Tontos a pupilaje: el parquin

Hay conductas admirables, que no necesariamente ejemplares. Son admirables porque causan admiración… por estrafalarias, risibles, patéticas o por un dominante componente de auténtica gilipollez. La prensa digital dio fe del sorprendente suceso. Una pareja se quedó encerrada en un parquin (aparcamiento) de la ciudad de Barcelona a bordo de su vehículo. El busilis de la anécdota no fue una avería en la barrera, empeñada en no dejar expedito el paso al conductor, o un fallo en el expendedor de tiques (recibos) al minutaje. Nada de eso. Todo se debió a una cuestión idiomática. En estas lides, Cataluña es referente y punta de lanza a nivel mundial.

Nuestros héroes querían abandonar el aparcamiento subterráneo. En ésas que un problema técnico impidió dar cumplimiento a su propósito. Muchos establecimientos del sector no disponen ya de garita y de empleados presenciales que puedan auxiliar a la clientela en apuros. El estudiante que se sacaba unas perras estudiando el voluminoso manual de Derecho y el voluntarioso opositor son cosa del pasado, como el señor orondo que escuchaba por el transistor los partidos de fútbol (¡Goool en Las Gaunas!), pertrechado de una garrota para imprevistos y de una bota de vino bajo la providente mirada de Ágatha Lys, ligerita de ropa, en un poster clavado con chinchetas al panel de corcho. O tempora, o mores.

De modo que llamaron al teléfono publicitado para exponer su desesperada situación. Y, según afirman, les contestó una persona en lengua española con marcado acento sudamericano. Nuestros paladines de la lengua (vernácula) manifestaron con ardorosa militancia su afán de vivir en catalán las 24 horas del día, incluso en sueños, “jamás arriaremos nuestras banderas”, e insistieron en dirigirse a su interlocutor en la lengua que llamaron “propia” don José Montilla, sonderkommando cordobés al servicio del nacionalismo, el mago de las ondas Justo Molinero (¡La muñeca chochona!) o un señor que permite que los demás le llamen Michel, madrileño de cuna y entrenador que es del Girona FC (club residenciado en la ciudad de Gerona). Propulsados por un amor inconmensurable a la lengua, no dieron su brazo a torcer. El aparcamiento a pupilaje estaba físicamente en Cataluña, como ellos, y exigían ser atendidos en catalán y que en catalán fuera solventado el incidente. Pero su contacto… a saber en qué remotas coordenadas geográficas tenía su culo asiento. Hoy en día llaman al celular, o al fijo domiciliado, para un trámite bancario o una analítica médica, para una estafa o por una póliza de seguros y el fulano con el que hablamos está en Zaragoza, Madrid, Marrakech o Bogotá, si es que cometemos la imprudencia de contestar.

A lo que vamos, el operario no entendía ni papa. No es que se negara a atenderlos en su idioma por animosidad lingüística (como sucede en Bélgica entre flamencos y valones… con “uve”, deferencia a lectores menores de treinta años), es que no ligaba nada de lo que le decían. Comoquiera que nuestros esforzados paladines del “pronom feble” (*) persistían, erre que erre, en hablar en catalán, el otro, tras advertir que no pillaba una, les avisó que colgaría el teléfono por no mantener la línea ocupada y de ese modo dar paso a otras incidencias que pudieran presentarse. Y así fue.

Hay sitios mucho peores que un aparcamiento para quedarse encerrado, que no aislado. La cuestión es que el proveedor del servicio no estaba en disposición de ayudarles por una incomprensión total del mensaje. Ignoro si nuestros protagonistas llamaron después, iracundos, a los bomberos o a los agentes de la Guardia Urbana (la poli local de Barcelona). A Emergencias, Protección Civil o la UME, siempre que pudieran atenderles en catalán, claro es. Pero mientras llevaran consigo sus celulares, con la batería cargada, no tendrían por qué sentirse incomunicados del resto del mundo. Acaso aprovecharon el interludio para llamar a la “tieta” Montse, una encantadora octogenaria que vive en Ulldecona o para deleitarse espiritualmente reproduciendo por Yutube (¿?) los grandes éxitos musicales de la finada Nuria Feliu. También cabe la maniobra escapatoria de seguir la rueda de otro vehículo, y cuando se alza la barrera y pasa el primero, colarse detrás a toda mecha como hemos visto en los peajes de las autopistas.

“Parking” es una saga de películas de intriga y terror de serie B. Un entretenimiento sin grandes pretensiones, facturado para pasar un rato distendido dándole a las palomitas, echado en el sofá. La trama es fácil de imaginar. El “prota” quiere abandonar el aparcamiento luego de una agotadora jornada laboral y regresarse a su madriguera. Pero un vigilante malvado o un psicópata asesino quieren evitarlo y de ello se sigue una alocada y tumultuosa persecución por las plantas y recovecos del estacionamiento. Un producto de consumo fácil, sustos y golpes de efecto, que no requiere de un gran presupuesto, ni de interpretaciones estelares.

Pues ya tenemos la versión al gusto local: dos simpatizantes de “Plataforma per la Llengua”, tras asistir a la ceremonia anual, presidida por Salvador Illa, de entrega de premios al “activista que ha denunciado a más comercios rotulados en español”, y luego de pedir un autógrafo al premiado, el actor Joel Joan, presidente que fue de la Academia Catalana del Cine, se deciden a volver a casa. Pero, hete aquí que se topan con fuerzas oscuras juramentadas para hacerles pasar un mal rato. El villano, el guardián del aparcamiento, es un esbirro de la resistencia antinacionalista al que identificamos por una pulserita de lazo con los colores nacionales y porque la cámara enfoca, en la garita, un ejemplar de las desternillantes “Memorias de un bufón”, de Albert Boadella. No por casualidad propongo al ilustre Joel Joan como hipotético premiado, pues cualquiera que se dé un paseo por la avenida del Paralelo, le sorprenderá los días de función en una terracita aledaña al Teatro Condal. Echa un rato el interfecto liándose un pitillo y pegando la hebra con unos amigotes. El gran intérprete de la dramaturgia nativa, célebre por difundir por las redes comentarios ofensivos contra establecimientos donde le atendieron en español, le hace un gesto a la camarera y le pide una birra, o cualquier otra cosa, atiza, en la lengua del opresor. No una vez, si no muchas. Soy testigo. Como es su “cuartel general” escénico, no quiere líos el gachó con el dueño del “kebab”. Un espíritu práctico.

Y la rueda gira. El infame inquilino de La Moncloaca, llamada así por los múltiples episodios de estercórea corrupción que el palacete ha presenciado, pacta con el fugitivo Puigdemont que las empresas con más de 250 trabajadores en plantilla estarán obligadas a atender en catalán (vascuence, gallego, acaso castúo) a su clientela aunque estén residenciadas en otras regiones o países. Una sandez babélica inimaginable. Quiere decirse que los protagonistas de esta ridícula historia podrán beneficiarse de la patafísica ocurrencia al próximo cautiverio en el mismo u otro aparcamiento. Si la empresa concesionaria cuenta con más de 250 empleados (aunque ninguno de ellos visible), prestando servicio en España, tendrá que darles respuesta en catalán, velis nolis, lo mismo si tiene su sede social en Calatayud, Torrejón de Ardoz, Lima o Tánger. A esos infelices les fue de unos pocos días, o dicho de otro modo, de una servil concesión más de Pedro Sánchez a los separatistas. Se adelantaron a su tiempo.

Échese a temblar. Se toma una semana de vacaciones para huir del “barretinismo cejijunto” y asfíctico que se respira en Cataluña, y recala en Lanzarote. Se hospeda en el “Gran Hotel Costa Teguise” con salida a la apacible playita de “El Jablillo”. Es un gran complejo, pero no especialmente discordante con el entorno. En temporada alta la plantilla supera los 250 empleados entre recepción, mantenimiento, limpieza, cocinas, animadores, administrativos y seguridad. Usted espera turno para registrarse y justo en el “chequeo” le precede una familia catalanohablante oriunda de Queralbs (Gerona), esto es, de la Cataluña interior que gustan llamar “Cataluña catalana”. Y avisados de la nueva normativa exigen la atención personalizada en catalán. “Vull ser atés en català d’acord amb la nova llei (**)”. Y usted, que pensaba librarse por unos días de esa murga insoportable, se da de bruces con unos aborigenistas tozudos y, además, empoderados. “Tierra, trágame”. Aquello de “ancha es Castilla” se convertirá en un aforismo en desuso, pues nadie estará a salvo de la turra multilingüe en ningún apartado rincón del país. Tras asistir al enésimo fracaso del gobierno frentepopulista en lo relativo a la oficialidad de las lenguas regionales en la UE, pasaremos a la oficialidad de facto de éstas en toda España, justo cuando la española, en Cataluña, anda en consideración por detrás del árabe y del urdu.

(*) Pronombre “débil”. Un consejo: déjelo correr.

(**) “Quiero ser atendido en catalán de acuerdo con la nueva ley”

“Te equivocaste de parquin, amigo”

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