El informe PISA se ha convertido en el equivalente del abogado del Diablo en las causas de canonización. Aquí el milagro discutido no es otro que el auspiciado por el “exitoso” modelo educativo catalán, “exitoso” según reiterada y monocorde opinión de sus defensores. Con tanto celo y exigencia ha presentado sus periciales y alegatos el diabólico letrado que se complica, y mucho, su ascenso a las celestiales regiones de la instrucción pública. También es cosa cierta que el sentido común no precisa del acompañamiento del citado informe para concluir que el sistema regional, además de un truño colosal en la transmisión de conocimientos académicos (a la par que otros muchos modelos actuales que en España y en el mundo son), con arreglo a la pedagogía moderna imbuida de wokismo intransigente, es, fundamentalmente, una jodida estafa y supone la privación de los derechos lingüísticos del alumnado… pero de todo el alumnado, sin excepciones, aunque muchos no sean conscientes de ello.
El “milagro” del modelo educativo implantado por el nacionalismo (se inicia el fatídico proceso en 1983 con la llamada “Normalización”, antesala de la “Inmersión”), y siempre con la aquiescencia de una inmensa mayoría parlamentaria (también en el parlamento nacional), se basa en un supuesto inverosímil, apto sólo para débiles mentales, y es que nuestro alumnado “inmersionado” en la lengua local y con dos horas semanales de la asignatura de Lengua Española, obtiene en dicha lengua el mismo rendimiento y aprovechamiento académicos que el de los chicos escolarizados íntegramente en español, treinta horas semanales, lo mismo en Burgos que en Toledo. Que es como el milagro de los panes y los peces en versión idiomática. Un argumento demencial que en su mero enunciado repugna al sentido común, pero que ha calado hondo en un paisanaje que no se distingue por un afilado sentido crítico ante semejante patochada. Es sabido que este mismo problema afecta, aunque con diferencias de grado, a algo más del 40% de la población española (Valencia, archipiélago balear, Galicia, Vascongadas y Navarra, y otras en espera, sea el caso de Asturias, y desgraciadamente no es una coña marinera).
Nuestros alumnos sacan unas notazas del quince en el apartado de “Lengua Española” vinculado a la prueba antes llamada de “Selectividad” (que no selecciona gran cosa, a decir verdad). Les preguntan cosas del tipo: “Señala el sujeto en la oración Franco invadió Cataluña”. Ese nivel de exigencia permite concluir a los voceros “inmersionistas” que la lengua española, lengua oficial en toda la nación, supuestamente, y lengua familiar de más de la mitad de los catalanes, tiene presencia más que suficiente en el itinerario escolar. Y se quedan más anchos que largos. Del mensaje cabría deducir, echando a volar la imaginación, que el alumnado autóctono goza de una suerte de capacidad infusa para el aprendizaje de idiomas en su registro culto, excluida como hecho causante la infestación diabólica (véase “El exorcista”). Y si con dos horas semanales iguala en el dominio de la lengua española a un alumno medio sin otra cooficial que aprender, bien podría con alguna hora más, tres, a lo sumo cuatro, mejorar el francés de un bisnieto de Gilbert Bécaud bautizado en la mismísima catedral de Reims, donde antaño eran ungidos los reyes de Francia.
Lo que vale para el francés, con alguna hora más, por no ser lenguas romances, habría de extenderse al inglés, alemán o al denominado tok pisin o criollo papúo, que es, en sí mismo, una manigua de idiomas con derivados de un inglés macarrónico. Y lo que vale para las lenguas, tiene su eco en las ciencias y, al poco de cursar “Física y Química” (según el antiguo plan de estudios, cuando uno era mozo), nuestros chicos coronan la cumbre y dan en conocimientos para borrar a Einstein de las enciclopedias y dejar a Newton y a Lavoisier a la altura del betún.
Ante ese panorama idílico… ¿Qué necesidad tenía nadie de sacarse de la chistera el inoportuno informe PISA? Todo marchaba sobre ruedas en el tantas veces invocado “oasis” catalán del pujolismo-leninismo, ese artefacto mefítico acuñado por Vázquez Montalbán, llorado mayordomo de la izquierda sometida al nacionalismo. En el ámbito educativo, el apacible oasis nativo mutaba en balsa de aceite, con la muy honrosa excepción de unos cuantos padres corajudos y levantiscos abandonados por los partidos nacionales como si fueran leprosos envueltos en harapos agitando la carraca. Ese, en el fondo, inocuo informe, en realidad nada dice que no sepamos, pero genera nerviosismo en las autoridades regionales habida cuenta su amplia difusión mediática.
En una edición anterior ya señalaba PISA las serias deficiencias del alumnado nativo sujeto a evaluación. Comoquiera que hizo hincapié en el rendimiento diferenciado de los estudiantes en función de la lengua, con peores resultados si dicha lengua no era la materna del examinando, el informe de marras devino elemento incómodo, hostil, al poner en un brete el relato artificioso de las bondades sin cuento de esa chapuza liberticida que es la inmersión escolar obligatoria en lenguas cooficiales. Cruz y raya desde entonces: el informe se pasa con armas y bagaje al enemigo. No en vano, el equipo de “oidores” (así llamaban antaño a los agentes encargados de las pesquisas) situó a los alumnos catalanes a la cola de los españoles, y siendo los españoles en su conjunto de los peores de Europa, cabe deducir que Cataluña conquista para sí el dudoso honor de disponer de una de las más birriosas comunidades educativas del mundo occidental.
De modo que, para no llevar un susto aún mayor, el gobierno presidido por “Caradeacelga” Illa, entregado de hoz y coz al separatismo, tanto como en su día el sonderkommando Montilla, de quien nada sabemos y, por propia sagacidad, nada sabe el interfecto de sí mismo, ha apartado, en mendaz y evasiva maniobra, del objeto de estudio a un segmento tan importante de la población escolar, por aquello de que no le vean las costuras y saquen las vergüenzas, que esta vez PISA ha optado por excluir las aulas catalanas del escrutinio de su memoria anual. Ojos que no ven. Con todo, nada a corto o medio plazo invita a cierto optimismo. Y no es que uno quiera refugiarse en el fatalismo del lasciate ogni speranza, preludio del nihilismo más descarnado al estilo de Ciorán, pero es notorio que si no rectifican siquiera su rumbo al desoír impunemente sentencias del TSJC y del Supremo, por qué diantre iban a hacer caso de un informe que, a pesar de la autoridad que se le concede, a nada, ni a nadie obliga. Pues aquí paz y después gloria. Total, a nosotros ya no nos pillan. Que se jodan nuestros hijos, sobrinos y nietos: vayan días y vengan ollas.

Ha habido una confusión, señores, yo nada tengo que ver con ese informe… a mí no me líen con las chuflas de los catalanistas, que a mí me basta con saber si me doy o no el trompazo del siglo…
