Lenguas para no entenderse (paradigma Julita Bacardit)

Años sufriendo la misma cantinela de boca de equidistantes y “bienintencionados”, esos que son coartada pavitonta y perfecta de discriminadores y desaprensivos: “las lenguas están para entenderse”. Eso podrá decirse con razón de las llamadas linguas francas, como antaño fueran el latín o el francés, lengua diplomática durante siglos en todas las cancillerías, ahora el inglés o el español, que goza de una situación ventajosa a escala mundial (salvo en España, claro es). Idiomas que, por razones históricas y utilitarias, cuentan con un fuerte arraigo en muchos países y con comunidades de hablantes repartidas por el ancho mundo. Ese estatus lo tiene el español, pero no el vascuence o las lenguas ugrofinesas, qué le vamos a hacer… la vida es así, no la he inventado yo. Hete aquí que hay otras lenguas que, por el uso torticero que se hace de ellas, levantan barreras, condicionan la libre movilidad de las personas (incluidas las enfermeras gaditanas) y sirven, acaso ellas no tengan la culpa, para dividir, para enfrentar, para conferir derechos civiles y políticos diferenciados frente a los hablantes de otras y ocasionar agravios. En resumidas cuentas, para que nos demos la espalda y, contrariamente a la bonancible divisa antes entrecomillada, para “desentendernos”.

Son las lenguas babélicas. O lenguas regionales, reales o impostadas (baturrés, bable) con marchamo de co-oficialidad. Esas lenguas que, en su reivindicación y defensa, late un afán de revancha. Afán que no está en la lengua misma, claro es, pero sí en sus paladines. De modo que la lengua se impregna del uso que se hace de ella, materia moldeable como la arcilla, y deviene intención, herramienta, un arma, por así decir, que es lo que supone la tecnología a la ideología dominante en la crítica de Marcuse a la sociedad contemporánea (no ha mucho leí “El hombre unidimensional”, su ensayo más difundido: menudo tostón). La tecnología, según Marcuse, no es neutral, obedece a su amo y perpetúa la represión. Con el tiempo, y tras un proceso hiperregulatorio (normalización lingüística, inmersión obligatoria en la escuela pública, colonización total del paisaje comercial, de las comunicaciones administrativas con el ciudadano, del ocio subvencionado en el espacio público, especialmente el dirigido a la infancia), las lenguas babélicas dejan de ser neutrales para convertirse en elementos de obligada observancia, en mérito o requisito puntuable para la obtención de un empleo público, en exigencia, en ley, en sanción económica si no se acata su artificiosa preponderancia. Y se convierten en lenguas antipáticas y “regimentales”, no de un regimiento de alabarderos, pero sí de un régimen político rayano en el liberticidio.

Las lenguas babélicas de inmediato generan organismos públicos parasitarios a cargo del contribuyente (academias, observatorios, cuerpos de inspectores con capacidad sancionadora, campañas institucionales destinadas a promover su uso en todos los ámbitos), mil tentáculos diversos para llegar a todas partes, lo mismo al etiquetado de productos en el colmado que a la publicidad en las marquesinas de las guaguas o al doblaje de las películas, incluidas las pornográficas. Se trata de convertir la lengua babélica en un elemento omnipresente en la vida cotidiana del paisanaje. Todo ello redunda en la creación de un nutrido ejército de “funcionarios” que cobran su salario y pagan las facturas gracias al nuevo rango legal y, sobre todo, preferente, de la lengua babélica de turno. La defenderán a capa y espada, no en vano su modo de vida depende de ello. Y así vemos que en Aragón, RENFE publicita su tren turístico a los Mallos de Riglos con la siguiente divisa: “tren cheolochico” (véase la tractorada del mismo nombre). Descomunal majadería, reír por no llorar, que sólo puede prosperar en una comunidad nacional que deserta de sí misma como la española.

Con ese paisaje de fondo, no es extraño dar con actitudes como la de Julia (Jùlia) Bacardit, jovencísima novelista en lengua catalana, que ha alcanzado en estas fechas cierta notoriedad. Y es que la criatura, por contrato con la editorial, ha impuesto una llamativa cláusula: renuncia a que su obra se traduzca al español y se edite en esa lengua, pues la interfecta, que aspira a vivir en una comunidad monolingüe, no quiere contribuir a la “bilingüización” de nuestra tan amada como desnortada región. Que la podrán traducir al japonés, si hay interés comercial en ello, al inglés o al burmeso, pero al español, jamás de los nuncajamases.

Julita comete un error que no le tengo en cuenta: “no hay “bilingüización” a la que no contribuir”, pues la catalana es una sociedad bilingüe tiempo ha (incluso antes del régimen franquista, aunque esta afirmación contravenga los prejuicios del hato ovino ahormado al discurso oficial, sea el caso de la novísima escritora). Cualquiera que conozca nuestra Historia lo sabe: desde los autores catalanes que escribían en español, pues lo conocían, poetas como Juan Boscán o ensayistas como Jaime Balmes, a los documentos gráficos que nos aporta la prensa catalana del siglo XIX. Sin duda, Julita es una de esas catalanas, hijas de la inmersión obligatoria y del adoctrinamiento, fenómenos que entre sí se explican y se complementan, persuadida de que Cataluña era una nación pacífica, independiente y feliz, reconocida en el orbe de la Tierra, habitada por pitufitos azules, gentes ingenuas y bondadosas (sin epidemias de peste, guerras de banderías, progromos anti-hebreos, opresiones feudales, persecuciones religiosas y otras mandangas propias de naciones apolilladas y antiguas). Y, claro es, completamente monolingüe… hasta que Franco nos desnaturalizó enviándonos en trenes de ganado, a partir de los años 50 y 60 del pasado siglo, docenas de miles de mesetarios hambrientos y malolientes, de acento ceceante y con los sobacos repletos de golondrinos purulentos.

En realidad lo que Julita pretende, eso me malicio, es contribuir al “monolingüismo” obligatorio. Ella tiene más que suficiente con publicar su novela en catalán para labrarse un futuro literario en un entorno geográfico de proximidad y vivir de ello con cierta holgura, concediendo de vez en cuando una entrevista a TV3, RAC-1, 8TV, la revista Catalonia Today dirigida por la señora de Puigdemont o al ruinoso diario Ara. Cabe decir que no pocas de las novedades editoriales en catalán gozan de subvención, si no directa, indirecta, pues buena parte de la tirada se destina a bibliotecas municipales y escuelas públicas, que son una suerte de clientela cautiva de esa producción cultural teledirigida desde el poder político. En otras palabras, aunque usted no adquiera el ejemplar en la librería, ha patrocinado su publicación, es decir, ha contribuido vía impositiva, unos céntimos de su tramo autonómico del IRPF, a sufragar los gastos de edición y las regalías de autor, pese a que le importen un pimiento las elucubraciones de la señorita Bacardit. De tal suerte que podríamos afirmar, sin caer en burdas exageraciones, que nuestros novelistas en lengua «local» son autores “semi-públicos” o que la suya es una “literatura cuasi funcionarial”, tanto como el informe anual de accidentes de tráfico en las carreteras catalanas.

Los escritores catalanes tienen dos formas inmediatas de asomarse al mundo, escribiendo en catalán o en español. También lo pueden hacer en árabe o en chino mandarín, si su dominio de esas lenguas es suficiente para describir situaciones aseadamente y definir conceptos. Cabe decir que, haciéndolo en catalán, su opción de trascenderse a sí mismos, darse a conocer y comunicar ideas es más limitada por razones obvias. Pero los de mayor poso y sedimento literarios no renunciaron a que sus textos fueran traducidos para incidir en más lectores. José Pla o Salvador Espriu en ocasiones escribieron en español, o ellos mismos dirigieron la traducción de sus obras.

En la ensayística y la literatura, en prosa o en verso, laten el afán por comunicar con otros, cuantos más, mejor, y si no en número, en calidad lectora. Sea el caso de un elitista Juan-Eduardo Cirlot, que jamás pretendió agradar a un público multitudinario. J(ù)lia Bacardit le da la vuelta al calcetín y trastoca esa función comunicadora y expansiva de la creación literaria. Ella renuncia a trascenderse, o mejor: no quiere trascenderse. Es un acto voluntario, una afirmación. Un vector volitivo de su estructura de personalidad. Sólo quiere transmitir cosas a su círculo de amigos, acaso una mera extensión de sí misma, a su tribu o clan. No aspira a ser conocida “más allá de”. Ningún autor, por celebrado y universal que sea su fama, lo consigue completamente. Pero la pretensión está ahí. Para los autores inéditos, aquellos que no nos comemos un colín, y que soñamos con darnos a conocer, ganar un lector, un solo lector que no pertenezca a nuestro entorno más inmediato, es una victoria descomunal y la celebramos bailando un rigodón.

Nuestra amiga Julita no pretende que sus palabras viajen por el espacio y el tiempo e incidan de algún modo en humanidades diversas. Le importa un bledo que sus reflexiones generen alguna reacción allende las lindes de su aldea, de su comunidad. Podrá acceder la interfecta a que su novela sea traducida, si contiene trazas de calidad o refleja situaciones universalmente comprensibles, al urdu o al tagalo, pero no a la lengua española. Por esa razón estimo que J(ù)lia Bacardit no es una escritora en sentido estricto, aunque junte palabras en una cuartilla, pues desprecia la cualidad comunicadora de la literatura. Es, no aspirando a ser leída, en su deseada intrascendencia, no mucho más que aquel pregonero del pueblo: “¡Por orden del señor alcalde…!”. Sabe la doña que las lenguas regionales, las lenguas babélicas, están para eso, para desentenderse del resto del mundo. Y en eso aventaja a los «blanditontuelos» que nos dan la murga desde hace décadas para justificar su claudicante sumisión a las cooficialidades fragmentarias: “las lenguas están para entenderse”.  

  Hola, soy Jùlia Bacardit: tonto quien me lea

PS.- El rey emérito regresa, al decir de los noticieros-TV…  ¡A Chanchencho! Otra vez Chanchencho en la comida y en la cena. Desesperante. Sólo un reportero de entre docenas, hablando en español, ha tenido el cuajo de decir Sangenjo (véase tractorada titulada “Chanchencho”, tal cual).

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