Motin (Sergei)

No se me ha olvidado la tilde en la “i” de Motin. Y es que esta tractorada no va de un motín, como el del “Caine”, sino de Sergei Motin, un agente ruso destacado a Barcelona por Putin y que, cumplida su misión, y al poco de regresar a Rusia, apareció muerto. Una de las circunstancias que convierten su óbito en un caso novedoso es que murió, según se ha dicho, en su apartamento y no en la calle. Los agentes de Putin, cuando han de pasar a la reserva “definitiva”, son una excepción al común de los mortales. Sabido es que todos hemos de morir un día, pero ignoramos absolutamente cómo y cuándo. No así ellos, que tienen respuesta fija para uno de los dos interrogantes.

El cómo. Mueren defenestrados, arrojados por una ventana de su propio domicilio, “tropiezo” o “suicidio”, “Adiós, mundo cruel”, o con una concentrada dosis de polonio en las venas. Si usted va caminando por la calle y de repente le cae un señor encima, no lo dude, es un espía ruso. Con todo, sobre el cuándo alguna pista tenemos. Fue Stalin quien instituyó la arraigada costumbre de enchiquerar a no pocos espías procedentes de misiones en el extranjero. Su estancia en destinos allende las fronteras de la URSS, les convertía, ipso facto, en elementos sospechosos, pues habían pasado una larga temporada alejados del paraíso socialista de los trabajadores y aunque su lealtad al amado líder y al régimen fueran inquebrantables, bien podrían portar en sus entrañas, sin saberlo, como la teniente Ripley a esa letal bestezuela de la saga “Alien”, el germen capitalista de la decadencia y de la destrucción.

Y por ello eran inmediatamente aislados, deportados al Gulag o trasladados a los sótanos de la Lubianka para recibir el preceptivo disparo en la nuca. Igual que Putin con Motin, salvo que el finado en realidad muriera infartado tras abrir el recibo de la luz, Stalin también le dio matarile, o, mejor, le marcó el itinerario a seguir a uno de sus más estrechos colaboradores enviados a España durante nuestra Guerra Civil, Koltsov, a quien espetó en su reencuentro: “¿No estarás pensando en suicidarte?”. Edificante anécdota que ya mencionamos en una tractorada anterior (“Rusia es culpable”). La Historia se repite… para muestra un botón: PSOE y ERC se confabulan cada 90 años para dar un golpe de Estado, de 1934 a 2024.

Lo cierto es que Motin murió (o le “murieron”) en 2018. Ya ha llovido desde entonces, aunque poco por culpa de la pertinaz sequía, sólo que tan fatídico desenlace pasó desapercibido. Ha sido a raíz del impulso a la causa conocida como caso “Voloh” que el suceso ha ganado notoriedad. El asunto languidecía por el paso del tiempo y por el abatimiento que genera en el paisanaje el entreguismo del gobierno del traidorzuelo de Pedro Sánchez a los separatistas. El juez Aguirre le ha dado nuevos bríos a ese enredo mayúsculo colando la “traición” en el menú de los cargos, un delito que no contempla la vergonzosa y birriosa Ley de Amnistía avalada por el Constitucional (sic). Y saltan de nuevo a escena Puigdemont, Alay, el embajador plenipotenciario de los catalanistas ante los canacos de Nueva Caledonia, no es coña, Xavier Vendrell, asesor personal del narcoterrorista colombiano Gustavo Petro, y Gonzalo Boye, abogado del fugado y, este mundo es un pañuelo, del periodista español (prensa podemita y Gara) detenido por las autoridades polacas acusado de espionaje pro-ruso. Lo mejor de cada casa.

Ya metidos en harina, yo de Pablo González Yagüe (apellidado Rubtsov en sus papeles rusos, pues goza de doble nacionalidad, descendiente que es de uno de aquellos “niños de la Guerra”), el periodista representado por Boye, andaría con la mosca detrás de la oreja, conocidos los antecedentes, affaire Motin, pues beneficiado por un reciente canje de espías, aterrizó en Moscú y a pie de avión le esperaba el mismísimo Putin para encajarle la mano. Miau. El zar ruso, como sus antecesores Iván el Terrible y Koba el Temible, no es partidario de dejar testigos, esos cabos sueltos que te complican la vida.

Motin fue el emisario moscovita que ofreció a los golpistas catalanes, además de financiación, un galimatías de compra de deuda y de monedas virtuales, la intervención de 10.000 hombres armados para apuntalar la independencia (¿Spetsnaz? ¿Grupo Wagner? ¿Delincuentes comunes excarcelados?). Algunos reputados separatistas han declarado a toro pasado que para conseguir la secesión es imprescindible, efectos colaterales, plantar unos cuantos cadáveres encima de la mesa. De lo contrario, olvídate. Eso se lo habrían explicado a las mil maravillas sus aliados de ETA que por experiencia saben que “matar sale a cuenta” (véase “La derrota del vencedor”, de Rogelio Alonso). Pero nuestros nacionalistas, en el fondo, son de los que pretenden hacer la tortilla sin romper los huevos por no mancharse las manos y no comprometer los millones que han ido dragando de la sociedad catalana durante décadas rumbo a Andorra, Suiza o Liechtenstein. Cierto que a día de hoy cuentan con la colaboración entusiasta del gobierno nacional y un enfrentamiento por desórdenes públicos, en caso de producirse un nuevo desafío rupturista, no parece posible.

No sabiendo si apuntar esa gestión fallida, “los diez mil hijos de Putin”, en el haber o en el debe de Motin, lo que indiscutiblemente pertenece al segundo capítulo es el pufo que dejó en una clínica dental de Barcelona al poner pies en polvorosa: casi 20.000 euros. Eso no se paga por una caries, de modo que no es descabellado intuir que anduviera tentado de cambiar de identidad modificando determinados índices antropométricos. Y no es que pretenda pegarme un tiro en el pie, desdiciéndome del eje vertebrador de mi teoría acerca del “protocolo de actuación en la forzada cesantía de agentes rusos en Cataluña”, pero Sergei Protosenya, empresario afincado en Lloret de Mar, y al parecer implicado en la trama, murió ahorcado (año 2.022) en su domicilio, y su esposa e hija apuñaladas.

Y es que en este putinesco vodevil hay cabida para todo tipo de ingredientes, chuscos y graves, patochadas hilarantes y episodios oscuros, tenebrosos, acaso asesinatos: elementos que hacen al caso para una tragicomedia. Boye, ese perejil de todas las salsas, condenado a prisión tiempo ha por colaboración en el secuestro de Emiliano Revilla, ahora anda en un aprieto acusado de favorecer el blanqueo de capitales de quien fuera su cliente, el narco gallego Sito Miñanco. Una carrera en la abogacía verdaderamente ejemplar. No en vano se sacó el título hincando los codos en el talego, aprovechando el tiempo, tanto como el golpista Raül Romeva (con diéresis en la “u”) tomando en el trullo clases de natación de su entrenador personal.

Estos españoles (dijo Stalin de conformidad con el viejo proverbio ruso refiriéndose a Largo Caballero, Prieto y Negrín) antes verán sus propias orejas que su oro, tras el expolio de las reservas del Banco de España (700 toneladas de oro y plata) perpetrado por las autoridades republicanas. A saber si queda en una cámara secreta del Kremlin alguno de aquellos lingotes y lo usa Putin de pisapapeles. He de admitir que me causa auténtica perplejidad la simpatía por el autócrata ruso de algunos muy cabales amigos. No entiendo cómo, defensores a ultranza de Europa como hecho civilizatorio (las leyendas artúricas, el románico, Dante, las catedrales góticas, Da Vinci, Miguel Ángel, Cervantes, Van Eyck, Velázquez, Bach, Mozart, Goethe), presumen que Putin tenga el más mínimo interés en salvaguardar Occidente de sí mismo, a través de la infestación “woke”, y de sus enemigos exteriores fácilmente identificables.

Lo que está fuera de toda duda, es que ha conspirado y maniobrado para fragmentar España respaldando al separatismo catalán. No diré aquello de “Rusia es culpable”, frase atribuida a Serrano Suñer, y usada como banderín de enganche para alistar voluntarios a la División Azul, pero Putin sí lo es y por eso le deseo lo peor. A él y a sus socios, vivos o muertos, en esta grotesca astracanada. Cierto que Pedro Sánchez, tan egocéntrico y envidioso, le ha dado un codazo para despejarlo de la ecuación y ocupar su puesto. Pero quedará para los restos que Putin, entre España y Puigdemont, eligió al segundo. Un día, también él tropezará en su ventanal.   

“Alto, amigo. A mí no me meta en líos, que soy el doctor Morín… nada tengo que ver con el Motin ése y con el espionaje. Mi especialidad es triturar fetos de seis y siete meses de gestación. Además, ya pasé a mejor vida. Aquí en el infierno lo paso pipa intercambiando experiencias con mi buen amigo el rey Herodes, y con los chicos de Hamás, que son unos fenómenos rajándoles la barriga a machetazos a las embarazadas israelíes. Siempre se puede aprender algo nuevo. Ésa es la actitud conveniente al hombre sabio”.

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