Manifiesto milenarista: «la especie está en peligro»

Nuestro aborigenismo exaltado nos ha deparado en estos años momentos inolvidables. ¿Una lata, un tostón? Nadie en su sano juicio lo discute. Pero también es cierto que en el ancho mundo, donde abundan los particularismos más pintorescos, muy pocos pueden presumir de compartir, como nosotros, su espacio vital con personajes e ideas tan estrafalarias. Entre el hastío y el llanto, se cuela en ocasiones una carcajada, humorismo a lo Ciorán, como de desollado vivo, una risa mandibular y entrechocante de calavera repelada. Un amplio segmento de la sociedad catalana, hibridado de disociación cognitiva y de sobreexcitación emocional por causa del nacionalismo identitatario (“som el que som”), está dispuesto, como abandonado a sí mismo y a medio plazo irrecuperable, a creerse cualquier cosa y a definirse a sí propio en base a esas creencias delirantes, de índole mágica y pre-racional.

En el cuadro clínico de la psicopatología de masas encaja, como el zapato a su horma, el último manifiesto del autodenominado “Moviment per la Independència de Catalunya” (tanto gusto) que ha gozado de cierto eco mediático entre el incesante alud de majaderías que, cual brollante hontanar, dimana del separatismo. El nudo gordiano del manifiesto interesa a una suerte de trashumancia espiritual, yendo, muy llamativamente, y con un desparpajo conmovedor, de lo particular a lo general, a lo universal incluso. Para el citado, y hasta la fecha ignoto movimiento (enero de 2023, véase enlace), la consecución de la república catalana es “imprescindible para nuestra supervivencia como personas, como pueblo y como especie humana”. Con otras palabras: chocolate amarillo, corre, corre, que te pillo. El redactado del manifiesto no deja claro si la supervivencia del “pueblo catalán” (el “pueblo elegido” según la ortodoxia mesiánica), incluidos los catalanes que no tenemos ningún deseo de ser “salvados” de no se sabe qué apocalíptica tragedia, interesa exclusivamente al pueblo aludido o a la totalidad de la Humanidad, sin olvidar a los bimin-kuskusmin de Papúa-Nueva Guinea.

Quiere decirse, o bien la independencia de Cataluña es imprescindible para el conjunto de la población mundial, o bien el pueblo catalán fagocita y agota la “condición humana”, y no disfrutan de ella los demás “pueblos” que componen nuestra especie, considerados “subhumanos” en adelante. Clasificación a beneficio de inventario (quien parte y reparte…) que entronca con las taxonomías zoológicas de algunos pueblos primitivos (que ahora llaman “originarios”) y que practican o han practicado el canibalismo hasta no hace tanto allá por el Amazonas o por la selva de Borneo. Pueblos que generalmente se autodenominan “los hombres” (sin el preceptivo correlato del género inclusivo: “y las mujeres”) y excluyen de esa tipología a otras tribus, por lo que éstas últimas serían indiscernibles, según su cosmovisión, de especies como el capibara, el pangolín, el meloncillo o el casuario, pasando, no siendo humanos, a ser “comestibles”. Y borrando de un plumazo posibles tabús alimenticios. O sea, a la olla, nene, con unos ñames y aromáticas nueces de macadamia.

Se deduce del manifiesto que, sin independencia de Cataluña, los catalanes, y acaso el resto de los mortales, estamos en grave peligro de extinción, como el lince ibérico, el tigre de Bengala o el perrito mapache, al que algunos responsabilizan ahora de la transmisión del covid-19. Causante de todos los males del mundo, sería, cómo no, la maldita, pérfida y opresora España que, con el sencillo gesto de conceder por las buenas la independencia a Cataluña, nos salvaría a todos de una colosal hecatombe.

En el manifiesto late una pulsión naíf, infantil, de una ingenuidad que casa a las mil maravillas con los milenarismos que han sido profusamente analizados por sesudos ensayistas (*). Nos presentan un “pueblo catalán” desesperadamente confundido con el resto del mundo, a imagen y semejanza de ese niño que no ha completado su proceso de individuación y tiene dificultades para diferenciarse de su entorno. La mistificada bondad primigenia que define al “buen salvaje” no contaminado por las corruptoras pestilencias de la civilización, es el ingrediente básico para poner en marcha la redención, la salvación del “pueblo/ especie”. Sin ese candor angélico no echa a andar la catarsis milenarista.

Ese extraordinario fenómeno, el milenarismo, irrumpió con fuerza en Europa allá por el año mil de nuestra era, claro es. Con la llegada del nuevo milenio surgen, como setas en otoño, batallones de visionarios enloquecidos, de profetas exaltados y frenéticos (los, cómo los llaman… ¿”Influencers”?… de la época), descabellados heresiarcas, sectas a tutiplén, afanes redentoristas, la voluntad de hacer tabla rasa del pasado, el anhelo por establecer una humanidad libre de pecados y de ominosas proscripciones impuestas por la jerarquía eclesiástica y por los señores feudales. Y se dan cita todo tipo de excesos, episodios de histeria colectiva, crímenes y promiscuidades, fructífera semilla de dulcinistas y flagelantes desquiciados.

