Nada más llegar a Huesca y franquear la puerta de la oficina de turismo municipal, entro en una nueva dimensión idiomática. Entro porque leo el cartel que dice “ubierto”. Cuando no está “ubierto”, todo hay que decirlo, está “zerrau”. El chico que me atiende, un profesional muy capacitado, tras una batería de pormenorizadas y doctas explicaciones acerca de las innumerables maravillas de Huesca capital y provincia, me habla ufano y orgulloso de los redoblados esfuerzos por preservar la “fabla aragonesa”, la que se hablaba (y supuestamente se habla aún en los valles del Pirineo oscense). Le agradezco la “info” y le comento que procedo de Barcelona y que aquello es el paraíso de quienes instrumentalizan la lengua y la ponen al servicio de la segmentación social y de la aminoración de derechos civiles y políticos, convirtiéndola en una herramienta de dominio que se hace odiosa para un amplio espectro de la población. El muchacho esboza una sonrisa y asegura entre aspavientos y graves protestas que eso no sucederá ahí. Conclusión: ya están en ello. Ha nacido el «baturrés». A no mucho tardar aparecerá la Academia de la Fabla, donde hallarán acomodo y generoso sustento unos cuantos catedráticos de nuevo cuño…
… y levas de profesores acreditados a correprisa con el nivel C de «baturrés». Una plaza por escuela, para empezar, con su departamento propio y suscrito a revistas editadas con dinero público en esa entrañable jerigonza. Emisiones de programas radiofónicos y televisivos en la cadena autonómica de rigor. Doblaje de pelis al «baturrés»: lo mismo una de arte y ensayo de Lars Von Trier que “Los bingueros”, o la filmografía completa del insigne paisano Paco Martínez Soria, sin olvidar, claro es, la de Luis Buñuel. Campañas institucionales dirigidas a los «peques» del tipo “Juega en baturrés”. Y a los adolescentes: “Drógate o cámbiate de género, pero en baturrés”. Becas a pan y cuchillo para ensayistas, poetas y músicos, lo mismo joteros que raperos, por darle al «baturrés» un aire actual y urbanita. El titulín para ejercer la medicina, como en Mallorca, o para tocar la trompa, sea el caso de Valencia (véase la tractorada “No me toques la trompa” con el “oltrabobo” de Joan Baldoví como “prota”). Requisito para optar a una plaza de bombero, pero también de bedel en una escuela pública. Y así ad infinitum. Maños, preparen la billetera que hay que pagar a escote la verbena.
Uno de mis primeros contactos con el «baturrés» fue cosa de un conocido nacido en Jaca. Me vaciló divertidamente: “¿Sabes cómo se dice “orgasmo” en aragonés (por baturrés)?”. “Que me aspen si lo sé”. “Voy, voy, voy”. Y no era un chiste. Caí en la cuenta de que eso ya lo sabía, hurgando por introspección en los recuerdos cinematográficos de mi infancia. “Voy, voy, voy” es lo que dice todo el rato Papik, el entrañable lugarteniente esquimal de Anthonny Quinn en esa sensacional película de aventuras de Raoul Walsh titulada “El mundo en sus manos”… es decir, cuando los superhéroes no tenían la cara verde, ni echaban rayos por los ojos y, menos aún, lucían inquietantes “slips” de colorines sobre una guisa de leotardos muy ajustaditos. Luego Papik no era un inuit, si no un aborigen del valle del río Tena, que aún cuenta con glaciares, neveros e ibones, pequeños lagos de alta montaña, al pie de la inmensa mole de la peña Foradata que enhebra las nubes con su imponente aguja de piedra. El bueno de Papik, un tipo enorme… aunque no tanto como su “paisano”, Fermín Arrudi, el gigante aragonés, oriundo de Sallent de Gállego, que midiendo 2’30 prefirió dedicarse a la música tradicional a probar fortuna en las canchas de baloncesto (chiste malo).
Me acerco a la oficina de turismo de Sallent de Gallego, pintoresca localidad a tiro de piedra de la frontera. Es una caseta de madera, acogedora, como ideal para una familia de duendes, con tejadillo a dos vertientes, muy al caso por el entorno. Me atiende una chica monísima y muy simpática. Un encanto. Curiosamente la oficina está “abierta”, no “ubierta”, según reza el letrero con el horario inscrito de atención al público, y al punto me malicio que los capitalinos son quienes más se empeñan en que los montañeses hablen esa suerte de idioma ensoñado, la “fabla”, con el que estos últimos, a la pata la llana, se limpian el culo.
El enlabio consiste, es obvio para cualquiera que tenga ojos y dos dedos de frente (basta uno para entenderlo), en cultivar esa suerte de cachufleteo, o cantinfleo, para impostar o aparentar una lengua “propia” que fundamente un pretendido «hecho diferencial» a regar primorosamente con millonadas anuales. En España, quien no tiene una «lengua propia” distinta al español es la nada, un escupitajo abandonado en la calle, un reseco excremento de chucho. Un cero a la izquierda. Ergo… si no se tiene, se inventa. “Eh, que nosotros tenemos lengua propia distinta al español, es decir, universo cultural singularizado, por lo tanto, habríamos de obtener ventajas presupuestarias y un trato de tú a tú, bilateral, con el gobierno de la nación, como los vascos o los catalanes…”. Cualquier cosa antes que conformarse con la triste y ramplona “EBM”, o “Españolidad Básica de Mierda”. Una lengua “propia” es un negocio redondo y siempre genera una importante red clientelar que pagará hipoteca, coche, la factura del gas y de la luz, el cole privado de los peques y una segunda residencia gracias a tan suculento artefacto.
Hace unas fechas, Pablo Echenique vistió de largo el «baturrés» utilizándolo en sede parlamentaria con el pláceme de la señora Batet que, contra todo pronóstico, aún permite que sus señorías hablen en español en el Congreso. Nunca una lengua pudo dar con mejor valedor y trovador que ése. Y no me refiero al día en que, engallándose sobre su silla curul, como diputado electo que es, y para celebrar un éxito electoral de Podemos, atacó, cual rapsoda de la antigüedad, una jota un tanto licenciosa que reúne todos los estándares inclusivos exigidos por las ultrafeministas pro-castración más recalcitrantes: “Chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia… Chúpame la minga, Dominga, que tiene sustancia”.
El tren “cheolochico” que destina RENFE a los mallos de Riglos, y que ilustra esta tractorada, es la prueba del nueve de que el «baturrés» ha salido de la estación y coge velocidad a todo trapo. Ni el AVE rumbo a Zaragoza-Delicias. Es sabido que la “cheolochía”, ciencia que trata de la forma exterior e interior de globo terrestre y de la naturaleza de las materias que lo componen, tenía en un sin vivir a los hablantes de la “fabla baturroide” y por esa razón dieron con tan oportuno vocablo para incluirlo en sus conversaciones habituales. En la feria de ganado que por esas mismas fechas, a mediados de octubre, se celebraba en Biescas, la “cheolochía” iba de boca en boca punteando las charlas agropecuarias entre los tratantes del sector en bares y cafeterías. Huelga decir que en Riglos, con esos espectaculares farallones de piedra, los mallos, la “cheolochía” se manifiesta ante nosotros en todo su esplendor.
Como sucediera con el mencionado y orgásmico “voy, voy”, he recordado, huroneando entre mis recuerdos infantiles, que lo de “cheolochico” contaba con un precedente fundacional, y no es otro que la divertida letra de una canción, “La chevecha”, entre bufa y guasona de Palito Ortega, cantante y actor argentino de fama mundial: “Eche vacho de chevecha que che chube a la cabecha”. Palito Ortega, pues, cantaba chamullando farfollas en «baturrés»… y sin saberlo. Mayor mérito si cabe. El «baturrés» salta a la palestra. ¿Tren “chaolochico”?… Vamos, no me jodas… ¿De verdad le vais a hacer eso a vuestros hijos?… Atxc (*).

Chucuchú, chucuchú, reserve sus billetes para el inolvidable “biache en el tren cheolochico” que rivaliza en encanto y misterio con el Orient Express.
(*) Atxc, abreviadamente, “a tomar por culo”.
