4.598

Esta cifra nada nos dice. Al tipo que tenía a mi lado en la cafetería, mirando un noticiero TV del tipo “24 horas”, tampoco. Podría ser el cómputo anual de víctimas en accidentes de tráfico o la distancia kilométrica entre Lima y Buenos Aires. En cambio, sí conocía ésta otra: 7.291. El resorte numérico se activó al punto cuando apareció en pantalla Isabel Díaz Ayuso, la presidente regional de Madrid. La cifra obedece a las víctimas mortales registradas en las residencias geriátricas de su jurisdicción durante la pandemia coronavírica. Comoquiera que mi vecino de barra dejó ir un “asesina, te has cargado a 7.291 ancianos”, serruchando las sílabas, “a-se-si-na”, cabe deducir que, a su juicio, las víctimas fueron asesinadas deliberadamente, que la suya no fue una muerte lamentable, pero a causa de un contagio devastador. Estaríamos, pues, ante una matanza premeditada, planificada, acaso un gerontocidio a gran escala.

Recientemente (13/11/2024) se ha estrenado un documental que lleva ese título, “7.291”. La primera proyección tuvo lugar en los cines Verdi de Madrid. La sesión fue organizada por “ElDiario.es” y acudió al estreno Mónica Díaz, ministro de Sanidad (“ministra” o “ministresa”), de aquilatada trayectoria en el gremio. La misma que hoy se lamenta de la posible continuidad de MUFACE. No he dado con las habituales instantáneas de celebridades en la “alfombra roja”, en el photocall del evento, pero no sería nada extraño que hubieran honrado el acto con su presencia estelar grandes defensores de la sanidad pública como los hermanos Bardem y Penélope Cruz, que, lejos de la patria querida, y muy a su pesar, dio a luz en una clínica exclusiva de Los Ángeles.

El documental dura 123 minutos y da testimonio del sufrimiento y desconsuelo de los deudos de las víctimas. Un drama tremebundo, por todos conocido… pues la pandemia se cobró vidas a tutiplén y en todas partes, incluso en Ulldecona, aunque cueste trabajo creerlo. Fue una verdadera y mastodóntica hecatombe a escala planetaria que diezmó la población mundial en 14’9 millones de personas según el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU. Cifra concerniente al período comprendido entre enero de 2020 y diciembre de 2021. Cabe decir que no parece fácil dar con la mortandad definitiva y exacta, habida cuenta de la fiabilidad mejorable de los institutos estadísticos de muchas naciones. Empezando por la propia OMS, que acusó sucesivamente al pangolín, al murciélago (se admite “murciégalo”) y al “perrito-mapache” (no es coña, el animal existe) de causar la expansiva enfermedad. Hasta el momento no recae sospecha alguna sobre el lince ibérico y el gracioso, pero feróstico, desmán de los Pirineos, pero yo de ellos me buscaría abogado. Por liar más la troca, recuérdese que la OMS es un organismo dependiente de la ONU que, a través de su terminal UNRWA en Palestina, ha proporcionado sanguinarios terroristas a Hamás, al menos una docena, y según las autoridades israelíes, ha acogido “hospitalariamente” en sus dependencias, durante el cautiverio, a unos cuantos rehenes.

Cierto que Madrid, fundamentalmente la capital, por su conexión aérea con muchos países y por la celebración de eventos multitudinarios autorizados por el gobierno apenas unas horas antes del confinamiento, asumió desde el minuto uno el liderazgo en España en número de contagios, barriendo a la competencia. Esa superioridad apabullante permitió a un alma sensible como la fugada Clara Ponsatí (que fuera Consejera regional de Educación, y a la que suponemos indultada o amnistiada por su participación en el golpe separatista de octubre de 2017) empatizar con las víctimas capitalinas al recordar aquel eslogan tan difundido: “De Madrid al cielo”. Sublimes y reconfortantes palabras superadas en delicadeza por aquellas de Bru Esteve, colaborador de Catalunya Ràdio, que dejó ir en antena un “de Madrid al hielo” cuando los ataúdes de centenares de cadáveres se acumularon en una pista de patinaje.

Por aquel entonces, Pablo Iglesias, el “Coletas”, tenía cartera en el gabinete ministerial, vicepresidente 2º (nunca sujeto parecido llegó a tanto y el cargo ocupado a menos) y ministro de Asuntos Sociales hasta abril de 2021. Campanudamente declaró Iglesias que él se hacía cargo personalmente “de la coordinación de las residencias a nivel nacional”. “Apartaos”, dijo, “que esto lo arreglo yo”. No tardó en desdecirse y en ahuecar el ala en cuanto llegaron a su despacho los datos que confirmaban la magnitud de la tragedia, previendo además que la cifra fatídica aumentaría exponencialmente. Sospecha uno que al sujeto, ocupado mayormente en “asaltar los cielos” y de paso a la claque de artistas y vicetiples afines al partido, andarse entre ancianos moribundos se la traía al fresco. Qué lata… con la de churris pintureras que andan por ahí.

Mi vecino de cafetería no supo darme razón. Comoquiera que estábamos en un local de la calle Vila i Vilá de Barcelona (Pueblo Seco), le pregunté si por ventura conocía la cifra de ancianos fallecidos en las residencias catalanas durante el mismo período y por la misma causa. No tenía el hombre ni repajolera idea. De hecho, la pregunta le causó no poca extrañeza y me miró como si fuera un bicho raro. Para mí tuve que el sujeto o bien pensaba que aquí no había fallecido nadie, o que yo era un marciano o estaba loco de atar. Como si semejante minucia, las víctimas autóctonas, importaran un carajo teniendo tan a mano esos miles de bajas imputables a la pérfida Ayuso. Tampoco yo conocía el dato preciso y para componer esta tractorada he huroneado en los interneles. El balance del gobierno regional da 4.598, aunque aparecen en danza otras cifras que elevan el cómputo a 8.200. Pero me vale la primera. Madrid, con algo menos de población que Cataluña, gana la partida. No obstante, nuestros 4.598 fiambres no son una birria. La cantidad tiene músculo.

Sorprende que los catalanes, tan celosos de nuestras cosas… siempre prontos a denunciar agravios sin cuento, opresiones seculares e implacables persecuciones, y a considerar lo propio (en particular eso que llaman “fets diferencials”) como destiladas perlas de lo más exquisito y talentoso de la condición humana, capaces de recitar los versos de “La vaca cega” o de guardar en casa la discografía completa de Nuria Feliu… sepamos al dedillo los fallecimientos habidos en los geriátricos madrileños, pero ignoremos los registrados en casa. Nuestros muertos han sido “opacados” por aquéllos, enviados al ostracismo, al sumidero del olvido, a los nebulosos dominios de la diosa Leteo. Y es muy chocante porque hay muertos que los paladines de nuestras más rancias esencias celebran en fastuosos homenajes, incluso en desfiles nocturnos pertrechados de antorchas. ¿Qué fue de la divisa Catalonia First?

¿Acaso nuestros muertos coronavíricos no merecen el homenaje de un documental? Concedo que al sumar menos decesos, el metraje habría de ser algo menor, pero 4.598 fallecidos dan para algo más que el cero absoluto. Considerando que “7.291” dura 123 minutos, estos es, 7.380 segundos, quiere decirse que salimos a 1’01 segundos per cápita. Si descontamos 10 minutos extra por el protagonismo especial concedido a Ayuso, a tenor de la sinopsis argumental y de las reseñas de la página Filmaffinity, siendo la doña uno de los motivos inspiradores de la pieza, la ratio cognoscendi de “7.291”, nos quedamos en 113 minutos y 6.780 segundos, resultando finalmente 0’93 centésimas de segundo por víctima. Si aplicamos la misma fórmula a nuestros “4.598”, así habría de titularse, nuestro documental duraría 4.276 segundos, es decir, 71 minutos y 16 segundos, que no está nada mal. No son las dos horas y tres minutos de los finados capitalinos, pero una hora y once minutos no son una bagatela. De modo que, manos a la obra. “¡Cámaras! ¡Acción!”. Claro que, acción poca, pues el argumento no da para guantazos, tiroteos y explosiones.

La cruz: recepción de la residencia geriátrica “Madrid-Birkenau” gestionada por el gobierno regional de Ayuso, cerca de Móstoles

La cara: residencia pública en Cataluña, nivel básico, cerca de Olot, comarca de La Garrocha

100%

Cuando nos hablan de agresiones callejeras por motivos ideológicos, lo primero en lo que pensamos es en los “fachas”, bien entendido que en la actualidad cualquiera que no comulgue con las consignas desconcertantes del gobierno “sanchista” es un facha impenitente. Ya no es necesario dudar de la relevancia excesiva que se da al factor antropogénico en la doctrina del tremebundismo cambioclimático, inspirada por la profetisa Greta Thunberg, para que te llamen “facha”. Ni insinuar a media voz que las estadísticas oficiales de falsas denuncias interpuestas en materia de violencia de género, el 0’00017% (no es broma), es una castaña pilonga que nadie, capaz de caminar y de respirar al mismo tiempo, se cree (*). Si no te licúas de gustirrinín al chamullar el lenguaje inclusivo con sus tres posibles terminaciones (“tontos, tontas y tontes”), te adentras en arenas movedizas. Lo mismo sucede si eres refractario a cualquier excentricidad convertida en dogma de fe por la turra cansina de la “ideología de género”.

Hoy, para ingresar con todos los honores en la categoría “facha”, basta con una bagatela insignificante como es preferir el magazine TV de Pablo Motos, antaño un progre del carajo de la vela, egocéntrico e insufrible, al de David Broncano, el presentador y humorista de bandera del régimen, como “de bandera” eran llamadas antaño las aerolíneas de titularidad pública. Y no es esta analogía aeronáutica muy descabellada, pues el contrato de Broncano con RTVE, la pública, es de “altos vuelos”, unos 14 millones de euros por temporada. Cifra que podría rivalizar con la mastodóntica partida presupuestaria destinada a reflotar Air Europa, según se deduce de los papeles de la tupida trama “Aldama-PSOE”. Maniobra que nos trae a las mientes la millonada inyectada por el gobierno regional de Cataluña, en tiempos de Artur Mas (Arturo en Liechtenstein), para convertir a Spanair en la aerolínea cuatribarrada.  

 Cuando empezaron a llamarme facha, ya en el bachillerato, “el facha de la clase” (**), no existía un atuendo específico, una indumentaria o uniformidad “facha” de corte gremial, pero mediados los 80’, con el afloramiento de las llamadas “tribus urbanas”, surge la figura del skin head, cabeza rapada, ataviado con cazadora Bomber, botas militares, tirantes con los colores nacionales, tatuajes, bate de béisbol y puños americanos para sacudir concienzudamente a negros, homosexuales e hinchas de otros clubes de fútbol. Años antes era requisito suficiente lucir una banderita española en formato de afiche prendido a la ropa o de adhesivo en la correa del reloj. Con tan sencillos complementos ya eras un facha homologado. Por aquellos tiempos se estilaba que el barrendero y el cartero del barrio pasaran a domicilio una tarjeta para felicitar las navidades al vecindario a cambio de un modesto aguinaldo que complementara su exigua remuneración. Nunca entendí por qué ese señor del 4º 1ª, que tenía fama de ser un facha de tomo y lomo, no hacía lo propio e imprimía su felicitación para repartirla puerta a puerta: “El facha del barrio le desea felices fiestas”.  

