Paraíso coronavírico: «Contamíname, mézclate conmigo»

Sábado santo: lo he comprendido haciendo una cola hectométrica en el supermercado sito en Entenza nº 28. La cola doblaba la esquina y llegaba hasta el nº 52 de la calle Sepúlveda. Casi media hora de espera (28’). Me dio tiempo, espaciados, a echar un par de pitillos. ¿Qué he comprendido? Que a la facción neocomunista del gobierno (Podemos) le chifla tener a la gente haciendo cola. Cierto que no es la idolatrada cola de la cartilla de racionamiento a la manera de las dictaduras cubana o bolivariana… pero es la cola del “super”, entre nosotros, es decir, en Europa occidental, lo que más se le parece. Mientras la hacemos, no enredamos. Ni hablamos con los ocasionales vecinos, siquiera guardando la distancia de seguridad: somos la meditabunda nación de los “colícolas” o habitantes de las colas. De ese modo podemos entregarnos a sesudas cavilaciones y a sopesar las atinadas consignas gubernamentales. 

Preguntado por las colas generadas en Venezuela a causa de la falta de todo tipo de artículos de primera necesidad, carencia debida a la ineptitud de un régimen corrupto en un país rico a manos llenas en variadísimos recursos, el inconcluso Errejón (véase “Poli buena, ex-poli malo”) excretó oralmente que las colas se dan profusamente en ese paraíso terrenal de los trabajadores “porque a los venezolanos les gusta “socializar” en la calle”… son a lo que se ve gente alegre, extrovertida y bullanguera, arsa que toma y olé. Un día dijo eso y otro que se forman largas colas porque “los nativos del país tienen mucho dinero en el bolsillo y les gusta gastar”… luego son la mar de rumbosos derrochando los monises. Y es cierto, porque llevan encima, o en carretillas de mano, fajos de millones de bolívares… sólo que un kilo de billetaje, hojarasca del Monopoly, no da ni para comprar media docena de huevos… no te digo ya un rollo de papel higiénico, que es allí un auténtico lujo de satrapías orientales.

A los de Podemos, las colas les enloquecen y a su jefe, Pablo Iglesias, le ponen la “coleta” tiesa. El broche de oro a esa sucesión de declaraciones fue cosa del cursi de Monedero, proclive a la llantina, cuando confesó que por sus mejillas resbaló “un Orinoco de lágrimas” al fallecer Hugo Chávez, lo que no fue óbice para que cobrara de tapadillo de ese régimen criminal (no es fake news, mi General -JM.Santiago-) alrededor de medio millón de dólares por un estudio sobre una nueva moneda regional que habría de sustituir al dólar como divisa de referencia… suma que pudo regularizar finalmente para evitar juicio de ocultación al fisco por gentileza de Cristóbal Montoro (alias “el Murciégalo”, idiotismo admitido por “murciélago”), ministro de Hacienda de aquella hora.  

De modo que con el personal haciendo colas en pro de la elemental subsistencia, la iniciativa privada del sector económico hibernada por el coronavirus, la financiación vía partida presupuestaria de las cadenas TV “generalistas” (15 millones de euros para compensar pérdidas en anunciantes… a cambio de «masajes con final feliz» a la gestión de la pandemia en los espacios informativos, modelando la opinión del lanar paisanaje), las declaraciones de JM Santiago Marín, el de “los 20 kilos de naranjas y limones”, cítricos que no los de la finada Rita Barberá, General de Estado Mayor de la Guardia Civil y aspirante a JEMAD (“nuestra misión es minimizar las críticas al gobierno”), la drástica restricción de movimientos (todos en casa, todos controlados), expedición de salvoconductos, legislación vía decretazo y eludiendo el control parlamentario, etc… gana fuerza la sensación de sumergirse la sociedad en una suerte de ensayo o prueba-piloto hacia un modelo regimental donde la gente subsiste, mejor o peor, gracias a la generosidad del providente inquilino de La Moncloa. Dependencia que, llegado el caso, y en los regímenes de corte bolivariano y/o socialista siempre llega, se convierte en un instrumento “premio-castigo” para clasificar a la ciudadanía en virtud de su obediencia y lealtad a los edictos oficiales.

Ese cese de la actividad económica privada, o temporalmente supeditada a directrices políticas, vale que por otras causas, cobra semblanza como de sistema productivo intervenido, planificado, de corte sovietizante.  Por todo ello, creo que la facción podemita del gobierno de la nación está tocando el cielo con las manos, relamiéndose de gustirrinín, ronroneando feliz como gato satisfecho ante las puertas del Edén, ante el paraíso en la Tierra… su Tierra Prometida. Ya dijo el vicepresidente Iglesias (sí, vicepresidente), no sin razón, que los comunistas sólo pueden llegar al poder en medio de circunstancias “excepcionales”. Y ésta es una, y de las más pintiparadas para ello. ¿La elevada mortandad que padecemos? Nos remitimos a Stalin, al que aún rinden culto algunos de sus dirigentes (Miguel Urbán, “anticapi”): “La muerte de un hombre es una tragedia, la de un millón (20.000 a día 18 de abril) es sólo un apunte estadístico”.    

Para los neocomunistas en el poder, hay que decirlo, el coronavirus es una magnífica oportunidad porque todo lo voltea y pone del revés, encrucijada apta para radicales transformaciones, y no sólo porque la mortandad se ceba en los ancianos, el segmento social más refractario en las urnas a la formación morada y sobre el que han proyectado, por esa causa, multitud de reproches que sería prolijo enumerar. Así lo afirma Vanessa Lillo, a quien no tengo el disgusto de conocer, a Dios gracias, diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid en declaraciones recogidas días atrás en la prensa: “Hemos de aprovechar la oportunidad que deja el coronavirus para cambiar el modelo económico y político”. Eso ha expelido por vía oral, que no anal, la interfecta. A mí que me registren.

Salta a la vista, si trasladamos la debacle del covid-19 al ámbito de la lírica, que el himno por antonomasia del pugnaz combate a la pandemia, Resistiré, del Dúo Dinámico, no es melodía al gusto «podemoide». Menos aún Libre, la emblemática oda “anti-vopos (RDA)” de Nino Bravo. Ellos prefieren, con diferencia, y por mayor congruencia con sus postulados, el Contamíname… mézclate conmigo, de Ana Belén, tan gran artista como estereotipo de “progre” recalcitrante, de larga y contrastada ejecutoria.

Poco o nada extraña, con estos antecedentes, que la edición digital del diario ABC, 11/04/2020, muestre un pantallazo de Google donde España, junto a Laos, Vietnam, China, Cuba y Corea del Norte integra el listado de países comunistas que en el mundo son, aunque se echa en falta precisamente a Venezuela, uno de sus máximos exponentes. Cierto que la inclusión de España en tan honorífico ranking podría entenderse como una exageración o una licencia poética, al menos por el momento, y que en todo caso, aún hay clases, mejor encajaría en aquella trillada etiqueta, más civilizada, de lo que un día se conociera como “eurocomunismo”.

Si la facción más totalitaria del neo-Frente Popular anda la mar de motivada por la hecatombe que nos arrasa y aplana (a la espera de que lo haga también la curva de infectados, que es una curva muy abierta), qué no decir de las fanatizadas feministas de esa cordial entente. Hoy he visto en la cola a mujeres de diferentes edades, muchas de ellas en chándal, despelujadas, sin el afeite y atavío de la tradicional compostura femenina. Qué más da. No se les ve la cara, salvo los ojos, como si un “niqab sanitario” ocultara sus facciones, como si la belleza desertara por siempre de este atorrante mundo en cuarentena. Infinitamente mejor para esa cochambre de “chochopower” socio-podemitas… de tal modo que esos asesinos y violadores, los hombres… esos adanes, esos primates que fuman, beben, hablan de fútbol a todas horas y babean como puercos hozando en el humus, oinc-oinc, en cuanto ven unas faldas, habrán de conformarse con saciar sus inmundos apetitos cortejando lanudas ovejas o cabras montaraces, de esas que andan sueltas por las ciudades, dejando en paz, al fin, a las mujeres explotadas por el hetero-patriarcado opresor.

No es cierto que “el “machismo” mate más que el coronavirus”, como sostiene en su pancarta una “chochopower” que se ha hecho viral (es decir, coronaviral), pero, no hay mal que por bien no venga, puede la doña consolarse sabiendo que el covid 19 (17…14 en versión aborigen) mata más a los hombres que a las mujeres. Que se jodan esos cabrones. Una vez más, se repite el dicho, el infierno de unos es el paraíso de otros: “Contamíname, mézclate conmigo”…

Covid 17…14

“Juntos, lo superamos”, “Unidos, venceremos”. Una breve muestra de las divisas más repetidas durante el confinamiento por el coronavirus. Cuando vemos la publicidad institucional en la tele y asociamos esos mensajes buenistas a los dirigentes de estas horas sombrías y terribles, a uno le entran temblores de agonía. Le copio la frase a Eduardo Inda: “En las peores manos en el peor momento”. ¿Unidos?… ¿A quién?… ¿A Torra que manda desmontar el hospital de campaña instalado por el ejército en Sabadell a causa del “feo camuflaje” de las tiendas o que paraliza sine die otro montado por la Guardia Civil en Sant Andreu a pesar de la brutal sobrecarga de pacientes en los hospitales? ¿A ese concejal de CUP en Vich que anima a toser en la cara a los militares para infectarles? ¿A la fugada Clara Ponsatí que se troncha de la risa por la elevada mortandad en la capital, repitiendo aquella ocurrente fórmula de promoción turística “De Madrid al cielo”?

