¿Izquierda y Española? ¿Y si… sí?

Como dicta el sentido común, por creer en el inalienable derecho a la propiedad, sea mucha o poca, y que no es usurpación, en la libertad y en la igualdad de derechos civiles y políticos, y pocas cosas más, me tengo por persona de derechas, no menos que el caballo de Atila. Pero por cuestiones intestinas de nuestro devenir como comunidad política saludo con entusiasmo (“sin acritud, incluso con simpatía”), quién me lo iba a decir, la fundación de un nuevo partido político: Izquierda Española.

Diré por qué. Tras un somero repaso a estas últimas y convulsas décadas se ha puesto de relieve, sin tapujos ni ambages, como muchos pensamos desde hace tiempo, que el PSOE es el auténtico cáncer de España. Esto es particularmente evidente desde el aterrizaje en Moncloa de los dos mayores traidorzuelos de nuestra historia reciente, Zapatero y Pedro Sánchez, convenientemente auxiliados por el huevón y pichazas de Rajoy, éste último por desidia y pereza. EL PSOE, dejando a un lado su deleznable trayectoria (amenaza de atentado terrorista contra Antonio Maura la primera vez que Pablo Iglesias Posse toma la palabra en el parlamento, atentado que, en efecto, se cometió, el golpe de octubre del 34 junto a ERC contra el legítimo gobierno de la II República, etc) ha rescatado de los infiernos a ETA, convirtiendo a Bildu (Batasuna) en un socio preferente, o “la victoria del vencido”, y al golpismo catalanista que languidecía fantasmalmente en Waterloo sin que ya nadie echara cuentas de ese orate de Puigdemont obsesionado con la idea de morir envenenado por agentes del CNI.

Ni siquiera el codiciado galardón («traidorzuelos») corresponde a esa reliquia feudalizante de los nacionalismos periféricos que, va de suyo, propenden a hacer su agosto ejerciendo de minorías “etnoides” en el Congreso de los Diputados. Quitan y ponen gobiernos, votan los presupuestos generales a cambio de prebendas circunscritas a muy limitadas coordenadas geográficas y crean de continuo agravios territoriales, desigualdades entre personas y deslealtades institucionales insoportables. Se han ofrecido indistintamente a los partidos mayoritarios, aunque es cierto que sus demandas son hoy, se ha producido una parasitación osmótica, prácticamente indiscernibles de la profesión de fe hispanicida del abyecto PSOE de Pedro Sánchez. La amical conchabanza de éste último con el brazo político de ETA, entrega de la alcaldía de Pamplona y gobierno de coalición en Navarra, son las mayores asquerosidades a las que hemos asistido en varias generaciones. Cabe decir que, si no fuera porque han matado mucho y porque está en su ADN urdir políticas excluyentes cuando tocan pelo, los planteamientos de los irredentismos regionales nos arrancan una sonrisa indulgente con sus desvaríos folclóricos y toda suerte de patochadas… que si el reino de Breogán, la batalla de Arrigorriaga o las intoxicaciones historicistas del aborigenismo catalanista, sea el caso de la “Diada del 11 de septiembre de 1714”.

No seré yo quien le diga a Izquierda Española qué senda debe transitar. Espero y deseo, por ellos, y por todos, que hayan aprendido algo de nuestra Historia contemporánea y no enarbolen la tricolor “segundorrepublicana”, una bandera-fake que sólo toleran y sienten como suya los enemigos de España. Esa bandera ya inició su siniestro periplo por el camino de la impostura, tomando como referente un estandarte descolorido, por defecto de pigmentación, trastocando en morado el bermellón comunero. Ahí tienen a mano, si les place, la bandera de la I República, que respetó los colores nacionales, prescindiendo tan sólo de la corona dinástica. Ojalá no metan la pata, pues bien saben qué bandera sentimos y llevamos los españoles no renegados a diferentes eventos, sea el caso de los partidos de fútbol de nuestra selección nacional (bien entendido que un servidor se borra para los restos de animar a la selección femenina) y qué bandera, en cambio, enarbolan los sindicatos “orgánicos”, CC.OO y UGT en sus manifestaciones, partidarios que son de la emética cochambre de Ley de Amnistía.

Y, si además, la gente de Izquierda Española no es especialmente receptiva al variopinto surtido de majaderías “woke” de efecto aniquilador para Occidente, pues mil sobre hojuelas. Gansadas “woke”, nadie se libra de su hongo atómico perturbador, que incluso calan en el ámbito de la derecha más amansada. Habrán de poner énfasis en eso que llaman “agenda social”, suponemos, con su correlato obligado de paguitas, subvenciones, aumento del déficit y deterioro de la calidad de los servicios públicos, en particular de la instrucción (“educación”) y de la asistencia sanitaria, de conformidad con los usos tradicionales de la izquierda, o sea, su probada ineptitud en la gestión de tales materias. En definitiva, en “lo social”, aquello que repetía hasta la saciedad Solís Ruiz, “la sonrisa del régimen”, un señor que por ser natural de Cabra fue toda su vida egabrense.

Permitan los cielos que Izquierda Española cuaje, a pesar de las melonadas “sociales” que nos atizarán, contraproducentes casi siempre para el interés social genuino, y le hagan un roto electoral al PSOE y a los diferentes abscesos purulentos que orbitan a su alrededor, entre otras cosas para que ese bodrio troglodita de los nacionalismos que tanto condicionan la política española y la convivencia entre españoles quede relegado al lugar que en justicia les corresponde: la fantasía brumosa del bucle melancólico, que diría Jon Juaristi, o la intimidad de la alcoba, en palabras de Arcadi Espada. Ya se discutirá uno con ellos cuando toque, pero al menos sabemos, y con ellos coincidimos, en el marco territorial, cultural, histórico y afectivo, en definitiva, nacional, sobre el que pretenderán aplicar sus políticas equivocadas, lo mismo en Cádiz que en Barcelona, en Orense que en Calatayud.

No combinaron bien los ingredientes de Ciudadanos y UPyD en la coctelera (no hubo química entre Rivera y Rosa Díez) para elaborar una consistente opción de centro-izquierda nacional, y fue una verdadera lástima, pues ya se advertía entonces la deriva que tomaba el PSOE bajo la égida de Zapatero, ese diablillo menor que bastardea alegremente el pasado elevando su selectiva desmemoria familiar al rango de Ley y que ahora se gana las lentejas, muy bien por cierto, ejerciendo de “garçon del pis” y de correveidile de las narcodictaduras bolivarianas.

De modo que le deseo un buen estreno electoral en este 2024, elecciones europeas, a la naciente formación, que en lo nacional se publicita antípoda del particularismo. No sea que nos tengan que recordar de nuevo, con relación a la izquierda en España, aquella admonición dantesca del lasciate ogni speranza. Pero qué caramba. En ningún sitio está escrito que por ser españoles y de izquierdas deban sus propios besarle el trasero lacayunamente a las diferentes advocaciones separatistas que en España son. Tienen por delante, arrea, la ardua tarea de explicar a los votantes del PSOE, que en general no brillan por su desempeño intelectual, que nada hay de progresista en los resentimientos nacionalistas vasco y catalán, producto ambos de una etnografía “racistoide” (Sabino Arana, “Doctor” Robert, Prat de la Riba y otros) para consumo exclusivo de clases medias aterrorizadas por la amenaza de proletarización durante el primer tercio del siglo pasado. Un fenómeno sociológico, de naturaleza emocional y sectaria, pintoresquista, que promueve la obtención de derechos diferenciados por lugar de nacimiento y hace de ello el busilis de su sectarismo.

¿Se figuran? ¡Albricias! ¡Una izquierda española con representación parlamentaria que no odie a España! Yo quiero verlo antes de irme al otro barrio. Y no te digo nada si no se ponen del lado de esa gentuza miserable de Hamás, socio internacional preferente del gobierno de Pedro “Pinganillo” Sánchez, de la mano, ahora también, de los hutíes. Ya sólo le falta a ese felón colosal estrechar lazos con Boko Haram.

¿Izquierda y española?… son conceptos antitéticos, declaró Pedro Sánchez tras lustrar a lengüetazos el calzado de Aragonés (nieto de franquista) durante su última entrevista. También mostró el presidente su buena disposición para trasladarse a Waterloo e higienizar por el mismo procedimiento la región perineal del fugado Puigdemont. Todo sea por la convivencia.

PS.- No se confundan… si han consultado estos días el obituario del digital Vozpópuli, no es Carod Rovira el señor calvorotas, con gafas y bigote que ha pasado a mejor vida. Se trata del gran actor Juli Mira… al que hará compañía, descanse en paz, José Lifante, secundario de lujo y barcelonés de cuna (y sepultura)

B2: Taxi driver

Tiempo atrás parabas un taxi y te encontrabas con un señor al volante, a menudo un agente de policía pluriempleado, y algo te decía que debías de ponerte serio, envarado y adoptar un tono de cierta gravedad. “Caballero” por aquí, “caballero” por allá. No pocas veces sorprendías un afiche incrustado en la palanca del cambio de marchas con los colores nacionales e incluso con el águila de san Juan. Y un san Cristóbal en el salpicadero, antes de que se comercializaran esos muñequitos articulados de Elvis o de El Fary. Pero ya ha llovido desde entonces a pesar de la pertinaz sequía.

Hace apenas unos días leí en un diario digital que la mayor asociación de taxistas de Barcelona, Élite Taxi, avala la exigencia de un nivel de desempeño notable en lengua catalana (B2) para obtener la preceptiva licencia y ejercer la profesión. Arrea. El líder de esa suerte de sindicato se llama Tito Álvarez, conocido por su vinculación a los hinchas del Barça más radicales, los Boixos Nois, grupo de “animación” que cuenta en su haber con algún que otro apuñalamiento mortal. El bagaje del interfecto no tiene desperdicio, pues ha presumido en las redes de sus íntimas reuniones (sin mediador internacional) con el fugado Puigdemont en la guarida de Waterloo. Ha unido su sindicato a la plataforma de autónomos afín a Podemos, año 2021. Y en el transcurso de un mitin, dedicó esta oda juglaresca a Isabel Díaz Ayuso, que ni Pierre de Ronsard: “Puta terrorista hija de puta”, algo reiterativa, pero contundente. El individuo es, salta a la vista, un auténtico dechado de virtudes. Cabe decir que insultar a la mandamás madrileña es un formalismo obligado en esos ámbitos y banderías, cuando se cultiva la cercanía de organizaciones y elementos como Podemos y Puigdemont, y equivale a hablar del tiempo “cambioclimatista” cuando coincidimos en el ascensor con un vecino de la finca.

