El «asturianu» es gay

En España, es sabido, las lenguas cooficiales sirven para desentenderse unos de otros y fragmentar el sentimiento nacional de pertenencia. Para separar a personas, territorios y poner trabas a la libre movilidad de trabajadores. Eso, de primeras. Cierto que también sirven para crear multitud de chiringuitos cebados con dinero público, que si academias, observatorios, profesorado, medios locales de incomunicación, grupos musicales, certámenes literarios y un sinfín de variopintas amenidades que procuran el sustento de amiguetes enchufados que, a su vez, tórnanse paladines invencibles de la “lengüícula” de turno. Y es que no son pocos quienes codician esa lengua que dan en llamar “propia” para disponer de una excusa que les permita reclamar para sí derechos políticos diferenciados en esta España nuestra en almoneda. Como siguiendo la estela de los nacionalismos periféricos. Se genera así una suerte de industria, por modo de vida, idiomática. Una bicoca para unos cuantos, una ruina para muchos y una monserga insufrible para todos. 

Aborrece uno, viendo la deriva que ha tomado la promoción institucional (especialmente en el ámbito educativo) de las lenguas o hablas locales, el latiguillo insoportable con el que nos laceran la cocorota desde hace décadas: “las lenguas están para entenderse y suponen una riqueza cultural de un valor incalculable”. Pues bien, a fuer de hacerme cansino lo diré una vez más: la verdadera riqueza consiste en tener una en la que entenderse todos. Modelo francés a lo “V República”. Papúa-Nueva Guinea, ya se ha dicho, se alza con el cetro de la poliglotía mundial: más de 700 lenguas censadas en la isla. Gran parte de sus nacionales no se entienden un carajo entre sí. Afirmo campanudamente desde la misantropía eurocéntrica, no teniendo nada contra su cultura (o culturas), sus vivencias y circunstancias, su idiosincrasia tribal e insular, si las hay o se pueden formular en términos inteligibles, que me limpio el culo con todo ello. Disponer de tantas lenguas para desentenderse me parece verdaderamente manicomial y le recomiendo a nuestros casi antípodas que, no dando aquí pábulo a ningún proyecto encaminado a mermar esa floración plurilingüe tan exuberante, se abstengan de emplear intérpretes y pinganillos en las sesiones de su parlamento nacional por evitar el colapso y la locura. Y que no menos esfuerzo pongan en dar con una lengua franca eficiente que facilite de veras el entendimiento, que en mantener esa variedad tan abigarrada y, atiza, “enriquecedora”. 

“Las lenguas no tienen la culpa”, nos dicen. Se concede. Tampoco las pistolas o las metralletas, y es que la responsabilidad es de quienes las hablan y regulan su uso en un caso y de quienes las manejan en otro. En las lenguas no reside el principio de su difusión (pues las razones que explican su mayor o menor expansión rara vez obedecen a vectores lingüísticos, sintaxis, fonética, inherentes a esa misma lengua, aunque también, sea el caso del sistema vocálico del castellano (hoy “español”), si no a otros de tipo histórico), pero con ellas sucede lo que con no pocos artefactos culturales que de la mano de normativas abusivas pueden convertirse en instrumentos coactivos y de cribado o exclusión social. La intencionalidad no reside en las lenguas, pero sí en quienes las hablan y comoquiera que no se hablan solas… pues a la vuelta de unos años nos damos con una sociolingüista que sostiene en un artículo en la edición digital de La Razón que la lengua catalana no es antipática en sí, pero que todo el follaje legislativo que en su defensa y promoción se genera, hace que se perciba como tal por muchas personas.

Hete aquí que algo hay en las lenguas que las hace más o menos aptas para acometer determinados desempeños o misiones. Esto es lo que sostienen los dirigentes del PSOE asturiano. Una de sus más probadas federaciones en el ataque a la legalidad vigente, verbi gratia: su activa participación en el golpe insurreccional junto a UGT, y ERC en Cataluña, contra el gobierno de la II República, año 1934. La “Revolución de Asturias” en comandita de los “Fets d’ Octubre” (*) de Barcelona. Este fue, pizca más o menos, el titular en la prensa digital: el gobierno regional de Asturias (PSOE) solicita a las organizaciones LGTBI+ del principado permiso para propagar las bondades sin cuenta ni cuento de todo ese mundillo, arrea, en “asturiano” o bable. La fundamentación de la solicitud residiría en la “sensibilidad” e “inclusividad” que aportaría la hablilla en cuestión a esa materia específica en mayor grado que la lengua española. Fantástico.

Quiere decirse que la lengua española es insensible y excluyente, cuando menos en relación al bable (“orbayu”, “farrucu”, “Puxa Asturies”) a la hora de enfocar toda la variopinta problemática del citado movimiento. Siendo así, quieren decirnos, que una lengua “dominante” (percibida como tal dada su presencia en el mundo por número de hablantes y países que la tienen por oficial, no así en la propia España donde está vetada como lengua vehicular en la instrucción pública en un tercio de su territorio) no acredita la empatía suficiente para defender las reivindicaciones de un colectivo heterogéneo (si, a mayor abundamiento, incluimos a los “therian”, esto es, “homo-mapaches”, “homo-asnos”, “homo-pandas”, etc) que se autodefine por su vulnerabilidad y victimización… por su injusta exclusión social y carente, dicen, de algo llamado “visibilidad”, siendo, no obstante, muy “visible” en los photo-call de multitud de eventos y en los platós de televisión. No menos que una despampanante vedette del Folies Bergère que, como un pavo real, despliega en escena todo su irisado plumaje.

Y uno deduce que los ideólogos de la federación asturiana del PSOE consideran que una lengua universal como la española en Oviedo, sin embargo, en Gijón y en los valles mineros, transmite hostilidad al colectivo irredento, maldito, perseguido, mutando en lengua opresora, heteropatriarcal y contraria a sus intereses. Ante esa adjudicación por algunos, en función de su muy particular cosmovisión, de valencias implícitas a las lenguas, confieso que, más allá de limpiarme el culo con todo ello (como sucedía párrafos atrás con el plurilingüismo papúo), por una vez no me causa enojo la presente “dramatización” de lenguas o hablillas. “Dramatización” por lo que tiene de asignación de papeles a cada una de ellas en una suerte de “poliglomaquia”, o “lucha entre lenguas”, en este esperpento esquizoide de la cooficialidad lingüística, que es uno de los factores primordiales en la descompresión nacional de España gracias, paradójicamente, a esa supuesta riqueza cultural, entendida además de la peor forma.

De tal suerte que las lenguas no son “culpables”, pues son ajenas a toda caracterización moral. Acaso tampoco inocentes. Como mucho, misántropos y pesimistas natos, nos remiten a la estupidez sustantiva del hombre. Pero nada más allá. En adelante, el bable, ahí reside la novedad, señalará la estupidez adjetiva del hombre, una estupidez “trans” y “socialista”. Allá películas. De modo que los “guajes” que se perciben “guajas”, o al revés, que lo mismo da, que da lo mismo, podrán expresar toda esa farfolla cromosómica, “potórrea” y “pichúrrea” en “asturianu” y, por qué no, en otros lares, y a su imagen y semejanza, en catalán, vascuence, gallego o eólico dulce. A mí plim, mientras de una vez y para siempre nuestro alumnado pueda aprender en el aula, en español y en toda España, el aparato digestivo de las ranas, la tabla de multiplicar, los afluentes del Tajo o las tres guerras carlistas. ¿Lo veremos algún día?

(*) “Hechos de Octubre (06/10/1934)” o proclamación golpista por Companys del Estado catalán. Para ese episodio nada como la crónica periodística de Enrique De Angulo reeditada por Ediciones Encuentro: “Diez horas de Estat Catalá (Català).

“Oye, guaje, a mí no me subas a una de esas carrozas del “Orgullo” que te doy un palo que te avío, que bastante tiene uno con darle para el pelo a los mahometanos”

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