De todas las pamplinas bienintencionadas y un pelín atorrantes que se repiten, una me irrita particularmente, aunque no anda ayuna de razón: “Aprovecharemos el confinamiento para conocernos mejor a nosotros mismos». Sólo que el balance es desalentador. Pues, por lo que hacen y dicen, también se conoce mejor a los demás. Hemos visto esos videos que circulan por las redes y que escuecen como salazón en herida abierta… por ejemplo, uno en que Pedro Sánchez (no sabemos si presidente “por una sonrisa del destino”, como dijo el esquinado Pablo Iglesias, su “vice”, o por “una trastada” del mismo), largando sapos y culebras por la boca contra el ameboide gobierno del PP a cuento de la crisis del évole-ébola con la muerte del perrito Excalibur como fatídico balance, y ahora felicitándose por su “gran gestión” de la crisis sanitaria (18.000 muertos a día 14 de abril). O ese otro en que las “madamas” del gobierno de coalición repiten la consigna de no besarse en la cabecera de la mani llamada de las “chochopower”: “sin besos, que hay virus”, inculpándose en un descuido de la ocultación premeditada a la opinión pública de una situación que amenazaba con descontrolarse y causar estragos de plaga bíblica. Información que obraba en su poder y que no fue óbice para celebrar, por sectarismo ideológico, la dichosa manifestación. Un gobierno más que nunca acreedor de aquel famoso lema que irrumpió apenas unas horas después del salvaje atentado del 11-M: “No nos merecemos un gobierno que nos mienta”.

Es cierto que en estas dramáticas circunstancias sale a relucir lo mejor de muchos: el voluntariado, el trabajo infatigable de los sanitarios, la solidaridad de gente del común, y no tan común (afamados deportistas y empresarios, sea el caso de Amancio Ortega, una de las bestias pardas del alma renegrida de los dirigentes de Podemos), la dedicación y entrega de los agentes de Policía o de la Guardia Civil. Pero también lo peor, el egoísmo, el miedo acervo, la desconfianza… y lo normal es que de las personas malas, las personas dominadas por la envidia, la inquina, el rencor sectario o el revanchismo, se manifieste esa vis maligna, la mala baba, la mala folla, durante y tras una situación de confinamiento prolongado y de restricción drástica de movimientos… cuando esa vorágine tumultuaria de torvos pensamientos, y peores sentimientos, se potencia al máximo y bulle dentro del magín de uno como el vapor de la cocción en una olla a presión a punto de estallar. Y la gente mala es mucha… la hay para formar nutridos batallones.

Uno de los generales de ese ejército es el sujeto que obedece al nombre de Albert Donaire y que lidera a los elementos separatistas integrados en los Md’E. Regurgita el interfecto, dotado como está de aparato fonador, que habría que organizarse desde ya para proclamar la República en cuanto se supere el confinamiento por el zarpazo mortal del covid-19. Bien entendido que no sólo lo dice él, también la supremacista Núria de Gispert (“que la señorita Arrimadas se vuelva a Cádiz”), como portavoz autorizada de una escisión del “espectro CiU” que se autodenomina Demòcrates (sic).

La proclamación de la independencia obedecería a una necesidad impostergable, pues pasamos del “España nos roba” al “España nos pega” (la supuesta represión policial tras el golpe), y ahora al “España nos contamina y mata”… esto es, pasamos de un imperativo ético y moral al dictado de la mera supervivencia física: evitación del genocidio (la Shoá catalanista) programado en los sótanos del CNI entre tubos de ensayo espumantes y repletos de virus bajo la atenta supervisión del Profesor Bacterio (Mortadelo y Filemón). Esa prevención explicaría por qué el gobierno regional impide a la UME desinfectar las residencias geriátricas de Cataluña, no sea que los españoles gaseen a manguerazos de zyklon-B a nuestros abueletes, aunque esa demora profiláctica decretada por Torra cause entre ellos centenares de bajas (posible delito por “flagrante omisión del deber de auxilio”). Ya insinuó ese gran actor de TV3, Petri, que en el aeropuerto de El Prat el ejército de ocupación estaba, no limpiando las instalaciones, sino difundiendo a carretadas achicharrantes agentes patógenos.

Mi dura mollera se resiste a comprender el porqué de ese nuevo golpe a plazos invocado por Donaire, el correoso perdigoncillo uniformado del irredentismo patrio. Cuando éste es justo el momento, pues el desgobierno de la nación, grogui por el costalazo monumental del coronavirus, duda, titubea y no sabe por dónde sopla el viento, ni qué diantre decir o hacer, salvo equivocarse una vez y otra, sumido en la cuarentena de una distopia apocalíptica. Es un rival de brazos caídos en un rincón del cuadrilátero que recibe bofetadas a mano abierta sin saber de dónde le caen. A mayor abundamiento, el actual gobierno de la nación, no es lo que se dice un enemigo que confronte enérgico al particularismo localista. Al contrario, entre uno y otro hay cierta complicidad. Por lo tanto no cabe presumir de su parte una respuesta contundente a un nuevo desafío unilateral.

¿Acaso no se puede tomar el Palacio de Invierno con guantes de látex y mascarilla? ¿No se combatía en las trincheras, I Guerra Mundial, con caretas protectoras contra el gas mostaza? ¿Cuándo lo van a tener mejor que hoy o mañana, con sus oponentes confinados en casa y dando palmas en los balcones a las ocho de la tarde por honrar a los sanitarios?… No rinden a nuestros valerosos “gudaris” los Leopard de la Acorazada Brunete… ¿Y les va a rendir un “bichito” microscópico, como aquel del que hablara Sancho Rof durante la crisis del aceite de colza?… ¿Lo recuerdan?

Cuando se trata de inmolarse, de sacrificar la vida por una causa noble como es la liberación nacional… pocas de mayor fuste que ésa… y qué si nuestros libertadores, esos héroes a los que rendirán memoria y homenaje las generaciones venideras, reciben lo mismo una descarga coronavírica que la balacera de un subfusil de asalto del ejército español. Ya les dedicarán monumentos esculpidos en un bloque de mármol. No quiero pensar que Albert Donaire entiende que ahora, con los contagios, proclamar la independencia no toca. Que es como aplazar una revolución prevista para mañana porque el parte meteo anuncia lluvia abundante y fuertes rachas de viento y nos pilla sin paraguas ni chubasquero. Pero, hombre de Dios, si de todo se sale, hasta de la peste bubónica, y eso que en aquellos siglos oscuros no se contaba ni con conocimientos médicos ni con recursos para vencerla… ¿No será que Donaire quiere hacer la tortilla, pero de boquilla, sin romper los huevos y sin que una ínfima gotícula de sangre le descomponga el uniforme de gala que se reserva para el gran día del desfile triunfal (*)? 

De momento sólo contamos bajas de civiles desarmados. Y en mayor medida, de los más desarmados inmunológicamente, los ancianos en las residencias de todo el país. No hay hecho diferencial en esto: en Cataluña, también. Habrá quien se frote las manos pensando en todas las mensualidades pensionadas que el fisco se va a ahorrar de una tacada. De la magnitud de la tragedia da cuenta Dolça Catalunya, que nos habla de una suerte de eutanasia gerontológica activada en un protocolo del gobierno regional donde a los fallecidos se les llama “èxitus”, o sea, que han tomado la puerta de salida, “EXIT”. Una “Aktion-4” a gran escala, cuya prueba-piloto sería la ejecutada en la residencia “Nostrallar”, en Els Pallaresos (Tarragona), dirigida por el oficial de esa suerte de einsatzgruppen, Moisès Sumoy, que, al parecer, y precavidamente, sacó, chitón, a sus padres del asilo antes de que comenzara la escabechina.

Que tranquilidad le queda a uno cuando sabe, al echarse a dormir, que vela nuestro sueño Albert Donaire apretando los dientes, emboscado en las sombras, bajo las estrellas, agarrado a su escopeta de postas y a la espera de órdenes: día D, hora H.

(*) Pensaba añadir que si Donaire pretende mantener impoluto el uniforme de gala es para deslumbrar a las “pubilles” de su pueblo el gran día del desfile triunfal, cuando, tras un cruce de alfilerazos entre el interfecto y el periodista gerundense Albert Soler, infiere un servidor que el suyo sería un interés circunstancial en las “pubilles”, siempre que le permitiera acercarse a los “hereus”.

Poli buena, ex-poli malo

El poli bueno te ofrece un cafelito o un vaso de agua. Si estás esposado en la sala de interrogatorios, te encaja el pitillo entre los labios y te da lumbre. El poli malo te enfoca la lámpara a los ojos para cegarte y te suelta un mojicón o te arrea con la guía telefónica. Lo hemos visto en las pelis. Con todo, para el ente inacabado llamado Íñigo Errejón no hay poli bueno que valga. Inacabado, pues si uno le echa un vistazo pareciera que sus facciones no están terminadas y que en las próximas fases de desarrollo del proteico embrión podría cobrar un aspecto muy distinto del actual. ¿Poli bueno? Es metafísicamente imposible. Errejón firmaba sus “tuits” como ACAB, all cop are bastards (“todos los polis son unos hijos de puta”). Su cofrade de aquella hora, Pablo Iglesias, ayuda de cámara de Chávez y Maduro, tras confesar que se le hacía la churra agua pensando en azotar en las nalgas a esa real hembra de Mariló Montero hasta hacerla sangrar, admitió en el canal TV que le paga (o pagaba) el régimen de los ayatolas, que se emociona cuando las turbas aíslan a un agente antidisturbios en una mani y le atizan a dos manos y a puntapiés, en plan linchamiento. No ha pasado tanto tiempo de todas esas ensoñaciones húmedas, voluptuosas. Las imágenes con las que el flamante vicepresidente del gobierno -sic- ilustraba esos sádicos y libidinosos pensamientos pertenecían a una de las algaradas que él mismo organizaba alrededor del Congreso antes de mudarse al casoplón de Galapagar y subirse al coche oficial. 

