Nacionalismo flatulento

(tractorada patrocinada por AmbiPur)

Dejémonos de rodeos. La realidad se impone y ya no es posible enmascararla ni un minuto más. El nacionalismo catalán ha de desfilar urgentemente por el gabinete del psiquiatra, antaño llamado “loquero”. De un tiempo a esta parte se habla mucho de la salud mental. Es hora de tomársela en serio. ¿Qué diantre le pasa a nuestro irredento aborigenismo con las flatulencias? Es un fenómeno único en el mundo y nuestro genuino fet diferencial (hecho diferencial): la obsesión catalanista por los pedos. La última muestra ha tenido lugar, cómo no, en un programa de TV3 de gran audiencia entre el segmento “lazi” de la población (emisión del día 24/12). Nos han agasajado, en un gag supuestamente humorístico, con la interpretación de la Marcha Real a ventosidades. Toma castaña. Tal cual. Repito: la televisión regional que usted paga vía impositiva, y que a diario le insulta con sus sectarios contenidos, ha versionado a cuescos el himno de España en un alarde versallesco de respeto exquisito a los símbolos nacionales. “Sedición” himnódica a la par de maloliente. El presentador se partía la caja de la risa con la ocurrencia y también el público en plató. Un espectáculo para deleite de los más refinados paladares.

El himno de España tiene muchos detractores entre sus nacionales… (también España como nación… “No me siento español”… “He nacido en España como podría haber nacido en Moldavia”… ciertísimo, y que pena que, en efecto, no hayas nacido en Moldavia, pues nos habríamos librado de un renegado y de un idiota como tú)… “Que si no tiene letra”, “El chinta-chín”, “Esa cutre pachanga fachosa (Pablo Iglesias)”, etc. Pero esta crítica musical “metanizada” rompe la pana. Todo un hallazgo.

En estas señaladas fechas, en Cataluña gozan de merecida fama dos elementos aherrojados al universo catabólico de la fecalidad: la figurita del “caganer” en el pesebre, y el tronco, pipa y barretina, denominado “cagatió”, una costumbre de las comarcas montañosas, de gran frondosidad arbórea, que se ha extendido recientemente a las áreas urbanas. Los pequeñuelos golpean el mojón (“el tió”) con un palitroque y éste “depone” regalos. Otrosí, una de las primeras tractoradas de este cuaderno de bitácora se dedicó, por sobrados méritos, a Quim Torra… (¿Qué ha sido de él?)… Un sujeto que llegó a presidente regional y que, al decir de muchos, no es del todo responsable de sus actos, por enlazar con la traída y llevada “salud mental”. La tractorada se tituló “Petomán”, pues el interfecto se vanagloriaba ante su auditorio de responder a una requisitoria del TSJC… (con motivo de una pancarta golpista colgada de la balconada del palacio de la Generalidad en período electoral)… según “le salieran los aires” tras dar cuenta en Bescanó (provincia de Gerona) de una contundente ración de butifarra con judías (nuestras entrañables “mongetes”, tan flatulentas como los deliciosos “calçots”, cebollinos a la brasa). El deyecto representante ordinario del Estado presumiendo en público de sus facultades “deyectivas”. Todo encaja como las piezas de un mecanismo de relojería.

Dijo el mejor y más prolífico ensayista catalán del siglo XX, don José Pla, y nunca nadie pudo construir más apropiada analogía, que “el nacionalismo es como un pedo, sólo le gusta al que se lo tira”. Al definir el nacionalismo, barría para casa. Se conocía el paño, pues fueron muchos años escribiendo en “La Veu de Catalunya”, órgano primero de la Lliga Regionalista y luego de la Lliga Catalana. Nuestro particularismo es el más aerofágico de cuantos en el mundo son.

Suma y sigue. Se acumulan casualidades. ¿Casualidades? El calamitoso pop en catalán, publicitado celosamente por las autoridades regionales, y regado con ayudas millonarias desde hace décadas, tiene como más reconocido paladín a un grupo musical autodenominado “Els Pets (“Los Pedos”)”. Y no es una coña. El objetivo de ese subproducto cultural teledirigido desde el poder era evitar que la juventud local se envileciera escuchando música contemporánea cantada en español, a guisa de profiláctica respuesta a la “movida madrileña” que contagió y sacudió al país entero.

Algo, pues, nos remite a una suerte de estreñimiento forzado, de constipación del tracto intestinal cuando hablamos del nacionalismo catalán. Acaso “la Cataluña oficial como totalidad monolítica” ensoñada por nuestro aborigenismo se halla anclada, según la terminología freudiana, en la fase anal del placer. Es algo que no se entiende y sobre lo que los especialistas en psicología de masas, si es que tal disciplina existe y es capaz de aportar alguna explicación, deberían pronunciarse. Es un asunto enojoso y también indigesto e irrespirable, y va siendo hora de abrir ventanas y orear la estancia. He de admitirlo, hablar de estas cosas me produce cierto “pudor”… y vuelve la burra al trigo, pues “pudor” es un sustantivo que en catalán significa “hedor, pestilencia”.

Con relación a TV3 nada nuevo aportaré. Cerrarla para los restos es un imperativo ético y también económico, esto último aplicable a todas las demás televisiones públicas dependientes de gobiernos regionales, aun no siendo ni la mitad de desleales que “la nuestra” (“la nostra”, al decir de la publicidad institucional)… y eso a guisa de anticipo, ensayo o prueba piloto para “cerrar” después esos mismos gobiernos y desballestar esa costosa pifia de organización territorial de la que en su día nos dotamos por error. Cerrarlos, sí, pero previa reforma constitucional sometida a referéndum, siguiendo escrupulosamente la senda trazada por el marco normativo… que uno es temeroso de Dios y de las humanas leyes. Nada de atajos, leyes habilitantes y otros mecanismos fraudulentos a los que son tan afectos nuestros aborigenistas cabreados y sus edecanes capitalinos de la izquierda antiespañola (que en España, no sé por qué fatalidad histórica, lo es toda la izquierda parlamentaria… antiespañola, quiero decir).

TV3 es, como dicen sus gestores, un puntal de la llamada “construcción nacional”. Siempre lo ha sido y no han mentido sobre el particular. Fue creada para eso: para “nacionalizar” a la audiencia. En la ratio “población-territorio/ tamaño de la corporación”, TV3 está claramente sobredimensionado: es un ente público enorme, mastodóntico. Tiene tantos canales como la BBC y una plantilla superior a las de otras cadenas privadas de difusión nacional. Muchas facturas se pagan gracias a sus nóminas… que costean vía IRPF todos los contribuyentes, incluso aquellos que no sintonizan su señal por sentirse de continuo insultados por la línea editorial y por los profesionales más afamados de dicho medio, entre quienes destaca en la hora presente el fulano (“Zona Franca”) que ejecuta a ventosidades el himno nacional.

Y si cerramos TV3… “¿Qué será de esos miles de profesionales?”… Te preguntan piadosamente algunos templagaitas cuando expones la oportunidad de clausurar el medio. Bien entendido que, más que del cierre de las instalaciones, lo que no impediría su reapertura posterior, un servidor es partidario de proceder a su voladura controlada mediante potentes cargas explosivas dentro de un operativo meticulosamente supervisado por especialistas en la materia, pues en sus inmediaciones hay, ojo al dato, un colegio de educación primaria y un hospital. ¿Qué pasaría? Nada, la mayoría de la plantilla tendría derecho a percibir el seguro de desempleo y, además, cuenta TV3 en sus filas, prietas marciales, con tan grandes y brillantes profesionales (Rahola, Peyu, Albert Om, Toni Soler, Quim Masferrer, el de “Atrapa’m Si Pots” y un largo etcétera) que a muchos de ellos se los disputarían a cara de perro empresas mundialmente prestigiosas como la BBC, la CNN o la RAI, sin olvidarnos del circuito catalán de RTVE que se ha propuesto de un tiempo acá superar a TV3 en su encendida apología del separatismo. Vayan todos, TV3 al completo, con “viento” fresco.    

Hola, soy TV3, te cuesto un pico cada año y te insulto a diario: “nyordo”, “españolazo”, “botifler”, etc. Y ni siquiera desintonizas el canal en tu receptor TV. Da gusto trabajar para gilipollas como tú.

Nuestros «Bobby Sands»

Bobby Sands, IRA Provisional, aupado a los altares del “martirologio” republicano, sostuvo durante 66 días, año 1.981, una huelga de hambre en la prisión de Maze, Irlanda del Norte. Sands y otros presos de la cuerda desafiaron al gobierno de Reino Unido (Margareth Thatcher) para, entre otras cosas, ser reconocidos como presos de “categoría especial”, equiparables a prisioneros de guerra. El gobierno británico cedió a algunas de sus pretensiones, pero no a todas, y, al parecer, Sands y los huelguistas, “tutelados” por Gerry Adams (amiguito del “hombre de paz” Arnaldo Otegui), se mantuvieron en sus trece. Sostiene Brendan Hughes (Comando Belfast), crítico con el barbudo Adams, que éste ocultó a los huelguistas los avances habidos en las negociaciones, pues el muy ladino calculó que la muerte en cascada de aquéllos, un día uno, al siguiente otro, favorecería publicitariamente a la causa. Y funcionó. Bobby Sands, elegido diputado al parlamento de Westminster durante su condena, falleció al fin por inanición “autoimpuesta”. Para saber más de este asunto, acuda el lector interesado a dos textos tan documentados como “No digas nada”, de Patrick Radden Keefe, y “Matar por Irlanda”, de Rogelio Alonso, autor del profético ensayo “La derrota del vencedor” sobre el cese de los atentados de ETA… banda criminal convertida hoy en piedra angular de la “gobernabilidad” de España a través de Bildu/Batasuna, su brazo político.

Nuestro irredentismo local no podía ser menos y, al cabo de los años, con motivo de las sentencias judiciales del TSJC que maquillan, 25% (al tiempo que avalan), el modelo de inmersión lingüística en lengua co-oficial, unos cuantos activistas han replicado, similar arrojo y valentía, el prolongado ayuno del republicanismo norirlandés. Bien que no entre rejas, pues nuestros huelguistas han puesto a prueba su férrea voluntad y la reciedumbre de su aparato digestivo en el jardín de su casa. Carles Furriols, 48 horas, Jaume Sastre, mallorquín y con cierta veteranía en la materia (pues no es la primera vez que se pone a dieta), 8 días, y Salvador Ribot, juez de paz jubilado de la localidad gerundense de Celrá que superó los 12 días sin ingerir alimentos sólidos, que sepamos, salvo que nos hiciera la pirula en plan “De Juana Chaos” (metiendo barriga y sacando costillas para la prensa gráfica, como quien da su mejor perfil, pero poniéndose “morao” a sándwiches de queso y jamón de york y dándose buenos revolcones con su novia en el hospital). A Ribot le perdí la pista y no doy en los “interneles” con el apunte de la duración exacta de su protesta. Quizá ha fallecido y no lo sé. En todo caso, nuestros tres paladines suman, ahí es nada, una bonita cantidad: 22 días, es decir, un tercio de “un Bobby Sands” (66).

Ahora bien, al césar lo que es del césar. Incluso el más flojo de ellos, Furriols (48 horas), a mí me parece un titán. Un tío con un par de pelotas que no las salta un caballo. Un servidor, en estado de vigilia, no es capaz de aguantar más de cuatro o cinco horas sin menear los bigotes. Es que el hambre es muy mala, sea por otros inducida o autoimpuesta, y para soportarla, cuando se tienen comestibles a mano, que otra cosa sea la hambruna ambiental generalizada, se precisa de una voluntad de hierro para rechazar un bocado. He leído recientemente los aterradores “Cuentos de Kolimá”, de Varlam Shalámov, beneficiario a su pesar del GULAG soviético, y el hambre sostenida durante un período de tiempo considerable, además de la degradación física y otras disfunciones orgánicas, menoscaba la dignidad y favorece el trastorno mental, la locura. Poco menos que uno le sacaría los ojos a un recién nacido a cambio de un mendrugo reseco (cuando hay hambre, no hay pan duro) o lamería con fruición las repuganantes caspicias de materia grasa adheridas a la lata “Friskies” de su mascota.