Hace unas semanas se publicó un estudio difundido en varios medios digitales sobre las agresiones callejeras producidas en Cataluña por razones ideológicas en el año 2023. El conteo arroja el saldo siguiente: de las 175 agresiones registradas, los separatistas perpetraron el cien por cien de las mismas. Vamos, que no dejaron ni las raspas. Ni una sola para los demás por aquello de la honrilla. El estudio se difunde a año vencido, pues la recopilación de datos es una tarea laboriosa. Las perpetradas a lo largo del pasado 2024, verán la luz a finales de 2025. De modo que uno se ha pasado la vida opositando al título de “facha” y resulta que la estopa la reparten otros. Lo dice el refrán: “unos cardan la lana y otros llevan la fama”. En mi vida le he atizado a nadie por esa causa, pero sí recuerdo, y no es memoria selectiva, que a mí me tiraron al suelo al grito de “facha hijoputa”, “españolazo de mierda”, me patearon de lo lindo y me calentaron el lomo, long time ago, en la Facultad de Geografía e Historia por repartir octavillas a favor del bilingüismo. Es que algunos van provocando que es un contento.

Siendo la violencia política en Cataluña un monopolio del separatismo, cabe preguntarse el porqué de ese dominio incontestable, y al punto las razones se arraciman como granos de uva. Las calles son suyas, dicen y no mienten, sin pagarle regalía de autor a Fraga, de cuando el difunto lo proclamaba demanera pinturera, pero discutible. La sensación de impunidad es total y absoluta. Cuando das un golpe de Estado, es decir, cuando pretendes subvertir el orden legal, avenido éste al de otros regímenes formalmente democráticos y como tal percibido en el concierto de las naciones, mediante la desobediencia, la utilización de masas teledirigidas, obviando los mecanismos establecidos para propiciar ese pretendido cambio, y lo haces paralizando el normal funcionamiento de las instituciones y de la sociedad en su conjunto, y por todo ello te indultan y amnistían, se premia, y estimula, el recurso al radicalismo y a la violencia. Se le da cuerda y se sienta precedente para que esos funestos episodios se repitan.

 “He quemado contenedores, he cortado el tráfico usando a alumnos de primaria… le he arrojado vallas, ladrillos y cócteles molotov a la Policía y he participado en el asalto a instalaciones aeroportuarias… y aquí me tienes, tan pichi”. Y los inductores de la asonada, huidos o fugazmente en prisión, de donde salieron con sobrepeso. Hoy, salvo muy contadas inhabilitaciones temporales, muchos continúan en sus cargos, diciendo lo mismo que durante la esperpéntica función, sin mostrar pizca de arrepentimiento, dando y quitando mayorías parlamentarias, convertidos en actores preferentes y reverenciados de la actualidad política a escala nacional, e inmersos en negociaciones de mucho fuste como si fueran grandes estadistas. La violencia sale gratis, más aun, se remunera, pues gracias a haberla ejercicio, se infla su protagonismo y obtienen prebendas, lo mismo los afines a ETA, que los golpistas catalanes… victorias con las que jamás habrían soñado de observar y respetar la legalidad.

Cuando el nacionalismo tiene mando en plaza, durante las sucesivas fases de la llamada construcción nacional (de Pujol a Montilla, ambos inclusive) y de la desconexión (Artur Mas), previas al desafío rupturista, le basta y sobra con formular coacciones legislativas y trasladar presión a la disidencia mediante sus terminales mediáticas, profesionales y vecinales, para configurar un ambiente social hegemónico, opresivo, asfixiante. Sin necesidad de recurrir al asesinato, conformándose con un terrorismo autóctono poco operativo. Cuando el tablero salta por los aires, esas cautelas sobran y entonces se admiten, disculpan (y ahora indultan) las agresiones. Y una vez que te acostumbras a sacudir al personal, es muy difícil dar marcha atrás.

Para tener una agresión con todas las de la ley, además del agresor, necesitamos un agredido. Y ese factor, “¿A quién se le atiza?”, es tan importante como el anterior, “¿Quién atiza?”. Pues si el asunto es más o menos grave dependiendo de la autoría, lo mismo cabe decir dependiendo de la víctima. Sacudirle a un niño de teta o a una ancianita, son crímenes abominables. Pero en Cataluña darle para el pelo a alguien en la órbita del llamado “constitucionalismo”, no lo es, y apenas tiene sanción social. Lo mismo da que sea a unas chicas de la Plataforma por la Selección Española, que a los estudiantes de S’ha Acabat. “Es que van provocando”, como se decía antaño de las jovencitas en minifalda. Una víctima previamente deshumanizada (“algo habrá hecho”, “es un nyordo”, “un facha”) es menos víctima y los daños a ella causados son más soportables y no suponen una discordancia traumática para la opinión pública dominante. Hete aquí, pues, el binomio perfecto: agresores “indultables” y agredidos perfectamente «ahostiables». Y aquí paz y después gloria.    

En el ámbito de las agresiones sexuales, los fachas clásicos tampoco tenemos opciones de medalla. Nuestro desempeño en la materia es una birria. Pareciera que nos apuntábamos a favor el ataque a un jovenzuelo al que esculpieron a navaja una esvástica en el trasero, pero fue una denuncia falsa, el famoso “bulo del culo”. Cierto que a nuestro palmarés asignaron la violación “manadista” de Pamplona, la única que ha generado protestas multitudinarias, habiéndose producido otras violaciones grupales más violentas, pero el fenotipo al que obedecen los autores de éstas dificulta la denuncia pública del crimen, por aquello de no “estigmatizar” a determinados colectivos.

Quiere decirse que los fachas flojeamos en esta disciplina delictiva y que, a lo sumo, hemos de conformarnos con un rendimiento mediocre, de perfil bajo, anclados en el machiruleo casposo de las películas de Pajares y Esteso. Somos acaso “euromachistas”, que no “ariomachistas”, no confundamos, de poco atizar a las señoras, cuando menos nunca antes del desayuno, hasta que uno se sacude el sueño de encima y sabe al fin por dónde navega. Así lo manifestó un observatorio dependiente del gobierno regional (repito, dependiente del gobierno regional) para los años 2022 y 2023 difundido recientemente por Dolça Catalunya. Algo más del 90% de las agresiones sexuales denunciadas en Cataluña durante ese período fue obra de extranjeros, suponiendo éstos algo menos del 17% de la población. Y en su mayoría procedentes del norte de África. Vamos, los “moros” de toda la vida, dicho sin afán despectivo, por tratarse de los antiguos “mauros” (moros) o naturales de la Mauritania Tingitana. Con todo, nuestros violadores de importación están a años luz de igualar los registros estratosféricos de los miles de agresiones a menores tuteladas perpetradas en Reino Unido por “violetas” paquistaníes, silenciadas de común acuerdo entre las autoridades y la prensa, como sucediera años atrás en Alemania con los “refugees”, casi un millón de una tacada, por obra y gracia de la canciller Ángela Merkel.

(*) Con relación a las denuncias falsas en delitos sexuales, la estadística voceada por el sanchismo (y más cocinada que una encuesta de Tezanos), 0’00017% del total, nos lleva a pensar que la única que lo es (falsa), es la interpuesta por la actriz Elisa Mouliaá contra Íñigo Errejón. En efecto, aduce el interfecto que la acusación de la dama ultrajada es, acabáramos, falsa. Luego, la suya es la que da forma aritmética a ese 0’00017%.       

(**) Que no digo yo que no contrajera algún mérito en mis años mozos para que me lo llamaran

Aquí, quemando unos contenedores en la Meridiana ante la pasividad de los Md’E. Luego sacudiremos a los chicos de S’ha Acabat y jornada redonda. Y unas birras con los colegas

(puxa) Nueva York

Agarro mi tractor y lo embarco en un vuelo transoceánico rumbo a Nueva York para dar fe de la internacionalización de nuestra estupidez. Sigo el consejo del grupo “Mecano” y facturo en el equipaje una botella de “Fundador”, un brandy de batalla de esos que rascan la tráquea, y que adquiere potabilidad a condición de mezclarlo con café para aviarse un carajillo antes de ir al tajo. Un clásico del andamio.

“Niu Yor”, no sé si ésa es la transcripción correcta de la gran metrópoli americana en bable (o “asturianu”), pero no se me ha ocurrido otra mejor. Y, claro es, me faltan cataplines, a mí y a cualquiera, para versionar completa en esa habla regional la canción mítica de Frank Sinatra. Semanas atrás, haciéndose hueco entre las corruptelas incontables de este gobierno, de las trapisondas domésticas de Pedro Sánchez, y de la tragedia de Valencia, asomó en los medios digitales una noticia verdaderamente delirante que retrata de manera fidedigna el grado de incuria y postración al que ha llegado España. El Instituto Cervantes suspendió, por falta de alumnos, un curso de bable “para principiantes” a impartir en la “Gran Manzana”. Sólo se matriculó uno. Lo triste no es ese estrepitoso fracaso, aunque a mí la friolera de “uno” me parece mucho… ¿A qué tipo más raro que un perro verde se le ocurre la peregrina idea de estudiar cosa semejante en Nueva York?  Ni siquiera a uno de esos asesinos en serie a los que rinden culto en América y que se dedican a escachifollar a sus víctimas con ayuda de una motosierra. Lo verdaderamente asombroso es que la delegación neoyorquina del afamado Instituto tuviera ese proyecto en agenda. Es una de las ideas más estúpidas que he oído en mi vida. Algún acérrimo partidario del bable podría molestarse por lo antedicho, pero tenemos ya una edad y no hace al caso milimetrar palabras por temor a herir los castos oídos de personas muy sensibles. Estudiar “el” bable en Nueva York es una gilipollez… y “en” bable en Oviedo, también.

De modo que los sucesivos gobiernos “nacionales” (lo mismo del PSOE, que del PP) no tienen suficiente con depauperar el español en España a causa de sus cobardícolas complejos ante los nacionalismos periféricos abonados a liberticidios lingüísticos. Ahora asumen el reto de desmigarlo a escala mundial a través de las herramientas que a su disposición tienen, precisamente para lo contrario, para difundirlo, como si les fastidiara que el nuestro fuera un idioma universal. El cursillo de bable ha dado la medida exacta del interés a escala planetaria que despierta el fenómeno idiomático en cuestión (“orbayu”, “fabes”, “Ovieu”, “Xixón”). Tanto como los másteres y seminarios organizados por Begoña Gómez en la Complutense que, todos sumados, reúnen un puñado de alumnos, no más de una docena en la estimación más optimista.

Pero hete aquí que los idiomas con rango de cooficialidad proliferan como setas en otoño. Digo “idiomas”, es un purparlé, pues en muchos casos bastaría con tipificar tales artefactos como hablillas locales, dialectos, jerigonzas o chapurreos. Y será preciso aumentar la plantilla de traductores en el Congreso y hacer acopio de nuevas partidas de pinganillos. Las puede intermediar mercantilmente el comisionista Aldama: negocio redondo. El PP vota a favor de introducir, arrea, el “estremeñu” en la escuela, que es justo lo que necesita Extremadura, antaño cuna de dioses, para auparse a los primeros puestos de la clasificación de renta, desarrollo y prosperidad regionales. Los extremeños no son menos que nadie y han descubierto que también tienen lengua propia secularmente perseguida por el centralismo español. El ejemplo cunde, ya no son esos recoge-bellotas de las dehesas tras los majestuosos andares de los gorrinos ibéricos. Esa población rústica que devora pan y potajes grasientos, con la piel salpicada de impurezas y negruzcos golondrinos bajo los sobacos, siempre prontos a la carnal coyunda con las ovejas y las cabras despistadas del rebaño, ésos que sacuden a correazos a sus mujeres e hijas… tal y como los concibe el catalanismo ortodoxo. Nada de eso. Han dicho para sí: “aquí el más tonto hace relojes”, y subidos al carro del «plurilingüismo plurinacional» echan su cuarto a espadas sacándose una lengua de la anchurosa y productiva manga de los hechos diferenciales gracias al gobierno de la señora Guardiola.

Y se dan de codazos con andaluces, que marchan en vanguardia, y leoneses (“Xunto a Castiella nun habrá futuru pa nós” o algo así leo en una pancarta redactada por los indómitos paladines de ese aborigenismo turulato), por ingresar en la babélica asamblea de esta aristofánica república nuestra, “nefelococígea”, de aves piantes, graznantes y crotorantes. Y, no hay dos sin tres, hete aquí que el gobierno de Baleares, señora Prohens, va y declara a la ultracatalanista OCB (Obra Cultural Balear), que es el Òmnium a la mallorquina, algo así como entidad de “utilidad pública”. Chúpate ésa. Además de mantener intacta la exigencia de nivel C de catalán a los maquinistas de tren… pero como hay pocos kilómetros de red ferroviaria en el archipiélago, allá películas. Es notorio que al PP insular se le atraganta la promesa electoral de revertir la correlación idiomática favorable al catalán en la escuela pública instaurada por gobiernos anteriores, también los suyos. Y que cuando da un pasito para adelante, se hace pipí y popó, pues la docencia, cómo no, ha sido copada allí por el nacionalismo, y a renglón seguido da dos pasitos para atrás. Si cae en la tentación de sacudirse de encima la excluyente losa de la inmersión de facto, pues la elección de lengua ha sido otorgada, no a los padres de alumnos, si no a la dirección de los centros, arrea, comparece en el púlpito monseñor Sebastián (Sebastià) Taltavull, obispo de Mallorca, y agente mitrado al servicio del separatismo catalán, para darle un tirón de orejas.

De tal manera que no se puede estudiar en español en España, por no estudiarse en toda ella, que es síntoma flagrante de nación fallida. Y en nuestro caso, idiotizada, pues el español no es cualquier cosa en el concierto idiomático internacional. Hay discrepancia de opiniones en el punto anterior, pues hay quien dice que lo fallido es el Estado, y otros que lo fallido interesa a la nación. En cualquier caso, ni en Cataluña, Baleares, Galicia, País Vasco, Navarra y Valencia, se pueden cursar los estudios obligatorios en la lengua oficial (las demás son cooficiales en sus territorios). Cierto que en Valencia se estaban tomando algunas medidas para corregir esta anomalía disparatada, pero un goterón frío del carajo de la vela (que ahora llaman “DANA”), se llevó a su presidente por delante.

Los españoles somos, nos dicen, 48 millones, pero esas políticas contrarias a la libre elección de lengua en la escolarización de los hijos y al sentido común, afectan a alrededor de 20 millones de connacionales, quiere decirse casi al 40% de la población, ahí es nada. ¿Alguien, en su sano juicio, se imagina que en Francia, nación antigua como la nuestra, en la que se hablan diferentes idiomas, permitirían las autoridades republicanas que en Perpiñán se escolarizase a los niños en catalán, excluyendo el francés, o reducido acaso a un 25% de las materias del itinerario académico, confinado en el mejor de los casos a la clase de gimnasia o al taller de manualidades? ¿O que en Biarritz sucediera tres cuartos de lo mismo con relación al vascuence?

Hay quienes piensan que esto son anécdotas irrelevantes, gansadas que no afectan a la sustancia de la vida institucional, a la alta política o al desempeño económico en una sociedad compleja. Qué más da aprender la tabla de multiplicar en gallego (“tres al caldeiro”) que en español, si la cuestión de fondo es aprenderla. Y que las lenguas son un tesoro cultural y que están para comunicarse, para “entenderse”. Muy bonitas palabras. Pero andan muy equivocados. Las lenguas son un artefacto humano y obedecen a la voluntad de los hombres, lo mismo que los usos dados a determinados avances científicos. De modo que las lenguas se usan, la Historia de la Humanidad está repleta de ejemplos, para crear barreras, para excluir a los no-hablantes de la lengua reivindicada o divinizada, para fragmentar y discriminar, para reclamar derechos civiles y políticos diferenciados, o para restringirlos. España da la pauta de todo lo dicho. En nuestro país la promoción de las lenguas y hablillas particularistas va de la mano del modelo territorial y su genuina misión es tanto la de incomunicarse y desentenderse, como la de las autonomías descoordinarse.

Aquí cada hijo de vecino cree que su batalla es la única, la más importante. Y te dice el pescador, pongamos por caso: “¿Y a mí qué si los niños aprenden las cuatro reglas en vascuence? Lo que me preocupa de veras son los gravámenes abusivos al gasóleo y las cuotas pesqueras que impone la UE”. Que una cosa no quita la otra, mendrugo. ¿Y crees que un gobierno que no sabe defender el interés nacional, la igualdad de derechos, y, pusilánime y complaciente, deja en manos de los nacionalistas la gestión de esa bóveda de cañón para una sociedad que es la instrucción pública, tendrá el cuajo de pelear en Bruselas por tus bacaladillas de mierda? Si somos lo que comemos, nos dicen, lo que respiramos y, ya metidos en harina, lo que hablamos… aquellos catalanes (y vascos, la mayoría de ellos, navarros, gallegos, etc) que tienen el español como lengua familiar son inferiores, pues hemos decidido que su lengua lo sea. Hay quien lo lleva mejor y consiente en ello, y quién no, y ajos come. Cuando el idioma en que abrazas a tu madre o concibes a tu hijo (o engendras, según el papel que te toque), siendo el único oficial en toda la nación, y no le vale a tu hijo, sobrino o nieto, para estudiar en el cole el aparato digestivo de las ranas, algo extraño pasa y no es nada bueno: vives en una sociedad enferma y, por simpatía, acabarás enfermando tú.

Las lenguas van donde vaya el hombre y desconocen qué cosa sea la bondad angélica. Nos lo cuenta Menéndez Pidal en esta jugosa anécdota de una crónica medieval recogida en su ensayo “El idioma español en sus primeros tiempos”:

Cuando el rey de Aragón Pedro III el Grande, a consecuencia de la defección de mil caballeros catalanes, es vencido por los franceses que sitian Gerona, y queda herido de muerte, su mayordomo, catalán, le pregunta: “Señor, ¿Volés manjar motón (moltó)*?”; e él díxole: “Non, que en mal punto yo tanto creí por él e tanto fize por los deste lenguaje, porque yo he de venir a muerte; mas quiero comer carnero, que es lenguaje de Aragón”.

(*) Moltó: carnero

El bable a la conquista de la Gran Manzana. ¿Quién dijo miedo?

Aromas de Montserrat

Recuerdo que cuando niño no faltaba en casa una botella de Aromas de Montserrat. Era un elemento muy prestigiado en la modesta botillería de nuestra humilísima morada. En la etiqueta del elixir estomacal figuraba el monasterio enclavado en ese macizo calcáreo que de lejos parece el lomo escamado de un dragón tendido en el suelo. La espirituosa bebida del color del ámbar contenía unas ramitas de enebro, tomillo, cilantro y cuantos hierbajos echaran los monjes para elaborar el bebedizo que ofrecían a los exhaustos peregrinos.

Un generoso trago se atizó Oriol Junqueras, seminarista en sus años mozos y hombre de probada devoción. Le hemos visto tras un paso procesionario en Sant Vicenç dels Horts, cuando era burgomaestre de la populosa villa, portando un cirio pascual. Se publicó días atrás en un digital que el dirigente de ERC, consumado el golpe separatista que propició la fugaz proclamación de la república catalana, corrió a esconderse al emblemático santuario, al amparo de la montaña sagrada y del maternal abrazo de La Moreneta. Fue recibido con discreción por los hermanos benedictinos. Como se decía antaño, se “acogió a sagrado” para eludir la acción de la Justicia. La suya fue la versión comulgante de la huida profana de Dencás (Dencàs), ministrín de Gobernación en el gabinete de Companys, y de otros cofrades, por el alcantarillado en la madrugada del 6 al 7 de octubre de 1934 a la primera salva de las tropas de Batet contra el palacio de la Generalidad. O del escapismo de Puigdemont en el maletero de un coche camino de la frontera.

Junqueras nos trae a las mientes el periplo de otro fugado insigne, pero éste mitrado: el cardenal Vidal i Barraquer, una inquietante mezcolanza entre el señor Burns (Los Simpson) y el Nosferatu de Murnau. Al dar inicio la Guerra Civil, el prelado de obediencia catalanista fue advertido del peligro que corría su vida y corrió a refugiarse en otro monasterio, el de Poblet, que le quedaba más a mano, acompañado de su secretario personal y del obispo auxiliar de Tarragona, Manuel Borrás. El episodio, de trágico desenlace, es conocido y ha sido minuciosamente reconstruido por Salvador Caamaño en su libro “Tarragona. 1936”. En pocas palabras, Ventura Gasol, el poeta chiflado de la chalina bohemia y consejero del gobierno regional (“de España odiamos hasta su nombre”), y Companys interceden por las vidas de Vidal i Barraquer y de su secretario y envían una comitiva a liberarlos. Y lo hacen expidiendo un salvoconducto para ambos (al copo de faltas de ortografía, por dar una pincelada chusca de aquella sangrienta charranada). Los traen a Barcelona y esconden en dependencias gubernativas hasta embarcarlos rumbo a Italia. Desde allí, y a toro pasado, el melifluo Vidal i Barraquer le dirigió una carta a Franco, cambiando de chaqueta, digo de sotana, felicitándose por la victoria de la causa nacional. De ese modo pretendía obtener el nihil obstat, que no logró, para regresar a España. Murió exiliado en Suiza.

Regresando al estricto relato de los hechos, Companys dejó a Borrás colgado de la brocha, abandonado a su suerte y en manos de la CNT-FAI, arrea. ¿Cuál era su pecado? No rendir pleitesía al catalanismo político. Sacan a Borrás de Poblet, le maltratan, castran, tirotean y, agonizante, pero vivo aún, le rocían con gasolina y le prenden fuego. Lo que viene a ser en lenguaje martirial un “completo”.

Es sabido que la abadía de Montserrat rinde tributo a su pasado con esa mayestática dignidad que ha caracterizado a sus recientes “promociones” monásticas. Por esa razón han retirado el monumento a los caídos del Tercio Nuestra Señora de Montserrat, la unidad de requetés voluntarios, todos catalanes, y todos con la cabeza pregonada en la retaguardia, huidos a tiempo de la escabechina colosal perpetrada por las Milicias Antifascistas. Unidad combativa como pocas, rehecha hasta en tres ocasiones por las bajas sufridas, y que perdió a centenares de hombres (más de 300) en las batallas de El Codo y de Villalba dels Archs, ésta en la campaña del Ebro (acúdase al exhaustivo informe de Salvador Nonell, reeditado por Editorial Casulleras). Esto es, la unidad con el mayor índice de mortandad de toda la Guerra Civil. El abad, en definitiva, se avino a retirarla de conformidad con la desmemoriada ley en esa materia vigente en la actualidad. Esa ley que ignora, y el abad olvida, pues frágil y quebradiza es la humana memoria, que 23 hermanos de la congregación montserratina fueron asesinados durante la persecución religiosa habida en los primeros y tumultuosos meses de la contienda.

Cabe decir que tras el juicio, Junqueras, una vez condenado por sedición, y no por rebelión golpista, se “refugió” del mundanal ruido, gran paradoja, en la cárcel de Lledoners, gestionada por el gobierno regional (competencia transferida), donde sufrió un terrible cautiverio que ni el Conde de Montecristo. Azotes, torturas, trabajos forzados a pico y pala, “errejonismo” en las duchas y raciones de hambre para quebrantar su voluntad. No obstante, salió Junqueras de presidio con más panza de la que entró.

