Una violinista en el tejado

Meses atrás, la imbecilidad lingüística reinante en buena parte de España (y aquí la parte vale por el todo) le hizo una faena baja y sucia a una profesora de trompeta. Tras 35 años de magisterio, Encarna Grau, Játiva, tuvo que hacer las maletas al no acreditar el dominio suficiente de la lengua co-oficial exigido por aquellas latitudes, que lo mismo da sea valenciano, según unos, que catalán mal hablado, según otros. Joan Baldoví, de Compromís, fue el politicastro más beligerante de todos en esta lastimosa función. El mismo que bailaba torpe y zambombo sobre una tarima, espectáculo bochornoso, en solidaridad con Mónica Oltra tras dimitir la doña por los abusos probados de su marido (entonces lo era) a una menor tutelada… la misma chica que, siendo la denunciante, acudió a juicio esposada a prestar declaración. Usos y costumbres de la progresía más repulsiva. Encarna Grau, de trompeta sabía un rato, pero los “pronoms febles” (pronombres débiles), no eran su fuerte.

Hoy la misma imbecilidad lingüística, y particularista, además del ferviente deseo de impedir a toda costa, y a toda normativa sectaria y descerebrada, la igualdad efectiva en derechos civiles y políticos de todos los españoles, nos traslada a Galicia, territorio Feijóo, a la localidad coruñesa de Ames, no muy lejos de Chanchencho (véase tractorada anterior). Una profesora de violín, con 17 años a su espalda arrancando sublimes acordes al instrumento y triplicando en puntuación, 100 contra 35, a la segunda candidata a consolidar la plaza, ha sido excluida del concurso al no acreditar el nivel de gallego requerido. Nuestra heroína es de origen polaco, tan polaca como Vladislav Szpilman, el pianista que sobrevivió a los nazis, interpretado por Adrien Brody en la extraordinaria película dirigida por Roman Polanski.

Se infiere de la noticia que la decisión compete al consistorio, donde PSdG (PSOE) y BNG (pronúnciese be-ene-gé) obtuvieron mayoría absoluta, 11 concejales de 21 (legislatura anterior, que es la que interesa), y 13 tras las municipales de mayo. Pareciera que el gobierno regional del PP nada tiene que ver o hacer en este asunto, pero uno se teme que no es del todo así. En las generales estivales de hace unas semanas, el partido de Feijóo (¿”Feijoy”?) se ha impuesto claramente en Ames con un 40’5% de los votos escrutados. Quiere decirse que dicha localidad no vive de espaldas a la dinámica política reinante en la región. El “ambiente” posibilita tan absurda y arbitraria decisión de la alcaldía. El discurso lingüístico sectario y liberticida que la habilita, no desentona con el paisaje de fondo pergeñado, legislatura tras legislatura (y van unas cuantas), por el gobierno de Feijóo, candidato a la presidencia de España por el partido mayoritario de la derecha.

Cierto que la versión local de esa derecha no alienta un desencuentro litigioso o conflictivo con la idea de España, pero es decididamente galleguista desde hace mucho tiempo, ya con Fraga erigido en señor local, acaso con intención de bloquear la emergencia de una derecha regionalista o nacionalista que amenazara las mayorías absolutas o diera los gobiernos a la izquierda cambiando de bando. La cuestión es que ha sido el PP el partido que calcó para Galicia las coactivas políticas lingüísticas perpetradas en Cataluña. No tenemos noticia de la menor rectificación en esa materia desde que Feijóo gobierna el brumoso reino de Breogán, más bien al contrario, pues a sus órdenes tiene a una jefa del aparataje lingüístico, Alicia Padín se llama ese brollante hontanar de sabiduría, que saltó a la fama diciendo, pizca más o menos, que en Galicia “ninguna persona culta debería hablar la lengua española en público”. Una declaración perfectamente homologable a la de sus pares del catalanismo más bilioso y exaltado.

Los cacicatos particularistas la han tomado con la lengua, cosa que va de suyo, pues es una manera efectiva de marcar perfil, de enfatizar artificiosamente las diferencias entre regiones que refuerzan tendencias centrífugas y escenarios de bilateralidad con el gobierno de la nación. De ello sacamos algunas conclusiones elementales e indiscutibles, salvo que pretendamos auto-engañarnos: que en España las lenguas co-oficiales no son un mecanismo para fomentar el diálogo y el entendimiento, que el autonomismo propende a la fragmentación de la comunidad política y es un obstáculo real para alcanzar la igualdad legal efectiva entre ciudadanos y además favorece la impostura y la suplantación del Estado de Derecho por estadículos de bolsillo a la rebatiña, como esos buitres que se disputan a picotazos la carroña de una res muerta.

Y, con la lengua como excusa, la han tomado también con la Sanidad. Notorio es el caso de Baleares. Si bien es cierto que los gabinetes insulares del PP hicieron seguidismo del modelo coactivo lingüístico de Cataluña (época de Jaume Matas), no tenemos noticia de que entonces el conocimiento de la lengua co-oficial fuera un requisito para el desempeño de ciertas especialidades médicas, extremo al que se ha llegado con el gabinete saliente de Francina Armengol (PSIB-PSOE), prevaleciendo el artículo “salado” (“salat”) sobre las aptitudes quirúrgicas y oncológicas del personal. De tal suerte, que era posible que un paciente se topara en la mesa de operaciones con un matasanos que recitara de memoria “La vaca cega”, pero no distinguiera un bisturí de una llave inglesa. 

La fijación de los nacionalistas con la enseñanza de la música es algo extraordinario, pues se entiende que el musical es un código expresivo prácticamente universal que apela a las emociones, aunque no descarto que la sinfonía sea un fenómeno incomprensible para un bimin-kuskusmin de Papúa-Nueva Guinea e incluso horrísono a sus oídos. Es claro que la música clásica (orquestal) no se rige por los mismos criterios que la comunicación verbal y por ello habría de quedar al margen de estas milongas particularistas, aldeanas, microscópicas, ridículas y cansinas. Pero no es así, lo que demuestra que el nacionalismo esencialista, o de base identitaria, quiere abrazarlo todo y en ello guarda una cierta similitud con el diseño colectivista de las sociedades. Los agentes de la Stasi (“el escudo y la espada del partido”), por ejemplo, querían saber qué decía el paisanaje incluso en su alcoba, y por eso lo llenaban todo de micrófonos. Los nacionalistas quieren saber más que lo que dice, en qué idioma lo dice, incluso en qué idioma folla el personal. Y, cómo no, en qué idioma juegan los niños en el recreo… y por ello advierten ya sin disimulo a docentes y monitores de actividades extra-escolares que en lo sucesivo ejerzan de polizontes lingüísticos en el patio de la escuela: “Jugad en catalán u os requiso la pelota”. Algunos miserables se prestarán a ello de grado.

Es completamente antipoético, pero dad por cierto que si los nacionalistas “tomaran los cielos al asalto”, de la mano de sus más insignes palanganeros de la actual izquierda (anti) española, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Yolanda Díaz, sacarían la libretita de las amonestaciones para ver en qué idioma tañen el arpa los angelones, y les importaría un pimiento si interpretan la sublime y divinal música de las esferas celestes o una zafia pieza de charanga verbenera. Entre tanto, a nuestra profesora defenestrada por los galleguistas intolerantes no le queda otra que tocar el violín en el tejado.  

 

https://www.vozpopuli.com/espana/profesora-violin-nota-plaza-gallego-c1.html

Si la profesora da las clases de violín en español, dentro hay una metralleta, si las de en gallego, un Stradivarius

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