El gobierno regional y las asociaciones más activas en la imposición del catalán (Òmnium, ANC, Plataforma x la Llengua) firman con el Barça un acuerdo por el que éste se compromete a promover su uso en todas las secciones deportivas, implicando por igual a equipos técnicos y jugadores, particularmente durante los entrenamientos. De modo que la más granada perla de la cantera, Lamine Ben Yamal, y el ariete goleador de la plantilla, el polaco Lewandowski (*), que ondeó la bandera estrellada en la guagua descubierta que recorrió las calles de Barcelona, habrán de comunicarse entre sí en la lengua de nuestros juramentados indigenistas.
Hubo en la rúa que celebró la consecución del campeonato duelo de banderas o “vexilomaquia”. Lewandowski por un lado, ya se ha dicho, secundado por varios jugadores convocados para representar a España en el mundial, Dani Olmo y los “García”, Eric y Joan, y, por otro, Ben Yamal enarbolando el estandarte palestino cual aguerrido gastador de Hamás, en un gesto de empatía con los matarifes que entraron en Israel rajando tripas a embarazadas a machetazos, ametrallando a docenas de jóvenes en un festival de música y flambeando a sus víctimas con lanzallamas para darles ese puntito entre crujiente y churruscado ideal para barbacoas salchicheras (véase en yutube el documental “Screams before silence”).
La deriva del monolingüismo inquisitorial, ahora también en el ámbito deportivo, no habría de causar sorpresa, lo que no quiere decir que no procure irritación y fastidio a los espíritus sensibles y libres, se expresen en catalán o en español. Primero, va de suyo, fueron a por los más “vulnerables”, esto es, los niños. Víctimas indefensas que, una vez en el aula, quedan abandonadas a su suerte y en manos de la dirección del centro y del claustro de profesores, es decir, la elite de los batallones herodianos del nacionalismo. Y fueron bombardeados con intenso fuego artillero de “normalizaciones” primero, e “inmersiones”, después. A los adultos, en general, les importó un bledo porque, en razón a la edad, ellos ya fueron escolarizados, escapando de tamaña melonada (que arreen los que vienen detrás). Y disfrazaron su desidia y cobardía echando mano de una antología de patochadas que particularismo e izquierda, con el dontancredismo impasible de la derecha a su favor, les sirvieron en bandeja y repitieron como aves parlanchinas…
… Que si “hay que compensar los excesos del franquismo”, como si las actuales generaciones “inmersionadas” nacieran condenadas a convertirse en moneda de cambio de un agravio anterior. “Lo importante es lo que se aprende y no en qué idioma se aprende”. Exacto, y va a ser lo mismo aprender Física Nuclear en bable o en una de las variantes austronesias de los trobriandeses papús, que no en un idioma universal como el español. “Total, ya lo aprenden viendo la tele, con amigos y en la calle”, es decir, templando sus espíritus gracias a la telebasura, pillando costo o farlopa por las esquinas y yendo de putas, o de travestis acaso. “A fin de cuentas aprenden el mismo español que los alumnos burgaleses, como demuestran las notas de selectividad”… cómo no, en dos horas semanales frente a treinta, “quinceplicando” el coeficiente intelectual de aquéllos. O largando la cansina monserga de la argamasa milagrosa de la “cohesión social” que tan fructífera ha sido en Cataluña en estas últimas décadas… no hay más que ver lo cohesionados que estamos los catalanes, divididos según TV3 entre catalanes y “nyordos”, y según los resistentes al nacionalismo entre catalanes y “lazis”, y entre ambas facciones tan “cohesionadas” se abre hueco el melifluo y viscoso PSC de Illa rindiendo pleitesía a los “lazis”, pero con las alforjas rebosantes de votos “nyordos”.
De modo que, neutralizados los niños por sucesivas generaciones gracias al colaboracionismo del 99’75% de los padres, divididos a su vez en entusiastas, indiferentes y una reticente minoría, el guión señala ahora al paisanaje en su esfera profesional. Recuérdense aquellas bravuconadas del tipo “a mí nadie me obligará a hablar en catalán, hasta aquí podíamos llegar”, y eso vale todavía para las amistades y para la intimidad domiciliaria, pero ya no para el ámbito laboral.
