En el documental “Bajo el silencio” de Iñaki Arteta (invitado, habida cuenta de su trayectoria y filmografía únicas en España, al ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia), el párroco de Lemona, Mikel Azpeitia, larga por esa boquita ante el micrófono un repugnante engrudo de visceral odio a las víctimas mortales de ETA. Las palabras le salen del bandullo y en su bocón suenan a sinceridad total. El hombre es transparente, desde luego, otra cosa es que a través de esa transparencia uno puede ver las miasmas y el estiércol que empozan su alma. Habla a toro pasado, pues hace años que ETA no mata a nadie, “su merecido llevaron”, que diría el sacerdote prendado de las capuchas, pero no de las procesionales, y podría haber atemperado sus confesiones execrables por discreción, disimulo y por aquello de no dejar ante la cámara rastro tan visible de su sintonía con los asesinos.
Lo cierto es que el marcador del título de esta “tractorada” no refleja, ni de lejos, la auténtica correlación de fuerzas en el seno de la iglesia vasca. Los párrocos afines a ETA ganaron por goleada. Afines activamente, simpatizantes o entre tibios y equidistantes. Las voces que se alzaron contra los asesinos desde el púlpito fueron contadas, y la excepción a la regla, Jaime Larrinaga, el cura de Maruri que tuvo el honor de ser el único sacerdote que necesitó de escolta policial durante su misión pastoral. En el nutrido lado contrario, allende el Evangelio, los más ejercían el pastoreo, pero de cuadrúpedos, entre esas almas aborregadas por la idolatría del nacionalismo. Con la anuencia de su jefe de filas, claro es… ¿Quién no recuerda al siniestro monseñor Setién, aquel que dijo pizca más o menos “que también era cristiano no querer a todos los hijos por igual”?
Se ha dicho muchas veces que ETA nació en el seminario y que entre una parte muy significativa del clero y la banda terrorista hubo siempre mutua comprensión. Vamos, que eran casi “correligionarios”, y nunca “peor” dicho. Unos pegando tiros y otros bendiciendo a hisopazos. Para seguir la pista a esta tenebrosa trama de afectos nada mejor que leer a Jon Juaristi (“El linaje de Aitor”, “El bucle melancólico”), donde da pormenorizada noticia de tan estrechos vínculos. Lo cierto es que ETA jamás “topó” con la Iglesia. Ni un bombazo en una sacristía, ni un cura tiroteado, echado en el suelo sobre el charco de su propia sangre derramada y cubierto por una de esas mantas térmicas a guisa de sudario reflectante.
En alguna ocasión me ha llegado, argumento absurdo y torticero, como para justificar esa siniestra cercanía entre encapuchados y ensotanados, que el clero vasco se la tenía jurada a Franco porque unos 14 sacerdotes próximos al PNV fueron fusilados una vez que la región al completo pasó a manos de los nacionales. No se discute en absoluto la veracidad de los hechos, pero cabría replicar que en las represalias habidas en la retaguardia republicana, administradas con saña, los milicianos le dieron matarile, ahí es nada, a no menos de 300 religiosos (entre curas y monjas) oriundos de las provincias vascongadas que ejercían su apostolado en otras regiones. La desproporción es notable.
Acabó la contienda y como sucede a veces, los hijos han de rebelarse contra los padres y alistarse en el bando opuesto, en esa suerte de amotinamiento edípico que se traslada a la siguiente generación, según el esquema freudiano. El finado Arzallus es un exponente de ese complejo. De Arzallus cabe decir que hablaba un magnífico español, mucho mejor que el de todos los zotes de la hora presente que han pactado erradicarlo de las aulas en las regiones donde rigen lenguas co-oficiales, que es la última concesión a ERC y a Bildu (ETA) perpetrada por el PSOE de Pedro Sánchez para aprobar los presupuestos y de ese modo contribuir a la desvertebración definitiva de la España invertebrada de Ortega y Gasset, esto es, la España ortóptera.
El padre de Arzallus fue lo que se dice un carlistón de los peleones y se presentó, al estallar el conflicto, en el cuartelillo de la Guardia Civil de Azcoitia para requisar armas y batirse a tiro limpio contra los milicianos. Sabido es que a su vástago, cuando perteneció a la Compañía de Jesús, perfeccionando sus estudios de Teología en Alemania, le llamaban “el nazi”. En 1970, Arzallus cuelga los hábitos y se afilia al PNV, consumando el parricidio simbólico, y de ahí en adelante su ejecutoria es mejor conocida por el gran público. El fenómeno del terrorismo lo define con una metáfora frutícola que quedará para la Historia, más triste y más negra, de España: “Unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”. Tal cual. Disparos a quemarropa, cabezas reventadas, masa encefálica desparramada por el suelo, ametrallamientos, achicharrantes bombazos, mutilaciones y su correlato de odio, silencio, miradas retadoras, desprecio… y todo queda reducido a eso, al vareado del nogal, que, por cierto, da una madera nobilísima. Fíjate tú… cómo son “esos chicos de la gasolina”.
Lo peor de todo es que Jaime Larrinaga (Maruri) fue la excepción y Mikel Azpeitia (Lemona), la norma. Y aún peor es que, aunque el affaire “Azpeitia” haya ocasionado un escándalo (un «escandalito» en estos aperreados tiempos), todo esto se la trae al fresco a buena parte del paisanaje. A fin de cuentas, “los hijos más queridos” de monseñor Setién, “los chicos de la gasolina” de Arzallus y “los amigotes de la herriko-taberna” de Mikel Azpeitia pactan los Presupuestos Generales del Estado con Sánchez e Iglesias.
Regreso de una de mis cronocaminatas matutinas por Montjuïch y en la calle de la Virgen del Remedio (Mare de Déu del Remei) sale un sacerdote de una puerta lateral de la parroquia de la Virgen de Lourdes, curiosamente frecuentada por muchos filipinos. Para mí no es hombre de Dios, pues aunque luce el alzacuello, adorna su tapabocas coronavírico la banderita sectaria y excluyente del separatismo. Carga algo en el maletero de un coche. Paso a su lado y descortésmente digo en voz alta: “anda, un cura satánico… lleva una estrellita de cinco puntas en el bozal”. Nada responde. Gajes del oficio, pues los clérigos están entrenados para oír esas cosas y otras mucho peores y guardar silencio, como los jugadores profesionales de fútbol en campo contrario… y a veces en el propio. Pienso: “si me responde algo, le diré que si un día los suyos le persiguen (si se repitiera la Historia), no le esconderé en mi casa”. Eso o “vete a tomar un chacolí con tu compadre, ese «cenobita»… (embajador demoníaco de «Hellraiser», peli mítica del género de terror)… de Lemona”. Ite, “tractorada” est.

