, abusó en vida de todos sus hermanos, aunque a él, mira tú qué cosa, no le tocó un pelo jamás. Eso lo supo Gerry Adams, a buenas horas mangas verdes, cuando ya era mayor y faltaba su padre, el presunto abusador. Con esa suerte de táctica escapista pretendía decir a sus parroquianos: “El chico, Liam, reprodujo en su hija la conducta reprobable adquirida en la niñez”.

No es la única perla que retrata la miasmática bajeza de Gerry Adams. Otra nos dará una idea cabal de la felonía inconmensurable del personaje, según el testimonio de Ricky O’Rawe, portavoz en aquella hora, finales de 1980, de los terroristas del IRA encarcelados en la legendaria prisión de Long Kesh que se declararon en huelga de hambre. Bobby Sands era el cabecilla de la protesta. Según parece una de las reivindicaciones principales de los huelguistas era su negativa a vestir el mismo uniforme que los convictos de delitos comunes. Los miembros del IRA se consideraban “prisioneros de guerra” y exigían indumentaria diferenciada. Murieron los 10 huelguistas, de uno en uno, pues se acogieron a la protesta de manera escalonada para mantener la tensión con las autoridades británicas durante varias semanas y obtener un importante eco mediático a nivel internacional. Y lo consiguieron, hasta el punto que el gobierno Thatcher, tras las cuatro primeras muertes, cedió y mantuvo discretas conversaciones en las que O’Rawe participó muy activamente.

Se atenderían algunas de sus reivindicaciones. El portavoz de los huelguistas trasladó la información a la cúpula del IRA… ¿Y qué dijo Adams? Que nones. Que resistieran. La consigna, pues, continuar con la huelga, pero una huelga de verdad, no como aquella de De Juana Chaos que hundía la tripa para que se le marcaran los costillares y que aún guardaba redaños suficientes para darse un meneo con su novia en la misma habitación del hospital. Murieron todos y a los funerales asistieron miles de personas: una campaña electoral del quince para, efectivamente, reforzar la presencia del Sinn Féin en el parlamento regional del Ulster. Adams pudo evitar la muerte de 6 de los 10 terroristas, pero no le salió de sus luengas barbas.

Para mí tengo que Gerry Adams es un sujeto, en la escala de la monstruosidad, más repugnante, si cabe, que Arnaldo Otegui, tal cual lo digo. Son grandes amigos y no pocas veces se les ha visto juntos transmitiendo imagen de gran camaradería, tanta como aquélla instantánea de Idoia Mendía brindando con el líder batasuno. Entre monstruos fluye la química que es un contento.

Meses atrás emitieron “El viaje” en TVE 2 (véase la tractorada de idéntico nombre), una película sensacional, producción BBC, que relata el viaje en coche, chófer del MI 5, del republicano Martin McGuiness y del lealista Ian Paisley preparado por la inteligencia británica para desbloquear las conversaciones de paz a cuatro bandas entre republicanos, unionistas, y gobiernos británico e irlandés. Cuando aparece El Barbas en escena, Tony Blair mueve la colita como un chucho faldero ante el siniestro personaje. Sintomáticamente, el personaje que encarna a Gerry Adams apenas dice esta boca es mía, mantiene una actitud hierática y a mucho tirar bisbisea algo a los oídos de otros figurantes, quedando retratado como un intrigante redomado, mientras pasa las cuentas del rosario que trae en el bolsillo de la americana.

De Gerry Adams echan pestes quienes más estrechamente le trataron: sus lugartenientes Brendan Hugues y Dolours Price, según se desprende de las pesquisas del autor de “No digas nada”. Se sintieron traicionados por su, otrora, jefe y amigo. Cuando llega la hora de la negociación y del pacto, el tránsito del bombazo a la moqueta y al coche oficial, los elementos “combativos” de la organización (esos que manchan el pasamontañas con el barro del camino) quedan relegados a un segundo plano. Su presencia demasiado visible es un estorbo y hay que esconderlos en un zulo, en el sótano, en la caseta de feria donde lleva su existencia sórdida y miserable el “freak” del circo, y marcar distancias con ellos. Gerry Adams cortó los lazos que a ellos le unían para labrarse una “respetable” carrera política.

Pero también “escondió” a alguna de sus víctimas, sea el caso de Jean McConville, viuda y madre de 10 hijos, ahí es nada, acusada por el IRA de actuar como informadora del enemigo. En efecto, Jean McConville fue secuestrada ante sus hijos por elementos armados tras las habladurías del vecindario, trasladada al otro lado de la frontera y asesinada. Adams impuso su criterio: contrariamente al procedimiento habitual, su cadáver no aparecería en la calle para escarmiento, ilustración y advertencia a otros informadores. Pero al tratarse de una mujer viuda y desvalida y que dejaría tras de sí una decuria de necesitados y lloriqueantes huerfanitos, era preferible, por la publicidad negativa que el hallazgo entrañaría, deshacerse de sus restos con absoluta discreción. Esa fue la decisión del taimado Adams. La misma que impuso ETA, por entonces Otegui era un mozalbete, con el secuestro, tortura (a uno de ellos le sacaron los ojos con un destornillador) y asesinato de tres muchachos gallegos confundidos con los agentes de una supuesta incursión policial en el País Vascofrancés. Humberto Foz, Fernando Quiroga y Jorge García tuvieron la desdichada ocurrencia de pasar a Francia, año 1973, para ver una peli prohibida en la España tardofranquista, “El último tango en París”, y de cruzarse en su camino con el comando del sanguinario Tomás Pérez Revilla.

Episodio novelado en “Una tumba en el aire” por Adolfo García Ortega. Los tres acabaron sus días en los sótanos del casucón rural, alrededores de San Juan de Luz, del siniestro y jesuítico Telesforo Monzón, que fuera consejero peneuvista del gobierno de Aguirre durante la Guerra Civil y uno de los fundadores de Herri Batasuna, para no saberse nada, hasta hoy, del paradero de sus despojos. A Pérez Revilla, Tomasón, el karma le devolvió sus fechorías despedazado por un bombazo del GAL, muriendo, no en el acto, sino al cabo de los días tras una espantosa agonía. Aún me dura la llorera.

La principal diferencia, entiendo yo, entre Adams y Otegui, más allá de que el segundo participó activamente en atentados terroristas (secuestro del empresario Luis Abaitua) y que por esa suerte de solidaridad y camaradería invocada entre “gudaris” en “lucha”, por muy ventajista que sea disparar tiros en la nuca a personas indefensas y activar explosivos con mando a distancia, jamás renegó de sus “compañeros de armas”, es que el dirigente del IRA, y luego del Sinn Féin, hubo de urdir él mismo su propio relato de hombre que execra la violencia y suspira por un acuerdo de paz.

Esa tarea “narrativa» se la ahorraron al etarra, pues aunque la búsqueda de una paz tramposeada, dirimida de tú a tú con el Estado opresor, siempre ha formado parte de la retórica de ETA, fueron otros quienes escribieron, como se dice ahora, el “relato” impostado de un Arnaldo Otegui como paladín de una aseada negociación política: “Otegui es un hombre de paz”. Eso fue lo que dijo el ex presidente Zapatero que, al enunciar semejante aserto, no tuvo presentes a los militantes socialistas quemados vivos a cócteles molotov en Portugalete por los “chicos de la gasolina” del comando Mendeku. Al blanquear a “Otegui” se mancha de mugre el “blanqueador”. Se produce, inevitablemente, una transferencia de suciedad moral, o mejor un contagio, pues el foco que irradia la suciedad mantiene intacta su roña y cazcarrias.

Pensando en Zapatero y en Otegui, también en el tiranuelo bolivariano de Maduro (leo en la prensa digital: al menos 3.000 asesinatos políticos perpetrados por el régimen chavista en 2020 al abrigo de la pandemia), me viene a las mientes esa secuencia de Dennis Hopper en “Blue velvet” de David Lynch, una película de culto. El gran actor encarna a un psicópata asesino que va a todas partes con su máscara de drogota inhalador de gas. Se arrodilla ante Isabella Rossellini para captar embriagadoras esencias. Ahí veo yo a Zapatero, hincado de hinojos ante Otegui (y ahora Maduro) para, a espaldas vueltas, salaz y lacayunamente, regocijarse aspirando vergonzantes emanaciones. Un papel que le va pintiparado.   

Arnaldo Otegi con Jerry Adams en una imagen publicada en su Twitter

Tal para cual. «¿Tú que eres… más de bombazos o de tiros en la nuca?». «Lo de jean McConville fue una pasada, Gerry». «Nada comparado con lo de Portugalete: de lujo, Arnaldo».

Tal para cual. «¿Tú que eres… más de bombazos o de tiros en la nuca?». «Lo de Jean McConville fue una pasada, Gerry». «Pues lo de Portugalete no estuvo del todo mal, Arnaldo».

PS.- Salgo a “cronocaminar” por Montjuïch, minutos antes de las 09h 30’ y ahí está Ousmane, el senegalés (véase “Somos el comunismo”), rodeado por, al menos, seis agentes de la Guardia Urbana. No sé qué traman, pero el hombre va camino, mínimo, de un año residiendo en su chabola de cartonajes junto a la entrada regia del Palacio de la Agricultura. ¿A santo de qué y ahora ese despliegue policial? Paso junto a ellos como una exhalación, tarareando “Le boudin”, y rompo una lanza en favor de Ousmane: “¡Dejadle tranquilo… lleva meses ahí!… ¡Id a detener a la Colau, que ésa sí es un peligro público!”. ¿En qué habrá quedado el complejo operativo de las fuerzas del orden… ocupadas estos días en permitir el saqueo de Barcelona por las hordas “haselitas”? Espero averiguarlo en próximas “cronocaminatas”.   

«Todos somos culpables», fra-Casado dixit

La consigna es “confundirse con el paisaje”. Ésa es una de las señas de identidad del PP. Cuando Aznar necesitó los votos de CiU para amarrar la investidura (Pacto del Majestic), no dudó en sacrificar a Vidal-Quadras que, en aquellos años de absoluta hegemonía de discurso localista, fue el primer político catalán que incomodó, y de qué manera, al Molt Honorable Ubú President.

Recuerdo perfectamente las elecciones autonómicas de 1.995. Un servidor estaba por la abstención, pero me bastó que Àngel Colom, líder en aquella hora de ERC, dijera que los catalanes no deberían permitir que el PP recibiera más papeletas que el partido del President Companys, para activarme y acudir a las urnas. ERC partía de 11 escaños y obtuvo 13. El PP, con Vidal-Quadras como candidato, la bestia negra de los nacionalistas, más que dobló sus resultados pasando de 7 a 17. Es decir, 17 a 13: me sentí ganador por primera vez en mi vida. Vidal-Quadras, con su flema como británica, esa voz grave y aguardentosa y los alfilerazos que le metía a Ubú y compañía, despertó en mí el interés por la política regional, entendiendo que ésta, la catalana, es la almendra de la política a escala nacional.

Sólo que CiU exigió la cabeza del físico nuclear para llevar a Aznar a La Moncloa. Y le fue entregada en bandeja, como a Herodes la del Bautista. Obsequioso con sus nuevos aliados, el presidente del gobierno cerró, gesto de malísima voluntad e innecesaria claudicación, el Instituto Príncipe de Gerona, el único en toda Cataluña eximido de cumplir con el trágala de la inmersión obligatoria, pues la mayoría de sus alumnos eran hijos de militares.

En tiempos más recientes, desatadas las hostilidades del nacionalismo encampanado, ya con Artur Mas (Arturo en los papeles de Liechtenstein) y con el “proceso” de marras en marcha, la dupla formada por Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría retomó con empeño la senda envilecida del acomplejamiento y del apaciguamiento ante el particularismo levantisco. Vimos a Junqueras administrando un relajante masaje cervical a Soraya y al gobierno de la nación jurando y perjurando que no habría referéndum separatista. Y cuando lo hubo (a pares, en realidad), escurrió el bulto afirmando que “no había pasado nada”… es decir, nada de lo que había efectivamente pasado. Doctrina “negacionista” que, a posteriori, animó a la judicatura a definir el golpe de estado institucional perpetrado por el desleal gobierno de la Generalidad, tu quoque, Marchena, mediante la ocurrente fórmula sentenciadora, pelillos a la mar, de “la ensoñación ensoñadora… ¿Quién la ensoñará?”…

En esta reciente campaña coronavírica al parlamento regional hemos visto a Lorena Roldán (ex de C’s) en la lista del PPC y también a Eva Parera, que fue senadora convergente y partidaria en su día del “proceso ensoñado”. Todo un audaz golpe de mano para ampliar exponencialmente su base electoral y alzarse con unos estupendos resultados. Por si ello no bastara, y como por no dejar tecla sin tocar y puerta a la que llamar, la dirección del partido convocó a tres de sus activos más combativos para pasearlos, apenas unas horas, por calles y plazas catalanas, disfrazándose de Vox: Cayetana Álvarez de Toledo, Vidal-Quadras e Isabel Díaz Ayuso, tan ferozmente asediada por la izquierda como por sus propios: “Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”. Acabará la pobre de tanto manoseo, es cosa segura, ingresada en el hospital Zendal donde “va la gente a adelgazar”, según Jorge Javier Vázquez, ese gran pro-homo, mejor que prohombre, de la progresía. Qué risa, tía Felisa.

Para cerrar plaza, valga por candidatura, el PP sitúa a Gay de Montellá, ex –Foment, para arrastrar a las masas hasta las urnas. Foment, la gran patronal autóctona, esa benemérita institución que, junto a otras sindicaturas empresariales, se ha dedicado durante más de 40 años, con una tenacidad digna de mejor causa, a engrasar la costosa maquinaria del nacionalismo promoviendo campañas y milongas “diferenciales” para mejor presionar a Madrid. Es decir, a cobijar y dar calorcito a esa viborilla “procesual” desagradecida que ha decidido arruinar por completo el tejido productivo de la región y ahora les obliga a hacer el petate y cambiar a correprisa la razón social de muchos de sus asociados.

Sólo que el efecto “Gay” era cosa del PSC: Iceta fue sustituido por el ministro-candidato Illa, trocando el efecto antedicho por el de la “prodigiosa gestión de la pandemia”, envidia de medio mundo. Contrariamente a lo esperado, el novedoso efecto no ha servido para que el PSC pasara de 17 a 0 diputados, como apuntaba el sentido común, si no de 17 a más de 30. Hecho que demuestra de manera irrefutable que la política local precisa para su correcta interpretación del concurso de sesudos especialistas en psicopatología de masas. Con todo, el efecto ya fue anunciado in illo tempore por Gloria Fuertes, visionaria cocida a gintonics, en formato poético de fábula esopiana:

Illa, la abubilla/ Le dijo a Iceta, la jineta/ “Iceta, majete, haz la maleta”/ “Illa, eres un jeta”, responde Iceta./ Y… ¿Quién gana? Illa, / Pues qué maravilla.

La guinda al pastel la pone el mismísimo Pablo fra-Casado ante los micrófonos de RAC-1, la emisora ultranacionalista del grupo Godó, ex -Grande de España. Allí fra-Casado, poseído por el espíritu del tancredismo rajoyesco, del inane “arriolismo” (“no hagas nada, no te muevas”, “quien resiste, gana”), se hace con la pilila un lío, se “le lengua la traba” y babeando copiosamente confiesa que “él no aprobó la intervención policial en la jornada del 01-O de 2017”, arrea, y que “todos somos culpables de lo que ha pasado en Cataluña”… pero… ¿No quedamos en que “no había pasado nada” y que todo fue una «figuración ensoñadora»?

De modo que, dice fra-Casado”, “todos somos culpables”, en aplicación de la Ley Vichinski (Vyshinski), Fiscal General de la URSS durante los célebres procesos de Moscú (década de los 30 del pasado siglo). “No queda probado que usted sea un contrarrevolucionario, pero lo podría ser en el futuro: es usted, o será, culpable. A Siberia”. Esta asunción individual de presuntas culpas colectivas que practica fra-Casado no es de mi agrado, pues uno en su modestia e insignificancia es reacio a las ideas de corte colectivista y anda vigilante antes de apuntarse a algo que implique a más personas: hay que ser exigente. Habrá querido decir ese lince de la política que él se sabe o se siente culpable. Si es por su pertenencia al partido que sustentaba al gobierno durante los hechos referenciados, habría de sentirse así, en efecto, pero por haber transigido y contemporizado blandamente con quienes atacaron la legalidad vigente desde las instituciones y fracturaron gravemente la convivencia.

Curiosamente, fra-Casado habla por todo el mundo. No obstante, quienes propiciaron aquellas lamentabilísimas jornadas, sin olvidar el triste aquelarre parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre, no sólo no se sienten culpables de nada, sino que se enorgullecen de sus acciones (que, según hemos dicho, para la “Acorazada Aranzadi” fueron meras ensoñaciones, motines oníricos e hipnagógicas asonadas) y, lo mismo desde la cárcel-balneario de Lledoners, que desde el dorado exilio en Waterloo, se conjuran, así lo pregonan, para hacerlo otra vez. Luego, los auténticos culpables no lo son, o no se sienten tales, y quienes no habrían de sentirse culpables por tener de su lado la ley, lo son. El mundo al revés.  

En perfecta consonancia con lo antedicho, el PPC pasó de 4 escaños a 3, va de suyo, deslizándose peligrosamente hacia el sumidero de la irrelevante marginalidad extraparlamentaria, peleando a cara de perro un puñado de votos con el PACMA y con Recortes Cero. Y, todo ello con una participación bajísima, entendiéndose que su electorado más fiel le proporcionaría en ese caso unos resultados aceptables. Y, tras el fiasco… ¿En qué ha consistido la exhaustiva y penetrantísima autocrítica en los órganos dirigentes del partido? Pues en la mudanza de la embrujada sede. En efecto, el PP abandona la rúa del Percebe nº 13. Acabáramos. 

Fra-Casado y su alegre troupe no han entendido aún que quienes estamos a la derecha no somos voto cautivo y que usamos unas siglas sólo cuando sirven a nuestras ideas e intereses. Nada que ver con la gente de izquierdas o los nacionalistas viscerales: “Soy comunista y la bandera roja será mi sudario… y si el partido dice que le arranque las orejas a mi padre, voy y se las arranco de un mordisco”. O esos parroquianos aborigenistas que votan a partidos que actúan como marcadores étnicos, mejor etnoides, o tribales: Sempre he votat i votaré als nostres”. Nostres, “los nuestros”, en cualquier circunstancia y ocasión. Aunque les lleven al borde de un precipicio o les apedreen y descuajeringuen “la botiga”.

El votante del PP que está en su casa, que padece esa ingrata y cansina lacra del nacionalismo obligatorio desde hace 40 años, o la payasada de la inmersión en la escuela, que pone la tele que sufraga religiosamente con su contribución para sobresaltarse con las apariciones estelares de Pilar Rahola, que financia inútiles embajadillas en Berlín y Pernambuco, una NASA de pacotilla y las subvenciones a la prensa regimental, ha de interiorizar que en él reside la culpa de lo que ha pasado (aunque no pasó “nada”, supuestamente). La culpa es suya: toma castaña. Y descubre al fin que no ha votado a la derechita cobarde, sino a la derechita culpable.  

Si estarán mal las cosas en el PP que, horas después de las elecciones catalanas, salió Feijooó por la tele hablando, no lo creerán… ¡¡¡en español!!!… Feijooó es el alter egooó de la “ministra” Celaaá, que tiene la inteligenciaaá de un celaaácantooó. Es sabido que, cuando se juntan ambos, Feijooó habla en gallegooó y Celaaá en euskeraaá, mientras dan cuenta de un marmitakooó y de una ración de pulpooó a feiraaá, regados con un cuartillo de albariñooó y unos culines de sidraaá. Que se metan su complejo de culpaaá por la retambufaaá.

Génova 13: adviértase su parecido con la legendaria casa de Amityville

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