«Gunga Din» Montilla

Años atrás acuñó un servidor la expresión sonderkommando Montilla para referirse al político, natural de Iznájar (Córdoba), que llegó a ser, aunque nadie entendió cómo, presidente de su comunidad de vecinos. También fue alcalde de la populosa villa de Cornellá de Llobregat durante muchos años, ministro de Industria (en un gabinete de Zapatero, correveidile y palanganero por antonomasia de las narcodictaduras bolivarianas), y presidente, arrea, de la Generalidad de Cataluña. Nunca tantos y tan principales cargos llegaron a menos y a más un hombre al que incógnitos méritos adornan.

Lo cierto es que esa denominación es injusta y por ello me retracto. Los sonderkommando eran prisioneros judíos en los campos de exterminio encargados de tareas realmente espantosas, tales como sacar en carretillas los cuerpos inertes, amontonados, de docenas de personas asesinadas de una tacada en las cámaras de gas, para su posterior traslado a los hornos crematorios. Una tarea horripilante inmersa en un siniestro proceso industrial de la muerte a gran escala. A esa gente no le quedaban más bemoles que cumplir tan abominable cometido, pues de negarse habrían ocupado vacante en la matanza y otros habrían acarreado sus despojos. Que a medio plazo les aguardaba el mismo fin que el de todas esas víctimas, es indudable, pero de ese modo, y a ese alto precio, prolongaban unos días la esperanza de la supervivencia en el infierno.

Salta a la vista, que emplear esa denominación con Montilla en su calidad de doméstico de un envilecido PSC al servicio del nacionalismo es una hipérbole cruel, pues los sonderkommando las pasaron canutas, es dudoso que aquellos que sobrevivieron al horror, si los hubo, pudieran en adelante llevar una vida normal, superar el trauma y conciliar el sueño asediados por pesadillas mortificantes, equiparables al más devastador delirium tremens que quepa imaginar. Ellos lo hicieron velis nolis, forzados por las circunstancias y, en cambio, Montilla pudo elegir, no estaba en absoluto condenado a degradarse. Habría llevado una vida holgada, y acaso digna, sin mutar en patético arlequín y “agradaor” del separatismo.  

Uno de los hitos más notables en la dilatada vida pública (entendida como cursus honorum) de José Montilla fue, sin duda, casar a mi abogado y amigo Antonio (el oxímoron perfecto -también “dentista” entraría en la misma categoría-). Recuerdo, y el señor letrado no me afeará la verídica anécdota, y no me reprochará esta inocua indiscreción, que al ver al burgomaestre de la muy noble y leal villa me acerqué al contrayente y, antes de que diera inicio la ceremonia, le comenté al oído, discretamente, sin que me copiara la dama que al punto contraería nupcias con tan apuesto galán: “¿Pero has visto quién te casa?”. Y no sin retranca, y sin perder los nervios, como interesa a un hombre de leyes curtido en pleitos innumerables, me contestó: “Si la cosa va mal, solicitaré la nulidad del matrimonio por incapacidad manifiesta del oficiante”. 

La naturaleza servil, lacayuna, de Montilla casa mejor, propongo esta analogía cinematográfica, con Gunga Din, el aguador del regimiento británico, guerras coloniales del siglo XIX, que se bebía los vientos por ingresar en la milicia para lucir una casaca de tropa nativa y portar, no ya un odre de agua, si no un rifle al hombro. A tres oficiales les encomiendan la peligrosa misión de adentrarse en una comarca montañosa de la India para localizar la guarida de la secta criminal que idolatra a la diosa Kali. Cary Grant, Victor McLaglen y Douglas Faibanks, jr, menudo reparto. El papel de Gunga Din lo encarna Sam Jaffe, que se adelantó a Montilla en el casting. Lo de Sam Jaffe lo he consultado en FilmAffinity, pues nunca he sabido quién interpretó a nuestro héroe aborigen. Épica por un tubo, con mayúsculas, lo que ahora consideran morralla imperialista los fanatizados doctrinarios de la llamada izquierda “canceladora”, o sea, la hiperactiva inquisición progre. Ya saben, “La carga de la brigada ligera” en las colinas de Balaklava, inspirada en el poema de Tennyson: “Por el valle de la muerte cabalgaron los seiscientos”, “Tres lanceros bengalíes” de Henry Hathaway, “Beau Geste”, como la anterior con Gary Cooper como protagonista, el 7º de Caballería de Michigan al trote silbando las notas de “Gary Owen” o “La bandera”, de Duvivier, con Jean Gabin en el papel de “nadie en el Tercio sabía quién era aquel legionario…”. “Gunga Din” es un poema, cómo no, de Rudyard Kipling, autor de una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos, “Kim”, execrada y odiada por todos aquellos que proclaman que la civilización occidental es lo peor que le ha pasado a la especie humana.   

