El autonomismo se presta a toda analogía en negativo que a uno le pase por el magín. Por ejemplo, es como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. O como esas divas progres de la tele que están cañón y lucen sus encantos en cuanto les ponen una cámara delante, paradigma Pedroche, pero luego rabian de lo lindo a cuenta de la cosificación del cuerpo femenino si unas azafatas monísimas quieren sacarse un dinerito en un premio de Fórmula-1 marcando tipín, con tops y falditas plisadas: “¡Intolerable opresión heteropatriarcal ejercida contra esas muchachas hipersexualizadas!”. La ley del embudo: lo que está fenómeno para mí, no casa para ti, guapa… porque yo lo valgo.
Se habla estos días con gran prosapia de armonización cuando se trata del peliagudo y oneroso asunto fiscal. Ahora y en el presente caso la armonización es buena, deseable, mira tú. Luego la capacidad que tienen las CC.AA (sigla de uso periodístico que vale por regiones) para establecer políticas propias y diferenciadas con relación a la impositividad (“impuestos e impuestas”, que diría la ministra pro-castrista Díaz, ducha en el arte de la falsificación curricular), tributación empresarial, “sucesiones” y/o gestión del tramo autonómico del IRPF retraído al personal de sus nóminas, se pone en tela de juicio desde el gobierno de la “nación de naciones”, ocurrente fórmula acuñada por Zapatero, palanganero asalariado del tirano Maduro que, por economía de lenguaje, habría de dar en el novedoso concepto supranación.
Siempre se nos ha dicho que una de las virtudes que adornan al autonomismo es que fomenta la cercanía de la administración al ciudadano. Cercanía por lo común excesiva a causa de la obcecación hiperreguladora que anima a los gobiernos locales, prontos a asfixiar a tutti quanti a base de nuevas y cada vez más meticonas e invasivas normativas acompañadas de mecanismos sancionadores con afán recaudatorio: prohibido rascarse el trasero en la vía pública, recomendado separar el cartón del papel de bajo gramaje, obligatorio pasear al perrito de 08h a 09h, martes, jueves y sábados, etc, etc… en esa variada panoplia de medidas pintorescas casi cualquier cosa, por inaudita que parezca, dispone de asiento legal en las densas páginas de los diferentes “BOE” regionales.
No obstante, ese ámbito de la “cogobernanza” (horripilante expresión) impositiva, ese margen de maniobra hasta ahora legal de las regiones para ejercer una suerte de parcial “autonomía” fiscal ha caído en desgracia, se percibe como amenaza y por ello ha de ser corregida mediante, acabáramos, la armonización fiscal. Tabla rasa.
La razón aducida es que esas regiones que adoptan medidas más atractivas que el resto para captar el interés del inversor incurren en algo, al decir de sus detractores, llamado “dumping” fiscal. No cabe duda, algo que a sí mismo se deja llamar “dumping” ha de ser por fuerza cosa mala. El dumping es una torticera fórmula de desleal competencia. La primera vez que oí la expresión creí que se trataba de un deporte de riesgo como el “puenting” o el “cañoning”. Quiere decirse que esas regiones son insolidarias, que abaratan costes “tributarios” para excitar el celo del capital y atraerlo hacia sí impelidas por un indomeñable egoísmo. Cuando hablan de «esas regiones», en realidad se trata de un camuflaje en plural para referirse a Madrid, que es la bestia negra del actual gobierno de coalición PSOE–Podemos (más Otegui, Junqueras, Puigdemont, PAC o Partido Anchoísta de Cantabria, antiguamente Santander, el patea-hernias de Errejón y Teruel ¿Existe de veras?, etc).
Sucede que los virreyezuelos de algunas regiones echan fuego por las muelas porque, acaso propulsados por una voluntariosa pulsión de confiscatoria rapiña, son partidarios de subir impuestos como si no hubiera un mañana, pues hay que dotar de medios suficientes todos los artefactos que la política “creativa” es capaz de diseñar: desde las televisiones autonómicas a los organismos públicos mandatados para velar por la buena salud del tritón lacustre en comarcas de media y alta montaña, la manufactura del calzado rural con hebras autóctonas de cannáceas ribereñas, y otros muchos más, y todos ellos desde una perspectiva de género inclusiva y energéticamente sostenible. Hay muchas deudas y mamandurrias que pagar y muchos amigos y familiares a los que acomodar en confortable poltrona. Aguardan en el garaje docenas de coches oficiales de alta gama que demandan chófer, galones de gasolina y pasaje tras opacas ventanillas.
Y, claro es, cuando uno de sus pares, en lugar de reforzar cargas impositivas para drenar recursos hacia esos organismos públicos, maniobra para crear un marco propicio a la inversión y a la actividad económica, les da la erisipela, un ataque de cuernos del quince. Mientras unos piensan que la curva de Laffer es un tramo peligroso del circuito de Spa-Francorchamps, otros consideran que tratando un poquito mejor al contribuyente, mejorará a su vez el monto de la contribución y de ese modo no se vaciarán las alcancías. Y, entonces, la riña, la disputada liorna entre regiones, está servida.
Llegados a esta sazón y punto, la solución gubernamental (Pedro Sánchez y su alegre troupe) pasa, no por instar a las CC.AA a replicar el modelo madrileño de excelencia impositiva (con el margen de mejora que quepa)… Si funciona en Madrid, hagan ustedes lo propio… nada de eso, sino por forzar a Madrid, incluso por ley, acompañada de acoso mediático, a subir los impuestos. Ensucie su casa y llénela de cachivaches para que no sea más atractiva que las casas de sus vecinos. De este modo la cosmovisión fiscal del gobierno de coalición es diametralmente opuesta (igualar por decreto a las regiones en la franja alta de tributación, acabando con la autonomía fiscal) a la observada por el mismo, ley de la ex –ministraá Celaá, en el ámbito de la educación: ahormar formación y aprovechamiento académico de los alumnos por la base, o mejor, el subsuelo, propiciando una suerte de aprobado general aun con todas las asignaturas suspendidas. Esto es, el establecimiento por decreto de la inopia intelectual.
La llamada “armonización fiscal”, en el fondo una pataleta sectaria contra el gobierno de Madrid, es la enmienda a la totalidad, por así decirlo, de aquel ameboide e indigerible artefacto que dieron en llamar “federalismo asimétrico” los capitostes del PSC y que de vez en cuando agitan como un espantajo, ahora de nuevo como posible solución (inverosímil, a la par que indeseable) a la martingala “procesual” en Cataluña. A la hora de la verdad, pues, determinadas iniciativas, a según quién, no se le consienten. Y todo el mundo ha de pasar por las horcas caudinas de una política fiscal homogénea. Cuando, en realidad, nada que sea importante lo es (homogéneo) en España: sea, el reciente caso, sin ir más lejos, de la desafinada y desconcertada gestión de la pandemia…
… Los cargos públicos, para tomar posesión de su acta, juran o prometen por lo que les sale de los pelendengues y todas las fórmulas son invariablemente aceptadas, aunque se trate de un desafío expreso al orden constitucional… “Juro por la futura soberanía de Las Batuecas”. En nuestros ayuntamientos ondean banderas sin reconocimiento legal, la estrellada, la segundorrepublicana, la del movimiento LGTBi, si es que ése es el acrónimo exacto, pues a cada paso le añaden una letra más… cualquiera, pues, menos la nacional. En España no hay armonización por parte alguna. Y siempre que se ha hablado de ello, de “armonización”, los progres claman iracundos pues el vocablo les trae a las mientes una estrategia coactiva de inspiración como franquista contra los particularismos y “fets diferencials” (hechos diferenciales). Les suena a esa fiera corrupia que para ellos es una España unida. La armonización, la que sea, les huele a cuerno quemado y les da una patada en el trasero, hasta que la espantable divisa se urde en sus cuarteles y se divulga a diario para meter a la levantisca Madrid en cintura. Entonces sí, la armonización es el bálsamo de Fierabrás.
En mi opinión, no hay mejor “armonización” fiscal entre autonomías que su “amortización”, esto es, la supresión de estas últimas. Pero puestos a «armonizar», y mientras persista ese contraproducente modelo de invertebración nacional, vamos a armonizar cosas no menos importantes que la fiscalidad. Por ejemplo, la posibilidad real, cierta (nada de gansaditas cobardonas tipo Ley Wert), de recibir de una p*** vez la enseñanza en español en todos los ciclos escolares, universitario incluido, y en todo el territorio nacional sin excepción alguna. Es decir, en la lengua oficial y común a todos los españoles, como sucede, ni más ni menos, con el francés en Francia, donde también se hablan otras lenguas y donde nadie defiende que la igualdad entre ciudadanos, la verdadera armonización cívica, haya de sucumbir a usos y politiqueos regionales. A un francés de ideas progresistas le escandalizaría que en Perpiñán, Biarritz, la alsaciana Riquenwhir o Ajaccio, para estudiar en francés, tuvieran que acudir los padres del alumno a litigio judicial y, en definitiva, para obtener un birrioso 25% de las clases lectivas. A un español, no.
¿Quiere ello decir que nuestros progres son más idiotas que los progres franceses? Aun siendo progres ambos, con diferencia. Los nuestros se definen por decirte que puedes decidir si tu hijo (bien entendido que no es de tu propiedad, no te confundas) nace o no, vamos, si lo abortas, e incluso cuál es su género, independientemente de su combinación cromosómica, esto es, al margen de la biología… pero no en qué lengua ha de ser escolarizado, que para decidir eso ya están ellos y la inmersión obligatoria, lo mismo en vascuence que en catalán o gallego, y a no mucho tardar incluso en bable. Pero qué más da. A perro flaco todo son pulgas… pues no va y se nos muere Franco Battiato. Él sí encontró su centro de gravedad permanente.

Franco Battiato: buscando incansablemente celestes armonizaciones y centros de gravedad permanentes. Requiescat in pace.







/cloudfront-eu-central-1.images.arcpublishing.com/larazon/RPVQMMLLZFGQNNJUUKON5GN53U.jpg)
