Decíamos ayer… que hay medios que incurren en la inconsistencia estival. Bajo ese baldón estacional subyace la flojera de los principios… de quita y pon. O de pon y quita, que lo mismo da, que da lo mismo. Y las materias en que más se echa de ver ese fenómeno son el debate lingüístico y la política devastadora de la cooficialidad. Para mí tengo que es la mayor lacra que bastardea la igualdad de derechos de la ciudadanía en España y es, aunque para muchos se trate de una anécdota trivial, craso error, uno de los mayores obstáculos a la existencia de una democracia aseada. “¡No será para tanto!… ¿Qué más dará que los alumnos gallegos potencien al “caldeiro” que al cubo? ¡Exagerado, alarmista, ave de mal agüero!”.
Cuando la lengua común, o nacional, esto es, el español, no es apta para escolarizar a los futuros ciudadanos españoles en no pocas regiones del país (casi un 40% de la población), algo no funciona. Es un derecho constitucional, inalienable y, sin embargo, es vulnerado (y “alienado”) continuamente, y por gobiernos nacionales y regionales de diverso signo… luego el consenso en la materia es casi absoluto. “Transversal”, como dicen los fifís más fifiriches. Y no es que no sea apta para expresar conocimientos académicos por una carencia intrínseca vinculada a la cosmovisión que con ella podemos expresar, nada de eso. Al español no le sucede lo que al habla gutural y sincopada de los bimin-kuskusmin (Papúa-Nueva Guinea), inapropiada para el estudio de las matemáticas y de la ingeniería aeronáutica, pues su sistema numérico, más allá de la magnitud “tres”, dispone de un genérico “muchos, muchos”, ayuno de la precisión requerida para el estudio de las ciencias exactas. No es el caso.
Esta vez la melonada, que toma el relevo de una anterior (véase “Perder La Razón”), la firma, gesto altivo, sereno continente, el articulista Rodrigo Criado, a cuenta de las impresiones de la propietaria de un pequeño negocio establecido en Barcelona.
El desparrame es total y desquiciante. El artículo está presuntamente redactado en español, pero no tarda el lector en descubrir que lo está en el español despachurrado de un chico que ha sido sometido a esa payasada académica de la inmersión obligatoria que depaupera (demostrado en multitud de informes) el desempeño culto de las nuevas promociones estudiantiles. No en vano, el autor nos asesta un doloroso puntapié en el cucu al atizarnos la inédita expresión “todavía más si queda” por un, supongo, “todavía más si cabe”. Como ésa, otras muchas, algunas incomprensibles. La toma con la sintaxis y la sacude sin compasión.
Recuérdese que para loar las bondades de la patochada “inmersiva”, tuvieron sus paladines la osadía de proclamar que un niño en Cataluña, con dos horas semanales de lengua española, era tanto o más apto en la materia que uno burgalés escolarizado íntegramente en dicho idioma. Con un par. Basaron tan convincente afirmación en las notas comparadas de los exámenes de acceso universitario. Omitiendo, claro es, que la pregunta más difícil formulada a nuestros examinandos es, pizca más o menos: “Juan come peras. Señala el sujeto de la oración”.
Necesitábamos, como los campos de mieses el agua de mayo, la siguiente exposición de las políticas lingüísticas urdidas durante décadas por el catalanismo político (lo mismo CiU que los tripartitos “amontillados”): Las administraciones, los políticos y parte de la ciudadanía, por supuesto, defienden con todas sus armas argumentativas su protección (de la lengua catalana, se entiende) como un derecho y como herramienta de cohesión social en el territorio, con subrayado en negrita y todo para que nadie pase por alto lo más sustancial de la parrafada. Tras semejante pampirolada, el autor, incluye innecesariamente en su exposición el camelo de la “cohesión social” que ya nadie menciona por vergüenza torera. Ni los liberticidas activos, ni sus cipayos reclutados entre los castellanohablantes domesticados (tipo Rufián, Justo Molinero, José Corbacho, o desde ultratumba, mediante el tablero Ouija, los finados Paco Candel, Vázquez Montalbán o Pepe Rubianes, etc), habida cuenta la cohesión social de auténtica mierda que disfrutamos en Cataluña, particularmente desde el año 2010. Y, hete aquí, confiere la parte mollar de su artículo a un video colgado en las redes por una chica quejosa de la injusticia que supone la imposición del catalán en todos los ámbitos de la vida. Y lo hace, criatura, ignorante del aparataje ideológico que hay detrás de todas esas políticas siniestras que sufrimos en carne propia desde hace más de 40 años, con una ingenuidad verdaderamente conmovedora.
Nuestra heroína se atreve a aventurar un porcentaje de población intolerante con relación a la lengua, según su experiencia personal. La mayoría de la gente no es así, pero hay un 10% de puritanos, peores que un dolor de muelas, que se transforman en aquellas cacatúas partidarias del prohibicionismo alcohólico que hemos visto en las pelis del Oeste. Nos dice: “Hay un grupito pequeño pero matón que son muy pesados y quieren imponerte la lengua”. Cabría decir a la doña que su cálculo incurre en un optimismo angélico. Si sumamos el porcentaje de voto representado por el nacionalismo lingüístico en sus diversas advocaciones, Junts, ERC, Orriols, PSC, CUP y Colau, nos vamos a un 80% del arco parlamentario. Cabría sumar medios de comunicación de titularidad pública, y los semipúblicos, “La Vanguardia” y “El Periódico” que, aunque editados en español, promueven con denuedo la inmersión obligatoria en la escuela. En esta feria, los sindicatos, las patronales (muy especialmente PIMEC), asociaciones vecinales y deportivas (con el “congoleño” Barça en primera línea) adquieren un protagonismo nada desdeñable. ¿El 10%, mi amor?
Cosa diferente es que te sacudan en la vía pública, cariño, pero no es llegada aún la hora de ese grado de violencia. Quién sabe si un día de estos reverdecerá el antañón trabalenguas “dels setze jutges” (*). También es cierto que has tenido la suerte de que Joel Joan, J. Lluis Bozzo (el dramaturgo), Josep M. Alay, Antonio Baños o Santiago Espot (a éste le hemos perdido la pista), delatores de gran nombradía y dilatada ejecutoria, no han ido a parar a tu establecimiento, pero dales tiempo y ocasión, y verás lo que es bueno. Ahí tienes el ejemplo reciente de la heladería sita en el barrio de Gracia (“Dellaostia”), regentada por argentinos y que ha sido vandalizada por los escuadristas más iracundos de la “c” cerilla. La niña, un mirlo blanco, saca a colación (nos encandila) la cuestión de los acentos: Yo no soy de aquí, no tengo vuestro acento. Hay gente a la que se le da mejor y gente a la que se le da peor (aprendió lo suyo de los episodios de “Barrio Sésamo”). A mí no se me da bien y no me siento cómoda hablándolo (¿Acentos, idiomas… calabacines o berenjenas?), por lo que no podéis obligarme”. Qué cosita, hay para comérsela a besos. Los acentos…mira tú qué ocurrencia.
El autor, un auténtico lince que ni el de Beocia, advierte de las equivocadas percepciones de un segmento amplio, creciente, de la población. “No obstante, esta defensa y promoción (del catalán) ha generado recelos en diversos sectores (mantenemos la negrita), donde se percibe (en ocasiones de forma errónea o muy exagerada) (sic) como una imposición que podría poner en duda la convivencia en la sociedad”. Toma del frasco. Bien entendido que “poner en duda la convivencia” no es una frase feliz y que mejor encajaría un “dañar la convivencia”. En todo caso lo que sí daña esas tan acérrimas “defensa y promoción”, con toda la batería anexa de normativas excluyentes, es la libertad de elección de lengua escolar y la igualdad de derechos. Que no es poca cosa. Y más allá, entona un lamento surgido de su espíritu seráfico y bonancible: “Cuando la lengua podría llegar a ser algo que se vea desde el respeto (sic), está convertido (sic) en un hipotético campo de batalla en el que se debaten temas de todo tipo (mantenemos la negrita), como por ejemplo el de la identidad”.
Si damos por bueno, armados de infinita indulgencia, que el artículo de “La Razón” está redactado en español, semejante cúmulo de disparates demuestran de manera fehaciente que, en efecto, en Cataluña hay un problema y no menor: el desconocimiento de un registro culto, aseado siquiera, de la lengua española entre nuestros estudiantes, sea cual fuere su lengua de referencia familiar… incluidos los licenciados en periodismo. Gracias “inmersión”, gracias PSC… por cuanto afines al PSC fueron los lingüistas (Rosa Sensat y otros) que impulsaron esa cochambre antes de que la hiciera suya e implantara con mano de hierro el régimen pujolista.
La guinda del pastel. Ese mismo día “La Razón” nos obsequia con otra gansada, ésta firmada por una reputada sociolingüista, a cuento de los síntomas de fatiga observados en algunos sectores del paisanaje por la imposición a machamartillo del catalán. Si le quitas la carga política, el catalán es considerado un idioma bello incluso por quienes no lo hablan. Fantástico. Habría que decirle a esa lumbrera que hoy quitarle la carga política al catalán es más difícil que robarle las herraduras a un caballo al galope tendido. Hay cosas indisociables. También un misil balístico de alcance intercontinental es un objeto bello, estilizado, fascinante, pero es mejor no andar cerca de su punto de impacto. Qué decir más. Apuesto a que todas las lenguas que en el mundo se hablan son susceptibles de considerarse bellas, por qué no… salvo aquella, si la hubiere, que para su correcta pronunciación requiriese del hablante que éste se metiera un dedo por el culo al tiempo de apretujarse los cojones con unos alicates.
¿Quieres café? Toma dos tazas. Lo último de Rodrigo Criado en “La Razón”:
(*) Trabalenguas utilizado para detectar forasteros y darles matarile ante la dificultad de su pronunciación, como sucedió, según es fama, durante la Guerra de los Segadores, 1640