Montilla se ha jactado de “defender nuestro idioma” gracias al liberticida modelo escolar “inmersivo”, refiriéndose con “nuestro” al catalán, para sorpresa de muchos tras demostrar una dicción propia de alguien que aprende entre regular y mal una lengua a una edad avanzada. Lo habla mucho peor que Rufián, el de ERC (pero mejor que cualquier diputado del PNV el vascuence).

Participó este verano junto a Aragonés, Junqueras y el fugado Puigdemont, también asomó la sotana por ahí el abad de Montserrat, en un acto de la autodenominada “Universitat Catalana d’ Estiu”, que es uno de los hitos veraniegos del separatismo más exaltado. Asistió, claro es, en calidad de alto representante de la mayordomía socialista subordinada al supremacismo aborigen. Vamos, lo que en “La loca historia del mundo” de Mel Brooks vendría a ser el garçon de pis o piss boy. Y, cómo no, poniendo su honra en holganza, que decían los clásicos, declaró hace unos días que era partidario entusiasta de la amnistía de marras, que va más allá del indulto, pues supone la extinción, no de la pena, si no del delito. Queriendo decir que el rey Felipe VI se extralimitó en sus funciones al convocarnos en defensa de la democracia, que los “piolines” (terminología empleada por Pedro “Pinganillo” Sánchez en el Congreso de los Diputados) cargaron brutalmente y de manera gratuita contra la peonada civil de la trama golpista y que se equivocaron los tribunales que juzgaron los hechos (y se equivocaron de medio a medio, cierto es, al tipificarlos como “sedición” tratándose en realidad de una rebelión como la copa de un pino). Montilla, rápido de reflejos, anduvo al quite de unas declaraciones anteriores de Iceta que solicitó para el prófugo, a futuro relapso (“lo volveremos a hacer”), un “final feliz”… copiando el bailongo ministro la fraseología publicitaria de ciertas casas de masajes regentadas por señoritas de origen asiático.  

Montilla es el Gunga Din por antonomasia del separatismo, el número uno, el paradigma. No obstante, ha de entenderse que el genuino Gunga Din es un personaje bonachón, simpático, risueño, que quiere servir, y lo hace pagando con su vida, a una buena causa, en tanto que Montilla se revuelca en el lodo para congraciarse con el régimen. Y, para hacerse perdonar su origen foráneo, adopta el purismo radical e intransigente del converso aborrecible. Es decir, para hacer el trabajo sucio que place a los malvados. Ha habido y hay otros fámulos del particularismo, auténticas escupideras receptivas a sus salivazos más copiosos, sea el caso del finado Pepe Rubianes, el del insufrible Justo Molinero (Radio TeleTaxi, “la muñeca chochona”), el de Josep Maria Álvarez (antes José María), el fámulo sindical de UGT, o el de rastreros personajillos de la farándula como Jorge Javier Vázquez, prototipo de charnego agradecido y zar rojo y sectario de la telebasura marujienta, José Corbacho, Santi Millán (tristísimos ambos, años atrás, por el ingreso en prisión de Junqueras), Jordi Évole, entrevistador de cámara de todos los terroristas de ETA) y el plúmbeo cantante Antonio Orozco.

Obtenido el perdón de los sonderkommando, habré de ganarme el de Gunga Din, pues… ¿Quién en su sano juicio querría servir de mote para tan anodino y subalterno personaje?

Sahib, aquí “Gunga Din Montilla” para lo que usted mande… lo mismo multar rótulos comerciales en español, que impedir a los alumnos estudiar en su lengua materna, siendo oficial, que suscribir amnistías anticonstitucionales y otras inadmisibles bellaquerías. Lustrarle las botas a lengüetazos corre por cuenta de la casa.

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