Tetas

Patria y Libertad, indistintamente, se representan a menudo con una mujer que muestra sus ampulosos senos. Eso nos enseña Panofsky en sus estudios iconográficos de emblemáticas pinturas, sea el caso de la tantas veces reproducida “La Libertad guiando al pueblo”, de Delacroix. Las tetas siempre darán que hablar, pues “tiran más que dos carretas”, según reza el refinado adagio popular. Recuerdo muy bien la noticia. Guardo el recorte periodístico de la sesuda investigación patrocinada por una universidad extranjera, lo mismo da de Pernambuco que de Edimburgo, donde se dice de manera concluyente “que mirar el escote femenino alarga la vida de los hombres”, cuando es otra cosa, eso pensaba uno, lo que esa furtiva mirada alarga. Ilustra la crónica pintoresca una fotografía de la teleserie “Las vigilantes de la playa”, con papel destacado de la laureada actriz Pamela Anderson, de gran registro dramático, y que, como no podía ser de otra manera, se ha declarado favorable a las tesis de nuestro separatismo autóctono, lo mismo que Spike Lee, Cher o Viggo Mortensen (éste último, casado con una actriz catalana de familia ultranacionalista, por lo que no es peregrino aventurar que los senos de su cónyuge, siempre los senos, han influido en su interesada decisión).   

Inevitablemente el fenómeno “mamario” ha sido incorporado al decurso del llamado “proceso”. Pilar Rahola, Ada Colau y una concejal de Gallifa apellidada Torrecillas, o eso creo, han focalizado en sus senos los tumultuarios avatares del irredentismo localista. Rahola confesó en TV3 que, en audiencia real, el monarca “abdicante”, con esa, dicen, predisposición sicalíptica de los borbones a la palpación de volúmenes femeninos, le agarró los melones y, aplicando la fuerza necesaria, replicó en su delantera el gesto de exprimir unas naranjas. Ada Colau declaró que en cierta recepción, militares de alto rango e importantes jueces, al alimón, en una suerte de “gang bang” porno-institucional, la acosaron llamándola “tía buena” y “maciza”, babeando copiosamente y manoseando sus tetas sin descanso. Una actitud imperdonable, la de espadones y señorías, de ser cierta, que en nada exime la abusiva ingesta en dicho evento de alcoholes destilados o una posible disminución de la agudeza visual a causa de la edad. La terna la cierra la concejal Torrecillas, de ERC. En su caso, el abuso sexual perpetrado por las fuerzas policiales durante la jornada del 01-O (le magrearon las aldabas impunemente), fue agravado con una fortísima dosis de sadismo y de brutalidad, pues, según la interfecta, los agentes torturadores le rompieron los dedos de ambas manos de uno en uno, extremo que, no obstante, no ha sido confirmado por parte médico alguno.

El seno nutricio alimenta la lucha del pueblo que ha tomado conciencia de sí mismo. Aquí la patria es la “Matria” de la que hablan las feministas más radicales imbuidas también de pulsión nacional. Y su sacrificio se aviene, por analogía martirial, al de nuestra patrona, santa Eulalia, cuyos pechos fueron quemados y amputados durante la sanguinaria persecución de los cristianos en tiempos de Diocleciano. O al romance lorquiano de la Guardia Civil: “Rosa la de los Camborios/ gime sentada a su puerta/ con sus dos pechos cortados/ puestos en una bandeja”.

Ada, Pili y Torrecillas, abanderadas de la libertad, como la femenil alegoría del cuadro de Delacroix, son al tiempo nativo trasunto de las lloradas heroínas de “Las flores de la guerra”, protagonizada por Christian Bale, que es una versión edulcorada, casi una versión Disney de “Ciudad de vida y muerte”, una aterradora película china sobre las espeluznantes matanzas y las violaciones masivas perpetradas por los japoneses en Nanking, año 1937.

Los senos de nuestra triada heroica, codiciados por lobunos enemigos sin escrúpulos, prontos al estupro, son el faro que guía nuestros pasos en el páramo, el conducente resplandor en el firmamento de una Vía Láctea para orientación exclusiva de nacionales (se pide ADN homologado), pues las estrellas diseminadas en el cielo son el chorretón alimenticio expelido de las mamas de la “Madonna” que vemos, por ejemplo, en la “Lactación de san Bernardo”, de Alonso Cano, un motivo mariano que gozó de nombradía artística en la Edad Media y que fue recuperado en el barroco tardío para combatir el trato desdeñoso prodigado a la Virgen por la reforma protestante.  

Hay a quienes las tetas siempre nos desarmarán. No podemos luchar contra ellas y nos ganarán, sí o sí, la partida. Somos aquellos que, cuando niños, no fuimos atetados, o en su caso destetados con prontitud. Mi santa madre, que en gloria esté, por diversas razones que no hacen al caso, no pudo darme el pecho, y hube de conformarme con ese sucedáneo que es la tetina del biberón. Por ese déficit lactante, de contacto directo con la teta y su pezón, presumo que en ocasiones me quedo clavado como un pasmarote mirando el canalillo que asoma por el apretado escote de una dama. No hay nada sucio en esa mirada, ni rastro en ella de la concupiscencia o voluptuosidad del fornicario, acaso la pueril nostalgia de una necesidad insatisfecha. Que abundan los descarados mirones, impelidos por lúbricos pensamientos, no lo voy a negar, pero no es el caso presente. El problema reside en que, aunque lo expliques con buenas razones, nadie te va a creer. Y, velis nolis, te tomarán por un degenerado si el magnetismo de los pechos, redondos y blandos, sometidos a tenue temblor, atraen tu mirada como un potente imán. Somos aquellos que jamás veremos con malos ojos una protesta de las sectarias y tontuelas chicas del colectivo FEMEN, por alejados que estemos de su puntual reivindicación. Quienes guardamos de “Amarcord” un grato recuerdo y sostenemos que Tinto Brass, por una inversión de simetrías, es el Fellini de los culos.

Cabe añadir, a guisa de final recomendación a tan ilustres damas, Ada, Pili y Torrecillas, que protejan sus tetas de las rijosas asechanzas de nuestros enemigos, pues sus cántaros son territorio sagrado, símbolo del brollante manantial que saciará la sed de las venideras generaciones de combatientes. La madre nutricia dadora de vida a través de la ubre, de la mama, que es la prolongación del cordón umbilical hasta el instante del destete. Escuchad pues, “gent ufana i superba”: las tetas de nuestras mujeres son sagradas, se miran en todo caso, pero NO SE TOCAN. Tetas por la liberación nacional.