«Poli buena, ex-poli malo», no es una ficción cinematográfica. Así sucede en la realidad, y no hay mejor demostración que el ejemplo. Cuando el gobierno regional expedienta a dos de sus agentes por cumplir con la legalidad vigente, sea el caso de Octavi, “la república no existe, idiota”, o de Inma Alcolea, “viva España”, quiere decirse que son dos polis buenos. De lo contrario, su infame superioridad no les habría atado en corto. A mayor abundamiento, dicen que la madre de Inma describió en las redes sociales atinada, pero escuetamente, a Puigdemont llamándole “imbécil”. Caso que confirma la máxima que reza pizca más o menos que los hijos heredan las culpas de los padres, núcleo argumental sin el que no habríamos tenido tragedia griega. Ítem más, Inma formó parte del jurado de la Asociación por la Tolerancia en la concesión a Teresa Freixes, catedrática de Derecho Constitucional, de su premio anual, edición 2019. Motivos más que suficientes para enojar, y de qué modo, a Miquel Buch, uno de los consejeros más radicales y furibundos de la alegre pandilla de Quim “petomán” Torra.

El poli malo de esta peli no es un poli en activo y corrupto que acepta sobornos de la mafia y hace la vista gorda con el tráfico de drogas o la trata de blancas. Es un poli ya jubileta e indigno de cientos, de miles de compañeros suyos que se han jugado el tipo en Cataluña en los últimos tiempos: acusados de violencia gratuita, de brutalidad y torturas y, en realidad, insultados, escupidos, vejados de mil formas distintas y acosados en sus acuartelamientos y alojamientos temporales (hoteles en Calella de la Costa y Pineda de Mar o en un crucero para “singles” atracado en Barcelona con Piolín y el Demonio de Tasmania pintados en el casco del buque, y alimentados a base de una bazofia de comistrajo, que hemos visto en fotos, por gentileza de los “bizcochables” Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría).

Me refiero a Nemesio Fuentes, que tiene nombre como de matasiete de un cuento de Borges, ya saben uno de gauchos violentos y vinolentos que se enzarzan a cuchilladas en un galpón de la Pampa por los favores de una mina bella y caediza. El interfecto, agente jubilado del Cuerpo Nacional de Policía, participó como voluntario en el referéndum ilegal del 01-O en un colegio de Sant Joan de Vilatorrada. Y acudió en calidad de testigo de la defensa en el juicio celebrado a favor, vistas las cosas con cierta perspectiva, de los golpistas Junqueras y compañía, oficiado por un Marchena de doble faz, de quien muchos nos declaramos admiradores y que luego nos dejó colgados de la brocha. “No es rebelión, sino ensoñadora sedición”… como ensoñación estéril es el apasionado romance que un servidor mantiene desde hace años con Mónica Bellucci, por si no lo sabían.

Con la paga pensionada en el bolsillo, calentita, mes a mes, Nemesio, ataviado con el preceptivo lazo amarillo, declaró ante el juez que uno de los policías heridos, al franquear la puerta del colegio, tropezó con los cristales hechos añicos que él mismo causó de un mamporro y que por eso se golpeó con una silla; que no fue silla arrojadiza lanzada por quienes en el interior del recinto organizaban ese acto ilegal y esperaban a los antidisturbios para agasajarlos como es debido: guirnaldas al cuello, los tradicionales “lei” a la manera hawaiana, arrumacos, besos, canapés y buchitos de un vinito espirituoso.  

Se dice que de los millares de religiosos asesinados por los chequistas del Frente Popular en la retaguardia, lejos del frente, ni uno sólo apostató. Entre tantas víctimas de la persecución, es raro que algunos no sintieran la comprensible tentación de salvar el pellejo si renegaban de su fe. Es sabido que sus verdugos les ofrecían el crucifijo para que le escupieran encima (como debían pisar el símbolo de la cruz misioneros y nipones cristianados ante las autoridades, según vemos en “Silencio”, de Martin Scorsese, proyectada recientemente en la tele). De no hacerlo, les esperaba una muerte segura y siempre precedida de su propio via crucis al copo de tormentos espantosos (castrados, “empetados”, quemados vivos… y las monjas violadas, por descontado).

Nemesio es el único poli apóstata del que tengo noticia. Quizá haya más, no lo sé, pero él ha dado un paso al frente. Se entiende que la indignidad no es causa suficiente para que nadie deje de percibir su pensión mensual. Pero un funcionario, un verdadero servidor de la ley y el orden, no deja de serlo siquiera jubilado por aquello de la exigible ejemplaridad. Nemesio Fuentes es una vergüenza para el gremio, tanto como los agentes en nómina del hampa. Que lo mismo da la corrupción material, que la moral en su caso. Admito que a Nemesio Fuentes se la tenía guardada, como él, eso parece, a las nuevas promociones de agentes del cuerpo en que un día sirvió y al que juró, en falso, lealtad. Agentes que lucen con honor el uniforme que él ha ensuciado. Qué no daría por hacerle llegar esta “tractorada” a ese fulano indigno envilecido por el perdurable estigma de la traición.

Extraescolares primavera-verano 2019

Primavera-verano de 2019, pocas semanas antes del período vacacional. Hay convocada una huelga estudiantil en institutos de bachillerato y universidades en solidaridad con los presos golpistas (que poco después pasaron a “sediciosos”, en aras de una sentencia unánime pastoreada por el “gomez-bermúdeo” juez Marchena y que daría margen de maniobra a Pedro Sánchez para futuras trapisondas). Los trabajadores de una empresa pública situada al pie de Montjuïch nos encontramos con la Ronda Litoral cortada.

Primero recibimos la consigna de no acercarnos a la valla trasera por donde entran las expediciones en el muelle de carga y descarga, no sea que nuestra presencia exalte el ánimo de los manifestantes y esa circunstancia ocasione algún incidente. Pero al poco se relaja la consigna, en parte por la condición mayoritaria de los convocados. No se vislumbra peligro y media docena de empleados nos acercamos a la valla para curiosear. No es una broma, ni una exageración. Los trabajadores nos miramos atónitos: no puede ser verdad. La incredulidad trueca en una cierta indignación: podrían estar ahí nuestros hijos, sobrinos e incluso nietos. Son niños. Adolescentes a mucho tirar. Mayores de edad, muy pocos, un par de ellos, y son quienes dirigen el cotarro. El más veterano lleva un chaleco reflectante y reparte instrucciones aunque su párvulo batallón es anárquico e indisciplinado. Hay carreras, saltos… lo vemos con nuestros propios ojos, los chicos lo están pasando chipén, como en una lúdica excursión a Port Aventura. Desfilan risueños, ataviados con banderas estrelladas a la espalda como capas de superhéroes de cómic.

Algunos echan un pitillo recostados en el paño exterior del murete del pabellón. Su primer cigarrillo a escondidas, “pásamelo”. Su primera mani. Su primer beso furtivo… “su primera colonia… ¡Chispas!”… A una de las niñas le suena el móvil y hasta mis oídos llega el politono. Es una canción de moda, de una chica que acude a una cita amorosa “sin piyama”… “no me traje el piyama”, dice, “porque no me dio la gana”. Estoy que me subo por las paredes, agarrando por momentos un cabreo del quince. De modo que los equipos docentes que han de instruir a nuestros hijos cierran las aulas y dejan para mañana la lección de mates o del aparato digestivo de los anuros para que doscientos o trescientos mocosos que aún no han salido del cascarón corten el tráfico en la Ronda Litoral, organizando un colapso de aúpa en la rotonda del Paralelo que llaman La Carbonera. Si lo llegan a hacer un par de horas más tarde impiden el embarque de pasajeros y mercancías en los ferrys de las compañías navieras Balearia y Transmediterránea que cubren la ruta a Mallorca.

Al otro lado de la mediana, lado mar, hay cuatro furgonetas de los Md’E. Los chicos les dedican gestos ofensivos, peinetas, cortes de manga, les retan con injuriosos cánticos. Al final los agentes abren las portezuelas y antes de poner pies en tierra, la chiquillada se dispersa en todas direcciones en medio de gran excitación, de un júbilo alocado, como quienes corren los toros por vez primera en la calle de la Estafeta. Ni siquiera ha sido necesario echar mano de las porras recauchutadas. La desbandada es total.

Para desalojar la vía y dar por concluida la actividad extraescolar es necesario reagrupar a los chicos que se alejaron en dirección al cementerio de Montjuïch, para entendernos. Ésa fue la tarea más delicada encomendada a los antidisturbios. Apremiar a los rezagados para que vuelvan al redil de una vez. La suya fue una actitud casi paternal. No hubo resistencia. “Vinga, nois, que marxem, collons…”, fue la reconvención a la muchachada proferida por un agente que sujetaba la porra con ambas manos, sin llegar a blandirla amenazadoramente.

