Misacantanos

El separatismo no está en racha, quién lo diría. Cuando la ocasión es propicia al lucimiento, algo se tuerce y la sensación de chapuza y desaire es apabullante. Proclama desde balconadas y estrados callejeros independencias que duran diez horas, octubre de 1934 (Companys, de la mano del PSOE en Asturias), o la friolera de ocho segundos (Puigdemont), octubre de 2017. La huida marca dos itinerarios: o por las cloacas bajo el palacio de la Generalidad (Dencás y alguno más), o en el maletero de un coche. El mes siempre es el mismo, octubre, acaso por emulación de la aun, por algunos enemigos de la Humanidad, idolatrada revolución bolchevique. El nuevo chasco, a menor escala, aunque ante un despliegue mediático imponente, ha tenido lugar durante la recentísima visita pastoral a Barcelona del Papa León XIV. 

En efecto, los catalanistas, muy a su pesar, nos han servido en bandeja de plata un íntimo y demorado ajuste de cuentas. Así lo ve este humilde tractorista. El resultado final de mayor espectro es el siguiente: el Sumo Pontífice ya sabe que nuestros nacionalistas, que además controlan la jerarquía eclesiástica de la Tarraconense (Omella -¿Omeya?) y suman mayoría en el clero diocesano, son rematadamente gilipollas.

Desde el minuto uno dejaron claro que el contenido evangélico de la visita papal les importaba no más que el último pedo que se tiró el coyote. Y eso que no pocos de ellos son, como decía Pujol (*), “missaires”, gente de misa diaria. Lo mollar del asunto era que León XIV hablara en catalán más minutos que en español, aunque fuera para decir “ai, txungala que és carabassa/ ai, txúngala que és polissó”. Quedó claro durante la solemne recepción en el Congreso de los Diputados. Laura Borrás (Borràs) y un adlátere le encajaron la mano y no la soltaron hasta enchufarle su perorata idiomática de cara a su galería. No lo hicieron en español, que el Santo Padre domina a la perfección, si no en inglés la una, la lengua de esos filibusteros de la pérfida Albión que dejaron con el culo al aire a los partidarios de la causa austracista durante la Guerra de Sucesión a la Corona de España, motivo por el que nuestros aborigenistas más exaltados habrían de detestarla por muy lengua franca que sea. No sólo eso, desde una perspectiva nacionalista, en inglés se les enajenó su nación durante siglos a galeses, escoceses e irlandeses, causando la práctica desaparición de las lenguas gaélicas insulares. Naciones hermanas en el infortunio.

Y en italiano el otro. Quiere decirse, remito de nuevo a la peculiar cosmovisión de nuestro indigenismo, en la lengua impuesta a los sardos desde Roma; nación, la suya, también irredenta. Vale que el nacionalismo sardo es testimonial, aunque es aconsejable andarse con cierta cautela por una estrafalaria mitosis segregacionista en dos movimientos. Si bien Italia oprime a Cerdeña, cabría ver qué actitud adoptaría una hipotética Cerdeña libre con relación a El Alghero, plaza que nunca falta en el pronóstico meteo de TV3 y que los catalanistas reclaman para sí porque el señor de edad provecta que sirve a pupilaje hamacas y sombrillas en la playa del Lido sabe decir “cargol, treu banya (**)”, pues lo oyó en vida a su bisabuela materna.

En cualquier caso, dos de los más eximios representantes del separatismo enragée de la hora presente han demostrado de manera diáfana que la función angular de las lenguas no pasa por el necesario entendimiento entre las personas, al decir de la gente en tertulias TV y parloteos de cafetería (“las lenguas están para entenderse”, chipi, chipi, chip), muy al contrario, para manifestar un vivo deseo de distinguirse de los demás.

Illa, que por soso parece un avatar funerario del sonderkommando Montilla, habló de Cataluña ante León XIV (***) en términos de “nación”. La añagaza no dio el fruto esperado y al poco le respondió el Santo Padre, al referirse a nuestra región, en este último y más ajustado registro. Para mí que se vino a nosotros con la lección aprendida, pues tras años de catalanismo desaforado pugnando por asomar la cabeza allende nuestras fronteras, largando alharacas a destajo, ha generado duricias, anticuerpos, en las cancillerías europeas, incluida la vaticana. Esto último ha sido en parte posible por la defunción de Bergoglio, paladín mundial del odio a España. Tan es así que, al utilizar León XIV la lengua grata a nuestro indigenismo, lo hizo para reclamar a los catalanes un esfuerzo de “unidad”, atiza, y en Montserrat no olvidó citar los versos más “unionistas” de El Virolai, los mismos que los nacionalistas omiten intencionadamente: “(…) dels catalans sempre sereu Princesa,/ dels espanyols estrella d’Orient (****). Como dicen ahora, un “zasca” tras otro.

Los llamamientos a sabotear la visita fracasaron estrepitosamente y la guinda del pastel fue el fallido boicot a la consagración de la Torre de Cristo de la Sagrada Familia. Estaba previsto que unos 600 cantores, niños y adultos, una escolanía intergeneracional, pusieran broche de oro a la ceremonia, alhajada con drones que reprodujeron la efigie de Gaudí, alzando melodiosos cantos replicados por las notas, allá en el firmamento, de arpas angelicales. El catalanismo no perdió ocasión de infiltrar simpatizantes en el coro. ¿La consigna? Habrían de propiciar, los más concienciados, la modificación del programa acordado exhibiendo partituras impresas de banderitas estrelladas y entonar Els Segadors. Un caramelo a chupetear con deleite ante un escaparate de repercusión mundial. Pero hete aquí que algunos misacantanos se fueron de la mui, dieron aviso del complot que se cocinaba a los agentes del CNP (desplegados por la presencia de Sus Majestades) y el operativo fue discretamente abortado.

El asunto ha escocido lo suyo y airadamente anuncian querellas, el victimismo informa el ADN catalanista, contra las fuerzas del orden por impedir la protesta, es decir, por sabotear su sabotaje. A estas horas los capitostes del Orfeó Català (*****) andan como locos tras la pista del chivato, o chivatos, para ajustar cuentas. Y hablando de “ajuste de cuentas”, retrocedo hasta el segundo párrafo de esta tractorada. Durante años los consumidores de la falsa pax lingüística reinante en Cataluña, no me refiero a sus ideólogos, si no a las gentes del común que caprinamente han repetido sus especiosos argumentos en el ámbito familiar, en el círculo de amigos o en el trabajo, nos han dado la brasa a los partidarios de la libre elección de lengua en la escuela, y de la libertad lingüística en general, con la siguiente cantinela: “Estáis obsesionados con la lengua”. Como si fuéramos unos maníacos peligrosos, llenos de resentimiento y de odio que ven abusos donde no los hay. “Inadaptados sociales” es otra de las lindezas que nos han dedicado. O esos consejos bastardeados de fingida bonhomía del tipo “confundirse con el paisaje”, “hacerse a los nuevos tiempos” o “qué sentido tiene oponerse”. La bobería colectiva y conformista de la res estabulada ayuna de conciencia, codiciosa de forraje y dadivosa en flatulencias.

Nanay. A otro perro con ese hueso, pero ya para los restos y más allá. Los obsesos de la lengua son ellos, ha quedado meridianamente claro, y si alguien lo discute es un falsario y un imbécil clínico. Se han pasado (y pasan) décadas legislando sobre la lengua y sus usos sociales: despidiendo a un trompetista de la Orquesta de Barcelona por no acreditar el nivel suficiente, exigiéndolo al enterrador del cementerio de Vich y denunciando a camareros en Barcelona por atender a la clientela en español. Han invertido cientos de millones en campañas de promoción lingüística, subvencionado prensa, literatura, edición musical y toda una turbamulta de entidades “cívicas”, incluso pagándoles sedes suntuarias, y cuyo mayor mérito ha sido denunciar a los comercios que rotulaban en español o espiar insidiosamente a los niños en patios escolares para averiguar en qué idioma hablan entre sí al jugar a la rayuela. Han hecho de la lengua un modo de vida para miles de empesebrados y una monserga cochambrosa y antipática para cientos de miles de catalanes.

Han deforestado el planeta editando en papel reglamentos locales y regionales, pintarrajeado murales y colgado pancartas en los colegios. Han acosado sistemáticamente a los pocos padres contrarios a la inmersión obligatoria que han dado la cara y agredido a manifestantes pacíficos que reclamaban bilingüismo institucional y escolar. Y multas, lo dicho, por miles, con Illa y Montilla en vanguardia. Incluso abogaron, sea el caso de la difunta Muriel Casals (“Òmnium Cultural”) por la retirada de la patria potestad a aquellos padres que solicitaran la escolarización en español para sus hijos. En adelante León XIV, vicario de Cristo, habrá de redactar sus encíclicas en catalán, so pena de excomunión. Toda una tralla horripilante de muy diversos cachivaches enfocada, en definitiva, a erradicar el español de la vida pública, que ha hecho de la catalana una de las lenguas más bordes y estúpidas del mundo, muy por delante del vascuence (******), que tiene al menos a su favor el aliciente del pintoresquismo troglodita, pues ya se hablaba, dicen, mientras los montañases despellejaban osos en las cuevas al pie del macizo de Aralar. Y todo ello con el aplauso mansueto de una buena parte de este paisanaje nuestro descastado y huevón.

(*) ¿Aún no ha muerto el “Molt Honorable”?

(**) “Caracol, saca el cuerno”

(***) Esto ha sucedido en escuelas catalanas, lo sabemos de buena tinta. Dada la escasa familiaridad de nuestros escolares con los números romanos, el Santo Padre ha sido por ellos rebautizado como León “Xiv”, para mejor entendernos, pronunciado “Chib”. Es decir, la “X” no vale por diez, si no por “equis” (aquí me inclino por “Ch”). “I” no vale por “uno”, es la i latina. Y, por último, “V” no es “cinco”, es la letra “uve” que sustituyo aquí por “b” para facilitar la visualización de la mudanza demencial. De modo que el ordinal XIV del Papa León se transmuta en un apellido, “Chib”

(****) ”De los catalanes siempre seréis princesa, / de los españoles estrella de Oriente”

(*****) Orfeón Catalán

(******) Lengua en que María Chivite, tan socialista y navarra como Koldo García, “inmersionará” en breve al alumnado en las escuelas de Sangüesa, Cascante y Petilla de Aragón 

Mi república no es de este mundo… en Cataluña antes acabarán mis obispos con el catolicismo que los milicianos del Frente Popular, hay que joderse…

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