«Gent de barri» (serie emitida por TV3)

Un domingo, muy temprano, me asomé a la balconada que da a la plaza Navas (Pueblo Seco) para echar un pitillo. Tolerancia le echa a Tolerancio unos rapapolvos de aúpa si fuma en el interior de la común madriguera. Eran las ocho, pizca más o menos. Ni un alma por la calle. Un momento de silencio a degustar intensamente, como la primera calada del cigarrillo, oh, qué delicia, qué calma… algo a lo que no estamos acostumbrados los vecinos de la zona. En esas que un grupito de tres personas procede con una cautela excesiva que capta mi atención. Miran a uno y otro lado como para asegurarse de la impunidad de sus actos. Les reconozco. Uno regenta un comercio de reprografía en la misma plaza y otro es presidente de la Asociación de Vecinos. El mismo que diligentemente saca del local vecinal las sillas de tijera para el distinguido auditorio cuando nos han honrado con sus mítines Ada Colau y Oriol Junqueras, este último poco antes de entrar en prisión por sedicioso, y también de salir (lo veremos en unas semanas) por el mismo cargo… gentileza del Tribunal Supremo y del nuevo gobierno frentepopulista. 

Uno de ellos se agacha y arrima al suelo embaldosado una plantilla troquelada, otro pasa el spray por encima, mientras el tercero está de retén, ojo avizor, para dar el queo si se acerca alguien con hostiles intenciones. Perfectamente sincronizados, como un comando de élite de los Navy-SEALS. Desde el balcón no leo el mensaje impreso en el suelo: mi vista no da para tanto. Pero repiten la misma operación media docena de veces en diferentes tramos de la plaza hasta dejarla pintarrajeada como una descacharrada des-composición de Tàpies. El misterio se desvela horas después cuando salgo a pasear. La leyenda dice: “Llibertat presos polítics”. Acabáramos. En definitiva, quienes habrían de velar por la pulcritud del entorno van y se lían a brochazos: sensacional. “Claro”, dirán, “las circunstancias, lo requieren… ante la feroz represión y la insoportable falta de libertad”, mientras celebran la prodigiosa hazaña tomando un piscolabis en una de las muchas vermuterías del barrio.

Esta anécdota da fe de la profusa capilaridad de la política de infiltración del nacionalismo en el tejido social, el antiguamente llamado “entrismo” de las organizaciones comunistas. Se trata de colarse en todas partes, de colonizar y regir desde dentro la orientación de las distintas asociaciones, y disponer, claro es, de sus pingües subvenciones, lo mismo da que sean de “gigantes y cabezudos”, que clubes de petanca para jubilados o talleres de “puntaires”, las laboriosas encajeras. Controlar lo que llaman la “proximidad”, “el kilómetro cero”, la barriada, como antaño hacían las bandas de hampones: “De la calle del Suspiro verde a la plaza de Abastos es mi sector y no se admite competencia”. O los CDR, es decir, los Comités de Defensa de la Revolución castrista. Ahormar a su gusto la vida cotidiana, la convivencia en el espacio público. Para eso están y para eso las financiamos.

Menos que nada le importaron a la Asociación de Vecinos de marras las quejas de los residentes por el desmelenado vandalismo imperante en la plaza, e incluso maniobró para que no se decantara la irritación comunal en una campaña con pancartas en las balconadas, contrarios a que la protesta tuviera, como se dice ahora, una excesiva “visibilidad” que importunara a la superioridad, es decir, a la alcaldesa Colau (*). De lo que se trata en el fondo, es de divulgar el mensaje elegido por quienes les atizan la subvención, de arriba abajo, neodespotismo ilustrado (sic), hasta llegar al último rincón del distrito con la tan cacareada libertad de los presos golpistas o la divisa que toque en ese momento, lo mismo “emisiones cero” que “si miras un escote más allá de una décima de segundo eres un violador potencial al servicio del heteropatriarcado”.

Por ello, a quienes detestamos el engrudo liberticida que excreta grumos y borbotones a pie de calle, se nos plantea la necesidad de mantenernos al margen de cuanto apaño, actividad, quermés o verbena se organice en el universo a escala de barrio y/o municipio. Es una cuestión de ética y estética: vivir de espaldas a esos festejos que organizan los malos desde sus terminales asociativas de toda índole, aun estando nutridas de ese dinero, vía subvención, que es puntualmente detraído de nuestras nóminas, o a través de tarifas locales e impuestos de toda jaez. No hay cabalgata, pasacalles o batucada en donde no aparezcan, subrepticiamente o a las claras, lazos amarillos, estampitas y recordatorios para los golpistas presos o arrebatadas soflamas en favor de una libertad diríase que menoscabada.

Quienes no comulgamos con toda esa iconografía impostada no podemos, entiendo, hacer abstracción de lazos y pancartas, y fingir que no los vemos mientras desfilan las carrozas, aporrean los tambores o presiden la mesa 0 del “sopar de germanor”. Esos adminículos te recuerdan a cada paso dónde coño estás, quién administra tus bienes desde la cosa pública o te disputa la filiación de tus hijos. Un servidor se borra y trata de vivir evadido y a salvo de toda esa mugre. No sé si habría que organizar unos festejos alternativos, y doblar el gasto a cuenta de tu billetera, o, mejor acaso, montarte tu propia fiesta mayor o el evento de que se trate, pues ya somos mayorcitos para divertirnos por nuestra cuenta y sin estar al albur del im-(pertinente) mandato gubernativo.

(*) Hace unas fechas, miembros de la PAH, donde echó los dientes Ada Colau en el activismo político disfrazada de abeja Maya, acudieron a la calle Olivera, confluente con la plaza Navas, para impedir el desahucio de un clan de presuntos delincuentes y protagonistas de las habituales escenas de vandalismo (peleas, agresiones a transeúntes, música a toda castaña y a todas horas, trapicheo de sustancias estupefacientes, etc) que asolan la plaza e impiden seguridad y descanso de los vecinos… que, burla burlando, también sufragan los gastos de la citada asociación. En fin, serafín, ajo y agua, por tontos de baba.

Masacre (II)

Con relación a la profesora de Tarrasa que pegó a una niña por pintar una banderita española, no se dijo todo en Masacre (I). Siempre quedan cosas en el tintero. Aquí se retoma el relato en el punto en que se dejó: una profesora nacionalista, abanderada de la causa, llegado el caso y desde la óptica del adoctrinamiento intensivo, puede y DEBE agredir a un alumno. Que puede, lo sabemos, pues lo ha hecho y, además, del supuesto expediente incoado no se derivará sanción alguna.

Que DEBE requiere de unas explicaciones complementarias. No todos los profesores que en su día prepararon oposiciones con la intención de forjar en los niños el espíritu de pertenencia nacional, un elevado porcentaje de los docentes catalanes, tendrían, es cierto, el cuajo de atizar a uno de sus alumnos por pintar esa bandera. El escrúpulo moral y la protección de los menores que hoy es un valor universalmente compartido, les retraerían de cometer acción semejante. Pero lo que vale para muchos, no vale para todos. Y cada uno de los integrantes de esa legión angular y estratégica que es el profesorado tiene su particular umbral de tolerancia a las afrentas infligidas a la patria.