El personajillo tiene lo que se dice mando en plaza en un servicio antaño público y que ahora ya no sabe uno catalogar con precisión una vez abierto el sector a la competencia. Sabido es que los unos pretenden blindarlo de lo que consideran una competencia ilícita y los otros se amparan en la libre iniciativa empresarial con arreglo a las leyes de mercado para decir que la suya es competencia, sí, pero no ilícita, si no legal, toda vez que los modelos monopolistas son vestigio del pasado. Estando así las cosas, y siendo difícil dirimir cuál es la solución más justa, cobra mucha importancia el perfil de quién o quiénes defienden las reivindicaciones de un colectivo. Quiere decirse que el colectivo alguna responsabilidad ha de tener en la catadura del equipo que gestiona y gobierna sus intereses. Quiénes y cómo. Y para mí los taxistas han perdido muchos puntos: casi todos y en una sola carrera.

No basta con que los nuevos operarios del taxi, reclutados a menudo entre trabajadores extranjeros (cuando menos en Barcelona), sepan mejor el recorrido que el cliente y le ofrezcan una carrera breve, rápida y con la más ventajosa traslación al taxímetro, para el usuario, se entiende, en lugar de pasearlos por media ciudad dando más vueltas que un perro perdido en un pueblo. De esas carreras interminables el anecdotario está lleno. De modo que los taxistas, por intermedio de Tito Álvarez y Élite Taxi, por aquello de confundirse con el paisaje, aplauden con las orejas la imposición del requisito B2 al volante.

Hace tiempo que no paro un taxi y, al margen de que la bajada de bandera esté por las nubes, como todo últimamente, me temo que más tiempo tardaré en hacerlo gracias a los preceptos lingüísticos de nuevo cuño promovidos por ese paladín de la automoción.

Pero hete aquí que si no teníamos suficiente con los taxis, nos dicen que el nivel B2 de marras (leo unas divertidas declaraciones de Ángel Escolano, abogado de Convivencia Cívica Catalana) también lo exigirán en adelante a los forenses, átame esa mosca por el rabo. Hasta ahora suponíamos que el trabajo de los forenses consistía precisamente en “hacer hablar” a los cadáveres a través de la autopsia para conocer causas y circunstancias de la muerte. Lo hemos visto en multitud de películas y series TV… un pelo aquí, una huella delatora, un poco de barro en los pies o piel bajo las uñas, signo de lucha anterior al asesinato, datos cruciales para la resolución del caso. Pues va el gobierno regional y rompe moldes: ahora es el forense el que tiene que hablar en la morgue, y en catalán, nivel B 2, aunque el finado sea de origen paquistaní y no sepa que diantre fuera aquello de “setze jutges mengen fetge…”. El forense habla y el silente fiambre escucha. Nace así, chúpate ésa, la “inmersión” fúnebre, mortuoria. Rodarán un día, Joel Joan será el detective, los apasionantes episodios de la teleserie titulada “CIS-Sant Joan de Vilatorrada” a emitir por TV3 (o en su defecto por la desconexión para Cataluña de RTVE, de la que un día hablaremos más extensamente).

Si lo anterior parece una broma macabra, que el consejo comarcal del Bajo Llobregat (Baix Llobregat), compuesto por municipios como Cornellá, El Prat, Sant Boi o Castelldefels, donde el español es la lengua familiar predominante, exija incluso una titulación superior (C1) para combatir las plagas de mosquitos, no habría de sorprendernos. Pero nos sorprende, pues a las larvas del mosquito tigre les importa un pimiento en qué lengua habla el tipo que las fumiga. Si es que habla, pues bien podría ser mudo de nacimiento y sin que ello reste eficacia a la mortandad, bzzzzz, causada por el letal pesticida. Aquí no cabe un tonto más… mentira, siempre se puede hacer sitio a poco que nos apretamos.  

“Sí, amigo… yo llevar a donde tú decir. Y… visca Barça, som una nació. A mi gustar sahib Puigdemont

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PS.- El tonto útil de Antonio Orozco abandona los escenarios por una buena temporada para dedicarse a la crianza de sus hijos. ¡Bendito sea el Señor! Le deseamos una numerosa prole y que no tenga prisas en volver, que las prisas son malas consejeras y suben la tensión (véase la entrada “Justo Antonio Orozco Molinero”).

Hamás: socio preferente de «Pinganillo» Sánchez

Hachas pequeñitas son las herramientas imprescindibles que han de figurar en lo sucesivo en el kit básico del yihadista. Tras el ataque sanguinario perpetrado por los matarifes de Hamás, han aparecido manuales del “buen” terrorista en la impedimenta de los elementos abatidos por las tropas israelís. Instrucciones para torturar, degollar, decapitar, desmembrar, descuartizar y violar. Todo un conjunto de técnicas y saberes para optimizar el rendimiento del progromo y difundir el terror entre las víctimas, preferiblemente mujeres, ancianos y niños. Y éstos últimos, cuanto más corta es su edad, tanto mejor, pues mayor es el impacto psicológico causado en el enemigo. Éste es el motivo por el que los asesinos han priorizado a los bebés en su espeluznante escabechina, decapitando unas docenas de ellos.

Tras rendir pleitesía el recién investido Pedro “Pinganillo” Sánchez a Bildu (Batasuna/ETA), se funde poco después con Hamás en un abrazo fraternal, haciendo suyas las reivindicaciones de éstos y éstos agradeciéndole calurosamente su solidaridad. Faltó poco para que Netanyahu, del que dicen es un tipo rencoroso y vengativo, le estrangulara con sus propias manos durante la entrevista que mantuvieron ambos dirigentes días atrás. Lo que se ha filtrado de esa reunión es que el mandatario israelí, como réplica a las hirientes palabras de Sánchez, le mostró imágenes no difundidas de la dantesca matanza recopiladas por el Mossad. Ni por esas cambió Sánchez su discurso en una comparecencia posterior en el paso fronterizo de Rafah. Hablando del Mossad, no puede uno si no recordar esa magnífica película de Spielberg titulada “Munich”. Y aunque es evidente que la inteligencia israelí no supo prevenir el demoledor ataque terrorista, sabido es que devuelve los golpes elevados a ene sin importar el cómo, el dónde y el cuándo. Traen la lección bien aprendida. Del Mossad esperamos sus admiradores grandes cosas.  

Los terroristas y sus defensores en los medios españoles cuestionaron la noticia de la escabechina premeditada de bebés y dijeron que se trataba de un bulo interesado difundido por los publicistas de Netanyahu para decantar la opinión pública mundial del lado del “agresor” israelí. Una especie de “bulo del culo” pero a una escala de horror indescriptible. Episodio que corría a la par que el ataque contra un hospital en Gaza que causó centenares de muertos y heridos y que los partidarios de Hamás (Ione Belarra, Irene Montero, es decir, el gobierno español, y RTVE, el mismo “es decir” de antes) atribuyeron inmediata e indubitadamente al “genocida judío”, circunstancia que habría de permitir la apertura de juicio en el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra.

Aunque hubo pruebas convincentes, devastadoras, de que fue Hamás quien, acaso por error, se metió el gol en propia meta, su partidarios, lo dicho, erre que erre con la autoría hebrea de la masacre. Una vez que se ha demostrado que Hamás lanzaba los cohetes desde justo detrás del hospital de autos, utilizando el edificio como escudo, e interceptadas algunas conversaciones telefónicas de los victimarios, amén de las características de la explosión y de los daños causados (estudio balístico), el hospital ha desaparecido misteriosamente de los noticieros sin que nadie se haya visto obligado a rectificar sus primeras desinformaciones.

Un servidor tuvo la absoluta certeza de que era un autogol terrorista al ver por la tele la nauseabunda comparecencia del supuesto director de esa institución hospitalaria replicada en infinidad de noticieros. Ese montón de estiércol, con bata blanca y fonendo al cuello, salió hablando ante las cámaras rodeado de varios adultos que sostenían cadáveres de niños entre sus brazos. Ese alarde de roña y vileza era cosa impostada. Como es sabido, no es la primera vez que esa gentuza utiliza fiambres (preferiblemente infantiles) sacados a correprisa del depósito para “decorar” por sobreabundancia, y a beneficio de inventario, los daños ocasionados por un misil israelí, y de ese modo elevar el vector propagandista de la mortandad del ataque.

El hacha (o mejor hachita), dije antes, ha de figurar, pues, en las mochilas de los terroristas de Hamás junto a cargadores de AK-47, detonadores explosivos, machetes de hoja dentada y fulminante metanfetamina para infundir coraje a los futuros “mártires” en la comisión de sus planificadas tropelías, si es que se produce alguna vacilación y flojea el ánimo, copiando la receta psicotrópica de los legendarios pilotos kamikaze de la armada nipona. Y es que la arquitectura corporal de un bebé, por la menor superficie de contacto de su cuellecito, habida cuenta su reducido tamaño, requiere mejor de un hacha de pequeñas dimensiones si lo que pretende el aguerrido yihadista es decapitar a un peque no mucho más grande que un muñeco de peluche. Se necesita, con esas cositas lloriqueantes, una mayor precisión en las artes cisorias, las propias de un cirujano. Ya con el cuello de un adulto, la cosa cambia y se puede pasar a un hacha XXL, como ésas que empuñan los verdugos en las pelis de ambientación medieval.

También sabemos que los yihadistas que salieron de Gaza como perros babeantes agarraron a mujeres embarazadas en los kibutz y en las poblaciones fronterizas, les rajaron la tripa y les sacaron los bebés: cesárea mortal y sin anestesia. A la brava. Práctica abortivo-diferida a “lo doctor Morín”. Pero los asesinos no están solos y sienten y agradecen el aliento de solidaridad de países como Irán, Rusia, China, España, Venezuela e incluso la ONU (por boca de su Secretario General, Antonio Guterres). Uno de esos héroes, oculto tras un pasamontañas, llamó por teléfono a su mami (conversación interceptada) para participarle la buena noticia: “¡He matado a 10 judíos!”, dijo mientras el bebé israelí, una vez decapitado, y vertiendo su sangre sobre la arena ardiente, ya cabía perfectamente en la palma de su mano. Y su mami, claro es, orgullosa de las proezas de su retoño, se sumó a la fiesta que vimos estupefactos tras el ataque terrorista: gente por doquier levantando los brazos en señal de victoria (como cuando tu equipo marca el gol de la victoria en el tiempo de descuento), largando vítores hasta desgañitarse, bocinazos a tutiplén, disparando ráfagas al aire o rubricando con un “me gusta” los animosos mensajes en las redes de los simpatizantes españoles de Sumar y Podemos. En fin, una quermés, jolgorio a raudales: la madre de todas las verbenas. Felicidad apoteósica.

Y tampoco estarán solos en el más allá aquellos soldados del Profeta que sucumban en combate empuñando el alfanje contra las tropas israelís. Les aguardan arroyos de leche de camella y de miel en los que saciarán su sed y apetito. Y además, les endulzarán la eternidad la friolera de 70 huríes por barba. Que para los tales no es una metáfora ni cosa parecida, pues en la actualidad los musulmanes que cortan la pana interpretan literalmente los suras del libro sagrado. Y lo que allí leen, lo creen a pies juntillas, y quien cuestiona los párrafos de la divina revelación es un hereje. Y antes encontrará usted una aguja en un pajar que un musulmán… ¿Cómo los llaman?… moderado. A otro perro con ese hueso: un servidor ha tenido el cuajo de leerse el Corán.

Por cierto, causa admiración que en los versículos de su libro de obediencia nada se dice, misterio insondable, de la procedencia terrenal de las bellas acompañantes, las huríes, ni nada sabemos de los méritos que en vida contrajeron para reservarse ese papel subalterno, como de geishas, al servicio de los mártires instalados en el paraíso. Ése, en el mejor de los casos, es el rol asignado a las mujeres (“personas menstruantes”, según la RTVE sanchista) por el islam, pero sólo a las guapas y a las de más grácil cintura, claro es, pues no darán cancha a las menos agraciadas para bailar la danza del vientre en el edén mahometano.

Pedro Sánchez tiende puentes con Hamás, como otrora lo hicieran el conde don Julián, episodio entre veras y leyenda, y el witiziano obispo don Opas con las tropas de Tarik que cruzaron el Estrecho para acabar con la monarquía visigoda. Pedro Sánchez, preocupado, dicen, por cómo será recordado, ha de saber que él solito ha despejado la incógnita. Pasará a la Historia como traidor… porque lo es. El mayor de todos los tiempos, superando con creces a Zapatero, su padre ideológico-putativo.

Manejable hacha, ideal para decapitar bebés. Modelo que incorporará Hamás a la dotación de sus comandos. La adquisición del material (varios miles) correrá a cargo de la UE a través de los programas de ayuda a Palestina que gestionan directamente, y sin rendir cuentas a nadie, los mandos de la organización terrorista.

PD.- Collboni, como Colau, también le declara la «guerra municipal» a Israel. El último que apague la luz.

Lluvia de millones: ¿Quién da más?

Semanas atrás publicaron una curiosa noticia sobre nuestros antepasados. Al parecer la Humanidad, hace miles de años, anduvo a un tris de colapsar. Fuimos una especie en muy serio peligro de extinción, como hoy el lince ibérico o el tigre de Sumatra. Los estudiosos nos dicen que apenas quedaban 1.200 individuos en el ancho mundo. Ni 1.100, ni 1.300. Tal cual: 1.200. Sorprende esa precisión milimétrica en el censo de especímenes. Tiene uno la sensación de que la cuadrilla de paleoantropólogos se paseó cueva por cueva, de uno a otro confín, llamando a la puerta y preguntando “¿Vive aquí alguna familia troglodita?”. Y apuntaron en sus cuadernillos a todos los residentes. Se descontaron de uno que andaba despiojándose junto al río. ¿Las razones? Adversidad climática, competencia por la obtención de proteínas animales con otras especies mejor situadas en la cadena trófica, enfermedades, conflictos entre clanes o tribus… un verdadero carrusel de obstáculos.

Pues con esa misma y loabilísima precisión los separatistas catalanes han cifrado en 452.000 millones de euros del hala la deuda que España, y los españoles con ella, tienen contraída con Cataluña. Ni 451.000, ni 453.000. Tal cual: 452.000. En todo caso, calderilla. Lo que usted lleva en el bolsillo para los gastos corrientes del día: el café, la barra de pan y un cucurucho de castañas. Ésa es la cantidad que han puesto los golpistas sobre la mesa para apoyar la investidura de “Pinganillo” Sánchez, ése a quien la gente de bien llama “presidente felón” y ellos, en cambio, y por propio interés, “presidente filón”. Comoquiera que nos dijeron a todas horas en TV3 durante la fase anterior del “proceso” que la deuda neta “España/Cataluña” ascendía a 16.000 millones anuales (las otrora omnipresentes “balanzas fiscales”), quiere decir que el nacionalismo catalán pretende cobrarse de una sentada los últimos 28 años de la esquilma sistemática a que ha sido sometida nuestra desventurada región. Y aún nos hacen un favor porque, indulgentes y compasivos como son, podrían en derecho reclamar no 28, si no 300 años de expolio contumaz, de conformidad con su chapucera historiografía que un día imprimirán por fascículos en la tapa de los yogures “La Fageda”. 300 años que, burla burlando, van para 310 en 2024.

Si procedemos al prorrateo, cada español, excluidos los catalanes, y si las cuentas no fallan, habrá de rascarse el bolsillo por la bonita suma de 11.300 euros para saldar la deuda colosal. De modo que olvídense del próximo veraneo y del máster del niño en el extranjero. El autor del bulo fiscal, dicen, fue Pere Aragonés (nieto del último alcalde franquista de Pineda de Mar): “España nos roba”. La exitosa campaña fue idea suya. Y a esa patraña le dieron cuerda el consejero de Artur Mas, Mascolell, aquel señor con pelos de científico loco del que decían era un economista de prestigio internacional (el mismo que para justificar impagos a funcionarios regionales aludía tan graciosa como eufemísticamente a la expresión “tensiones en la tesorería”), y el “raholiano” Sala i Martí, omnipresente en la cadena regional luciendo sus americanas a colorines, responsable durante una buena temporada de las boyantes y ejemplares finanzas del Barça, ese referente mundial de los valores estrictamente deportivos (para tal región, tal club), el mismo que despotrica contra nuestra bellísima y elegante princesa Leonor equiparándola a la “niña del exorcista”. Bastaría con que Leonor le guiñara un ojo pícaramente a ese mamarracho, la copia mala del payaso de “Micolor”, para que el barbián, dicen que experto en garzonías con becarias y alumnas, la espichara de torrencial espermatorrea.

Pero, hete aquí, que el PSOE (*) sube la apuesta y, como diría el indocumentado de Alberto Garzón (ministro con trayectoria equivalente a la de Máximo Huerta, sólo que aquél desarrolló en cinco años lo que éste último en una semana), “ha proponido” una compensación de 560.000 millones (o 650.000, no recuerda uno la cifra exacta, pero qué más da y a quién coño le importa cuando no saben contar parados, ni muertos por el covid-19). La cantidad ofertada por “Pinganillo” Sánchez incrementaría la deuda individualizada en un 25% hasta la exorbitante cifra de 14.100 euros por barba. La negociación ha ido de esta guisa:

-Dame 452.000 millones.

-¿Pero qué dices, loco?… ¿452.000… sólo?… ¡Te atizo 560.000 y no se hable más!… Pues no soy nadie yo negociando…  

El rigor en los cálculos de unos y otros (ahora se habla mucho de la discalculia) es mejorable y en cualquier caso los datos son más falsos que un doblón de aluminio. Tanto que parecen cosa del Intendente de la Guardia Urbana de Barcelona contando manifestantes, por exceso cuando son separatistas y a la baja si son constitucionales, lo mismo a las órdenes de Colau que de Collboni. En definitiva: las magnitudes mensurables no dan tregua. Con el traslado del golpe, vía puente aéreo, de Barcelona a Madrid, los españoles habrán de pagar hasta el fin de los tiempos TV3 y su retahíla de contenidos sectarios e insultantes (audiencias infladas como globos aerostáticos, pues ni los nacionalistas más fanatizados tienen el cuajo, y se entiende, de seguir esa programación repulsiva y lesiva para la salud), las embajadas (a cada paso se abre una nueva, lo mismo en Tambacunda que en Pernambuco), el bodrio liberticida y antipedagógico de la inmersión lingüística en la escuela pública, subvenciones a porrillo a todo tipo de ediciones, lo mismo bibliográficas que discográficas a las que suscriben, por bemoles, a escuelas de primaria, institutos y bibliotecas municipales.

Y a los españoles, paganos de la verbena, no parece importarles demasiado tamaño derroche, encantados como están de hipotecar el futuro de sus hijos, sobrinos y nietos a la mayordomía de los particularismos aborigenistas e insolidarios, pues no en vano, en un sondeo publicado recientemente en un medio digital un 47% de los encuestados está a favor de la investidura de ese filón de felón. Alguien dirá que un 53%, a priori (desconozco la magnitud de los indecisos: “ns/nc”), está en contra y que es más, nada menos que 6 puntos. Un 11%. Sí, pero un 47% es mucho, casi la mitad de la población, lo que nos da una idea muy aproximada del nivel del paisanaje. Un 47% que avala la investidura y, al tiempo, una miríada de secuelas que de ella dimanan, como la amnistía a golpistas de cuello blanco, la malversación de caudales públicos, el desballestamiento definitivo de la independencia judicial, la instauración oficial de derechos civiles y políticos diferenciados, el desparejamiento territorial (el famoso federalismo “asimétrico” propugnado por el PSC en tiempos de Maragall). Es decir, la debacle de la democracia aún en su más laxa versión.

(*) PSOE, franquicia madrileña del PSC, partido que ha abandonado oficialmente “la senda constitucional” sumándose de grado al golpe de octubre de 2017.    

“Te lo hago por la cuenta la vieja. Quedamos 1.200 en todo el mundo. Los españoles somos el 0’7% de la población troglodita mundial, esto es, 8 individuos. Nos toca la nadería de 56.500 millones de euros por barba para saldar la “deuda histórica” con Cataluña. ¿Tú sabes cómo está la vida de achuchada? Apenas hay caza, los mamuts en peligro de extinción, la recolección de bayas y frutos silvestres una ruina con el asunto del cambioclimatismo… los dinosaurios llenaron la atmosfera de gas metano y aún lo pagamos… la fabricación de menhires ha caído en picado, las yescas para el fuego, por las nubes… y encima mi hijo se ha hecho “trans” y ahora quiere diseñar conjuntitos de pieles para la próxima temporada de glaciaciones. Bancarrota total… ¿Es que no has oído hablar de la “Gran Depresión del Neolítico Inferior”? Pues que pague tu p*** madre. Olvídate de mí”.

Nuestros «agentes sociales»

Mención que pone en inmediato estado de alerta al más pintado. Siempre que en los medios hablan de “agentes sociales”, el sismógrafo íntimo de los temores que todos llevamos encima se activa y empieza la línea continua a desbocarse en frenéticos altibajos. Los tales nunca aparecen en escena para nada bueno y todo cuanto hacen y dicen es para dejar a la resistencia con el culo al aire y a los pies de los caballos.

Lo mismo los sindicatos que la patronal. Tanto monta… Y uno entiende, por lo que hace a Cataluña, que cuando nos hablan de “agentes sociales” no se refieren a personas que actúan, incluso a veces se les denomina “actores sociales”, es decir, aquellos individuos que obran o tienen virtud de obrar y que de sus obras se derivan efectos para los demás. Aquí la acepción invocada nos acerca más a los agentes “dobles” y “provocadores”, de tal suerte que “nuestros” agentes sociales se mueven por intereses de bandería, supeditados a una parte que siempre es la misma, el nacionalismo, y al que lustran los zapatos a lengüetazos primorosamente. No falla.

En el caso de las patronales catalanas podríamos repetir el manido refrán “vuelve la burra al trigo”. Es nuestro fatalismo empresarial. Se pasaron la vida en tiempo de saludo financiando alegremente el tejido asociativo afín al nacionalismo durante la era Pujol. Era que traería consigo la ponzoñosa larva del radicalismo excluyente en las siguientes generaciones, acabando con el llamado “modelo pactista”. Deriva que desembocó en la puesta en marcha del “Procés” golpista que ahora bendice, borrón y cuenta nueva, el felón de Pedro “Pinganillo” Sánchez para aferrarse a la poltrona monclovita. Cabe recordar que entonces, octubre de 2017, e incluso antes, muchas empresas catalanas aterrorizadas por la deriva de los acontecimientos pusieron pies en polvorosa: “¡Esto se nos ha ido de las manos!”. El monstruo que cebaron, se los comía por los pies. Se largaron por miles, cambiando su razón social al atisbo de los negros nubarrones que se cernían sobre sus saldos bancarios… que si la unilateralidad y sus consecuencias fiscales y arancelarias, la inseguridad jurídica o el traumático abandono de la UE.

Pues poco o nada aprendieron del tumulto y ya están las patronales autóctonas haciéndole ojitos a la humillante Ley de Amnistía perpetrada por el PSOE que obtendrá, nihil obstat, la previsible sanción de un Tribunal (anti-) Constitucional “pumpidiano” entregado a las doctrinas “habilitantes” propias de las más zafias dictaduras bolivarianas. Y en aras, mira tú, de la “convivencia”, que es la palabra clave del invento. La misma “convivencia” que saltó por los aires gracias a la interesada “connivencia” durante décadas del empresariado catalán con ese nacionalismo que atizaron para obtener prebendas y ventajas de los sucesivos gobiernos centrales. El último en sumarse a esa vergonzosa deserción ha sido un tal Antonio Cañete, tal cual, presidente de PIMEC, la pequeña y mediana empresa de Cataluña, y a quien, desde hoy, le deseo lo peor de todo corazón.

Un bochorno insoportable sentimos quienes acudimos a aquella gigamanifestación (octubre 2017) en Barcelona, gracias Majestad, contra el golpe separatista al recordar que Josep Borrell tomó la palabra. No aprendemos nunca. Y ya nos avisó a todos quienes clamamos entonces presidio para ese chiflado incendiario de Puigdemont, fugado en el maletero de un coche: “¡Esto no es un circo romano!”. Puigdemont, el hombre en cuyas manos está hoy el futuro de España. A esto hemos llegado. Quiso decir Borrell, con Iceta e Illa muy cerca del estrado, que antes o después nos traicionaría. En misa y repicando. Pero nunca pensamos que el viraje sería tan rápido y tan abrupto, y tan insondable y profundo el desasosiego que nos instilaría en las almas Pedro Sánchez, que es oficialmente ya, y sin la menor discusión, el mayor traidor de nuestra historia contemporánea, sobrepujando a Zapatero y a Rajoy, éste último por desidia y pereza.

El empresariado catalán en su conjunto, cuando menos a través de sus órganos colegiados, honrosas excepciones al margen, se ha convertido por sobrados méritos en una de las palancas (argot futbolístico) más activas de la ingobernabilidad de España, en uno de sus conjurados enemigos y un “agente” fundamental en el acoso a las instituciones nacionales. El empresariado catalán no cree, pues, en la democracia, en la separación de poderes, en el Estado de Derecho, en aquella divisa que más o menos dice “que nadie, por muy poderoso que sea, está por encima de la ley”. Y volverá a financiar el separatismo en aras de la mal llamada “cohesión social” y temblará cobardemente como gacela asustadiza en cuanto su engendro otra vez emprenda una nueva aventura rupturista, y muchos de los que se quedaron, harán las maletas y seguirán la senda trazada por miles de empresarios que, en buena parte, ya no han de regresar.

Por otro lado, la deserción del empresariado “oficialista” nos anima en adelante a los resistentes a eliminar de nuestro argumentario sus cuitas y porfías, sus temores y quejas. Comoquiera que son partidarios de subir y bajar al mismo tiempo, de una cosa y la contraria, nos liberan de tener en consideración sus intereses. Dicho a la pata la llana, que se jodan y los cosan a impuestos.

De los otros “agentes sociales”, los autodenominados “sindicatos de clase” (“¿Qué clase de sindicatos?”), no cabía esperar cosa distinta. En su caso prima mucho más, a pesar de lo que se diga, el vector ideológico y doctrinario, enfeudados como están a toda la morralla woke de la progresía mundial, a su acomplejamiento ante los nacionalismos periféricos e identitarios y a su odio visceral a la idea de España como sujeto político, que la fruslería ésa que invocan algunos de sus detractores acerca del pavor de sus mandos y cuadros a la “pérdida de subvenciones”. Quía. Jamás se las quitarán… y por eso su indecencia es indescriptible, pues no tienen la menor necesidad de mover el rabo apuntándose a ese bodrio “amnistiforme”. Verdadera angustia, y un caótico desarreglo de bandullos y órganos vitales inspira a las personas decentes la sola visualización en los noticieros de las caras, espejos del alma, de ese fámulo de Josep Maria Àlvarez (antes José María Álvarez) envuelto en su pañoleta palestina, chamullando un catalán muy deficiente, o del máximo gerifalte de CC.OO en Cataluña, un tal Pacheco… que es la definición facial perfecta (una imagen vale más que mil palabras) de la insaciable glotonería del zampabollos.

La trayectoria de los sindicatos mayoritarios en Cataluña es sobradamente conocida. Nunca han perdido ocasión de defender con entusiasmo esa ofuscación mental, liberticida y antipedagógica de la inmersión obligatoria en la escuela pública. Ni un pero, ni una discrepancia, muy al contrario, sujetando la pancarta primeros que nadie. Una de sus últimas proezas ha consistido en ofrendar atada de pies y manos en los altares de Moloch, esa máquina diabólica de picar carne humana que es el nacionalismo catalán, a una monísima enfermera gaditana que a poco nos la fusilan al amanecer. Cómo no, el instructor del expediente disciplinario, un fanático separatista afiliado a UGT.

Por lo que hace a los sindicatos de marras, sólo queda urgir a los resistentes que pagan cuota en esas organizaciones, a que entiendan que en la vida, en ocasiones, uno puede quedar indefenso o desprotegido, sí, pero libre de según qué servidumbres, y a fin de cuentas siempre hay una alternativa a mano que nos puede hacer buen servicio. Nada como darse el gustazo de romper con esas siglas envilecidas. La dignidad tiene un precio y es a veces asequible, unos pocos euros mensuales, y además ayuda a conciliar el sueño. Nuestros “agentes sociales” hostiles, pues, a media sociedad catalana… más o menos, pues PSC y PSOE se pasan ya a calzón quitado al bloque «procesual».

Todos juntos dan más miedo que los espantosos cenobitas de Hellraiser. Mi favorito es Pacheco (CC.OO), prototipo de cebón “asimilado” a lo “Gunga Din Montilla” y, por cierto, muy favorecido en la instantánea. Cuadrito inferior izquierdo.

Escupiré sobre vuestra tumba

La profanación de la tumba de Fernando Buesa tiene, en mi opinión, un carácter prácticamente “institucional”. Buesa fue asesinado por ETA de un bombazo en el año 2.000. También mataron a su escolta, Díez Elorza, agente de la Ertzaintza. La lápida de la tumba, en el cementerio de Santa Isabel de Vitoria, amaneció días atrás ensuciada con pintura negra y excrementos humanos. Los concejales del ayuntamiento, excluidos los de Bildu (Herri Batasuna), condenaron ese alarde fecal, basuriento y cochambroso con hechuras de rito satanista.

Si se ha producido una condena del pleno consistorial, y por lo tanto una “condena institucional”… ¿Por qué aludo al mismo tiempo al carácter “prácticamente institucional” de semejante atentado contra la memoria de la víctima? Son varias las razones. Una de ellas es que en el cuerpo político que da vida a esas instituciones está representado, y no con un papel secundario, el brazo político de los terroristas, que lo sigue siendo (brazo político) aunque en la actualidad no se cometan atentados mortales. Pues Bildu (HB) defiende a toque de corneta y en su totalidad la trayectoria siniestra de ETA, es decir, su legado sangriento, incorpora a etarras confesos en sus listas electorales, empezando por Arnaldo Otegui (con mayor historial delictivo a sus espaldas del conocido hasta ahora, véase la portada de “El Mundo”, 16/10/2023) y aún hoy rinde honores a los terroristas que han cumplido condena, recibidos en casa como auténticos héroes: los famosos “ongi etorri”. Se trataría, cuando menos, de un pro-terrorismo retrospectivo. Quiere ello decir que tanto quienes condenan la nauseabunda profanación, como quienes no lo hacen por afinidad a los autores (lo mismo del atentado mortal en su día, que de la inmundicia presente) integran por igual la urdimbre institucional de aquella región. Y no actúan como compartimentos estancos, si no que se coaligan unos con otros y otros con unos en franca camaradería. Me explico, cuando los “buenos”, dicho así muy laxamente, compadrean con los malos, puede que los malos ya no lo sean tanto, pero los buenos, miau, ya lo son menos.

