El manicomio mallorquín: guau, guau, o sea, «bub-bub»

Una cosa es “miau” y otra es “miu” en la medida en que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. “Miau” es la onomatopeya del maullido en español. En catalán, en cambio, los gatos maúllan “miu”. Asimismo, los perros que ladran en español dicen “guau, guau” y aquellos que disponen del nivel C canino en lengua catalana se inclinan por un “bub-bub”, circunstancia que un servidor, catalán de cuna, ignoraba completamente hasta hace unos días. Hay, pues, un hecho diferencial (fet diferencial) zoológico innegable. Cabe recordar que, años atrás, especialistas en etología lupina divulgaron la especie que los lobos peninsulares aúllan a la luna distintamente según su distribución geográfica. De tal suerte, ése es el busilis del estudio, que los especímenes avecindados en bosques y comarcas montuosas de Galicia emiten un aullido diferente del aullido de uso común entre los residentes en llanadas y páramos de Castilla, aunque se precisa buen oído para distinguirlos. Hemos permitido que España sea esto.

Ni que decir tiene que los nacionalistas del BNG (pronúnciese “be-ene-gé” por mejor superar la “palurdofilia” localista) entraron en éxtasis al imaginar que sus lobos corretean entre las vaporosas brumas del antiguo reino de Breogán al acecho de víctimas compartiendo fraternal y patrióticamente trochas y senderos, pozas y arroyuelos con “meigas”, duendecillos traviesos, estantiguas y ondinas de cabellos plateados, largando aullidos precisados de lobuno traductor. Quizá sus aullidos particularistas, impregnados de esa calma transida de melancolía y de tristeza que llaman “morriña”, y en Portugal “saudade”, los aprendieran del buhonero Romasanta, versión autóctona entre pazos y célticas cruces, de la figura legendaria y aterradora del licántropo (*).

De igual manera, nuestros indigenistas más ensoñadores suspiran por lobos “arrelats al territori” (**) que aúllen también de manera distinta, con sus matices sonoros discernibles de los demás, y que toquen su cánida calavera con el gorro frigio de nuestros labriegos en una entrañable profesión de fe de apego al terruño. De todo lo antedicho se deduce que la fauna nacional reproduce miméticamente las divisiones regionales entre sus gentes. Es la fatalidad sin conllevancia posible que nos persigue, por mucho que pontificara Ortega y Gasset.

Así vemos el mundo por mor de la centrifugación nacional con anteojeras de burro, así vemos el reino animal. En psicología lo llaman “proyección”. Si las mascotas ladran y maúllan de manera discordante por territorios, y asimismo lobos y otras especies de la fauna salvaje, lo mismo un lince que un meloncillo, cada uno con su peculiar onomatopeya… pues así los veterinarios habrán de incorporar a su bagaje científico, arrea, un conocimiento suficiente de las lenguas cooficiales. Antes que nadie se apresuró a hacerlo el denominado “Consell Insular” de Menorca (Consejo Insular), en manos, cómo no, del siempre exasperante PP de Marga Prohens.

Que el dog-tor (chiste malo) se olvide de curarle la patita a Chufo, un bigotudo schnauzer “emperropadronado” en Mahón, si no obra en su poder el preceptivo titulillo B2 de catalán. Que de nutrición perruna y de cánidas dolencias sabrá la mundial, pero si el idiota del amo se empecina en que le dé el parte facultativo de Chufo en catalán, y no está capacitado para ello, ya puede hacer los bártulos por gentileza del PP menorquín, agarrar el ferry de Balearia e ir pensando en ejercer su noble oficio en Murcia. Tal y como sucedió en Ibiza con oncólogos y cardiólogos durante el mandato en la región de Francina Armengol, la tercera autoridad de España en la actualidad, y no es una broma pesada. Quiere decirse que no es broma lo de la fuga de oncólogos, tampoco lo de Armengol, que es tercera autoridad de una nación que fue imperio en los dos hemisferios.