Las huelgas de hambre (y otras modalidades de protesta inspiradas en la no-violencia, en el activismo pacifista a lo “Gandhi”), se promueven contra un determinado “estado de cosas”, contra leyes que algunos consideran abusivas y conculcan sus derechos, siendo el propósito combatirlas y erradicarlas en aras de una legislación más justa. Ese es el caso en el que se percibía Bobby Sands, atinadamente o no (y no es ahora esa la discusión), al iniciar su campaña.

Pero nunca, gran primicia, se habían visto huelgas de hambre favorables al poder, al mantenimiento sin fisuras (siquiera anales) del modelo impuesto. Por esa razón, las huelgas de hambre en pro de la inmersión obligatoria en la escuela pública de nuestros héroes Furriols, Sastre y Ribot son pioneras en el mundo. Pues se escenifica una protesta que pretende, no cuestionar, si no respaldar y blindar para los restos un sistema que es la legalidad, estúpida y coactiva en el presente caso, pero legalidad al cabo… además de una gilipollez, todo hay que decirlo, que condiciona en Cataluña (y en otras regiones de España) el futuro de sucesivas promociones de alumnos que podrían recibir, si no rigiera la payasada “inmersora”, sus materias de estudio en su lengua propia, y si no propia, en todo caso oficial (vale que por el momento) y que es, otrosí, uno de los tres idiomas de mayor difusión a escala planetaria…

… porque si “inmersionamos” en istro-rumano a los chicos de Pula, pintoresca localidad de la península de Istria, por no hacerlo en croata, pues tira que te va. Pero hay que ser un imbécil clínico, y un declarado enemigo de la infancia, para hacerlo en catalán, vascuence, gallego o “baturrés”, por no dar las clases en español. “Es que si no existiera la inmersión”, sostienen sus partidarios, “se perderían el bable y el vascuence”. A otro perro con ese hueso. Habrá mil formas distintas de proteger ese patrimonio lingüístico que no pase necesariamente por comprometer la instrucción académica del alumnado. La “extinción” de los idiomas referidos es la última frontera argumental, la última línea de defensa, y ya la única, de los inquisidores lingüísticos, toda vez que la melonada de la “cohesión social” ya no hay idiota que la compre, pues no hay más que ver la enorme “cohesión” de la que hemos disfrutado en Cataluña en estas últimas décadas, especialmente desde 2010.

El reparto de papeles en esta función (huelga de hambre: Furriols, Sastre, Ribot), traducida, por ejemplo, a la segregación racial en USA equivaldría a que los encapirotados miembros del Klan (trasladémonos a Luisiana a los años 50 y 60 del pasado siglo) se declarasen en huelga de hambre, junto a sus flamígeras cruces, para que se perpetuara la entonces vigente distribución de los pasajeros en el transporte público según el color de la piel: los blancos delante, los negros detrás. Con arreglo al transcurso natural de las cosas, se supone que habría de ser Rosa Parks la que se declarase en huelga de hambre para poner fin a las restricciones que la obligaban a viajar en la parte trasera de la guagua. Pues no, al revés. Aquí se ponen en huelga de hambre quienes ejercen el poder. Los carceleros, que no los presos. Los pájaros disparan a las escopetas. El Comisario en Jefe de la Policía Moral iraní se pone en huelga de hambre (dicen que han disuelto la unidad, ja, me troncho) para poder azotar a tan descocadas pilinguis como Mahsa Amini por llevar el velo islámico sin decoro. Pero, si lo de azotar ya lo hacen ustedes a diario. “Sí, pero quiero “blindar” los azotes de por vida, al menos los que se dan en el trasero”.  

La huelga de hambre de nuestra tríada heroica ha tenido su inversión en espejo, su correlato asimétrico, en el ayuno impuesto por la dirección del centro escolar a un niño de 6 años en la localidad gerundense de Llagostera. El motivo, cómo no, la solicitud del padre para la impartición de un 25% de materias lectivas en español con arreglo a la sentencia del TSJC que por el arco de sus caprichos se pasan el gobierno regional y su cómplice necesario, el de la nación. La responsabilidad, entiendo que criminal, de esta asquerosidad inigualable desciende en cascada unos cuantos niveles: desde los dirigentes nacionalistas que siembran el odio y fomentan… ¿Cómo era?… la “cohesión social”, a la monitora de comedor sin entrañas a la que dice el “dire”: “A ese niño no le des de comer”, y va la inmunda tiparraca… ¡Y le obedece!… 

https://www.libertaddigital.com/espana/2022-09-21/el-estremecedor-relato-de-un-padre-catalan-forzado-al-exilio-a-mi-hijo-le-negaban-hasta-la-comida-por-hablar-espanol-6934852/

Jaume Sastre en su “stage” de concentración, y en óptimo estado de forma, para acometer su huelga de hambre a favor de la inmersión obligatoria en catalán. En la foto, ejecutando estiramientos estomacales y visionando un “tutorial” de su ídolo, y especialista de reconocido prestigio, Ignacio De Juana Chaos.

Tren «cheolochico»: hagan sitio al baturrés

Nada más llegar a Huesca y franquear la puerta de la oficina de turismo municipal, entro en una nueva dimensión idiomática. Entro porque leo el cartel que dice “ubierto”. Cuando no está “ubierto”, todo hay que decirlo, está “zerrau”. El chico que me atiende, un profesional muy capacitado, tras una batería de pormenorizadas y doctas explicaciones acerca de las innumerables maravillas de Huesca capital y provincia, me habla ufano y orgulloso de los redoblados esfuerzos por preservar la “fabla aragonesa”, la que se hablaba (y supuestamente se habla aún en los valles del Pirineo oscense). Le agradezco la “info” y le comento que procedo de Barcelona y que aquello es el paraíso de quienes instrumentalizan la lengua y la ponen al servicio de la segmentación social y de la aminoración de derechos civiles y políticos, convirtiéndola en una herramienta de dominio que se hace odiosa para un amplio espectro de la población. El muchacho esboza una sonrisa y asegura entre aspavientos y graves protestas que eso no sucederá ahí. Conclusión: ya están en ello. Ha nacido el «baturrés». A no mucho tardar aparecerá la Academia de la Fabla, donde hallarán acomodo y generoso sustento unos cuantos catedráticos de nuevo cuño…

… y levas de profesores acreditados a correprisa con el nivel C de «baturrés». Una plaza por escuela, para empezar, con su departamento propio y suscrito a revistas editadas con dinero público en esa entrañable jerigonza. Emisiones de programas radiofónicos y televisivos en la cadena autonómica de rigor. Doblaje de pelis al «baturrés»: lo mismo una de arte y ensayo de Lars Von Trier que “Los bingueros”, o la filmografía completa del insigne paisano Paco Martínez Soria, sin olvidar, claro es, la de Luis Buñuel. Campañas institucionales dirigidas a los «peques» del tipo “Juega en baturrés”. Y a los adolescentes: “Drógate o cámbiate de género, pero en baturrés”. Becas a pan y cuchillo para ensayistas, poetas y músicos, lo mismo joteros que raperos, por darle al «baturrés» un aire actual y urbanita. El titulín para ejercer la medicina, como en Mallorca, o para tocar la trompa, sea el caso de Valencia (véase la tractorada “No me toques la trompa” con el “oltrabobo” de Joan Baldoví como “prota”). Requisito para optar a una plaza de bombero, pero también de bedel en una escuela pública. Y así ad infinitum. Maños, preparen la billetera que hay que pagar a escote la verbena.

Uno de mis primeros contactos con el «baturrés» fue cosa de un conocido nacido en Jaca. Me vaciló divertidamente: “¿Sabes cómo se dice “orgasmo” en aragonés (por baturrés)?”. “Que me aspen si lo sé”. “Voy, voy, voy”. Y no era un chiste. Caí en la cuenta de que eso ya lo sabía, hurgando por introspección en los recuerdos cinematográficos de mi infancia. “Voy, voy, voy” es lo que dice todo el rato Papik, el entrañable lugarteniente esquimal de Anthonny Quinn en esa sensacional película de aventuras de Raoul Walsh titulada “El mundo en sus manos”… es decir, cuando los superhéroes no tenían la cara verde, ni echaban rayos por los ojos y, menos aún, lucían inquietantes “slips” de colorines sobre una guisa de leotardos muy ajustaditos. Luego Papik no era un inuit, si no un aborigen del valle del río Tena, que aún cuenta con glaciares, neveros e ibones, pequeños lagos de alta montaña, al pie de la inmensa mole de la peña Foradata que enhebra las nubes con su imponente aguja de piedra. El bueno de Papik, un tipo enorme… aunque no tanto como su “paisano”, Fermín Arrudi, el gigante aragonés, oriundo de Sallent de Gállego, que midiendo 2’30 prefirió dedicarse a la música tradicional a probar fortuna en las canchas de baloncesto (chiste malo).  

Me acerco a la oficina de turismo de Sallent de Gallego, pintoresca localidad a tiro de piedra de la frontera. Es una caseta de madera, acogedora, como ideal para una familia de duendes, con tejadillo a dos vertientes, muy al caso por el entorno. Me atiende una chica monísima y muy simpática. Un encanto. Curiosamente la oficina está “abierta”, no “ubierta”, según reza el letrero con el horario inscrito de atención al público, y al punto me malicio que los capitalinos son quienes más se empeñan en que los montañeses hablen esa suerte de idioma ensoñado, la “fabla”, con el que estos últimos, a la pata la llana, se limpian el culo.  

El enlabio consiste, es obvio para cualquiera que tenga ojos y dos dedos de frente (basta uno para entenderlo), en cultivar esa suerte de cachufleteo, o cantinfleo, para impostar o aparentar una lengua “propia” que fundamente un pretendido «hecho diferencial» a regar primorosamente con millonadas anuales. En España, quien no tiene una «lengua propia” distinta al español es la nada, un escupitajo abandonado en la calle, un reseco excremento de chucho. Un cero a la izquierda. Ergo… si no se tiene, se inventa. “Eh, que nosotros tenemos lengua propia distinta al español, es decir, universo cultural singularizado, por lo tanto, habríamos de obtener ventajas presupuestarias y un trato de tú a tú, bilateral, con el gobierno de la nación, como los vascos o los catalanes…”. Cualquier cosa antes que conformarse con la triste y ramplona “EBM”, o “Españolidad Básica de Mierda”. Una lengua “propia” es un negocio redondo y siempre genera una importante red clientelar que pagará hipoteca, coche, la factura del gas y de la luz, el cole privado de los peques y una segunda residencia gracias a tan suculento artefacto.

Hace unas fechas, Pablo Echenique vistió de largo el «baturrés» utilizándolo en sede parlamentaria con el pláceme de la señora Batet que, contra todo pronóstico, aún permite que sus señorías hablen en español en el Congreso. Nunca una lengua pudo dar con mejor valedor y trovador que ése. Y no me refiero al día en que, engallándose sobre su silla curul, como diputado electo que es, y para celebrar un éxito electoral de Podemos, atacó, cual rapsoda de la antigüedad, una jota un tanto licenciosa que reúne todos los estándares inclusivos exigidos por las ultrafeministas pro-castración más recalcitrantes: “Chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia… Chúpame la minga, Dominga, que tiene sustancia”.

El tren “cheolochico” que destina RENFE a los mallos de Riglos, y que ilustra esta tractorada, es la prueba del nueve de que el «baturrés» ha salido de la estación y coge velocidad a todo trapo. Ni el AVE rumbo a Zaragoza-Delicias. Es sabido que la “cheolochía”, ciencia que trata de la forma exterior e interior de globo terrestre y de la naturaleza de las materias que lo componen, tenía en un sin vivir a los hablantes de la “fabla baturroide” y por esa razón dieron con tan oportuno vocablo para incluirlo en sus conversaciones habituales. En la feria de ganado que por esas mismas fechas, a mediados de octubre, se celebraba en Biescas, la “cheolochía” iba de boca en boca punteando las charlas agropecuarias entre los tratantes del sector en bares y cafeterías. Huelga decir que en Riglos, con esos espectaculares farallones de piedra, los mallos, la “cheolochía” se manifiesta ante nosotros en todo su esplendor.

Como sucediera con el mencionado y orgásmico “voy, voy”, he recordado, huroneando entre mis recuerdos infantiles, que lo de “cheolochico” contaba con un precedente fundacional, y no es otro que la divertida letra de una canción, “La chevecha”, entre bufa y guasona de Palito Ortega, cantante y actor argentino de fama mundial: “Eche vacho de chevecha que che chube a la cabecha”. Palito Ortega, pues, cantaba chamullando farfollas en «baturrés»… y sin saberlo. Mayor mérito si cabe. El «baturrés» salta a la palestra. ¿Tren “chaolochico”?… Vamos, no me jodas… ¿De verdad le vais a hacer eso a vuestros hijos?… Atxc (*).

Chucuchú, chucuchú, reserve sus billetes para el inolvidable “biache en el tren cheolochico” que rivaliza en encanto y misterio con el Orient Express.  

(*) Atxc, abreviadamente, “a tomar por culo”.

Dos tontas muy tontas

La finalidad de esta tractorada es promover la llamada “inclusividad” de género, de conformidad con el ambiente dominante. En efecto, las mujeres, si se lo proponen, pueden ser tan tontas como tontos somos los hombres, si no todos, muchos. La competencia está reñida y es difícil vaticinar quién o quiénes se alzarán con tan codiciado trofeo. Carlo M. Cipolla lo anuncia de manera inequívoca en la segunda ley fundamental de su conocido ensayo sobre la estupidez humana: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. El espíritu de la ley no atiende a baremos étnicos, geográficos, cronológicos o de género. Cualquiera puede ser idiota lo mismo aquí que en las Quimbambas, en el pasado que en el presente o haga pis de pie o en cuclillas. Quizá el pensador italiano, por mejor formular su tesis, podría haber añadido que la estupidez es el nexo de unión que subyace a todo el género humano y que es el mínimo común denominador de la especie. Y que nada hay más universal y más democrático que la imbecilidad. Que la estupidez, como la muerte, Jorge Manrique, o como el vino, Charles Baudelaire, nos hace a todos semejantes.

Al honorífico rol de la estupidez se suman con paso decidido dos mujeres procedentes de muy diferentes ámbitos: la afamada historiadora Elvira Roca Barea y una cotizada jugadora de fútbol del Barça femenino, la suiza de origen croata Ana-Maria Crnogorcevic. Se apellida así la criatura (como Cipolla se apellida Cipolla) y aquí ni se pone ni se quita una coma. Ambas forman una dupla de primerísimo nivel y siguen la estela, tontos a pares, trazada en su día por Ibai Llanos y Gerard Piqué (véase la tractorada, cómo no, titulada “Dos tontos muy tontos”).

Elvira Roca ha manifestado recientemente que ella votaría a favor de que a Cataluña se le concediera la independencia de una vez por todas. Que ya va siendo hora de que España se deshaga para los restos de ese lastre tóxico del nacionalismo catalán, siempre insaciable, siempre dando la murga con una interminable batería de agravios históricos, la mayoría de ellos más falsos que un duro sevillano, y exigiendo, cómo no, prebendas a capazos y millonarias compensaciones. El sentido del hipotético voto de doña Elvira se ajusta al dicho “muerto el perro, se acabó la rabia”. Y tras largar semejante gansada, se queda tan ancha. Ella, toda una ensayista de referencia para abordar el espinoso asunto de la “leyenda negra” contra España, al copo de perrerías y de exageraciones, que empezó a urdirse allá por los siglos XVI y XVII (Holanda e Inglaterra) y que aún hoy arrastramos, siendo los propios nacionales los más propensos a darle carrete, acaso por aquello del “auto-odio” y de nuestros innúmeros complejos. Uno de los grandes bulos de la Historia, trabajado primorosamente… un pariente mayor del homófobo “bulo del culo” difundido por los medios meses atrás, solo que a escala mastodóntica. Que los españoles que nos precedieron cometieron abusos a carretadas y atrocidades a manos llenas en lejanas tierras, y también en las propias, cuando fuimos una potencia de primer orden (y cuando no lo fuimos)… quién lo duda. El atropello, la injusticia y un sinfín de episodios vergonzantes van a la par del ser humano y en eso, como sucede con la estupidez, nada distingue a la gente por razón de nacionalidad.

Que alguien que se ha dedicado a lidiar con astado tan revoltoso y traicionero como ése, la leyenda negra, y además lo ha hecho con notable éxito de crítica y público, sorprende que ahora vocee tamaña pampirolada que atiza al tiempo que bendice la fragmentación nacional. Pues bastará en adelante que cualquier localista vascongado, gallego o berciano, se ponga latoso y megaplúmbeo con su brumoso particularismo para que la interfecta ande concediendo independencias por desistimiento allá donde crezca un champiñón. Enojó a la eximia historiadora la leyenda muñida otrora por las potencias rivales y, corajuda y peleona, sus académicos afanes puso en combatirla. Pero, mira tú qué cosa, tras la reñida liorna, de sopetón baja los brazos ante la neo-leyenda que blande el catalanismo iracundo para justificar sus aspiraciones rupturistas. Harta, pues, de la “conllevancia” formulada por Ortega y Gaset, deja a los resistentes catalanes colgados de la brocha y con el culo al aire. Y los entrega en bandeja de plata, con lacito de regalo y todo, a los promotores de la actualizada monserga contra la España centralista, casposa y empobrecida. Esa España de “gentuza animalizada que nos atufa con la pestilencia de sus mal digeridos calderos de garbanzos”.  La España de la rapiña fiscal (“España nos roba”). Y un sinfín de cumplidos y delicadezas parecidos. Los abandona a su suerte y se lava las manos como el pretor romano.

Acaso doña Elvira desconoce que los catalanes resistentes, hay que decirlo, aun siendo sacrificados una vez y otra en el altar de las concesiones a los nacionalismos periféricos a cambio de un puñado de votos para aprobar presupuestos, son, visto el panorama, de lo poco bueno que hay en la España actual. Y ahí están, tirados como colillas, traicionados y vendidos, a menudo agazapados en las catacumbas, pero elevando la voz cuando pueden y haciendo aspavientos para demorar el desfile victorioso de las rechinantes orugas picadoras de carne del particularismo tribal. Vista la imbecilidad reinante en los cuatro puntos cardinales del solar patrio, habría que concluir que España, por boca de doña Elvira, no merece a esos catalanes heroicos que, a pesar de todo, aún se parten la cara por aquélla y pagan su lealtad con desprecios y escupitajos, lo mismo en Barcelona que en Madrid

La candidatura de la futbolista culé se fundamenta, en cambio, en su destreza políglota. Al parecer Ana-Maria y su apellido irrepetible están tomando clases de catalán para expresarse en esa lengua aseadamente si los reporteros de TV3 le plantan una alcachofa delante de las narices. Cabe decir que ella sí se ha tomado en serio las instrucciones de la presidencia del club en esa materia. Algo que no consiguió con tan díscolos alumnos como Leo Messi y el brasileño Neymar, grandes ídolos de la afición, pero mayormente interesados en la, digamos, opinable gestión de su colosal patrimonio que no en recitar de memoria “La vaca cega”.

De tal suerte que una reportera, tras un partido, le formuló en español una de esas agudas preguntas que informan el periodismo deportivo, supongamos: “¿Estás contenta con el resultado?”. Hete aquí que Ana-Maria le respondió en la misma lengua: “No te entiendo”. Tal cual. Quiere decirse que no la entendía en la lengua en que ella misma le respondió. Muy raro. Y al punto cruzó una mirada cómplice con una tercera persona fuera de cámara. Comoquiera que la reportera insistió, aclaró Ana-Maria: “No te entiendo… en español”. La otra, también risueña, le hizo entonces la pregunta en catalán. Nuestra heroína, que aún no ha sido completamente “inmersionada” (anda la criatura al caso en fase larvaria), con ese guiño tontuno traslada a la afición que nada la haría más feliz. Y suelta su frase, acabáramos, en español. De modo que esa virtuosa del balón sabe que un gesto tan estúpido e infantil como ése es remunerado de inmediato con la aprobación del respetable. Ya tiene al personal en el bolsillo. Es, pues, tonta entre las tontas… y tontos.

Y en ello reside la grandeza de Elvira y de Ana-Maria. Su tonta tontería es genuina. No es una “tontez” impostada, ni de cuota o positiva discriminación por razón de sexo. No se avienen a lo fácil, a escalar posiciones en el tablero por el mero hecho de ser mujeres. Que es como nadar a favor de corriente, pues hoy en día, y es una pena, muchas mujeres públicas (no en el sentido tradicional de la expresión) pretenden fama, poder y notoriedad, no por sus cualidades intrínsecas, o por el hecho de ser ciudadanas aventajadas en determinadas materias, si no por haber nacido sin el maldito y colgandero pitilín. Que sólo por esa razón, ser mujer, lo merecen todo o se les debe algo, aunque sean tontas. Pero no ellas, Elvira y Ana-Maria, que juegan con las mismas cartas que los hombres, de igual a igual, a cara de perro y sin trato de favor. Y ahí las tenemos, justando en pro de la tontería supina junto a rivales de la talla de Ibai Llanos, Gerard Piqué, Baldoví (Compromís) o ese reputado actor y coloso invicto de la imbecilidad, Viggo Tontensen. Para ellas, pues, mi respeto y admiración.   

 

“Hola, soy Ana-Maria, Nosequé de apellido… soy una gran defensa lateral, pero mi auténtica vocación es decir tonterías”

No me toques la trompa

“No me toques la trompa”. Es lo que dice un elefante cabreado. Expresión paquiderma que equivale a nuestro “no me toques los pelendengues”. Cuando un elefante barrita enojado a pleno pulmón, lo que menos apetece es que un insolente le toque su inmensa probóscide, pues es suya, sólo suya y de nadie más. Además, esos grandes mamíferos disfrutan, dicen, de una memoria prodigiosa, así que te la guardará. Y pusieron de moda, allá por los años 70, un tipo de pantalones ceñidos y de pata ancha que, como nadie, lucían Los Chichos en sus recitales, reyes indiscutibles de la rumba taleguera.  

Joan Baldoví, de Compromís-BLOC, coalición de ultranacionalistas y “oltraizquierdistas” valencianos, dóciles palanganeros del separatismo catalán, y que forma parte del gobierno regional junto al autodenominado PSPV (Partit Socialista del Pais Valencià), ha respaldado públicamente el despido de la profesora de música Encarnación Grau, una virtuosa de la trompa (instrumento) de 62 años de edad y 35 de docencia, al no acreditar ésta la titulación exigida de competencia en “valenciano”. El interfecto, que no ha sido llamado por el Señor por los caminos de la crítica musical, ha efectuado la siguiente “deposición” oral: “(la despedida)… Podría haber aprendido el idioma de su tierra en todos estos años”. Sucede que doña Encarna, natural de Játiva, habla a la perfección, y desde niña, eso que el zote de Baldoví llama “valenciano”. Vamos, que a juicio de esa suerte de inquisidor lingüístico la profesora de música, a contrapelo de su apellido incontestable, no dispone del “grado” requerido.

Baldoví es uno de esos progres resbaladizos de “talante dialogante” que dan un perfil bonancible en las entrevistas, como de sonriente ex seminarista, de los que causan furor en las cadenas TV más “progres” e idiotizadoras, por lo común babeantes ante los politicastros antiespañoles que acaudillan los palurdos nacionalismos periféricos. A esas animadas tertulias acuden siempre en calidad de prestigiosos invitados y siempre dicen “en este país” por no mentar a la bicha. Una réplica, Baldoví, de la función reservada en tiempos a Pilar Rahola… antes de que la televisiva musa del separatismo se transformara en una erinia altitonante (y «altitontante»), malhumorada e irascible, imbuida de un visceral odio a España

La Sanidad pública en Baleares está sumida, es sabido, en una profunda crisis por ajustes a la baja en la plantilla. Faltan oncólogos y enfermeros (véase la tractorada «People from Ibiza»). Uno de los problemas que denuncian los afectados son las exigencias lingüísticas (acreditación de conocimientos académicos de lengua catalana) que impone de manera draconiana el gobierno regional dirigido por la socialista Francina Armengol. Con todo, esa exigencia no es extensible, la llamada “ley del embudo”, a algunos cargos de su propio gobierno, sea el caso del director de IB3, canal autonómico de TV. Quiere decirse que si el eminente cardiólogo que le trata a usted, por bueno que sea en su especialidad, no presenta la titulación lingüística (im) pertinente, ya puede ir haciendo las maletas y abrir consulta en Calasparra, porque lo que es en Mahón y Palma no ejercerá su profesión.

Pues el gobierno valenciano va y le da una vuelta de tuerca al feo asunto de las barreras idiomáticas que impiden la libre movilidad de los ciudadanos españoles por el territorio nacional. Unas barreras metafóricas, por así decir, pero que causan, en definitiva, parecido efecto al de los muros levantados a ladrillos y concertinas para contener los flujos migratorios. Y Baldoví, el mismo que bailotea sobre una tarima (sin chispa de gracia… véase el aterrador documento gráfico en los «interneles») junto a su compañera de partido Mónica Oltra, a juicio como presunta encubridora de los continuados abusos sexuales de su ex marido a menores tuteladas (parece un sarcasmo, pero no lo es), en un repugnante acto de desagravio a la interfecta, da un paso de la danza a la música y cuela, entre trompas, címbalos y clavicordios, su mal digerido revanchismo ideológico convirtiendo otra vez una lengua co-oficial en una herramienta de dominio y poder. En un artefacto antipático, castrador, inquisitorial, restrictivo y liberticida. De modo, che, nano, que es más importante el titulín de valenciano en la clase de trompa de la señora Grau, que la trompa misma y que la pericia de la profesora con el citado instrumento. Una estupidez enorme, desaforada, manicomial… grande como la trompa (vinolenta) de un general.

Hay algo obsceno, sucio (no tanto como un alegato a favor de la pederastia, razón Irene Montero, defendida, cosas veredes, por el portavoz de la Conferencia Episcopal), además de injusto y arbitrario, en todo ello, pues siempre se nos ha dicho que el de la música es el lenguaje universal por antonomasia. Un idioma que no necesita del traductor simultáneo, pinganillo a la oreja. Un código versátil y mudable de sonidos que trasmite emociones y aúna a personas de muy diferente origen y cultura. Es poco menos que un sacrilegio envilecer una clase de música y una dilatada trayectoria docente con semejante excusa. Un acto propio de un auténtico botarate, de un palurdo cejijunto como no hemos visto otro. Con todo, Baldoví, en su insondable estupidez, ha tenido la gallardía de dar la cara y largar esa vergonzante melonada para justificar un atropello de ese calibre. Los demás integrantes de la coalición de ese infecto gobierno regional, a decir verdad, son aún peores, pues promueven el despido o consienten y callan.

 Ha sido noticia cuando una agencia astronáutica ha lanzado cohetes y satélites al espacio exterior. En previsión de un contacto hipotético, se nos ha dicho, con una civilización extraterrestre, llevan las naves aparatejos sofisticadísimos para emitir señales radioeléctricas a guisa de tarjeta de presentación planetaria. Y nunca falta en esos archivos de audio una pieza musical en la, acaso ilusoria esperanza, de que ese específico lenguaje, una de las más sutiles creaciones del alma humana, pueda servir para establecer un rudimento de comunicación entre distintas inteligencias. El angelical tañido de un arpa. La armonía de las esferas celestes. La Novena sinfonía de Beethoven, una misa barroca de Bach. Por qué no, una escogida interpretación de la señora Grau. Pero jamás una alocución parlamentaria, en valenciano, de ese cafre de Baldoví que odia la música con la intransigencia de los talibanes, bien que por diferentes motivos. O un artículo de ese cantamañanas de Eliseu Climent, vivales de profesión y “caza-subvenciones” número uno del pancatalanismo levantino. Un latoso mensaje de ambos animaría a nuestros interlocutores galácticos, de verdes trompetillas en la azotea, a hacernos una visita inamistosa.

Sostiene Baldoví, ya se ha dicho, que la señora Grau, virtuosa de la trompa represaliada por esa exasperante normativa lingüística, habría podido aprender “el idioma de su tierra”, refiriéndose a eso que llaman “valenciano”. Que, por cierto, habla desde niña. También es idioma de su tierra el español, que es el idioma familiar de muchos valencianos, tanto en las grandes capitales de la región como en algunas comarcas en las que es la lengua dominante desde hace siglos.

Esto va de gustos y de prioridades, de proyectos vitales, no puede ser de otro modo, de lo que cada quídam quiere o puede hacer con su vida. ¿Quién se ha creído que es ese prototipo de aldeano, a quien sólo falta vestir el desahogado blusón de hortelano ribereño de la Albufera, en plan “Cañas y barro”, para decir a nadie lo que tiene o no que aprender? ¿Y por qué no aprendió el andoba ése de Baldoví a tocar la trompa, habida cuenta que no es manco a la hora de tocar los cataplines a los demás… ni de encubrir a sus amiguitos de partido que, de tapadillo, tocan los genitales a las niñas “tuteladas”?

“Anda, el cornetín del pregonero de mi pueblo”, dijo Baldoví (Compromís), ese gran experto musical, al ver la trompa de la señora Grau.

«Le pays catalan dit NON»/ («El «país catalán» dice NO»)

“Oui au pais catalan”, así llamaron los catalanistas a sus listas electorales en las últimas legislativas (junio 2022). La presentaron en las cuatro circunscripciones del departamento de los Pirineos Orientales. Obtuvieron todas juntas algo menos de 4.300 papeletas, un 2’4%, es decir, uno de cada 40 votos escrutados. Ninguno de sus candidatos pasó a la segunda vuelta. Los más votados concurrieron por el partido de Marine Le Pen, con casi el 32% y algo más de 54.000 votos. Eso en primera vuelta. En la segunda, al balotaje, se llevaron los 4 diputados en liza. También en las presidenciales, en ese mismo departamento que nuestros aborigenistas llaman pomposamente la “Catalunya Nord”, la jefa de la ultraderecha se hizo con el primer puesto batiendo a Macron por casi 13 puntos de diferencia: 56’3% vs 43’7%. Hablamos de Perpiñán, de Ceret, de Prats de Molló (donde fue interceptada por la Gendarmería, sin disparar un solo tiro, la partida armada reclutada por el chifletas de Maciá para conquistar Cataluña, año 1926), o de Villefranche de Conflent, es decir, de todas esas entrañables localidades del sudeste francés que causa en nuestros indigenistas irredentos el cuasi orgásmico efecto de la licuación cada vez que transitan apaciblemente por sus calles y plazas.  

De tal suerte que lo suyo sería que el bastardeado topónimo, “Catalunya Nord”, mutara a “Catalunya Nyorda”, siendo “nyordos” (ñordos) la designación despectiva e infamante que los nacionalistas catalanes dedican de un tiempo a esta parte a los españoles en general y a los catalanes no nacionalistas en particular. “Espanyols” (españoles) da en su jerigonza supremacista y xenófoba “espa-nyordos”, literalmente “espa-mierdas”, siendo un “nyordo” un “zurullo” o “truño”. Etiqueta que ha sido usada de manera recurrente en programas de TV3 (entrevista a un sonriente Xavier Sardá en el espacio “Preguntes Freqüents”) en horario de máxima audiencia. “Nyordos” (mojones) sustituye a “botiflers” (traidores): renovarse o morir. Sí, esa misma cadena pública que pagamos todos vía presupuestaria y que presta el utilísimo servicio a más de la mitad de la población avecindada en nuestra región de hacernos saber que somos, además de contribuyentes, “nyordos”. Tal cual. Y, a pesar de ello, permitimos, los “nyordos” más que nadie, que esa cadena repugnante, además de carísima y ruinosa, siga emitiendo a los cuatro vientos sus sectarias, pestilentes y tóxicas heces.

En el artículo de análisis que “Eldebate.com” dedica a las citadas elecciones se enfatiza el pésimo resultado de las candidaturas catalanistas. Y es cierto que la opción que representan goza de un respaldo anecdótico, muy minoritario. O dicho de otro modo: no goza de respaldo. Candidaturas tuteladas por los partidos nacionalistas de aquende Los Pirineos, ERC y la antigua CiU, o comoquiera que ahora se llame. Y también que, para gozar del estatus de legalidad en el país vecino, han de renunciar a cualquier pretensión de segregación territorial, pues de lo contrario las leyes republicanas les caerían en la cocorota con la aceleración gravitatoria de un rinoceronte muerto y defenestrado desde la azotea de un rascacielos. La República francesa no admite partidos de matriz local que proclamen afanes separatistas. Y punto. Qué gran nación(*).

Pero los resultados de los partidos marginales hay que mirarlos siempre con lupa. Por una cuestión de escalas, para ellos una décima de más o de menos, es mucho. La última vez que acudieron a las elecciones en solitario, sin colar a los suyos en las listas de los partidos mayoritarios, los catalanistas obtuvieron algo menos de 3.000 votos y alrededor de un 1’4% del escrutinio. Cierto que el sistema electoral al balotaje vigente en Francia topa la representatividad a las formaciones minoritarias, pero eso no impide escudriñar en las tripas de las actas comiciales para determinar su tendencia, si al alza o a la baja. Y aquí apreciamos, a pesar de los bienintencionados chascarrillos de “El Debate”, un significativo aumento de 1 puntito entero en porcentaje, del 1’4 al 2’4%, ahí es nada, y de casi 1.500 votos en términos absolutos, lo que supone un subidón del carajo de la vela que raya el 55%. Miau.

Con nuestro sistema proporcional, una candidatura que ronda el 3% o el 5% de las papeletas, según las elecciones, anda muy lejos de gobernar, cierto, pero, alcanzado el mínimo consignado, sí podría condicionar la formación de mayorías, sea el recurrente caso de ese concejal independiente, bajo siglas vecinales, fácilmente sobornable, y que entre bloques decanta el gobierno en unas municipales y se hace con la codiciada “cartera” de Urbanismo, rascando buenas comisiones por licitación de obra pública y enchufando a familiares y amigos en momios diversos. 

Moviéndonos en esa horquilla, 1’4%-2’4%, nadie dirá que en la Catalunya Nyorda se ha producido un efecto contagio después de algo más de una década desmelenada de matraca plúmbea e intensiva de “soberanismo” (descontadas las décadas anteriores), pero hay que concluir que, como primera opción, ha ganado adeptos. A mayor abundamiento, en un medio hostil y ante un rival de empaque como es la República francesa, que no es un Estado nacional blandengue, desnortado, jibarizado y desvertebrado como España. Y todo lo que no sea un retroceso en las urnas de nuestro particularismo, sea cual fuere la convocatoria, es una mala noticia.  

Con todo, aguzando la vista, distingue uno tímidas señales de cansancio o agotamiento en el monolítico, hasta ayer, modelo republicano. Pueden ser los efectos mal digeridos de la así llamada “multiculturalidad”, con segundas y terceras generaciones de inmigrantes hacinados en las “banlieus” (suburbios de las grandes ciudades) sin expectativas laborales, reacios a la “integración cívica”, desafectos a la idea de nación, y extrañados ante el modo de vida occidental, en sus premisas, valores y símbolos, o la apuesta de la extrema izquierda a escala continental por los movimientos identitarios de todo tipo y sus indisimulables simpatías por las disfunciones rupturistas de los regionalismos exacerbados, rasgo dominante en la extrema izquierda española (PSOE actual y Podemos). Lo cierto es que nada es eterno y todo aquello que pensábamos que estaba ahí para los restos puede, a la larga, desmigarse y venirse abajo. También la “grandeur” de nuestros vecinos y trocar en “petitesse”. A un tris anduvo Francia de pegarse un tiro en el pie con la ley de escolarización en lenguas regionales, aún hoy siquiera “co-oficiales” por esas latitudes (véase la tractorada “la Grandeur de la France”), incomprensiblemente aprobada en un primer trámite parlamentario y felizmente revocada, antes de que prendiera el fuego, por el equivalente galo del Tribunal Constitucional.

Escucha, Francia, a este anónimo admirador tuyo. No hay nada deseable, ni provechoso, en hacerle guiños al localismo bajo la forma de insólitos artefactos, pues siempre anidará ahí, agazapado en las sombras, el inconfeso deseo de obtener de ello rédito político (lo mismo de un traje típico que de una leyenda, de una variante dialectal, una receta incluso, de una fórmula anacrónica de juramento, del batimán caprichoso de una danza tradicional o de la nota dulcísona de una siringa única, es decir, de cualquier bagatela).

Guárdate de todo ello, pues la República no se hizo para desandar el camino y regresar al feudalismo anacrónico, a ese estadio de cosas diminuto -barreras y peajes por doquier, cartas concedidas y fueros centenarios- donde los aspirantes a cacique proclaman que pues ellos descienden del legendario conde de Las Marismas Marismeñas, a gala tienen lucir un imponente bigotón con las guías rizadas hacia arriba, muy al contrario que en las comarcas limítrofes, donde los bigotes lo son en forma de herradura. Y comoquiera que el Barón de Pozoancho, consejero áulico que fuera del rey Feldespato III, “Manoslargas”, durmiera la siesta a la sombra de aquel mostajo en el año de gracia de 1.270, ellos y sus territorios, en buena lógica, y gracias a ese supuesto hecho diferencial de fundamentación histórica, no han de pagar el sobrecoste de la factura eléctrica o el 21% de IVA de los artículos textiles y del menaje del hogar, pues ya en su día, y gracias a su calidad de hijosdalgo, anduvieron exentos de pechar el bovático a los reyes de Aragón.

A la República no ha de temblarle el pulso: todas esas chamuchinas, en una comunidad política moderna, donde nacemos libres e iguales en derechos y obligaciones, han de estar donde muy dignamente les corresponde: en las estanterías de una simpática y acogedora tienda de souvenirs para turistas. El cuerpo electoral ha dicho “non” a “Oui au pais Catalan”. Nada es para siempre, nada viene dado por añadidura, o como ese maná caído del cielo para alimentar al pueblo hebreo en su éxodo calamitoso. Y si la República, como cualquier otra democracia que por tal se tenga, transige con el tufo sentimentaloide que se adhiere a determinados bibelots particularistas perderá, a no mucho tardar, su esencia y su razón de ser.   

(*) Con sus sombras, claro es. Para muestra un recentísimo botón: en Francia los niños con síndrome de Down no pueden sonreír en los anuncios TV, u otras ficciones, ni siquiera si se abrazan a sus madres, pues una secuencia de ese tipo podría entristecer y llevar al arrepentimiento, mala conciencia, a aquellas gestantes que hubieran abortado un hijo de esas características.

Mapa de la “Catalunya Nord” o, en adelante, “Catalunya Nyorda”, pues van sus electores y votan “no”, o mejor dicho, NO votan, a la candidatura autodenominada “Oui au pais Catalan”, que, por otro lado, es territorio “Le Pen”. Mon Dieu!

Una manera de hablar

“Te sacaré los ojos con la cucharilla del café y luego te los meteré por salva sea la parte con ayuda de una cerbatana”. Una manera de hablar. “Yo siempre voy de frente y digo las cosas a la cara”. Otra manera de hablar, ésta muy común y quizá una de las mentiras más repetidas de todos los tiempos.

“Para que la “revolució dels somriures” («revolución de las sonrisas») salga bien se necesitan un millón de personas en la plaza de San Jaime y unos setenta muertos”. Ésta última es la manera de hablar de Víctor Tarradellas Maré, en tiempos Secretario de Relaciones Internacionales de CDC y uno de los “fontaneros” del golpe de estado de Septiembre/ Octubre de 2017. ¿De hablar con quién?… con Xavier Vendrell, ex de Terra Lliure (“división” de explosivos), ministrín de “Gobernación” en el segundo tripartito a las órdenes de Montilla (paladín de los charnegos agradecidos y que, por su óptimo desempeño en la materia, da alternativo nombre a los tales: “amontillados”), metido de hoz y coz en un sinfín de líos a corruptela pestilentes, y ahora haciendo las Américas, gira exitosa… muy bien relacionado con los narco-gánsteres del nuevo gobierno colombiano presidido por el ex terrorista Gustavo Petro, ése del que dice el diario “El País” que es un ex guerrillero (M-19) “de orientación socialdemócrata”. Sensacional.

El fragmento de la declaración del interfecto ante el juez (véase el video referenciado en Dolça Catalunya) es de una nitidez pasmosa. Se agradece a los malvados que hablen claro, para no llamarse a engaño. Y Víctor Tarradellas lo hace. Y ya sabe uno a qué atenerse con el pájaro y sus conmilitones. No necesita de intérpretes para que su mensaje llegue a la gente. Con todo, a este tipo de personajes siniestros siempre le sale un coro de exégetas y comentaristas afines al gobierno (PSOE + Podemos + ERC + Bildu (HB/ETA)) que rebajan el tono a muerte inconfundible de sus discursos nauseabundos con impostadas protestas de almibarada bonhomía: “No saquemos de contexto…”, “Ha querido decir…”, “No son palabras afortunadas…”.

El andoba ése ha querido decir lo que ha dicho… y desde la óptica golpista, es decir, la encaminada al triunfo de la causa separatista, hay que admitirlo: tiene su parte de razón. Modificar los parámetros del ordenamiento jurídico, cuando es fruto del consenso político y obedece a reglas democráticas homologadas, parece difícil sin poner sobre la mesa negociadora el aval de la violencia y de la muerte. “¿Qué le parece si por las buenas sustituimos la legalidad vigente, equiparable a la de otras naciones de nuestro entorno, por un programa rupturista donde no estén garantizados los derechos civiles y políticos de los no nacionalistas, pues contamos para ello con el respaldo de un 40% -barriendo para casa- de la población?”. “Cómo no, adelante… eso que dice parece muy sensato”.

La meditada opinión de Víctor Tarradellas es compartida por otros fanáticos nacionalistas que también han concluido, y así lo han manifestado en “las redes” (sea el caso de Héctor Bofill), que el “proceso” ha fracasado precisamente por ausencia de una violencia previa a la fase más activa del mismo (leyes de desconexión de septiembre de 2017 o golpe parlamentario y referéndum ilegal) como elemento de persuasión. Dicho a la pata la llana: han faltado muertos, quizá no muchos, pero sí un puñado de ellos. O cuando el general Alcázar (“Los pícaros”) pide permiso a Tintín para fusilar al derrocado general Tapioca y a unos cuantos de sus colaboradores, por aquello de mantener vivas las más acendradas tradiciones del golpismo cuartelero.

“Con la violencia nada se consigue”, nos han hecho creer, y hemos querido creerlo, pero no es cierto. Se consiguen muchas cosas, dependiendo, claro es, de la firmeza en las convicciones de aquellos de quienes depende la preservación de la legalidad. Si éstos son cobardones y en principios mudables y tornadizos, los terroristas y los golpistas consiguen más. Y a mano tenemos el ejemplo de Bildu (Batasuna/ ETA) y de los últimos gobiernos españoles (Zapatero, Rajoy y Pedro Sánchez). Acuda el lector al cabal (y desesperanzador) análisis que hace Rogelio Alonso en el imprescindible ensayo “La derrota del vencedor”. Nos dicen que “matar no les ha sido de provecho”, que “algunos han pagado sus cuentas con la sociedad pasando muchos años a la sombra” y que, atenta la guardia, “ahora son “actores políticos” (sic) tan legítimos como los demás porque ya no matan” (o eso dijo Idoia Mendía hace ya unos años).

No hay que ser la sagacidad encarnada para deducir que para dejar de matar, primero hay que hacerlo… me refiero a meterle un tiro en la nuca a un concejal sin escolta (un “escrache” balístico) o colocar un montón de explosivos en el aparcamiento de un supermercado para achicharrar vivos a unos cuantos consumidores recalcitrantes. Luego matar, a veces tiene premio, y sólo no lo tiene cuando los asesinos son condenados a cadena perpetua, sus cómplices a las que correspondan, sus organizaciones afines ilegalizadas y su patrimonio incautado para hacer frente a obligaciones indemnizatorias en favor de sus víctimas. Pidan o no perdón o pretendan rebajar sus penas realizando cursillos de macramé o moldeando vulvas en arcilla inscritos en talleres de reeducación sexual al gusto de la “ministresa” Irene Montero. Es doloroso decirlo, y deshonesto negarlo, los muertos por violencia política, según sean los muertos y según los asesinos, son a veces rentables, aunque se trate de una rentabilidad diferida. No se trata de un beneficio inmediato, pues de primeras llegan las condenas tajantes y las concentraciones de repulsa. Pero ya a medio plazo la cosa cambia y la pátina que a todo da el discurrir de los días atenúa y reblandece tragedias y atrocidades.  

Víctor Tarradellas alegará que la prueba del nueve de la naturaleza metafórica de su declaración ante el juez reside en que es imposible meter, siquiera con calzador, un millón de personas en la Plaza de San Jaime, donde, comprimidas como sardinas enlatadas, no caben más de 8.000. Su edificante conversación con el dinamitero Vendrell era, pues, un purparlé. Con todo, no olvidemos que los separatistas, ahí es nada, consiguieron embutir a dos millones, dos, en el Paseo de Gracia, y además en reiteradas ocasiones, convirtiendo la osamenta de los manifestantes en endoesqueletos flexibles, elásticos, cuales fuelles de acordeón, pues “acomodar” siquiera a 300.000 en esa principalísima arteria de Barcelona (unos 80.000 metros cuadrados útiles) es ya un auténtico milagro.

En “Técnica del golpe de Estado”, un ensayo de factura casi periodística, pues fue prácticamente redactado a la par de los sucesos narrados, Curzio Malaparte nos refiere el apasionante juego al gato y el ratón entablado entre Trotski y Menjiuski (Menzhinski), hombre de Stalin en la GPU (precursora de la NKVD, posteriormente KGB), año 1927, para hacerse el primero con el poder en la Rusia soviética, y el segundo para impedirlo. La puesta en solfa de la teoría de “la revolución permanente”, Trotski, frente a la defensa de la ortodoxia “partido-Estado”. Trotski no pretende el concurso de los sindicatos, que le son favorables, ni de las masas en la calle… no confía en esas bazas, difícilmente manejables, para ejecutar sus planes. No quiere una huelga general, acaso sí el general desconcierto. Confía en la pericia y eficacia de sus unidades de élite, apenas mil hombres, para colapsar y controlar las estructuras básicas de la maquinaria que permite el funcionamiento cotidiano de la sociedad. Se trataría de una acción de comandos a gran escala perfectamente sincronizados y cada uno de ellos limitado a un objetivo concreto, pongamos por caso, estaciones ferroviarias, emisoras de radio, centrales de generación eléctrica o los servicios telefónico y telegráfico. Menzhinski conoce la técnica del rival y sabe a dónde desplazar sus peones, unidades replicadas, tan móviles y autónomas como las de Trotski, para interceptarlas y detener la insurrección. No se contentará con un despliegue de fuerzas visibles a la antigua usanza, modelo policial, sino con defender a cara de perro edificios y dependencias estratégicos desde el interior, con su gente a la espera, agazapada, perfectamente pertrechada para la lucha. El golpe de Trotski fracasa y firma su sentencia de muerte, “ejecutada” años más tarde en Méjico de la mano del asesino Ramón Mercader, militante del PSUC y agente de la NKVD.

