Sin «Razón»

Decíamos ayer… que hay medios que incurren en la inconsistencia estival. Bajo ese baldón estacional subyace la flojera de los principios… de quita y pon. O de pon y quita, que lo mismo da, que da lo mismo. Y las materias en que más se echa de ver ese fenómeno son el debate lingüístico y la política devastadora de la cooficialidad. Para mí tengo que es la mayor lacra que bastardea la igualdad de derechos de la ciudadanía en España y es, aunque para muchos se trate de una anécdota trivial, craso error, uno de los mayores obstáculos a la existencia de una democracia aseada. “¡No será para tanto!… ¿Qué más dará que los alumnos gallegos potencien al “caldeiro” que al cubo? ¡Exagerado, alarmista, ave de mal agüero!”.

Cuando la lengua común, o nacional, esto es, el español, no es apta para escolarizar a los futuros ciudadanos españoles en no pocas regiones del país (casi un 40% de la población), algo no funciona. Es un derecho constitucional, inalienable y, sin embargo, es vulnerado (y “alienado”) continuamente, y por gobiernos nacionales y regionales de diverso signo… luego el consenso en la materia es casi absoluto. “Transversal”, como dicen los fifís más fifiriches. Y no es que no sea apta para expresar conocimientos académicos por una carencia intrínseca vinculada a la cosmovisión que con ella podemos expresar, nada de eso. Al español no le sucede lo que al habla gutural y sincopada de los bimin-kuskusmin (Papúa-Nueva Guinea), inapropiada para el estudio de las matemáticas y de la ingeniería aeronáutica, pues su sistema numérico, más allá de la magnitud “tres”, dispone de un genérico “muchos, muchos”, ayuno de la precisión requerida para el estudio de las ciencias exactas. No es el caso.

Esta vez la melonada, que toma el relevo de una anterior (véase “Perder La Razón”), la firma, gesto altivo, sereno continente, el articulista Rodrigo Criado, a cuenta de las impresiones de la propietaria de un pequeño negocio establecido en Barcelona.

https://www.larazon.es/cataluna/situacion-catalan-cataluna-realmente-cuenta-hay-pequeno-grupito-p7m_2025080468909441c5e9fd602f675c47.html

El desparrame es total y desquiciante. El artículo está presuntamente redactado en español, pero no tarda el lector en descubrir que lo está en el español despachurrado de un chico que ha sido sometido a esa payasada académica de la inmersión obligatoria que depaupera (demostrado en multitud de informes) el desempeño culto de las nuevas promociones estudiantiles. No en vano, el autor nos asesta un doloroso puntapié en el cucu al atizarnos la inédita expresión “todavía más si queda” por un, supongo, “todavía más si cabe”. Como ésa, otras muchas, algunas incomprensibles. La toma con la sintaxis y la sacude sin compasión.

Recuérdese que para loar las bondades de la patochada “inmersiva”, tuvieron sus paladines la osadía de proclamar que un niño en Cataluña, con dos horas semanales de lengua española, era tanto o más apto en la materia que uno burgalés escolarizado íntegramente en dicho idioma. Con un par. Basaron tan convincente afirmación en las notas comparadas de los exámenes de acceso universitario. Omitiendo, claro es, que la pregunta más difícil formulada a nuestros examinandos es, pizca más o menos: “Juan come peras. Señala el sujeto de la oración”.

Necesitábamos, como los campos de mieses el agua de mayo, la siguiente exposición de las políticas lingüísticas urdidas durante décadas por el catalanismo político (lo mismo CiU que los tripartitos “amontillados”): Las administraciones, los políticos y parte de la ciudadanía, por supuesto, defienden con todas sus armas argumentativas su protección (de la lengua catalana, se entiende) como un derecho y como herramienta de cohesión social en el territorio, con subrayado en negrita y todo para que nadie pase por alto lo más sustancial de la parrafada. Tras semejante pampirolada, el autor, incluye innecesariamente en su exposición el camelo de la “cohesión social” que ya nadie menciona por vergüenza torera. Ni los liberticidas activos, ni sus cipayos reclutados entre los castellanohablantes domesticados (tipo Rufián, Justo Molinero, José Corbacho, o desde ultratumba, mediante el tablero Ouija, los finados Paco Candel, Vázquez Montalbán o Pepe Rubianes, etc), habida cuenta la cohesión social de auténtica mierda que disfrutamos en Cataluña, particularmente desde el año 2010. Y, hete aquí, confiere la parte mollar de su artículo a un video colgado en las redes por una chica quejosa de la injusticia que supone la imposición del catalán en todos los ámbitos de la vida. Y lo hace, criatura, ignorante del aparataje ideológico que hay detrás de todas esas políticas siniestras que sufrimos en carne propia desde hace más de 40 años, con una ingenuidad verdaderamente conmovedora.

Nuestra heroína se atreve a aventurar un porcentaje de población intolerante con relación a la lengua, según su experiencia personal. La mayoría de la gente no es así, pero hay un 10% de puritanos, peores que un dolor de muelas, que se transforman en aquellas cacatúas partidarias del prohibicionismo alcohólico que hemos visto en las pelis del Oeste. Nos dice: “Hay un grupito pequeño pero matón que son muy pesados y quieren imponerte la lengua”. Cabría decir a la doña que su cálculo incurre en un optimismo angélico. Si sumamos el porcentaje de voto representado por el nacionalismo lingüístico en sus diversas advocaciones, Junts, ERC, Orriols, PSC, CUP y Colau, nos vamos a un 80% del arco parlamentario. Cabría sumar medios de comunicación de titularidad pública, y los semipúblicos, “La Vanguardia” y “El Periódico” que, aunque editados en español, promueven con denuedo la inmersión obligatoria en la escuela. En esta feria, los sindicatos, las patronales (muy especialmente PIMEC), asociaciones vecinales y deportivas (con el “congoleño” Barça en primera línea) adquieren un protagonismo nada desdeñable. ¿El 10%, mi amor?

Cosa diferente es que te sacudan en la vía pública, cariño, pero no es llegada aún la hora de ese grado de violencia. Quién sabe si un día de estos reverdecerá el antañón trabalenguas “dels setze jutges” (*). También es cierto que has tenido la suerte de que Joel Joan, J. Lluis Bozzo (el dramaturgo), Josep M. Alay, Antonio Baños o Santiago Espot (a éste le hemos perdido la pista), delatores de gran nombradía y dilatada ejecutoria, no han ido a parar a tu establecimiento, pero dales tiempo y ocasión, y verás lo que es bueno. Ahí tienes el ejemplo reciente de la heladería sita en el barrio de Gracia (“Dellaostia”), regentada por argentinos y que ha sido vandalizada por los escuadristas más iracundos de la “c” cerilla. La niña, un mirlo blanco, saca a colación (nos encandila) la cuestión de los acentos: Yo no soy de aquí, no tengo vuestro acento. Hay gente a la que se le da mejor y gente a la que se le da peor (aprendió lo suyo de los episodios de “Barrio Sésamo”). A mí no se me da bien y no me siento cómoda hablándolo (¿Acentos, idiomas… calabacines o berenjenas?), por lo que no podéis obligarme”. Qué cosita, hay para comérsela a besos. Los acentos…mira tú qué ocurrencia.

El autor, un auténtico lince que ni el de Beocia, advierte de las equivocadas percepciones de un segmento amplio, creciente, de la población. “No obstante, esta defensa y promoción (del catalán) ha generado recelos en diversos sectores (mantenemos la negrita), donde se percibe (en ocasiones de forma errónea o muy exagerada) (sic) como una imposición que podría poner en duda la convivencia en la sociedad”. Toma del frasco. Bien entendido que “poner en duda la convivencia” no es una frase feliz y que mejor encajaría un “dañar la convivencia”. En todo caso lo que sí daña esas tan acérrimas “defensa y promoción”, con toda la batería anexa de normativas excluyentes, es la libertad de elección de lengua escolar y la igualdad de derechos. Que no es poca cosa. Y más allá, entona un lamento surgido de su espíritu seráfico y bonancible: “Cuando la lengua podría llegar a ser algo que se vea desde el respeto (sic), está convertido (sic) en un hipotético campo de batalla en el que se debaten temas de todo tipo (mantenemos la negrita), como por ejemplo el de la identidad”.

Si damos por bueno, armados de infinita indulgencia, que el artículo de “La Razón” está redactado en español, semejante cúmulo de disparates demuestran de manera fehaciente que, en efecto, en Cataluña hay un problema y no menor: el desconocimiento de un registro culto, aseado siquiera, de la lengua española entre nuestros estudiantes, sea cual fuere su lengua de referencia familiar… incluidos los licenciados en periodismo. Gracias “inmersión”, gracias PSC… por cuanto afines al PSC fueron los lingüistas (Rosa Sensat y otros) que impulsaron esa cochambre antes de que la hiciera suya e implantara con mano de hierro el régimen pujolista.

La guinda del pastel. Ese mismo día “La Razón” nos obsequia con otra gansada, ésta firmada por una reputada sociolingüista, a cuento de los síntomas de fatiga observados en algunos sectores del paisanaje por la imposición a machamartillo del catalán. Si le quitas la carga política, el catalán es considerado un idioma bello incluso por quienes no lo hablan. Fantástico. Habría que decirle a esa lumbrera que hoy quitarle la carga política al catalán es más difícil que robarle las herraduras a un caballo al galope tendido. Hay cosas indisociables. También un misil balístico de alcance intercontinental es un objeto bello, estilizado, fascinante, pero es mejor no andar cerca de su punto de impacto. Qué decir más. Apuesto a que todas las lenguas que en el mundo se hablan son susceptibles de considerarse bellas, por qué no… salvo aquella, si la hubiere, que para su correcta pronunciación requiriese del hablante que éste se metiera un dedo por el culo al tiempo de apretujarse los cojones con unos alicates.

¿Quieres café? Toma dos tazas. Lo último de Rodrigo Criado en “La Razón”:

https://www.larazon.es/cataluna/youtuber-jordi-wild-asegura-catalan-debe-ser-sobreprotegido-castellano-tiene-hecho-p7m_2025081868a2f5f897dddb0112a030c1.html

(*) Trabalenguas utilizado para detectar forasteros y darles matarile ante la dificultad de su pronunciación, como sucedió, según es fama, durante la Guerra de los Segadores, 1640

Perder «La Razón»

Cuando el calor aprieta, las tonterías publicadas en los medios de comunicación hacen cumbre, incluso en aquéllos que uno supone más afines por su línea editorial, por el proclamado compromiso de sus propietarios, y redactores, a valores constitucionales y a la cerrada defensa de los derechos civiles y políticos del individuo. Cabría hablar entonces de “fuego amigo”. Tradicionalmente, se dice, en verano la controversia política pierde fuelle y se llenan páginas con ecos de sociedad, anecdotarios y otras más livianas informaciones a cargo de becarios en prácticas. Con todo, ese esquema no vale para la España actual, la España del estercóreo albañal del sanchismo cuya productiva toxicidad no entiende de altibajos estacionales. Quienes reclaman para sí la protección de determinados valores no habrían de bajar la guardia en época de lúdicos chapuzones, cuando los “hits” veraniegos martillean y lobotomizan al personal a través de las ondas.  Una de esas perlas la hemos encontrado días atrás (15/07) en la edición digital de La Razón. La información la firma Adrián Roque, y éste es el enlace de su aportación desconcertante:

https://www.larazon.es/cataluna/espana-exige-espanol-trabajar-pero-cataluna-exige-catalan-absurdo-reaccion-famoso-escritor-catalan_20250715687612f16e1ec26d312d62c5.html

El reportero tiene a bien agasajar los paladares más exigentes con la reseña de un ensayo, ahí es nada, de Vicenç Villatoro, un viejo conocido de contrastada ejecutoria en la represión de las libertades lingüísticas. Uno de esos eximios representantes de la monocorde mesocracia catalanista que vino al mundo con un cargo público bajo el brazo. Y uno se pregunta qué repajolera necesidad tenían los lectores de ese medio de meterse entre pecho y espalda semejante gollería intelectual.

