Perder «La Razón»

Cuando el calor aprieta, las tonterías publicadas en los medios de comunicación hacen cumbre, incluso en aquéllos que uno supone más afines por su línea editorial, por el proclamado compromiso de sus propietarios, y redactores, a valores constitucionales y a la cerrada defensa de los derechos civiles y políticos del individuo. Cabría hablar entonces de “fuego amigo”. Tradicionalmente, se dice, en verano la controversia política pierde fuelle y se llenan páginas con ecos de sociedad, anecdotarios y otras más livianas informaciones a cargo de becarios en prácticas. Con todo, ese esquema no vale para la España actual, la España del estercóreo albañal del sanchismo cuya productiva toxicidad no entiende de altibajos estacionales. Quienes reclaman para sí la protección de determinados valores no habrían de bajar la guardia en época de lúdicos chapuzones, cuando los “hits” veraniegos martillean y lobotomizan al personal a través de las ondas.  Una de esas perlas la hemos encontrado días atrás (15/07) en la edición digital de La Razón. La información la firma Adrián Roque, y éste es el enlace de su aportación desconcertante:

https://www.larazon.es/cataluna/espana-exige-espanol-trabajar-pero-cataluna-exige-catalan-absurdo-reaccion-famoso-escritor-catalan_20250715687612f16e1ec26d312d62c5.html

El reportero tiene a bien agasajar los paladares más exigentes con la reseña de un ensayo, ahí es nada, de Vicenç Villatoro, un viejo conocido de contrastada ejecutoria en la represión de las libertades lingüísticas. Uno de esos eximios representantes de la monocorde mesocracia catalanista que vino al mundo con un cargo público bajo el brazo. Y uno se pregunta qué repajolera necesidad tenían los lectores de ese medio de meterse entre pecho y espalda semejante gollería intelectual.

Hasta la fecha, el esquema dominante en el grupo Atresmedia (“La Razón”) consistía en repartirse el trabajo y delimitar las líneas editoriales entre Antena 3 y La Sexta, antaño en manos de Jaume Roures (bautizado Jaime Robles Lobo), uno de los tipos más siniestros de nuestra reciente singladura nacional, con historial terrorista a sus espaldas: fundador de LCR, colaboración con un comando de ETA y con TV3, palancas del Barça, etc. La primera, contenidos familiares, entretenimiento “blanco”, para todos los públicos, sin apenas ordinarieces, moderantismo ideológico en los informativos y camaleonismo aseado, sin estridencias radicales, en las cansinas y consabidas materias obligatorias: cambioclimatismo antropogénico, feminismo, universo “trans”, alocuciones “pro-Hamás”, ostracismo de la toponimia en español, en definitiva, todas las concesiones al inevitable signo de los tiempos. Y la segunda: Farreras y Gran Wyoming. No es necesario dar explicaciones.

Es decir, lo uno y lo contrario. El esfuerzo moral, en su acepción “principios”, de los gerifaltes de Atresmedia habría sacado de sus casillas, y no es tarea fácil, al matemático Ulrich, protagonista reflexivo, meditabundo (y cargante) de “El hombre sin atributos”, de Robert Musil (*). Lo que siempre se dijo “estar en misa y repicando las campanas”. Groucho Marx también disponía de fórmula propia para definir el fenómeno. De modo que el autor anuncia una obviedad (un autor hibridado, pues Adrián Roque expone la tesis supremacista y paletoide de Villatoro y no se distancia de ella, dando a entender que la hace suya o, cuando menos, la considera digna de estimación). En todos los países del mundo se exige a los trabajadores de origen foráneo que aprendan, adopten y hablen razonablemente la lengua oficial del país receptor. De tal suerte que si fulanito o menganito se instalan en Francia, lo suyo, y quién lo discute, es que se esfuercen en hablar francés… si han de tratar con la población autóctona, aunque sólo sea por atar en la ventanilla de turno una ayuda social. Parecidamente cabría esperar en Italia, Alemania o Polonia con sus respectivas lenguas. Por esa razón, al binomio “Villatoro/ Roque” les exaspera que eso no sea exigible en Cataluña, mira tú. ¿Por qué Cataluña ha de ser una excepción?

Se ve de un rato lejos el error de planteamiento. Cataluña es un concepto de magnitud política y administrativa inferior a Polonia, Francia o Italia: no es un país. Hay momentos en los que es preciso decir la verdad a los niños. Y así se asenderean para la vida adulta y encajan de mejor grado las decepciones que trae aquélla. Los Reyes Magos son los papás. Es duro, pero la vida es “asín” y no es mala cosa el aprendizaje, dejarse desgarrones por el camino… como de polvo, mugre y cazcarrias llena su toga Conde-Pumpido. Con todo, las autoridades de ámbito regional (casi siempre en comandita con las nacionales) actúan “como si…”. Quiere decirse, “como si Cataluña fuera un país homologado a los demás en el desafinado concierto de las naciones”. No lo es, pero lo parece, con su embajadillas y todo.  

El título del artículo es en sí mismo la quintaesencia de la bipolaridad. Y, siendo breve su extensión, afortunadamente (parafraseando a Gracián, “lo malo si breve, menos malo”), larga el articulista de “La Razón” perlas exquisitas como éstas, con subrayado de las “ideas-fuerza” (sic) en negrita, no vaya usted a creer:

Otro punto que genera confusión es que los derechos lingüísticos son territoriales, no individuales. Si un ciudadano español se traslada a París no puede exigir ser atendido en castellano. Sin embargo, en Cataluña, muchos creen que pedir catalán equivale a “una imposición”. ¿Por qué? Porque se ha instalado la idea de que el catalán es secundario frente al castellano. Un desequilibrio que no ocurre en otros países europeos”.

La sucesión de gansadas y de alteración de magnitudes es frenética. Habría que recordarle a esa magnífica dupla que el “castellano” (entendiendo que se refieren ambos al español) no es lengua oficial en París, pero sí lo es en Barcelona. Y, en efecto, el español no goza del principio de la extraterritorialidad allende nuestras fronteras, qué sorpresa, pero eso en nada afecta al hecho incontrovertible de que los derechos lingüísticos en España interesan al individuo. A renglón seguido nos dicen que “muchos creen que pedir catalán (en Cataluña) es una imposición”. Y responden a esa afirmación con otra pampirolada: “(…) se ha instalado la idea de que el catalán es secundario frente al castellano (por español)”. Uno se queda patidifuso, perplejo, pues ignora dónde diantre se ha instalado esa idea. Desde luego que no en las instituciones, en el sistema educativo o en los medios de comunicación públicos. Más bien pareciera que es el español el “secundario” en Cataluña, no sólo frente al catalán, también frente al inglés, árabe y urdu en muchas campañas informativas de rango municipal, mismamente. No obstante, que nadie se haga trampas al solitario, la evidencia es tal que avergüenza un poco el decirlo: en efecto, el catalán, en términos absolutos y con relación al español es secundario, porque el primero es cooficial a nivel regional y el segundo oficial en toda la nación. A escala mundial, el abismo entrambos es aún mayor.

La guinda del pastel es un presunto “desequilibrio” comparativo con relación a otros países que también disponen, deducimos del contexto, de otras lenguas además de la oficial o nacional. No hace falta ser un lince para ver que tal desequilibrio, contrariamente a lo que insinúa Roque, es en aquéllos infinitamente superior, habida cuenta de la especial (y excesiva) consideración legal que en España adornan a las lenguas cooficiales. ¿Acaso en Perpiñán se escolariza a los niños en catalán como sí sucede en Barberá del Vallés? ¿De qué repajolero “desequilibrio” andas chamullando, pichurrín? La andanada final del artículo obedece a un simplismo-maniqueísmo insultante. El chico de “La Razón” despliega toda su potencia de fuego neuronal y nos dice:

“Lo que en París, Berlín o Madrid sería incuestionable, en Cataluña se convierte en debate. Y muchos se preguntan: “¿De verdad es una discriminación pedir catalán para trabajar?”, «¿O lo es permitir que una lengua entera sea relegada?”.

Chimpún. Siguiéndose de esto último que la lengua catalana entra en la UCI de las lenguas moribundas y “relegadas” que en el mundo son si la cajera del supermercado nos coloca en español la oferta del día, «manojo de espárragos trigueros a 1’50 €». Como si bagatelas sin apenas importancia como la inmersión obligatoria en todas las escuelas no fuera una realidad impuesta coactivamente, o los medios de comunicación de titularidad pública, incluyendo la “2” de RTVE, no emitieran en catalán el ciento por cien de su programación, o si no fuera lengua exclusiva en la relación de las administraciones con la ciudadanía. No se ve por parte alguna que la lengua catalana esté siendo “relegada”. De modo que Adrián Roque o es miope, o, abducido por Villatoro, ha sucumbido a la disociación cognitiva y percibe realidades extrasensoriales vetadas al común de los mortales. O eso, o es que ha perdido La Razón.   

(*) Sí, he leído la novela de punta a cabo con la vana esperanza de que ocurriese algo entre el primer capítulo y el último. Y he sobrevivido.  

“Hola, soy el doctor Jekyll- mister Hyde, presidente honorífico del grupo Atresmedia. Que lo mismo te digo una cosa, que te digo otra”. La Razón se pasa al lado oscuro.

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