Y se abrió la Ronda al tráfico tras una hora, a lo sumo, de extraescolar de “vandalismo separatista”, como las hay de guitarra, teatro o papiroflexia. Para los chicos, se comprende, fue lo que se dice un subidón de adrenalina, un acto épico, casi como tirarse en parapente, un recuerdo imborrable: nada menos que declararse en huelga y cortar una vía, vale que sin cruzar barricadas de neumáticos ardiendo y largando al aire una negra humareda, pero aprendiendo los mecanismos para hacerlo en un par de años, cuando superen la ESO y remita el acné juvenil. “Volem, volem, volem… volem la independència… volem, volem, volem… paisos catalans!”, cantaban alegremente tres mocitas cogidas de la cintura en una suerte de carrerilla o danza festiva ante la pacienzuda mirada de los antidisturbios y la mía. Acabó la función y me regresé a mi puesto de trabajo con el gesto murrio y corrido de vergüenza. Me dije, “qué manera de tirar el dinero de mis impuestos por el sumidero del alcantarillado… y, en cierto modo, qué triste derrota”. ¿Qué hemos hecho?… En mi caso, ver la tele tumbado en el sofá y largar sapos y culebras por la boca en el estadio de un equipo de fútbol que pierde casi siempre. Dormir la siesta y cocerme a pelotazos en la barra del bar. Y otra de gambas, claro.

Alba gu bràth!

¡Lealtad a Escocia hasta el día del Juicio Final!… Así concluye la arenga que William Wallace lanza a sus hombres antes de enfrentarse a las tropas de Eduardo el Zanquilargo, rey de Inglaterra, en la batalla de Stirling. No es que sepa un pimiento de historia escocesa, pero he visto “Braveheart” de Mel Gibson (*) unas cuantas veces. Es una película redonda, épica, muy amena, con unas secuencias a espadazo que te crío verdaderamente sensacionales (y, por ahí anda Sophie Marceau para regalarse la vista). Por encima del gran trabajo actoral de todo el elenco destaca Patrick McGohann en el papel del rey Eduardo I, uno de mis villanos favoritos.

Escocia ha sido durante años el segundo nombre de Cataluña. De hecho se ha producido una suerte de mutua influencia, de osmótica reciprocidad entrambas, hasta el punto que es fama que Nessie, el monstruo más simpático del mundo, ha aprendido a bailar sardanas, se toca la cabeza con una barretina y estudia muy aplicadamente, entre chapuzón y chapuzón en las frías y negras aguas del lago, para obtener el nivel C de catalán, requisito indispensable, según ha confesado, para ejercer la enfermería en Palma de Mallorca, harto como está de esquivar a curiosos y turistas. Por otro lado, no sorprendería en absoluto que nuestros buscadores de setas más apegados al terruño, quid pro quo, incorporen un día el kilt,o faldita escocesa a cuadraditos, a su indumentaria campestre.

El tostón ha sido importante: nuestros nacionalistas más exaltados nos han plantado en los morros, cansinamente, la chundarata de la celebración de un referéndum pactado por la independencia en Escocia. Que si el Reino Unido deja votar, que por qué nosotros no, que si España tiene miedo a que la gente hable, que si esto no es una democracia, que si garrotín, que si garrotán. Salió que nanay, de acuerdo, pero cuando menos se votó, insisten. No importa que en Cataluña nos pasemos la vida votando desde que tenemos uso de razón (autonómicas, locales, generales, europeas e incluso referéndums estatutarios o como los de la Ley por la Reforma Política, la aprobación de la Constitución o la permanencia en la OTAN). Pero, para esas mentes obtusas, no hay tutía: erre que erre con la monserga de que no nos dejan votar… y eso que estamos abocados a unas nuevas elecciones al parlamento regional, aunque sine die, pues Torra, el “presidente cuántico”, según Ramón de España, que anda digiriendo su último atracón de “botifarra amb mongetes”, las convocó hace unas semanas pero, tachán, se olvidó de ponerles fecha: de traca. Y, a mayor abundamiento, anda confinado el pobre a causa del maldito coronavirus inoculado en Cataluña por sicarios de la inteligencia española siguiendo el mismo exitoso procedimiento usado, otrora, por los yanquis para exterminar a los nativos en sus reservas: pasándoles mantas infectadas por la gripe… historia magistra vitae.  

Nosotros, pues, como Escocia, y vuelve la burra al trigo… a pesar de las enormes diferencias entre una legalidad, la británica, y otra, la española, que ya han sido explicadas hasta la saciedad, de modo que no las repetiré. Sucede, en cambio, que tras la consumación del tan cacareado Brexit, los nacionalistas escoceses han iniciado una nueva e intensa campaña por la celebración de un segundo referéndum, mira tú que cosa. Digamos, pues, que el acuerdo suscrito entre partes, y que tanto eco tuvo entre nuestros aborigenistas, tanta “insana” envidia suscitada, no ha alcanzado ni tan siquiera para una generación. Sólo que era previsible que el gobierno de Boris Johnson diera plantón y portazo a una nueva intentona. Y así ha sido. No todos los días es fiesta. De modo que, a la inversa, Cataluña ha pasado a ser el segundo nombre de Escocia y, más allá del muro de Adriano, los pictos y escotos más furibundos dicen que es Cataluña el espejo donde quieren mirarse para celebrar a calzón quitado, encampanados y retadores, imbuidos del indómito espíritu del belicoso Wallace, el referéndum de marras, quieran o no las autoridades insulares

Por aquello de buscar las siete diferencias, no sería mala cosa que los separatistas escoceses cumplieran su amenaza y escenificaran el desafío por ver cómo unos y otros juegan sus cartas y asistir desde la cómoda distancia, repanchigado en el sillón, a ese confuso turbión de colegios electorales, urnas clandestinas, censos elaborados ilegalmente y cargas policiales en esas brumosas latitudes. Se trataría de ver si Gran Bretaña, ese modelo, ese paradigma de libertad y democracia aplicada cuando autorizó el primer referéndum, al decir de nuestros bardos localistas, gestiona, también modélicamente, la reedición del anterior, pero ya, uuuyyy, sin ceremonioso acuerdo entre los dirigentes del SNP y Londres, es decir, por la vía “unilateral”.  

Ya sabemos que, bajo el gobierno neo-frentista de Sánchez e Iglesias, los agentes de la Guardia Civil, acuartelados en un crucero para “singles”, en caso de repetirse otra trastada como la de aquel 01-O, pasarían de hacer ver que buscan las urnas de plástico en naves industriales de la periferia de Barcelona a custodiarlas celosamente, como si fueran valiosas obras de arte, para dar satisfacción a los socios separatistas de ese duunvirato de redomados traidorzuelos. Cautela innecesaria, pues no parece probable que un gobierno como el actual, en deuda con los partidos promotores de nuestro golpismo incesante (moción de censura e investidura posterior), opusiera resistencia, siquiera jurídica, a otra verbena comicial a la que unos darían un valor meramente consultivo, pero no vinculante, y otros claro que vinculante y en absoluto consultivo, tirándose pellizquitos indoloros en sus vergonzantes “mesas de diálogo”.

En el fondo, no le deseo a los escoceses partidarios de la unión pasar otra vez por esa murga atorrante, rodeados de los vocingleros druidas del tribalismo danzando frenéticamente, agitando sonajeros y tocando la gaita, pero, en la seguridad de que su gobierno no les dejará en la estacada ante una amenaza de ruptura a la brava, sí querría ver actuar en un caso de esa envergadura a las autoridades e instituciones británicas y verificar de qué pasta están hechas, pues ya hemos testado la de las nuestras, fofa (los desparecidos, agur, Rajoy y Soraya Saénz de Santamaría), y amasada en la tahona nocherniega de la felonía (Sánchez e Iglesias).  

(*) Me ha llegado que este verano pasado anduvo Mel Gibson por tierras asturianas… ¿será verdad?… muy interesado al parecer en la figura de don Pelayo. Para mí tengo que ante la más mínima posibilidad de que el afamado cineasta, a quien la progresía nacional e internacional profesan un odio visceral, rodara una superproducción en Covadonga, la erisipela se difundiría como la pólvora entre ese batallón de patriotas aguerridos que componen la industria de nuestro cine… “nuestro” porque lo pagamos vía presupuestos, entiéndase, y más de unos que de otros. En la URSS, por orden de Stalin, Eisenstein dirigió una trilogía sobre el héroe fundacional de Rusia, el zar Iván el Terrible. Ni siquiera el franquismo, y si lo hizo, lo ignoro, sacó jugo a un personaje del calibre simbólico del espadario y caudillo visigodo, tan que ni pintado para la propaganda.

Tractorada en Tortosa

Para no creer: tractorada en Tortosa. Por una vez los tractores salen a la calle con motivo de una protesta específica del aperreado y sufrido agro nacional. Cientos de tractores, leo en la prensa digital, colapsan el tráfico de la villa tortosina convocados por ASAJA e Institut Agrícola Sant Isidre, pues, lógicamente, los chicos de Unió de Pagesos reservan su maquinaria para otros cometidos, siempre al dictado de ANC, de Òmnium (Òdium Cultural) o del autodenominado tsunami democràtic, persuadidos de que son, gracias a su tremenda potencia de fuego, la acorazada Panzerdivision del separatismo indígena. 

Que si la carestía creciente de los insumos (el combustible está por las nubes), el desfase de precios en la cadena alimentaria entre producción, distribución y PVP en los supermercados, la implantación en el campo de un ruinoso SMI por real decreto, el escaso margen de beneficio, el dumping de las grandes superficies, todo en conjunto un desastre. El campo está que tira de espaldas. Los cultivos no son rentables y encima los acuerdos comerciales de la UE con países terceros suponen una competencia devastadora para el sector agropecuario. Y luego va la llantina generalizada del campo despoblado, bien entendido que el campo está menos poblado que la ciudad, que por eso el campo es campo, y la ciudad, ciudad, parafraseando al ilustre pensador Vujadin Boskov. Apaga y vámonos.

