Una DANA lingüística

Tantas veces se dice que el sonsonete produce hastío, el cansancio de la frase manida, del topicazo. Me refiero a esa “gran riqueza cultural” que suponen los diferentes idiomas hablados en España, sin olvidar, va de suyo, el curioso lenguaje tonal, el silbo, usado desde Dios sabe cuándo por los pastores de las quebradas gomeras. La muletilla la encuentra uno hasta en los discursos navideños de Felipe VI. Qué fatiga, entre otras cosas porque los idiomas más o menos locales, regionales, hablillas, “bables” o “fablas”, se utilizan por lo común, fenómeno potenciado por la centrifugación que habilita el modelo autonómico, a guisa de vectores de fragmentación política e identitaria. También para la creación de chiringuitos generosamente subvencionados a cargo del contribuyente y excusa para la instauración de derechos diferenciados al amparo siempre del Tribunal Constitucional (con mayoría “progre” o conservadora, que lo mismo da). Y para otras mil amenidades. Esa pretendida “riqueza cultural” sirve para levantar barreras entre territorios, y dentro de ellos. Y para separar y anteponer a unos ciudadanos en relación a otros. El multilingüismo cooficial vigente deviene un tóxico elemento que socava la igualdad civil y política de la ciudadanía. Y la “riqueza cultural” de marras obra en favor de la “pobreza civil”, que castiga más a unos que a otros, va de suyo, y aminora la calidad de la democracia española. Un bodrio “legalizado” chapuceramente y un negocio ruinoso para la mayoría (y una bicoca para una minoría).

Como ya se dijo desde este humeante tractor, si la riqueza cultural de una nación guarda relación directa con el número de lenguas que hablan sus nacionales, es Papúa-Nueva Guinea, patria de los bimin-kuskusmin de las Tierras Altas del río Sepik (para quienes no hay mejor sepultura para los padres que la panza de sus hijos), la mayor potencia cultural de todo el orbe planetario… pues son más de 700 los idiomas censados en ese rincón del planeta. ¿Qué quieres riqueza cultural? Pues ahí tienes una de mil pares de cojones que no la salta un gitano (*). Cuando son varias las lenguas que se hablan en una nación, la verdadera riqueza consiste en tener una, a ser posible de gran difusión, en la que entenderse todos. Y lo demás son jeribeques y milongas para gastarse una pasta en dobles o triples rotulaciones, en traductores y pinganillos. Y para embaularse tragos amargos como asistir a las disertaciones en catalán de un José Montilla o a las lecciones magistrales de ese trapalandrán (**) de Revilla, el de las anchoas, sobre la existencia del “cántabru” o “cantabruco”, o lo que quiera que sea que dice el interfecto se habla en los valles pasiegos. O subirse, chucu-chú, al “tren Cheolochico” (existe) rumbo a Los Mallos de Riglos por gentileza del baturrogobierno de Aragón. O para dotar de medios la academia del andalúh que mima con esmero Moreno Bonilla, cuando sus sentidos homenajes al chifletas de Blas Infante se lo permiten. Valgan estos ejemplos, pero los hay a miles e infinitamente más sádicos y peores.

Hace unos años se produjo en Bélgica un accidente ferroviario. En los chistes franceses los belgas desempeñan el papel de zonzos y lerdos. Y a tontainas continentales nos disputan la primacía a cara de perro, grrrrr… aunque ellos se han quedado, por el momento, con Puigdemont. No me sé ninguno de esos chascarrillos para ilustrar esto que digo, pero sí un verso de “Le Boudin”, el marcial himno de la Legión Extranjera, que atribuye a sus vecinos una pésima puntería: Pour les belges y en a plus/ Ce sont des tireurs au cul. Afortunadamente, recuerdo, no hubo que lamentar daños personales. Quizá fueran trenes sin pasajeros, “fuera de servicio”, y eso ayudó a que el episodio no acabara en tragedia. Dos trenes circulaban en sentido contrario por la misma vía. Los maquinistas se pusieron en contacto por radio para evitar el choque. Pero, hete aquí, que uno de ellos era valón, francófono, y el otro flamenco. Esto no es una coña marinera. El flamenco se empecinó en hablar su lengua (volem viure plenament en flamenc) que el valón no comprendía y uno por otro, y otro por uno, se armó el belén. Hubo colisión. Cabe decir que los flamencos, a la fuerza ahorcan, entienden el francés y, mejor o peor, lo hablan… pero como sucede en ocasiones, no seamos ilusos, las lenguas no están para acercar a las personas, si no para distanciarlas. Esta anécdota trae a las mientes el chiste del maño tozudo. Ése que a lomos de su mula caminaba por la vía del tren y al ver que se acercaba uno a toda castaña le espetó aquello de “chufla, chufla, que como no te apartes tú…”

Y así llegamos a la fatídica DANA que anegó Valencia en octubre de 2024 con un balance apocalíptico de 240 víctimas mortales. ¿Factores? Los habituales, pero a lo bestia. El irregular índice pluviométrico de la costa mediterránea que alterna calorinas importantes y prolongadas sequías con lluvias torrenciales, particularmente en otoño. La orografía de la región con una extensa llanada tocante al mar apropiadísima para el desbordamiento de ramblas y arroyos. Otros sobrevenidos, como la falta de limpieza y mantenimiento de los cauces secos, según se ha podido saber, que obstruye el curso del agua y embalsa la crecida de caudales con dañinas consecuencias. Esto último fruto de una desastrosa política medioambiental basada en la “ecolobobería” urbanita que subraya en toda ocasión la oportunidad de dejar a la naturaleza que actúe por sí misma, sin interferencias, remitiéndonos a una suerte de naíf y peligroso “libre albedrío hídrico”. La desidia de las administraciones a través de los organismos (in) competentes, sea el caso de la Confederación Hidrográfica del Júcar. “Ecolobobos” que reclaman de manera insistente e irresponsable el retorno del Turia a su antiguo cauce, que en una crecida anterior (octubre de 1957) ya ocasionó casi un centenar de muertos. Si no se hubiera desviado el curso del río, atendiendo hoy a la población de la capital, y con el índice pluviométrico registrado en 2024, una cantidad descomunal, calculan los especialistas que hablaríamos a lo poco de 5.000 víctimas mortales. 

Suma y sigue. La retahíla judicializada de tardanzas en los avisos de emergencia con cruce de acusaciones: “que si tú, que si yo, que si yo, que si tú”. La carencia de un mando único eficaz para gestionar el desastre. Si necesitan ayuda, que la pidan. Es decir, el desparrame inherente al sindiós autonómico que alienta la deslealtad entre instituciones por intereses partidistas confrontados. El despliegue a cámara lenta de un operativo militar apropiado (UME u otras unidades). La imbecilidad supina de Mazón, pillado “in fraganti” en el reservado de un restaurante con una despampanante periodista, dándole la espalda a la tragedia y la cara al escote de la doña. Y el bochorno de las pesquisas posteriores en sede judicial que nada importan ya: dónde estuvo de las 18h a las 18h 15´o si regresó a su despacho andando, en taxi o tartana. O la heroica retirada de Sánchez, el galgo de Paiporta, mirada altiva, sereno continente, tras una lluvia de pegotes de barro atribuida a un peligroso comando de la ultraderecha. “Estoy bien, gracias”. 

Hete aquí que en la declaración de un técnico del gobierno regional adscrito a la unidad de gestión de la crisis asoma, pero sin que haya generado polémica alguna, una turbulencia lingüística “a la belga”, digo “a la valenciana”. Había que alertar a la población mediante un comunicado. Es lo suyo. Se redactó en español. Perfecto. Pero había que hacerlo también en valenciano (que algunos consideran que no deja de ser una variante dialectal del catalán, y otros que no, que es idioma por sí propio… y aún estamos los terceros que, llegados al nivel actual de estupidez plurilingüe vigente en España, nos importa un pimiento que sea lo uno o lo otro).

Quienquiera que fuera el encargado de redactar la versión localista del documento admonitorio, ay, madre, la pifió con los acentos (¿abiertos o cerrados?)… que los carga el diablo. El estropicio fue detectado, no pasó el filtro de calidad idiomática y hubo que revisarlo a fondo. Tan a fondo que la versión inicial fue datada a las 18h 15’ (según el declarante), esto es, justo cuando Mazón se comía con los ojos a su partenaire en el reservado (o en el aparcamiento anexo, que uno no sabe ya). Y la definitiva, con arreglo a la “Gramática Valenciana de doña Visenteta de El Perellonet”, no estuvo lista, ahí es nada, hasta las 20h 11’, cuando el licenciado en Filología dio el visto bueno y se transmitió definitivamente a la población…  habiendo digerido entonces Mazón la paella regada con un aromático rosado de Utiel-Requena. Atenta la guardia: ¡¡¡Casi dos horas más tarde!!! Y así lo dejo, que no quiero líos.  

(*) Dicho tradicional sin asomo de “gitanofobia” o cosa parecida

(**) «Palabro» que se le cuela a uno por leer a Juan Manuel De Prada

El perfil de la riada del Turia de octubre de 1957. Y hay quienes lo quieren devolver a su cauce anterior para que en la próxima inundación los fiambres se amontonen por cientos en La Malvarrosa.

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