Siempre se ha dicho que la insularidad instila a no pocos de sus vecinos ciertos desarreglos mentales, conductas extravagantes o depresivas, incluso tendencias suicidas. Un territorio rodeado de mar, batido siempre por el viento y sin nuevos rincones por descubrir. Vivir ahí se hace, a la larga, tedioso, monótono, asfixiante para algunos entendimientos, y más cuanto más chiquituja es la isla. Y, junto al episodio veterinario, otro protagonizado por un donante de sangre de Palma corrobora lo dicho, a cuenta, suma y sigue, del despropósito lingüístico que nos desballesta como entidad nacional histórica con un montón de siglos de antigüedad y nos incapacita como auténtico Estado de Derecho de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

Ese buen señor, henchido de loabilísimos sentimientos humanitarios, se acercó a la clínica para donar sangre conforme había hecho en ocasiones anteriores. Gratitud por su altruismo y civismo ejemplares. Solo que esta vez fue atendido en español por un miembro del personal sanitario. Todo hay que decirlo, aunque parezca mentira semejante contradiós, estas cosas suceden aún en España, en pleno siglo XXI. Qué disparate: ¡¡¡Atender en español… en España!!! Y es que no sabe uno a qué extremos de ignominia llegaremos. Encima que das tu sangre gratis et amore, pinchazo que te crío, va el indeseable ése de matasanos enfundado en bata blanca, fonendo al cuello, y te habla en el idioma colonial. Una experiencia horripilante.

Póngase usted en el pellejo del donante (mejor que en el del tomante). Nadie está obligado a dar sangre, un bien preciado para uno mismo, y escaso, que no se debe derrochar alegremente. Y, lo dicho, va uno de buena fe y se la extraen en español. En este caso no hablaríamos de donación o extracción aquiescente, si no de expolio del torrente sanguíneo. España nos roba, la sangre incluso. Ya no se trataría de una práctica clínica, antes bien de una agresión vampírica. Por ello, el protagonista de esta anécdota agarró un cabreo del quince y abandonó las instalaciones sin someterse al operativo. Que se olvidaran de su sangre, de modo que ésta continuaría en su totalidad fluyendo por sus venas, regando sus vísceras despreocupadamente.

La decisión de nuestro protagonista habilita una reflexión, acaso contraria al consenso admitido, y basado en el sentido común, que rige el mecanismo de las transfusiones sanguíneas. La sangre en depósito, fruto de donaciones voluntarias, se suministra, es sabido, a los pacientes por estado de necesidad, gravedad y urgencia sin atender a otras consideraciones. Da igual de quién se trate y cuáles sean sus circunstancias. Cabe habilitar en circunstancias excepcionales una suerte de triaje, sea un accidente con múltiples heridos o un atentado terrorista especialmente devastador con numerosas víctimas, si es que en ese momento las reservas disponibles son limitadas y conviene fijar, a criterio médico, una prelación asistencial.

Pero si las autoridades consintieran, a petición de nuestro protagonista, o por disposición de la propia autoridad, que la extracción de sangre se ha de operar obligatoriamente en el idioma elegido por el donante en un contexto de cooficialidad lingüística de ámbito regional, queriendo decir qué personas pueden sacarle o no la sangre, que es suya… por qué razón, tirando de ese mismo hilo, no habría de disponer el donante de la facultad discrecional de decidir quiénes habrían de beneficiarse y quiénes no de su generoso acto. Si soy negro, mi sangre para un hermano. Si pertenezco al Klan, que se olviden negros, judíos y comunistas. Si soy musulmán, jamás para un infiel. Si soy machista, tendrán preferencia las mujeres bellas. Si soy progre, vetados los votantes de Vox y a la inversa. En definitiva: si soy catalanista, mi sangre nunca ha de salvar la vida de un colono piojoso que habla en español, es decir, la lengua de las bestias taradas (Quim Torra dixit).

Esto parecerá un sofisma, acaso un argumento cornuto de ínfima calidad, pero no dista mucho de la pretensión que hemos oído en ocasiones concerniente a una hipotética distribución electiva, por deseo del contribuyente, de la parte alícuota de los impuestos que satisface regularmente y que habría en justicia de obligar al fisco… que, todo hay que decirlo, y sirvan estas horas demenciales que vivimos como botón de muestra, surte de liquidez al gobierno para malgastar en gilipolleces descomunales, cuando no en canalladas aberrantes que hipotecan onerosamente el futuro de nuestros hijos, sobrinos y nietos. La moraleja de todo esto es que, de no ser la sociedad española una sociedad enferma por infecciones lingüística e identitaria, a nadie jamás le importaría un bledo que le atendieran en español, lengua oficial en toda la nación, es decir, la lengua nacional, a la hora de donar sangre.  

(*) Hombre-lobo. Personaje, Romasanta, interpretado magistralmente por JL López Vázquez en “El bosque del lobo”, de Pedro Olea, una de las mejores películas del cine español.   

(**) “Enraizados”  

Oye, tú, “nyordo”, pedazo de atún, a mí no me acerques esa jodida jeringuilla si es que me vas a hablar en español… que me pinchen tiene un pase, pero no en la lengua imperialista de los garbanceros mesetarios que sacuden a sus mujeres y violan a sus propias hijas…

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