«Le pays catalan dit NON»/ («El «país catalán» dice NO»)

“Oui au pais catalan”, así llamaron los catalanistas a sus listas electorales en las últimas legislativas (junio 2022). La presentaron en las cuatro circunscripciones del departamento de los Pirineos Orientales. Obtuvieron todas juntas algo menos de 4.300 papeletas, un 2’4%, es decir, uno de cada 40 votos escrutados. Ninguno de sus candidatos pasó a la segunda vuelta. Los más votados concurrieron por el partido de Marine Le Pen, con casi el 32% y algo más de 54.000 votos. Eso en primera vuelta. En la segunda, al balotaje, se llevaron los 4 diputados en liza. También en las presidenciales, en ese mismo departamento que nuestros aborigenistas llaman pomposamente la “Catalunya Nord”, la jefa de la ultraderecha se hizo con el primer puesto batiendo a Macron por casi 13 puntos de diferencia: 56’3% vs 43’7%. Hablamos de Perpiñán, de Ceret, de Prats de Molló (donde fue interceptada por la Gendarmería, sin disparar un solo tiro, la partida armada reclutada por el chifletas de Maciá para conquistar Cataluña, año 1926), o de Villefranche de Conflent, es decir, de todas esas entrañables localidades del sudeste francés que causa en nuestros indigenistas irredentos el cuasi orgásmico efecto de la licuación cada vez que transitan apaciblemente por sus calles y plazas.  

De tal suerte que lo suyo sería que el bastardeado topónimo, “Catalunya Nord”, mutara a “Catalunya Nyorda”, siendo “nyordos” (ñordos) la designación despectiva e infamante que los nacionalistas catalanes dedican de un tiempo a esta parte a los españoles en general y a los catalanes no nacionalistas en particular. “Espanyols” (españoles) da en su jerigonza supremacista y xenófoba “espa-nyordos”, literalmente “espa-mierdas”, siendo un “nyordo” un “zurullo” o “truño”. Etiqueta que ha sido usada de manera recurrente en programas de TV3 (entrevista a un sonriente Xavier Sardá en el espacio “Preguntes Freqüents”) en horario de máxima audiencia. “Nyordos” (mojones) sustituye a “botiflers” (traidores): renovarse o morir. Sí, esa misma cadena pública que pagamos todos vía presupuestaria y que presta el utilísimo servicio a más de la mitad de la población avecindada en nuestra región de hacernos saber que somos, además de contribuyentes, “nyordos”. Tal cual. Y, a pesar de ello, permitimos, los “nyordos” más que nadie, que esa cadena repugnante, además de carísima y ruinosa, siga emitiendo a los cuatro vientos sus sectarias, pestilentes y tóxicas heces.

En el artículo de análisis que “Eldebate.com” dedica a las citadas elecciones se enfatiza el pésimo resultado de las candidaturas catalanistas. Y es cierto que la opción que representan goza de un respaldo anecdótico, muy minoritario. O dicho de otro modo: no goza de respaldo. Candidaturas tuteladas por los partidos nacionalistas de aquende Los Pirineos, ERC y la antigua CiU, o comoquiera que ahora se llame. Y también que, para gozar del estatus de legalidad en el país vecino, han de renunciar a cualquier pretensión de segregación territorial, pues de lo contrario las leyes republicanas les caerían en la cocorota con la aceleración gravitatoria de un rinoceronte muerto y defenestrado desde la azotea de un rascacielos. La República francesa no admite partidos de matriz local que proclamen afanes separatistas. Y punto. Qué gran nación(*).

Pero los resultados de los partidos marginales hay que mirarlos siempre con lupa. Por una cuestión de escalas, para ellos una décima de más o de menos, es mucho. La última vez que acudieron a las elecciones en solitario, sin colar a los suyos en las listas de los partidos mayoritarios, los catalanistas obtuvieron algo menos de 3.000 votos y alrededor de un 1’4% del escrutinio. Cierto que el sistema electoral al balotaje vigente en Francia topa la representatividad a las formaciones minoritarias, pero eso no impide escudriñar en las tripas de las actas comiciales para determinar su tendencia, si al alza o a la baja. Y aquí apreciamos, a pesar de los bienintencionados chascarrillos de “El Debate”, un significativo aumento de 1 puntito entero en porcentaje, del 1’4 al 2’4%, ahí es nada, y de casi 1.500 votos en términos absolutos, lo que supone un subidón del carajo de la vela que raya el 55%. Miau.

Con nuestro sistema proporcional, una candidatura que ronda el 3% o el 5% de las papeletas, según las elecciones, anda muy lejos de gobernar, cierto, pero, alcanzado el mínimo consignado, sí podría condicionar la formación de mayorías, sea el recurrente caso de ese concejal independiente, bajo siglas vecinales, fácilmente sobornable, y que entre bloques decanta el gobierno en unas municipales y se hace con la codiciada “cartera” de Urbanismo, rascando buenas comisiones por licitación de obra pública y enchufando a familiares y amigos en momios diversos. 

