Que si algunos delincuentes reinciden por haberse criado en un entorno familiar problemático, a causa de su extracción social o de su ínfimo nivel educativo. Que si en algunos casos su conducta criminal está motivada por una inversión de valores morales o por una suerte de peligrosa e inadaptada sociopatía. Gente poco empática. Incluso por sus rasgos faciales y antropométricos, tal y como sostenían destacados ensayistas de los siglos XVIII, XIX y aún del XX. Muchos autores, filósofos, moralistas y juristas de diferentes corrientes de pensamiento (utilitarismo, hedonismo, ambientalismo) han teorizado sobre la raíz del mal en la especie humana, qué es lo que mueve a los hombres a delinquir, a dañar a los demás en su integridad física o en su patrimonio. Las argumentaciones son variadas y esquivas al cálculo como la arena de la playa… olvídese para siempre de esas teorías caducas, pamemas que a lo sumo aportan explicaciones parciales que no abarcan tan amplio y tentacular fenómeno, pues ha venido al fin la Generalidad de Cataluña a sacarnos de tanto error, de ese devanarse los sesos en vano, de dar palos de ciego y caminar a tientas por el tenebroso páramo de la confusión.
Todo, absolutamente, se fundamenta en una razón lingüística, idiomática: los presos que hablan catalán reinciden menos. Tal cual. Y si no os gusta: “Que us bombín” (“que os den”, Trias dixit). De ello se deduce que la propensión al delito de los criminales que tienen el español como lengua propia es superior a la de aquellos otros que se han criado en el seno de una familia (desestructurada o no) catalanohablante. Y que la reinserción social, una vez penada la culpa, será más fácil en los delincuentes de este segundo grupo. Pero no sólo eso, los autores del estudio, entendamos que asignados a la Consejería competente en la materia (Dirección de Prisiones y Servicios Penitenciarios), insinúan que la lengua española es esencial, estructuralmente malvada, y que en la cosmovisión de aquellas personas que construyen sus parámetros mentales en ese idioma sucio y obsceno hay mayor acomodo para la repetición de actos tipificados en el Código Penal. Las lenguas, cuando los nacionalistas palomean alrededor, y en Cataluña lo llevamos bien aprendido, no son neutrales.
Hablar en español, pero sobre todo pensar en español, predispone a la comisión de los más variados delitos, hurto, robo, alzamiento de bienes, asesinato, piromanía forestal, envenenamiento de cursos fluviales, con especial incidencia en los crímenes y parafilias sexuales como la práctica de la zoofilia con cabras y gallinas, la violación manadista o esa aberración nauseabunda de la pederastia que ha defendido públicamente la ministro Irene Montero. No en vano, la segunda de la interfecta, una tal PAM, así la llaman, una rubia redondita, manifestó hace unos días que “los españoles son bastante violadores”, suponemos que excluidos de su enjundiosa afirmación aquellos que piensan y hablan en catalán (u otras lenguas co-oficiales) y que íntimamente reniegan de su nacionalidad legal. En parecidos términos depuso (oralmente) la famosilla “influencer” Sara Sálamo, más tonta que guapa, y no es ése un reto nada fácil, pues la chica es monísima, “que los machistas españoles matan más que ETA”. Eso después de que la interfecta montara en cólera por recibir un aviso en su celular para colaborar económicamente en la investigación del cáncer de próstata: “Nos violan y nos matan y encima quieren que nos solidaricemos con ellos”.
Establecido por el gobierno regional que la lengua española es un acicate para perpetrar todo tipo de crímenes, falta por conocer en profundidad el informe en el que se cuantifican esas prácticas delictivas. Y se malicia uno que tras las conclusiones del estudio de marras hay un agente estadístico disfrazado de Tezanos, pero tocado, claro es, con barretina calada hasta las cejas, apañando a destajo cocientes y porcentajes. Cabe pensar que estamos ante un caso de demoscopia proyectiva, por así decir. Se trata de lanzar un mensaje, los presos que hablan español reinciden más que aquellos otros que hablan catalán, con una clara intencionalidad ideológica, adoctrinadora, y supuestamente respaldada por magnitudes mensurables y con aires de impostado empirismo, que no trata de reflejar la realidad, pero sí el futuro ensoñado.
