Lebensborn «casolà» (Lebensborn casero)

Tras el demencial zurriburri (*) de la fase más activa del así llamado “Procés”, el Proceso, no el de Kafka, por kafkiana que ha sido (y es) la época que nos ha tocado vivir, el paisanaje enfeudado al nacionalismo, y/o separatismo, andaba un pelín como remejido (*), tremolante y desorientado entre la llantina, el desengaño y la fatalidad. Se produjo un repunte de arritmias cardíacas y depresiones severas en sus filas (aunque no se han contabilizado suicidios “patrióticos” a los “mosén Xirinachs”), según han podido constatar algunas memorias médicas de ámbito regional dignas de todo crédito.

Con todo, los catalanes, como el funambulista que reequilibra su centro de gravedad gracias a la pértiga cuando transita sobre el abismo por el fino cable, estamos acostumbrados a vivir sucesivamente entre dimensiones distintas y sus encrucijadas. A veces instalados en la realidad factual y cotidiana cuando vamos a comprar tomates y cebollinos a la verdulería regentada por una chinita sonriente, al pisar inadvertidamente una plasta de chucho por las estrechas aceras de Pueblo Seco (Poble Sec) o cuando esperamos meses a que la Sanidad transferida nos programe una resonancia magnética o la extirpación de un lobanillo.

Y, a veces, en ese otro plano de una realidad entre virtual e institucional urdida durante años por un régimen corrupto y liberticida que se reclama ejemplar… un estado de cosas donde se adecúan declaraciones y conductas a principios en los que nadie, o casi nadie, cree. Me refiero a la distopia publicitaria que durante décadas fue llamada “Oasis catalán”. Que no digo que esa ventana no genere consecuencias que condicionan seriamente la vida de los administrados. Pues ahí tienes una multa contante y sonante por rotular tu establecimiento como “zapatería”, en español, si es que en ella vendes zapatos. O toca soportar la turra ésa de que los estudiantes catalanes alcanzan el mismo e incluso mejor nivel de dominio académico de la lengua española, con dos horas semanales de la asignatura, que el alumnado burgalés. Es la estúpida ficción de regresar a la verdulería anterior, comprobar que las berenjenas se rotulan como “albergínies”, conforme al talibanismo lingüístico dominante, y advertir que la dependienta sólo te entiende, a veces con dificultad, cuando le pides “berenjenas”. Van ya muchas décadas de intoxicación intensiva y eso, velis nolis, repercute en la percepción del mundo.

Pero, como se dijo en una reciente tractorada, la irrupción en escena de Sílvia (Silvia) Orriols, diva ex machina del catalanismo, ha alterado el paisaje considerablemente. Y ha devuelto las formulaciones de nuestro particularismo al lugar que en justicia le corresponde: el del romanticismo etnicista del siglo XIX. Para muestra, un botón. Extracto de una pampirolada manicomial del catalanismo, año 2026, en una web de la cuerda: “Volem reconnectar el país amb la seva continuïtat històrica, amb la Catalunya comtal i de Jaume I (**)”. Y es una regresión, hay que decirlo, no exenta de franqueza. Su desprecio a España, su “odio” a los españoles es sincero y así lo ha manifestado la doña, por la directa y sin ambages. Fuera máscaras.

Nada que ver con el bodrio de ICV-Els Verds que en su día padecimos, con aquellas ínfulas y pretensiones de aunar la casposa antigualla del catalanismo político a ideas de “progreso, avanzadas, abiertas al mundo”… y garrotín y garrotán, a la vera de san Juan. Recuerden al dirigente de ese birrioso mejunje post-PSUC (Torredembarra) que animaba a apadrinar a un niño extremeño por mil euros al mes valiéndose de la foto de un mocoso famélico, y ello para denunciar desde la “izquierda solidaria” nada menos que el pretendido “desequilibrio de las balanzas fiscales”. Hoy, esa estafa, esa morralla, la representa Ada Flotilla Colau. Es menos ofensivo a la inteligencia, y menos dañino para el estómago de un resistente, con mucho, el sectarismo agro-troglodítico de Orriols. A fin de cuentas, a los ideólogos de la condesa de Ripoll y comarca te los imaginas abrevando de esas fuentes con elevado contenido de minerales pesados, “folcloríticos” y “mitopoéticos”, que inauguró el francés Agustín Chaho para el vasquismo (acúdase al ensayo “El linaje de Aitor”, de Jon Juaristi), donde se arrimaron sedientos los tarados hermanos Arana y, para el catalanismo, décadas más tarde, toda aquella recua de fatuos charlatanes de la llamada Renaixença. 

 La recuperación del prístino ADN catalanista por Orriols y su alegre troupe trae consigo una renovada y disparatada apuesta por la genética y por lo que podríamos denominar “etnogamia (***)”, o endogamia tribal. La divisa fue proclamada ya por Estat Català (“Estado Catalán”), partido del histérico gallináceo de Macià (ex teniente-coronel Maciá), allá por los años 20 del pasado siglo, y más recientemente por doña Marta Ferrusola, la madrina del clan Pujol. Fem fills catalans! El catalanismo de la época se enrocaba en la reproducción ante la amenaza del aluvión de foráneos, temiendo que su llegada masiva desnaturalizara las esencias del pueblo adánico e incontaminado. Recordemos la aversión que murcianos y andaluces inspiraban al indigenismo fanatizado de entonces. Las caricaturas en semanarios satíricos, tipo Cu-Cut!, estaban impregnadas de una inquina furiosa: “(…) Los murcianos nos atufan con la pestilencia de sus mal digeridos garbanzos”, y otras lindezas por el estilo.