Bildu, o sea, HB, es un partido con el que se pacta, al que se busca, seduce y requiebra. Se le ofrecen cosas. Se reúnen con sus dirigentes, se fotografían juntos, se les invita a importantes eventos e incluso se brinda con ellos. Bildu, o sea HB, es institucional, y podría no serlo (sentencia en su día del Tribunal Supremo), pero hoy lo es porque así lo han decidido muchos. Goza incluso del marchamo de “partido de Estado”. No en vano, el nuevo Delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, alardeó públicamente (junio de 2023) de los miles de vidas de ciudadanos españoles que los diputados “bildutarras” ayudaron a salvar votando a favor de los decretos de alarma y confinamiento impuestos por el gobierno de Pedro “Pinganillo” Sánchez con motivo de la pandemia coronavírica. Decretos, por otra parte, declarados anticonstitucionales por la mayoría anterior a la era “Pumpido”, el de la toga “polvorienta”. Tanto eran el afán del interfecto (Francisco Martín) por halagar el oído de los diputados pro-etarras, y circuir a lengüetazos el perímetro de sus respectivos orificios anales, que en su lacayuno entusiasmo falseó el sentido del voto real, pues aquéllos, no me fastidies, votaron en contra. Uno se imagina, si no el enojo, sí el desconcierto y la estupefacción que semejante discurso habrá causado entre sus socios de investidura, respondido con esa sardónica risa de calavera repelada (y encapuchada) que entrechoca sus mandíbulas: “¿Nosotros salvando a miles de españolazos?… ¿Nosotros… que los hemos quemado vivos lo mismo en la Casa del Pueblo de Portugalete que en el aparcamiento del Hipercor de Barcelona?”.

Suma y sigue, un tal Nicolás García, asesor de cabecera de Yolanda Díaz, la actual “vice” en funciones, la misma que confunde el secador capsuliforme de la “pelu” con una escafandra de astronauta, es partidario acérrimo de la amnistía y considera que Otegui, alias “el Gordo”, no fue terrorista, quiá… que lo suyo era “disidencia política”, eso sí, pistola en mano. En Pamplona, hace apenas unos días, los socialistas agasajaron a Bildu (HB) con la presidencia de la Federación de Municipios: una suerte de anfictionía navarra. Con unos años de retraso, el PSOE (PSN y PSE, el partido de Buesa) se apunta al fin, adenda verbal, al pacto de Estella

La profanación del monumento funerario obedece al repliegue táctico de ETA. Ahora no es conveniente matar a los vivos, pero su gente sí puede conducir sus pulsiones “thánatos” hacia los muertos, atentando contra su memoria. Y Fernando Buesa está rodeado. Por un lado recibe el castigo de ultratumba de quienes le asesinaron (los profanadores) y, por otro, el de quienes tergiversan las opiniones en vida de la víctima para ajustarlas al momento presente y hacernos creer que Buesa fue asesinado por lo mismo que Pedro Sánchez defiende en la actualidad, y con él, nemine discrepante, todo el séquito de palmeros que componen la Ejecutiva del PSOE. Léase el artículo de Mikel Buesa en el que disecciona críticamente el montaje sesgado y descontextualizado de algunas de las manifestaciones de su hermano que fueron excretadas sinuosamente en un programa de La Sexta. La citada cadena, mediante ese mecanismo perverso, a quien blanquea en el fondo es a Pedro Sánchez, que se acerca a los amigos de los terroristas, socios preferentes, meneando el rabo como un chucho faldero.

La “blancura” en política es finita, y para blanquear a unos es preciso ensuciar a otros. Es de cajones: si toca blanquear a ETA y a Batasuna (Bildu), es preciso revisar lo que hicieron, quitar hierro a sus “disidencias activas” (que diría el asesor de la “vice”) y echar una mirada contemplativa y distendida sobre el pasado, con cierta benevolencia abacial. “Sólo la izquierda abertzale supo leer que la Constitución del 78 era papel mojado”, afirmó Pablo Iglesias en una herriko-taberna… un tipo, enlace en Madrid de las coordinadoras de presos, que también fue Vicepresidente del gobierno de España, para baldón de ésta. Quiere decir Pablo Iglesias que los atentados, sobre todo los perpetrados por centenares en los “años de plomo” (1978-1981), estaban fundamentados en una interpretación ajustada de la situación política de entonces. Es decir, que mataron con razón, y que las víctimas bien muertas y enterradas están.

Se trata, en definitiva, de una reciprocidad viciada e insana, pues para dignificar a los asesinos cuyos votos son necesarios (y después de sus votos habrá de mantenerse cierta complicidad legislativa) hay que denigrar a las víctimas. De lo contrario sería harto difícil “vender” la “normalización institucional” de quienes asesinaron por convicciones ideológicas, pues el tiro en la nuca integraba su programa político tanto como un congreso extraordinario, la confección de una lista electoral o una pegada de carteles. El premio por haber matado. Una vez más, y ya van unas cuantas, remitimos a la lectura del ensayo de Fernando Alonso: “La derrota del vencedor”. Quienes nunca mataron, no tienen premio. Quienes murieron, castigo duplicado.

Diréis cosas que nos helarán la sangre. La sentencia de la madre de Joseba Pagaza ha quedado para la Historia y habría que esculpirla en piedra para ilustración de venideras generaciones. Sobre el petroglifo desembarazarán sus tripas, indistintamente, los verdugos y sus simpatizantes, y también los socialistas de escalafón a las órdenes de “Pinganillo” Sánchez, pues aquéllos militantes suyos fueron, a sus ojos, asesinados por defender entonces una posición que hoy consideran equivocada. Son estorbos del pasado en el camino a la nueva investidura que es preciso arrinconar en la cuneta. Reliquias falsas y enmohecidas que no merecen veneración. Es casi una razón de “Partido” (mayúscula) marcar distancias con la trayectoria de Buesa, y su recuerdo, y una manera gráfica y efectista de desacralizar su memoria es ciscarse en su tumba.

Los muertos merecen un respeto, así sucede en el ecúmene de las culturas, donde la profanación de cadáveres y sepulcros, y de otros símbolos funerarios, se considera tabú, una práctica sacrílega, algo aborrecible e ignominioso. Ni los parias, los sudras más desharrapados, son susceptibles de escarnio y vituperio una vez muertos. Uno entiende que Bildu (Batasuna) no condene ese derroche de violencia excrementicia contra el difunto, pues sería como condenarse a sí mismo. Pero cuesta saber por qué diantre lo hace el PSE-PSOE, tan comprensivo hoy con los asesinos de antaño. Que nadie vea en ese vaciamiento de las tripas un acto transgresor, o cosa parecida, no hay paralelismo con el “Escupiré sobre vuestra tumba” de Boris Vian, un alegato gamberroide, nada extraño conociendo al autor, contra el segregacionismo racial en los estados del Sur. Aquí, tras la foto de “Pinganillo” Sánchez obsequioso y sonriente ante Merche Aizpurúa, la periodista abertzale (Egin) que señalaba objetivos a ETA, salta a la vista que la defecación ha sido una cosa regimental, casi oficial, prácticamente institucionalizada.

Pedro Sánchez con Merche Aizpurúa (Bildu/ Batasuna), sin pinganillo de por medio. “La performance artística en la tumba de la momia del Buesa ése de los cojones es sencillamente rompedora… qué texturas, qué colores, vanguardismo puro…”

PS.- Aunque también es un campeón, pero no al volante, el autor de «La derrota del vencedor» es Rogelio Alonso. Mil disculpas por el gazapo

«Gunga Din» Montilla

Años atrás acuñó un servidor la expresión sonderkommando Montilla para referirse al político, natural de Iznájar (Córdoba), que llegó a ser, aunque nadie entendió cómo, presidente de su comunidad de vecinos. También fue alcalde de la populosa villa de Cornellá de Llobregat durante muchos años, ministro de Industria (en un gabinete de Zapatero, correveidile y palanganero por antonomasia de las narcodictaduras bolivarianas), y presidente, arrea, de la Generalidad de Cataluña. Nunca tantos y tan principales cargos llegaron a menos y a más un hombre al que incógnitos méritos adornan.

Lo cierto es que esa denominación es injusta y por ello me retracto. Los sonderkommando eran prisioneros judíos en los campos de exterminio encargados de tareas realmente espantosas, tales como sacar en carretillas los cuerpos inertes, amontonados, de docenas de personas asesinadas de una tacada en las cámaras de gas, para su posterior traslado a los hornos crematorios. Una tarea horripilante inmersa en un siniestro proceso industrial de la muerte a gran escala. A esa gente no le quedaban más bemoles que cumplir tan abominable cometido, pues de negarse habrían ocupado vacante en la matanza y otros habrían acarreado sus despojos. Que a medio plazo les aguardaba el mismo fin que el de todas esas víctimas, es indudable, pero de ese modo, y a ese alto precio, prolongaban unos días la esperanza de la supervivencia en el infierno.

Salta a la vista, que emplear esa denominación con Montilla en su calidad de doméstico de un envilecido PSC al servicio del nacionalismo es una hipérbole cruel, pues los sonderkommando las pasaron canutas, es dudoso que aquellos que sobrevivieron al horror, si los hubo, pudieran en adelante llevar una vida normal, superar el trauma y conciliar el sueño asediados por pesadillas mortificantes, equiparables al más devastador delirium tremens que quepa imaginar. Ellos lo hicieron velis nolis, forzados por las circunstancias y, en cambio, Montilla pudo elegir, no estaba en absoluto condenado a degradarse. Habría llevado una vida holgada, y acaso digna, sin mutar en patético arlequín y “agradaor” del separatismo.  