Lo dicho, salen a la calle… pues para que un problema entre en agenda, ha de tener visibilidad. Si no la tiene, no hay problema, así de fácil: ley número uno del más elemental concepto de la propaganda política acuñada en su día por Münzenberg, maestro del agit-prop y servil agente estalinista. Lo saben agricultores y ganaderos, los taxistas, los trabajadores interinos de la administración que encadenan cientos de contratos en su vida laboral, los pensionistas, los lampistas y las prostitutas, los malabaristas y las peluqueras, razón por la que marchan todos de paseo a Madrid para que les saquen en el telediario cuando les sulfura un problema sectorial.

Todos no, los defensores de la libre elección de lengua oficial en la escuela pública, los defensores de la enseñanza en español, lengua oficial y común a todos los españoles, no lo sabemos. Por eso nunca vamos a la capital en la seguridad (errónea) de que el nuestro no es un problema de ámbito nacional, si no regional, es decir, de este pedrusco a ese arroyo, pero de ese arroyo hacia allá, no, que ya es otro condado. Ésa es la razón por la que creemos que el malo de la peli en Cataluña es Pujol, Maragall, el sonderkommando Montilla, Mas o Torra, en Mallorca, Jaume Matas o Cristina Armengol, en Valencia, Camps o Ximo Puig, en Galicia, Fraga (QEPD) o Núñez Feijóo, o en Navarra, Chivite. Y que Felipe González, Aznar, Zapatero, Rajoy o Pedro Sánchez nada tienen que ver en esta broma pesada, chufletera y ridícula académicamente que es la inmersión forzosa en lenguas co-oficiales, único lugar del mundo donde tal sucede, con la relevante excepción de las islas Feroe. No vaya a ser que los partidarios de la enseñanza en español en todo el territorio nacional (como se estudia en francés en toda Francia, aun hablándose otras lenguas en el vecino país), una vez en la corte y villa, saltemos a la primera página de la candente actualidad y no sepamos qué hacer… como sucede a veces a ese futbolista poco atinado que, para su sorpresa, se queda sólo ante el portero rival, temblequea, se atasca y falla estrepitosamente una ocasión clarísima de gol (como aficionado del RCD Español podría ilustrar esta analogía balompédica con unos cuantos nombres).

Nos conformamos con reunir pliegos de firmas para una ILP fallida (se anuncia otra) invirtiendo el orden natural de las cosas, pues para que la gente se decida a firmar y dar su nº de DNI es preciso crear, previamente, la necesidad de la firma, y si el personal no recibe antes “inputs” visuales con suficiente fuerza motivadora, por ejemplo una nutrida mani por las calles de la capital y con cierta repercusión mediática, no se genera estado de opinión favorable y no hay firma que valga. Vamos, que están los tiempos para que tu DNI “rule” por el ancho mundo. Es prácticamente imposible obtener una modificación legal desde la calle, si la calle no “habla” con una voz potente.  

Tras esta breve digresión, regreso a mis tractores. ¿Por qué sacude de ese vibrátil modo las fibras más íntimas de nuestros indigenistas de barretina calada hasta las cejas la figura del tractor? Porque el tractor levanta surcos en la tierra nutricia, en la madre tierra, en el sagrado terruño regado con la sangre de nuestros mártires, abonado por sepultas generaciones de antepasados. De esos surcos brota de nuevo la vida en un amplio movimiento de sístole y diástole regido por los ciclos rítmicos de la naturaleza. Es la erótica del tractor, símbolo de la lucha por la independencia, aunque sea un John Deere o un Kubota.  

Los tractores, nuestros panzer, por así decirlo, suman, transforman, crean vida, en tanto que los tanques, los carros de combate de nuestros declarados enemigos, siembran fuego, destrucción y muerte. Con todo, a causa de ese desconcertante fenómeno psicológico que consiste en la mórbida rectificación de la repulsión habitual entre polos opuestos, eros versus thánatos, y que se da en algunas personas, el carro de combate del ejército español genera sensaciones ambiguas y de cariz libidinoso y masoquista en no pocos ultranacionalistas catalanes, para quienes el oficial tanquista al mando de un Leopard (de patente alemana) se les aparece como una flageladora dominatrix de camuflaje y galones en lugar de capa de armiño, que blande látigo o tundidora vara de avellano.

Por esa razón, homenajeo aquí al carro de combate, lascivamente codiciado por las ensoñaciones sangrientas de los catalanistas más perturbados, y es que no es lo mismo morir heroicamente, ametrallado, aplastado, carbonizado, adosando al ingenio artillero una mina antitanque, como en las pelis, que palmar sin pena ni gloria en la cama por culpa de un coronavirus de mierda. Esbozo, pues, una definición para una futura e hipotética reedición de “Demens Catalonia: breviario clínico del nacionalismo en 125 electrochoques”.

Tanque: “Vehículo blindado que dispone de mecanismos de disparo de munición artillera que los nacionalistas más exaltados desean ver entrar en BCN por la Diagonal”.

“Para los nacionalistas, los tanques de la Acorazada Brunete devienen fetiches eróticos de gran poder afrodisíaco. Nuestros aborigenistas gimen, suspiran, levitan, se licúan, se deshacen en una torrentera de jugos… al soñar que una columna de blindados se desliza con su rechinante frezar de oruga metálica por el asfalto de la Diagonal… es el éxtasis… ni que decir tiene que muchos de nuestros nacionalistas abrigan el inconfesable deseo de ser abruptamente sodomizados por el apuesto oficial que emerge de la torreta con sus lentes polarizadas, bigotito recortado, pañuelo de seda al cuello, rodela de sudor al sobaco y acento ceceante de la zona de Cabra (Córdoba) o Don Benito (Badajoz)”.

“Los adeptos a esa extraña parafilia, el “tanquismo” , conjugan esas fantasías voluptuosas inspiradas por el fálico cañón del carro de combate, escupidor de fuego y lava, con una suerte de épica suicida y martirial soñando que harán frente al invasor con las manos desnudas, como hiciera Jan Pallach, el héroe de la revuelta de Praga que se quemó a lo bonzo ante las divisiones soviéticas, o emulando el valiente desplante de aquel héroe anónimo de la plaza de Tiananmen que detuvo la marcha de un blindado del Ejército Popular”.

“En resumidas cuentas, el tanque ingresa en el devocionario masoquista indígena en el que forma trinidad iconográfica con la cabra de la Legión y la pareja de la Guardia Civil caminera con tricornio, capota y tercerola Máuser al hombro”.

Balaguer: ciudad paleta

“Ven a la plaza del mercado y pruébate el hiyab”… ¡Chupi!… además, miel sobre hojuelas, invitan a una taza de chocolate caliente. El ayuntamiento de Balaguer, alcalde de ERC, promociona, a través de asociación musulmana interpuesta (previamente subvencionada), las bondades de ese tradicional atuendo del femíneo estilismo mahometano. Hiyab, niqab o burka (*), lo mismo da, son las piezas de caza mayor de la versión “sharia” de “Maestros de la costura”. La confección de una de esas prendas haría las delicias de ese genio de la moda y entrañable y simpatiquísimo “personaje-TV” que es Lorenzo Caprile (“¡Muchas manos en la olla y ar-de Troya!”). Por lo que sé (fue noticia, no es una coña), algunos imanes están considerando muy seriamente la posibilidad de abrir la paleta de colores en la confección de los “burkas”, limitados hoy a negro, gris y azul ártico, en aras de un tímido “aperturismo”… qué decir, un marrón canela, sufrido pero favorecedor, o un verde botella que te rejuvenece y estiliza sin perder un ápice de elegancia. No parece gran cosa, pero la intención es lo que cuenta.   

Las “miembras” de la asociación “Chabab Al Amal” explicarán en Balaguer “¿Por qué llevamos el velo las musulmanas?” y animarán a todas las mujeres a que lo vistan durante un día “como símbolo de respeto”. La cartelería del evento ha corrido como la pólvora por las redes sociales y ha dado lugar a alguna polémica. De ello se ha seguido que el ayuntamiento reculara y con la boca chica se ha desentendido del asunto, si bien éste es el segundo año que se celebra y ha sido profusamente anunciado en la TV local (para otro día dejamos el debate sobre la conveniencia de que una población como Balaguer, 16.841 habitantes, censo 2.018, dilapide el dinero de sus vecinos, vía tasas municipales, en un ente público de esa naturaleza).

Hubo un tiempo en que el consenso en Occidente era casi absoluto con relación al carácter coactivo y liberticida del atuendo para las mujeres promovido por los usos y costumbres islámicos, “van encerradas en una prisión andante”, se decía. Eran los tiempos del feminismo “amable”. Pero el péndulo ha oscilado en sentido contrario en muy poco tiempo, apenas unos años, de la mano de la progresía desatada y de la llamada facción feminazi, que habría en puridad que llamar “femi-podemita”, pues sus dirigentes son todas de extrema izquierda. Y se ha producido un cambio de paradigma. Facción, la femi-podemita, que es en la actualidad dominante en ese mundillo a través de cargos públicos de rango ministerial en el nuevo gobierno y de la lluvia fina, en realidad torrencial, de los medios de comunicación infeudados servilmente a la llamada “ideología de género”.

Se ha dicho muchas veces: la estilosa y finísima Rita Maestre (ahora en el partido de Errejón, Más País… aunque se ignora a qué país alude dicho partido) acude en sujetador a una capilla universitaria (Complutense) y protesta diciendo a los parroquianos lisuras del tipo “arderéis como en el 36” o “menos rosarios y más bolas chinas”, pero se abstiene de irrumpir un viernes en la mezquita para escenificar un acto reivindicativo de contenido similar. Y se entiende a la perfección, pues saben los podemitas (neocomunistas) que uno de los arietes que en el mundo hay para demoler el, a su entender, execrable modo de vida occidental, el libre mercado, es decir, el mundo libre, la democracia representativa, es el islam, a la sazón aliado temporal al que, una vez logrados los objetivos comunes, pretenderán combatir y vencer… ja, ja, ja… malvados e ilusos a partes iguales.

Se nos ha dicho en ocasiones que el islam es una religión pacífica y que pregona el amor, que su mala prensa es obra interesada de gente eurocéntrica y llena de prejuicios. Que hay mil formas de interpretarlo y que los más exaltados son una minoría. Sobre el particular, y por evitar polémicas estériles, nada más al caso que acudir a las fuentes, pues en el islam las fuentes son incontestables y la exégesis literal del Corán goza de un predicamento mayoritario entre sus distintas “sensibilidades”, más o menos rigoristas. Sura IV, versículo 38: “Los hombres son superiores a las mujeres a causa de las cualidades por medio de las cuales Alá ha elevado a éstos por encima de aquéllas… las mujeres virtuosas son obedientes y sumisas… reprenderéis a aquellas cuya desobediencia temáis, las relegaréis en lechos aparte, las azotaréis (…)”. Señoría, no haré preguntas. Sólo que para todo roto hay un descosido y Nora Baños, candidata de Podemos, de quién si no, a las últimas elecciones europeas, ataviada con su velo (eso sí, más mona que con una de esas máscaras “chochopower”), afirma sin ambages que no hay contradicción en ser islamista y feminista al tiempo y que Mahoma, chúpate ésa, ha regalado a la Humanidad “la Seguridad Social y el voto femenino”… y las pioneras sufragistas sin saberlo.

Para mí tengo que las femi-podemitas son en realidad partidarias de esas prendas, burka incluido, si bien no para ellas, necesariamente, pues lo deslizan sin tapujos en algunos comentarios que he captado, y quizá también ustedes. Esas prendas no son un horror, sino una bendición, pues de ese modo las mujeres se sustraen a la mirada golosa de los hombres, esos puercos que se les acercan “como perros babeantes”, que es lo que dice la madre ultrapuritana (Piper Laurie) a su hija “Carrie” (Sissy Spacek). “Tapa esas protuberancias”, le espeta al probarse Carrie el vestido que ha cosido a mano para acudir monísima al baile del Instituto. Se trata, pues, de ocultar a la vista la belleza y esas masas, volúmenes y contornos femeniles que estimulan los apetitos de esos rufianes prontos al estupro que son la generalidad de los hombres, siempre, los muy bellacos, con la plancha a punto. Las femi-podemitas, es decir, las que hoy mandan en nuestra sociedad, celebran todo aquello que suponga una inhibición de la atracción mutua en las especies biológicamente constituidas por dimorfismo sexual. Quieren para sí a todas las hembras del planeta: acaparadoras. De tal suerte que una de sus portavoces, no recuerdo cuál, pero suficientemente tontuela y esquinada como para tener relevancia en el partido, dijo que “en ocasiones había visto por la calle a perritos (esbirros del heteropatriarcado canino) montar a perritas que -era su impresión- no querían mantener ese contacto”. Así, a la pata la llana, siquiera habiendo mediado una primera cita para roer un hueso juntos, los amartelados canes, a la luz de la luna. Perritos calientes… y violadores.  

Lo de Balaguer no es una anécdota aislada. El femi-podemismo, conectado a todo lo que sea anti-occidental, también al islamismo, es la norma, la regla, el discurso oficial. Ahí tenemos a la Directora del Instituto de la Igualdad y a su ex pareja (Beatriz Gimeno y la adorable y sensualísima Boti -¿?- García Rodrigo) con rango ambas de Secretarias de Estado, diciendo “que las mujeres deberían penetrar a los hombres analmente”, o a una concejal canaria del PSOE, maestra de profesión (Aurelia Vera, Puerto del Rosario) y que ha sido respaldada por su partido largando a los peques en clase “que a los niños al nacer habría que cortarles los huevitos”. Pedagógico y conmovedor a partes iguales.

Sólo que lo de Balaguer, ciudad paleta, muy paleta, es una constante, pues dicha localidad atesora una ejecutoria envidiable en el ámbito de la vulneración de las libertades. Sea el caso de la persecución auspiciada desde el consistorio contra Ana Moreno, una auténtica madre coraje premiada por la Asociación por la Tolerancia, año 2017, por solicitar, conforme a la ley, el 25% del horario lectivo en español para su hijo en uno de los colegios públicos del municipio. Persecución, «escrache» diario, que secundaron obedientemente el equipo docente, el (h) AMPA del centro y asociaciones como “Som Escola”… y por ahí andaría alguna apesebrada de Chabab Al Amal luciendo su hiyab de gala. Un día, Ana llevó a su peque a la escuela y se encontró con cientos de niños ataviados con la misma camiseta reivindicativa en contra de la aplicación de ese, con todo, risible porcentaje, en una acción secretamente diseñada y concertada por los entes citados y con la evidente intención de señalar, estigmatizar y avergonzar al niño. O cuando el “bullying” es promovido por el mismísimo claustro de profesores.

Por los méritos contraídos es Balaguer una de las candidatas más firmes a obtener el codiciado galardón de la ciudad más liberticida, palurda y cateta (a babor) de toda la geografía nacional, en enconada competencia, entre otras, con la villa navarra de Alsasua donde, qué sorpresa, déjà vu, docenas de abertzales pro-etarras han apaleado de nuevo a un agente de la Guardia Civil a las puertas del bar Koxka, más famoso ya que el irundarra bar Faisán, por identificar a unos tipos que cruzaban contenedores de basura en la calle. Total, aquí, en la avenida Meridiana (también en Gerona), se cruzan, se queman a diario y no pasa nada de nada.

(*) Se difunde entre las femi-podemitas que el tradicional burka podría ser un protector ideal para escapar de las asechanzas del malvado coronavirus covid-19, combinado, no obstante, con guantes de látex de color morado, como los que lucieron tan estilosamente las ministras neo-frentepopulistas en la mani del 8-M, cuando ya sabían que la enfermedad se había descontrolado.

Vich contra Balmes

De siempre se nos ha dicho que Vich (Vic) es la capital de la llamada “Cataluña catalana” o “Cataluña profunda”, poblada por nuestros auténticos aborígenes que no han ensuciado su ADN primigenio con aportaciones foráneas, corruptoras y defectuosas. Visité la capital de la comarca de Osona por estar alojado unos días en la cercana localidad de Viladrau para hacer senderismo por los caminos arbolados, cara norte, del macizo del Montseny. Recuerdo un par de cosas: la persistencia de la niebla en aquellos parajes y los diferentes vestigios en Vich de la vida y obra de su hijo más ilustre, el filósofo Jaime Balmes.

Casualmente leí meses atrás su obra más referenciada: “El criterio”. Contrariamente a lo que uno podría suponer no se trata de un tostón abrumador, de unas reflexiones plúmbeas, atorrantes, constreñidas por una estrecha moralina, nada de eso. Es un ensayo de amena lectura y un logrado ejemplo de lo que se conoce por filosofía del “sentido común” inspirada por el padre Claude Buffier y con cierto predicamento en los siglos XVIII y XIX. Cierto que Balmes recurre en ocasiones al alifafe, al floripondio verbal, fruto de la gerundiana retórica de la época, pero en suma, cuanto dice es cabal, práctico y no pocas de sus argumentaciones traslucen su sólido conocimiento de las Matemáticas y su afición a la ciencia experimental. Gusta además de acudir a los ejemplos para dar mejor cobertura a sus razonamientos, por lo que el ánimo docente está presente en cada breve capítulo del tratado… no en vano Balmes ejerció también el magisterio.

Fue hombre preocupado por su país, España, y en sus páginas combina la ditirámbica alabanza al pasado glorioso de la nación con su desánimo por la postración de aquella hora y su afán por la adopción de políticas regeneradoras encaminadas a la mejora de la instrucción pública y al desarrollo económico tomando el testigo de un Jovellanos y anticipando a un Joaquín Costa, o eso diría con la boca pequeña por no disgustar a gentes más eruditas. En muchas de sus páginas el filósofo lanza envenenados dardos contra los excesos sentimentaloides, desbordados e irracionales de esa moda de su tiempo, el romanticismo, que tan destacado papel jugará en la irrupción de los nacionalismos esencialistas que, burla burlando, en nuestra versión autóctona, gozarán con el tiempo de enorme predicamento en Vich y alrededores.

Cuando se dice que los catalanes estamos sujetos a dos fuerzas antitéticas, que tiran de nosotros en direcciones opuestas, el “seny” y la “rauxa”, en una suerte de bipolaridad colectiva, pensaré en Balmes como uno de los valedores por antonomasia del “seny”. Pero, curiosamente, la población de Vich, que rinde a cada paso homenaje al eximio pensador, a día de hoy más parece sumida en la vorágine del polo “rauxa” de ese peculiar binomio. No hay más que acudir a las recientes declaraciones de su alcaldesa en sede parlamentaria, pues la interfecta une a dicha dignidad la condición de diputada regional.

Anna Erra, de JxCat, PDECat, o sea, CiU, para no liarnos, es, además de profesora, átame esa mosca por el rabo… ¡¡¡Presidenta de la Fundación Universitaria Balmes!!! Y uno sospecha, tras las gansadas que expele por vía oral, que el conocimiento de la obra balmesiana no ha sido de ningún provecho en su caso. Anna Erra sostiene, imbuida de un etnicismo apolillado, paletoide y cejijunto, y que jamás habría suscrito Balmes, que los catalanes poco menos que nos reconocemos los unos a los otros por nuestro aspecto físico y por eso, a las personas que no entran en nuestros parámetros indígenas antropométricos, es perentorio hablar con ellas en catalán para fomentar en su magín el afán por la integración en el monocorde ambiente localista. Anna Erra, yerra. No pierdo la esperanza de que un día tan observadora dama me explique cómo diantre se las ingenia para distinguir a un señor nacido en Vich de otro nacido en Albarracín (Teruel) o en Bóveda de Toro (Zamora), salvo que el primero adorne su cabeza con la tradicional barretina, que, al gusto de la tal, se alarga en su cuerpo medio, afina en su extremo y cobra el aspecto de un puntiagudo y fantasmagórico capirote del Klan.

Esta infusa y sorprendente capacidad para el discernimiento fisionómico nos recuerda aquel mito extendido en la Edad Media del “foetidus iudaicus”, es decir, del olor peculiar que permitía supuestamente a los judíos reconocerse entre sí, al margen de signos visibles, mezclados entre los “gentiles”. ¿Acaso, insinúa la señora Erra (-da), que los catalanes despedimos un olor característico que captan de manera ingénita nuestras narices? ¿No se tratará del olor emanado por Quim Torra, por ejemplo, cuando presume de atiborrarse de “butifarra con judías” en Bescanó, provincia de Gerona? ¿Da carta de naturaleza, la edil vigitana, al hasta hoy incógnito “foetidus catalaniensis”? ¿A qué se refiere exactamente? Erra, sencilla y tontuelamente, replica el discurso de la Consejera de Cultura (sic) del actual gobierno autonómico, Mariàngela Vilallonga, la reina de la laca, con permiso de Yurena Seisdedos, friki-TV (“No cambie”), que en repetidas ocasiones se ha referido a la “raza catalana” tendiendo un puente, una suerte de bucle temporal de movimiento cero, con los artífices del nacionalismo fundacionalmente identitario y racista de los Valentí Almirall, Pompeyo Gener, Martí i Juliá, etc. 

La excusa economicista argüida por el separatismo estos últimos años (la cantinela de las balanzas fiscales, el “España nos roba”) para penetrar en ese segmento de la sociedad catalana  en principio refractaria al nacionalismo, dando forma al “charneguismo amontillado y rufianesco” (constituido por entidades del tipo Altres Andalusos y especímenes de similar condición, duchos en el arte subalterno de la remonta), pierde peso en la fase presente. Era, pues, el camelo del agravio fiscal, un banderín de enganche para gentes oportunistas. Y vemos que retorna vigorizada y altiva, aunque siempre estuvo ahí agazapada, latente, la decimonónica craneometría del doctor Robert y adláteres. Y todo ello sin que esa ONG, es decir, esa OSG (Organización Sí Gubernamental a fuerza de subvenciones) que es SOS Racisme diga ni ase, ni bèstia, es decir, nada de nada.  

En Vich, la plaza mayor porticada amanece a menudo cubierta por la niebla, como en la escenografía de una película de terror. Cuando la niebla se desvanece a medida que avanza el día, puede uno ver, al fin, los arcos de la plaza y también el enorme banderón estrellado que cuelga de la fachada del ayuntamiento, mientras en su gabinete de trabajo Erra redacta minuciosamente sus elaboradas y sesudas intervenciones parlamentarias. Tras disiparse la niebla, la plaza aparece transmutada en un cementerio inmenso, como el de Arlington (lo hemos visto en todos los informativos TV) con cientos de cruces amarillas plantadas en el suelo, una por cada supuesto herido durante las cargas policiales del 01-O, incluida la “manirrota” señorita Torrecillas, concejal de ERC en Gallifa (véase “Tetas”).

Sospecho que las señoras Erra y Vilallonga se hicieron eco del desbarre genetista de Oriol Junqueras para quien los catalanes disfrutamos de un ADN flamígero y exuberante y más parecido al de los franceses que al de esos españolazos subhumanos, que en su deformidad feofícea recuerdan a los engendros viscosos y bamboleantes, como ameboides, emboscados en la noche, que colonizan los relatos fantásticos del eximio racista Howard Phillips Lovecraft. Por esa razón y para establecer razonables parecidos “raciales” con doña Anna Erra, añado aquí el mismo link de la entrada “ADN (la peau douce)” con la bellísima Alizée, oh criatura, como protagonista, y que nunca me cansaré de mirar.

Ésa es la actitud

Para ser alguien en España, para acceder a un cargo de representatividad a escala nacional o internacional, lo mismo da el ámbito, institucional, cultural, deportivo, es requisito indispensable limpiarse el culo con la bandera de España. De no hacerlo, no hay ascenso, no hay recompensa que valga. Si te cagas en la puta España, te irá de fábula, si no, miau, caerá sobre ti el denso manto del olvido, del ostracismo y de la más absoluta irrelevancia.

A Fernando Trueba le concedieron hace unos años el Premio Nacional de Cinematografía, o un premio parecido, qué más da, y al recoger la estatuilla agradecido, confesó a su gremial auditorio, ovación clamorosa, que “no se sentía español”. Lógicamente, en caso contrario, de haber hecho declaraciones protestando gravemente de sincera españolía, jamás le habrían concedido el codiciado galardón. Vamos, ni siquiera habría recibido la más mínima subvención para rodar película alguna (*).

Xavi Hernández, campeón de Europa y del mundo, hoy rapsoda de las bondades sin cuento de las satrapías arábigas, donde las sentencias de muerte se ejecutan por decapitación a cimitarra, y que consiguió una formidable proyección gracias a vestir la elástica de la selección española de fútbol, admitió que durante la celebración de un campeonato gritó “Viva España” porque estaba borracho como una cuba.

Pepe Rubianes, finado y re-finado humorista, alcanzó las más señeras cotas de la comicidad chic largando en un plató de TV3, jaleado por presentador, Albert Om, y público, que Rajoy, a quien, por cierto, “deberían meterle una bomba debajo del culo para que le colgaran los cojones del campanario de una iglesia”, “se metiera por el culo la España de los cojones”, haciendo de “España”, “culo” y “cojones” la argamasa básica de su arquitectura intelectual. Discurso que, a su muerte, le valió la dedicatoria de una calle en Barcelona, sustituyendo en el nomenclátor al almirante Cervera, y una corriente de simpatía que tuvo su momento más emotivo y vibrante cuando Carme Chacón, que fuera en vida “aguerrida” ministra (¿o es “ministriz”?) de Defensa en uno de los gobiernos del inicuo Zapatero, vistió durante el sepelio del humorista una camiseta conmemorativa con la leyenda “Tots sóm Rubianes”.

Es recomendable, casi forzoso, que si un cantante novel quiere representar a España en el birrioso certamen de Eurovisión, se promocione en las redes sociales con una bandera estrellada a la espalda durante una de las muchas manifestaciones convocadas durante el “proceso” (como ya hizo uno cuyo nombre no recuerdo). De lo contrario sus opciones cotizarán a la baja. Y si el letrista de la melodía es Jair Domínguez, uno de los contertulios más fanatizados de TV3 y autor del sonrojante hit “El Chikichiki”, que defendió un estrafalario personaje que ni siquiera era cantante profesional, si no un actor de la factoría “Buenafuente”, hoy propiedad del intrigante Jaume Roures, miel sobre hojuelas. Y si, a mayor abundamiento, el candidato (sea el caso del dúo formado por un tal Alfred y una tal Amaya, promocionados en una cochambre llamada “Operación Triunfo”) posa ante la prensa gráfica blandiendo la novela del díscolo cantautor Albert Pla titulada “España de mierda”, tanto mejor.

Ni que decir tiene que si aspiras a presentar un programa de humor en una cadena TV de difusión nacional será menester que introduzcas un gag consistente en sonarte las narices con ese trapo infecto que es la requeteputa bandera de la putrefacta España, como en su día hicieron Dani Mateo y la escultural Ana Morgade, demostrando ésta, contrariamente a lo que se dice, que belleza e inteligencia no son incompatibles.

Si tu pretensión es llegar a vicepresidente del gobierno de la nación, ahí tenemos a Pablo Iglesias, además de asesorar a cobro revertido a los narcogobiernos bolivarianos y comprarte un casoplón acompañado del tesorero del partido y donde vivir asistido por escoltas y personal doméstico “calienta-coches”, no dejes de afirmar “que por estrategia política no puedo pronunciar la palabra España” y que “el himno de España es una cutre pachanga fachosa”. A mayor abundamiento, si quieres figurar en la mesa del Congreso, como un tal Pisarelo (¿O es Picharelo?), creo que Gerardo de nombre de pila, en tiempos segundo de la alcaldesa Colau, habrás de ejercitarte en la balconada consistorial sonriendo ante las banderas estrelladas que exhiben los concejales separatistas y forcejear en cambio con Alberto Fdez. Díaz para que no ondee ante la ciudadanía la asquerosa bandera de España.

Asimismo es recomendable, para obtener acta convalidada de diputado o de senador, que prometas solemnemente que te limpiarás el bullarengue con un ejemplar de la Constitución y que tu mandato consiste principalmente en destruir desde las Cortes la soberanía de esa pestilente anomalía histórica que es la jodida España del carajo. No tendrás ningún problema. Lo mismo Ana Pastor que Pío García Escudero, o Meritxell Batet, darán el “nihil obstat” y recogerás entre abrazos y parabienes el acta oficial.  