Casualmente, de Montserrat llegan, con décadas de retraso, sórdidas noticias. Ha sido impuesta, noviembre de 2024, la primera condena por pederastia a un monje de la comunidad. El esfuerzo por silenciar los abusos en la abadía ha sido constante y ha aunado a las más diversas voluntades por tratarse del epicentro espiritual del nacionalismo. Nada podía empañar el incólume halo de santidad que envuelve el beatífico monasterio. En esa comunión participaron por igual políticos y prensa, pues Montserrat es algo así como nuestro Vaticano particular. Y, claro es, esas turbias historias de abusos a menores sucedían por ahí, pero jamás en el “oasis” catalán. Talmente como la corrupción política. Toda esa mugre era cosa de España, del mundo exterior. Nuestros frailes y políticos eran, consecuencia del hecho diferencial autóctono, no menos incorruptos que el brazo de Santa Teresa. Dirigentes destacados de la izquierda nativa, Raventós, Ernest Lluch (poco después asesinado por ETA) y Antoni Gutiérrez, el “Guti”, firmaron en comandita con el pujolismo un manifiesto de apoyo al buen nombre y fama de los monjes, pues se filtraron alarmantes episodios de pedofilia acaecidos intramuros.

El clamoroso silencio de la “omertá” saltó por los aires. Andreu Soler, ya fallecido, ultranacionalista y artífice del “escoltisme” (excursionismo) montserratino, fue al fin desenmascarado como voraz depredador sexual durante el período 1970-2000, tres décadas de encubiertos manoseos a los chicos de la escolanía. A fin de cuentas, era uno de los suyos. En igual medida que lo fue Hilari Raguer, el monje historiador (marchó de Montserrat indignado, toma del frasco, por el, a su juicio, insuficiente catalanismo del monasterio), que impregnó sus escritos de un odio visceral a España. Famoso por negar el carácter martirial de los asesinatos de sacerdotes y monjas durante la Guerra Civil aduciendo que no existió persecución religiosa como tal, sino una funesta secuela del ajuste de cuentas ideológico por la connivencia de la jerarquía eclesiástica de aquella hora con el bando nacional. Tal cual.

Entre una cosa y otra, Montserrat ha sido desacralizada por los más conspicuos defensores de sus aromáticas esencias. Y sus licores espirituosos, en tiempos primorosamente elaborados, otrora digestivos, tórnanse mejunjes eméticos. Nada sorprende, pues, que Junqueras corriera a esconderse a Montserrat, sirviendo en bandeja de plata a Albert Boadella un argumento verdaderamente manicomial para urdir una de sus corrosivas astracanadas. Y si una avioneta sobrevuela el calcáreo macizo, no les quepa duda, es Himmler, el capitoste de la división esotérica del III Reich, disfrazado de Indiana Jones tras la pista del santo grial de las leyendas artúricas. Una comedia de enredo, como esta tractorada.

Junqueras no pudo elegir mejor escondrijo tras el golpe separatista de 2017

«Sí, quiero», digo, «Sí, vull»

Todos recordamos la intermitente campaña del nacionalismo exaltado amplificada por la difunta Marta Ferrusola, la godmother del clan Pujol. Aquella madre ejemplar que enseñó a su numerosa prole a reciclar bolsas de basura, colocando cada una de ellas en el contenedor, digo, en el banco andorrano correspondiente. Un caso de corrupción milmillonario del que ya no se habla, desvanecido como la niebla matutina a medida que se afianza el día… graciosa concesión de las acomplejadas política y justicia españolas al particularismo catalanista por aquello de “no volar todos los puentes”(*). Fem fills catalans! (“engendremos hijos catalanes”), clamaban los voceros del aborigenismo enragé. El lema genesíaco lo firmaban los chicos de Estat Català (el partido histórico del chiflado de Maciá), hoy integrado, si no ando mal informado, en FNC (Front -Frente- Nacional de Catalunya), a su vez desplazado, o absorbido, por el pujante fenómeno Orriols. La aportación de la finada consistió en cuantificar el número ideal de hijos: al menos, tres. Según Ferrusola, con ese mínimo filial por matrimonio, la renovación generacional quedaba asegurada frente a la invasión inmigrante en oleadas sucesivas auspiciada por los gobiernos coloniales. De ese modo fracasarían los diabólicos planes urdidos en Madrid para desnaturalizar la cultura catalana: firme, inquebrantable, como esos rocosos acantilados que se alzan orgullosamente, batidos en vano por la mar embravecida.

Para que los hijos sean catalanes, también lo han de ser los padres. Sólo que aquí no vale cualquier “subtipo” de catalán, ojito. “Charnegos (“xarnegos”) abstenerse”. Hoy “nyordos (ñordos)” por charnegos. La arboladura genealógica de los futuros catalanes no puede estar contaminada por injertos foráneos. Nada de mestizaje. Se ha de preservar en perfecto estado de revista el ADN catalán, ése que según Oriol Junqueras nos asemeja más a los franceses que a los españoles. No hay más que echarle una mirada al interfecto y al punto descubrimos su sorprendente parecido con Alain Delon o Johnny Halliday. ¿Y quién hay tan ciego que, por superposición de imágenes, no vea a Sylvie Vartan o a Françoise Hardy en cuanto “la Rahola” aparece en pantalla? En efecto, en las redes sociales del localismo particularista triunfa estos días un mensaje que insta a los catalanes de verdad, a los catalanes de pura cepa (más o menos) comprometidos con la defensa de la patria ultrajada, a contraer nupcias entre sí. Olvídense de abrazos maritales con hombres y mujeres de otras latitudes. Esas reales hembras andaluzas, o canarias, tan sensuales, y ese acento cautivador… que te guiñan el ojo y ya te han desarmado. ¿Hombres? Ni un mesetario, ni cosa parecida, por atractivo que sea, que para eso ya tenemos buenos mozos, duros como el granito, en La Garrocha o en La Plana de Vich, y siempre con la longaniza a punto.

TV3, al quite de las demandas de ese segmento de la sociedad al que sirve, aunque la paguemos todos, incluidos aquellos a los que desprecia e insulta, ha colado en su programación un espacio de esos de “primeras citas” o “emparejamientos”, Climax.Cat, que publicita con un Cupido, inequívoca declaración de principios e intenciones, tocado con una barretina. Se trata de cultivar la versión “kilómetro cero” del amor. Vamos, el “Nosaltres Sols!” de toda la vida.

El llamamiento a la carnal coyunda amparada explícitamente en la institución del matrimonio (estabilidad y permanencia), a contraer entre personal autóctono, y vetada mediante cordón sanitario-amoroso a incorporaciones externas, transmite resonancias antiguas, de aires ranciosos, que nos remiten a la edad inaugural del nacionalismo político, de hechuras románticas, decimonónicas. Aunque es seguro que contamos con precursores eximios en nuestro propio indigenismo, el artefacto trae a las mientes a un personaje de la catadura de Sabino Arana, pues los nacionalismos periféricos, identitarios o esencialistas, son básicamente intercambiables. El interfecto hizo especial hincapié en la preservación de la pureza étnica y por ello instaba a los vascos (de ocho apellidos) a casarse entre sí. El escenario ideal para promover esos futuros enlaces eran, claro es, los pique-niques en la verde campiña, las sociedades folclóricas, gimnásticas y excursionistas, los festejos populares con su ameno programa de danzas tradicionales, recitales de “bertsolaris” y juegos rústicos (levantamiento de piedras, desmochado de troncos a hachazos, ese tipo de cosas), donde “los vascos de los caseríos bailan de manera honesta, separados los sexos”… nada de los bailes agarrados de esos “maquetos” piojosos, caracterizados por el promiscuo y concupiscente rozamiento de los cuerpos, donde afloran las pendencias y las reyertas a navajazos a causa de los vapores del vino trasegado sin mesura. Esa gentuza maloliente que llegaba a carretadas a Bilbao, y a las poblaciones aledañas, para trabajar en la siderurgia. Ése, pizca más o menos, era el lienzo que, de las verriondas costumbres de los foráneos, pintaba Arana. Un delirio báquico, orgiástico, ajeno a la bondad adánica, primigenia, de los nativos, al bucolismo de esa Arcadia feliz que retrata, incluso décadas más tarde, Herbert Brieger en el documental pro-nazi titulado “Im Lande der Basken”.

Queda dicho, la recomendable “endogamia” de grupo es una de las primeras reacciones a la defensiva de los movimientos aborigenistas ante los extraños que amenazan nuestras “esencias”, nuestro ser colectivo. También adoptó esa fórmula la resistencia melanesia a la colonización occidental durante la época levantisca de los cultos “cargo” (alrededor de 1.930), según nos cuenta Peter Worsley en su ensayo “Al son de la trompeta final”. Era fundamental que las nativas se resistieran al abrazo de los extranjeros: antes el suicidio, la muerte. De modo que los catalanistas más exaltados del momento presente desandan el camino y concluyen que la esperanza en un futuro promisorio para el pueblo elegido, la Cataluña prístina, original, habría de venir de la mano de recetas antiguas, centenarias, ya descatalogadas.

Un antecedente algo más moderno lo sirve la escritora Mercé (Mercè) Rodoreda, muy apreciada por el nacionalismo. Nos trasladamos a 1936, año de publicación de su novelilla titulada Aloma, que a los bachilleres de mi generación nos colocaron, velis nolis, en el programa de lecturas obligatorias. En un pasaje de la misma, un desconocido piropea al personaje central. “Me lanzó una flor en castellano”, nos dice Aloma. Y aunque el galanteo no le molesta (no se estilaba en aquella época manifestar desaforada hostilidad a los micromachismos heteropatriarcales), a renglón seguido establece como inquebrantable principio vital su voluntad de contraer nupcias con un hombre que hable su misma lengua. Nada nuevo bajo el sol. Quiere decirse que, como poco, esta campaña en las redes tendente a un renovado y brioso “nupcialismo” catalanista nos retrotrae la friolera de noventa años.

No está de más hacer un par de consideraciones. Por aquel entonces, años 30 del pasado siglo, la “lengua” era un vector más fiable a la hora de establecer los orígenes de cada individuo. Entiéndase, el catalanismo siempre ha utilizado la lengua, ya desde el último cuarto del XIX (“Renaixença”), a guisa de marcador étnico (“etnoide”, en realidad) y de elemento vertebrador de la construcción nacional a través de la conjunción de mitos para consumo interno de parroquianos y de la acción política concreta, sea el caso del proteccionismo arancelario de Cambó. La población procedente de otras regiones no había sido sometida a un drástico proceso de inmersión idiomática como el hoy vigente en el sistema educativo. Las segundas generaciones de esos inmigrantes aprendían a hablar catalán en contacto con la sociedad receptora, pero el mandato nacionalista en ese ámbito era algo incipiente y no estaba tan consolidado como en la actualidad tras cuarenta años de cansina y monocorde insistencia, y extendida ahora a todos los espacios de la vida pública: la rotulación comercial, las comunicaciones oficiales o la absorción de la estructura administrativa del Estado mediante las transferencias competenciales en favor del gobierno regional.

En resumidas cuentas, el conocimiento de la lengua catalana por los avecindados en la región, la capacidad de utilizarla a nivel oral y escrito, es prácticamente total. Cosa distinta es la resistencia a hacerlo en determinadas situaciones como profilaxis ante unas imposiciones cada vez más intrusivas y antipáticas. Hoy, por así decirlo, no funcionaría aquel trabalenguas del “setze jutges mengen fetge… (**)” para identificar a los forasteros, como sucediera durante la revuelta “dels Segadors” (***), y a renglón seguido degollar con afiladas hoces a quienes no pasaran el examen. En estos aperreados tiempos, el ciento por cien de los menores de 55 años se librarían de tan fatídico desenlace. De modo que en el momento presente hablar catalán no garantiza nada necesariamente (o menos que en décadas atrás) en lo atinente a la obediencia a los preceptos nacionalistas. Carajo, si hasta los terroristas de los atentados de Las Ramblas (año 2017), criados en Ripoll, hablaban catalán.