Uno de los hitos más notables en la dilatada vida pública (entendida como cursus honorum) de José Montilla fue, sin duda, casar a mi abogado y amigo Antonio (el oxímoron perfecto -también “dentista” entraría en la misma categoría-). Recuerdo, y el señor letrado no me afeará la verídica anécdota, y no me reprochará esta inocua indiscreción, que al ver al burgomaestre de la muy noble y leal villa me acerqué al contrayente y, antes de que diera inicio la ceremonia, le comenté al oído, discretamente, sin que me copiara la dama que al punto contraería nupcias con tan apuesto galán: “¿Pero has visto quién te casa?”. Y no sin retranca, y sin perder los nervios, como interesa a un hombre de leyes curtido en pleitos innumerables, me contestó: “Si la cosa va mal, solicitaré la nulidad del matrimonio por incapacidad manifiesta del oficiante”. 

La naturaleza servil, lacayuna, de Montilla casa mejor, propongo esta analogía cinematográfica, con Gunga Din, el aguador del regimiento británico, guerras coloniales del siglo XIX, que se bebía los vientos por ingresar en la milicia para lucir una casaca de tropa nativa y portar, no ya un odre de agua, si no un rifle al hombro. A tres oficiales les encomiendan la peligrosa misión de adentrarse en una comarca montañosa de la India para localizar la guarida de la secta criminal que idolatra a la diosa Kali. Cary Grant, Victor McLaglen y Douglas Faibanks, jr, menudo reparto. El papel de Gunga Din lo encarna Sam Jaffe, que se adelantó a Montilla en el casting. Lo de Sam Jaffe lo he consultado en FilmAffinity, pues nunca he sabido quién interpretó a nuestro héroe aborigen. Épica por un tubo, con mayúsculas, lo que ahora consideran morralla imperialista los fanatizados doctrinarios de la llamada izquierda “canceladora”, o sea, la hiperactiva inquisición progre. Ya saben, “La carga de la brigada ligera” en las colinas de Balaklava, inspirada en el poema de Tennyson: “Por el valle de la muerte cabalgaron los seiscientos”, “Tres lanceros bengalíes” de Henry Hathaway, “Beau Geste”, como la anterior con Gary Cooper como protagonista, el 7º de Caballería de Michigan al trote silbando las notas de “Gary Owen” o “La bandera”, de Duvivier, con Jean Gabin en el papel de “nadie en el Tercio sabía quién era aquel legionario…”. “Gunga Din” es un poema, cómo no, de Rudyard Kipling, autor de una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos, “Kim”, execrada y odiada por todos aquellos que proclaman que la civilización occidental es lo peor que le ha pasado a la especie humana.   

Montilla se ha jactado de “defender nuestro idioma” gracias al liberticida modelo escolar “inmersivo”, refiriéndose con “nuestro” al catalán, para sorpresa de muchos tras demostrar una dicción propia de alguien que aprende entre regular y mal una lengua a una edad avanzada. Lo habla mucho peor que Rufián, el de ERC (pero mejor que cualquier diputado del PNV el vascuence).

Participó este verano junto a Aragonés, Junqueras y el fugado Puigdemont, también asomó la sotana por ahí el abad de Montserrat, en un acto de la autodenominada “Universitat Catalana d’ Estiu”, que es uno de los hitos veraniegos del separatismo más exaltado. Asistió, claro es, en calidad de alto representante de la mayordomía socialista subordinada al supremacismo aborigen. Vamos, lo que en “La loca historia del mundo” de Mel Brooks vendría a ser el garçon de pis o piss boy. Y, cómo no, poniendo su honra en holganza, que decían los clásicos, declaró hace unos días que era partidario entusiasta de la amnistía de marras, que va más allá del indulto, pues supone la extinción, no de la pena, si no del delito. Queriendo decir que el rey Felipe VI se extralimitó en sus funciones al convocarnos en defensa de la democracia, que los “piolines” (terminología empleada por Pedro “Pinganillo” Sánchez en el Congreso de los Diputados) cargaron brutalmente y de manera gratuita contra la peonada civil de la trama golpista y que se equivocaron los tribunales que juzgaron los hechos (y se equivocaron de medio a medio, cierto es, al tipificarlos como “sedición” tratándose en realidad de una rebelión como la copa de un pino). Montilla, rápido de reflejos, anduvo al quite de unas declaraciones anteriores de Iceta que solicitó para el prófugo, a futuro relapso (“lo volveremos a hacer”), un “final feliz”… copiando el bailongo ministro la fraseología publicitaria de ciertas casas de masajes regentadas por señoritas de origen asiático.  

Montilla es el Gunga Din por antonomasia del separatismo, el número uno, el paradigma. No obstante, ha de entenderse que el genuino Gunga Din es un personaje bonachón, simpático, risueño, que quiere servir, y lo hace pagando con su vida, a una buena causa, en tanto que Montilla se revuelca en el lodo para congraciarse con el régimen. Y, para hacerse perdonar su origen foráneo, adopta el purismo radical e intransigente del converso aborrecible. Es decir, para hacer el trabajo sucio que place a los malvados. Ha habido y hay otros fámulos del particularismo, auténticas escupideras receptivas a sus salivazos más copiosos, sea el caso del finado Pepe Rubianes, el del insufrible Justo Molinero (Radio TeleTaxi, “la muñeca chochona”), el de Josep Maria Álvarez (antes José María), el fámulo sindical de UGT, o el de rastreros personajillos de la farándula como Jorge Javier Vázquez, prototipo de charnego agradecido y zar rojo y sectario de la telebasura marujienta, José Corbacho, Santi Millán (tristísimos ambos, años atrás, por el ingreso en prisión de Junqueras), Jordi Évole, entrevistador de cámara de todos los terroristas de ETA) y el plúmbeo cantante Antonio Orozco.

Obtenido el perdón de los sonderkommando, habré de ganarme el de Gunga Din, pues… ¿Quién en su sano juicio querría servir de mote para tan anodino y subalterno personaje?

Sahib, aquí “Gunga Din Montilla” para lo que usted mande… lo mismo multar rótulos comerciales en español, que impedir a los alumnos estudiar en su lengua materna, siendo oficial, que suscribir amnistías anticonstitucionales y otras inadmisibles bellaquerías. Lustrarle las botas a lengüetazos corre por cuenta de la casa.

Berga: «Puta España y mierda para todos los hijos de puta que la defienden»

Nuestro tractor recala hoy en Berga, capital de comarca al norte de la provincia de Barcelona. Berga es poco menos que el Shangri-La pre-pirenaico del separatismo. En las elecciones municipales de mayo la fuerza más votada fue CUP (Candidatures d’Unitat Popular), un partido de extrema izquierda que simpatiza con la mal llamada “lucha armada”. Entendámonos, con el recurso al atentado terrorista como activo político. No en vano, uno de sus dirigentes más destacados, David Fernández, alcanzó cierta notoriedad años atrás por haber sido el chófer particular del etarra Arnaldo Otegui durante las visitas de éste a Cataluña. Y por blandir una sandalia sudada ante Rodrigo Rato en una comisión de investigación para la galería, completamente inútil, en el parlamento regional.

Cabe decir que en esa Cataluña nuestra agropecuaria y esencialista, Berga es el falso contrapunto de Ripoll (provincia de Gerona, aunque algún pillastre dirá que de “Figueras”, también en la misma provincia), donde la alcaldía se la quedó otra candidatura separatista de reciente fundación, AC (Aliança Catalana), de extrema derecha (escisión del FNC: «Front Nacional de Catalunya», avatar contemporáneo del antiguo y fascistoide «Estat Català» del chiflado Maciá, «l’ Avi»). Pareciera que en Berga son muy “progresistas” (todo lo progresista que puede ser el nacionalismo violento de CUP) y en Ripoll muy “conservadores”. Nada de eso, porque entre unos vecinos y otros no hay apenas diferencias. Obedecen al mismo patrón sociológico, sólo que en ambas localidades el marcador identitario, que es el fundamental por aquellas latitudes, lo encarnan coyunturalmente formaciones distintas. De ahí que ni una ni otra sean contrapunto de la contraria. En las pasadas generales, el bloque separatista compuesto por JxCAT, ERC y CUP (la lista AC no compareció en esos comicios) obtuvo resultados similares, un 41’2% en Berga y un 38’4% en Ripoll (*). El PSC se llevó el gato al agua con un 27’8% y un 34’6% respectivamente, pues la figura de Pedro Sánchez suscita moderada aceptación entre los separatistas más pragmáticos que ven en la ausencia total de valores del candidato, en su acomplejamiento ante los nacionalismos periféricos y en la debilidad de una hipotética reedición de su calamitoso gobierno, una oportunidad inmejorable para la consecución de sus objetivos.

Asimismo, no es baladí señalar que una parte del electorado de CUP, por lo que hace al área metropolitana de Barcelona, donde no obtiene sus mejores resultados, a decir verdad, se recluta entre catalanes que tienen el español como lengua familiar, pues aducen los tales que dicha formación no es nacionalista en sentido estricto. Muy al contrario, prima en ellos su carácter ultraizquierdista y revolucionario, y además se trataría, en su percepción, de un partido internacionalista afín a la causa palestina, a los narco-estados bolivarianos y al régimen castrista. Cada cual tiene sus propias percepciones y no siempre es necesario masticar peyote para que sean del todo disparatadas.

En Berga, otrora villa de la barretina calada hasta las cejas y del trabuco naranjero, reciben al forastero murales de inspiración tremendista: puños cerrados y crispados, y llamamientos al combate con un fondo de banderas estrelladas… la epifanía martirial de la sangre. Ese arte urbano de (mal) gusto borroka que pretende trasladar al observador a las calles de Belfast durante la época de los “troubles”, sólo que en Berga uno de los bandos, el lealista pongamos por caso, no tiene traslación pictórica.