Pero si lo antedicho te parecen bagatelas, nimiedades, y quieres dar un paso más allá, podrás matar de un botellazo en la cabeza, por la espalda, a un execrable sujeto por lucir unos tirantes con los colores de la repugnante bandera de España. Es el caso, sin ir más lejos, de Rodrigo Lanza, nieto de un ministro de Pinochet, que ya dejó en estado vegetativo a un agente de la Guardia Urbana de Barcelona de una pedrada en la cabeza durante un desalojo “okupa”, homenajeado por semejante proeza en el documental “Ciutat morta” premiado, cómo no, en el Festival de Cine de Málaga. En ambos casos, el interfecto fue condenado a 4 años de prisión, exactamente los mismos años que llevó el escrache de los alborotadores de la librería Blanquerna por darle un empujoncito, que está muy pero que muy feo, a Sánchez Llibre, entonces de CiU, o de como quiera que se llame ese partido de siglas cambiante pero de comisiones constante: 3%.  

Hasta aquí unos cuantos ejemplos, pero hay muchos más, esquivos al cálculo como la arena de la playa (Santi Millán, José Corbacho, Risto Mejide, Dani Rovira, Manu Guix, Jordi Évole, el seleccionador “plurinacional” Vicente del Bosque, flamante marqués del Palanganado, y un largo etc). Si pretendes medrar en España hoy, ésa es la actitud, y todo lo demás, moñerías. Y si quieres que tu voto influya en la gobernabilidad de España, es decir, en su destrucción como sujeto histórico, acertarás si te inclinas por quienes han dado un golpe de Estado, cortan carreteras y queman contenedores, por los asesores de Hugo Chávez y Evo Morales, o por los simpatizantes de Josu Ternera, de De Juana Chaos o Bolinaga. Si lo haces por los partidos de Gregorio Ordóñez o Miguel Ángel Blanco, del hace ya largo tiempo desparecido socialismo constitucional de los “Pagaza”, o del actual partido de Ortega Lara, no te comerás un colín.

La vida es así. Los españoles tenemos la desgracia de nacer en la puta España cuando todos podríamos haberlo hecho en Haití, Uganda o Bangladés. ¿Qué jodida ruta de navegación aérea siguieron esas malditas cigüeñas, beodas como aquélla tan entrañable de una serie de animación de cuando éramos niños, creo que de la casa WarnerFantasías animadas de ayer y hoy?   

(*) Asistimos patidifusos en España al llamado “patriotismo cinematográfico” que afecta de manera contumaz al segmento más progre de la población. No pocas veces oímos decir a quienes más reniegan de los símbolos nacionales, con la bandera y el himno a la cabeza, e incluso de la propia nacionalidad (“no me siento español” o “la idea de España me importa un bledo”) recomendar a quienes sí somos españoles, y a gala lo tenemos, ver cine español, dirigido en su mayoría, casualmente, por cineastas como Fernando Trueba que, burla burlando, no se sienten españoles. ¿No te amuela?… y pagar por segunda vez, en taquilla, lo que ya hemos pagado vía impuestos o retenciones fiscales. Es una suerte de proteccionismo patriótico con relación al séptimo arte que luego, mira tú, no vale para casi nada más en esta vida, pues cuanto huele a España les hace torcer el gesto en un rictus de asco. A los españoles que no renegamos de nuestra condición nos sale más a cuenta el cine americano, italiano o francés, pues sólo lo pagamos una vez, al sacar la entrada y, además, nos ahorramos el sermoneo infumables e hiperprogre de la gala anual de los premios Goya. ¿Que no cabe en España un tonto más? Falso: pues el nuestro es un país con baja densidad de población. Hay espacio de sobra.   

El Virolai

Rosa d’abril, morena de la serra/ il·lumineu la catalana terra… así comienza el poema de Verdaguer que, quienes tenemos una cierta edad, tantas veces hemos cantado en la capilla de la escuela… oh, los lirios blancos, aromas y recuerdos de la infancia… claro es, de cuando las escuelas tenían capilla.

Sergi López, uno de los más afamados actores nativos, profesional de larga trayectoria tanto en el cine español como en el francés, siempre ha manifestado sus simpatías por la independencia de Cataluña y por ese cúmulo de partidos y organizaciones que concurre electoralmente bajo las siglas CUP, primero en los comicios municipales y ahora ya en todos, incluso al Congreso de la nación que detestan.

Días atrás declaró que él quería la independencia para “quemar banderas catalanas y cagarse en la Virgen de Montserrat”. Confieso, de entrada, que no sé muy bien qué pasa por la cabeza de un separatista furibundo, pues no soy psiquiatra, pero es cierto que cada uno de nosotros es un mundo y aquellos que se inclinan por la secesión de Cataluña tendrán diferentes motivos para ansiar tan codiciado objetivo. Para unos será aquella vieja divisa, “un poble, un estat, un líder”, para otros el gustazo de vivir en un solar patrio, al fin, con una sola lengua oficial, y para otros más que Cataluña compita, por sí propia, en las Olimpiadas, en el festival de Eurovisión y en el certamen de Miss Mundo.

No entiendo, no obstante, por qué Sergi López ha de esperar a la proclamación de la independencia de marras para quemar banderas y ciscarse en María santísima, particularmente en su advocación montserratina. Nada ni nadie se lo impide ahora. La quema de banderas, la española, y algo menos la francesa, es un gag recurrente en las concentraciones indepes. Se podría decir incluso que no hay concentración que valga en ese mundillo sin la quema, “la cremà” fallera que le da marchamo como de acto oficial. Bien haría don Sergi, entre rodaje y rodaje, en acercarse a una de tantas manis convocadas por los CDR para cortar la avenida Meridiana, con el beneplácito de la alcaldesa Colau, y pegarle fuego a una cuatribarrada, estrellada o no, para salivar pensando en un futuro lisonjero y promisorio de banderas braseadas.

Ahora es el momento para hacerlo y cobrar menos daño, pues los jueces tienden a disculpar actos vandálicos de esa laya bajo el manto protector de la libertad de expresión. Es muy probable que, proclamada y consumada la independencia, el gobierno fundacional habrá de redactar una ley de símbolos nacionales y no sería extraño que, sobre todo al principio, cuando es perentorio predicar con el ejemplo, quemar la “senyera” se considere una ofensa, el llamado “ultraje” a la bandera a corregir con pena de reclusión. Los nuevos órdenes han de “hacerse valer” desde el principio so pena de no ganarse el respeto (y temor) de la población. Me contó mi abogado y, sin embargo, buen amigo Antonio Ramos, que los Md’E (Mossos, que a no mucho tardar pasarán a denominarse “Mossos i Mosses d’Esquadra”, por aquello del lenguaje inclusivo), al convertirse en policía integral y sustituir a la Policía Nacional, ganaron fama entre delincuentes habituales de largar hostias a manos llenas, sin ton ni son… ¿Por qué?… pues porque eran nuevos en la plaza y querían labrarse entre cacos y maleantes una rápida y sólida “reputación”.   

“Cagarse en Dios” o “en la Virgen”, incluso la de Montserrat, no es tampoco una heroicidad que digamos en estos tiempos, pues de siempre el paisanaje no le hizo ascos a la blasfemia y al exabrupto ordinario. Dicen que en la católica Navarra, un “mecagüen dios” es casi como decir “hola”, “buenos días” o hablar del tiempo y de Greta Thunberg en el ascensor con uno de los vecinos de la finca. Quizá Sergi López se refiere a ejecutar la deposición presencialmente, no bajo palio, como entraba Franco en la abadía, pero justo en el altar consagrado del templo benedictino, frente a la talla mariana, con gran solemnidad y ante la mirada arrobada del abad, Josep Maria Soler, separatista cien por cien , de los frailes encubridores de pederastas y del coro de la escolanía al completo. Extremo que no ha sido confirmado.

En cualquier caso, los motivos aducidos por Sergi López andan de fuste un pelín regular, pero son los suyos. A quienes nos oponemos a la separación de Cataluña por otras razones más aseadas, bien entendido que el daño está hecho… la fractura social (incluida la amical y familiar), la marcha de empresas, la huida de inversiones, etc… nos sorprende que tan banales anhelos (quemar banderas y cagarse en la virgen) sean el norte magnético de alguien que, para llegar a puerto, a la soñada Ítaca, dé por buena la tensión que a pie de calle genera el “proceso”. Tensión y heridas que tardarán años en restañarse, si es que no van a más, ahora que todo este quilombo monumental goza del aval del traidorzuelo gobierno de la nación.

Me cuesta creer que Sergi López quiera la independencia para esa chorrada que dice. Es más, me huele a que ni él mismo se la cree. Que es una frase de guión, de una de sus películas, pero de las malas. Una peli en la que el director le ha dado un papel como de matasiete y boquimuelle, de tipo duro, pero duro de mollera… poseído acaso por el espíritu del sargento de la Guardia Civil sádico y malvado que, regostado de placer, interpreta Sergi López en “El laberinto del fauno”. Por mí puede ciscarse en la virgen y en el santoral al completo, incluso en sus muertos familiares, o confitarse y comerse sus propias deyecciones, o las de un caniche, como el legendario travesti Divine en “Pink Flamingos”, una de las pelis de la etapa underground de John Waters… allá él, pero ni el más perfumado de sus mocordos vale para justificar la millonésima parte de este sindiós atorrante y cansino, pergeñado y perpetrado por sus conmilitones, que dura ya mucho tiempo y que le amarga la vida a la gente del común que no va por ahí quemando banderas ni desembarazando las tripas sobre las cosas santas.

Si cupiera hacerle algún reproche a la Virgen de Montserrat sería, en todo caso, que “no ha il·luminat prou la catalana terra” a juzgar por las pampiroladas que farfullan muchos de sus hijos. Pero ya sabemos que Dios, la Virgen y su cohorte celestial escriben la Historia con renglones torcidos.       

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