De tal suerte que las exigencias lingüísticas ya han condicionado a muchos adultos al optar a promociones profesionales, resultando de ello, de no acreditar nivel suficiente, estancamiento en su carrera e incluso el despido. Y han tragado. Y se ha exigido capacitación en la lengua cooficial (diferentes niveles de desempeño) a taxistas, atención al público tanto en la administración como en comercios privados (con especial incidencia en la hostelería), enterradores (no es coña), jardineros, bomberos, conductores de autobuses urbanos, personal sanitario e incluso al trompetista de la orquesta municipal de Barcelona. Normativa que ha traspasado nuestra región y ha tenido eco en Valencia y Mallorca, también con gobiernos del PP. Estos requisitos han despertado, ocasionalmente, tibias protestas de sindicatos sectoriales, aunque sus cúpulas dirigentes, a la hora de la verdad, suscriben alegremente cuantos pactos y manifiestos por el monolingüismo obligatorio en lenguas locales les ponen delante de las narices, no sólo por aquello de no morder la mano que da de comer, si no por sus firmes convicciones particularistas y disgregadoras.
Es llegada la hora del fútbol, al que no en vano llaman “deporte rey” dada su enorme proyección social. Se trata de invertir la tendencia espontánea de hablar en español tanto de los equipos técnicos, como de jugadores y aficionados en el graderío. En suma, de ir contra la realidad. En un fenómeno de masas como el fútbol profesional se estila el uso de lenguas francas, aquéllas en las que todos se entienden por la diversa procedencia de los actores. Se ficha a un entrenador holandés, a un portero esloveno y al mediocampista camerunés más cotizado. Además, el escurridizo delantero es canarión y le chiflan las papas “arrugás”, y el defensa de cierre es un chicarrón del norte que ha hecho carrera en el Bilbao. Estando así las cosas no parece lo más conveniente dar la charla previa al partido clave de la temporada en catalán. Hay que analizar al rival y el Sporting de Calatayud es un hueso duro de roer. Es preciso dar con sus debilidades y explotarlas y, al tiempo, anular sus virtudes en el juego, sometiendo a sus jugadores más creativos a una presión asfixiante, dejando ir alguna patadita. El público clama al unísono “¡A por ellos, oé!, “¡Al bote, al bote, de Calatayud el que no bote!”. Y el técnico holandés sale del banquillo hecho un basilisco para increpar al árbitro en un español deleznable, pero mejor que el de Marta Rovira (ERC): “¡A ti te parió una madre!”, mientras los ensordecedores cánticos de la hinchada “le ponen la gallina de piel”.
Con todo, ha habido una muy significada excepción: la del astro argentino Lionel Messi. Echó los dientes en la cantera azulgrana y en la vida ha pronunciado una palabra en catalán. Y se lo han disculpado por ser vos quien sois. Ítem más, es fama que su hermanita desesperó porque al ser “inmersionada” en una localidad cercana a Barcelona agarró un tremendo berrinche, la pobre se sentía el patito feo de la clase y la familia, por no montar un quilombo, la mandó de vuelta a la Argentina. Un caso que los contrarios a la inmersión liberticida no supimos rentabilizar… y es que nunca fuimos llamados por los caminos del agit-prop.
De igual manera que en el patio de recreo de escuelas de primaria e institutos se han colado espías de las asociaciones rigoristas de la lengua (“personal ajeno a la obra”) para escudriñar en qué idioma juega o se relaciona el alumnado, con el pláceme de centros y “ampas” (sin pero con hache), habrán aquéllas, en lo sucesivo, de infiltrar a sus sabuesos en el graderío, de tapadillo, para fiscalizar los gritos de animación del respetable. Tomarán notas, disimuladamente, y elevarán los informes a quien corresponda. Objetivo: aguzar el oído y discernir si la afición canta «¡Campeones!” o “Campions!” El nacionalismo particularista y la ultraortodoxia lingüística estimulan mejor que nada ni nadie el chivateo y la delación. Para recorrer de incógnito los diferentes sectores del estadio, no habrá disfraz más al caso que el de aquellos vendedores de antaño que voceaban sus artículos entre los espectadores… ¡Hay Celtas, gaseosas, pipas y altramuces!… ¡A las ricas almendras garrapiñadas!…
Los jugadores del Barça, cuando despachen entre sí sobre el terreno de juego, se taparán la boca, tal y como hacen ahora, pero no ya por si un especialista en lectura de labios desentraña la conversación y desvela las consignas recibidas del entrenador, y transmite la preciada información al equipo rival, no; lo harán por cautela y temor a los “confites” del catalán, no sea que identifiquen la lengua que están empleando y la directiva les atice una sanción disciplinaria.
(*) El polaco Lewandowski ya no podrá disfrutar de esa prebenda pues ha finalizado su contrato y cambia de aires

Ya tomé mis lecciones de catalino, pibe… eeeste, ya sé decir “gol”, “match”, “penal”, “declaració d’ Hisenda” y “pacte amb la Fiscalía”… que os den por el orto…