Ambos justan optimizando sus recursos, rehuyendo las algaradas y esas profusiones de masas exaltadas que todo lo entorpecen y pueden comprometer el éxito de la operación. Detalle que no tuvieron en cuenta nuestros golpistas. Convocaron a miles de personas ante la Consejería de Economía, 21/09/2017, para retener a los funcionarios allí destacados por mandato judicial. Acaso erraron el tiro. Sólo la ocupación de las instalaciones aeroportuarias, elemento de vital importancia en las sociedades contemporáneas, obedeció a un criterio táctico homologado de golpismo 3.0.

El enviado de Putin, el misterioso Nicolay, según la deposición (no excrementicia, o quizá sí, según se mire) de Tarradellas ante el tribunal, ofrece a nuestros insurrectos gente armada, 10.000 hombres, más que suficientes, a mi juicio, para asegurar militarmente la intentona golpista e incluso derrocar al gobierno de Rajoy y conquistar toda España, en consideración a la porosa, blandengue y arcillosa materia en la que estaba moldeado aquel infame ministerio de la deserción. Nunca habrían sido reclutados para tal menester soldados regulares, claro es, ni los operativos especiales llamados “spetsnaz”, sino los mercenarios del grupo Wagner, el ejército privado del tiranuelo moscovita y de sus adinerados amigotes, más indicados para cumplir misiones “no oficiales”. Hubo ofrecimiento para hacerse cargo de la deuda catalana, pormenor desconcertante, pues supuestamente la deuda la tenía contraída con Cataluña el resto de España, y una oferta algo turbia de financiación del futuro protectorado rusófilo, réplica occidental de Bielorrusia y Transnistria, por medio de criptomonedas.

“La solución final para el problema judío”. “El aplastamiento del enemigo de clase” (véase la tractorada “Paradigma Pons”). Y los “70 muertos” sobre la mesa de Tarradellas. No son sino “maneras de hablar”… que, casi imperceptiblemente, se transforman en maneras de obrar. Es una desgracia, y un baldón para todos, pero matar, quien lo niegue se engaña, ha proporcionado en política excelentes dividendos a no pocos desalmados.  

General Alcázar (aventuras de Tintín): “Por menos de 30 fusilados no me muevo de casa. Eso ni es un golpe de Estado ni es nada. ¡Señor, Señor… todas las tradiciones se pierden!”

Pintamonas

La política exterior separatista está, al fin, de enhorabuena. Ha conseguido últimamente importantísimas victorias que sitúan su causa y a nuestra represaliada y “progromizada” Cataluña en el mapa del mundo, tanto como Ucrania. Les ha costado lo suyo, untar con buenos monises a algunos corresponsales extranjeros que han excretado artículos e informes del tipo “Catalangate”, y cortejar a relevantes personalidades del arte y de la cultura. Ai Weiwei, disidente chino que hizo un molde en escayola de una huella de Jordi Cuixart (un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la imbecilidad), la cantante Cher, la gran actriz dramática Pamela Anderson (“Los vigilantes de la playa”) y sus dos niñas siliconadas, los directores de cine Spike Lee y Ken Loach, o el tan bobo como gran actor Viggo Tontensen.

Da fe Dolça Catalunya de uno de los hitos del exitoso periplo internacional de nuestro aborigenismo “enragé”: un artista australiano ha pintado un cuadro de Puigdemont. Dicho así, la cosa no tiene mucha sustancia. No sabemos si el pintamonas antípoda se desplazó a Waterloo para inmortalizar al insigne fugado en su gabinete de trabajo, “No se mueva, por favor”, pero sí, ahí radica la originalidad de su método pictórico, que lo ha pintado a cuerpo gentil: con su órgano. Tal cual. Lo diremos a la pata la llana, lo ha pintado con la polla. ¿Cómo? Que me aspen si lo sé.

Hay en el mundo personas excepcionales agraciadas con dones particularísimos. Sea el caso de un santón hindú que anduvo hace años por Barcelona, recuerdo la noticia, que emitía un sonido con su chisme, se decía que “cantaba”, mediante complicadas técnicas de sofrología inspiradas en las extraordinarias proezas de los lamas tibetanos al estilo de Lobsang Rampa (éxito de ventas allá por los años 70’ y 80’, “El tercer ojo”, no malpensemos, y otros). El peritaje consistía en aplicarle un fonendoscopio a la pichurra y captar esas como vibraciones de ventriloquía genital, donde los cataplines hacían las veces, se supone, de almacenadores de hits musicales y oblongas cajas de resonancia. No sabemos si el gurú aceptaba peticiones, como en aquellos programas radiofónicos de antaño, “Oiga, pinche usted “Como una ola”, de Rocío Jurado, para dedicársela a mi tía Gertrudis”. También, dicen, Errol Flynn, tipo al parecer de disolutas costumbres, era capaz de tocar el piano con el apéndice de la posteridad. No nos cabe la menor duda de que el actor interpretaba en esas ocasiones “Gary Owen”, el himno adoptado por el general Custer para el 7º de Caballería, personaje histórico al que interpretó en “Murieron con las botas puestas”. Épica por un tubo.

Tim Patch, así se llama el fulano, adquirió semejante habilidad mientras hacía pis en unos baños públicos. Es, no cabe duda, el escenario apropiado para dar hilo a sus insólitas inquietudes y mejor cultivar su novedosa técnica artística. Leemos que no sólo el pitilín trócase en pincel, también su escroto y su culo concurren en igual medida al acto compositivo. Se gana la vida, deseo que muy holgadamente, ejecutando tan singulares performances sobre un lienzo durante la celebración de ferias eróticas a lo largo y ancho de este mundo. La procelosa peripecia de Puigdemont ha sido motivo de inspiración para el bueno de Tim, que se hace llamar “Pricasso” en tan bizarros eventos. Nuestro “procès” aunase, como el anillo becqueriano que enlaza el mundo de la forma al mundo de la idea, al “proceso” creativo de Tim Patch. Un triunfo que traspasa fronteras.

Otro hito del momento dulce que viven nuestros “afers exteriors” (asuntos exteriores), ha sido la detención, junio de 2022, del cónsul honorario de Finlandia en Barcelona hasta 2018, Albert Guinjaume Egido (informa Dolça Catalunya), sucesor en el cargo de su augusto padre. Fue cesado por el gobierno finés a petición del español por la incansable propaganda separatista del interfecto. Se le imputa pertenencia a una organización de narcotraficantes que introdujo en Europa, a través del puerto de Barcelona, un cargamento de 3’2 toneladas de khat, una droga consumida habitualmente en Yemen, en el resto de la península arábiga y en el cuerno de África. Se trata de masticar la hoja fresca de la planta (“catha edulis”), pues al cabo de unos días pierde sus propiedades psicotrópicas. Te deja la dentadura colorada: “sonrisa Profidén”. El alijo, en la calle, habría adquirido un valor, se calcula, de unos 60 millones de euros. Ahí es nada.

Que no pare la música: a tan rozagantes proezas se suma el recentísimo dictamen de la abogacía de la UE, cierto que no vinculante, contrario al asilo, por inmotivado, prestado por la justicia y las autoridades belgas al prófugo Puigdemont. Toma castaña. Al tiempo que crecen las dudas sobre la veracidad e imparcialidad de los informes, de parte al parecer, que han cebado y engordado el “bluf” del así llamado “Catalangate” elaborado por Elías Campo Cid (militante de Òdium Cultural, toma del frasco) y Ronan Farrow (hijo de la actriz Mia Farrow), periodista del diario The Newyorker. Ese medio recibió una donación de 28.000 € en el año 2018 por parte del gobierno regional de Cataluña, según figura en la memoria anual de publicidad institucional, o eso leemos en Dolça Catalunya con enlace a dicho documento. Para mayor tranquilidad de todos, la empresa que difunde la revista citada es propiedad de George Soros, uno de los más destacados mecenas de la “oltraizquierda” mundial.

Cuando algo no funciona, por ejemplo, un instituto u organismo público, una de las primeras providencias que se adoptan es cambiarle el nombre. Lo suyo sería cerrarlo, pero eso significaría dejar sin medios de subsistencia a docenas de familiares y amigos y es preciso contar con ingresos suficientes, procedentes de retenciones e impuestos a la ciudadanía, para pagar las facturas (la luz está por las nubes), la hipoteca, el amarre en Cadaqués de la barquichuela, el cole privado y no “inmersionado” de los peques y la cabañita de recreo en La Cerdaña. Eso ha pasado exactamente con el Diplocat de los tiempos heroicos con nuestro idolatrado Raül (diéresis sobre la “u”) Romeva a la cabeza (perdón por el pleonasmo antropométrico).

Admitamos, con la perspectiva que nos da el tiempo, que ese fulano (Romeva) se lo curró duro, a pico y pala, sobreponiéndose a clamorosos ridículos y bochornosas gansadas. Romeva, ex –Iniciativa Per Catalunya (formación fagocitada por Colau y su séquito basuriento), echó los dientes en el parlamento europeo protestando airadamente por el sobrevuelo de cazas de combate de la Fuerza Aérea Española (ahora también “Espacial”, y no es broma) de los límpidos cielos de las comarcas de La Garrocha y de Ripollés, y elevando una queja formal por el pisotón de Pepe, zaguero luso-brasileño del Real Madrid, a Messi. Esta anécdota ya se ha referido alguna vez y es tan real (diario de sesiones) como vergonzante. Tan frenética actividad hizo acreedor a Romeva al título de excelso “tonto de capirote” o solemne “tontocrator” (a la manera bizantina) de la diplomacia separatista. Ahora el invento, a engrasar con el dinero derrochado de nuestros impuestos, pasa a llamarse Catalunya Internacional para mejor burlar la sentencia del TC que afea a la Generalidad su ilícita competencia, toda vez que las atribuciones en política exterior corresponden al gobierno español en régimen de exclusividad.

Con todo, el mayor éxito de la diplomacia golpista es, sin duda, el eco que su causa ha obtenido en Madrid. No cuentan con embajador más eficaz y proactivo que la felonía descarnada de ese palanganero del separatismo que es Pedro Sánchez, auxiliado por toda su cohorte de palmeros, entre quienes destaca la ministra Pilar Alegría, la misma que abiertamente manifestó que “nada tiene que decir” ante los reiterados incumplimientos de las sentencias dictadas por el TSJC contra la liberticida y anticonstitucional política lingüística del “inmersionismo” obligatorio. Para otra tractorada dejamos la valoración del “heroísmo” del citado tribunal, pues el mismo reconoce que su sentencia sobre el particular es, arrea, de “imposible cumplimiento en las actuales circunstancias”. Vale por decir que tan eximios magistrados reconocen en dicho auto su absoluta “inutilidad”. Luego nos podríamos ahorrar lo mismo unos cuantos Tribunales Superiores que unas televisiones autonómicas. Lo mismo da que da lo mismo.

El busilis de la cuestión está en la similitud de ambos procesos creativos. Y en la llamativa coincidencia del órgano elegido para ejecutarlos. Por un lado, el pictórico, plasmando en el lienzo, mediante la manipulación del “aparato”, la obra inspirada por las musas y que, por méritos artísticos y por la calidad del personaje inmortalizado, podría ingresar por derecho propio en cualquier galería de hombres ilustres de la más selecta pinacoteca del mundo. Por otro, la proclamación por “cojones”, bien que fugaz, discuten los historiadores si duró ocho segundos, o fueron nueve (importante matiz), de la república del “trespercent” (tres por ciento) por parte de esa suerte de mesías de bolsillo en que ha parado Puigdemont. Por cojones, sí, pero arrugados como pasas de Corinto.

Por todo lo antedicho propongo a Tim Patch, alias “Pricaso”, para la concesión a su favor de la máxima distinción de nuestras autoridades regionales, la así llamada «creu de sant Jordi” (cruz de san Jorge), que reconoce la labor ingente en pro de la cultura y nación catalanas de grandes personalidades de todo el mundo. Un honor que encaja a las mil maravillas con el perfil y la ejecutoria artística de mi candidato. Animo, desde estas líneas, a colapsar las redes sociales con campañas del tipo hastagtimpatchcreudesantjordi para crear una fuerte corriente de opinión que el jurado de tan alto galardón no pueda ignorar.