De tal suerte que triunfa hoy en las redes un proyecto consistente en reclutar voluntarios para contraer nupcias entre catalanes de “soca rel” (esto es, “de pura cepa”), xarnegos abstenerse (****), con al menos cuatro apellidos indiscutiblemente autóctonos. La moda de quemar contenedores de basura y cortar el tráfico de la avenida Meridiana ha quedado descatalogada. Cunde, pues, entre sus gentes cierta desconfianza hacia las instituciones, sospechas de traición, y los más arrebatados de amor patrio consideran que aquello que no hagan los particulares ayunos de obediencias partidistas, no lo hará nadie. Y se sienten llamados a una operación entre heroica y apostólica. Genesíaca y eugenésica. Su misión: fraguar un sustrato social compacto y homogéneo, demográficamente significativo, incardinado a la más irreprochable pureza racial. Un reservorio espiritual que garantice la pervivencia de un catalanismo incólume en medio de las asechanzas de un mundo hostil y de la importación de colonos de muy variada procedencia (los murcianos de otrora) que amenazan la existencia e identidad de Cataluña. Tal cual.

El mecanismo es sencillo y obedece a los elementales dictados de la biología. Los hitos que marcan el itinerario son: citaos por internet, conoceos y haced vuestra la divisa bíblica “creced y multiplicaos”. Y, a continuación, que la “pubilla” (*****) separe las piernas lo suficiente para que el contrayente ocupe el hueco. Unas cuantas sacudidas pélvicas y así hasta que la inseminación sea productiva. Pero nada de sutilezas amatorias a lo señor de Valmont, caricias sofisticadas o entretenimientos estériles, pues los futuros paladines de la patria irredenta han de ser concebidos de manera honesta, sin extravagancias que repugnen al decoro. Nos jugamos mucho en tan delicada empresa y las acometidas han de inspirarse en pulsiones meramente reproductivas, sin concurso de la voluptuosidad. Eso no quita que nuestra “pubilla” comparezca en la cámara nupcial con bonitos aditamentos, corpiño ajustado con filigranas y perifollos de fina labor, medias de rejilla y ligueros con la “estrellada” inscripta para mejor enardecer las briosas cargas de nuestros garañones… como lucían la esvástica en tan femenil ornamento las seleccionadas meretrices de “Salón Kitty”, de Tinto Braas, apóstol del “culismo” en el septeno arte. Una copa de “cava” burbujeante para romper el hielo y desinhibir a las damiselas más pacatas y pudorosas, ostras y bombones, a los que atribuyen propiedades afrodisíacas, y la ambientación musical pertinente para propiciar el carnal ayuntamiento. Y qué mejor acicate sonoro que el “Remena, nena”, de Guillermina Motta, pues la barreja surt més bona i al client deixes content… (******). 

La operación Lebensborn, planificada por el alto mando de las SS, pretendía crear un núcleo de población étnicamente pura, sin tacha alguna, uniendo los mejores exponentes de la raza aria, reclutados entre sus hombres, a buenas mozas de indubitable ascendencia germánica. Visualicen a esas camareras del oktobertfest, biotipo “vaca brava”, que acarrean de una tacada media docena de jarras de cerveza apretujando su generoso escote. Valquirias rubias de ojos garzos y glabros (*) muslámenes de alabastro. El proyecto se extendió también a Noruega, tras la invasión, 1940, de ese territorio escandinavo. Si las circunstancias lo hubieran permitido, a buen seguro Himmler, materia gris de tamaña patochada, habría autorizado con entusiasmo la adquisición de nuestras feraces hembras de La Garrocha y de los Pallares (Jussà y Sobirà) para así superar sus expectativas de excelencia.

Las primeras puntadas de Lebensborn se dieron poco después de la llegada de Hitler al poder y antes de estallar la II Guerra Mundial. La selección de candidatos era meticulosa, se tomaban medidas antropométricas, rigurosamente, midiendo cráneos, arcos cigomáticos, huesos parietales (a lo Doctor Robert por el Ampurdán)… nada se dejaba al azar. Se testaba el cociente intelectual, miraban con lupa antecedentes familiares y, por supuesto, eran rechazados quienes no pasaban tan pormenorizada criba. Lebensborn y Fem fills Catalans! fueron prácticamente contemporáneos y les inspiró una misma filosofía y parecida finalidad. Los catalanistas hoy desempolvan las mismas gansadas de ayer.

(*)   Muestra de algunos vocablos “depradistas” (por Juan Manuel de Prada) contenidos en esta tractorada

(**)   “Queremos reconectar el país con su continuidad histórica, con la Cataluña Condal y de Jaime I”

(***)  “Etnogamia”: dícese del matrimonio contraído entre dos individuos pertenecientes a la misma etnia, si bien en nuestro caso sería preferible utilizar el derivado más inconsistente de ”etnoidegamia” pues hablar de una “etnia catalana” carece absolutamente del más mínimo rigor científico

(****)  “Mestizos”, catalanes de mezcla, como este tractorista

(*****) “Heredera”, primogénita entre las hijas en la familia tradicional catalana

(******) “Menea, nena… que la mezcla sale mejor y al cliente dejas contento…”

La bellísima Frida, de ABBA, nacida en 1945, es producto Lebensborn. Fue concebida muy pocas fechas antes de que los nazis se retirasen de Noruega. Aunque estamos, sin duda, ante un magnífico espécimen de la estirpe humana, la famosa cantante siempre lamentó no haber nacido en Capolat o Setcases, en el seno de una linajuda familia catalanista, y parecerse a Lloll Bertrán o a Mónica Terribas. Queridísima Frida, no se puede tener todo en esta vida

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