Y no es menos cierto que marcan la pauta, abren camino y senda, dan ejemplo y dejan huella, y ascienden al Olimpo patrio donde habitan los espíritus fundacionales, aquellos que tienen un umbral de tolerancia diferente al de la mayoría. El altar del heroísmo y la pétrea memoria de la estatuaria no se inventaron para rendir tributo al recuerdo del hombre medio, del irrelevante hombre estadístico: el de aquellos que forman un pelotón nutrido y compacto y que aguardan a que otros den el primer paso, que se tientan la ropa antes de emprender la marcha para recorrer un camino incierto. ¿Alguien piensa que en Rumanía, sea el caso, erigen estatuas para conmemorar la vida modesta y conforme a la ley, puntual pagador de impuestos, del señor Antonescu, honrado zapatero remendón y hombre temeroso de Dios?… No, las estatuas están reservadas para el príncipe Vlad, el Empalador, que ensartaba en largas picas lo mismo a la conspiradora nobleza local que a los soldados otomanos apresados en combate.

El magisterio de la profesora «azota-niños» de Tarrasa no pasa por la transmisión del conocimiento (ni en la anticuada versión de “la letra con sangre entra”), ni por el ejercicio templado y sensato del rol de autoridad o por la encarnación en su persona de la educación en sentido amplio, de la ejemplaridad de una conducta cívica a proyectar sobre sus discípulos, sino por la detección de insurgentes en una fase larvaria y a corregir mediante una bofetada. O dos, o las que fueren menester.

No debe permitir que el elemento discordante que ha sido identificado y aislado, complete su proceso metamórfico, contamine a los demás niños del aula y dé lugar a un adulto refractario a las consignas obligatorias. Por eso sacudió a esa niña. Muchos otros, acaso los más, no podrán hacerlo, de acuerdo, pero en el fondo esperan que otros tantos lo hagan en su lugar, pues presumen que es necesario. Esos “otros” a los que rendirán admiración y pleitesía por su determinación y coraje, por arrostrar en sus carnes las consecuencias derivadas de un acto de esa magnitud reñida con el nivel medio de conducta humana tolerable al que estamos sujetos y acostumbrados en la actualidad con relación a los menores. Esos pioneros como nuestra profesora de Tarrasa, que en una o dos generaciones darán nombre a las escuelas diseminadas por nuestras comarcas, y a quienes se acercarán con reverendísimo respeto y dirán en un aparte, durante el presumible homenaje en su honor organizado por Òmnium, la ANC o Som Escola: “T’entenc, potser jo mai no ho faria, no tinc pebrots, la veritat, però de vegades cal fer-ho”.

Propongo aquí un breve ejercicio de empatía, eso que siempre se dijo “ponerse en la piel del otro (de nuestra profe)” y que ahora finamente llaman “otredad”. Un niño, el más travieso de la clase, puede sacudir a un condiscípulo en el recreo porque no le ha pasado el balón, porque se ha burlado de la derrota del equipo de sus amores, o puede tirar de las coletas a una niña fifí o decir una palabrota impropia de su edad. Y acudir al punto el profe para poner fin a ese pueril incidente mediante la reprensión verbal o la amenaza de castigo, una semana sin patio, esas cosas… ¿Pero qué profesor ajeno a la amplia casuística de las rarezas y perversiones del alma está preparado para ver a una niñita de ocho años, una princesita, pintar esa aberración en un mural, esa suerte de símbolo obsceno y satánico… ¡La puta bandera de la puta España!… un acto de una malignidad desconcertante que requiere de premeditación, sangre fría y de ciertas nociones como el diseño, la proporción o la conjugación de colores?… ¿Quién, como poco, no se llevaría las manos a la cabeza?… Y, a fin de cuentas… ¿Qué debacle es ésa de una bofetaducha irrisoria cuando en Mallorca prostituyen a los menores tutelados por la administración regional y no pasa nada… y ni se habla de ello en las cafeterías?…   

Masacre (I)

¿Debe pegar la profesora a una niña de ocho años que pinta una banderita española en el mural del aula? La respuesta a esta incómoda pregunta, larga cambiada, nos la da el comisario político del batallón de las Waffen SS que protagoniza la película rusa «Masacre”. Por supuesto, la respuesta es . “Sobre todo los niños… hay que acabar con los niños primero que nadie”. En el caso de la invasión alemana que retrata el filme, la respuesta es literal, en el de la pregunta, metafórica.

“Masacre” es una película brutal, enfurecida, que deja al espectador sin aliento. Los protagonistas, dos hermanitos, cruzan pueblos y aldeas devastados por la guerra custodiando una vaca. Es un retablo abigarrado, barroco y surrealista del paroxismo de la locura humana entre bombazos, incendios y escenas atroces. Se topan con una unidad alemana que arrasa como una apisonadora cuanto se cruza en su camino. El oficial al mando dirige la dantesca matanza desde el asiento de un sidecar con su mascota al hombro: una zarigüeya. “Yo también soy abuelo”, balbucirá en un desesperado e inverosímil intento por salvar la vida. La peor alimaña de todos es el guía, un «hiwi» ucraniano de uniforme negro. Pero la respuesta categórica la da el comisario político cuando, una vez rodeados y rendidos por los partisanos, le preguntan por qué en su periplo homicida han asesinado a tantos niños.  

Dice con razón Antonio Robles que los profesores y los periodistas son la punta de lanza del régimen nacionalista. La suya es la versión correcta del “ejército desarmado” de Cataluña que el “sonderkommando” Vázquez Montalbán, creador del “pujolismo-leninismo”, atribuía al Barça en exclusiva. Profes y periodistas tienen encomendada la sagrada misión del adoctrinamiento, capital para cimentar el edificio en construcción. Necesarios para que los niños, los primeros, y la opinión pública, los segundos, no queden fuera del círculo de confianza. Y los niños, antes o después, habrán de diferenciarse, de “extrañarse” de sus mayores, de aquellos adultos que no han sido aún captados, “naturalizados”… y el paso, ese “salto adelante”, ya sin tutor, solo lo podrán dar esos chicos al tiempo que se aplican mejunjes en la cara para combatir el acné juvenil.  

El comisario político, un hombre joven y de aspecto aseado, con la expresión dura del individuo fanatizado, responde categórico, sin temor, inamovible de sus ideales ante el lance inminente de la ejecución: “Sobre todo no podemos dejar niños atrás. Los hijos de nuestros enemigos serán nuestros verdugos mañana. Nos odiarán por lo que hacemos a sus padres. Han de morir todos”.

Hay, pues, que matarlos o, en su caso, ablandarlos a martillazos sobre el yunque para darles forma. Nos escandaliza que un docente le atice a un niño por la razón que sea, y la incalificable agresión perpetrada en un colegio de Tarrasa, acaso le ha cortado la respiración, o cuando menos ha incomodado por contraproducente, a muchos nacionalistas convencidos. Según que excesos truecan fácilmente en mala publicidad para la causa. Pero hay que hacerlo. Las autoridades sectoriales se han apresurado a respaldar a la profesora y, como era previsible, es la niña la que ha cambiado de colegio, quedando la agresión encapsulada en el limbo vaporoso de los expedientes disciplinarios a corregir mediante la simbólica sanción… de un ascenso o de un destino blindado en las oficinas de la Consejería, ya sin niños delante y a mano de sus manos largas.

La nación es la excepción, fundamentalmente para quienes la nación es aún un deseo. Debemos afrontar en su nombre, para convocarla, para hacer de la nación imaginada una realidad tangible, incluso aquello que en circunstancias normales jamás haríamos, pero llenos de coraje, de agallas, para no retroceder por escrúpulo moral ante lo que nos repugna. ¿Nos va a detener el lloriqueo de una niña malcriada y envenenada por sus padres?

No se debe pegar a un niño. El abuso físico de un adulto contra una criatura de corta edad, indefensa, es una canallada y la peor bajeza… aunque se puede, como se puede pegar fuego a un bosque o atracar una farmacia con una recortada. En cambio, esa profesora, y aquellos de entre sus compañeros que avanzan en descubierta, saben que pegar a un niño, llegado el caso, se puede… Y SE DEBE

Mesalina vs Escila

José Zaragoza, fontanero-jefe del PSC, muñidor de turbias maniobras, gestor de microfonías en “La Camarga”, ha declarado, postrimerías del año 2019, “que se siente más cómodo negociando con ERC que con el PP”. Causa cierto desánimo que un destacado dirigente de un partido que por alguna razón ignota hay quienes cuentan aún en las filas del constitucionalismo, se pronuncie públicamente en esos términos. Y eso tras la participación de ERC, a través de sus cargos electos y medios materiales en el gobierno regional, y de su estructura de partido y militancia, en un movimiento insurreccional contra la legalidad vigente que podría tipificarse de golpe de Estado (si bien el Tribunal Supremo ha definido en sentencia el episodio como mera “ensoñación” sediciosa, con sus insignes Señorías siempre al quite de promociones profesionales y dispuestos a “ensuciar la toga con el polvo del camino”, augural divisa de quien fuera Fiscal General, Conde-Pumpido… “tu quoque, Marchena).

La predilección por ERC de Zaragoza, mano derecha del danzarín Iceta (“ni una mala palabra, ni una buena acción”), lo que son las cosas, conecta a través del tiempo con una vergonzosa y claudicante comparecencia de Rodríguez Ibarra, otrora apodado “el Bellotari”, en un programa de TVE , “Las cerezas”, presentado por Julia Otero. Noviembre de 2004. Para situarnos: un año después de que Carod Rovira, presidente en funciones del gobierno tripartito (PSC-ERC-ICV) por ausencia de Maragall (*), pactara en Perpiñán con la cúpula de ETA el cese de atentados en Cataluña a cambio de que la cámara regional propiciara un nuevo estatuto que fracturase la soberanía nacional. Y, otrosí, unos meses tras el atentado del 11-M, en vísperas de una jornada de reflexión y que contribuyó a un drástico vuelco electoral que no preveían las encuestas de aquella hora, y del subsecuente ascenso del candidato respaldado por el PSC, Rodríguez Zapatero, a la Presidencia del gobierno… hoy ocupado en labores de mayordomía bolivariana generosamente remuneradas.

Rodríguez Ibarra ungió a subalternos lametones, ante las cámaras, los pinreles de Carod Rovira… el mismo Rodríguez Ibarra que clama y se desgañita junto a un coro de veteranos dirigentes del PSOE contra la política de alianzas del PSOE actual con lo “mejor” de cada casa para facilitar la investidura de Pedro cum fraude Sánchez -lo mismo Bildu (antes Batasuna), que ERC, PNV, los podemitas, las diferentes marcas del separatismo catalanista en Valencia y Mallorca, el diputado “gaitatzale” del BNG, pronúnciese “be-ene-gé”, que la última efervescencia cantonalista de Teruel y Calahorra Existen (**)-.

El interfecto, exponente del llamado socialismo cejijunto “de Puerto Hurraco” frente al socialismo “federalista y asimétrico”, confesó “que se sentía la mar de cómodo con Carod Rovira” y “que antes invitaría a éste a su casa que a los dirigentes del PP”. Cierto que por entonces ERC no había protagonizado una “ensoñación sediciosa” como la del “proceso” con su liquidación de la legalidad parlamentaria, su referéndum ilegal y su proclamación unilateral de independencia, pero no está nada mal para completar su dilatada hoja de servicios (iniciada ya con rutilante esplendor en octubre de 1934) llegar a una “entente cordiale”, Perpiñán, con la banda terrorista que ha perpetrado el mayor y más sangriento atentado de la historia de Cataluña, Hipercor, año 1.987.  

Sea lo que pase y pase lo que sea, poniendo su honra en holganza, los dirigentes del PSC (y de su franquicia carpetovetónica, el PSOE) siempre acaban estando más a gustito con ERC. No falla. Se repite la Historia una vez y otra. Lo mismo da que pacten con ETA o promuevan un golpe de Estado siquiera en fase “ensoñadora”. Siempre están dispuestos a hacernos creer que ERC es lo mejor para España y que SM el Rey Felipe VI convocó aquel día a los españoles, 3 de octubre de 2017, porque andaba regulín de los nervios y no se había tomado su “tranquipasti” matinal, confundiendo “ensoñaciones” con asonadas.

“Zaragoza vs el “Bellotari” Rodríguez Ibarra” recuerda en cierto modo a aquel duelo en la cumbre de la molicie carnal entre Mesalina, la esposa del emperador Claudio, y Escila, la ramera siciliana, a mil sestercios el gladiador desarmado, un OK Corral entre sábanas que nos regaló aquella estupenda teleserie de la BBC, “Yo Claudio”, magistralmente interpretada por Derek Jacobi y John Hurt, basada en la novela de Robert Graves. A tragaderas, glu-glu, a ver quién gana. Hay quien dirá que el sibilino Zaragoza no tiene el menor empacho en manifestar su “comodidad” a la vera, a la verita tuya de ERC, en tanto que la facción del “barón” extremeño, ya jubileta e irrelevante, no tenía más bemoles que dar su pláceme a aquel enjuague, entonces, de imprevisibles consecuencias. En todo caso, de motu proprio o a regañadientes, acaban por hacer siempre lo mismo, dar respiración asistida a los malos cuando, convertidos en la irrisión de medio mundo, corrían alocadamente para estrellarse contra un muro con la determinación de un piloto kamikaze embalsamado en MDMA.

Me viene a las mientes la madre de Joseba Pagazaurtundúa cuando dijo, dirigiéndose a los gerifaltes del PSE (“Pachi” López y Jesús Eguiguren), tras el asesinato de su hijo a manos de ETA, aquella frase que deberíamos esculpir en piedra pues es una de las sentencias más descriptivas del lado oscuro del último cuarto de siglo de nuestra Historia: “Diréis (y haréis, añado) cosas que nos helarán la sangre”.

(*) Maragall deambulaba medio “cocido” por el lejano Oriente, parada en Macao, posando con una banderita estrellada junto a la selección catalana de hockey sobre patines que competía en un mundialillo serie B frente a Mongolia Ulterior y la Cochinchina. 

(**) El cenutrio de las anchoas, por una vez, se quitó de en medio a última hora.        

Complejo «Genet»

Como en tantas otras cosas, en una conducta tan reprobable moralmente como novelesca, la traición, hay grados. No es lo mismo delatar un comercio que tiene el frontis su rótulo en español, práctica a la que por fanatismo y militancia, está enganchado Santiago Espot, dirigente de Catalunya Acció (que unos días atrás denunció a un dependiente de El Corte Inglés por no atenderle en catalán… en eso ha consistido su última hazaña), que dar nombres de correligionarios de la resistencia porque en sórdidas mazmorras los malos te aplican descargas eléctricas en el pito o te abrasan las carnes a fuego de soplete. En realidad, el caso «Espot» no entraría, in stricto senso, en la categoría de traición, pues ésta se promueve contra los propios en favor de otros, los adversarios, y, en cambio, el interfecto considera que sus denuncias combaten el mal representado por sus odiados enemigos. En todo caso, el «merodea-comercios» Espot ingresa por derecho en la categoría de «chivato», por chivarse de… eso sí, un chivato deslenguado y productivo pues se jacta de haber perpetrado más de tres mil denuncias ante la Agència Catalana de Consum que, para tranquilizar su conciencia, reviste de supuesto civismo: «Yo me limito a cumplir la ley». Y, ciertamente, esa birria de ley existe, claro que en una sociedad que no es mucho mejor que las leyes que la rigen. También tuvo rango de «ley» denunciar a quienes acogieran a refugiados judíos o lapidar hasta la muerte a mujeres adúlteras.

En la Historia de España, tan densa y manicomial, y por ello tan atractiva (tanto como desconocida por sus nacionales), hay traidores para dar y tomar. Ahí están los lusitanos que entregaron a Viriato. Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido. El conde don Julián, gobernador bizantino de Ceuta, enojado por la afrenta del godo don Rodrigo a doña Florinda, su hija, de quien hace encendido elogio, cómo no, Juan Goytisolo… la partida witiziana y el obispo don Opas. Antonio Pérez del Hierro, secretario de cámara de Felipe II. El corrupto duque de Lerma. Máximo Gómez, el general tránsfuga que dirigió a los insurrectos cubanos contra las tropas españolas. O el teniente coronel Francisco Maciá (más tarde, Francesc)… y así hasta llegar a Zapatero, en la actualidad sicario del tirano bolivariano Nicolás Maduro y panegirista del terrorista no arrepentido Arnaldo Otegui, alias «el Gordo», que participó en el secuestro del empresario Luis Abaitua (y que fue relacionado también con otros hechos criminales, como el secuestro fallido del ponente constitucional y diputado ucedista Gabriel Cisneros).

Cierto que Zapatero, se dirá, no traicionó a España, pues no hay traición en atacar aquello que se odia, pero por la relevancia del cargo ocupado se podría concluir que traicionó a los españoles, cuando menos a aquellos que no reniegan de la idea de España y de su sentimiento de pertenencia nacional. En definitiva, para cometer traición es inexcusable tener o abrazar principios que traicionar. Por es me pregunto si Pedro Sánchez es un traidor, según ha manifestado recientemente el general retirado Fulgencio Coll. El mismo Pedro Sánchez que un día comparece ante su auditorio acompañado de una enorme bandera rojigualda, y otro propicia pactos de investidura con los declarados enemigos de España, sin excluir siquiera de la ronda consultiva a los diputados de Herri Batasuna (ahora Bildu)… esos que brindaban con champán cada vez que ETA le descerrajaba un tiro en la nuca a un concejal socialista. ¿Principios?… Pedro Sánchez, el insubsistente, no ha dad muestra inconcusa de tener alguno. ¿A qué o a quiénes traiciona si nada reconocible defiende?

La traición que se comete sin necesidad, por gusto, y por raro que parezca, quizá esté tipificada en un manual de psiquiatría como un extravagante síndrome. Uno de esos enrevesados complejos que afectan a contadísimos casos y que un buen día etiquetó para la posteridad un estudioso discípulo de la escuela de Adler, especializada en trastornos infantiles que asoman luego en la edad adulta. A saber. Ignoro si lo hay, pero, por mi cuenta y riesgo, llamo a esa traición gratuita, y sin recompensa, siquiera un bote de aceite o una pastilla de jabón en aperreados tiempos de guerra, «complejo Genet«, por Jean Genet, cultivador del malditismo y autor de una obra tan estimable como «Diario de un ladrón», parte de cuya acción transcurre en Barcelona.

Genet nos habla en ella del placer intenso, entre sórdidas andanzas y felonías, del estremecimiento íntimo, casi orgásmico, que provoca la ceremonia de la traición en el espíritu atormentado de esas personas que viven instaladas en un equilibrio precario, como funambulistas, siempre en el filo de la navaja, incomprendidos outsiders. Personas esquivas a las convenciones mayoritarias y en cuyo vocabulario no figura la palabra decoro, pues éste no es un lujo a su alcance. Cuanto más íntimo, más cercano es el amigo traicionado, mayor es la sacudida de placer experimentada por el vil traidor. Como en esas descargas de adrenalina que acompañan la práctica de deportes de alto riesgo. En el «complejo Genet» late la fascinación del mal. Saber que, en toda ocasión eres un miserable, pero un miserable colosal sin propósito de enmienda, sin la comezón moral del escrúpulo y del arrepentimiento por el daño causado. La traición por la traición… o la traición considera como una de las bellas artes.

PS.- Dolors ya no está entre nosotros. Pocos días antes de Nochevieja me encontré a su familia desayunando al solecito en una cafetería de la avenida Mistral, pues hemos disfrutado de unas Navidades casi primaverales, al menos por estas latitudes. Eché en falta a la anciana sentadita en su silla de ruedas engalanada siempre con una banderita estrellada. Le faltó poco para ver a Junqueras salir de prisión (Dolors en «104 años»).

ADN («la peau douce»)

Para sorpresa de muchos el ADN ha tenido notable protagonismo en la política reciente de nuestra asendereada Cataluña. Se ha hablado mucho de tan enrevesado y helicoidal asunto. Es sabido que Quim Torra sostiene que «los españoles tienen un bache en el ADN» y que «los catalanes que hablan español hablan la lengua de las bestias taradas», elaboradísimo juicio que la ONG autodenominada SOS Racisme, inquirida al efecto, y al poco de ocupar Torra la presidencia del gobierno regional, declinó censurar, pues no vio en ello materia siquiera moralmente punible. Por su parte Oriol Junqueras, dirigente de «un partido progresista» en opinión de Pedro Sánchez y de Josep Maria Àlvarez, Secretario General de UGT (nacido José María), nos iluminó a todos dando una lección magistral de antropogenética atinente a colectivos humanos que podríamos definir de corte «racial». Junqueras, aún entre rejas por un delito de sedición, pero negociando con Iceta en la sala de los «vis à vis», ahí es nada, la formación del gobierno nacional, excretó un meritorio «los catalanes tenemos el ADN más parecido al de los franceses que al de los españoles».

Al quite de esas ponderadas manifestaciones sobre los obtusos secretos del ácido desoxirribonucleico, uno de los rostros (blindados) más famosos de TV3, Quim Masferrer, tuvo a bien traducirlas al llano entendimiento del común de los mortales llamando a los españoles «panda de mangantes, sarnosos y cabrones de mierda»… manjar exquisito que los interesados podrán degustar atónitos, pero con la fruición de un sátrapa persa, acudiendo a You Tube. Discurso tribunicio de calidad excelsa por el que fue recompensado con la retransmisión de las campanadas de Nochevieja en la citada cadena.

Se nos ha dicho desde las más reputadas instancias científicas, acaso para bajarnos los humos, que compartimos nuestro recetario genético casi en un 99% con especies tan dispares y poco refinadas como la mosca del vinagre o el gorrino que alegremente hoza entre malolientes desperdicios.

Los episodios reseñados acreditan que el supremacismo catalanista apenas se ha movido una coma desde los desvaríos fundacionales del romanticismo decimonónico y racista que impregna las elevadas cavilaciones de autores como Pompeyo Gener, uno de mis favoritos. Memorables aquellas sentencias suyas en las que afirma campanudamente que «los ojos negros de los catalanes no son del negro que en los demás pueblos de España» y que los «mesetarios» son torpes para el pensamiento, «pues al estar Castilla muy alta, la ausencia de helio provoca una deficiencia nutricional en el cerebro» (lindezas recogidas en «Historias ocultadas del nacionalismo catalán», de Javier Barraycoa). Gener i Babot, Pompeyo, dispone, y no es una coña marinera, de plaza dedicada, véase el callejero local, en la Barcelona, otrora cosmopolita y ahora palurda y multicultural, de la alcaldesa Colau. Esa obsesión «pompeyana» por los ojos homologados nos recuerda al dictador croata Ante Pavelic, jefe de la Ustacha, que en su despacho tenía, según cuenta Curzio Malaparte en su dantesco reportaje «Kaputt», un saco repleto de ojos de chetniks serbios. Unos 20 kilos de ese artículo extravagante… extraídos de uno en uno con la cucharilla de remover el cafelito.

Nuestro supremacismo localista, rancio y antañón, nos remite, casi un siglo y medio más tarde, a los delirios de la antropometría craneal del andariego doctor Robert, no habiendo superado, pues, esa fase demencial anclada a baremos anatómicos. A su lado una premisa clasificatoria típica del franquismo, la división entre «buenos y malos españoles» que, por interesar a un concepto de apariencia moralizante, aunque no en estricta relación a la conducta y a los valores cívicos del individuo, sino al grado de identificación con la idea de España, es una ñoñería fifí de solterona timorata al lado de las disertaciones genetistas, de trinchera, como de precursores del perturbado doctor Vergerus (uno de los protagonistas de «El huevo de la serpiente»), de los próceres del catalanismo enragé.

Si los malos contaran en plantilla con un alumno aventajado de Mengele, podría experimentar en su laboratorio, subvencionado a todo lujo cual capitoste de Òmnium, la ANC o de Plataforma per la Llengua, rodeado como un alquimista de retortas, potecillos, matraces y microscopios, hasta dar con la fórmula del ADN filosofal: una muestra-piloto de la flor y nata del ADN nativo, la quintaesencia más delicada de las células aborígenes… imagínense, material combinado de Pilar Rahola, Nùria Feliu, Ada Colau y Clara Ponsatí, entre otras muchas aportaciones. El resultado, según Oriol Junqueras, dada nuestra vecindad genética con la propia de «las madamas de la Francia» (que diría Rubén Darío en uno de sus versos modernistas), bien podría ser el que sigue. Insisto, cierren los ojos para mejor paladear la imagen divina de «la» Rahola, «la» Feliu, «la» Colau o «la» Ponsatí… y de Marta Rovira y Anna Gabriel, ésta última antes de retocarse el flequillo en la «pelu», la «cupaire» exiliada en Suiza y a la que todos ubicamos por error faenando de sol a sol en la zafra de la caña de azúcar de la Cuba castrista, alistada en una brigada de voluntarios extranjeros. Todas ellas transfundidas en una. El ADN de las donantes enumeradas febrilmente agitado en una coctelera. A continuación, asistan patidifusos al hipotético resultado de esa sublime mezcolanza. La señorita-probeta, precipitado genético de damas tan distinguidas, interpreta una lisonjera melodía donde afirma disponer, sensualísima y coqueta, de una piel de lo más suavecita… y yo me creo a esa criatura. Qué ADN el suyo. Alizée y Tolerancio les desean unas felices fiestas de Navidad y un próspero Año Nuevo.

Kumiko y Maylin cara a cara

Kumiko es un encanto de criatura. Una monada. La encontré en mi barrio. La niña subía por el Paralelo rumbo a plaza de España para asistir a una de tantas concentraciones separatistas. No recuerdo si una convocada contra la aplicación del artículo 155 o para pedir la excarcelación de los Jordis, que formarán uno de esos grupos de rumba penitenciaria, Los Yordis, tipo Los Chavis, Los Chichos, míticos e irrepetibles, o Los Chunguitos que, con sus casetes expuestos en las gasolineras, hacen las delicias de un público selecto… Me hiciste una DUI sin decirme adiós, ay qué dolor…

Kumiko significa en chino «niña de eterna belleza». En realidad no sé cómo se llama (lo de Kumiko es un purparlé), acaso Aina, Aloma o Elna. La bandera estrellada a su espalda la convertía en una fugaz superheroína de ojitos rasgados de nuestro inflamado nacionalismo aborigen. Se la veía entusiasmada, junto a sus padres, camino de la verbena patriótica. Kumiko es una de esas niñas chinas adoptadas de un tiempo a esta parte por parejas occidentales. Me pregunté… ¿Seré un extranjero para Kumiko? ¿Un mal catalán?… Ella iba camino de la mani y yo del estanco, en direcciones opuestas…

Unos pocos días después, 8 de octubre, me topé con otra niña graciosa y simpatiquísima de ojitos rasgados. Con Maylin, que del chino se traduce por «jade precioso». Di con ella en las inmediaciones de Arco del Triunfo, camino de la Estación de Francia, donde Vargas Llosa se dirigiría desde el estrado a los manifestantes… a los que regañó Josep Borrell por gritar ¡Puigdemont a prisión!

Se me antojó Maylin un diamante de sonrisa resplandeciente entre miles de personas. Maylin, que acaso se llame Aina, como Kumiko, Julia o María del Pilar, se pintó en las mejillas los colores nacionales y la bandera de España, anudada al cuello, caía sobre su espalda como un armiño dinástico. Maylin es otra de esas niñas adoptadas.

Al verla, me acordé al momento de Kumiko. Las dos se movían de manera grácil, propia de la edad innúbil… no eran dos de esas chinitas que pintaban antaño, llorando las pobres por culpa de un vendaje compresivo en los pies para que, siendo adultas, calzaran unos zapatitos de juguete. Ni su dieta, al decir de tópicos insidiosos, se compone de sopas inmundas y de huevos podridos de golondrina, sino de pizzas al gusto y de hamburguesas con salsa de kétchup. Y pensé… ¿Serán una y otra extrañas… extranjeras entre sí?

Acaso procedan ambas de la misma región, de Hebei o de Guandong, del mismo orfanato y adoptadas por las mismas fechas. ¿Qué sucedería si las colocáramos cara a cara, como si una fuera la imagen de la otra, la imagen que devuelve un espejo malicioso? Kumiko y Maylin del brazo y de tiendas por Puerta del Ángel. Qué lío y cansancio con la plúmbea monserga de la construcción de identidades. ¿Qué pasaría por sus lindas cabecitas, me pregunto, de toparse cara a cara ataviadas con sus banderas antagónicas? ¿Reconocerían una en la otra una sustancia común?… Nos pasaremos vidas enteras dirimiendo qué somos y a nadie le importará cómo somos.

Petomán (a Quim Torra)

Por la gravedad del asunto tratado y la calidad del eximio personaje este comentario tendrá una extensión mayor de la habitual.

Me avergüenza profundamente hablar de flatulencias. Muy al contrario, en estos tiempos tumultuosos de hábitos burdos y soeces donde el estilo consiste ya no «en ser catalán», como afirmara en su día Roca Junyent, sino en la ausencia de todo vestigio de tal, los chistes y alusiones a ventosidades, incluso en programas TV de máxima audiencia, ítem más, a las funciones eliminatorias del metabolismo más productivas, gozan de gran aceptación. Basta que un invitado diga en una entrevista televisada en «prime time» que se «descome» por tal o cual motivo para que el presentador aplauda su vulgar ocurrencia y el público estalle en una risotada unísona. ¿Por qué de ése éxito? Quizá porque esa función, la expulsión de gases por el tracto rectal, mandato imperativo de la biología, a todos nos iguala y consuela a la parte mala del pueblo llano («sans-coulottes» y chequistas) del resentimiento que le inspiran las clases pudientes, la gente elegante, la flor y nata de la gran sociedad. Es el efecto democratizador de la aerofagia, pues que todos la replican, lo mismo el Papa de Roma, los reyes, la nobleza, que los pinchaúvas, rufianes y menesterosos.

Quim Torra, un señor que por un desconcertante capricho del destino ocupa el cargo de presidente del gobierno regional, recientemente «aireó» en un mitin ante su entregado y selecto auditorio, cuál sería su respuesta en calidad de inculpado en una vista a celebrar en el TSJC… acusado de desobediencia a la Junta Electoral Central que le instaba a retirar de la balconada del palacio de San Jaime una pancarta solidaria con los reos finalmente condenados por sedición, entendiendo la JEC que dicha pancarta atentaba contra el principio de neutralidad exigible a una institución representativa de toda la ciudadanía.

Torra confesó a los presentes, esbozando una risilla traviesa, por lo bajini, que recién «venía de Bescanó de zamparse una contundente ración de butifarra con judías», ornato gastronómico de esa comarca, y que según fueran las preguntas de los magistrados, sus respuestas «saldrían por un lado u otro». Textual. Quien no lo crea que revise esa escena, grotesca e imperecedera a partes iguales, en la videoteca de You Tube. Recuerdo no pocas comilonas familiares en «El Bescanoní», un sencillo figón de los de antes, tras una caminata pintiparada para despertar el apetito por la arbolada senda llamada de Les Deveses, imposible de transitar en la actualidad sin exponerse al arrollamiento por pelotones de ciclistas que la recorren a toda pastilla. Y, así es, le concedo al señor Torra que en Bescanó las raciones siempre fueron abundantes, contundentes.

Causa extrañeza que Quim Torra, culmen majestalicio de la evolución de la especie humana, e impregnado de la infusa sapiencia antropológica de las más sublimes plumas del catalanismo del XIX (tipo Pompeyo Gener y otros chiflados con placa en el nomenclátor urbano de Barcelona), haciendo de todo un Sabino Arana un apóstol del ecumenismo, dijera «que los españoles tienen un bache en el ADN»… cuando, para referirse a sí propio, retrata con exactitud la sencilla morfología de un anélido, esa criatura vermicular de elemental fábrica consistente en un tubito alargado con aberturas en los extremos, una por donde entra el alimento y otra por donde sale. E incluso los hay que sólo disponen de una, por lo que todo cuanto entra, por el mismo conducto sale.

Concedamos que Torra nos hable de «desairarse» ante los magistrados, que no de «descomerse», por lo que se agradece esa delicada deferencia dada la honorabilísima calidad de sus interlocutores. Las palabras de Torra, capaz de expresarse por entrambos canales, según lo requieran las circunstancias, me trae a las mientes las habilidades insólitas de un gurú de la India que, años ha recaló en Barcelona, y presumía de emitir sonidos articulados con el pichelo gracias a la meditación (sesuda o no) y a una serie de sostenidas vibraciones transmitidas por mandato cerebral. A mí esa milonga siempre me pareció un truco asaz rebuscado para ligar con maduritas un pelín descentradas e interesadas en el esoterismo y en una difusa espiritualidad. La pesquisa para verificar su «modus operandi» consistía en aplicar un fonendoscopio al chisme del santón y acercar el oído (ojito que esto se pone más caliente que el culo de una novia pegado a una estufa), y de ese modo llegaban los sonidos al intrépido perito en «nabofonías». Alto, que nadie se llame a engaño, pues su pilila no era una juke-box a la que echar moneditas, ni uno de esos espacios de la radiodifusión antañona donde se admitían las peticiones de los oyentes. De serlo, y por el romanticismo que irradia todo ese singular aparato, yo me pediría, sin dudarlo, «We Belong», de Pat Benatar, mi love-song favorita, pero hay otras, «Venecia sin ti», de Aznavour o «Blue velvet», de Bobby Vinton. La lista es extensa, y para gustos los colores.

La hazaña del santón siempre me recordó los prodigios inverosímiles de los lamas tibetanos descritos en los libros, profusamente divulgados en España durante la década de los 70, de Lobsang Rampa, sea el caso de «El tercer ojo» (y no es un chiste facilón dada las coordenadas por las que transcurre esta disertación). Pero volviendo a Torra, su heterodoxa capacidad para, no sólo emitir sonidos, sino articular una respuesta bien trabada a los señores togados mediante la contracción y distensión, a voluntad, del tubo de escape del que nos dotó la madre naturaleza, evoca y rehabilita la figura maldita del petomán. Sí, ese artista circense denostado, casi furtivo, ataviado por lo general con una indumentaria ridícula, ajustada, verdusca, de superhéroe de la casa Marvel de baratillo, provisto siempre de una máscara como de luchador mejicano para no ser reconocido y no avergonzar a su prole. El «petomán» provocaba la hilaridad del respetable emitiendo hilvanadas, sinfónicas pedorretas al compás de marchas como la Turca, de Mozart, o la de Radetzky, de Johann Strauss. A lo que se ve, las melodías de ritmo marcado, concertado y reiterativo, se adecuan mejor a las habilidades canoras, vedadas al común de los mortales, de esa región aún misteriosa e incógnita de nuestra anatomía.

Dudo si el finado Bigas Luna, introdujo en su obra, influida por el maestro Berlanga, la figura del artista clandestino y crepuscular del «petomán», pues le habría caído como anillo al dedo, pero sí recuerdo que, preguntado por el rodaje de «La grande bouffe», Marco Ferreri confesó que andaba metido de hoz y coz en «una peli de pedos», dicho así, a la pata la llana. Inolvidable es la secuencia en la que Michel Piccoli sumerge un pollo asado en una pecera y bautiza a la nueva especie ictiológica, anfibia, con el atinado nombre de «pez-pollo». Torra, qué gran actor se ha perdido el séptimo arte, habría encajado en el reparto a las mil maravillas, siquiera como secundario con frase… una frase que habría declamado con la vis dramática que al parecer adorna al tramo grueso de su parlanchín intestino. No me cabe la menor duda, habría sido Marco Ferreri, al decir de su filmografía, «una de pedos», el cineasta indicado para rodar el bizarro documental que daría fe a las generaciones venideras de las delirantes y desafinadas vicisitudes de nuestra Cataluña actual. A qué hemos llegado.

PS.- Apreciado lector, si considera que Quim Torra tiene derecho a saberlo, envíe, si le place, este artículo al siguiente enlace: «http//presidencia.gencat.cat», pestaña «bústia electrònica».

Adiós, muchachos (Au revoir les enfants)

Los agentes colaboradores del ocupante nazi, gabardinas de cuero y sombreros de ala ancha, se presentan de improviso en un internado católico. Quizá uno de esos agentes es Lucien Lacombe (Lacombe, Lucien), el protagonista de otra sensacional película de Louis Malle sobre la mudable condición humana en el paroxismo del odio, de la guerra y de la desesperada pulsión por la supervivencia. El método para detectar a niños judíos refugiados en esa institución no pasa por infiltrarse en el patio, de tapadillo, para ver si se les escapa alguna palabra en yiddish o en ladino, o por si, con la complicidad de los docentes, celebran clandestinamente con rabino itinerante, en el gimnasio o en el desván, una ceremonia de la ritualística hebrea. Es más sencillo. Basta con pasearse por las aulas, pedir a los chicos que se pongan en pie y a renglón seguido ordenarles que se bajen los pantalones. La pesquisa consiste en escudriñar las pililas del párvulo alumnado. Ya pueden protestar que no, que lo suyo es fimosis. De eso nada, monada, todos los circuncidados van al camión que espera afuera con el motor en marcha.

La propia alcaldesa de Barcelona, defensora a ultranza de ese bodrio supuestamente «cohesionador» de la inmersión obligatoria, ha reconocido que los elementos de Plataforma per la Llengua se colaron en tres colegios públicos de la ciudad como Pedro por su casa, sin pedir permiso a nadie, ni a los munícipes, ni a la Dirección de los centros, ni a los padres. Prevención absurda, la de los «merodeadores» de patios de colegio (y esto no va por los camellos al por menor que venden a los niños pildoritas de colorines), pues de solicitar el permiso por cauce reglamentario se lo habrían concedido con honores y parabienes. La alcaldesa (que edita carteles informativos en catalán, árabe, urdu y en chino mandarín, si es menester, pero no en lengua española, lengua oficial y al tiempo familiar, mayoritaria entre los barceloneses), los directores de escuela y los mandamases de las «ampas» (sin hache, aunque es opinable) sostienen todos ellos que la lengua de escolarización, y aun de relación amical en el recreo entre condiscípulos, es cosa suya, no de los niños.

Los enemigos de la libertad siempre han demostrado una gran obcecación por la infancia. Ahí tenemos a los «balillas» desfilando con sus camisitas negras, a los «pioneros», pañuelo rojo al cuello, de los que Pablito Morozov sería paradigma, el niño elevado al martirologio socialista al que erigieron estatuas en la URSS, toda vez que fue asesinado por sus padres tras denunciarlos por contrarrevolucionarios y enemigos del Estado, o a los futuros mujaidines empuñando fieramente ante las cámaras TV un AK-47. En otra ocasión vimos en una foto publicada por la prensa a cuatro bebés con la cara pixelada, sentaditos sobre el asfalto de una carretera cortada durante una de tantas protestas convocadas para reclamar la libertad de los así llamados presos polítics. Vale que la utilización de los niños es una constante, sólo que en esa acción la valencia infantil era la de «escudo humano», bien que con pañal y biberón, varias tomas de leche al día, preferiblemente de la marca «Llet Nostra» anunciada en TV3.

Aún no he colgado este artículo y llegan a mis oídos las airadas protestas de los liberticidas partidarios de la inmersión lingüística obligatoria en la escuela pública: «¿Cómo puede comparar cosas tan distintas?». Precisamente por eso, porque son distintas. La comparación puede ser más o menos afortunada, pero dicho mecanismo lógico se basa en los principios de contraste y mensurabilidad. Comparar las cosas que son idénticas es, en realidad, «equiparar», que es una modalidad específica, limitada, de comparación, que no agota ese más amplio concepto. Hay que comparar cosas, aun siendo distintas, para extraer de ello conocimiento y provecho. Cierto que siendo distintas participan de un mismo núcleo, de un vector común: obtener información de los adultos a través de sus hijos, por la lengua que hablan o por el prepucio. Una información que, comoquiera que su gestión escapa a la voluntad de la víctima, no sabe uno para qué fines va a ser empleada.

Y en nada tranquiliza que esa suerte de espionaje lo perpetran personas (a mí me parecen un tanto extrañas… ¿Pues quién hace semejante cosa en su tiempo libre?) capaces de colarse de rondón en el patio de una escuela para, calladitos, agazapados en un rincón, anotar minuciosamente en libretitas cuántos y qué niños juegan a la pelota o la comba en un idioma u otro. ¿Llevarán consigo globitos y golosinas para ganarse su confianza?

Va de suyo que el personal ajeno a la obra no acceda a la misma. Habría de observarse la misma cautela en las aulas. La especial protección a los menores es un asunto que a todos nos preocupa en estos tiempos que corren. Qué mal fario dan esos tipos huroneando en el gimnasio… ¿Quiénes son en realidad? ¿Tienen nombre de pila y apellidos? ¿Certificado de penales inmaculado, como el que exigen las autoridades a los monitores de servicios y actividades extraescolares? ¿Pondrán la mano en el fuego por todos sus voluntarios, los promotores de esa ya de por sí retorcida campaña? ¿Cómo saben que uno de ellos no se dedicará a hacer fuentecitas delante de las niñas o a manosear furtivamente las pichurrillas de los peques?… Pienso en ello y me dan temblores de agonía.

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