A lo que vamos, comoquiera que la lengua es un hecho cultural relevante, algo más que las filigranas en las labores de encaje tradicionales o que la alfarería, que también lo son (hechos culturales), los promotores del estudio quieren decirnos, desde su óptica supremacista, ahí está el busilis de la cuestión, que hay culturas más próximas a la perfección moral que otras. Culturas más evolucionadas, en definitiva, porque forjan individuos rayanos en la beatitud angélica por mor de la lengua que hablan. Culturas superiores para hombres superiores. Sociedades y culturas que, en lo tocante a los individuos descarriados que engendran y que son sancionados por sus malas acciones, llevan no obstante impregnado en su “ADN”, como se dice ahora a tontas y a locas, la capacidad de arrepentimiento y de rectificación que se observa en su menor índice de reincidencia delictiva. Otras no, pues sus barbianes, rufianes, rascapieles, granujas y pillos de siete suelas, lo serán de por vida, pues andan ayunos de instrumentos culturales de contención o de represión de sus pulsiones más elementales, a menudo criminales e incapacitantes para la convivencia pacífica.
De tal suerte que Cataluña, la Cataluña genuina, auténtica, ni contaminada ni pervertida por agentes foráneos, la Cataluña interior, profunda y primordial, la del cinturón de la “botifarra amb mongetes”, es una ínsula civilizatoria de primer rango, ya no en España, si no en toda Europa y más allá, en Occidente. Es su más aquilatada y densa reserva espiritual. Sabemos, gracias al paradigma woke, que es la nueva reformulación de la izquierda mundial (cancelación, lesbofeminismo, cambioclimatismo antropogénico, indigenismo, racismo antirracista y otras caspicias ideológicas), que la civilización occidental en su conjunto es lo peor que le ha pasado a la Humanidad, la mayor y más inmunda pestilencia engendrada por la estirpe humana. Ni la protodemocracia ateniense, la ingeniería y el derecho romanos, el románico, las catedrales góticas, el Renacimiento, la música sinfónica y la separación de poderes, el constitucionalismo o la proclamación de las libertades individuales, valen un triste pimiento. Somos un mojón repulsivo: hemos guerreado de lo lindo, formado imperios, colonizado, masacrado y esclavizado a millones de seres humanos. Alguien podría argüir que esos fenómenos no son privativos de Occidente, pero correría el riesgo de ser tachado de infame “negacionista” de sólo Dios sabe qué causa pendiente, lo mismo de la transfobia que de la gordofobia, o que de la aracnofobia ya metidos en harina.
Sólo se salva, como queda dicho, Cataluña, y acaso algún otro aborigenismo residual pero bien apegado al terruño, sea el caso del agropecuario “baserritarrismo” de Vascongadas, con sus compactos escuadrones de “segalaris”, “bertsolaris” y “arrantzales” mitificados por los nazis en el documental “Im Landen der Basken”, o los sami lapones abrazados a sus rebaños de renos. Vale que también los catalanes hemos contado entre los nuestros con reputados racistas como el doctor Robert, celebrado en calles y plazas de toda Cataluña, o Martí Juliá (y más recientemente el finado Heribert Barrera o el “MH” Jordi Pujol, “el andaluz es un hombre desestructurado” y que morirá sin ir a juicio) y con esclavistas derrocados de sus marmóreos pedestales, como el marqués de Comillas. Dicen guasones los cubanos descendientes de esclavos: “Quién fuera blanco, aun siendo catalán”. La Cataluña aldeanista tiene, pues, a su favor, y a ojos del nuevo y plúmbeo izquierdismo identitario, el prurito de la pureza primordial que no fue mancillada por el devenir histórico de las naciones constituidas, las naciones de verdad como España, Francia o Alemania. Cataluña, siendo Occidente, no es cochambre occidental. Acaso por eso los rescoldos de la inocencia y del adanismo originario caldean el corazón de nuestros delincuentes, que reinciden menos que esos criminales sin enmienda que te atracan en español, pinchosa en mano.

Hola, soy Edmund Kemper. Ya me lo dijo mi abogado, un tal Boye, que de haber pensado y hablado en catalán no habría reincidido. Por una puta letra de mierda no nazco Kempes, Mario Alberto, alias el “Matador”, pero del área… hay que joderse.
