La profanación de la tumba de Fernando Buesa tiene, en mi opinión, un carácter prácticamente “institucional”. Buesa fue asesinado por ETA de un bombazo en el año 2.000. También mataron a su escolta, Díez Elorza, agente de la Ertzaintza. La lápida de la tumba, en el cementerio de Santa Isabel de Vitoria, amaneció días atrás ensuciada con pintura negra y excrementos humanos. Los concejales del ayuntamiento, excluidos los de Bildu (Herri Batasuna), condenaron ese alarde fecal, basuriento y cochambroso con hechuras de rito satanista.
Si se ha producido una condena del pleno consistorial, y por lo tanto una “condena institucional”… ¿Por qué aludo al mismo tiempo al carácter “prácticamente institucional” de semejante atentado contra la memoria de la víctima? Son varias las razones. Una de ellas es que en el cuerpo político que da vida a esas instituciones está representado, y no con un papel secundario, el brazo político de los terroristas, que lo sigue siendo (brazo político) aunque en la actualidad no se cometan atentados mortales. Pues Bildu (HB) defiende a toque de corneta y en su totalidad la trayectoria siniestra de ETA, es decir, su legado sangriento, incorpora a etarras confesos en sus listas electorales, empezando por Arnaldo Otegui (con mayor historial delictivo a sus espaldas del conocido hasta ahora, véase la portada de “El Mundo”, 16/10/2023) y aún hoy rinde honores a los terroristas que han cumplido condena, recibidos en casa como auténticos héroes: los famosos “ongi etorri”. Se trataría, cuando menos, de un pro-terrorismo retrospectivo. Quiere ello decir que tanto quienes condenan la nauseabunda profanación, como quienes no lo hacen por afinidad a los autores (lo mismo del atentado mortal en su día, que de la inmundicia presente) integran por igual la urdimbre institucional de aquella región. Y no actúan como compartimentos estancos, si no que se coaligan unos con otros y otros con unos en franca camaradería. Me explico, cuando los “buenos”, dicho así muy laxamente, compadrean con los malos, puede que los malos ya no lo sean tanto, pero los buenos, miau, ya lo son menos.
Bildu, o sea, HB, es un partido con el que se pacta, al que se busca, seduce y requiebra. Se le ofrecen cosas. Se reúnen con sus dirigentes, se fotografían juntos, se les invita a importantes eventos e incluso se brinda con ellos. Bildu, o sea HB, es institucional, y podría no serlo (sentencia en su día del Tribunal Supremo), pero hoy lo es porque así lo han decidido muchos. Goza incluso del marchamo de “partido de Estado”. No en vano, el nuevo Delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, alardeó públicamente (junio de 2023) de los miles de vidas de ciudadanos españoles que los diputados “bildutarras” ayudaron a salvar votando a favor de los decretos de alarma y confinamiento impuestos por el gobierno de Pedro “Pinganillo” Sánchez con motivo de la pandemia coronavírica. Decretos, por otra parte, declarados anticonstitucionales por la mayoría anterior a la era “Pumpido”, el de la toga “polvorienta”. Tanto eran el afán del interfecto (Francisco Martín) por halagar el oído de los diputados pro-etarras, y circuir a lengüetazos el perímetro de sus respectivos orificios anales, que en su lacayuno entusiasmo falseó el sentido del voto real, pues aquéllos, no me fastidies, votaron en contra. Uno se imagina, si no el enojo, sí el desconcierto y la estupefacción que semejante discurso habrá causado entre sus socios de investidura, respondido con esa sardónica risa de calavera repelada (y encapuchada) que entrechoca sus mandíbulas: “¿Nosotros salvando a miles de españolazos?… ¿Nosotros… que los hemos quemado vivos lo mismo en la Casa del Pueblo de Portugalete que en el aparcamiento del Hipercor de Barcelona?”.
Suma y sigue, un tal Nicolás García, asesor de cabecera de Yolanda Díaz, la actual “vice” en funciones, la misma que confunde el secador capsuliforme de la “pelu” con una escafandra de astronauta, es partidario acérrimo de la amnistía y considera que Otegui, alias “el Gordo”, no fue terrorista, quiá… que lo suyo era “disidencia política”, eso sí, pistola en mano. En Pamplona, hace apenas unos días, los socialistas agasajaron a Bildu (HB) con la presidencia de la Federación de Municipios: una suerte de anfictionía navarra. Con unos años de retraso, el PSOE (PSN y PSE, el partido de Buesa) se apunta al fin, adenda verbal, al pacto de Estella.
La profanación del monumento funerario obedece al repliegue táctico de ETA. Ahora no es conveniente matar a los vivos, pero su gente sí puede conducir sus pulsiones “thánatos” hacia los muertos, atentando contra su memoria. Y Fernando Buesa está rodeado. Por un lado recibe el castigo de ultratumba de quienes le asesinaron (los profanadores) y, por otro, el de quienes tergiversan las opiniones en vida de la víctima para ajustarlas al momento presente y hacernos creer que Buesa fue asesinado por lo mismo que Pedro Sánchez defiende en la actualidad, y con él, nemine discrepante, todo el séquito de palmeros que componen la Ejecutiva del PSOE. Léase el artículo de Mikel Buesa en el que disecciona críticamente el montaje sesgado y descontextualizado de algunas de las manifestaciones de su hermano que fueron excretadas sinuosamente en un programa de La Sexta. La citada cadena, mediante ese mecanismo perverso, a quien blanquea en el fondo es a Pedro Sánchez, que se acerca a los amigos de los terroristas, socios preferentes, meneando el rabo como un chucho faldero.
La “blancura” en política es finita, y para blanquear a unos es preciso ensuciar a otros. Es de cajones: si toca blanquear a ETA y a Batasuna (Bildu), es preciso revisar lo que hicieron, quitar hierro a sus “disidencias activas” (que diría el asesor de la “vice”) y echar una mirada contemplativa y distendida sobre el pasado, con cierta benevolencia abacial. “Sólo la izquierda abertzale supo leer que la Constitución del 78 era papel mojado”, afirmó Pablo Iglesias en una herriko-taberna… un tipo, enlace en Madrid de las coordinadoras de presos, que también fue Vicepresidente del gobierno de España, para baldón de ésta. Quiere decir Pablo Iglesias que los atentados, sobre todo los perpetrados por centenares en los “años de plomo” (1978-1981), estaban fundamentados en una interpretación ajustada de la situación política de entonces. Es decir, que mataron con razón, y que las víctimas bien muertas y enterradas están.
Se trata, en definitiva, de una reciprocidad viciada e insana, pues para dignificar a los asesinos cuyos votos son necesarios (y después de sus votos habrá de mantenerse cierta complicidad legislativa) hay que denigrar a las víctimas. De lo contrario sería harto difícil “vender” la “normalización institucional” de quienes asesinaron por convicciones ideológicas, pues el tiro en la nuca integraba su programa político tanto como un congreso extraordinario, la confección de una lista electoral o una pegada de carteles. El premio por haber matado. Una vez más, y ya van unas cuantas, remitimos a la lectura del ensayo de Fernando Alonso: “La derrota del vencedor”. Quienes nunca mataron, no tienen premio. Quienes murieron, castigo duplicado.
Diréis cosas que nos helarán la sangre. La sentencia de la madre de Joseba Pagaza ha quedado para la Historia y habría que esculpirla en piedra para ilustración de venideras generaciones. Sobre el petroglifo desembarazarán sus tripas, indistintamente, los verdugos y sus simpatizantes, y también los socialistas de escalafón a las órdenes de “Pinganillo” Sánchez, pues aquéllos militantes suyos fueron, a sus ojos, asesinados por defender entonces una posición que hoy consideran equivocada. Son estorbos del pasado en el camino a la nueva investidura que es preciso arrinconar en la cuneta. Reliquias falsas y enmohecidas que no merecen veneración. Es casi una razón de “Partido” (mayúscula) marcar distancias con la trayectoria de Buesa, y su recuerdo, y una manera gráfica y efectista de desacralizar su memoria es ciscarse en su tumba.
Los muertos merecen un respeto, así sucede en el ecúmene de las culturas, donde la profanación de cadáveres y sepulcros, y de otros símbolos funerarios, se considera tabú, una práctica sacrílega, algo aborrecible e ignominioso. Ni los parias, los sudras más desharrapados, son susceptibles de escarnio y vituperio una vez muertos. Uno entiende que Bildu (Batasuna) no condene ese derroche de violencia excrementicia contra el difunto, pues sería como condenarse a sí mismo. Pero cuesta saber por qué diantre lo hace el PSE-PSOE, tan comprensivo hoy con los asesinos de antaño. Que nadie vea en ese vaciamiento de las tripas un acto transgresor, o cosa parecida, no hay paralelismo con el “Escupiré sobre vuestra tumba” de Boris Vian, un alegato gamberroide, nada extraño conociendo al autor, contra el segregacionismo racial en los estados del Sur. Aquí, tras la foto de “Pinganillo” Sánchez obsequioso y sonriente ante Merche Aizpurúa, la periodista abertzale (Egin) que señalaba objetivos a ETA, salta a la vista que la defecación ha sido una cosa regimental, casi oficial, prácticamente institucionalizada.

Pedro Sánchez con Merche Aizpurúa (Bildu/ Batasuna), sin pinganillo de por medio. “La performance artística en la tumba de la momia del Buesa ése de los cojones es sencillamente rompedora… qué texturas, qué colores, vanguardismo puro…”
PS.- Aunque también es un campeón, pero no al volante, el autor de «La derrota del vencedor» es Rogelio Alonso. Mil disculpas por el gazapo
