Md’E en las aulas

Antes de que echara a andar este tórrido y siniestro verano (incendios devastadores e invasión marroquí de Ceuta facilitada por el gobierno de España), con la festiva excepción de la victoria mundialista de la selección nacional, fue noticia una singular pretensión del gobierno de Salvador Illa: meter agentes de los Md’E (*) en aulas y patios de colegios e institutos. Esto no es ni un bulo, ni una broma. Fue profusamente comentado en los medios de comunicación. Ni quito, ni pongo.

Que el sistema educativo catalán es (y eso es parte del problema, disponer de un sistema educativo “catalán”, como lo hay “asturiano” o “gallego”), hablando en román paladín, un mojón pestífero y repugnante, lo sabe todo el mundo. A los contenidos del birrioso plan de estudios (talleres de arcilla de pichurras), añádase la erradicación de la exigencia y del esfuerzo, el destierro de la memoria, del concepto “instrucción académica”, la repugnancia infinita a la transmisión de valores tradicionales propios de Occidente, la convalidación anual de los suspensos, el protagonismo de las AMPA’s (con hache) y, por encima de todo, descollando como un coloso en medio de la aridez del páramo docente, sobresale orgullosamente la liberticida y “ovinatriz” (**) inmersión obligatoria del alumnado en lengua catalana, una gansada descomunal que hipoteca el futuro de nuestras promociones escolares. Que, todo hay que decirlo, es un bodrio que no ha caído del cielo sobre nuestras cocorotas cual lengua de fuego pentecostal, sino que es fruto de la firme voluntad de los catalanes de arruinar conscientemente el futuro de sus descendientes en este mundo nuestro. No quieren lo mejor para sus hijos y presumen de ello abiertamente.

El truño educativo catalán es tal que, como se dijo en la tractorada anterior (véase “Informe PISA”), las autoridades locales distorsionaron a caso hecho las muestras sobre la población escolar indígena de modo que los “oidores” del informe excluyeran a Cataluña de su estudio. Cataluña, pues, a efectos PISA, no existe. Ni explicaciones, ni dimisiones: aquí todo vale, porque a un significativo segmento de catalanes adultos les vale cualquier cosa que convierta a sus hijos en trabajadores temporales poco cualificados y peor retribuidos, en receptores de una paguita no contributiva, en auténticos lelos empanados que no echen a volar jamás, pues los papas les prepararán la merienda con mimo hasta que cumplan los cuarenta años y más allá. Eso sí, con sus estudios medios o superiores suficientemente devaluados y con nivel C de catalán; un idioma de conocimiento demandado en todo el orbe planetario e infinitamente superior a español e inglés, qué duda cabe. A veces piensa uno en todas esas personas en el ancho mundo que pasan a mejor vida sin haber satisfecho su más genuina ambición: nacer en Capolat y hablar catalán. Un drama.

Tiempo atrás, una de las razones expuestas por una parte del paisanaje enfeudado a la disfunción hebefreno-catatónica tribal y lingüística, consistía en potenciar la esfera de la “autoctonía”, lo catalán, para distinguir a sus hijos de la entonces incipiente hornada demográfica de la inmigración, liderada en nuestra región por musulmanes de origen marroquí (recuérdese la intensa gestión “c-(ons)-ular” de Ángel Colom en esa materia). El argumento ha decaído con los años toda vez que los inmigrantes, o hijos de inmigrantes escolarizados, son “inmersionados” en catalán, y lo mismo Grau Pérez que Osmán Ben Yamal comparten la misma lengua de estudio. De tal suerte que incluso los chicos del comando terrorista de Ripoll, antes de atropellar mortalmente a docenas de personas en Las Ramblas, pasaban las cuentas del rosario diciendo indistintamente “Allahu akbar” o “Al·là és el més gran” (***). Las huríes del paraíso estarán disponibles para ellos al margen de la lengua en la que rindan culto al barbado Profeta.

Se cuentan diversas iniciativas para meter en vereda al alumnado nativo. Se publicaron tiempo atrás informes alarmistas que advertían del descenso del uso de la lengua catalana entre los jóvenes. Que andaban como recelosos de la lengua impuesta a todas horas en el aula, en el patio, en los exámenes, o esas campañas cansinas y pesarosas para difundirla en los momentos de ocio, incluso para darse el lote con la primera novia: una presión idiomática asfíctica. Y que era una suerte de moda a la contra el que no pocos se refugiaran en la lengua española para delimitar el territorio íntimo, privado, de la amistad, del compañerismo y de la diversión. Una táctica para preservarse del mundo de los “mayores”. Pues ya no bastaba con instalar letreros admonitorios en los pasillos del tipo “al pati parlem en català” (****) que en su día pareció una intromisión escandalosa, un ejercicio disciplinario de cuartelerismo lingüístico y, en cambio, hoy a nadie asombraría. De modo que se abrieron las escuelas a beligerantes activistas de las asociaciones del monolingüismo aborigenista para controlar esos desmanes intolerables de los pequeñuelos, dando por bueno que personal ajeno a los centros (sin aportar certificado de penales) sugiriese a esos traidorzuelos de primaria en qué idioma han de jugar a la rayuela o a las canicas.

También se habilitaron buzones (enseñanza superior) para que los alumnos tocados por el tirso de la inquina patriótica delataran de manera anónima a los profesores que impartieran su clase en español. Reverdeciendo los laureles de los “malsines”, aquellos tiparracos indecentes que acusaban ante los tribunales inquisitoriales, y a menudo en falsía, a sus vecinos de conversión insincera, de respetar el shabat y otras prácticas criptojudaícas. Los recursos para blindar el catalán en el aulario regional han sido diversos y todos de una mezquindad obscena. Y cuando una causa, para su defensa, requiere de manejos obscenos, cabe que la obscenidad la acabe contaminando a su vez.

Desplegar a los Md’E en las escuelas no suponía reparo moral alguno al “gobierno Illa”, menos que al de la nación imponer el orden en Ceuta después de la invasión mediante población civil perpetrada por Marruecos. Uno de los motivos que se adujeron fue el reforzamiento de la seguridad. Eso que se dice de los desaprensivos que venden a los mocosos, en las inmediaciones de los centros, pildorillas de colorines. O de las grabaciones en video de palizas a un alumno señalado que luego cuelgan en las redes sociales y que a menudo llevan a la depresión a la víctima del acoso y, en ocasiones, al suicidio. Pero no se alcanza que patrullen aulas y pasillos agentes uniformados, cuando tantas veces no lo hacen por las zonas donde la inseguridad por actos delictivos es notoria (me refiero a la “inseguridad en su grado objetivo” y no a las quejas inmotivadas, según Grande-Marlaska, de los ceutíes, abonados a la flojera de ánimo, al racismo y la xenofobia, llevados acaso de una ignota admiración por el Ku-Klux-Klan).

Sentados los precedentes, y avisados de los innumerables casos de apuñalamientos y tiroteos registrados en los últimos meses en toda Cataluña (Barcelona, Hospitalet de Llobregat, Salt, Manresa, etcétera), que al gobierno regional no quitan el sueño, uno se pregunta cuál sería en verdad la razón última de la presencia de los agentes en las escuelas e institutos. Descartada la desarticulación de las AMPA’s más peligrosas y la debida preservación de los derechos lingüísticos con arreglo a la Constitución y al sentido común, no sorprendería que su cometido pasara por una mayor coacción “inmersiva”, con detenciones de niños por expresarse furtivamente en la lengua “colonial”, sometidos al tercer grado en el cuarto de los ratones y esposados para escarmiento y advertencia a futuros infractores. 

 (*) Md’E: Mossos d’Esquadra

(**) Neologismo que vale por “formador de ovejas”

(***) “Alá es el más grande”

(****) “En el patio hablamos en catalán”

Parla català, babau, nyordo pudent… o no surts al pati! / (¡Habla catalán, tontaina, españolazo apestoso… o te dejo sin recreo!)

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