CAT-contrato de alquiler

El bálsamo de Fierabrás es la panacea de todas las heridas. No hay contusión o mamporro que no sane ese mirífico mejunje que adquiere nombradía en las aventuras y desventuras de Alonso Quijano, el Quijote. Durante mucho tiempo, como los caballeros de la saga artúrica en pos del Grial, hubo quien anduvo tras los ingredientes del mágico ungüento. Que si miel, vino y romero. Pamplinas. Al fin hemos averiguado su verdadera composición. No es una elaboración de la farmacopea tradicional de gran provecho para valerosos paladines al copo de magulladuras y moratones tras sus justas y liornas en el palenque del honor: es una lengua. Para más señas, la lengua catalana.

En efecto, los catalanes hemos sido agraciados, deferencia exquisita de la divina Providencia (no nos faltan boletos para la rifa “¿Cuál es el verdadero pueblo elegido de Dios?”), con una lengua balsámica, de sanadores efectos, tal cual fue la imposición de manos de los antiguos reyes de Francia para aliviar bubones, escrófulas y pestilencias de todo tipo. No bromeo. Con estas cosas no se juega. La lengua catalana hace mejores a las personas, como bien saben los dirigentes del partido de Puigdemont que unas semanas atrás promovieron la inmersión a nuestra lengua de los imanes salafistas. ¿La intención? Erradicar los actos vandálicos como aquéllos que se produjeron en Salt (Gerona) con motivo del desahucio de un imán “okupa” (véase la tractorada anterior). El catalán como emoliente del islamismo exaltado. Una vez que los imanes más combativos vean el mundo a través del prisma mental y de las retículas clasificatorias inherentes al idioma salvífico, los altercados en particular, y el choque civilizatorio en general, no tendrán razón de ser. Lo que no consiguieron los comandos Navy-Seals infiltrados entre los pastunes del Kandahar, será coser y cantar en cuanto los apóstoles de la Yihad reciten de memoria los poemas de Martí i Pol musicados por Lluis Llach.  

Apaciguado el belígero Islam por celestial intercesión de la lengua catalana, procede hacer lo propio con el sindiós de la vivienda en Barcelona y su área metropolitana. Que es otra bestia parda descomunal. La política de control de los precios de los alquileres por parte de las administraciones locales, el déficit de construcción de vivienda nueva tras la crisis del ladrillo y la legislación permisiva con “okupas” e “inquiokupas” promovida por Colau (*) y sucesores, causan pavor a los propietarios. Casi el 90% son, no “fondos buitre”, “grandes “tenedores”, la cantinela que profiere el coro de opinantes de la progresía, si no gente del común con una vivienda que complementa una pensión o ayudará a pagar la factura geriátrica. ¿La consecuencia? Se contrae significativamente, va de suyo, el mercado de alquiler. En resumidas cuentas, tras una década de murga de la izquierda, y sus fallidos experimentos, el precio de la vivienda está por las nubes y en la conurbación de Barcelona con un sueldo medio puede uno aspirar, a lo sumo, a guarecerse en un trastero o a compartir piso con desconocidos. Es lo que dicen “una ciudad tensionada”.

Pero, hete aquí, que una intelectual de relumbrón de esta nueva izquierda infantiloide, salpimentada en el presente caso de globulina particularista, Nuria Marín, afamada periodista del mundillo del corazón (chismorreos varios: que si el clan de los Pantoja o los hijos no reconocidos de Bertín Osborne), ha dado con la solución definitiva. Fórmula que confiere un insospechado protagonismo, arrea, a la lengua catalana, que lo mismo sirve para un roto mahometano que para un descosido inmobiliario. En efecto, propone la criatura una suerte de arancel lingüístico para vetar la venta, o el alquiler de viviendas, a personas foráneas, es decir, a aquéllas que no hablan catalán. Acabáramos. Los nuevos inquilinos, o propietarios, habrían de acreditar, pues, el nivel C para formalizar un contrato de compra-venta o de inquilinaje. De ese modo se combatiría eficazmente el fenómeno que ahora llaman, eso creo, “gentrificación”, que es la paulatina expulsión de los vecinos de toda la vida, o cosa parecida, sustituidos por turistas o residentes extranjeros que adquieren apartamentos céntricos a golpe de talonario. La iniciativa de Marín limitaría el éxodo de los nativos y la consiguiente desnaturalización identitaria de nuestros barrios.

El proyecto, a fin de cuentas, por delirante y extemporáneo que pueda parecer, supone apenas un paso más allá en los usos y costumbres habituales del nacionalismo. Pues si es exigible la titulación de lengua catalana, como requisito, que no mérito (siendo el “mérito” controvertido asunto en función del desempeño profesional), para tocar el clarinete en la orquesta municipal, desinsectar jardines u obtener la licencia de taxista (última propuesta de Tito Álvarez, gerifalte sindical del sector y habitual en las palatinas recepciones de Waterloo)… ¿Qué habría de impedir la instauración de un baremo idiomático para avecindarse en nuestra bienquista ciudad?

Nuria Marín, se dice, integrará la plantilla del programa de nueva emisión que RTVE, la televisión pública, ha calcado de Tele-5. Un espacio de chascarrillos y escuchetes de famosillos de medio pelo que presentará Belén Esteban, tiempo atrás honrada con el título oficioso de “princesa del pueblo”. Nuria, nuestra heroína, es una de esas televisivas que hacen fortuna en Madrid derrochando campechanía y buen rollo ante la audiencia a escala nacional, cuidándose mucho de mostrar la patita, pero que en cuanto se regresan a Barcelona proclaman a los cuatro vientos sus veleidades indigenistas, siguiendo la estela de elementos sobradamente conocidos como Évole, Buenafuente, Santi Millán o Corbacho, que lloraron a moco tendido por las prisiones de su amigo Oriol Junqueras.

La televisión que todos costeamos, imbuida de un bochornoso sectarismo, y que habría de priorizar eso que llaman información de servicio público, echa su cuarto a espadas, y con un presupuesto millonario, por la cochambre. La primera andanada fue la de Broncano (14 millones de euros por temporada… comicastro que, en antena, le preguntó a una bella actriz por las características de su menstruación). Y ahora llega la réplica de Sálvame, paradigma de la tele-basura, un espacio, en tiempos, denostado por la progresía. La fórmula pasa por aunar entretenimiento para “marujas” o “charos” y adoctrinamiento, colando pildorazos LGTBIQ+ entre noviazgos e infidelidades de los cansinos “protas” de la crónica social.

La estrategia resulta. Recordemos que el perfil mayoritario de los telespectadores de este tipo de productos son amas de casa maduritas, nivel académico básico y poder adquisitivo limitado, es decir, un nicho tradicionalmente refractario a las extravagancias de la ideología de género. Con esa habilidad que adorna a la izquierda para marcar la pauta, dio ésta la campanada años atrás mediante la operación “Hermana Rocío, yo sí te creo”. Tras el infectódromo coronavírico de la mani del 8 de marzo de 2020 (“sin besos, sin besos, que hay virus”), avisado el gobierno de la potencia de contagio y elevada mortandad del covid-19, al año siguiente, y comoquiera que estábamos inmersos en la fase dura del confinamiento, no cabía autorizar movilizaciones feministas. De modo que un batallón de asesores monclovitas puso en marcha esa atorrante campaña para colarse en los hogares a través de la tele y adoctrinar al paisanaje. Y la cosa cundió: Rocío Carrasco fue elevada a los altares. Ahora las más fervientes wokistas son esas marujas que antes iban al mercado con el carrito de la compra por el que asomaban coliflores y berzas. Las mismas que ahora se tiñen el pelo de azul para llamarte “machirulo”, “señoro” y dar de comer a los gatos callejeros. Son las “charos”, las “marujas” de toda la vida, mal y tardíamente empoderadas, que suspiran transidas de amor por el varonil atractivo de Pedro Sánchez.

En estas coordenadas anda Nuria Marín, nuestra profetisa de la vivienda y paladina de la catalana lengua. Recuérdese que para el wokismo no hay ciudadanos iguales en derechos y deberes, si no minorías especialmente vulnerables, y siempre ayunas de visibilidad (son transparentes), que merecen prerrogativas blindadas para resarcirlas de antañonas e hipotéticas injusticias que, si han existido alguna vez, no perviven en la hora presente y en absoluto afectan a los individuos actuales. Y una de esas prerrogativas habría de ser el alquiler de vivienda preferente en Barcelona, qué duda cabe, para todos aquellos que hablen catalán. Cómo no se nos ocurrió antes.

(*) Muchos barceloneses tenemos la sensación de que Colau sigue siendo la alcaldesa. Recién sobrevivió a un presunto ataque del ejército israelí contra una finca olivarera en Gaza, donde se hallaba en supuesta misión humanitaria junto al siniestro Jaume Asens, íntimo de Gonzalo Boye y de Puigdemont. Los artilleros de Netanyahu tuvieron días mejores. Afortunadamente ambos salieron indemnes y todos respiramos aliviados.   

Nuria Marín, ante una audiencia expectante, en el trance de exponer su innovadora receta para solucionar los problemas de la vivienda en Barcelona mediante la imposición de aranceles lingüísticos

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