Y a esa suerte de cartelería/ iconografía panfletaria se ha apuntado el ayuntamiento de la villa con motivo de la instrucción dictada por la Junta Electoral de Zona para que el consistorio retire, por contravenir la neutralidad exigible en procesos electorales, la placa oficial que da fe de la adhesión de Berga a la independencia de Cataluña. Sólo que ha sorprendido, y de qué manera, el tono empleado por los munícipes en su airada reacción, ayuno de eso que algunos comentaristas, en particular los más bizcochables, llamaban el “tarannà” catalán (el talante), una fórmula que ha caído en desuso habida cuenta del radicalismo golpista y anti-democrático en que vive enrocado nuestro aborigenismo montaraz desde hace más de una década. En efecto, bajo un letrero municipal que informa del mercadillo semanal en sábado, otro glosa la maldad intrínseca de los agentes “imperialistas” de la Junta Electoral de marras y concluye de manera intempestiva y grandilocuente: Puta España y mierda para los hijos de puta que la defienden (en el original en catalán). Tal cual, letra a letra, sin omitir nada. Una pieza museística del brioso odio a España cultivado con esmero en nuestras comarcas de interior.

Berga ya nada tiene que ver con aquel legendario bastión de la carlistada que asistió en la ficción, junto a Morella, a las andanzas de Onofre de Dip, el vampiro condenado a expiar sus culpas por toda la eternidad en “Las historias naturales” de Juan Perucho, una novela deliciosa. En la misma medida que en la actual Gerona es irreconocible la ciudad sitiada por las tropas napoleónicas, imbuida de ardoroso patriotismo, en uno de los más vibrantes episodios nacionales de Pérez Galdós. Nostalgia de una Cataluña que fue y ya no es.

Los alrededores de Berga, al llegar el otoño (frondosas arboledas en las que la naturaleza vuelca su variada paleta de colores), se llenan de buscadores de setas: cesta de mimbre para que los hongos respiren, cachava y navaja de bolsillo. El níscalo es el trofeo más codiciado. Batallones enteros de recolectores de apariencia inofensiva huroneando entre brazadas de musgo y pinaza. Tras la caminata, nada como reponer fuerzas echando un trago al porrón y dando buena cuenta de una cumplida ración de “botifarra amb mongetes (aliñadas con aceite de oliva o vinagre, al gusto de cada cual)”. Pero, hete aquí, cuando se acogen a sagrado en sus casas, se opera la transformación y los forasteros, según sea su procedencia, ya no son bienvenidos. Nos remitimos al cartel que cierra esta tractorada. Cierto que Berga ha crecido mucho y mal y, fuera del centro histórico por donde discurre la famosa comparsa de la “Patum”, allá por el Corpus, no reúne atractivo suficiente para integrar la red de “Pueblos más bonitos de España”. Si los tuviera, apuesto sobre seguro si digo que el pleno municipal no acordaría presentarse a tan selecto club.

En un país normal, el ayuntamiento en cuestión sería intervenido inmediatamente por un Tribunal de Justicia a instancia de una Fiscalía mínimamente seria. Ya no sólo es puta España, a guisa de desahogo retórico, también lo son quienes la defienden, es decir, personas concretas, con nombres y apellidos y que, una vez identificadas, podrían componer los fatídicos asientos de una lista… negra, claro. En Berga se ha obrado el milagro, el equilibrio perfecto entre el mundo de la forma y el mundo de la idea: maneras sucias para sucias ideas. La más genuina definición y demostración de a qué nos referimos cuando hablamos del nacionalismo catalán… ése que siempre han cortejado lacayunamente los partidos mayoritarios para investir gobiernos.

(*) Si incluimos Sumar en el bloque separatista, hablaríamos de un 50’1% en Berga y de un 47’3% en Ripoll.

https://www.larazon.es/cataluna/bienvenida-visitantes-feudo-independentista-cup-berga-barcelona-puta-espana-mierda-todos-hijos-puta-que-defienden_2023072364bce01af7868800015febf7.html

Hola, caracola… soy el águila coronada de la “patum” de Berga. ¿Que dicen que Rubiales, el del pico, es un patán? Eso es que no conocen a mi alcalde y a su alegre troupe

Una violinista en el tejado

Meses atrás, la imbecilidad lingüística reinante en buena parte de España (y aquí la parte vale por el todo) le hizo una faena baja y sucia a una profesora de trompeta. Tras 35 años de magisterio, Encarna Grau, Játiva, tuvo que hacer las maletas al no acreditar el dominio suficiente de la lengua co-oficial exigido por aquellas latitudes, que lo mismo da sea valenciano, según unos, que catalán mal hablado, según otros. Joan Baldoví, de Compromís, fue el politicastro más beligerante de todos en esta lastimosa función. El mismo que bailaba torpe y zambombo sobre una tarima, espectáculo bochornoso, en solidaridad con Mónica Oltra tras dimitir la doña por los abusos probados de su marido (entonces lo era) a una menor tutelada… la misma chica que, siendo la denunciante, acudió a juicio esposada a prestar declaración. Usos y costumbres de la progresía más repulsiva. Encarna Grau, de trompeta sabía un rato, pero los “pronoms febles” (pronombres débiles), no eran su fuerte.

Hoy la misma imbecilidad lingüística, y particularista, además del ferviente deseo de impedir a toda costa, y a toda normativa sectaria y descerebrada, la igualdad efectiva en derechos civiles y políticos de todos los españoles, nos traslada a Galicia, territorio Feijóo, a la localidad coruñesa de Ames, no muy lejos de Chanchencho (véase tractorada anterior). Una profesora de violín, con 17 años a su espalda arrancando sublimes acordes al instrumento y triplicando en puntuación, 100 contra 35, a la segunda candidata a consolidar la plaza, ha sido excluida del concurso al no acreditar el nivel de gallego requerido. Nuestra heroína es de origen polaco, tan polaca como Vladislav Szpilman, el pianista que sobrevivió a los nazis, interpretado por Adrien Brody en la extraordinaria película dirigida por Roman Polanski.

Se infiere de la noticia que la decisión compete al consistorio, donde PSdG (PSOE) y BNG (pronúnciese be-ene-gé) obtuvieron mayoría absoluta, 11 concejales de 21 (legislatura anterior, que es la que interesa), y 13 tras las municipales de mayo. Pareciera que el gobierno regional del PP nada tiene que ver o hacer en este asunto, pero uno se teme que no es del todo así. En las generales estivales de hace unas semanas, el partido de Feijóo (¿”Feijoy”?) se ha impuesto claramente en Ames con un 40’5% de los votos escrutados. Quiere decirse que dicha localidad no vive de espaldas a la dinámica política reinante en la región. El “ambiente” posibilita tan absurda y arbitraria decisión de la alcaldía. El discurso lingüístico sectario y liberticida que la habilita, no desentona con el paisaje de fondo pergeñado, legislatura tras legislatura (y van unas cuantas), por el gobierno de Feijóo, candidato a la presidencia de España por el partido mayoritario de la derecha.

Cierto que la versión local de esa derecha no alienta un desencuentro litigioso o conflictivo con la idea de España, pero es decididamente galleguista desde hace mucho tiempo, ya con Fraga erigido en señor local, acaso con intención de bloquear la emergencia de una derecha regionalista o nacionalista que amenazara las mayorías absolutas o diera los gobiernos a la izquierda cambiando de bando. La cuestión es que ha sido el PP el partido que calcó para Galicia las coactivas políticas lingüísticas perpetradas en Cataluña. No tenemos noticia de la menor rectificación en esa materia desde que Feijóo gobierna el brumoso reino de Breogán, más bien al contrario, pues a sus órdenes tiene a una jefa del aparataje lingüístico, Alicia Padín se llama ese brollante hontanar de sabiduría, que saltó a la fama diciendo, pizca más o menos, que en Galicia “ninguna persona culta debería hablar la lengua española en público”. Una declaración perfectamente homologable a la de sus pares del catalanismo más bilioso y exaltado.

Los cacicatos particularistas la han tomado con la lengua, cosa que va de suyo, pues es una manera efectiva de marcar perfil, de enfatizar artificiosamente las diferencias entre regiones que refuerzan tendencias centrífugas y escenarios de bilateralidad con el gobierno de la nación. De ello sacamos algunas conclusiones elementales e indiscutibles, salvo que pretendamos auto-engañarnos: que en España las lenguas co-oficiales no son un mecanismo para fomentar el diálogo y el entendimiento, que el autonomismo propende a la fragmentación de la comunidad política y es un obstáculo real para alcanzar la igualdad legal efectiva entre ciudadanos y además favorece la impostura y la suplantación del Estado de Derecho por estadículos de bolsillo a la rebatiña, como esos buitres que se disputan a picotazos la carroña de una res muerta.

Y, con la lengua como excusa, la han tomado también con la Sanidad. Notorio es el caso de Baleares. Si bien es cierto que los gabinetes insulares del PP hicieron seguidismo del modelo coactivo lingüístico de Cataluña (época de Jaume Matas), no tenemos noticia de que entonces el conocimiento de la lengua co-oficial fuera un requisito para el desempeño de ciertas especialidades médicas, extremo al que se ha llegado con el gabinete saliente de Francina Armengol (PSIB-PSOE), prevaleciendo el artículo “salado” (“salat”) sobre las aptitudes quirúrgicas y oncológicas del personal. De tal suerte, que era posible que un paciente se topara en la mesa de operaciones con un matasanos que recitara de memoria “La vaca cega”, pero no distinguiera un bisturí de una llave inglesa. 

La fijación de los nacionalistas con la enseñanza de la música es algo extraordinario, pues se entiende que el musical es un código expresivo prácticamente universal que apela a las emociones, aunque no descarto que la sinfonía sea un fenómeno incomprensible para un bimin-kuskusmin de Papúa-Nueva Guinea e incluso horrísono a sus oídos. Es claro que la música clásica (orquestal) no se rige por los mismos criterios que la comunicación verbal y por ello habría de quedar al margen de estas milongas particularistas, aldeanas, microscópicas, ridículas y cansinas. Pero no es así, lo que demuestra que el nacionalismo esencialista, o de base identitaria, quiere abrazarlo todo y en ello guarda una cierta similitud con el diseño colectivista de las sociedades. Los agentes de la Stasi (“el escudo y la espada del partido”), por ejemplo, querían saber qué decía el paisanaje incluso en su alcoba, y por eso lo llenaban todo de micrófonos. Los nacionalistas quieren saber más que lo que dice, en qué idioma lo dice, incluso en qué idioma folla el personal. Y, cómo no, en qué idioma juegan los niños en el recreo… y por ello advierten ya sin disimulo a docentes y monitores de actividades extra-escolares que en lo sucesivo ejerzan de polizontes lingüísticos en el patio de la escuela: “Jugad en catalán u os requiso la pelota”. Algunos miserables se prestarán a ello de grado.

Es completamente antipoético, pero dad por cierto que si los nacionalistas “tomaran los cielos al asalto”, de la mano de sus más insignes palanganeros de la actual izquierda (anti) española, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Yolanda Díaz, sacarían la libretita de las amonestaciones para ver en qué idioma tañen el arpa los angelones, y les importaría un pimiento si interpretan la sublime y divinal música de las esferas celestes o una zafia pieza de charanga verbenera. Entre tanto, a nuestra profesora defenestrada por los galleguistas intolerantes no le queda otra que tocar el violín en el tejado.  

 

https://www.vozpopuli.com/espana/profesora-violin-nota-plaza-gallego-c1.html

Si la profesora da las clases de violín en español, dentro hay una metralleta, si las de en gallego, un Stradivarius

Chanchenchar

Una pieza ligera para refrescar este tórrido y tóntido veraneo post-electoral

Chanchenchar.- Infinitivo de la primera conjugación. Presente de indicativo: Yo chanchencho/ tú chanchenchas/ él chanchencha… (inclúyase el pronombre femenino “ella chanchencha” en aras del traído y llevado lenguaje inclusivo y, cómo no, el “elle chanchenche” para el tercer género)… / nosotros chanchenchamos, etc. El verbo “chanchenchar” alude al acto de pronunciar o escribir en lengua co-oficial los nombres de ciudades, ríos y otros accidentes geográficos, cuando el sujeto habla o escribe en lengua española, aun disponiendo ésta de fórmulas propias para designar esas mismas ciudades o accidentes geográficos. El “chanchencheo” entra de lleno en el fenómeno del “idiotismo toponímico” que guarda estrecha relación, en no pocos casos, con la idiotez o acomplejamiento del propio hablante ante los nacionalismos periféricos. La voz nace a raíz de las reiteradas crónicas periodísticas sobre las visitas del rey emérito a la muy noble y leal villa de Sangenjo (“Sanxenxo”, que da “Chanchencho” por similitud fonética).

Ejemplos de “chanchenchar”:

1.- He pasado las vacaciones en “Lleida”.

2.- “Ourense” es una provincia interior.

3.- Me ha gustado mucho la catedral de “Girona”.

4.- Anuncian precipitaciones en “A Coruña”.

5.- Los que chanchenchamos somos igual de tontos en “London” que en “Hondarribia”.

“Chanchenchadora” es la persona que chanchencha. Se trata de convertir el adjetivo en un oprobio, en un insulto, cuando menos en burla. Se puede ser tonto, idiota, lelo, gilí, huevón, paleto, palurdo, pues también chanchenchador en adelante, entrando con paso firme y honores en la muy amplia categoría de gente bobalicona, corta de entendimiento y sin sustancia. Tiempo atrás dedicamos en esta web una cariñosa entrada a la localidad de Chanchencho (provincia de Pontevedra) y en ella se remitía al lector a otra de parecido tenor titulada “Yirona, Llirona” en el ensayo “Demens Catalonia: breviario clínico del nacionalismo en 125 electrochoques” editado por la Asociación por la Tolerancia.

El busilis de la cuestión es ya sabido, aunque ignorado por un segmento considerable de la sociedad; el que, precisamente, conforman los chanchenchadores. Para no hacer el ridículo, pasar por un pedante (especialmente cuando pronunciamos topónimos extranjeros) o por un acomplejado ante progres y nacionalistas, el hablante debe usar la forma admitida en español cuando se refiere a una localidad sita en una región donde se habla otra lengua, además de la española. Ese acto es una cortesía y una deferencia hacia la ciudad en cuestión, que habría de halagar los oídos de los avecindados en la misma, pues quiere decirse que dicha ciudad es o ha sido lo suficientemente importante como para trascender el ámbito local y generar una forma en otro idioma. Viladecans, por ejemplo, así queda al hablar y escribir en español, se respeta la denominación autóctona, pues su trayectoria no ha dado para más, pero Gerona, por ser una capital importante (la romana Gerunda y escenario de una resistencia heroica frente al invasor napoleónico), es Gerona, que no Girona, cuando hablamos en español. Del mismo modo que en catalán decimos y escribimos Cadis (que no Cádiz) para de ese modo honrar a tan bella ciudad y, de paso, a los gaditanos. En cambio, no la hay para referirse a Sanlúcar de Barrameda, aun tratándose de un muy nombrado municipio. La vida es así: para unos no, para otros sí. Para Sangenjo, Lérida, Colonia y Londres, sí. Para Sant Feliu de Pallerols, Lippstadt o Plymouth, no. Pero si la hay, se ha de usar, so pena de pasar por un tonto de baba, es decir, por un chanchenchador.  

Sorprenderá a una inteligencia mediana dedicar espacio a una cuestión tan elemental, pero es necesario insistir en ello si lo que pretendemos es torcerle la mano al adoctrinamiento nacionalista. Sólo que no es una cuestión tan baladí como parece. Es decir, si no somos capaces de lo menos, decir Gerona por Girona cuando hablamos en español, cómo diantre seremos capaces de lo más, sea el caso de armar un discurso potente para abogar, en defensa de España y de la igualdad legal y efectiva de todos los españoles, en favor del regreso competencial de importantes materias (educación, salud, seguridad ciudadana, etc) a su único gestor que habría de ser, la experiencia lo ha demostrado, el gobierno de la nación. No en vano todos hemos asistido a la deslealtad notoria de algunos gabinetes autonómicos… deslealtad habilitada en esencia por el propio sistema que, más allá de un deseable grado de descentralización administrativa, propende a la controversia y al conflicto entre territorios y a la diferenciación de derechos civiles y políticos por intereses partidistas. Decía el finado Antonio Gala que él perdonaría los grandes errores, cuando ante una encrucijada incierta, una situación grave, toca decidirse por uno u otro camino, pero que las fruslerías, las meteduras de pata por una gansada, no tienen perdón. Observación atinada.

Hemos de repetir hasta la saciedad que aquellos que al hablar en español dicen “Lleida” en lugar de Lérida, son unos paletos más tontos que Abundio. Una vez y otra, hasta que de oírlo se les colapse el pabellón auditivo a los tales y queden corridos (de vergüenza, se decía antaño). Ni tregua, ni cuartel. “Lleida, Girona y A Coruña… lo dice todo el mundo”, te replican los chanchenchadores más recalcitrantes buscando abrigo en la reconfortante solidaridad del hato ovino. Mal de muchos. Hablando de errores, de chanchenchar se sale, si uno se lo propone, echando mano de voluntad, de persistencia y de coraje, como se sale de otras más dominantes dependencias.

Y no se trata de aplicar una terapia correctiva de tipo invasivo, colocando a los chanchenchadores electrodos en la lengua para someterlos a descargas de bajo voltaje cada vez que enuncien uno de los topónimos abominables. El itinerario pasa por orquestar una campaña de recogida de firmas en las redes. “¿Cómo dice?”. Muy sencillo. Del mismo modo que usted ha secundado con su firma la protección del bonobo culiverde o la inclusión de los implantes dentales en los tratamientos generalistas de la Seguridad Social, ahora se trata de instar a la RAE a que admita la voz “chanchenchar” con el significado descrito en el primer párrafo de esta tractorada. Bien sabido que el celo de la RAE en defensa de la lengua española aquende nuestras fronteras es, lamento decirlo, mejorable. Con asuntos como la liberticida inmersión obligatoria en lenguas co-oficiales, se ha lavado las manos cobardemente. En el uso de los topónimos en lengua española, nuestros académicos tampoco han destacado por su bravura. De cuantas academias de la lengua en el mundo son, la española es la más bizcochable de todas.

Hete aquí que, convertido “chanchenchar” en un asiento más de nuestro vocabulario, tendremos una herramienta a mano para abochornar a los chanchenchadores, pues éstos aún ignoran que lo son. No cabe duda que en la fonética del hallazgo hay algo de infamante y ridículo. El hablante que chanchencha (acción de chanchenchar) nos remite a aquel otro que “cantinflea”… el que, como Cantinflas, habla a tontas y locas, hace mil aspavientos y no se entiende nada de lo que dice”, y que ya ha sido incorporada, “cantinflear”, al léxico de nuestra lengua. Una vez el concepto reciba el nihil obstat podremos decirle con todas las de la ley a ese conocido que ofende nuestros castos oídos con un “Me voy este finde a Girona” aquello de: “¡Anda… pero si tú chanchenchas! No sabía que fueras un patético chanchenchador”. Chanchenchar entonces no será plato de gusto para nadie. No imagino que se promuevan, a despecho, carrozas de gentes en taparrabos para celebrar el día del “Orgullo Chanchenchador”. Más bien todo lo contrario. Serán objeto de mofa y befa. Integrarán reuniones de adictos anónimos y serán despreciados por sus compañeros. Se levantarán de la silla y dirán: “Me llamo Fulgencio Bermúdez… (y añadirá contrito)… y chanchencho desde que tengo uso de razón”. Los toxicómanos se apartarán de él escandalizados, con un rictus de asco esculpido en la cara: “Yo puedo compartir mi espacio con un yonqui o un pirómano arrepentido, pero jamás con un chanchenchador… no quiero saber nada de ese monstruo”.

Pasarán los años y aquellos que chanchencharon a mansalva en su cara de usted, “Girona y A Coruña” a todas horas, como si fueran presentadores de un noticiero TV, le dirán dándose poleo de puristas: “Yo jamás he chanchenchado… siempre dije Gerona y Lérida al hablar en español”. Nanay, hasta ayer mismo dijiste “A Coruña”. Y se lo recordaremos. Como aquellos que se inventaron una juventud levantisca y “corrieron delante de los grises” en los años del tardofranquismo cuando en realidad estaban ligando en la “boîte”, cubata en mano y fardando de cajetilla de rubio americano. No se hable más: a la RAE y a las redes… quienes sepan, pues los hay que sólo conocemos las de pescar, y no por haberlas manejado. Firme por el reconocimiento de la voz «chanchenchar». Concédase un capricho.   

Hola amiguitos… a nosotros nos flipa chanchenchar… mola mazo decir “A Coruña” y “Lleida”… juega con nosotros a gilipollear topónimos, es lo más…

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