¿Quiere decirse que esta iniciativa esponsalicia está condenada al fracaso, que nace muerta? No, nada de eso, no subestimemos el poder evocador del mito y de la leyenda cuando se trata de nacionalismo identitario, pues la disociación cognitiva de masas nos permite habitar la realidad y la fantasía al minuto siguiente. Basta con decir, “sí, quiero”… es decir, “sí, vull”. 

(*) Por llevarme la contraria, leo en un digital que el juicio contra los Pujol se verá en diciembre de 2025 (largo lo fiais). Es muy posible que la propia naturaleza dispense al Molt Honorable de comparecer ante el tribunal

(**)  “Dieciséis jueces comen hígado…”

(***) ”Revuelta de los Segadores”

Ets catalana de soca-rel?

-I tant, vinc d’ Olot. I el teu ocellet… piula en català?

-Clar i català… (aparte)… verás cuando esta monada se entere de que mis padres son de Tomelloso…

(“¿Eres catalana de pura cepa?” “Desde luego, soy de Olot. ¿Tu pajarito pía en catalán?” “Claro y catalán”…)

Manteros por la patria

Aziz Faye ha hablado. Pífanos y tambores. Sentencia el protagonista de esta tractorada que en Barcelona sólo el 30 por ciento de la población utiliza la lengua catalana en su vida cotidiana de manera preferente. Se deduce de su demoledor veredicto que dispone el hombre de minuciosas estadísticas. Vamos, que no habla a humo de pajas. Por si había alguna duda acerca del firme compromiso de tan insigne personaje con nuestra comunidad, se declaró años atrás partidario acérrimo del llamado “derecho a decidir”.

El señor Faye, senegalés de cuna, es el máximo dirigente de SMB, Sindicato de Manteros de Barcelona, generosamente subvencionado durante el mandato municipal de la inolvidable Ada Colau. Cabe decir que la carismática alcaldesa ha decidido apartarse temporalmente de la política activa… pero que no cunda el pánico, no se resigna a dejarnos huérfanos, abandonados en el páramo, y ha tenido a bien tranquilizar a la población: allá en donde ella esté jamás “dejará de combatir a la ultraderecha”. Y todos respiramos aliviados por el peso de encima que la doña nos quita. Acaso trata de digerir, con ayuda de profesionales, aquel turbio episodio vivido en sus carnes durante una recepción oficial con altos (por grado) mandos del Ejército. Y es que a alguno de los militares, al parecer, se le fueron las manos y sobó a conciencia a la interfecta… en desdoro de las armas nacionales. A las mujeres, amamos, proclaman en sus brindis los caballeros legionarios, pero hay que entender que no a todas por igual. Y que, ante determinados requiebros galantes, y en consideración a las gracias que adornan a la flamígera y resplandeciente alcaldesa, es menos lesivo recibir la orden suicida de tomar a bayoneta calada un fortificado nido de ametralladoras. Llamamos aquí “alcaldesa” a Colau porque pareciera que lo sigue siendo. Es una sensación generalizada.

La ocupación profesional del señor Faye, y de sus sindicados, consiste, si no estamos mal informados, en colocar productos sin licencia, falsificados, principalmente a los turistas que visitan la ciudad condal. Lo mismo camisetas de fútbol, que bolsos, gafas de sol o zapatillas deportivas. A saber: “Adadis” por Adidas, “Reiban” por Rayban y “Amami” por Armani. Los manteros, venta al público, son el último eslabón, no necesariamente el más débil, de la cadena. Pero antes de llegar a esa fase, el artículo ha de ser elaborado, no hay tutía. Y es fama que sus condiciones de fabricación no cumplen los estándares recogidos en nuestra legislación laboral, al margen de su calidad, que es aquí cuestión secundaria. El comercio del que los manteros forman parte podría definirse como “anti-comercio”, pues supone una competencia desleal a aquel otro, regentado por pequeños empresarios, que paga tasas e impuestos y está sujeto a control fiscal, y además crea empleo cotizante, es decir, el empleo que financia pensiones.

A nuestros ojos repugna la idea de la explotación laboral asociada a este tipo de actividad mercantil. Se dice que en la manufactura de estos artículos se emplea a niños en sórdidos cuchitriles, ergástulas clandestinas, sin apenas ventilación. Poco menos que amarrados con cadenas a sus bancos de trabajo, mal alimentados y tratados en definitiva como mano de obra esclava. Una vergüenza y un horror. No son los manteros responsables, claro es, de ese bochornoso régimen de trabajo-robot, de explotación infantil, habida cuenta que muchos de ellos llegaron a nuestro país jugándose el tipo a bordo de ridículas barquichuelas, sometidos a las inescrupulosas mafias de la inmigración ilegal, los nuevos tratantes de ganado humano, en connivencia éstos con entidades de apariencia bonancible y con los gobiernos sectarios e irresponsables que incentivan el efecto llamada gracias a difundir mensajes del tipo “papeles para todos”, provocando una elevadísima tasa de mortandad en alta mar. Tampoco, a decir verdad, son las suyas condiciones de trabajo envidiables, pero, cuando menos, los manteros son adultos y su participación en este comercio fraudulento, aunque condicionada por el estado de necesidad, es voluntaria.

Estas disquisiciones sobre las estrecheces de vidas tan aperreadas no son lo mollar de la presente tractorada. Leo en un digital (Vozpópuli) que el sindicato que lidera Aziz Faye ha sido obsequiado, al menos, con 60.000 € del hala en los dos últimos años. Aziz y su gente aceleran el paso para atar el fardo, tirando hábilmente de unos cordeles, y llevárselo al hombro, como buhoneros de antaño, cuando asoma en lontananza la patrulla de la Guardia Urbana: “¡Agua, la pasma!”. La misma prisa se dan en retratarse ahora junto a Collboni, la defectuosa copia de Colau, y trincar la jugosa gratificación.

El mecanismo reverbera hipocresía. Por un lado se les subvenciona y por otro, de vez en cuando, se les decomisa el género. La persecución a manteros que se refugian a la carrera en una estación del Metro son un clásico en las calles del centro de la ciudad. Bipolaridad consistorial. Una cosa y la contraria. La contraria y una cosa. No es mi intención cargar las tintas sobre esos infelices abocados a la venta ilegal, pero sí indicar algunas circunstancias que hacen de este enredo un paradigma de la incongruencia. De entrada, una persona que habita las coordenadas de la economía sumergida es financiada por la administración local (que habría de combatir, se supone, ese fenómeno). Es decir, con el dinero del contribuyente, y en particular de aquellos contribuyentes que tienen en el comercio legal su modo de provisión. El meollo de su actividad consiste en la falsificación de artículos que podemos hallar en el mercado reglado. Su confección se realiza en condiciones infrahumanas, vulnerando la dignidad de los trabajadores empleados, reducidos a una condición servil. Pues va el citado “enlace” sindical y se dedica a perorar sobre el uso comparado de lenguas oficiales (una, cooficial) en los hábitos cotidianos de la población residente en Barcelona. Fantástico. Y poco menos que se duele de que la desproporción sea favorable a la española que, por otra parte, es la que eligen más ciudadanos en un ámbito de libertad irrestricta, el de las comunicaciones interpersonales en la calle.

¿Acaso habría de incumbir al señor Faye asunto semejante? Quizá sí, si está asociado a ANC, patroneada por Lluis Llach, o a Òmnium. Además, en su descargo hay que decir que cada quisque es muy dueño de mostrar públicamente sus ideas y preferencias. Con todo, no sería mala cosa que Faye supiera discernir entre sus opiniones personales y sus tareas “sindicales”, pues las primeras no habrían de obligar necesariamente a la totalidad de sus afiliados. Cabría preguntarse si predica con el ejemplo y apunta a sus compañeros de fatigas a cursillos de “normalización” lingüística o si fiscaliza sus conversaciones privadas o el idioma elegido por los tales al dirigirse a su clientela para cerrar una venta, cual si fuera uno de esos emboscados espías destacados a escuelas y comercios a las órdenes de Santiago Espot, hoy en la órbita de Silvia Orriols.

Lo que evidencia nuestro protagonista es que, llevado de la divisa popular “allá donde fueres, haz lo que vieres”, ha aprendido en muy poco tiempo a confundirse con el paisaje y contraído méritos más que suficientes para codearse con líderes sindicales de primer nivel del tipo Josep Maria Àlvarez (antes José María), el de la pañoleta palestina o, indistintamente, del fular LGTBI, Pacheco (el clon zampabollos de Manuel Chávez) o Tito Álvarez, en tiempos “barra brava” de los Boixos Nois y ahora dirigente de la sectorial mayoritaria del taxi y recibido con honores por Puigdemont en Waterloo. Lo mejor de cada casa.  

Todo encaja, Faye procede del mundillo de la venta ilegal, ese empleo que no cotiza (el socorrido latiguillo “ellos pagarán nuestras pensiones” no es de aplicación en el presente caso). Funda un sindicato dudosamente legal y, acaso por deformación profesional, defiende el vaporoso e impostado “derecho a decidir” y se erige en paladín de una lengua que sus afiliados en general desconocen y que jamás emplean con la clientela en el ejercicio de su itinerante desempeño profesional. Todo sumado nos traslada idea de sociedad desarreglada, en la que toda anomalía tiene asiento y en la que el sentido común también ha sido bastardeado y falsificado como unas deportivas “Adadis”.  

 

-Eh, tú, Tolerancio… ¿Lo de “MANGO” va con segundas? Mira que te denuncio por xenofobia, racismo o algo por el estilo… que soy del Barça y estoy perfectamente integrado en la sociedad.

«Apartheid» escolar en Cataluña

Años y años soportando la misma turra de los catalanistas. Que la libre elección de lengua en la escuela promovería una segregación afectiva de los alumnos y, por ende, una ruptura de nuestra idílica comunidad educativa, envidiada en medio mundo. Vamos, que los críos, enfrentados en dos bandos, ni se hablarían en el parque. También ha habido polémica por la separación sexuada en algunos centros privados y concertados, si bien éste ha sido un debate a escala nacional. Pero no me pregunten por otras modalidades hoy contempladas en esa delirante y abigarrada casuística: que si género fluido, no binario, el género sui generis (que no sabe uno en qué diantre consiste, pero como etiqueta tiene su qué, transgénero, etc), aun cuando estamos hablando de mozalbetes que en el recreo juegan a las canicas o enloquecen todos tras un balón de fútbol. Esa opción, “niños/niñas”, fue vehementemente rechazada por lo más granado de nuestra progresía. Y de la mano del género, los uniformes, cómo no. Los niños, pantalones, y las niñas, falditas plisadas y calcetines largos. ¿A qué mente perturbada se le habrá ocurrido semejante barbaridad? Un verdadero horror machista y heteropatriarcal: el regreso a las cavernas y al modo de vida troglodita.

Mi generación fue mayoritariamente escolarizada (EGB) en el modelo basado en el dimorfismo sexual de la especie y no recuerdo haber sufrido trauma alguno por ello. Del bachillerato guardo una venial anécdota, “manos blancas no ofenden”, que aún hoy me provoca una amable y, acaso, melancólica sonrisa. Los pupitres eran de a dos. El primer día, cuando se formó el grupo de 1º 4º, toda el aula estaba llena, salvo un asiento libre junto a mí. Y entonces apareció ella, Marta Solé. No le quedaron más bemoles que arrimarse. Me ruboricé por su proximidad y me enamoré perdidamente de ella. Habíamos compartido pupitre y no tuve la menor duda: nuestro destino pasaría por la vicaría. Difícil dar con un adolescente más pánfilo y gilí. Luego la vida ya te va moldeando y a desengaños, trompazos y coscorrones, haces camino. Aunque no dejas de ser bobo si tienes predisposición a ello.

