Tiempo atrás parabas un taxi y te encontrabas con un señor al volante, a menudo un agente de policía pluriempleado, y algo te decía que debías de ponerte serio, envarado y adoptar un tono de cierta gravedad. “Caballero” por aquí, “caballero” por allá. No pocas veces sorprendías un afiche incrustado en la palanca del cambio de marchas con los colores nacionales e incluso con el águila de san Juan. Y un san Cristóbal en el salpicadero, antes de que se comercializaran esos muñequitos articulados de Elvis o de El Fary. Pero ya ha llovido desde entonces a pesar de la pertinaz sequía.
Hace apenas unos días leí en un diario digital que la mayor asociación de taxistas de Barcelona, Élite Taxi, avala la exigencia de un nivel de desempeño notable en lengua catalana (B2) para obtener la preceptiva licencia y ejercer la profesión. Arrea. El líder de esa suerte de sindicato se llama Tito Álvarez, conocido por su vinculación a los hinchas del Barça más radicales, los Boixos Nois, grupo de “animación” que cuenta en su haber con algún que otro apuñalamiento mortal. El bagaje del interfecto no tiene desperdicio, pues ha presumido en las redes de sus íntimas reuniones (sin mediador internacional) con el fugado Puigdemont en la guarida de Waterloo. Ha unido su sindicato a la plataforma de autónomos afín a Podemos, año 2021. Y en el transcurso de un mitin, dedicó esta oda juglaresca a Isabel Díaz Ayuso, que ni Pierre de Ronsard: “Puta terrorista hija de puta”, algo reiterativa, pero contundente. El individuo es, salta a la vista, un auténtico dechado de virtudes. Cabe decir que insultar a la mandamás madrileña es un formalismo obligado en esos ámbitos y banderías, cuando se cultiva la cercanía de organizaciones y elementos como Podemos y Puigdemont, y equivale a hablar del tiempo “cambioclimatista” cuando coincidimos en el ascensor con un vecino de la finca.
El personajillo tiene lo que se dice mando en plaza en un servicio antaño público y que ahora ya no sabe uno catalogar con precisión una vez abierto el sector a la competencia. Sabido es que los unos pretenden blindarlo de lo que consideran una competencia ilícita y los otros se amparan en la libre iniciativa empresarial con arreglo a las leyes de mercado para decir que la suya es competencia, sí, pero no ilícita, si no legal, toda vez que los modelos monopolistas son vestigio del pasado. Estando así las cosas, y siendo difícil dirimir cuál es la solución más justa, cobra mucha importancia el perfil de quién o quiénes defienden las reivindicaciones de un colectivo. Quiere decirse que el colectivo alguna responsabilidad ha de tener en la catadura del equipo que gestiona y gobierna sus intereses. Quiénes y cómo. Y para mí los taxistas han perdido muchos puntos: casi todos y en una sola carrera.
No basta con que los nuevos operarios del taxi, reclutados a menudo entre trabajadores extranjeros (cuando menos en Barcelona), sepan mejor el recorrido que el cliente y le ofrezcan una carrera breve, rápida y con la más ventajosa traslación al taxímetro, para el usuario, se entiende, en lugar de pasearlos por media ciudad dando más vueltas que un perro perdido en un pueblo. De esas carreras interminables el anecdotario está lleno. De modo que los taxistas, por intermedio de Tito Álvarez y Élite Taxi, por aquello de confundirse con el paisaje, aplauden con las orejas la imposición del requisito B2 al volante.
Hace tiempo que no paro un taxi y, al margen de que la bajada de bandera esté por las nubes, como todo últimamente, me temo que más tiempo tardaré en hacerlo gracias a los preceptos lingüísticos de nuevo cuño promovidos por ese paladín de la automoción.
Pero hete aquí que si no teníamos suficiente con los taxis, nos dicen que el nivel B2 de marras (leo unas divertidas declaraciones de Ángel Escolano, abogado de Convivencia Cívica Catalana) también lo exigirán en adelante a los forenses, átame esa mosca por el rabo. Hasta ahora suponíamos que el trabajo de los forenses consistía precisamente en “hacer hablar” a los cadáveres a través de la autopsia para conocer causas y circunstancias de la muerte. Lo hemos visto en multitud de películas y series TV… un pelo aquí, una huella delatora, un poco de barro en los pies o piel bajo las uñas, signo de lucha anterior al asesinato, datos cruciales para la resolución del caso. Pues va el gobierno regional y rompe moldes: ahora es el forense el que tiene que hablar en la morgue, y en catalán, nivel B 2, aunque el finado sea de origen paquistaní y no sepa que diantre fuera aquello de “setze jutges mengen fetge…”. El forense habla y el silente fiambre escucha. Nace así, chúpate ésa, la “inmersión” fúnebre, mortuoria. Rodarán un día, Joel Joan será el detective, los apasionantes episodios de la teleserie titulada “CIS-Sant Joan de Vilatorrada” a emitir por TV3 (o en su defecto por la desconexión para Cataluña de RTVE, de la que un día hablaremos más extensamente).
Si lo anterior parece una broma macabra, que el consejo comarcal del Bajo Llobregat (Baix Llobregat), compuesto por municipios como Cornellá, El Prat, Sant Boi o Castelldefels, donde el español es la lengua familiar predominante, exija incluso una titulación superior (C1) para combatir las plagas de mosquitos, no habría de sorprendernos. Pero nos sorprende, pues a las larvas del mosquito tigre les importa un pimiento en qué lengua habla el tipo que las fumiga. Si es que habla, pues bien podría ser mudo de nacimiento y sin que ello reste eficacia a la mortandad, bzzzzz, causada por el letal pesticida. Aquí no cabe un tonto más… mentira, siempre se puede hacer sitio a poco que nos apretamos.

“Sí, amigo… yo llevar a donde tú decir. Y… visca Barça, som una nació. A mi gustar sahib Puigdemont”
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PS.- El tonto útil de Antonio Orozco abandona los escenarios por una buena temporada para dedicarse a la crianza de sus hijos. ¡Bendito sea el Señor! Le deseamos una numerosa prole y que no tenga prisas en volver, que las prisas son malas consejeras y suben la tensión (véase la entrada “Justo Antonio Orozco Molinero”).