PS.- (I) Ha muerto Nùria (Nuria) Feliu. Que el Señor la tenga en su gloria, pero con profiláctico esparadrapo en la boca, como el bardo Asuracenturix (aventuras de Asterix y Obelix), para que no cante sobre el gosipino regazo de una nube dando la matraca a indefensos angelitos de carita sonrosada y gordezuela… mira que se dan de baja en tropel, siguiendo los pasos del ángel caído.

PS.- (II) Rectificación obligada. En la tractorada “Aplastando al enemigo de clase (paradigma Pons)”, sitúo por error la localidad donde tuvo lugar el horripilante martirio del fraile a manos de los asesinos del Frente Popular, Pachs del Penedés, “en Tarragona”, cuando dicho municipio pertenece a la demarcación provincial de Barcelona.

Chanchencho

Cataluña se queda pequeña para mi tractor todoterreno (Tortosa, Besalú, Balaguer, L’Espluga Calba, Cunit, Alpens, San Carlos de la Rápita, etc) y por esa razón me he aventurado últimamente por Ibiza y por tierras guipuzcoanas. Con ese talante viajero y en pos siempre de la imbecilidad reinante en los cuatro puntos cardinales de nuestra España, pongo rumbo a Chanchencho. He dicho bien, Chanchencho, una de las localidades turísticas más afamadas de la costa gallega y de actualidad (“candente”, según el tópico periodístico) durante la visita, hará cosa de un par de meses, del rey al que llaman “emérito”. Chanchencho aquí, Chanchencho allá, Chanchencho mañana, tarde y noche en todas las cadenas TV, emisoras de radio y prensa escrita. Es definitivo, nadie que salga por la tele dando la crónica en español sabe decir Sangenjo. El Sanxenxo en gallego da finalmente en un divertidísimo idiotismo toponímico: “Chanchencho”. Ha sido un no parar. Incluso la muy noble y leal villa de Chanchencho me ha inspirado un chiste malo (“ni un solo día sin un chiste malo”, Fozzy -osito de los Teleñecosdixit) con dos finales posibles, que va más adelante.

De abajo arriba. De lo simple a lo complejo. La B con la A, BA. Y a partir de ahí, logaritmos. Ése era el busilis de uno de los “electrochoques” de “Demens Catalonia”, perdón por la autocita (sólo puedo hacer una, pues toda mi “obra” se reduce a ese modesto breviario anti-nacionalista), el titulado “Llirona/ Yirona/ Girona (Gerona)”. Para mí, es amor de padre, de los mejores (si los hay), a pesar de su apariencia anecdótica. Combatir el acomplejamiento ante el aborigenismo desmelenado comienza por uno mismo y en situaciones cotidianas. A todos, en mayor o menor medida, nos afecta esa tara vergonzante tras décadas de plúmbea y casi incontestada matraca. Sea el caso de comprometerse a decir Gerona siempre que hablemos en español y no sucumbir jamás a la tentación, por temor al qué dirán («¡Ha dicho Gerona!… ¿Será uno de esos cafres de VOX que caza ciervos y maltrata a las mujeres?»), de utilizar la fórmula localista, “Girona”. Lo mismo vale para Lérida, Orense, La Coruña u Onteniente. En cambio, Alicante no entra en la parrilla de salida, pues, sólo Dios sabe por qué, jamás los acomplejados utilizan el topónimo co-oficial: Alacant. Y aún más allá, para Londres (que no London), Alemania (Deutschland) o el río Danubio (Donau).

No hay manera de que nos entre en la cocorota. En particular a los presentadores de los noticieros TV y de los pronósticos meteo. Cuando viertes a tu lengua el nombre de una ciudad, región o país, o de determinados accidentes geográficos, quiere decirse de entrada que hay forma propia para designarlos, que la tradición o costumbre les concede rango e importancia y es, en resumidas cuentas, una manera de rendirles cortesía y homenaje. Para el hablante de lengua española, Londres o Edimburgo merecen esa deferencia, no así Birmingham, Coventry o Kinshasa. Ello obedece a razones históricas. Tal cosa sucede con Gerona, Orense, Vizcaya o Guipúzcoa (que casi siempre aparecen rotuladas como “Bizkaia” y “Gipuzkoa”). Por esa misma razón, al hablar y escribir en catalán decimos y escribimos “Osca” (por Huesca) y “Càdis” (por Cádiz), sin el menor sentimiento de culpa o de agravio a dichas ciudades (y provincias) y jamás nos preguntamos, no tendría caso ni sentido, si a los naturales de esas localidades les fastidia o no esa licencia que nos hemos tomado. En cambio, por su menor relevancia, dejamos en su formato original, es decir, en español, Bollullos del Condado.

Así las cosas, uno ve en la aminoración de la lengua española en la misma España, por voluntad política y acomplejamiento ante los particularismos localistas, una traba algo mucho más que anecdótica para devolver el hecho lingüístico al ámbito de la normalidad y del sentido común. ¿Pues cómo pretenderás que tu hijo estudie Matemáticas (“socioafectivas” o no) o Naturales en español en cualquier punto del territorio nacional si nuestra lengua, una de las más importantes del mundo, no sirve siquiera, también por renuncia y cobardía de sus hablantes, para designar las ciudades y regiones que contiene? Cómo vamos a ser capaces de lo más, si no lo somos de lo menos. Lo puede entender cualquiera por limitada que sea su capacidad intelectiva: ¿Quieres que tus hijos… (sobrinos o nietos)… estudien en la escuela en español si al hablar nuestra lengua oficial (sea o no tu lengua materna) no tienes el cuajo de decir Lérida? Anda y que te den.

No contentos con la mutilación referida de la lengua española, esta deserción de la toponimia se expande a otros escenarios de la vida colectiva, incluso a los gentilicios y a lo que podríamos denominar la “tecnonimia política”. Clamoroso fue presenciar un día, en un programa emitido por una cadena denominada Gol Televisión, con un sesgo poco recomendable, cómo uno de los presentadores, dando su crónica en español, designó del siguiente modo al Girona FC (de la ciudad de Gerona): “el conjunto “lliruní/ yiruní” (gironí)”, en lugar de emplear la expresión normativa, “gerundense”. Quiere decirse que, en el presente caso, también es vetado del discurso hablado incluso el gentilicio en español.

En no pocas informaciones periodísticas, los consejeros de los gobiernos regionales dejan de serlo, con la crónica redactada o retransmitida en español, para convertirse en “consellers”, lo mismo en Barcelona, que en Mallorca o en Valencia. La Generalidad catalana (y valenciana) pasa a ser la “Generalitat”. La Junta de Galicia es la “Xunta”. Y tantas otras. Al tiempo que el primer ministro británico (hasta ayer, el pintoresco Boris Johnson) nunca es the Prime Minister, afortunadamente, y jamás comparece en the House of Commons, sino en la Cámara de los Comunes, ni se mantiene en lengua alemana la designación de los responsables de cada área de gobierno de los diferentes “lander”. Enloquecidas incongruencias que nos conducen al «parlament de Catalunya», que no al «parlamento» (de Cataluña), hablemos o escribamos en español. Delirio total.

Cuando el corresponsal, micrófono en mano, manda su noticia desde la plaza de San Jaime, no pocas veces nos habla del “govern (por gobierno) catalán”, mezclando ambos idiomas espantosamente (sin ir más lejos, en una noticia, 10/07, en ¡¡¡OK diario!!!… “El “govern” admite que la mayoría de jóvenes catalanes, 85%, no quiere hablar sólo en catalán”… por lo que, burla burlando, “OK diario admite que no sólo quiere escribir en español”). Si alguno de esos reporteros, desde Londres, para referirse al británico, emplease la hibridación “el “government” revisará las tarifas eléctricas”, le juzgaríamos de pedante y cursi, y muy a gusto le daríamos una buena mano de bofetadas por tontaco. Con lo bonito y aseado que a mis oídos suena la expresión “el gobierno regional (preferible a “autonómico”) ha decidido tal cosa o tal otra”.

La cadena 13 TV aporta su granito de arena a tan desnortada falta de criterio subtitulando del siguiente modo la visita de la reina Leticia, anfitriona sensacional, y de las primeras damas durante la reciente cumbre de la OTAN celebrada en Madrid, al museo de arte contemporáneo Reina Sofía: “La reina y las primeras damas contemplan el “Guernika””. Agárrame esa mosca por el rabo. De tal suerte que el cuadro de Picasso, hombre “desinteresado” donde los haya, no es ya “Guernica”, en español, pero tampoco “Gernika”, en vascuence, si no una nueva y disparatada macedonia poliglota: “Guernika”. Y así todo. Por cierto, leo en la edición digital de ABC, que dicha composición partió de un boceto del pintor para homenajear a Sánchez Mejías, afamado diestro de la época muerto por asta de toro, también homenajeado por Federico García Lorca en uno de sus más celebrados poemas, “Llanto por la muerte de…”, y que se apresuró a reconvertir el trasunto del lienzo por encargo del gobierno republicano, tras el bombardeo de la Legión Cóndor, a cambio de la nadería de 200.000 francos, unos 12 millones de euros actuales.

El capítulo de “consellers” y “conselleiros”, acreedores al parecer a que su cargo siempre se exprese en la lengua co-oficial de su territorio, podría cerrarse satisfactoriamente si a todos ellos, al margen de su ubicación geográfica, les denominásemos “ministrines”. Curiosamente, la supuesta deferencia (idiotizado acomplejamiento) hacia señores tan principales no es extensible a aquellos que integran el gobierno foral vascongado, que siempre son “consejeros”, omitiendo la versión en vascuence, pues nadie la conoce, que en cambio se reserva para el primero de ellos, el “lehendakari”. Dignidad que adornó a un tal Pachi (Patxi) López y que a no mucho tardar, con el apoyo del PSE, recaerá en Otegui, «el Gordo», que así le llamaban sus amiguitos cuando integraba un comando etarra.

Habiendo visitado recientemente Bilbao y San Sebastián, me falta completar mi periplo por las capitales vascongadas plantándome en Vitoria. Que en el parte meteo de TVE 1 (y en otros medios) pasa a llamarse “Vitoria-Gasteiz”. Toma del frasco. Cuando el rey godo Leovigildo, el último de los monarcas de obediencia arriana, fundó Victoriacum (Vitoria) allá por el siglo VI dC, una suerte de baluarte defensivo contra las continuas y violentas incursiones de los montañeses vascones por el valle del Ebro para robar ganado (como los cuatreros de las pelis del Salvaje Oeste) y secuestrar mujeres (escasez de vasconas), andaba el hombre muy lejos de sospechar que aquel fortín erigido por razones estratégicas fuera un buen día a llamarse “Gasteiz”, sólo Dios sabe por qué. Curiosamente, Bilbao no es Bilbo-Bilbao, pues el topónimo nacionalista Bilbo ha fracasado estrepitosamente incluso entre los suyos (y sólo lo replicó Tolkien, que sepamos, para designar un personaje de “El señor de los anillos”: Bilbo Bolson).  

Dejamos, pues, Chanchencho. Buen lugar para el veraneo y para degustar el sabroso marisco gallego. De donde partir en ferry para visitar las paradisíacas playas de las islas Cíes (que situamos en el mapa los de mi generación por obra y gracia de Siniestro Total: “Matar jipis en las Cíes”, canción, como tantas de aquellos años, que hoy no pasarían el filtro de la nueva censura progre-woke) o los hórreos a pie de playa de Combarro.

Y, lo prometido es deuda (a mí me gusta decir “es duda”, pues cuántas promesas no se incumplen, y si no que le pregunten a mi señora), aquí va el primer chiste de la Historia inspirado en Chanchencho con dos finales posibles.

