Dos tontas muy tontas

La finalidad de esta tractorada es promover la llamada “inclusividad” de género, de conformidad con el ambiente dominante. En efecto, las mujeres, si se lo proponen, pueden ser tan tontas como tontos somos los hombres, si no todos, muchos. La competencia está reñida y es difícil vaticinar quién o quiénes se alzarán con tan codiciado trofeo. Carlo M. Cipolla lo anuncia de manera inequívoca en la segunda ley fundamental de su conocido ensayo sobre la estupidez humana: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. El espíritu de la ley no atiende a baremos étnicos, geográficos, cronológicos o de género. Cualquiera puede ser idiota lo mismo aquí que en las Quimbambas, en el pasado que en el presente o haga pis de pie o en cuclillas. Quizá el pensador italiano, por mejor formular su tesis, podría haber añadido que la estupidez es el nexo de unión que subyace a todo el género humano y que es el mínimo común denominador de la especie. Y que nada hay más universal y más democrático que la imbecilidad. Que la estupidez, como la muerte, Jorge Manrique, o como el vino, Charles Baudelaire, nos hace a todos semejantes.

Al honorífico rol de la estupidez se suman con paso decidido dos mujeres procedentes de muy diferentes ámbitos: la afamada historiadora Elvira Roca Barea y una cotizada jugadora de fútbol del Barça femenino, la suiza de origen croata Ana-Maria Crnogorcevic. Se apellida así la criatura (como Cipolla se apellida Cipolla) y aquí ni se pone ni se quita una coma. Ambas forman una dupla de primerísimo nivel y siguen la estela, tontos a pares, trazada en su día por Ibai Llanos y Gerard Piqué (véase la tractorada, cómo no, titulada “Dos tontos muy tontos”).

Elvira Roca ha manifestado recientemente que ella votaría a favor de que a Cataluña se le concediera la independencia de una vez por todas. Que ya va siendo hora de que España se deshaga para los restos de ese lastre tóxico del nacionalismo catalán, siempre insaciable, siempre dando la murga con una interminable batería de agravios históricos, la mayoría de ellos más falsos que un duro sevillano, y exigiendo, cómo no, prebendas a capazos y millonarias compensaciones. El sentido del hipotético voto de doña Elvira se ajusta al dicho “muerto el perro, se acabó la rabia”. Y tras largar semejante gansada, se queda tan ancha. Ella, toda una ensayista de referencia para abordar el espinoso asunto de la “leyenda negra” contra España, al copo de perrerías y de exageraciones, que empezó a urdirse allá por los siglos XVI y XVII (Holanda e Inglaterra) y que aún hoy arrastramos, siendo los propios nacionales los más propensos a darle carrete, acaso por aquello del “auto-odio” y de nuestros innúmeros complejos. Uno de los grandes bulos de la Historia, trabajado primorosamente… un pariente mayor del homófobo “bulo del culo” difundido por los medios meses atrás, solo que a escala mastodóntica. Que los españoles que nos precedieron cometieron abusos a carretadas y atrocidades a manos llenas en lejanas tierras, y también en las propias, cuando fuimos una potencia de primer orden (y cuando no lo fuimos)… quién lo duda. El atropello, la injusticia y un sinfín de episodios vergonzantes van a la par del ser humano y en eso, como sucede con la estupidez, nada distingue a la gente por razón de nacionalidad.

Que alguien que se ha dedicado a lidiar con astado tan revoltoso y traicionero como ése, la leyenda negra, y además lo ha hecho con notable éxito de crítica y público, sorprende que ahora vocee tamaña pampirolada que atiza al tiempo que bendice la fragmentación nacional. Pues bastará en adelante que cualquier localista vascongado, gallego o berciano, se ponga latoso y megaplúmbeo con su brumoso particularismo para que la interfecta ande concediendo independencias por desistimiento allá donde crezca un champiñón. Enojó a la eximia historiadora la leyenda muñida otrora por las potencias rivales y, corajuda y peleona, sus académicos afanes puso en combatirla. Pero, mira tú qué cosa, tras la reñida liorna, de sopetón baja los brazos ante la neo-leyenda que blande el catalanismo iracundo para justificar sus aspiraciones rupturistas. Harta, pues, de la “conllevancia” formulada por Ortega y Gaset, deja a los resistentes catalanes colgados de la brocha y con el culo al aire. Y los entrega en bandeja de plata, con lacito de regalo y todo, a los promotores de la actualizada monserga contra la España centralista, casposa y empobrecida. Esa España de “gentuza animalizada que nos atufa con la pestilencia de sus mal digeridos calderos de garbanzos”.  La España de la rapiña fiscal (“España nos roba”). Y un sinfín de cumplidos y delicadezas parecidos. Los abandona a su suerte y se lava las manos como el pretor romano.

Acaso doña Elvira desconoce que los catalanes resistentes, hay que decirlo, aun siendo sacrificados una vez y otra en el altar de las concesiones a los nacionalismos periféricos a cambio de un puñado de votos para aprobar presupuestos, son, visto el panorama, de lo poco bueno que hay en la España actual. Y ahí están, tirados como colillas, traicionados y vendidos, a menudo agazapados en las catacumbas, pero elevando la voz cuando pueden y haciendo aspavientos para demorar el desfile victorioso de las rechinantes orugas picadoras de carne del particularismo tribal. Vista la imbecilidad reinante en los cuatro puntos cardinales del solar patrio, habría que concluir que España, por boca de doña Elvira, no merece a esos catalanes heroicos que, a pesar de todo, aún se parten la cara por aquélla y pagan su lealtad con desprecios y escupitajos, lo mismo en Barcelona que en Madrid

La candidatura de la futbolista culé se fundamenta, en cambio, en su destreza políglota. Al parecer Ana-Maria y su apellido irrepetible están tomando clases de catalán para expresarse en esa lengua aseadamente si los reporteros de TV3 le plantan una alcachofa delante de las narices. Cabe decir que ella sí se ha tomado en serio las instrucciones de la presidencia del club en esa materia. Algo que no consiguió con tan díscolos alumnos como Leo Messi y el brasileño Neymar, grandes ídolos de la afición, pero mayormente interesados en la, digamos, opinable gestión de su colosal patrimonio que no en recitar de memoria “La vaca cega”.

De tal suerte que una reportera, tras un partido, le formuló en español una de esas agudas preguntas que informan el periodismo deportivo, supongamos: “¿Estás contenta con el resultado?”. Hete aquí que Ana-Maria le respondió en la misma lengua: “No te entiendo”. Tal cual. Quiere decirse que no la entendía en la lengua en que ella misma le respondió. Muy raro. Y al punto cruzó una mirada cómplice con una tercera persona fuera de cámara. Comoquiera que la reportera insistió, aclaró Ana-Maria: “No te entiendo… en español”. La otra, también risueña, le hizo entonces la pregunta en catalán. Nuestra heroína, que aún no ha sido completamente “inmersionada” (anda la criatura al caso en fase larvaria), con ese guiño tontuno traslada a la afición que nada la haría más feliz. Y suelta su frase, acabáramos, en español. De modo que esa virtuosa del balón sabe que un gesto tan estúpido e infantil como ése es remunerado de inmediato con la aprobación del respetable. Ya tiene al personal en el bolsillo. Es, pues, tonta entre las tontas… y tontos.

Y en ello reside la grandeza de Elvira y de Ana-Maria. Su tonta tontería es genuina. No es una “tontez” impostada, ni de cuota o positiva discriminación por razón de sexo. No se avienen a lo fácil, a escalar posiciones en el tablero por el mero hecho de ser mujeres. Que es como nadar a favor de corriente, pues hoy en día, y es una pena, muchas mujeres públicas (no en el sentido tradicional de la expresión) pretenden fama, poder y notoriedad, no por sus cualidades intrínsecas, o por el hecho de ser ciudadanas aventajadas en determinadas materias, si no por haber nacido sin el maldito y colgandero pitilín. Que sólo por esa razón, ser mujer, lo merecen todo o se les debe algo, aunque sean tontas. Pero no ellas, Elvira y Ana-Maria, que juegan con las mismas cartas que los hombres, de igual a igual, a cara de perro y sin trato de favor. Y ahí las tenemos, justando en pro de la tontería supina junto a rivales de la talla de Ibai Llanos, Gerard Piqué, Baldoví (Compromís) o ese reputado actor y coloso invicto de la imbecilidad, Viggo Tontensen. Para ellas, pues, mi respeto y admiración.   

 

“Hola, soy Ana-Maria, Nosequé de apellido… soy una gran defensa lateral, pero mi auténtica vocación es decir tonterías”

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