Hasta la fecha, el esquema dominante en el grupo Atresmedia (“La Razón”) consistía en repartirse el trabajo y delimitar las líneas editoriales entre Antena 3 y La Sexta, antaño en manos de Jaume Roures (bautizado Jaime Robles Lobo), uno de los tipos más siniestros de nuestra reciente singladura nacional, con historial terrorista a sus espaldas: fundador de LCR, colaboración con un comando de ETA y con TV3, palancas del Barça, etc. La primera, contenidos familiares, entretenimiento “blanco”, para todos los públicos, sin apenas ordinarieces, moderantismo ideológico en los informativos y camaleonismo aseado, sin estridencias radicales, en las cansinas y consabidas materias obligatorias: cambioclimatismo antropogénico, feminismo, universo “trans”, alocuciones “pro-Hamás”, ostracismo de la toponimia en español, en definitiva, todas las concesiones al inevitable signo de los tiempos. Y la segunda: Farreras y Gran Wyoming. No es necesario dar explicaciones.

Es decir, lo uno y lo contrario. El esfuerzo moral, en su acepción “principios”, de los gerifaltes de Atresmedia habría sacado de sus casillas, y no es tarea fácil, al matemático Ulrich, protagonista reflexivo, meditabundo (y cargante) de “El hombre sin atributos”, de Robert Musil (*). Lo que siempre se dijo “estar en misa y repicando las campanas”. Groucho Marx también disponía de fórmula propia para definir el fenómeno. De modo que el autor anuncia una obviedad (un autor hibridado, pues Adrián Roque expone la tesis supremacista y paletoide de Villatoro y no se distancia de ella, dando a entender que la hace suya o, cuando menos, la considera digna de estimación). En todos los países del mundo se exige a los trabajadores de origen foráneo que aprendan, adopten y hablen razonablemente la lengua oficial del país receptor. De tal suerte que si fulanito o menganito se instalan en Francia, lo suyo, y quién lo discute, es que se esfuercen en hablar francés… si han de tratar con la población autóctona, aunque sólo sea por atar en la ventanilla de turno una ayuda social. Parecidamente cabría esperar en Italia, Alemania o Polonia con sus respectivas lenguas. Por esa razón, al binomio “Villatoro/ Roque” les exaspera que eso no sea exigible en Cataluña, mira tú. ¿Por qué Cataluña ha de ser una excepción?

Se ve de un rato lejos el error de planteamiento. Cataluña es un concepto de magnitud política y administrativa inferior a Polonia, Francia o Italia: no es un país. Hay momentos en los que es preciso decir la verdad a los niños. Y así se asenderean para la vida adulta y encajan de mejor grado las decepciones que trae aquélla. Los Reyes Magos son los papás. Es duro, pero la vida es “asín” y no es mala cosa el aprendizaje, dejarse desgarrones por el camino… como de polvo, mugre y cazcarrias llena su toga Conde-Pumpido. Con todo, las autoridades de ámbito regional (casi siempre en comandita con las nacionales) actúan “como si…”. Quiere decirse, “como si Cataluña fuera un país homologado a los demás en el desafinado concierto de las naciones”. No lo es, pero lo parece, con su embajadillas y todo.  

El título del artículo es en sí mismo la quintaesencia de la bipolaridad. Y, siendo breve su extensión, afortunadamente (parafraseando a Gracián, “lo malo si breve, menos malo”), larga el articulista de “La Razón” perlas exquisitas como éstas, con subrayado de las “ideas-fuerza” (sic) en negrita, no vaya usted a creer:

Otro punto que genera confusión es que los derechos lingüísticos son territoriales, no individuales. Si un ciudadano español se traslada a París no puede exigir ser atendido en castellano. Sin embargo, en Cataluña, muchos creen que pedir catalán equivale a “una imposición”. ¿Por qué? Porque se ha instalado la idea de que el catalán es secundario frente al castellano. Un desequilibrio que no ocurre en otros países europeos”.

La sucesión de gansadas y de alteración de magnitudes es frenética. Habría que recordarle a esa magnífica dupla que el “castellano” (entendiendo que se refieren ambos al español) no es lengua oficial en París, pero sí lo es en Barcelona. Y, en efecto, el español no goza del principio de la extraterritorialidad allende nuestras fronteras, qué sorpresa, pero eso en nada afecta al hecho incontrovertible de que los derechos lingüísticos en España interesan al individuo. A renglón seguido nos dicen que “muchos creen que pedir catalán (en Cataluña) es una imposición”. Y responden a esa afirmación con otra pampirolada: “(…) se ha instalado la idea de que el catalán es secundario frente al castellano (por español)”. Uno se queda patidifuso, perplejo, pues ignora dónde diantre se ha instalado esa idea. Desde luego que no en las instituciones, en el sistema educativo o en los medios de comunicación públicos. Más bien pareciera que es el español el “secundario” en Cataluña, no sólo frente al catalán, también frente al inglés, árabe y urdu en muchas campañas informativas de rango municipal, mismamente. No obstante, que nadie se haga trampas al solitario, la evidencia es tal que avergüenza un poco el decirlo: en efecto, el catalán, en términos absolutos y con relación al español es secundario, porque el primero es cooficial a nivel regional y el segundo oficial en toda la nación. A escala mundial, el abismo entrambos es aún mayor.

La guinda del pastel es un presunto “desequilibrio” comparativo con relación a otros países que también disponen, deducimos del contexto, de otras lenguas además de la oficial o nacional. No hace falta ser un lince para ver que tal desequilibrio, contrariamente a lo que insinúa Roque, es en aquéllos infinitamente superior, habida cuenta de la especial (y excesiva) consideración legal que en España adornan a las lenguas cooficiales. ¿Acaso en Perpiñán se escolariza a los niños en catalán como sí sucede en Barberá del Vallés? ¿De qué repajolero “desequilibrio” andas chamullando, pichurrín? La andanada final del artículo obedece a un simplismo-maniqueísmo insultante. El chico de “La Razón” despliega toda su potencia de fuego neuronal y nos dice:

“Lo que en París, Berlín o Madrid sería incuestionable, en Cataluña se convierte en debate. Y muchos se preguntan: “¿De verdad es una discriminación pedir catalán para trabajar?”, «¿O lo es permitir que una lengua entera sea relegada?”.

Chimpún. Siguiéndose de esto último que la lengua catalana entra en la UCI de las lenguas moribundas y “relegadas” que en el mundo son si la cajera del supermercado nos coloca en español la oferta del día, «manojo de espárragos trigueros a 1’50 €». Como si bagatelas sin apenas importancia como la inmersión obligatoria en todas las escuelas no fuera una realidad impuesta coactivamente, o los medios de comunicación de titularidad pública, incluyendo la “2” de RTVE, no emitieran en catalán el ciento por cien de su programación, o si no fuera lengua exclusiva en la relación de las administraciones con la ciudadanía. No se ve por parte alguna que la lengua catalana esté siendo “relegada”. De modo que Adrián Roque o es miope, o, abducido por Villatoro, ha sucumbido a la disociación cognitiva y percibe realidades extrasensoriales vetadas al común de los mortales. O eso, o es que ha perdido La Razón.   

(*) Sí, he leído la novela de punta a cabo con la vana esperanza de que ocurriese algo entre el primer capítulo y el último. Y he sobrevivido.  

“Hola, soy el doctor Jekyll- mister Hyde, presidente honorífico del grupo Atresmedia. Que lo mismo te digo una cosa, que te digo otra”. La Razón se pasa al lado oscuro.

RTV¿E?

Los caminos del golpismo son inescrutables. Un sector donde se aprecia nítidamente la progresión del golpismo catalanista es en el panorama de las televisiones públicas. El principal valedor del golpe, malgré lui, ya no es el separatismo: partidos políticos, CDR, TV3 y entidades diversas (sindicatos, asociaciones profesionales, vecinales, las diversas terminales de la opresión lingüística, etc). Es hoy el PSOE, es decir, la franquicia madrileña, capitalina, del PSC. El mando del golpe de estado, antes liderado por Junqueras y Puigdemont, perpetrado en su fase “procesual” en octubre de 2017, ahora está bajo supervisión directa de Pedro Sánchez, de sus sayones en el gabinete ministerial y en el partido, colonizados ambos por corruptos, puteros y proxenetas y, protagonismo estelar, de Conde-Pumpido y sus togados mariachis.

Una de las fantasías más recurrentes de unos años a esta parte de los catalanes leales a España (particularmente de los más desafectos a la fórmula autonómica, entre quienes me cuento) es la desaparición de TV3 y de medios radiofónicos similares, algunos públicos, otros semipúblicos. A nadie le gusta que le insulten a diario en las ondas con el dinero de sus impuestos. El sectarismo es el peor baldón que en democracia puede ensuciar la ejecutoria de un medio de comunicación de titularidad pública. Que las cadenas y emisoras privadas incurran en ello, es harina de otro costal. Allá ellos con su dinero, su audiencia y su balance de resultados. Y digo bien desaparición, que no reforma, porque hay cosas que se han imbuido de tanta vileza y sucedumbre que éstas han penetrado hasta las trancas, hasta la osteína de la osamenta, con su aliento mefítico y contaminador, y no tienen remedio posible. Y con ellas hay que hacer tabla rasa al estilo “polpotiano”. ¿Reconversión de las instalaciones de Sant Joan Despí en un centro hospitalario? ¿Demolición mediante maquinaria “brutalista”… una de esas bolas de acero que parecen el péndulo de un zahorí colosal? ¿C4? ¿Dinamita? ¿Napalm? El abanico de opciones es amplio.

El itinerario nacionalista del circuito catalán de TVE principió años ha y se ha mantenido en ésas al margen de quién tuviera mando en plaza. Mismamente, en tiempos de Rajoy echarle un vistazo a los informativos locales era poco menos que una heroicidad. Cierto que la dirección del “ente” (sustantivo apropiado para titular una película de terror) confiaba en que nadie en su casa, y en su sano juicio, le diera al botoncito del mando a distancia y, de ese modo, las soflamas particularistas de la “2” pasaran desapercibidas, muy especialmente en aquellos días tumultuarios. Y que, a lo sumo, por allí recalaran cuatro despistados y los voluntariosos espectadores de los documentales sobre marsopas y elefantes marinos.

Sucede, pues, que las desconexiones territoriales de TVE no han podido resistirse a la fatalidad lingüística que asola Cataluña desde la instauración de la democracia (no digo “recuperación” porque en puridad no la hubo antes, salvo que alguien muy ñoño confunda la II República «frentepopulista» con una democracia homologada). Me refiero con “fatalidad” a la ineludible valencia de la lengua como herramienta política que, en estos casos, sobrepuja a su intrínseca cualidad comunicativa. Cuando se propone una lengua como hito fundamental en un proyecto de construcción identitaria ya no rige para ella aquello de que “las lenguas están para entenderse”, que “entre ellas puede establecerse una relación cordial”, que “qué más da aprenderse el aparato digestivo de los batracios en gaélico escocés que en inglés, lo importante es aprenderlo”, o que “cuantas más lenguas mejor, pues son un tesoro de un valor incalculable” (que es la divisa favorita del ministro de Cultura de Papúa-Nueva Guinea: 700 lenguas diferenciadas), para convertirse en un marcador étnico, en una barrera al libre tránsito de personas, en un baremo discriminador en el mercado laboral, en un elemento antipático y opresivo, en una excusa para multar al personal vía rótulos comerciales, en definitiva, en una suerte de estrella de David cosida a la boca. Dicho a la pata la llana, en un puta mierda.

Pero hete aquí que la tozuda realidad nos sacude un directo seco y duro a la mandíbula. Apliquemos aquella lapidaria y contundente sentencia de Mike Tyson, campeón mundial de los pesos pesados: “Todos tienen un plan hasta que les meto la primera hostia”. Y en lugar de avanzar hacia esa meta soñada, meter TV3 en un agujero negro de la Historia, nos toca deshacer posiciones de la mano de esa lamentable simbiosis entre aborigenismo paleto y un PSOE que hoza y retoza, cual verraco verriondo, en el lodazal de la traición, y asistir al desembarco, acabáramos, del nacionalismo más exaltado en TVE. Ya nos han suministrado una dosis preliminar, para ir haciendo boca, con el fichaje (millonario) de Buenafuente, ese cantamañanas que se forró haciéndose el simpático en cadenas generalistas y que escondía un separatista furibundo entre los pliegues de su abultada billetera y hoy “abajofirmante” de un manifiesto (junto a los Bardem, Almodóvar, “Zampo y yo”, “Franco, ese hombre”, Miguel Ríos… toda la tropa viejuna) a favor de la corrupción y de la explotación sexual en saunas y lupanares… perdón, he querido decir de un manifiesto a favor del injustamente perseguido Pedro Sánchez, candidato a la beatificación martirial de la “progredumbre”. Buenafuente, uno de los tipos con la jeta más dura de todo el faranduleo televisivo.

RTVE, por su segundo canal para Cataluña, emitirá exclusivamente en catalán. De unos años a esta parte ya hemos tenido anticipo de tan feliz iniciativa. De tal suerte que, en ocasiones, cuando sus directivos se daban un golpe en la cabeza y programaban una película estimable en la “2”, horario “prime-time”, aquí nos enchufaban un debate perfectamente prescindible, y en catalán, por supuesto. De modo que, con arreglo a las sonrojantes declaraciones del actual Director de RTVE, un tipo llamado José Pablo López, en adelante la “2” usará únicamente “la lengua propia de Cataluña”, replicando así el habitual argumentario indigenista en materia lingüística. Ese fulano, de cráneo indescriptible, y por ello se entiende que su hábitat se sitúe detrás de las cámaras que no delante, y asesorado por uno de los novísimos directivos de su consejo áulico, el incombustible Mikimoto, que odia a España tanto como los hutus odian a los tutsis, y por esa circunstancia, y no otra, será remunerado con un pastizal a cargo del erario público, considera que el español es un idioma “impropio”, aun siendo el “propio” (familiar) de más de la mitad de los catalanes, según los sondeos demoscópicos del CIS regional. Que, por otra parte, no dejaría de ser “propio” de Cataluña aunque fuera el idioma referencial de un exiguo 10% de su población.  

Hoy la “2” no retransmitiría aquella aparición de Felipe VI en octubre de 2017 animando a los catalanes a que no perdiéramos la esperanza ante el golpe de estado perpetrado por las instituciones copadas por el separatismo. Que no estábamos solos. Hoy sí lo estamos. Sería al punto vetado por la Dirección del “ente” y acusado de difundir bulos y fango dinástico y fachosférico. Claro que tampoco se repetiría aquella patética estampa de ver al orondo Iceta saltando una valla para hacerse un hueco en la cabecera de la mani espontánea y multitudinaria que, con su intervención televisada, propició el rey, y nadie más que el rey. En el estrado tomó la palabra Josep Borrell, templando gaitas, “esto no es un circo romano”, dijo el interfecto, y todo porque los asistentes pedían, va de suyo, prisión para Puigdemont. Qué otra cosa pensó el andoba ése que pediría la gente. Quizá, cual visionario, ya intuía el muy pillo una futura amnistía. En resumidas cuentas, que dan ganas de apagar el televisor para los restos. Koniec.  

(*) La cochambre se ha instalado en TVE gastando un potosí. En estos aperreados tiempos de metástasis sanchista, ha dado cobertura al humorismo sectario, Broncano, “Cachitos de hierro y cromo”, y ahora Buenafuente. También a la telebasura del corazón, María Patiño y Belén Esteban a lo “Sálvame”. Sólo faltan en su parrilla los llamados “reality shows” del tipo “Gran Hermano”, esa basura que Mercedes Milá, sanchista de buena familia, llama ampulosamente «experimento sociológico”. Aquí van unas ideas la mar de aprovechables: “Un día en la vida de Koldo”, dándole carrete a sus miles de horas de grabaciones telefónicas, “Gran Hermano en Soto del Real” y “Operación Crisálida”, un concurso para menores cuyo premio habría de consistir en un proceso de hormonación y cambio de sexo quirúrgico, a presentar por Benita (antes “Maestro Joao”) y el juez de Orense que avaló la madurez de un niño de ocho años para iniciar el proceso «trans» a instancias de su madre, una fanática progre, de ésas que aplauden con las orejas a Juana Rivas y a Marta Sevilla, iconos del feminismo más desorejado.

Fe de erratas.- En la anterior tractorada, Síndrome “Reus”, utilicé la expresión “pertocar”, incorrecta en español. Mis disculpas y autoflagelaciones.

El Director de RTVE, José Pablo López, desmiente que su película favorita sea “Los Caraconos”. Ha añadido: “Utilizando la terminología del ministro Tontasun, vamos a descolonizar RTVE de “españolía” tóxica en Cataluña. Por cierto… ¿Éste es mi perfil bueno, verdad?”

Síndrome «Reus»

Agarro el tractor de la Tolerancia y marcho a Reus, cuna del general Prim, espadón egregio de las armas nacionales, y de unos afamados vermús. El motivo que nos lleva hasta esas coordenadas es el ahora llamado “síndrome Reus”, que es un nocivo efecto de la depauperación democrática de estos aperreados tiempos. Es la primera vez que se recurre a semejante argumento para prohibir una conferencia. Ésta no se pudo celebrar en un local público de la citada localidad porque la ley objeto de la crítica de los ponentes ha sido aprobada y publicada en el BOE. Toma del frasco. Un mecanismo propio de las dictaduras, pues cuando no se admiten críticas al gobierno, tampoco a las leyes que aquél promulga.

Sandra Guaita, del PSC, es la alcaldesa. Dos concejales de ARA Reus, uno de esos grupos municipalistas dúctiles, dotados de una enorme adaptabilidad para formar gobierno, se sumaron a los ocho del PSC, la fuerza más votada, para sellar un pacto al que más tarde se unieron los cinco de ERC… que en la anterior legislatura tenían mando en plaza de la mano de Junts (antigua CiU), ahora en la oposición, y, cómo no, de ese mismo par de proteicos candidatos de ARA.

La conferencia, programada para el pasado mes de mayo, llevaba por título “¿Tenemos que proteger a nuestros hijos de la Ley Trans?”. Corría a cargo del psicólogo José Errasti, profesor de la universidad de Oviedo. No en vano, en Cataluña se conjugan dos factores que han propiciado el tan cacareado fenómeno del así llamado “oasis catalán” frente a la connatural podredumbre española: la combinación del ultranacionalismo identitario y del progresismo más desorejado. En muy pocos lugares de Europa y del mundo se han hibridado a mutua conveniencia, de manera más exultante y eficiente, ambos vectores, potenciándose el uno al otro, y el otro al uno. Recuérdese la entente cordiale entrambos para silenciar durante décadas los reiterados abusos a menores perpetrados en la abadía de Montserrat… con la complicidad añadida de la prensa regimental del “editorial único”, principalmente “La Vanguardia” y “El Periódico”.

De modo que cuando una ley ha sido aprobada, atiza, ya no cabe debate y crítica. Quiere decirse que aquellas normativas, en todo tiempo y lugar, pues la argumentación aspira, entendemos, a la universalidad, que han sido sometidas a debate parlamentario, que obtuvieron el nihil obstat de una mayoría de diputados, y pendientes o no de un fallo del tribunal de garantías que pertoque, si ha mediado recurso, te la tienes que comer con patatas y ya no puedes decir ni mu sobre el particular. Con arreglo al paradigma “reusense” no habrían podido los abolicionistas difundir su doctrina para derogar las leyes que permitían el tráfico esclavista. Aún regirían las leyes de Fugas, de Vagos y Maleantes. Y nos tocaría acatar en silencio, cual lacerante afección hemorroidal, esa basurienta Ley de Amnistía redactada a pachas entre la cúpula criminal y prostibularia del PSOE y Gonzalo Boye, condenado en firme por colaboración con banda armada, en representación de los golpistas de Junts.

Contrariamente a lo que parece, la doctrina “reusense” no es solamente un artificio que restringe un principio fundamental como el derecho a la libertad de expresión. Aunque, en cierto modo, emparentada con la máxima pujoliana del “avui no toca” (“hoy no toca”… hablar de lo que fuere, se entiende), trasciende esa oportunista y prosaica formulación pues en el fondo se trata de un hallazgo de alto voltaje filosófico por cuanto nos trae a las mientes la idea fuerza de la doctrina elaborada por Ludwig Wittgenstein, condensada en su revolucionario “Tractatus Logico-Philosophicus”. De lo que no se puede hablar, hay que callar, ésta sería, aproximadamente, su formulación angular. Hay quién dirá que la sentencia del gran pensador interesa a los más elevados asuntos que conciernen a la metafísica, y más específicamente al sempiterno debate sobre la traída y llevada existencia de Dios, pero la literalidad de la divisa cancela drásticamente toda disputa. De lo que no se puede hablar, lo mismo por prudencia intelectual que por mandato imperativo, hay que callar. Luego, en un caso u otro, más le aprovecharía a usted cerrar el pico. Y cada mochuelo a su olivo, que aquí se acabó el carbón.

Sucede que en nuestra envilecida España es perfectamente verosímil que el Tribunal Constitucional, a priori encargado de velar por la estricta conformidad a la Carta Magna de las leyes aprobadas por el legislativo, dé por bueno que un menor se hormone y se corte la pilila, incluso sin el consentimiento paterno, porque se percibe como Benita o Bernarda. O que amnistíe a unos subversivos sancionando que el golpismo es una práctica perfectamente constitucional, que no ha de conllevar castigo y que al no existir tal delito, los reos errónea y abusivamente condenados habrían de ser, va de suyo, resarcidos mediante indemnización a cargo del contribuyente. Por ello no causa sorpresa que un juez (creo recordar que en la provincia de Orense) fallara (y falló en atroz atentado contra el sentido común) que un niño de ocho años, ni siete ni nueve, ocho, era lo suficientemente maduro para iniciar su “transición” de género.

¿Permitimos que se haga eso a nuestros niños? Que nadie se rasgue las vestiduras. Tiempo ha que la aprehensión del mundo y la intelección humana dejaron de funcionar como compartimentos estancos. Jamás fue así en realidad, pues la valencia relacional del pensamiento advino desde el minuto uno a las cocorotas de todos los individuos de la especie, aun en las más torpes y ahuecadas. Cuando la palmaria negación de la realidad biológica, primaria, que no requiere elaboración mental, aquella que es perceptible sensorialmente de manera inmediata, tiene acomodo en el marco legal vigente, se suceden otras catástrofes sectoriales. Sea el caso del uso de una vivienda que antes concierne a su “okupa” que a su legítimo propietario o el de ese niño criado en Vitoria, o en Bilbao, que contra toda lógica adquiere sus conocimientos académicos en vascuence siendo la española la lengua de referencia familiar de la inmensa mayoría del alumnado vasco (de unas tres cuartas partes, aproximadamente). Que es, por ende, una de las lenguas más difundidas y demandadas a lo largo y ancho de este mundo. Pues a joderse todos y a zamparse en el comedor escolar unos bokadilloak de tortillak.

Sí, lo permitimos. Somos así de cobardes y de cabrones. Los niños asturianos, hasta ayer en el banquillo, salen a calentar, y a la vuelta de unos años, pocos, si nadie con dos dedos de frente lo remedia, serán fatalmente “inmersionados” en bable. Y se consumará semejante patochada en vida nuestra. A lo que vamos, el consistorio reusense no inventa nada, pero deviene pionero al aplicar en su municipio anticipadamente el complejo en dos movimientos de trasplantar los usos y costumbres propios de una tiranía a un régimen formalmente democrático (aún hoy), cuando no han sido todavía instauradas las leyes habilitantes para investir de un poder omnímodo al Ejecutivo. Se aprueban leyes birriosas por mayoría parlamentaria, el Constitucional de Conde-Pumpido las convalida, elevando la prevaricación más descarnada al nivel de las bellas artes, y haciendo gala el interfecto de esa grotesca mueca de quien gulusmea en el aire la hedentina de una persistente flatulencia. Y llega el consistorio de Reus y le pone el lazo al paquete suntuario: no se pueden criticar aquellas iniciativas legales (las de los míos, claro es) una vez aprobadas y publicadas en el BOE. Y si a usted no le place, ajo y agua. Y, tractorada aparte, si se da un garbeo por Calella de Palafrugell, para asistir a su festival anual de habaneras, ahórrese la emblemática pieza “El meu avi” cancelada por el consistorio, también de obediencia socialista.

Estatua conmemorativa del general Prim (Reus): “¡Non fuyades viles y cobardes criaturas, pardiez, que es un solo caballero el que os acomete!”

PP: «Partido Pinganillo»

En una tractorada anterior se bautizó a Pedro Sánchez, el presidente PE (Profundamente Enamorado), como Pedro “Pinganillo” Sánchez cuando decidió dotar las dos cámaras representativas de traductores y pinganillos para complacer, inclinando lacayunamente la cerviz, a sus socios de investidura: Bildu (Batasuna-ETA), golpistas de ERC y Junts (antes CiU), BNG (be-ene-ge que no “benegá”) y Compromís. No sé si me dejo alguno. Es decir, todo el carrusel de partidos separatistas que entre ellos comparten su común odio a la idea de España, a su existencia como sujeto político e histórico y, por ende, son refractarios a la igualdad de derechos de los españoles.

Nos largaron la atorrante cantinela de la riqueza lingüística de España como bien cultural a preservar. Un intangible. Y la supina melonada de que el parlamento plurilingüe ha de parecerse a la nación “plurinacional” o “nación de naciones”, término acuñado ya en tiempos de ZP (doméstico del tirano Nicolás Maduro). Sorprende la audacia de un concepto como ése, “nación plurinacional”, pues la lógica más elemental nos dice que la pluralidad de naciones desborda y excede el estricto marco de la nacionalidad. Que es una contradictio in terminis colosal. Artefacto de la misma jaez que la de aquel “federalismo asimétrico” acuñado por Pascual (Pasqual) Maragall.

No por evidente, dejaré de decirlo: la auténtica riqueza de una nación donde se hablan diferentes lenguas (sean los casos de Francia o de España, entre otras) es disponer de una común en la que entenderse todos. Figúrense, si no, el desconcierto manicomial en las sesiones plenarias del congreso de Papúa-Nueva Guinea, con más de 700 lenguas censadas, y más traductores que diputados. A mayor abundamiento, yo procuraría no enfadar demasiado al delegado de los bimin-kuskusmin de las Tierras Altas del río Sepik habida cuenta de su particularismo gastronómico. Si el patrimonio cultural de un país se mide por la variedad de lenguas que se hablan aquende sus fronteras, Papúa-Nueva Guinea sobrepuja a todas las naciones que en el mundo son. Y aunque allí, en aquellas antípodas latitudes, no se ha estilado el gótico flamígero, ni nadie pintó cosa parecida al retrato del matrimonio Arnolfini o compuso una tonadilla que recordara vagamente la sinfonía “Inacabada” de Schubert (que si la llega a acabar…), es sabido que el chamán de una tribu asentada a orillas del lago Murray (no muy lejos de la frontera indonesia) es capaz de modular sonidos con el nabo que pueden captarse con ayuda de un fonendoscopio (instrumento de la misma familia de los pinganillos), y, por si eso no bastara, conocen sus aborígenes un remedio muy eficaz para combatir la urticante comezón de las mordeduras de las agresivas hormigas matabele. Que, como logros culturales, tienen su enjundia.

Pues va el PP y pugna a cara de perro con el PSOE para arrebatarle el tontuno cetro del pinganillo, como se ha visto recientemente en la Conferencia de presidentes regionales celebrada en Barcelona. Tras un primer análisis, y con la distancia de unas jornadas transcurridas desde tan esperpéntica efeméride, no es necesario ser un lince para ver que el único motivo de la reunión era, no discutir de cosas de gravedad e importancia para la ciudadanía, si no, acabáramos, determinar el posicionamiento de los mandarines (y “mandarinas”) locales con relación al uso de Su Majestad, el Pinganillo: Pinganillo I de España. Para no estar en minoría, el presidente del gobierno, tras comprobar que bajo su asiento no había una bomba-lapa instalada por el escurridizo agente Bonilla, se rodeó de unos cuantos ministros de su gabinete para firmar tablas alrededor de la mesa. No comparecieron ni “Tronco” Ábalos, ocupado en la manutención de sus numerosas “sobrinas”, ni Leire Díez, la afamada periodista de investigación que el día de autos estaba haciéndose un “selfi” con la mascota, un jabalí, de la I Bandera Legionaria, creyendo que era Santos Cerdán.

Concluidas las presentaciones, hablándose los asistentes al oído (“a cau d’ orella”) y tapándose la boca con las manos para dificultar la lectura de labios, y sin traductores de por medio, dio comienzo la función circense. Pradales (acaso Pardales), al que llaman “lehendakari”, un vasco pata negra y RH- homologado, emparentada su arboladura genealógica con la de Aitor, Amaya y el Basajaún, y “Cara de acelga” Illa realizaron sus sesudas intervenciones en vascuence y catalán respectivamente. Ayuso, la bestia negra de la izquierda anti-española, fiel a su palabra, se ausentó de la sala aduciendo que no tenía caso que algunos presidentes se dirigieran a sus pares hablando lenguas cooficiales cuando de común hablan español entre ellos. Quieras que no, el recurso innecesario a pinganillos dificulta la comprensión de los mensajes (traduttore, traditore) y resta fluidez a la conversación. Además, la escenificación tiene la dudosa virtud de enfatizar las diferencias entre los participantes, de extrañarse los unos a los otros, y los otros a los unos, de “extranjerizarse” entre ellos, percepción que disuade al espectador de la existencia de una auténtica comunidad de intereses, de unos mínimos lazos afectivos y de la tan cacareada solidaridad entre regiones… carencias por otro lado perfectamente congruentes con la esencia misma del estrepitoso y carajalero descacharre autonómico.

Lo diremos de una vez y para siempre… y no hace falta estrujarse las meninges para pillarlo… los pinganillos se inventaron para las personas que entre sí no se entienden, no para las que sí se entienden. Cuando dos personas que hablan una misma lengua recurren a un traductor y al chisme auricular, el espectador de dicho acto sospecha que ambos son tontos de baba, cuando no directamente gilipollas. Pues, de no creer, a semejante melonada se sumaron de grado Moreno Bonilla, Rueda, «gaiterolingüe», la ambivalente Prohens, que nunca sabe uno de qué lado del gallinero va a caer, y un par más que no recordamos, dispuestos a poner su honra en holganza colocándose los pinganillos de marras. Esto es, quedando a la altura del betún, paletos de boina calada, y dejando a Ayuso como única y aseada lideresa del partido.

Hay quien considera que la del pinganillo es una anécdota irrelevante. Nada de eso: es el artefacto más valioso, significativo, que han encontrado quienes odian a España para poner en solfa la demolición, la fragmentación definitiva, por mitosis, de la nación. El proceso se inició, ahora lo vemos claro, tras plantar la semilla autonómica en el articulado constitucional, pues no cabía esperar lealtad ninguna de los nacionalistas (como si no hubiéramos pasado por una II República y una Guerra Civil, y como si no contáramos con precedentes históricos de gran relevancia como las taifas tras la extinción dinástica en el califato de Córdoba o el cantonalismo decimonónico). Sucederá a la actual, la etapa confederal, para la que el pinganillo es un icono, un símbolo premonitorio, y las sentencias aberrantes y bastardeadas de Conde-Pumpido el combustible para que echen a andar engendros “legaloides”, malolientes y contaminantes. Sea dicho de paso, el magistrado al frente del TC, aparece de un tiempo a esta parte en todas las fotografías con cara de padecer una atroz constipación intestinal, ulcerante, debida acaso a una dispepsia moral sin tratamiento conocido.

Sucede que el parlamento “plurinacional y pinganillomorfo” se parece a la calle como un huevo a una castaña. A nadie vemos en el supermercado o en bares y cafeterías echando mano del pinganillo de los cojones para hablar con su vecino, aun siendo uno de los dos una persona que habitualmente se expresa en una lengua cooficial. La cordura lleva a la mayoría de la gente a una entente comunicativa en el idioma que ambos conocen, que acostumbra a ser el español por razón de su mayor difusión. En su día el latín fue lingua franca. Más recientemente lo han sido el francés, el inglés o el español mismo. Difícilmente lo serán nunca el danés o el olteno-válaco. Cosas de la vida. Y no hay que hacerse por ello mala sangre. También es cierto que la imbecilidad clínica no es delito y que Dios nos quiso libres incluso para ser unos chifletas del quince con un pinganillo colgado de la oreja.

Se acepta en esta materia que un gobierno del PP no será peor que la banda de Pedro Sánchez (que pasó de ser un presidente PE, a otro PD, Profundamente Decepcionado). Pero ya somos adultos, llevamos décadas cotizadas y no debemos abrigar esperanzas ilusorias. A mucho tirar Feijóo, que fue y es galleguista, modulará el discurso y los excesos de la izquierda actual contra España y su lengua común, pero ni querrá, ni intentará siquiera, revertir la situación a corto o medio plazo.

PS.- Hemos sabido por la edición digital de “El Mundo” (11/06) que el “lehendakari” Pardales (¿O es Pradales?) se dirige a sus ministrines siempre en español durante las reuniones del gobierno regional. Chúpate ésa. II Un cargo del PP guipuzcoano le afea a Ayuso que prescindiera del pinganillo para oír al “lehendakari” Pradales (¿O es Pardales?). III Pedro Sánchez se reunió días atrás en “Moncloaca” con Rull y Turull… (que en realidad son una misma persona, “Tururull”, que se escinde en dos)… ¡¡¡Sin pinganillo!!! 

“Bokadilloak tortillak”, “Te copio: calamares a la romana, marchando”, “Ez, ez, kalamaroak ez”, “¿Qué hez, ni qué pez?”, “Bokadilloak tortillak bai”, “Mira, chico, que os den por kuloak a ti y a tu amachu”

255 millones

Si fuera yo el director de una compañía publicitaria contratada por la administración regional para promover el uso del catalán en la sociedad, ya habría despedido sin contemplaciones, y sin indemnización, a todos los cargos nombrados al efecto por la Generalidad desde los tiempos del Molt Honorable por un calamitoso balance de resultados. Si no ando mal informado, un estudio publicado años atrás establecía una horquilla de entre tres mil y cinco mil millones de euros (para mí tengo que hacen corto) derrochados alegremente desde que aprobaron sucesivamente las leyes de “normalización lingüística” y de inmersión obligatoria en la escuela pública. Aquí cabría incluir campañas de todo tipo, lo mismo con “Norma” de protagonista, aquella nena con pinta de no haber roto un plato en la vida, que con “Queta”, la dentadura siniestra desgajada de la boca de un vampiro.

Pero, mira tú por dónde, cuantos más monises dilapidan al servicio de la causa, más menudean las coacciones, más expedientes sancionadores se incoan a comercios por la rotulación obligatoria en catalán y mayores son las exigencias en el ámbito laboral (requisito que no mérito para ocupar plaza funcionarial o para la atención al cliente incluso en empresas privadas), resulta que se contrae su uso en la vida cotidiana. El dato interesa a los más jóvenes en particular, pues las actuales son las generaciones que más fácil acceso tienen a la lengua y, sin embargo, prefieren relacionarse entre ellos, mayoritariamente, en español. Acaso como gesto reactivo a la insistencia a desempeñarse en catalán promovida a machamartillo desde las instituciones. El catalán deviene algo cargante, antipático, la lengua de las obligaciones, de los exámenes, de las leyes, de las multas, del mundo de los mayores. Ese “habla catalán o muere” es como aquello que nos dijeron cuando mozalbetes: “no te toques la pilila o te quedarás ciego”.

Lo concedo. Decir que no han triunfado, que no se han salido con la suya, es una exageración. Han avanzado tanto en la opresión, en la tiranización lingüística con esas políticas liberticidas que costará un mundo, si hay ocasión, siquiera restituir entre ambas cierto equilibrio legal. Pero, a decir verdad, sólo han tenido éxito, y mucho, en la criminalización del español y en su expulsión forzada de la vida pública. Lo han dado todo, pero no “a favor” del catalán, si no “en contra” del español. Sólo que entramos en bucle, en un círculo vicioso. Al decir del propio gobierno regional, a través de los organismos demoscópicos oficiales que detectan un retroceso de uso entre los adolescentes, tienen servida en bandeja de plata la excusa perfecta para redoblar la presión, sostenella y no enmendalla, y dedicar nuevas y más colosales partidas al invento. “Dios mío, el catalán está en serio peligro de extinción, casi como el tigre de Bengala”.

Y va Illa y anuncia, tachán, una inversión extraordinaria, fuera de guión, de 255 millones de euros. Una suerte de plan de choque. Y al carro se sube el gobierno de la nación. Y Pedro Sánchez pone sobre la mesa, como sus tetas la condesa, 150 quilos para promover la oficialidad del catalán en la UE. Una medida que esperaban ansiosamente todas las cancillerías continentales. Esa derivada europeísta que ha salido rana, aunque la turra no cesa y volverán a intentarlo, se solapa en el tiempo con unas declaraciones delirantes de Yolanda Díaz en las que propone, ahí es nada, multar a los agentes de la Guardia Civil destinados en Baleares que no responden en catalán (o mallorquín, no entramos en alambicadas disquisiciones filológicas) a los avecindados en el archipiélago que a ellos se dirigen en la citada lengua (“sa pistola”, “es lladre” *). Cabe que algún día traslade la misma y original iniciativa a los números de la Benemérita acuartelados en La Gomera, quienes habrán de silbar, por bemoles, a los gomeros que presenten una denuncia en ese pintoresco lenguaje tonal. Éste es el nivel de la doña que saca de las estadísticas del paro a un millón de fijos discontinuos en busca de empleo. Sorprende su contumacia con la cuestión lingüística cuando figura como ministro de Trabajo en el actual gabinete: ahora pretende que todas las señales de tráfico en las islas estén redactadas exclusivamente en catalán. Ignoro la gravedad del golpe que Yoli se ha dado en la cabeza. La ha tomado con las Baleares.

Ante la pregunta ¿Qué toca hacer para denunciar esta nueva requisa al contribuyente que alimenta la fiera voraz e insaciable del nebuloso complejo denominado “la lengua está a un tris de colapsar”? El hartazgo, el cansancio y el aburrimiento de esta monserga infinita son las claves de bóveda sobres las que descansa ésta, mi muy modesta y desairada campaña. Dicho sin ambages: mostrarles el culo. Tal cual. No es una salida de pata de banco y pienso demostrarlo. Hablo muy en serio. Quizá sea la cosa más seria que he dicho y he propuesto en mi vida. Cuando uno está fatigado de la insistencia y estulticia de un interlocutor no muy vivo es común zanjar la conversación con un “ve tú a tomar por culo”. No es una invitación, en sentido estricto, a probar nuevas experiencias sexuales. No hay que interpretar el exabrupto literalmente. Equivale a un “déjame en paz, pesado”, a un escueto y mortificante “piérdete”, que es la frase que en más ocasiones encajé cuando, siendo mozo, intentaba galantear con señoritas en bares de copas.

Por otro lado, el culo y su aseo, acuden en auxilio de aquél que pretende manifestar públicamente su desafección o extremo desinterés de una norma, evento, artefacto, persona o circunstancia. Sea el caso: “me limpio el culo con el festival de Eurovisión”, quiere decirse que el certamen lírico de marras, y lo que sea de él, me importa un bledo. “Me limpio el culo con la gala de los premios Goya”, tres cuartos de lo mismo. O con la última comparecencia televisiva de Revilla, el risible cacique que dirige el PAC, o Partido Anchoísta de Cantabria, ahora enfurruñado con el rey “jubileta” cuando fueron en tiempos compadres de francachelas. Hete aquí, pues, que el culo es un filón para la polisemia. Que no anda ligado a lo que de sublime hay en el ser humano, es evidente. Pero es una valencia nada desdeñable para darle empaque y carrete al lenguaje corporal.

A fin de cuentas, tantas veces se ha dicho aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”. Y en esta ocasión hace al caso. Aportar argumentos de gran enjundia y prosapia para denostar la campaña multimillonaria de Illa nada aporta al colectivo. Podemos desgañitarnos diciendo que esos millones serían más necesarios destinándolos a Sanidad o Educación, quién lo duda, pero es tan evidente que una crítica y un razonamiento de ese tipo nos encadenaría al bucle de siempre, nos instalaría en el movimiento cero, en la nada. De modo que tu culo, su culo de usted, puede propiciar aquí un más provechoso rendimiento dando la cara y, en passant, una larga cambiada a la mortecina milonga de la lengua supuestamente “infrafinanciada”. Una salida disruptiva, ahora se dice mucho, que además tiene la virtud de tirar a la papelera la terminología que los nacionalistas pretenden instaurar de por vida. Hasta las narices de que siempre delimiten ellos el terreno de juego e impongan las reglas del debate. Anímese a perderles el respeto: no lo merecen.

Sería un error replicar desde el raciocinio o el afán de confrontación argumental porque no la hay en el adversario y el esfuerzo, baldío, estéril, no sería remunerado. Muy al contrario, un espíritu mínimamente ponderado y cabal, estupefacto ante la colosal arbitrariedad de la política lingüística ultranacionalista del gobierno de Illa, percibiría la discrepancia motivada como un artificio bizantino, una debilidad, acaso como un acto de sumisión, pues el de la lógica dejó tiempo ha de ser el ámbito en el que se dirime la cuestión. Esos culos levantiscos visualizarán de manera gráfica e irrefutable la fractura, la falla geológica que se abre entre la Cataluña regimental y la real. Esa distancia que se abre entre la plúmbea letanía oficial (“parla català, viu en català” **) y la risueña disidencia de los chicos (“me lo paso por el culo”). ¿Mi opinión sobre la campaña de los 255 millones del carajo de la vela que se saca Illa de la manga para complacer a sus aliados golpistas? Ahí va: mi culo. De modo que necesitamos 255, a culo por millón, para que ese tipo con cara de funerario sepa de primera mano el entusiasmo que su servidumbre al nacionalismo inspira a los catalanes que a diario pelean por ser dignos de ser libres. Aunque nuestros, ya sabe el interfecto por dónde meterse esa millonada en monedas de un céntimo y de una en una.  

(*)  “Sa pistola”, “es lladre”: la pistola, el ladrón

(**) Habla catalán, vive en catalán

He aquí el culo inaugural de la campaña avanzando en descubierta contra Illa y sus inquisidores. Hemos tenido buen cuidado de juntar los cachetes para evitar el embarazoso protagonismo que siempre reclaman las hemorroides, por mucho que se sufran en silencio. Con el concurso de otros 254 se compondrá el lema POR LA LIBERTAD LINGÜÍSTICA YA. Rebélate.

«Catalunya Nord»

La denominada, por nuestros aborigenistas iracundos, “Catalunya Nord”, comarcas incluidas en el departamento francés de Los Pirineos Orientales, es, más allá de una división administrativa, y de unos territorios codiciados por el separatismo, la circunscripción electoral donde hoy barren las candidaturas de Marine Le Pen. Lo mismo da que sean comicios municipales, regionales, legislativos que europeos. La “Catalunya Nord”, erre que erre, una y otra vez se echa en brazos de la extrema derecha francesa y confina el catalanismo político a la marginalidad, a la anécdota, en particular cuando éste declina colar su “topillos” en las listas de los partidos de ámbito nacional y se presenta en solitario. Si comparece en las urnas a calzón quitado apenas roza el 2% de los votos.

Los chicos de Le Pen ya coparon los cuatro distritos en las Legislativas de 2022, alcanzaron el 43% en las últimas europeas (distrito único) y repitieron pleno en 2024: Blanc, 57’5%, Dogor-Such, 56’3%, Martínez, 58%, y Sabatini, que zanjó el asunto en la primera vuelta (no fue al balotaje) con un colosal 55%. A mayor abundamiento, Louis Aliot ganó la alcaldía de Perpiñán en el año 2020 con un 53%. Es el municipio más grande de Francia gobernado por la formación liderada por Marine Le Pen y su delfín Jordan Bardella.

Estamos ante un misterio insondable que interesa a los más reputados politólogos que en el mundo son. También a sociólogos y antropólogos. A filósofos, psicólogos y panaderos. ¿Qué diantre les pasa a nuestros vecinos del sur de Francia? ¿En qué cabeza cabe que sean tan refractarios a las maravillas sin cuento ni cuenta que les ofrecemos aquende Los Pirineos? ¿Es que no quieren disfrutar de la valiosa “info” que les proporcionaría una ecuánime TV3 “cataluñonórdica·” ayuna de todo atisbo de adoctrinamiento y sesgo interesado… “gabatxos” (por “nyordos”), “Bona nit i puta França” (por “Bona nit i puta Espanya”), sin omitir jamás las previsiones “meteo” de Canet de Mar, Onteniente y Alghero? Una cadena “departamental” presupuestada en cientos de millones de euros anuales a detraer del futuro pago de las pensiones. ¿En qué estarán pensando?

¿No sueñan acaso con escolarizar a sus hijos íntegramente en catalán, dejando el francés de mierda para los talleres de arcilla de pichulinas y pototos, área pretecnológica, y dos horas semanales a mucho tirar? ¿Es que no les hierve la sangre cuando renuncian a exigir, a guisa de indispensable requisito, el nivel C de catalán para los candidatos a tocar el trombón en la orquesta municipal de Ceret o de Fontromeu cuando una de esas plazas la puede requisar impunemente un colono indeseable nacido en Reims o Nantes? ¿Y qué decir si entra en quirófano para operarse a corazón abierto y el instrumental lo maneja un cirujano que habla la lengua de Molière, de la metrópoli parisina, y que en su vida ha cantado el muy cenutrio una canción de Guillermina Motta o de Nuria Feliu? ¿No envidian nuestros apagones tercermundistas a la manera bolivariana? ¿Qué decir de ese desastre continuado del servicio ferroviario de Cercanías (“Rodalies”)? ¿De las comisiones regimentales del 3% (y más) en la licitación de obra pública durante décadas? ¿No codician, a nuestra imagen y semejanza, dar el mayor porcentaje de “okupaciones”·de toda Francia cuando nosotros no tenemos rival en el resto de España? ¿O darse el gustazo de muy padre y señor mío de inaugurar embajadillas de chichinabo lo mismo en Hanoi que en Berlín donde colocar a cuerpo de rey a un hermano o a una “sobrina” à la façon del “tronco” Ábalos?

Pues ellos se lo pierden. Qué marmolillos, tarugos y descastados. No cruzan, no, la frontera para asistir a eventos culturales en catalán de renombre mundial, devolviéndonos la visita, con un descuadre de varias generaciones, de aquellas excursiones a Perpiñán de nuestros mayores para ver películas vetadas por el franquismo. Y devalúan sus vidas espiritualmente prescindiendo, a caso hecho y por ejemplo, de las fastuosas representaciones teatrales de “L’ auca del senyor Esteve”, “Terra Baixa” y de ese gran musical, “Pirates”, bajo la batuta experta de J. Lluis Bozzo, el “cazacamareros” hispanohablantes número uno que comparte en las redes sus proezas delatoras. Nanay, a esos huevones sólo les interesa darse un garbeo por los estancos de las localidades fronterizas para hacer acopio de cartones de tabaco, y tiene su qué, pues en su casa una cajetilla les sale por la friolera de 9-10 euros cuando un Mecánicos, negro canario, me cuesta a mí 4’80 (que es de lo poco que se puede fumar sin perder la dignidad, acaso sí la salud).

En éstas andamos cuando Salvador Illa, que ha llegado a la presidencia de la Generalidad gracias a su magnetismo indiscutible y a esa capacidad innata, a lo Montilla, de galvanizar a las multitudes, va y destituye a su embajador plenipotenciario en Perpiñán, un tal Christopher Pearson, porque en una comparecencia pública cometió éste la osadía de denominar el departamento francés de Los Pirineos Orientales de la siguiente guisa: “departamento francés de Los Pirineos Orientales”. Es decir, por su nombre oficial.

Un inciso: muchos son los que caen en la tentación (y error) de vincular a Illa con la cartelería publicitaria, por asociación de ideas, de una película dirigida e interpretada, mediados los 80, por José Sacristán: “Cara de acelga”. Nada tienen que ver. Pearson, Christopher, es un joven político francés nacido en Metz y ha sido, vueltas que el mundo da, asesor municipal en la localidad ilerdense de Cervera. Uno de los méritos del interfecto para desempeñar su cometido “consular”, por así decir, ha consistido en contraer nupcias con Jan Pomés, burgomaestre… ¿Lo adivinan?… de Cervera, al tiempo que senador del PSC por esa demarcación provincial. Otro de sus imperdonables errores consistió en referirse en un documento escrito a Colliure, encantador pueblecito costero donde reposan los restos de Antonio Machado (que vino al mundo en Sevilla y no en Soria, contra la opinión públicamente manifestada por Pedro Sánchez), como Colliure y no “Cotlliure”, intolerable desliz que fue afeado por el nacionalismo enfurecido. Un error, a mis ojos disculpable, e incluso loable, pues de este lado de la frontera no hay tontín acomplejado que tenga los bemoles de decir Gerona, hablando en español, en lugar de Girona (“Yirona”), fórmula mamelucoide, al parecer, de obligado cumplimiento.

Ni uno de esos contables meticulosos que en las pelis americanas adquieren el estatuto de “testigo protegido” en juicios contra la Mafia, sabría decir cuántos cientos o miles de millones de euros han dilapidado las autoridades regionales en promover la lengua catalana (en un doble movimiento que pasa necesariamente por excluir la española de la vida pública, institucional, comercial y escolar mediante reproches y multas). Aunque no con el éxito deseado, pues hay estudios demoscópicos que dan fe de un retroceso de su uso cotidiano en algunos segmentos de la sociedad, acaso por hartazgo ante la antipatía de su imposición permanente. Uno de los capítulos de ese despilfarro es el afán de financiar las denominadas escuelas o “bressoles” (período infantil de escolarización no obligatorio) en el sur de Francia. Casualmente, esas partidas se incrementan cuando los socialistas, y otros grupos de izquierda, agarran la poltrona en la plaza de San Jaime por aquello de “no siendo separatistas, parecerlo”. El último óbolo transfronterizo asciende a la nadería de 800.000 euros. Añadiré que, lógicamente, para el nacionalismo enragé la suma está bien invertida y, en todo caso, es insuficiente.

Acabáramos, Illa (y las mascarillas) ha cesado a su “cónsul” en Perpiñán, y alcalde consorte de Cervera, por utilizar la denominación oficial de un territorio ajeno a su jurisdicción política, elevando la “diplomacia catalanista” (“acción exterior”, la llaman) al ámbito discordante de la disociación cognitiva. Por anteponer la fantasía a la realidad. “La realidad es una cosa y mi percepción de la misma es, aunque la enmascare, pervierta o tergiverse, la que me sale de los pelendengues”, o mejor, la de aquellos que de sus votos tutelares depende mi permanencia en el cargo. Pearson (Christopher) ya tiene sustituto: Albert Piñeira (antigua CiU) y, años atrás, alcalde de Puigcerdá, nuevo canciller en nuestros Sudetes. En esta Cataluña disparatada y circense, tragicómica y demencial (“manicomial” diría José Pla), ni las brújulas señalan el norte (“nord”).   

PS.- Illa cierra la embajadilla catalana en Tel-Aviv: Netanyahu entra en pánico

¿Para cuándo el “anschluss” de la “Catalunya Nord”? ¿Prepara el gabinete de Illa la ocupación de nuestras comarcas hermanas allende Los Pirineos?

CAT-contrato de alquiler

El bálsamo de Fierabrás es la panacea de todas las heridas. No hay contusión o mamporro que no sane ese mirífico mejunje que adquiere nombradía en las aventuras y desventuras de Alonso Quijano, el Quijote. Durante mucho tiempo, como los caballeros de la saga artúrica en pos del Grial, hubo quien anduvo tras los ingredientes del mágico ungüento. Que si miel, vino y romero. Pamplinas. Al fin hemos averiguado su verdadera composición. No es una elaboración de la farmacopea tradicional de gran provecho para valerosos paladines al copo de magulladuras y moratones tras sus justas y liornas en el palenque del honor: es una lengua. Para más señas, la lengua catalana.

En efecto, los catalanes hemos sido agraciados, deferencia exquisita de la divina Providencia (no nos faltan boletos para la rifa “¿Cuál es el verdadero pueblo elegido de Dios?”), con una lengua balsámica, de sanadores efectos, tal cual fue la imposición de manos de los antiguos reyes de Francia para aliviar bubones, escrófulas y pestilencias de todo tipo. No bromeo. Con estas cosas no se juega. La lengua catalana hace mejores a las personas, como bien saben los dirigentes del partido de Puigdemont que unas semanas atrás promovieron la inmersión a nuestra lengua de los imanes salafistas. ¿La intención? Erradicar los actos vandálicos como aquéllos que se produjeron en Salt (Gerona) con motivo del desahucio de un imán “okupa” (véase la tractorada anterior). El catalán como emoliente del islamismo exaltado. Una vez que los imanes más combativos vean el mundo a través del prisma mental y de las retículas clasificatorias inherentes al idioma salvífico, los altercados en particular, y el choque civilizatorio en general, no tendrán razón de ser. Lo que no consiguieron los comandos Navy-Seals infiltrados entre los pastunes del Kandahar, será coser y cantar en cuanto los apóstoles de la Yihad reciten de memoria los poemas de Martí i Pol musicados por Lluis Llach.  

Apaciguado el belígero Islam por celestial intercesión de la lengua catalana, procede hacer lo propio con el sindiós de la vivienda en Barcelona y su área metropolitana. Que es otra bestia parda descomunal. La política de control de los precios de los alquileres por parte de las administraciones locales, el déficit de construcción de vivienda nueva tras la crisis del ladrillo y la legislación permisiva con “okupas” e “inquiokupas” promovida por Colau (*) y sucesores, causan pavor a los propietarios. Casi el 90% son, no “fondos buitre”, “grandes “tenedores”, la cantinela que profiere el coro de opinantes de la progresía, si no gente del común con una vivienda que complementa una pensión o ayudará a pagar la factura geriátrica. ¿La consecuencia? Se contrae significativamente, va de suyo, el mercado de alquiler. En resumidas cuentas, tras una década de murga de la izquierda, y sus fallidos experimentos, el precio de la vivienda está por las nubes y en la conurbación de Barcelona con un sueldo medio puede uno aspirar, a lo sumo, a guarecerse en un trastero o a compartir piso con desconocidos. Es lo que dicen “una ciudad tensionada”.

Pero, hete aquí, que una intelectual de relumbrón de esta nueva izquierda infantiloide, salpimentada en el presente caso de globulina particularista, Nuria Marín, afamada periodista del mundillo del corazón (chismorreos varios: que si el clan de los Pantoja o los hijos no reconocidos de Bertín Osborne), ha dado con la solución definitiva. Fórmula que confiere un insospechado protagonismo, arrea, a la lengua catalana, que lo mismo sirve para un roto mahometano que para un descosido inmobiliario. En efecto, propone la criatura una suerte de arancel lingüístico para vetar la venta, o el alquiler de viviendas, a personas foráneas, es decir, a aquéllas que no hablan catalán. Acabáramos. Los nuevos inquilinos, o propietarios, habrían de acreditar, pues, el nivel C para formalizar un contrato de compra-venta o de inquilinaje. De ese modo se combatiría eficazmente el fenómeno que ahora llaman, eso creo, “gentrificación”, que es la paulatina expulsión de los vecinos de toda la vida, o cosa parecida, sustituidos por turistas o residentes extranjeros que adquieren apartamentos céntricos a golpe de talonario. La iniciativa de Marín limitaría el éxodo de los nativos y la consiguiente desnaturalización identitaria de nuestros barrios.

El proyecto, a fin de cuentas, por delirante y extemporáneo que pueda parecer, supone apenas un paso más allá en los usos y costumbres habituales del nacionalismo. Pues si es exigible la titulación de lengua catalana, como requisito, que no mérito (siendo el “mérito” controvertido asunto en función del desempeño profesional), para tocar el clarinete en la orquesta municipal, desinsectar jardines u obtener la licencia de taxista (última propuesta de Tito Álvarez, gerifalte sindical del sector y habitual en las palatinas recepciones de Waterloo)… ¿Qué habría de impedir la instauración de un baremo idiomático para avecindarse en nuestra bienquista ciudad?

Nuria Marín, se dice, integrará la plantilla del programa de nueva emisión que RTVE, la televisión pública, ha calcado de Tele-5. Un espacio de chascarrillos y escuchetes de famosillos de medio pelo que presentará Belén Esteban, tiempo atrás honrada con el título oficioso de “princesa del pueblo”. Nuria, nuestra heroína, es una de esas televisivas que hacen fortuna en Madrid derrochando campechanía y buen rollo ante la audiencia a escala nacional, cuidándose mucho de mostrar la patita, pero que en cuanto se regresan a Barcelona proclaman a los cuatro vientos sus veleidades indigenistas, siguiendo la estela de elementos sobradamente conocidos como Évole, Buenafuente, Santi Millán o Corbacho, que lloraron a moco tendido por las prisiones de su amigo Oriol Junqueras.

La televisión que todos costeamos, imbuida de un bochornoso sectarismo, y que habría de priorizar eso que llaman información de servicio público, echa su cuarto a espadas, y con un presupuesto millonario, por la cochambre. La primera andanada fue la de Broncano (14 millones de euros por temporada… comicastro que, en antena, le preguntó a una bella actriz por las características de su menstruación). Y ahora llega la réplica de Sálvame, paradigma de la tele-basura, un espacio, en tiempos, denostado por la progresía. La fórmula pasa por aunar entretenimiento para “marujas” o “charos” y adoctrinamiento, colando pildorazos LGTBIQ+ entre noviazgos e infidelidades de los cansinos “protas” de la crónica social.

La estrategia resulta. Recordemos que el perfil mayoritario de los telespectadores de este tipo de productos son amas de casa maduritas, nivel académico básico y poder adquisitivo limitado, es decir, un nicho tradicionalmente refractario a las extravagancias de la ideología de género. Con esa habilidad que adorna a la izquierda para marcar la pauta, dio ésta la campanada años atrás mediante la operación “Hermana Rocío, yo sí te creo”. Tras el infectódromo coronavírico de la mani del 8 de marzo de 2020 (“sin besos, sin besos, que hay virus”), avisado el gobierno de la potencia de contagio y elevada mortandad del covid-19, al año siguiente, y comoquiera que estábamos inmersos en la fase dura del confinamiento, no cabía autorizar movilizaciones feministas. De modo que un batallón de asesores monclovitas puso en marcha esa atorrante campaña para colarse en los hogares a través de la tele y adoctrinar al paisanaje. Y la cosa cundió: Rocío Carrasco fue elevada a los altares. Ahora las más fervientes wokistas son esas marujas que antes iban al mercado con el carrito de la compra por el que asomaban coliflores y berzas. Las mismas que ahora se tiñen el pelo de azul para llamarte “machirulo”, “señoro” y dar de comer a los gatos callejeros. Son las “charos”, las “marujas” de toda la vida, mal y tardíamente empoderadas, que suspiran transidas de amor por el varonil atractivo de Pedro Sánchez.

En estas coordenadas anda Nuria Marín, nuestra profetisa de la vivienda y paladina de la catalana lengua. Recuérdese que para el wokismo no hay ciudadanos iguales en derechos y deberes, si no minorías especialmente vulnerables, y siempre ayunas de visibilidad (son transparentes), que merecen prerrogativas blindadas para resarcirlas de antañonas e hipotéticas injusticias que, si han existido alguna vez, no perviven en la hora presente y en absoluto afectan a los individuos actuales. Y una de esas prerrogativas habría de ser el alquiler de vivienda preferente en Barcelona, qué duda cabe, para todos aquellos que hablen catalán. Cómo no se nos ocurrió antes.

(*) Muchos barceloneses tenemos la sensación de que Colau sigue siendo la alcaldesa. Recién sobrevivió a un presunto ataque del ejército israelí contra una finca olivarera en Gaza, donde se hallaba en supuesta misión humanitaria junto al siniestro Jaume Asens, íntimo de Gonzalo Boye y de Puigdemont. Los artilleros de Netanyahu tuvieron días mejores. Afortunadamente ambos salieron indemnes y todos respiramos aliviados.   

Nuria Marín, ante una audiencia expectante, en el trance de exponer su innovadora receta para solucionar los problemas de la vivienda en Barcelona mediante la imposición de aranceles lingüísticos

Catalán para imanes salafistas: una apuesta de futuro

Alcorà: Corán

Apedregar: Apedrear, lapidar

Dejuni: Ayuno.

Escapçar: Decapitar

Esventrar: Despanzurrar

Infidel: Infiel

Matxet: machete

Fuentes dignas de todo crédito, bien relacionadas con el partido de Puigdemont, nos han hecho llegar este documento, parcialmente reproducido arriba, que comprende más de un centenar de correspondencias básicas “catalán-árabe” (que he vertido al español para facilitar su comprensión) inspiradas en elementos nucleares de la religión islámica. Se trata de un glosario de conceptos capitales para propiciar un acercamiento de los imanes salafistas (mayoritarios en Cataluña) a nuestra realidad regional. En efecto, Junts (antes CiU), promueve esa iniciativa parlamentaria de gran calado para acelerar la integración pacífica de la comunidad musulmana tras los episodios violentos acecidos en Salt (Gerona) unos días atrás. Ya saben, el desahucio de un imán “okupa” acabó en violentos disturbios.

La singular iniciativa de Junts obedece a la pulsión civilizatoria que per se contiene la lengua catalana. Saber catalán mejora a las personas: las aquieta (la “ataraxia” filosófica de la antigüedad clásica), mece y arrulla, las lleva en andas y remonta, con elegante aleteo, a las sublimes cimas de la humanal conciencia entre arrobamientos de índole espiritual. ¿Quién en su sano juicio podría resistirse a la tentación de participar de una cosmovisión impregnada, siquiera superficialmente, de una manera catalana de ver el mundo? Que si “el seny i la rauxa”, “el peix al cove” o “el nostre tarannà” (*). Absolutamente nadie.

Con todo, y según el ponderado criterio de los representantes gerundenses de la formación autodenominada CUP, presente en muchos gobiernos municipales de la provincia, capital incluida, los altercados habidos, entre ellos la quema de contenedores, avalarían la asunción de valores propios de la sociedad receptora por parte de ese segmento de la juventud movilizada a causa del trato dispensado a su líder. Para CUP, esa conducta vandálica es “un hecho cultural propio”. Tal cual. De modo que la destrucción del mobiliario urbano demuestra aquí, desde una perspectiva etnográfica, la idoneidad de los mecanismos de préstamo y transmisión recíprocos de artefactos culturales. Estaríamos ante el triunfo apabullante y definitivo de la multiculturalidad. Que un abrasivo cóctel molotov arrojado con tino contra un agente de los Md’E (**) dice tanto de nosotros como la coreografía de un “esbart dansaire” (***).  

Nuestros aborigenistas, es sabido, favorecieron años atrás, por estrategia política, el flujo migratorio procedente de Marruecos. El muñidor del proyecto no fue otro que Àngel Colom (ERC, PI -liquidado con fondos procedentes de la estafa, ya olvidada, “Palau/ Millet”- y finalmente CiU). La idea nuclear, sencilla: los hijos de los inmigrantes marroquíes, al no tener el español como lengua familiar (a diferencia de la inmigración de origen hispanoamericano), y una vez sometidos al intenso adoctrinamiento en la escuela pública, la “madrasa” catalanista, más fácilmente adoptarían el catalán como idioma relacional y ésa sería una de las bazas a jugar por las autoridades para ultimar su captación a filas del separatismo.

No contaban esas preclaras mentes de nuestro indigenismo paleto con el fenómeno observado años ha por sociólogos y ensayistas en Francia, y también novelistas como Houellebecq (“Sumisión”, que así se traduce “islam” al español), por la ventaja que nos llevan en esta espinosa materia, consistente en el desapego de las generaciones posteriores a la primera oleada migratoria musulmana de los valores y modo de vida tradicionales de Occidente. En efecto, las expectativas de promoción social, acceso a un consumo de calidad, vivienda, aceptación, es decir “estatus”, no siempre son satisfechas y ello propicia un sentimiento generalizado de frustración y de marginalidad entre la juventud en esas barriadas periféricas donde el peso demográfico de franceses de origen argelino y marroquí es considerable.

El choque cultural es más abrupto, si cabe, cuando hablamos de los “menas”, que recalan de golpe y porrazo en un mundo distinto al suyo, donde las costumbres son muy diferentes a las de sus sociedades de procedencia, aquí más permisivas, donde abundan los estímulos sexuales (pues son hombres jóvenes impelidos en mayor grado por las pulsiones biológicas que hacen al caso). Al mismo tiempo carecen de redes familiares de asistencia que mitiguen ese fuerte impacto. Su inserción deficiente, problemática, una cosa sigue a la otra, aboca a no pocos de ellos a la delincuencia (los porcentajes disponibles de criminalidad “comparada” son elocuentes). En ambos casos (“menas” y “segundas y terceras generaciones”), como respuesta, refuerzan el vector religioso, no como un sentimiento necesariamente piadoso, por así decir, si no como un agarradero o refugio identitario que restaña su lesionada autoestima. Y, es sabido, que para un creyente, el islam sobrepuja a las obediencias nacionales, que son de rango secundario. 

La creciente sensación de inseguridad a nivel municipal y regional, sumada a la percepción de una distribución inequitativa de las así llamadas “ayudas sociales” en beneficio de la inmigración (legal e ilegal), la complacencia buenista e inclusiva de las autoridades con los rasgos culturales y religiosos de la comunidad musulmana, el fundido en negro de sus índices delictivos (en particular los de índole sexual) encaminado a la “no estigmatización” del colectivo, y otras bagatelas, generan cansancio en la sociedad. Muy especialmente en el segmento de población autóctona más desfavorecida que habría de competir con los “nouvinguts” (o “recién llegados” en la terminología progre) por la obtención de esas mismas ayudas, y con quienes, además, comparten vecindario. Esa fatiga ha calado, siendo tachada al punto, desde el discurso oficial, de conducta intolerante, excluyente, “racista” o “xenófoba”, alimentando un sentimiento de culpa moral en la gente de a pie que no es bien recibido.

Tras el episodio vandálico que ha tenido Salt como escenario, el desahucio del imán “okupa”, y una vez que el peso demográfico de la comunidad musulmana se incrementa rápidamente, es posible que asistamos a fenómenos parecidos un día en El Vendrell, otro en Vich, acaso en Tarrasa, Balaguer, Figueras, Olot, Reus o Manresa. Recordemos que en Ripoll echaron los dientes como terroristas, “inmersionados” al catalán en la escuela, los autores del atentado por atropellamiento masivo en Las Ramblas (agosto de 2017). Por todo ello no sorprende que en nuestro nacionalismo aborigenista se esté produciendo un mar de fondo que ya detectan algunas encuestas, allá donde el esencialismo “etnoide” está más arraigado: precisamente en las comarcas de la Cataluña interior, es decir, en el “cinturón de la barretina calada hasta las cejas”. Ese runrún cobra forma de trasvase de votos significativo de los partidos que tradicionalmente han representado la así llamada “identidad” catalana (CiU, ahora Puigdemont y su cuadrilla, ERC y acaso CUP), aposentados, en menor o mayor grado, sobre una base pintoresca y mendazmente «racial», hacia la Aliança Catalana de Silvia Orriols, tal y como indica el último sondeo demoscópico del CEO (o CIS local), donde pasaría de sus 2 representantes actuales en el parlamento a una horquilla de entre 8 y 10, siendo en un primer momento la antigua CiU la formación más damnificada. Y previsiblemente las demás, a medio plazo, si la fórmula no es de algún modo “neutralizada”. El roto puede ser importante y suponer una turbulenta sacudida (un “daltabaix” que dirían en TV3, tan separatista, si no más, ahora con Illa que antes) del tablero electoral.   

 (*)    “El sentido común y la furia”, “el pez a la canasta” y “nuestro talante”

(**)   “Mossos d’Esquadra”

(***) “Grupo de danzas folclóricas”

Imán salafista acreditando ante los fieles su flamante nivel C de catalán: “la balanguera fila, fila, la balanguera filarà… i ara tothom… la balanguera fila, fila…”

Las amargas lágrimas de cocodrilo de García Montero

Pretendo, con tan largo título, parafrasear una película de culto de Fassbinder, el autor más emblemático de la contra cultura alemana allá por la década de los 70 del pasado siglo. Concedo que Petra von Kant tiene más gancho que no el poeta granadino colocado al frente del Instituto Cervantes en una de las primeras decisiones del gobierno de Pedro Sánchez. Con ese nombramiento, el presidente PE (Profundamente Enamorado), dio claras señales de por qué albañales discurriría la legislatura. Cabe decir que García Montero, militante del PCE y candidato años ha de IU en unas elecciones regionales en Madrid (donde cosechó un éxito notable, por cierto, dejando a la coalición sin representación en el parlamentín local), fue propuesto para el cargo por ese artefacto que ha sido dado en llamar “Podemos” y cuya misión fundacional obedece, ésa es la razón profunda de su irrupción en el escenario político, a proveer de bellezas (el exclusivo serrallo de la izquierda) a su primitivo triunvirato: Iglesias, Errejón y Monedero, quedando Echenique, muy a su pesar, al margen del voluptuoso reparto aun tras entonar rijosamente aquella jota de “chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia… chúpame la minga, Dominga, que tiene sustancia”. Unidas Violemos.

Haciendo bueno el dicho que reza “Dios los cría y ellos se juntan”, García Montero, en un alarde de auténtico heroísmo al alcance de muy pocos, se emparejó por muchos años con la escritora Almudena Grandes. Dios la tenga en su gloria. Luminaria de la literatura contemporánea que conmovió al gran público por su fineza, su aquilatada filantropía y por las más señeras virtudes de un arrebatado humanismo que, en vida, la llevaron a rivalizar con toda una Madre Teresa de Calcuta. Abundando en ello, recordaré que el gobierno Sánchez honró su memoria rebautizando con su nombre la estación de Madrid-Atocha. Muy oportuna consideración, habida cuenta de las “fantasías ferroviarias” de un lirismo exaltado de la autora, pues en cierta ocasión manifestó “que llenaría un tren de fascistones para darles un paseíllo al amanecer”. Bien entendido que para la finada cualquiera que no fuera de su cuerda era emboscado y fusilable agente al servicio de la heteropatriarcal “fachosfera”. 

Pareciera que sólidos vínculos unieran la reciente ejecutoria de García Montero al frente del Instituto con los Estados Unidos. Ya se dio cuenta en una tractorada anterior de la sensacional iniciativa de programar un cursillo de bable (nivel principiante) en Nueva York. No obstante, el cursillo hubo de cancelarse al inscribirse un solo alumno que, por otra parte, mucho me parece. Sin duda, la demanda de bable en Harlem o Manhattan conocerá tiempos mejores. Sólo es cuestión de tiempo.

Más recientemente García Montero ha declarado sentirse muy dolido, atenta la guardia, por el trato dispensado por Trump “a los hablantes de lengua española” en una de sus primeras providencias como nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sus lamentos han causado un enorme impacto en Washington. En efecto, muchos ciudadanos americanos tienen el español como lengua materna. Son, por lo general, inmigrantes de países que integraron antaño la América española (mejicanos, dominicanos, hondureños, etc) o sus hijos o nietos nacidos ya en el país de acogida. De un tiempo a esta parte, cayendo en desuso la voz “hispano”, hay quienes les denominan “americanos de origen latino” o, más escuetamente, “latinos”, queriendo con ello decir que sus ancestros proceden del Lacio, cuna de la antigua Roma, entroncando sus arboladuras genealógicas con Rómulo, Remo, Tarquinio el Soberbio o Julio César.

Aunque el español, insisto, es un idioma hablado por muchos de sus nacionales, careció siempre del rango de lengua oficial. De modo que Trump ha decidido recortar gastos y uno de ellos, lo que antes era una deferencia, es la web que publicaba en español toda la hojarasca administrativa. Sin duda supone un retroceso en la difusión e internacionalización de nuestra lengua, por tratarse los USA de la mayor potencia mundial. Pero, a decir verdad, la citada disposición no afecta en absoluto a nuestros derechos lingüísticos.

Lo que sí afecta a nuestros derechos fundamentales son las trabas que sufre la lengua española, la común a todos y única oficial en todo el territorio de la nación, aquende, que no allende nuestras fronteras. Y nada de eso parece causarle quebranto alguno a García Montero. Cuando menos no tenemos noticia de quejas, cuitas y porfías del eximio poeta, ni que haya vertido lágrimas, siquiera unas pocas, por las políticas de inmersión escolar obligatoria en lenguas locales (cooficiales en sus respectivas regiones), confinando la española, en el mejor de los casos, al recreo, a las tablas de gimnasia sueca o a los talleres de pililas y pototos de plastilina. O por esa tupida y profusa urdimbre de restricciones a su uso bajo especiosos subterfugios legales (sic) conducentes a su expulsión de la vida pública: señales de tráfico, anuncios y comunicaciones institucionales, rotulaciones comerciales salpimentadas de multas, requisitos para el desempeño de determinadas funciones (exigencia de nivel c de catalán, sea el caso, para tocar el clarinete en una banda municipal, fumigar colonias de mosquitos tigre o acceder a una plaza de oncología en un hospital mallorquín), obligatoriedad de fórmulas toponímicas aborigenistas (“Lleida”, “Girona”, “A Coruña” y “Ourense”), cuotas lingüísticas en la programación musical de las emisiones radiofónicas, so pena de la no renovación de licencias (Lluis Llach, Nuria Feliu o “Els Pets” y todo ello sin disponer de un búnker anti-apocalipsis zombi donde guarecerse) y otras por el estilo. Todo eso, a García Montero, le importa un cervantino bledo.

Quiere decirse que los obstáculos que arrinconan el español en la propia España, ni en Boston, ni en Houston, pero sí en Reus, Valencia, Mahón, Santiago o Fuenterrabía, y que aminoran los derechos de los connacionales que la hablan, que la tienen por lengua familiar y querrían que sus hijos, sobrinos o nietos, cursaran sus estudios académicos, por añadidura, en uno de los idiomas más potentes e importantes del mundo, esto es, el idioma que habría de ser objeto de sus desvelos profesionales, se la sudan. A mayor abundamiento, García Montero ha dado la callada por respuesta, el nihil obstat, a la cesión de un palacete parisino, hasta la fecha sede del Instituto Cervantes, nada menos que al PNV, un partido de gobierno que ha ido mucho más allá que Trump en la desconsideración a los hablantes de lengua española, lo mismo nacidos en Bilbao que en Portugalete. El palacete en cuestión, eso se dice, fue adquirido por los jeltzales en 1937, con fondos procedentes, supuestamente, de Méjico, y les perteneció hasta 1940, incautado entonces por los ocupantes alemanes. Ahora, amparándose en la Ley de Memoria Democrática (sic), el PNV reivindica la propiedad del edificio y el complaciente Pedro Sánchez se ha plegado a sus exigencias, tal y como recoge el decreto “omnibús” de reciente aprobación. Uno de esos decretos heterogéneos que reúne las más dispares materias y a los que es muy aficionado el gobierno actual.

García Montero envasa sus lágrimas de cocodrilo por la lengua española y sus hablantes en un minúsculo frasquito de cristal. Las contempla arrobado y se conmueve de sí mismo, de su rica vida interior. Pero es un tío grande, pues le afea la conducta a Trump, un hombre poderoso. No se arruga. Le asiste el poder de la palabra y de la pluma que esgrime intrépido, osado, inconsciente, ante muros, aranceles y caza-bombarderos. Pero no ante el buzón de Sant Cugat del Vallés instalado por el burgomaestre de la citada localidad para dar bola a denuncias anónimas contra quienes usen la lengua española en los comercios del municipio. Ante eso, se la envaina, la pluma, quiero decir.    

“No me quieran confundir, en España se puede estudiar íntegramente en español en todas las fases educativas y en cualquier punto de la geografía nacional. Los partidarios de la libre elección de lengua oficial promueven bulos en connivencia con la fachosfera fanguista. Aquí el único que persigue la lengua española es Donald Trump… y no es que lo diga yo, lo dicen Illa y Jordi Évole”

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