“Un amigo se encuentra con Tolerancio. “Cómo estás”. “Muy bien”. Y le pregunta: “¿A dónde vas de vacaciones?”. Y responde Tolerancio: “A Chanchencho”. “Hombre, muy buena elección… ¿Y qué vas a hacer en Chanchencho?”. “Pues comer chalchichón”. “Pero hombre…” le replica el otro…”ahí lo que se come es marisco del bueno”. “Pues me has chafado el plan… está bien, entonces iré a Chinchilla”. “¿Y qué vas a hacer en Chinchilla?”. Tolerancio insiste: “Pues comer chalchichón”. “Y dale, en Chinchilla lo suyo es comer migas y los mejores quesos curados del mundo mundial”. “Qué contrariedad”, replica Tolerancio, y añade: “No se hable más, iré a Chinchón”. “Estupendo… ¿Y qué harás en Chinchón?”. Y como no hay dos sin tres, responde Tolerancio: “Pues comer chalchichón”. “Estás tonto o qué, en Chinchón se bebe anís”.

Final 1: Tolerancio.- “Tú no quieres que me vaya de vacaciones”.

Final 2: Tolerancio.- “Tú no quieres que coma chalchichón”.

Escudo de Chanchencho (provincia de Pontevedra)

«Bocadilloak»

Bocadilloak. Es decir, “bocadillos”. El local también oferta “tortillak” en su pizarrín, esto es, “tortillas”. La “k” final es desinencia de número plural. En cambio no sabe uno a qué obedece la “c” intermedia de “bo-C-adilloak”… ¿Por qué no otra “k”?… Puede que simplemente se trate de una falta de ortografía, que lo mismo se cometen en español, que en catalán, uro-finés o en vascuence-“batúa”, esa suerte de vascuence unificado y un tanto artificioso que enseñan en las “ikastolas” y que va para idioma “inmersivo” en la escuela pública según avanzan PSE y Bildu (la Batasuna-ETA de toda la vida), ahora en risueña comandita. “Bocadilloak”. Con un par. Uno de tantos bares (pinchos, montaditos, tapas) con los que se topa el turista por los alrededores de la plaza de la Constitución (“la Consti”… o “Konsti”, por darle carrete a la cosa), en el casco viejo de San Sebastián.

Meses atrás anduve unos días por Bilbao, donde la presencia del vascuence hablado es irrelevante, siendo relevante su ausencia. En San Sebastián, en cambio, mis oídos captaron, eso sí, muy ocasionalmente, retazos de conversaciones en ese idioma. Pero si uno se desplaza a Guetaria, la cosa cambia significativamente. Allí el vascuence está en la calle, pero me pregunto si el vascuence que hablan los paisanos de Guetaria guarda parentesco alguno con el mensaje escrito en el referido local de San Sebastián, “bocadilloak”, que suena a impostura y artificio. Es sabido que el vascuence unificado, el de la escolarización (también camino lleva en Navarra), es cosa distinta a las variedades habladas por comarcas. ¿Los vascohablantes (“euskaldunes”) de Guetaria llaman “bocadilloak” a los bocadillos? Quiero pensar que no, que debe de existir alguna fórmula aceptada que no tenga esa pinta de chascarrillo, pero que me aspen si lo sé.

En catalán se usa la fórmula “entrepà”, que tiene una valencia descriptiva inmediata. “Entre pan”, en eso consiste un bocadillo: algo, lo mismo embutido que una tortilla, “entre pan”. Pues si en un bocadillo no hay nada entre las rebanadas, vale por aquel dicho de “pan con pan, comida de tontos”. De hecho, la fórmula en lengua catalana, si me apuran, es más certera que “bocadillo”, que es algo así como “un bocado pequeño”, cuando hay bocadillos o “bocatas” de dos palmos o más, como esos inmensos petardos trompeteros de ganja que en vida se fumaba Bob Marley. Y para darle el pase a uno hay que asestarle múltiples bocados acompañados de buchitos de cerveza para mejor trasegar el mordisco. 

Nada más bajar de la guagua que te trae a Guetaria desde de San Sebastián, te das de bruces con el memorial, una suerte de fortín destartalado, erigido en la villa pesquera en honor de su hijo más ilustre, Juan Sebastián Elcano. La inscripción labrada en piedra da fe del rol completo de los tripulantes de aquella colosal aventura. Primus Circumdediste Me. No es vascuence, es latín. Hete aquí que unos metros más allá, ante la calle porticada que nos lleva al centro de la localidad, hay una estatua… ¿Lo adivinan?…  de Elcano. Y otra más adelante, en la pequeña plaza de… Elcano… (“Elkanoren enparantza”), vistas al puerto, naves sin faenar amarradas por la carestía del combustible. Nuestro héroe es, pues, profeta en su tierra. Dos por una. No así Copito de Nieve, eximio primate avecindado en Barcelona para quien Colau no quiere marmóreo homenaje por blanco, polígamo, heteropatriarcal y colonialista. Cosas de la “oltraizquierda”.

En Guetaria se palpa ambiente abertzale, más que en las otras poblaciones visitadas de la costa guipuzcoana. Abundan las pancartas que reivindican el acercamiento de los presos “vascos” (se entiende que terroristas, que no de los condenados por atracar una gasolinera o evadir impuestos). Me asomo a los resultados de las últimas municipales (2019) y veo que en Guetaria contendieron 3 listas y que fue la de Bildu (ETA-Batasuna), la más votada, con casi mil votos y algo más del 50% de los escrutinios. Mayoría absoluta por un concejal frente al PNV. Algo más de 20 votos testimoniales para el PSE (Partido Socialista de Euskadi… o de Estocolmo, por Odón Elorza, Eguiguren y Eduardo Madina). Cierto que en las elecciones autonómicas y generales desciende ese avasallador porcentaje y aparecen votos de otras candidaturas (circunscripción provincial), pero es realidad sin efugio: allí mandan los chicos de Otegui. En la cercana Zarauz copan el 30% de los votos y en San Sebastián y Fuenterrabía alrededor del 15%.

De Guetaria me quedo con la gesta de Elcano, también con sus sabrosas almejas que se comercializan, doy fe, en una pescadería del mercado de San Antonio en Barcelona, y no excesivamente caras, y con el museo Balenciaga, pues el modisto, abanderado de un elegante clasicismo, nació allí. Qué dos personalidades y qué manjar exquisito rodeados de tanto paleto de chapela calada hasta las cejas. Paradojas de la vida.

Curiosamente donde más vasquismo se aprecia a cada paso que das es al otro lado de la frontera, en Biarritz. Bien entendido que allí vasquismo es tipismo y folclore y no facción política. Hay más “ikurriñas” (la bandera aranista, bandera de parte y bandera sectaria, que ha sido admitida de manera unánime como bandera regional) que en San Sebastián. Y en los escaparates de las tiendas de souvenirs calzado típico montañés, vestimentas tradicionales y “affiches” de gusto localista, con el omnipresente lauburu en gargantillas, imanes para el frigorífico y en todo tipo de artículos y utensilios a la venta.

El lauburu, hay que decirlo, es una modalidad de cruz esvástica, una esvástica lobulada. Nada de malo hay en ello, pues es un símbolo antiquísimo conocido en muy diversas culturas, de Asia a Europa, de uno a otro confín. Las hay en estelas funerarias del año catapún y se dice que, como símbolo solar, era una suerte de amuleto protector de uso pastoril frente a la amenaza del lobo. Pero hete aquí que al lauburu le puedes llamar “tetrasquel”, por sus cuatro brazos, pero no “cruz esvástica”, pues si te copia un vasquista, preferiblemente no vasco, uno de esos progres que babean copiosamente ante cualquier artefacto cultural made in Vascongadas, es decir, uno de esos acomplejados ante el nacionalismo aborigenista que resuelven que la flatulencia que deja ir un “abertzale” no es sino el acorde perdido de la Inacabada de Schubert, montará en cólera y te echará en cara tu ladino y mendaz intento de “nazificar” a los levantiscos y aguerridos “gudaris” de aquellas comarcas. Todo “lo vasco” es lo mejor del mundo mundial. Lo cierto es que hay más esvásticas (lobuladas) en Biarritz, y que nadie se me amontone, que en las multitudinarias concentraciones perfectamente orquestadas del NSDAP en Nuremberg que hemos visto en los sobrecogedores documentales de Leni Riefenstahl

A vueltas con la estatuaria, que si Copito de Nieve, que si Elcano… pues si paseas La Concha, descubres en uno de sus extremos, confluencia calle Miramar y avenida de la Libertad, una plazoleta dedicada a Cervantes, nuestro más universal autor, con una aseada escultura del inmortal y ensoñador hidalgo y de su inseparable escudero. Y eso que don Quijote no conoció la ciudad, ni Rocinante holló con sus pezuñas los arenales de sus playas. A mayor abundamiento, el caballero de tristísima figura las tuvo tiesas, en uno de sus más celebrados episodios, con un caballero vizcaíno al cuidado de unas damas. Patrimonio de todos, o casi… pues la gentileza de la capital guipuzcoana con nuestro patrimonio cultural no ha sido replicada por la alcaldesa Colau y su “palanganero/ ayuda de cámara”, el socialista Collboni, quienes rehusaron, en su infinita y palurda ignorancia, dedicar escultórico homenaje al Quijote, publicista sin igual de las virtudes sin cuenta ni cuento de la ciudad condal, aduciendo que «ese personaje literario se circunscribe a la cultura castellana”, arrea. Quieren decir esos zarramplines con vara de mando que Alonso Quijano pertenece al legado cultural de Argamasilla de Alba y Talavera de la Reina, por ejemplo, pero más allá de esas limitadas coordenadas geográficas su interés es relativo, incluso nulo… y lo dicen desde una Barcelona con calles dedicadas a Pompeyo Gener, al siniestro doctor Martí Juliá o a Sabino Arana, entre otros muchos.

Hemos fracasado como nación. La inmersión obligatoria en la escuela pública en lenguas cooficiales es la espina dorsal del dragón, el síntoma más evidente de este incomprensible fracaso colectivo. Hay que decirlo a particularistas y afines a la “oltraizquierda” (ese compostaje de izquierda-woke grumosa y fétida que toma nombre de una de sus lideresas, Mónica Oltra): también se puede odiar a España estudiando en español. Los ejemplos son esquivos al cálculo como la fina arena de la playa que se desliza entre los dedos: Zapatero, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias Turrión, Jesús Eguiguren, Echenique, Nicolás Maduro, Jorge Javier Vázquez, López Obrador, el papa Bergoglio… la lista es extensa y los nombres seleccionados componen una muestra ínfima. Todos ellos estudiaron, poco o mucho, en español y odian a España sin tapujos, sin medias tintas, con toda el alma. No es necesario echar mano de payasada semejante, “bocadilloak” y “tortillak”, para envenenar a nuestros hijos y nietos, o a los hijos y nietos de los demás e hipotecar su futuro.

Quizá un día, el péndulo regresará a la posición contraria y consigamos estabilizarlo, recuperando el sentido común que por mor de discutibles mayorías parlamentarias mandamos en su día a esparragar cediendo siempre, cobarde e irresponsablemente, ante los voraces nacionalismos periféricos, incurriendo en una dejación de funciones antipatriótica que un día nos echarán en cara y que no conocerá posible expiación. “Bocadilloak”… vamos, no me jodas.  

“Pardiez”, dijo Elcano al tomar tierra tras su periplo oceánico, “ahora mismo me zampaba de una sentada tres “bocadilloak” de “antxoak”, acompañados de otros tantos “zuritoak” de “txakolí”… “mas… qué diantre me pasa… ¿Por qué hablo así?… de la “k” y de la “tx” estoy hasta las mismísimas pelotoak”. “Por cierto”, añadió el marino, “ahora que soy de extrema izquierda, u “oltraizquierda”, según ese botarate de Álvaro Morte (“La casa de papel”), los chicos de ETA, si vuelven a las “ekintzas”, podrían dedicarme uno de sus comandos: “Elkano talde” (comando Elcano)… mola mazo”.

PD.- Armengol, lideresa del PSIB, rectifica ahora y no exigirá al personal médico, vale que temporalmente, los requisitos lingüísticos citados en “People from Ibiza”. ¿Nos habrá hecho caso? Ni hablar. Eso es que ella, o alguno de los suyos, tenía visita con el especialista y se ha encontrado la consulta cerrada por falta de personal. Pero, una cosa por otra, va y en el mismo día echa a la puta calle por esa misma razón a un montón de celadores. Toma del frasco.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar