Catalán para imanes salafistas: una apuesta de futuro

Alcorà: Corán

Apedregar: Apedrear, lapidar

Dejuni: Ayuno.

Escapçar: Decapitar

Esventrar: Despanzurrar

Infidel: Infiel

Matxet: machete

Fuentes dignas de todo crédito, bien relacionadas con el partido de Puigdemont, nos han hecho llegar este documento, parcialmente reproducido arriba, que comprende más de un centenar de correspondencias básicas “catalán-árabe” (que he vertido al español para facilitar su comprensión) inspiradas en elementos nucleares de la religión islámica. Se trata de un glosario de conceptos capitales para propiciar un acercamiento de los imanes salafistas (mayoritarios en Cataluña) a nuestra realidad regional. En efecto, Junts (antes CiU), promueve esa iniciativa parlamentaria de gran calado para acelerar la integración pacífica de la comunidad musulmana tras los episodios violentos acecidos en Salt (Gerona) unos días atrás. Ya saben, el desahucio de un imán “okupa” acabó en violentos disturbios.

La singular iniciativa de Junts obedece a la pulsión civilizatoria que per se contiene la lengua catalana. Saber catalán mejora a las personas: las aquieta (la “ataraxia” filosófica de la antigüedad clásica), mece y arrulla, las lleva en andas y remonta, con elegante aleteo, a las sublimes cimas de la humanal conciencia entre arrobamientos de índole espiritual. ¿Quién en su sano juicio podría resistirse a la tentación de participar de una cosmovisión impregnada, siquiera superficialmente, de una manera catalana de ver el mundo? Que si “el seny i la rauxa”, “el peix al cove” o “el nostre tarannà” (*). Absolutamente nadie.

Con todo, y según el ponderado criterio de los representantes gerundenses de la formación autodenominada CUP, presente en muchos gobiernos municipales de la provincia, capital incluida, los altercados habidos, entre ellos la quema de contenedores, avalarían la asunción de valores propios de la sociedad receptora por parte de ese segmento de la juventud movilizada a causa del trato dispensado a su líder. Para CUP, esa conducta vandálica es “un hecho cultural propio”. Tal cual. De modo que la destrucción del mobiliario urbano demuestra aquí, desde una perspectiva etnográfica, la idoneidad de los mecanismos de préstamo y transmisión recíprocos de artefactos culturales. Estaríamos ante el triunfo apabullante y definitivo de la multiculturalidad. Que un abrasivo cóctel molotov arrojado con tino contra un agente de los Md’E (**) dice tanto de nosotros como la coreografía de un “esbart dansaire” (***).  

Nuestros aborigenistas, es sabido, favorecieron años atrás, por estrategia política, el flujo migratorio procedente de Marruecos. El muñidor del proyecto no fue otro que Àngel Colom (ERC, PI -liquidado con fondos procedentes de la estafa, ya olvidada, “Palau/ Millet”- y finalmente CiU). La idea nuclear, sencilla: los hijos de los inmigrantes marroquíes, al no tener el español como lengua familiar (a diferencia de la inmigración de origen hispanoamericano), y una vez sometidos al intenso adoctrinamiento en la escuela pública, la “madrasa” catalanista, más fácilmente adoptarían el catalán como idioma relacional y ésa sería una de las bazas a jugar por las autoridades para ultimar su captación a filas del separatismo.

No contaban esas preclaras mentes de nuestro indigenismo paleto con el fenómeno observado años ha por sociólogos y ensayistas en Francia, y también novelistas como Houellebecq (“Sumisión”, que así se traduce “islam” al español), por la ventaja que nos llevan en esta espinosa materia, consistente en el desapego de las generaciones posteriores a la primera oleada migratoria musulmana de los valores y modo de vida tradicionales de Occidente. En efecto, las expectativas de promoción social, acceso a un consumo de calidad, vivienda, aceptación, es decir “estatus”, no siempre son satisfechas y ello propicia un sentimiento generalizado de frustración y de marginalidad entre la juventud en esas barriadas periféricas donde el peso demográfico de franceses de origen argelino y marroquí es considerable.

El choque cultural es más abrupto, si cabe, cuando hablamos de los “menas”, que recalan de golpe y porrazo en un mundo distinto al suyo, donde las costumbres son muy diferentes a las de sus sociedades de procedencia, aquí más permisivas, donde abundan los estímulos sexuales (pues son hombres jóvenes impelidos en mayor grado por las pulsiones biológicas que hacen al caso). Al mismo tiempo carecen de redes familiares de asistencia que mitiguen ese fuerte impacto. Su inserción deficiente, problemática, una cosa sigue a la otra, aboca a no pocos de ellos a la delincuencia (los porcentajes disponibles de criminalidad “comparada” son elocuentes). En ambos casos (“menas” y “segundas y terceras generaciones”), como respuesta, refuerzan el vector religioso, no como un sentimiento necesariamente piadoso, por así decir, si no como un agarradero o refugio identitario que restaña su lesionada autoestima. Y, es sabido, que para un creyente, el islam sobrepuja a las obediencias nacionales, que son de rango secundario. 

La creciente sensación de inseguridad a nivel municipal y regional, sumada a la percepción de una distribución inequitativa de las así llamadas “ayudas sociales” en beneficio de la inmigración (legal e ilegal), la complacencia buenista e inclusiva de las autoridades con los rasgos culturales y religiosos de la comunidad musulmana, el fundido en negro de sus índices delictivos (en particular los de índole sexual) encaminado a la “no estigmatización” del colectivo, y otras bagatelas, generan cansancio en la sociedad. Muy especialmente en el segmento de población autóctona más desfavorecida que habría de competir con los “nouvinguts” (o “recién llegados” en la terminología progre) por la obtención de esas mismas ayudas, y con quienes, además, comparten vecindario. Esa fatiga ha calado, siendo tachada al punto, desde el discurso oficial, de conducta intolerante, excluyente, “racista” o “xenófoba”, alimentando un sentimiento de culpa moral en la gente de a pie que no es bien recibido.

Tras el episodio vandálico que ha tenido Salt como escenario, el desahucio del imán “okupa”, y una vez que el peso demográfico de la comunidad musulmana se incrementa rápidamente, es posible que asistamos a fenómenos parecidos un día en El Vendrell, otro en Vich, acaso en Tarrasa, Balaguer, Figueras, Olot, Reus o Manresa. Recordemos que en Ripoll echaron los dientes como terroristas, “inmersionados” al catalán en la escuela, los autores del atentado por atropellamiento masivo en Las Ramblas (agosto de 2017). Por todo ello no sorprende que en nuestro nacionalismo aborigenista se esté produciendo un mar de fondo que ya detectan algunas encuestas, allá donde el esencialismo “etnoide” está más arraigado: precisamente en las comarcas de la Cataluña interior, es decir, en el “cinturón de la barretina calada hasta las cejas”. Ese runrún cobra forma de trasvase de votos significativo de los partidos que tradicionalmente han representado la así llamada “identidad” catalana (CiU, ahora Puigdemont y su cuadrilla, ERC y acaso CUP), aposentados, en menor o mayor grado, sobre una base pintoresca y mendazmente «racial», hacia la Aliança Catalana de Silvia Orriols, tal y como indica el último sondeo demoscópico del CEO (o CIS local), donde pasaría de sus 2 representantes actuales en el parlamento a una horquilla de entre 8 y 10, siendo en un primer momento la antigua CiU la formación más damnificada. Y previsiblemente las demás, a medio plazo, si la fórmula no es de algún modo “neutralizada”. El roto puede ser importante y suponer una turbulenta sacudida (un “daltabaix” que dirían en TV3, tan separatista, si no más, ahora con Illa que antes) del tablero electoral.   

 (*)    “El sentido común y la furia”, “el pez a la canasta” y “nuestro talante”

(**)   “Mossos d’Esquadra”

(***) “Grupo de danzas folclóricas”

Imán salafista acreditando ante los fieles su flamante nivel C de catalán: “la balanguera fila, fila, la balanguera filarà… i ara tothom… la balanguera fila, fila…”

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