El turismo accidental

Cuando ETA atentó de un bombazo contra el almirante Carrero Blanco, el general Franco dijo “no hay mal que por bien no venga”… una frase muy propia del ferrolano, pues no quedó nada claro a qué diantre se refería. Se dice de los gallegos que si te encuentras con uno en la escalera de la finca, no hay manera de saber si la sube o la baja. Uno de esos topicazos localistas a los que somos tan aficionados.

Algo de eso hay en el caso de Barcelona y del turismo con motivo de la pandemia por el coronavirus. La alcaldesa Colau y su cohorte de asesores odian el turismo, que para ellos no “es un gran invento” (españolada fílmica del aperturismo tardofranquista de Pedro Lazaga con el gran JL. López Vázquez en el reparto), sino una aberración globalizadora de la peor especie. Ahora ya no se ve ni uno, pero antes de la hecatombe no pocos balcones de la ciudad estaban engalanados con eslóganes del tipo “Tourist go home”, para dar la bienvenida a los foráneos, o “Tourism kills the city”, para que nuestros visitantes se sintieran como en casa.

Son varias las razones por las que los “pijiprogres” desprecian el turismo y una de ellas es que se ha convertido en una industria, en una actividad económica de primer rango y eso les sulfura lo suyo. Es un negocio, hay quienes ganan dinero con ello y genera miles y miles de puestos de trabajo: una verdadera aberración para sus mentes exquisitas. Alguien responderá al punto que los “progres”, quienes conectan con el universo “Colau”, a fin de cuentas están hechos de nuestro mismo barro y también ellos practican el turismo, ahora que España no sólo recibe turistas, sino que los “exporta” a otras latitudes. Sea el caso del ministro Alberto Garzón, que, como todo hijo de vecino, viajó a Nueva Zelanda de luna miel. Error: los “pijiprogres colavitas” no son turistas, sino “viajeros”, que es cosa muy distinta. Ellos, cuando viajan, conocen a fondo a las gentes del lugar y hacen amigos para toda la vida. Empatizan una cosa bárbara y se empapan de las peculiaridades culturales autóctonas, captan sus ritmos vitales y, gracias a su mayor sensibilidad, se impregnan de enriquecedoras vivencias que sedimentarán en sus cacúmenes y les ayudarán en adelante a ver las cosas desde otra perspectiva más rica en matices. Ellos se «imbuyen», hablando claro. Dan para eso y para más. Saben cómo hacerlo.

Por el contrario, los turistas ordinarios, de la escala básica, no nos “imbuimos”… somos un engorro, una molestia insufrible, como un purulento divieso en el trasero, chandalas babeantes, auténticos rascapieles incapaces de apreciar nada. Una horda de gente ignorante y ordinaria en chanclas que sólo piensa en llenarse la tripa y que ni mirando el mapa sabe si visita Pernambuco o Timbuctú. Que lo mismo da, si las cervezas son baratas y las nativas, guapas. ¿Qué el turismo si se desfasa genera molestias? Sí, como casi todo en esta vida. Pero, hablo por mí, no más molestias que las generadas por mis adorables vecinos caribeños que me machacan con su variado repertorio musical de ritmos sabrosones a toda castaña (cumbia, bachata, merengue, etc) y me joden la siesta en días festivos. O por los cofrades de la Asociación de Vecinos de Plaza Navas (véase “Gent de barri”) cuando montan (vía subvención municipal) su insoportable fiesta mayor… qué alegría, con ruidosas batucadas y conciertos demenciales hasta las tantas de la madrugada. 

De modo que ya no es necesario que los chicos de Arran (CUP) arrojen, a su paso, botes de humo y porquerías (ni una denuncia de la Guardia Urbana) a los autobuses turísticos de dos pisos, porque ya no circulan. Ni atracan los cruceros en el puerto repletos de ese ganado odioso que entra en tromba en los bazares de Las Ramblas y acaba con todas las figuritas de “bailaoras” flamencas (¡Qué horror!). Ni que los “colavitas” frunzan el ceño cuando se topen con una jauría de turistas despistados y más colorados que una gamba, locos por darle el pase a una jarra XXL de sangría, porque no los hay. Así pues, ya no es preciso hostigar a nuestros visitantes. Y todo ello, Colau y los suyos, se lo deben a la pandemia. ¿Qué en realidad sólo pretendían “reducir” la afluencia de turistas, qué sé yo, en un 20 o 30%? ¿”Pacificar” el turismo como les gusta decir del tráfico?… Puede, pero “no hay mal que por bien no venga”… el porcentaje se ha reducido drásticamente, en un 100%, borrón y cuenta nueva… aunque el turismo sea nuestra industria nacional por antonomasia y sin ella, una ciudad de servicios como Barcelona registre un desempleo descomunal, mastodóntico. El coronavirus ha acabado de un plumazo con el turismo, masificado o elitista. Con todo, como un tsunami.

Pero hay más. No sabemos, una vez dada por extinguida la “plaga”, y si no hay rebrotes o retornos en otoño-invierno, si Barcelona, por bonito que sea su centro histórico o lisonjero el clima suave del que disfruta, volverá a los circuitos turísticos con la misma fuerza que antaño o será desplazada por otras ciudades, pues el turismo, lo dicho, es un negocio, un “mercado”, y no siempre cotizan igual los valores en liza. Nada es para siempre.

Y ya metidos en harina, ignoramos qué pasará con los “turismos”, los de cuatro ruedas, cómo no, fetiche execrado y objeto de la animadversión de Colau y de su equipo consistorial. Los “progres colavitas” ven en los coches (antaño se decía “turismos”: SEAT, Sociedad Española de Automóviles de Turismo) una suerte de reedición de los “engendros mecánicos del Doctor Infierno”, el malo de la teleserie de animación Mazinger Z de la que, cuando niño, no me perdía un episodio (¡Qué maravillosos los misilazos mamarios que largaba su amiga Afrodita A, para escándalo de las “chochopower” malhumoradas).

Y es que los automóviles son una extensión de la propiedad, en este caso “mobiliaria”, artefactos que sirven para el libre desplazamiento de sus propietarios por la red de carreteras sin que, en principio, deban rendir cuentas a nadie (fuera de tasas, peajes y restricciones varias). Su interior es un fortín, un reducto, y los enemigos de la libertad y del comercio han de hilar fino para meter sus narices en ese espacio blindado. Eso no quita que los progres a lo Colau también sean usuarios del invento. Ahí tenemos, a guisa de precursor, al finado Santiago Carrillo, alias “covid-36”, del marquesado de Paracuellos, subido en el Cadillac (llamado “Carrillac”, véase reciente crónica en ABC.es) que le regaló su amigo Ceaucescu, de cuando ambos cazaban osos por docenas a escopetazos en los Cárpatos (¡Pobrecitos Mitrofanes… ya no tienen quien les llore!). Llamativo es el caso de Javier Bardem, pregonero de la “Marcha por el Clima” junto a la niña Greta, que pilota (con Penélope al lado) un lujoso Lincoln Navigator que es, con su consumo de 17 litros de gasolina por cada 100 kilómetros, el vehículo más contaminante del mundo. O la mismísima Colau, que tras anunciar, con gran jolgorio de sus votantes, que prescindiría del coche oficial y se desplazaría al “tajo” (razón social: plaza de San Jaime) en transporte público, ha cambiado el monovolumen SEAT Alhambra por un Peugeot 3008 Hybrid de casi 50.000 € del ala, eso sí, menos contaminante que el anterior.

Janet Sanz, muy mona por cierto, lugarteniente de Colau, nos anima a aprovechar la crisis sanitaria para “repensar” y desactivar la industria de la automoción, fuertemente asentada en el área metropolitana de Barcelona y que genera miles de empleos directos e indirectos. Declaración de principios e intenciones apropiadísima en esta hora, sabida la situación crítica por la que atraviesa la factoría Nissan. En definitiva, el turismo y los turismos están donde Colau y los suyos querían: enhorabuena. Ya sólo falta, para redondear la jugada, unos cuantos miles de menesterosos en las calles para que Colau y su “chupipandi” sigan denunciando las miríadas de injusticias de esa abominable infamia llamada capitalismo.

Colau posa la mar de sugerente para “estimular” el turismo de alto voltaje erótico. No olvidemos que la primera dama del municipio, según confesó a los medios, padeció en su persona las lúbricas asechanzas de ropones y militares mugientes como alces empalmados en una recepción de gente muy principal (véase “Tetas”). No es extraño que, ante chati semejante, a más de uno se les hagan la boca y la churra agua, guauuu, y que no piense sino en venirse a Barcelona de vacaciones, pero con “la plancha a punto”, ji, ji. Querida alcaldesa… que no somos de piedra.

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