Moviéndonos en esa horquilla, 1’4%-2’4%, nadie dirá que en la Catalunya Nyorda se ha producido un efecto contagio después de algo más de una década desmelenada de matraca plúmbea e intensiva de “soberanismo” (descontadas las décadas anteriores), pero hay que concluir que, como primera opción, ha ganado adeptos. A mayor abundamiento, en un medio hostil y ante un rival de empaque como es la República francesa, que no es un Estado nacional blandengue, desnortado, jibarizado y desvertebrado como España. Y todo lo que no sea un retroceso en las urnas de nuestro particularismo, sea cual fuere la convocatoria, es una mala noticia.  

Con todo, aguzando la vista, distingue uno tímidas señales de cansancio o agotamiento en el monolítico, hasta ayer, modelo republicano. Pueden ser los efectos mal digeridos de la así llamada “multiculturalidad”, con segundas y terceras generaciones de inmigrantes hacinados en las “banlieus” (suburbios de las grandes ciudades) sin expectativas laborales, reacios a la “integración cívica”, desafectos a la idea de nación, y extrañados ante el modo de vida occidental, en sus premisas, valores y símbolos, o la apuesta de la extrema izquierda a escala continental por los movimientos identitarios de todo tipo y sus indisimulables simpatías por las disfunciones rupturistas de los regionalismos exacerbados, rasgo dominante en la extrema izquierda española (PSOE actual y Podemos). Lo cierto es que nada es eterno y todo aquello que pensábamos que estaba ahí para los restos puede, a la larga, desmigarse y venirse abajo. También la “grandeur” de nuestros vecinos y trocar en “petitesse”. A un tris anduvo Francia de pegarse un tiro en el pie con la ley de escolarización en lenguas regionales, aún hoy siquiera “co-oficiales” por esas latitudes (véase la tractorada “la Grandeur de la France”), incomprensiblemente aprobada en un primer trámite parlamentario y felizmente revocada, antes de que prendiera el fuego, por el equivalente galo del Tribunal Constitucional.

Escucha, Francia, a este anónimo admirador tuyo. No hay nada deseable, ni provechoso, en hacerle guiños al localismo bajo la forma de insólitos artefactos, pues siempre anidará ahí, agazapado en las sombras, el inconfeso deseo de obtener de ello rédito político (lo mismo de un traje típico que de una leyenda, de una variante dialectal, una receta incluso, de una fórmula anacrónica de juramento, del batimán caprichoso de una danza tradicional o de la nota dulcísona de una siringa única, es decir, de cualquier bagatela).

Guárdate de todo ello, pues la República no se hizo para desandar el camino y regresar al feudalismo anacrónico, a ese estadio de cosas diminuto -barreras y peajes por doquier, cartas concedidas y fueros centenarios- donde los aspirantes a cacique proclaman que pues ellos descienden del legendario conde de Las Marismas Marismeñas, a gala tienen lucir un imponente bigotón con las guías rizadas hacia arriba, muy al contrario que en las comarcas limítrofes, donde los bigotes lo son en forma de herradura. Y comoquiera que el Barón de Pozoancho, consejero áulico que fuera del rey Feldespato III, “Manoslargas”, durmiera la siesta a la sombra de aquel mostajo en el año de gracia de 1.270, ellos y sus territorios, en buena lógica, y gracias a ese supuesto hecho diferencial de fundamentación histórica, no han de pagar el sobrecoste de la factura eléctrica o el 21% de IVA de los artículos textiles y del menaje del hogar, pues ya en su día, y gracias a su calidad de hijosdalgo, anduvieron exentos de pechar el bovático a los reyes de Aragón.

A la República no ha de temblarle el pulso: todas esas chamuchinas, en una comunidad política moderna, donde nacemos libres e iguales en derechos y obligaciones, han de estar donde muy dignamente les corresponde: en las estanterías de una simpática y acogedora tienda de souvenirs para turistas. El cuerpo electoral ha dicho “non” a “Oui au pais Catalan”. Nada es para siempre, nada viene dado por añadidura, o como ese maná caído del cielo para alimentar al pueblo hebreo en su éxodo calamitoso. Y si la República, como cualquier otra democracia que por tal se tenga, transige con el tufo sentimentaloide que se adhiere a determinados bibelots particularistas perderá, a no mucho tardar, su esencia y su razón de ser.   

(*) Con sus sombras, claro es. Para muestra un recentísimo botón: en Francia los niños con síndrome de Down no pueden sonreír en los anuncios TV, u otras ficciones, ni siquiera si se abrazan a sus madres, pues una secuencia de ese tipo podría entristecer y llevar al arrepentimiento, mala conciencia, a aquellas gestantes que hubieran abortado un hijo de esas características.

Mapa de la “Catalunya Nord” o, en adelante, “Catalunya Nyorda”, pues van sus electores y votan “no”, o mejor dicho, NO votan, a la candidatura autodenominada “Oui au pais Catalan”, que, por otro lado, es territorio “Le Pen”. Mon Dieu!

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