Pero, hete aquí, que no, que de lo dicho nada. Que el apartheid es algo fabuloso cuando de lo que se trata es de domesticar a los alumnos de origen hispanoamericano residentes en Cataluña. Átame esa mosca por el rabo. Y que el Mandela ése era un tonto del culo. Para esos malandrines, Elvis Antonio Requejo y Karol Leandra Cascajosa, la segregación por razón de lengua es una medida docente sensacional. Se ha publicado en la prensa que el “gobierno Illa” planea un período de reeducación de cinco meses para los tales, no a través del trabajo esclavo en colonias agrícolas, o en la zafra de la caña de azúcar, sino de un proceso intensivo de sustitución de lenguas: el catalán os hará libres… se leerá en el dintel de los barracones. Si alguien se pregunta por qué los ecuatorianos, hondureños o dominicanos, y no los magrebís, han de pasar por las horcas caudinas de una suerte de cuarentena lingüística previa, ha de saber que la suya es una pregunta tonta.

Los hispanoamericanos tienen la lengua española como lengua familiar y de uso social extendido, y por tratarse de una lengua potente y que les permite entenderse con personas de otras muchas nacionalidades, no la van a cambiar. Y no introducirán el catalán en sus vallenatos, cumbias, merengues y reguetones. No ha lugar. Por lo tanto, aprenderán, o no, los contenidos académicos en catalán, pero al salir del aula seguirán hablando en español. En cambio, los niños magrebís, si repiten el mismo patrón, hablarán fuera del recinto escolar en árabe, o eso consideran los nacionalistas. En todo caso, si desestiman el catalán y se inclinan por aquél, no pasará nada, pues se trasladará al observador bulliciosa imagen de multiculturalidad en nuestras calles y plazas y siempre será preferible que lo hagan en ese idioma a que correteen por ahí armando follón a gritos en la asquerosa lengua colonial. No en vano, el gobierno regional siempre ha demostrado preferencia por la inmigración norteafricana precisamente por ese motivo (se ha dicho que alrededor del 40% de los musulmanes residentes en España están avecindados en Cataluña). Recordemos la figura angular de Àngel Colom, que tras su paso por ERC y PI (Partit per la Independència, financiando por Millet y el “Palau de la Música”), recaló en CiU como Secretario de Inmigración, siendo frecuentes sus viajes de trabajo (y placer) a Marruecos.

Illa. Para mí tengo que la peor desgracia que padecemos los catalanes no nacionalistas, no es el nacionalismo en sentido estricto, pues el nacionalismo identitario (el de nuestros localistas furibundos) remite a una fase del desarrollo cognitivo y discursivo pueril, anclado en fábulas y leyendas, una historiografía literaria como de cuentos de hadas y duendes, y es un fenómeno risible: Breogán y su brumoso reino, la batalla de Arrigorriaga o nuestras cuatro barras de sangre, tachán. Otra cosa son las consecuencias que se derivan de su ejercicio del poder y entonces la sonrisa se te borra de un plumazo. Lo peor, y con diferencia, es padecer a aquellos que no se tienen por nacionalistas, pues así se definen los Montilla, Illa, aquella bazofia de ICV o Colau, pero que se comportan como tales y suben la apuesta cuando mandan para confundirse con el paisaje (nadie multó más por la rotulación comercial que el sonderkommando Montilla, nadie excluyó más la lengua española en las comunicaciones municipales de Barcelona que Colau, o ahora Collboni). De tal suerte que el nacionalismo nunca pierde, pues aunque el escrutinio y el reparto de escaños les sean desfavorables, de un modo u otro, siempre mandan, pues las políticas adoptadas son las suyas.

Se denomina “apartheid” a cualquier tipo de diferenciación social dentro del contexto de una nación (o región en el presente caso) que establece derechos estancos y distintos en función del factor social elegido como prevalente, de tal suerte que un sector de la población disfruta de plenos derechos y otro es relegado a la marginalidad. Illa ha ido más lejos que nadie. Y es que a veces los nacionalistas, “que no se diga, que no se nos vea tanto el plumero”, son más reacios a dar el paso que sus lacayos de librea: “qué narices, nos hacemos ver… y mis cojones a caballo. Aquí está Gunga Din-Illa, aguador del 1º de Fusileros de Pembroke al servicio de Su Graciosa Majestad”. Illa, el palanganero. Ni siquiera nos garantizan los impulsores de esta aberración que sus sesiones de adoctrinamiento (cinco meses) y ese esfuerzo “normalizador” (Sóc la Norma) acaben con la pertinaz propensión al “perreo” (“¡Dame más gasolina!”) del alumnado hispanoamericano, ese subgénero musical atorrante y manicomial capaz de enloquecer al más pintado. Claro, que si la alternativa pasa por engancharlos a los cantautores catalanistas, tipo Lluis Llach o Nùria Feliu, o al pop en catalán, no ganamos nada.

En esta componenda espantosa, que no ha tenido gran eco mediático por otra parte, acaso a la espera de ver en qué se sustancia ese plan bochornoso e indigno, los paralelismos con Sudáfrica son los que siguen: los nacionalistas encarnan al gobierno afrikáner y los socialistas de Illa interpretan el lastimoso papel de sus colaboradores de Inkhata, la facción zulú liderada por Buthelezi, que se apuntó a la segregación racial a cambio de un bantustán para él solito (un territorio, casualmente con la misma extensión de Cataluña) y dotado de un cierto nivel de autonomía. El más indigno de los papeles, pues una cosa es ser el malo de la peli, que luce mucho si la peli es buena, y otra, el mamporrero del malo, el subalterno que va detrás del jefe, encorvado, limpiando salpicaduras y chafarrinones con una bayeta al hombro.

Con el paso del tiempo a veces uno sospecha que en su día equivocamos el tiro, que eso de demostrar desde un punto de vista lógico y pedagógico el disparate colosal de la inmersión escolar obligatoria en lengua cooficial, no cala en la opinión pública, que está a otras cosas de más chicha (gambas, torreznos), pero menos enjundia. Artículos sesudos, estudios minuciosos, los mejores especialistas, pruebas a favor evidentes… cualquiera sabe que tenemos toda la razón del mundo, incluso los malos, pues no son idiotas. Pero a estos últimos, la razón y el sentido común les dan igual porque ellos se mueven en virtud de un proyecto político, de una voluntad. Y como nosotros no tuvimos nada de eso, perdimos la batalla, acaso la guerra. Desde el minuto uno habría aprovechado más enfatizar el vector “libertad” y contratar los servicios de un buen publicista. Por ejemplo, a ése que cuando se debatía años ha la aprobación de las bodas gays, zanjó la cuestión de un plumazo con un efectivo “¿Es que no quiere usted que la gente sea feliz?”, recurso “emotivista” y de ventaja, populista y demagógico, de auténtico tahúr, capaz de enmudecer al más empecinado detractor.

Bajo ese prisma, el de la libertad, el apartheid lingüístico que diseña el gobierno regional de Illa para los estudiantes de origen hispanoamericano es, posiblemente, una de las cosas más increíbles y espeluznantes que verán nuestros ojos.  

  

Vidas paralelas: Salvador Illa y Mangosuthu Buthelezi, líder zulú y aliado, en tiempos, del gobierno segregacionista de Sudáfrica. Que ya luego supo avenirse a los cambios y formar parte del nuevo gobierno de unidad nacional tras la erradicación del apartheid

«¡Puta España y feliz Fiesta Mayor!»

Todos los pregones de las fiestas mayores de Cataluña han de finalizar con un “¡Puta España!” y con la quema de una bandera nacional. La consigna ha corrido como la pólvora entre los usuarios catalanistas de las redes sociales. Es una de las secuelas de la llamada “revolució dels somriures” (revolución de las sonrisas), es decir, el famoso “proceso”. Una divisa, “puta España”, que retrata el “buenrrollismo” imperante en la bandería del aborigenismo exaltado. Se nos presentan como personas cívicas, respetuosas, “no vamos contra nadie”, gente cool, que se decía, como más avanzada, progre y con mayor amplitud de miras que no los “españolazos” o “ñordos” (“nyordos”, esto es, “zurullos”, “mojones”), esos tiparracos con rodelas de sudor en los sobacos que cecean al hablar, pegan a sus mujeres regularmente, abusan de sus hijas y eructan y se ventosean mientras comen.

No hace tanto tiempo era fama que partidos como PSC y PP eran de esos que se suben al palo del gallinero y no sabía uno de qué lado caerían. Pero de unos años acá, y ahora mucho más tras la investidura de Illa (“Mascarilla”) como presidente de la Generalidad, el PSC ha despejado toda duda (si alguna quedaba) y es hoy el partido central del nacionalismo, bien que no expresamente separatista, por aquello de “las dos almas”, o tres, que le adornan. Orbitan a su alrededor ERC, la gente de Puigdemont (con ellos tienen, o tenían, pacto en la Diputación de Barcelona y colocada a mantel y cuchillo a Marcela Topor, la doña del prófugo) y como quiera que se llame el partido de Ada Colau. Con todos se roza, se retoza y requiebra, y a todos rasca votos. El PSC no se corta un pelo para heredar el espíritu de la antigua CiU, la CiU “pre-procesual” de la época dorada (sic) de Jordi Pujol, con el beneplácito de la funesta y deshonesta patronal catalana. Ya conocemos la milonga: “(Puta) España, hazme caso a mí que sólo yo puedo contener a estos radicales descerebrados. Soy la garantía de la convivencia pacífica”.

Ha sucedido en Villafranca del Panadés (Vilafranca del Penedès). El consistorio, gobernado por el PSC, no ha tenido más deslumbrante idea que encargarle el pregón de la fiesta patronal a un tipo llamado Otger Ametller (mi segundo nombre es “trabalenguas”) que había sido concejal de CUP en la anterior legislatura. Al parecer el interfecto se licenció en Psicología (más bien lo suyo es la “piscología”) y se anuncia como experto en la “prevención de drogadicciones”, aunque uno se malicia por sus maneras y mensajes que su relación con los narcóticos se sitúa en una fase posterior a la preventiva. Con una bandera estrellada en el escenario concluyó su parlamento festivo largando el preceptivo “¡Puta España!”. Un alegato final, como se dice ahora, la mar de “inclusivo”.

Según los datos disponibles, en las últimas elecciones celebradas en la localidad, las europeas de junio, los partidos que defienden inequívocamente la unidad nacional obtuvieron el 16% de los votos escrutados, es decir, una minoría, cierto, pero significativa. No he contemplado el voto destinado al PSC, casi un 29%, la candidatura más votada, pues no hay manera de saber cuántos de ellos encajarían en la categoría anterior y cuántos no, bien entendido que con arreglo a la ley, españoles lo son todos, incluidos los simpatizantes de Puigdemont, de ERC o de Colau. En resumidas cuentas, que el pregón de la fiesta mayor villafranquesa, una fiesta que han de sentir, se supone, como propia, y participar en ella si lo desean, todos los avecindados en el lugar, expulsa de la misma a un porcentaje considerable de aquéllos, antes incluso de dar comienzo. Una fiesta sufragada con cargo al erario público, es decir, al bolsillo del contribuyente allí empadronado y a quien no se le pregunta al cobro de las tasas municipales sus sentimientos de pertenencia nacional. Para pagar impuestos vale todo quisque, aunque sea un “putospañolazo” villafranqués.   

Agarro el tractor y en ruta por nuestra red viaria llego a Granollers, capital comarcal del Vallés Oriental. Estoy a punto de igualar al Molt Honorable, el padre de la patria, que en los años 60 del pasado siglo visitó, ahí es nada, todos los pueblos de Cataluña al volante de su SEAT 600 para contactar a caciques y jerarquías locales e inocular por el territorio (“el territori”) la semilla de un renovado catalanismo (el de siempre: “el peix al cove”) que habría de brotar exuberante a la que se apagara definitivamente la languideciente lucecita de El Pardo. Buena prueba de su exitosa campaña de reclutamiento fue que en las primeras elecciones en democracia no menos de 250 alcaldes del tardofranquismo concurrieran a los comicios bajo las siglas de CiU. 

También gobierna el PSC la populosa villa de Granollers. En el programa de la fiesta mayor ha tenido mediática notoriedad la inclusión de un taller, arrea, de elaboración artesanal de cócteles molotov y de adiestramiento guerrillero destinado a niños de primaria. Fantástico. Cambiamos chupetes por bazucas. La orientación pedagógica de la actividad ha causado verdadera sensación. Lo primero que le viene a uno al caletre es lo siguiente: por un lado se insta a los niños a aprender las cívicas virtudes del reciclaje, pongamos por  caso, “los envases de plástico al contenedor amarillo”, al tiempo que se les alecciona para echar los dientes (aún de leche) en la “kale borroka” quemando esos mismos contenedores o las marquesinas de la guagua urbana. Prodigioso. Se trata de ir formando las nuevas levas de manifestantes violentos para futuras DUI’s (Declaraciones Unilaterales de Independencia): cortes de carreteras y de la red ferroviaria, asaltos aeroportuarios y otras amenidades por el estilo.

Admira la actitud un tanto laxa de la Comisión de Fiestas encargada de cribar las actividades observando, es un purparlé, el respeto a la convivencia y la salvaguarda de un mínimo civismo. “Colocamos el taller de cócteles molotov para párvulos entre la carrera de sacos y la función de marionetas”, dispone el regidor de Cultura. “Magnífico”, apostilla uno de sus secuaces. Al margen de la ocurrencia del conciliábulo festivo, le descoloca a uno el criterio educativo de aquellos padres que apuntaron finalmente a sus retoños a semejante verbena, pues los hubo. El taller se celebró. De haber faltado asistentes habría sido suspendido. Me figuro a uno de esos peques ataviado con pañoleta palestina y una réplica de juguete y a escala de un AK-47 en las manos, compareciendo de esa guisa ante el monitor de la actividad y sus condiscípulos: “Mira qué gracioso está Marc, el pequeño de los García López”.

No seguiré la senda marcada por Muriel Casals, que en gloria esté. Aquella fanática del monolingüismo catalanista que defendía la privación de la patria potestad a los padres que acudían a la Justicia para obtener, por sentencia, una parte al menos de la enseñanza para sus hijos en español: ejercicio básico del sentido común en una sociedad bilingüe y medida correctiva a la devastación académica que supone para el alumnado la inmersión obligatoria en lengua cooficial. No cabe similar recomendación, no se trata de eso, de quitarle el hijo a unos padres, por muy idiotas que sean, o por muy dispuestos que estén a criar a un sociópata. Son contadas las ocasiones en las que han de intervenir los poderes públicos en tan espinosa materia, cuando hay una amenaza manifiesta para la integridad física y mental del niño, y en el presente caso sólo se lesiona, parcialmente, el segundo término del binomio… siempre, claro es, que los cócteles molotov del tallercito de marras no sean reales y sí, en cambio, de pacotilla. Un sindiós. En todo caso, correspondería a las autoridades municipales, al concejal de los llamados “Asuntos Sociales”, velar, digamos, por la conducta tolerable de los niños en los espacios públicos y en relación con sus iguales. Pero no se debe obviar que es precisamente el ayuntamiento de Granollers el promotor (“nihil obstat”) de esta majadería sideral.

Es la deriva natural del PSC, pues de todos, es el partido más proteico, mudable y tornadizo, como esas células líquidas que se expanden y contraen al microscopio. Lo mismo te manda a Borrell a apaciguar a los manifestantes que salimos a la calle en Barcelona tras el discurso de Felipe VI contra el golpe separatista (“¡Esto no es un circo romano!”, en respuesta a la clamorosa y unánime petición de presidio para Puigdemont), con el fondón Iceta atascado en una valla, loco por saltarla y sumarse a la fiesta, que te dirige una “mani” preventiva contra una sentencia aún no fallada por el Estatuto pactado, habano de por medio, entre Zapatero y Artur Mas. Al frente de la misma, el insustancial sonderkommando Montilla sujetaba la pancarta del “editorial conjunto” de la prensa domesticada y corría a guarecerse a un edificio cercano para librarse de una buena ensalada de hostias. Que le coloca de matute a toda España un voraz pacto fiscal, a la vasconavarra, y una independencia de facto dando al fin cumplimiento al proyecto primigenio de Pujol y de sus cuates sin escrúpulos del Fomento (antes Nacional) del Trabajo. El próximo taller, bajo el epígrafe “Cómo descerrajarle un tiro en la nuca a un constitucionalista con munición biodegradable, sostenible y desde una perspectiva de género inclusiva”, ya está en preparación: ¡Puta España y feliz Fiesta Mayor! 

Camiseta conmemorativa de las fiestas de Pueblo Seco (Barcelona), julio de 2024. Se autoriza a cualquiera que lo desee a copiar el diseño, incluido el trasero original. La idea es “dale la espalda a los festejos “institucionales”, no van contigo. Busca tus propios espacios de ocio. No les debas nada, ni un baile, ni una batucada. Que les den”.

Motin (Sergei)

No se me ha olvidado la tilde en la “i” de Motin. Y es que esta tractorada no va de un motín, como el del “Caine”, sino de Sergei Motin, un agente ruso destacado a Barcelona por Putin y que, cumplida su misión, y al poco de regresar a Rusia, apareció muerto. Una de las circunstancias que convierten su óbito en un caso novedoso es que murió, según se ha dicho, en su apartamento y no en la calle. Los agentes de Putin, cuando han de pasar a la reserva “definitiva”, son una excepción al común de los mortales. Sabido es que todos hemos de morir un día, pero ignoramos absolutamente cómo y cuándo. No así ellos, que tienen respuesta fija para uno de los dos interrogantes.

El cómo. Mueren defenestrados, arrojados por una ventana de su propio domicilio, “tropiezo” o “suicidio”, “Adiós, mundo cruel”, o con una concentrada dosis de polonio en las venas. Si usted va caminando por la calle y de repente le cae un señor encima, no lo dude, es un espía ruso. Con todo, sobre el cuándo alguna pista tenemos. Fue Stalin quien instituyó la arraigada costumbre de enchiquerar a no pocos espías procedentes de misiones en el extranjero. Su estancia en destinos allende las fronteras de la URSS, les convertía, ipso facto, en elementos sospechosos, pues habían pasado una larga temporada alejados del paraíso socialista de los trabajadores y aunque su lealtad al amado líder y al régimen fueran inquebrantables, bien podrían portar en sus entrañas, sin saberlo, como la teniente Ripley a esa letal bestezuela de la saga “Alien”, el germen capitalista de la decadencia y de la destrucción.

Y por ello eran inmediatamente aislados, deportados al Gulag o trasladados a los sótanos de la Lubianka para recibir el preceptivo disparo en la nuca. Igual que Putin con Motin, salvo que el finado en realidad muriera infartado tras abrir el recibo de la luz, Stalin también le dio matarile, o, mejor, le marcó el itinerario a seguir a uno de sus más estrechos colaboradores enviados a España durante nuestra Guerra Civil, Koltsov, a quien espetó en su reencuentro: “¿No estarás pensando en suicidarte?”. Edificante anécdota que ya mencionamos en una tractorada anterior (“Rusia es culpable”). La Historia se repite… para muestra un botón: PSOE y ERC se confabulan cada 90 años para dar un golpe de Estado, de 1934 a 2024.

Lo cierto es que Motin murió (o le “murieron”) en 2018. Ya ha llovido desde entonces, aunque poco por culpa de la pertinaz sequía, sólo que tan fatídico desenlace pasó desapercibido. Ha sido a raíz del impulso a la causa conocida como caso “Voloh” que el suceso ha ganado notoriedad. El asunto languidecía por el paso del tiempo y por el abatimiento que genera en el paisanaje el entreguismo del gobierno del traidorzuelo de Pedro Sánchez a los separatistas. El juez Aguirre le ha dado nuevos bríos a ese enredo mayúsculo colando la “traición” en el menú de los cargos, un delito que no contempla la vergonzosa y birriosa Ley de Amnistía avalada por el Constitucional (sic). Y saltan de nuevo a escena Puigdemont, Alay, el embajador plenipotenciario de los catalanistas ante los canacos de Nueva Caledonia, no es coña, Xavier Vendrell, asesor personal del narcoterrorista colombiano Gustavo Petro, y Gonzalo Boye, abogado del fugado y, este mundo es un pañuelo, del periodista español (prensa podemita y Gara) detenido por las autoridades polacas acusado de espionaje pro-ruso. Lo mejor de cada casa.

Ya metidos en harina, yo de Pablo González Yagüe (apellidado Rubtsov en sus papeles rusos, pues goza de doble nacionalidad, descendiente que es de uno de aquellos “niños de la Guerra”), el periodista representado por Boye, andaría con la mosca detrás de la oreja, conocidos los antecedentes, affaire Motin, pues beneficiado por un reciente canje de espías, aterrizó en Moscú y a pie de avión le esperaba el mismísimo Putin para encajarle la mano. Miau. El zar ruso, como sus antecesores Iván el Terrible y Koba el Temible, no es partidario de dejar testigos, esos cabos sueltos que te complican la vida.

Motin fue el emisario moscovita que ofreció a los golpistas catalanes, además de financiación, un galimatías de compra de deuda y de monedas virtuales, la intervención de 10.000 hombres armados para apuntalar la independencia (¿Spetsnaz? ¿Grupo Wagner? ¿Delincuentes comunes excarcelados?). Algunos reputados separatistas han declarado a toro pasado que para conseguir la secesión es imprescindible, efectos colaterales, plantar unos cuantos cadáveres encima de la mesa. De lo contrario, olvídate. Eso se lo habrían explicado a las mil maravillas sus aliados de ETA que por experiencia saben que “matar sale a cuenta” (véase “La derrota del vencedor”, de Rogelio Alonso). Pero nuestros nacionalistas, en el fondo, son de los que pretenden hacer la tortilla sin romper los huevos por no mancharse las manos y no comprometer los millones que han ido dragando de la sociedad catalana durante décadas rumbo a Andorra, Suiza o Liechtenstein. Cierto que a día de hoy cuentan con la colaboración entusiasta del gobierno nacional y un enfrentamiento por desórdenes públicos, en caso de producirse un nuevo desafío rupturista, no parece posible.

No sabiendo si apuntar esa gestión fallida, “los diez mil hijos de Putin”, en el haber o en el debe de Motin, lo que indiscutiblemente pertenece al segundo capítulo es el pufo que dejó en una clínica dental de Barcelona al poner pies en polvorosa: casi 20.000 euros. Eso no se paga por una caries, de modo que no es descabellado intuir que anduviera tentado de cambiar de identidad modificando determinados índices antropométricos. Y no es que pretenda pegarme un tiro en el pie, desdiciéndome del eje vertebrador de mi teoría acerca del “protocolo de actuación en la forzada cesantía de agentes rusos en Cataluña”, pero Sergei Protosenya, empresario afincado en Lloret de Mar, y al parecer implicado en la trama, murió ahorcado (año 2.022) en su domicilio, y su esposa e hija apuñaladas.