El esquema milenarista cumple también en esta tractorada, aunque sin esas desaforadas extravagancias. En el año 1988, el entonces intocable Molt Honorable organiza los fastos del llamado “Mil·lenni” del “nacimiento” de Cataluña. Aperitivo del “Plan 2.000”, cuando Pujol, entonces nuestro santón, nuestro guía espiritual, traza al rayar el nuevo milenio la hoja de ruta, como se dice ahora, del proceso soberanista que tantas jornadas de gloria nos ha proporcionado. Afloran por doquier los apostólicos voceros de la buena nueva encabezados por Pilar Rahola, la monja argentina o el economista de las americanas de vivos colores que nos dan plúmbea chapa desde el plató de TV3 (y medios afines) para evangelizarnos como es debido. Y, va de suyo (véase tractorada anterior, “La Flama me inflama”), descenderá en picado la afectación por el cáncer (lo dijeron), el desempleo será un mal recuerdo, no habrá listas de espera en los hospitales (esto también), nuestra renta se eyectará a los cielos superando en un pispás la de Suiza (pues seremos la “Dinamarca del Mediterráneo”, textual), ingresaremos como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (y esto) y nos besarán el culo todas las mañanas. En mi caso, dedicándole especial atención a cada una de las hemorroides que circundan mi orificio anal. 

Falta, es inexcusable, la figura angular del “ungido”, del “enviado”, esto es, del “mesías”, descartado ya Jordi Pujol por imperativo de la edad y por enriquecimiento ilícito del clan familiar (trama corrupta que jamás se sustanciará en los tribunales). También Artur Mas, a pesar de aquel sublime cartel electoral con los brazos abiertos en los que remedaba a Moisés (Charlton Heston) separando las aguas del Mar Rojo. Y Puigdemont, fugado a Waterloo en el maletero de un coche y Aragonés, por inane… (Junqueras está demasiado fondón, panza prominente, para representar el papel de famélico e irascible gurú que conviene a todo conductor de masas). Como agua de mayo, el milenarismo (y mesianismo) catalanista espera a su invicto paladín.

Para mí tengo que, por cerrar el círculo, esta búsqueda y captura de mesías, una suerte de casting para completar el elenco de semejante astracanada, habría de encomendarse a los creativos chicos del INH (“Institut de Nova Història”). Comoquiera que han catalanizado a Colón (Colom), que zarpó de Pals, a Leonardo, que no era de Vinci, si no de Vich, o a Cervantes (Sirvent, como las famosas horchaterías), empresa tan comprometida no les supondría la menor dificultad. Y catalanizarán si es menester, quién lo duda, al mismísimo Jesucristo, una minucia para tan privilegiados cacúmenes… pues bien pudo nacer en un humilde chamizo en Betlan o Betrén, localidades ambas del Valle de Arán, siendo el ara-nés, que no el ara-meo, su lengua materna, errónea transcripción del Nuevo Testamento que habría distorsionado fatalmente nuestro conocimiento de la Historia sagrada. Ya no cabrá error cartográfico alguno, y la Segunda Venida, la parusía, o glorioso advenimiento del Salvador al final de los tiempos, tendrá como escenario las sendas y trochas, las comarcas (“les contrades”) de nuestra amada Cataluña… con el beneplácito del abad de Montserrat y del que fuera obispo de Solsona, Xavier Novell, que anda ahora ejercitándose como avezado operario (mamporrero) de la inseminación porcina.

(*) Bibliografía básica, encarecidamente recomendada, sobre milenarismo:

-“En pos del milenio”, Norman Cohn (Alianza Editorial), una maravilla que pienso releer, pues uno ya tiene edad para regresar a aquellas lecturas que le dejaron huella.

-“Al son de la trompeta final”, Peter Worsley (Ediciones Siglo XXI), sobre milenarismo melanesio.

-“Rebeldes primitivos”, Eric Hobsbawm (Ariel Editorial), a quien, eso dicen, con la edad le entró el sentido común y se alejó de su ortodoxia marxista.  

 

https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/entidad-independencia-imprescindible-nuestra-supervivencia-especie_759419_102.html

“Está en peligro nuestra supervivencia como pueblo, como especie humana e incluso como club… la tormenta perfecta”, declaró este veterano hincha del Barça tras suscribir entre gruesos y desconsolados lagrimones el manifiesto del “Moviment per la Independència”. “Mis nietos verán una Cataluña independiente… a mí ya me pilla muy mayor”, añadió.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar