Lengua de «trabajo»

Sabíamos de la “lengua de trapo”: cuando uno lleva encima un tablón del quince y por efecto de la abusiva ingesta de morapio no es capaz de articular nítidamente dos palabras seguidas (como sucede a las nuevas generaciones de susurrantes actores españoles), pero no de la “lengua de trabajo”. El concepto se lo ha sacado de la chistera Salvador Illa. En efecto, Illa, sucesor del sonderkommando Montilla en la presidencia regional a beneficio del PSC, pretende que los Md’E (*) hagan de la catalana su lengua de trabajo. De modo que en una sociedad bilingüe, con un idioma oficial y otro cooficial, el catalán, mientras no cambie el marco jurídico, los funcionarios adscritos al cuerpo que se desempeña como policía integral en Cataluña habrán de relacionarse con los administrados exclusivamente en catalán. Y también entre ellos cuando acometan tareas concernientes a su ejecutoria profesional.

Quiere decir que el agente Md’E que a otro le pida un paquete de folios para alimentar la impresora, lo hará en catalán con arreglo a la “doctrina Illa”. También usará esa lengua para dar el alto a un sospechoso u ordenarle que se mantenga quieto mientras le reduce o le ajusta las “pulseras”. O para ordenar dispersión a los curiosos que por morbo se aglomeran ante un accidente de tráfico. Pero ese mismo agente podrá, si le place, preguntarle en español al mismo del paquete de folios si le apetece tomarse una cerveza una vez finalizado el servicio… habida cuenta que este supuesto no se incardina, en sentido estricto, en el ámbito laboral. Cosa diferente es que nos digan que todo es trabajo en horario de trabajo, en cuyo caso la invitación a la cantina también habría de formularla en la lengua fetiche del aborigenismo exaltado.

Llama poderosamente la atención que los gobiernos regionales liderados por el PSC son los que más aprietan en la imposición del catalán y, la otra cara de la moneda, en la exclusión del español de la vida pública e institucional. Nadie multó más que Montilla por el “affaire” de los rótulos comerciales. Y para la capital, Barcelona, nunca se llegó a mayor desprecio a la lengua española con Ada Flotilla Colau y ahora Collboni, relegándola a la marginalidad detrás del árabe y del chino, o expulsándola directamente de los anuncios municipales. Es parte de la tragedia catalana: la izquierda que se dice no nacionalista, extrema en mayor grado las normativas lingüísticas, acaso por hacerse perdonar su ya, meramente nominal, desafección del nacionalismo. Es imposible distinguirlos. Sucede aquí como en el final desolador de “Rebelión en la granja”. Miró del cerdo al hombre y del hombre al cerdo, y no halló ninguna diferencia.

Uno de los factores que ha motivado la ocurrencia del gobierno Illa es la contumaz y perversa costumbre de los agentes de hablar entre ellos en español, cuando menos en Barcelona y su área metropolitana, como habrá comprobado cualquiera que tenga oídos en perfecto estado de revista. Esa circunstancia escuece, y mucho, a los apologetas del catalán. Se les abren las carnes a causa de la heterodoxia idiomática, en sus conversaciones privadas, de los agentes uniformados. ¡¡¡Con el escudo patrio en la guerrera y hablando español!!! ¡¡¡Qué desfachatez es ésa!!! No es un trago fácil de digerir.

De tal suerte que, en adelante, se comunicarán en catalán con el caco, el violador o el navajero. En toda ocasión e independientemente de esos rasgos antropométricos que permitirían aventurar procedencia geográfica distinta. Vamos, al margen del fenotipo. Cabe que no pocos delincuentes, descontados los autóctonos, lo hablen a su vez por adaptación social y escolarización. Me explico, los chicos descendientes de inmigrantes dominicanos que a mal tengan delinquir (una exigua minoría, no cabe duda), nacidos lo mismo en Badalona que en Rubí (y que canturrean insufribles rimas “urbanitas” a bordo de veloces patinetes eléctricos, que te meto, que te meto, que te mato, y de un tiro te remato), confinados en la escuela pública, reciben todo su extenso y provechoso itinerario académico en catalán. Conocen el idioma y hacen uso de él por razones instrumentales, pero entre ellos no lo hablan, como asimismo sucede con los hijos de magrebíes y de asiáticos que, en términos coloquiales, se limpian el culo con la lengua localista. Lo que no sorprende si consideramos que a mano familiar y domiciliaria tienen otras de cierta difusión mundial como son el español, el árabe o el chino.

Pero hete aquí que, por mor de la laxa política migratoria vigente en España, ha aumentado exponencialmente la participación de inmigrantes (muchos de ellos ilegales) en la crónica negra. Hay estadísticas para todos los paladares e interpretaciones contrapuestas de esos mismos datos. Aunque la ocultación de la nacionalidad de los infractores es aún tendencia dominante, a la autoridad no le han quedado más bemoles que corregir al alza el porcentaje de criminalidad atribuido a la población foránea. De una fase casi idílica, “los inmigrantes no delinquen más que los españoles”, se pasó a una estadística instrumental o ideológica. En una tractorada anterior se dio fe de la publicidad del ayuntamiento de El Vendrell (Tarragona) sobre el particular. Unas banderolas metálicas enganchadas a las farolas exhibían en la vía pública el voluntarioso mensaje de la siguiente guisa: “Los extranjeros sólo cometen el 27% de los delitos sexuales”. Eran datos a escala nacional. Quería decirse que el 73% restante, una magnitud muy superior, corría por cuenta de los delincuentes indígenas. Sólo que entonces la población extranjera (el capítulo importante, se entiende, es el concerniente a la inmigración ilegal) rondaba el 12-13%. El afán por no estigmatizar al “colectivo” sólo podía embaucar a los más pachorrudos en la ciencia aritmética, pues salta a la vista que “27” dobla a “12-13”. De modo que el mensaje “farolero”, nunca mejor dicho, bien podría haber sido este otro: “Los extranjeros cometen, nada más y nada menos, que el doble de agresiones sexuales que los nacionales”. Solo que…

… habiendo asomado la patita en algunos medios digitales informes policiales realmente escalofriantes (al menos en Cataluña y Vascongadas) en lo tocante a la atribución por nacionalidades de delitos violentos, especialmente de índole sexual, se han actualizado las cifras por aquello de parar el golpe y se ha pasado del 27% a casi un 40%. La bagatela de 13 puntos porcentuales y casi un 50% más sobre la magnitud anterior. Y eso en los papeles oficiales, atenta la guardia. Si el porcentaje de población extranjera roza hoy el 15% quiere decirse que éstos, en esa materia criminal, dan un puñetazo en la mesa y se erigen en paladines invencibles del estupro. Suma y sigue: de ese índice campeonísimo, 40%, los marroquíes son autores, a su vez, del 40%: líderes indiscutibles. Y comoquiera que el 40% de ellos (de cuarenta en cuarenta) reside en Cataluña, se infiere, no hace falta ser un pitagorín, que su protagonismo en nuestra región, en lo tocante a abusos, aspira a la hegemonía. Que ríase usted de los putañeros mandos intermedios del PSOE.

Donde hay patrón no manda marinero. A todos ellos habrá que tomarles declaración en catalán, al menos en el cuartelillo, y darles copia, en catalán también para su firma, del atestado, tanto si les asiste, como si no, un traductor. Esta demora en los trámites por acomodo lingüístico redundará muy posiblemente en un peor y más atascado servicio policial y en una mayor sensación de inseguridad ciudadana. Pero qué diantre importa semejante minucia si, a cambio, la vida de la comunidad, en ese flanco crítico de la misma que es la perturbación de los derechos a la propiedad y a la integridad física de las personas, puede desarrollarse íntegramente en la lengua cooficial. ¿A qué esperan las entidades tipo Òmnium para elaborar ese breviario traducido al catalán de términos del sociolecto criminal a distribuir por los bajos fondos? “Navalla” (navaja), “dona’m la pasta o et tallaré el coll” (la pasta o te corto el cuello)”, “calla, meuca, i xucla” (calla, puta, y chupa).

No hay que darle más vueltas. Ni lengua de trabajo, ni gaitas. La instrucción de Cara de acelga Illa (**) es un subterfugio que no tiene otra finalidad que prohibir a los agentes Md’E que hablen en español entre sí durante la prestación del servicio, pues dan mala imagen al Cuerpo. Y punto. Sólo que no tienen los pelendengues de decirlo a las claras, como sí lo haría Silvia Orriols. De este modo transitamos la senda que nos adentra en esa fractura dimensional entre la realidad social y lingüística, el día a día de la gente, y la versión oficial, monolingüe. Mundos paralelos… y así se pasan las décadas en Catatònia, tan estúpidamente.   

(*) Md’E: Mossos d’ Esquadra

(**) El interfecto anda un pelín pachucho y está hospitalizado

Soy otro desde que me ponen “manilles” en lugar de esposas. Es un giro copernicano en mi carrera, me siento más valorado. Lo veo todo de otra manera: así da gusto acuchillar a la gente

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