Y es que en este putinesco vodevil hay cabida para todo tipo de ingredientes, chuscos y graves, patochadas hilarantes y episodios oscuros, tenebrosos, acaso asesinatos: elementos que hacen al caso para una tragicomedia. Boye, ese perejil de todas las salsas, condenado a prisión tiempo ha por colaboración en el secuestro de Emiliano Revilla, ahora anda en un aprieto acusado de favorecer el blanqueo de capitales de quien fuera su cliente, el narco gallego Sito Miñanco. Una carrera en la abogacía verdaderamente ejemplar. No en vano se sacó el título hincando los codos en el talego, aprovechando el tiempo, tanto como el golpista Raül Romeva (con diéresis en la “u”) tomando en el trullo clases de natación de su entrenador personal.

Estos españoles (dijo Stalin de conformidad con el viejo proverbio ruso refiriéndose a Largo Caballero, Prieto y Negrín) antes verán sus propias orejas que su oro, tras el expolio de las reservas del Banco de España (700 toneladas de oro y plata) perpetrado por las autoridades republicanas. A saber si queda en una cámara secreta del Kremlin alguno de aquellos lingotes y lo usa Putin de pisapapeles. He de admitir que me causa auténtica perplejidad la simpatía por el autócrata ruso de algunos muy cabales amigos. No entiendo cómo, defensores a ultranza de Europa como hecho civilizatorio (las leyendas artúricas, el románico, Dante, las catedrales góticas, Da Vinci, Miguel Ángel, Cervantes, Van Eyck, Velázquez, Bach, Mozart, Goethe), presumen que Putin tenga el más mínimo interés en salvaguardar Occidente de sí mismo, a través de la infestación “woke”, y de sus enemigos exteriores fácilmente identificables.

Lo que está fuera de toda duda, es que ha conspirado y maniobrado para fragmentar España respaldando al separatismo catalán. No diré aquello de “Rusia es culpable”, frase atribuida a Serrano Suñer, y usada como banderín de enganche para alistar voluntarios a la División Azul, pero Putin sí lo es y por eso le deseo lo peor. A él y a sus socios, vivos o muertos, en esta grotesca astracanada. Cierto que Pedro Sánchez, tan egocéntrico y envidioso, le ha dado un codazo para despejarlo de la ecuación y ocupar su puesto. Pero quedará para los restos que Putin, entre España y Puigdemont, eligió al segundo. Un día, también él tropezará en su ventanal.   

“Alto, amigo. A mí no me meta en líos, que soy el doctor Morín… nada tengo que ver con el Motin ése y con el espionaje. Mi especialidad es triturar fetos de seis y siete meses de gestación. Además, ya pasé a mejor vida. Aquí en el infierno lo paso pipa intercambiando experiencias con mi buen amigo el rey Herodes, y con los chicos de Hamás, que son unos fenómenos rajándoles la barriga a machetazos a las embarazadas israelíes. Siempre se puede aprender algo nuevo. Ésa es la actitud conveniente al hombre sabio”.

Vasectomízate

Uno de los mandamientos que en vida nos dio Marta Ferrusola fue el de procurar al país una progenie inequívocamente catalana: Fem fills catalans (*). La natalidad patriótica es una herramienta de primer orden para evitar la desnaturalización de Cataluña por obra y gracia de la inmigración, lo mismo española que extranjera. Ferrusola fue prototipo de mujer empoderada, pues lo mismo acarreaba bolsas de basura repletas de billetes de 500 euros con destino a Andorra, dando ejemplo a su camada, que impartía normas morales y reproductivas para el sostenimiento y continuidad de la nación irredenta. Incluso sentó cátedra con relación al número ideal de hijos: tres. Aritmética uterina. El mayor, el heredero (“hereu”), para hacerse cargo de la empresa y continuar la saga familiar. La hija (“pubilla”), destinada a un matrimonio ventajoso con un ricohombre, y entre los varones el “segundón”, para dedicarlo a la política, bien fuera en el organigrama del partido, en la segunda escala de la administración regional (estructuras de estado) o, llegado el caso, al activismo asociativo, y si fuere preciso al terrorismo.

Las declaraciones de un merluzo colosal llamado Ignasi Farga nos remiten en cierto modo a ese inagotable manantial de sabiduría que fue la ilustre finada (Això és una dona! (**), así recibida en la balconada de la plaza de San Jaime, vítores y aplausos, por la enfervorecida multitud que mostraba su adhesión incondicional a Jordi Pujol tras su imputación en el caso “Banca Catalana”). Ignasi Farga es concejal de ERC en la localidad barcelonesa denominada Palau-Solitá (-Solità) i Plegamans. Ése es el alambicado nombre de la muy noble y leal villa, y no es una coña marinera. Ignasi forma parte del equipo de gobierno municipal en calidad de cuarto teniente de alcalde y es regidor de Educación y Juventud.

El interfecto nos recuerda al profesor de secundaria de la comarca de El Maresme que en una tractorada anterior se acogió a una baja laboral por depresión, anímicamente arrasado porque sus alumnos “pasan” del catalán, de las sardanas y de la obra poética de Joan Maragall. Son, el profe y el concejal, dos almas gemelas, espíritus afines. Mientras uno llora la desafección al país de las nuevas promociones estudiantiles, el otro manifiesta su voluntad de no engendrar hijos “por temor a traer niños castellanohablantes al mundo”. Ignasi Farga no pretende en su fuero interno desobedecer a Ferrusola, pero es un maltusiano condicional. Opta, en su ilimitada generosidad, por no reproducirse para evitar la más funesta tentación a esas criaturas no nacidas. Él tendría hijos, pero no para que esos arrapiezos hablen la lengua colonial. Imagina su prole, esos bebés inocentes a los que cambiaría los pañales amorosamente, convirtiendo motu proprio sus almas en un pozo ciego rebosante de heces y porquería, chamullando la española jerigonza en el parque infantil, en los columpios o en el balancín y, claro es, le entran los sietes males. Carne de su carne y sangre de su sangre hablando la lengua de las “bestias taradas”, como diría Quim Torra… ese gran estadista del que hemos perdido la pista.

Hay quienes desisten de la paternidad por no traer al mundo futuros parados, asalariados eventuales o perceptores vitalicios de ayudas no contributivas. O acaso pederastas, yonquis, narcotraficantes, pirómanos, psicópatas asesinos, raperos, abades de Montserrat, magistrados del Constitucional, cantantes de OT, meretrices trotonas, saltimbanquis, tontos de baba, recoge-boñigas y otros elementos de mal vivir. La descendencia futura activa temores ocultos y desvela prejuicios y fobias de las gentes del común. “¿Y si me sale un hijo merengue?”, se pregunta retóricamente el culé fanatizado. “¿Y si la niña se presenta en casa con un bombo de la mano de un negro o de un moro?”, se desespera el racista furibundo. Los riesgos están ahí y son esquivos al cálculo como la arena de la playa. Pues bien, sucede que Ignasi Farga no puede soportar  en manera alguna traer al mundo un niño castellanohablante. Es la peor de sus pesadillas, su infierno particular. No puede concebir una tara más inmunda que ésa.

Son varias las opciones que Ignasi Farga tiene ante sí. Una de las más drásticas es la vasectomía, si es que previamente sometido a la analítica oportuna, la muestra contenida en el recipiente le hiciera apto para perpetuar su apellido. Siempre y cuando las declaraciones de Ignasi no fueran un brindis al sol, ese “postureo” tan común en la actualidad, y sus pulsiones eróticas tuvieran efectivamente en las damas el objeto de su deseo. Pero aún más concluyente sería la castración: lo mismo física, tijeretazo que te crío, que química. Muerto el perro se acabó la rabia, pues en ese caso no habría tentación capaz de levantar el genesíaco apéndice de la posteridad.

Pero, por esas vueltas, revueltas y cabriolas que da la vida, nos topamos al cabo de los años con Ignasi Farga acompañado de un mocosuelo. Se ha producido un inesperado desliz y tenemos descendencia. ¿Y ahora qué? La única salida sería la “sharia” lingüística. Al ladrón le amputan la mano, ¿No es eso? ¿Qué el niño se empecina en hablar en español? Muy sencillo: unas cuantas descargas eléctricas de alto voltaje en el velo del paladar por control remoto. Y si hay reincidencia, atrofia quirúrgica del aparato fonador. Aun así Ignasi no corrige los vicios de su retoño… para los casos refractarios: la amputación de la lengua. Y ya tenemos la parejita: Ignasi emasculado, un eunuco de la más extrema ortodoxia idiomática, y su niño, deslenguado, en sentido estricto.

Ignasi Farga es un caso extremo (él no es el paradigma), pero interesante, pues lleva la perversa lógica nacionalista al extremo y desvela un mecanismo prevalente en el seno de esa bandería, aunque en grado diverso. En él, y en el catalanismo en general, puede más el vector “odio” a aquello que percibe en su fuero interno como “enemigo a batir”, lo que impide que plenamente se manifieste y realice su idiosincrasia, que el amor a esa pretendida identidad propia. Alguien replicará que es al contrario, que tanto ama su lengua que es capaz de renunciar al relevo generacional para mantener intacta su pureza, pues no hay bastardeo de aquélla mayor que el pernicioso contacto con la pestilente lepra españolizante. Aunque el muy elevado precio a pagar sea el suicidio genético de la comunidad, su extinción voluntaria.

No seré yo quien le quite la idea de la cabeza. Seamos prácticos, si los Ignasi Farga de este mundo deciden no reproducirse al adoptar la “vía Xirinacs”, pero no de cuello para arriba, si no de cintura para abajo, quedando sus odios en dique seco, fosilizados en los cataplines, en apenas unas décadas podrían cambiar las mayorías parlamentarias a nivel regional y los nacionalistas entrarían por derecho en la lista de especímenes en serio peligro de extinción. Y, de no creer, Cataluña se libraría al fin de los catalanistas, mas no por efecto de la feroz represión, sino por la abstinencia o cuando menos por la fornicación infértil. La contrapartida onerosa es evidente, pues al tiempo descenderían acusadamente los cotizantes futuros, comprometiendo gravemente la percepción de las mensualidades pensionadas.

El botarate de Ignasi Farga cierra, al cabo de los años, el círculo abierto en su día por Lluis Recoder, alcalde que fuera de Sant Cugat (CiU). El munícipe interrumpió airadamente un pleno del parlamento regional, pues un diputado del PP (Julio Ariza, creo recordar) hizo su intervención en español. Recoder asistía a la sesión acompañado de una representación de escolares de su localidad. No pudo sufrir la salvaje agresión contra los pequeñuelos indefensos perpetrada por el orador, se levantó de su asiento y clamó desesperadamente un paternalista “por favor, que hay niños”.

Ambos, intentado preservar a las criaturas de la morbidez idiomática, de la valencia envilecedora y corruptora de la lengua española, transitan el camino sin retorno de la anhedonia, que es un severo desarreglo de la conducta, una condena a la infelicidad y a la impotencia. Sabido que no podemos vivir en una burbuja aislados del mundo exterior, es imposible evitar la contaminación lingüística si la lengua conviviente en la finca de vecinos, o en la cafetería de la esquina, es la española, ni la danesa, ni el vascuence, la española decimos, con notable difusión a escala planetaria… por mucho que se proscriba en el ámbito institucional o en la escuela. Ten hijos, Ignasi, y no ganarás para disgustos. O eso, o te cortas el pito. Chico, son habas contadas..

(*) «Tengamos (aprox) hijos catalanes»

(**) «¡Ésta sí es una mujer!»

Que sepas, papi, que me gustará el reguetón, cantaré “yo soy español, español, español” y diré lo-lo-lo-lo al sonar el himno nacional y mi héroe será Carvajal… quien avisa no es traidor…

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar