Una manera de hablar

“Te sacaré los ojos con la cucharilla del café y luego te los meteré por salva sea la parte con ayuda de una cerbatana”. Una manera de hablar. “Yo siempre voy de frente y digo las cosas a la cara”. Otra manera de hablar, ésta muy común y quizá una de las mentiras más repetidas de todos los tiempos.

“Para que la “revolució dels somriures” («revolución de las sonrisas») salga bien se necesitan un millón de personas en la plaza de San Jaime y unos setenta muertos”. Ésta última es la manera de hablar de Víctor Tarradellas Maré, en tiempos Secretario de Relaciones Internacionales de CDC y uno de los “fontaneros” del golpe de estado de Septiembre/ Octubre de 2017. ¿De hablar con quién?… con Xavier Vendrell, ex de Terra Lliure (“división” de explosivos), ministrín de “Gobernación” en el segundo tripartito a las órdenes de Montilla (paladín de los charnegos agradecidos y que, por su óptimo desempeño en la materia, da alternativo nombre a los tales: “amontillados”), metido de hoz y coz en un sinfín de líos a corruptela pestilentes, y ahora haciendo las Américas, gira exitosa… muy bien relacionado con los narco-gánsteres del nuevo gobierno colombiano presidido por el ex terrorista Gustavo Petro, ése del que dice el diario “El País” que es un ex guerrillero (M-19) “de orientación socialdemócrata”. Sensacional.

El fragmento de la declaración del interfecto ante el juez (véase el video referenciado en Dolça Catalunya) es de una nitidez pasmosa. Se agradece a los malvados que hablen claro, para no llamarse a engaño. Y Víctor Tarradellas lo hace. Y ya sabe uno a qué atenerse con el pájaro y sus conmilitones. No necesita de intérpretes para que su mensaje llegue a la gente. Con todo, a este tipo de personajes siniestros siempre le sale un coro de exégetas y comentaristas afines al gobierno (PSOE + Podemos + ERC + Bildu (HB/ETA)) que rebajan el tono a muerte inconfundible de sus discursos nauseabundos con impostadas protestas de almibarada bonhomía: “No saquemos de contexto…”, “Ha querido decir…”, “No son palabras afortunadas…”.

El andoba ése ha querido decir lo que ha dicho… y desde la óptica golpista, es decir, la encaminada al triunfo de la causa separatista, hay que admitirlo: tiene su parte de razón. Modificar los parámetros del ordenamiento jurídico, cuando es fruto del consenso político y obedece a reglas democráticas homologadas, parece difícil sin poner sobre la mesa negociadora el aval de la violencia y de la muerte. “¿Qué le parece si por las buenas sustituimos la legalidad vigente, equiparable a la de otras naciones de nuestro entorno, por un programa rupturista donde no estén garantizados los derechos civiles y políticos de los no nacionalistas, pues contamos para ello con el respaldo de un 40% -barriendo para casa- de la población?”. “Cómo no, adelante… eso que dice parece muy sensato”.

La meditada opinión de Víctor Tarradellas es compartida por otros fanáticos nacionalistas que también han concluido, y así lo han manifestado en “las redes” (sea el caso de Héctor Bofill), que el “proceso” ha fracasado precisamente por ausencia de una violencia previa a la fase más activa del mismo (leyes de desconexión de septiembre de 2017 o golpe parlamentario y referéndum ilegal) como elemento de persuasión. Dicho a la pata la llana: han faltado muertos, quizá no muchos, pero sí un puñado de ellos. O cuando el general Alcázar (“Los pícaros”) pide permiso a Tintín para fusilar al derrocado general Tapioca y a unos cuantos de sus colaboradores, por aquello de mantener vivas las más acendradas tradiciones del golpismo cuartelero.

“Con la violencia nada se consigue”, nos han hecho creer, y hemos querido creerlo, pero no es cierto. Se consiguen muchas cosas, dependiendo, claro es, de la firmeza en las convicciones de aquellos de quienes depende la preservación de la legalidad. Si éstos son cobardones y en principios mudables y tornadizos, los terroristas y los golpistas consiguen más. Y a mano tenemos el ejemplo de Bildu (Batasuna/ ETA) y de los últimos gobiernos españoles (Zapatero, Rajoy y Pedro Sánchez). Acuda el lector al cabal (y desesperanzador) análisis que hace Rogelio Alonso en el imprescindible ensayo “La derrota del vencedor”. Nos dicen que “matar no les ha sido de provecho”, que “algunos han pagado sus cuentas con la sociedad pasando muchos años a la sombra” y que, atenta la guardia, “ahora son “actores políticos” (sic) tan legítimos como los demás porque ya no matan” (o eso dijo Idoia Mendía hace ya unos años).

No hay que ser la sagacidad encarnada para deducir que para dejar de matar, primero hay que hacerlo… me refiero a meterle un tiro en la nuca a un concejal sin escolta (un “escrache” balístico) o colocar un montón de explosivos en el aparcamiento de un supermercado para achicharrar vivos a unos cuantos consumidores recalcitrantes. Luego matar, a veces tiene premio, y sólo no lo tiene cuando los asesinos son condenados a cadena perpetua, sus cómplices a las que correspondan, sus organizaciones afines ilegalizadas y su patrimonio incautado para hacer frente a obligaciones indemnizatorias en favor de sus víctimas. Pidan o no perdón o pretendan rebajar sus penas realizando cursillos de macramé o moldeando vulvas en arcilla inscritos en talleres de reeducación sexual al gusto de la “ministresa” Irene Montero. Es doloroso decirlo, y deshonesto negarlo, los muertos por violencia política, según sean los muertos y según los asesinos, son a veces rentables, aunque se trate de una rentabilidad diferida. No se trata de un beneficio inmediato, pues de primeras llegan las condenas tajantes y las concentraciones de repulsa. Pero ya a medio plazo la cosa cambia y la pátina que a todo da el discurrir de los días atenúa y reblandece tragedias y atrocidades.  

Víctor Tarradellas alegará que la prueba del nueve de la naturaleza metafórica de su declaración ante el juez reside en que es imposible meter, siquiera con calzador, un millón de personas en la Plaza de San Jaime, donde, comprimidas como sardinas enlatadas, no caben más de 8.000. Su edificante conversación con el dinamitero Vendrell era, pues, un purparlé. Con todo, no olvidemos que los separatistas, ahí es nada, consiguieron embutir a dos millones, dos, en el Paseo de Gracia, y además en reiteradas ocasiones, convirtiendo la osamenta de los manifestantes en endoesqueletos flexibles, elásticos, cuales fuelles de acordeón, pues “acomodar” siquiera a 300.000 en esa principalísima arteria de Barcelona (unos 80.000 metros cuadrados útiles) es ya un auténtico milagro.

En “Técnica del golpe de Estado”, un ensayo de factura casi periodística, pues fue prácticamente redactado a la par de los sucesos narrados, Curzio Malaparte nos refiere el apasionante juego al gato y el ratón entablado entre Trotski y Menjiuski (Menzhinski), hombre de Stalin en la GPU (precursora de la NKVD, posteriormente KGB), año 1927, para hacerse el primero con el poder en la Rusia soviética, y el segundo para impedirlo. La puesta en solfa de la teoría de “la revolución permanente”, Trotski, frente a la defensa de la ortodoxia “partido-Estado”. Trotski no pretende el concurso de los sindicatos, que le son favorables, ni de las masas en la calle… no confía en esas bazas, difícilmente manejables, para ejecutar sus planes. No quiere una huelga general, acaso sí el general desconcierto. Confía en la pericia y eficacia de sus unidades de élite, apenas mil hombres, para colapsar y controlar las estructuras básicas de la maquinaria que permite el funcionamiento cotidiano de la sociedad. Se trataría de una acción de comandos a gran escala perfectamente sincronizados y cada uno de ellos limitado a un objetivo concreto, pongamos por caso, estaciones ferroviarias, emisoras de radio, centrales de generación eléctrica o los servicios telefónico y telegráfico. Menzhinski conoce la técnica del rival y sabe a dónde desplazar sus peones, unidades replicadas, tan móviles y autónomas como las de Trotski, para interceptarlas y detener la insurrección. No se contentará con un despliegue de fuerzas visibles a la antigua usanza, modelo policial, sino con defender a cara de perro edificios y dependencias estratégicos desde el interior, con su gente a la espera, agazapada, perfectamente pertrechada para la lucha. El golpe de Trotski fracasa y firma su sentencia de muerte, “ejecutada” años más tarde en Méjico de la mano del asesino Ramón Mercader, militante del PSUC y agente de la NKVD.

Ambos justan optimizando sus recursos, rehuyendo las algaradas y esas profusiones de masas exaltadas que todo lo entorpecen y pueden comprometer el éxito de la operación. Detalle que no tuvieron en cuenta nuestros golpistas. Convocaron a miles de personas ante la Consejería de Economía, 21/09/2017, para retener a los funcionarios allí destacados por mandato judicial. Acaso erraron el tiro. Sólo la ocupación de las instalaciones aeroportuarias, elemento de vital importancia en las sociedades contemporáneas, obedeció a un criterio táctico homologado de golpismo 3.0.

El enviado de Putin, el misterioso Nicolay, según la deposición (no excrementicia, o quizá sí, según se mire) de Tarradellas ante el tribunal, ofrece a nuestros insurrectos gente armada, 10.000 hombres, más que suficientes, a mi juicio, para asegurar militarmente la intentona golpista e incluso derrocar al gobierno de Rajoy y conquistar toda España, en consideración a la porosa, blandengue y arcillosa materia en la que estaba moldeado aquel infame ministerio de la deserción. Nunca habrían sido reclutados para tal menester soldados regulares, claro es, ni los operativos especiales llamados “spetsnaz”, sino los mercenarios del grupo Wagner, el ejército privado del tiranuelo moscovita y de sus adinerados amigotes, más indicados para cumplir misiones “no oficiales”. Hubo ofrecimiento para hacerse cargo de la deuda catalana, pormenor desconcertante, pues supuestamente la deuda la tenía contraída con Cataluña el resto de España, y una oferta algo turbia de financiación del futuro protectorado rusófilo, réplica occidental de Bielorrusia y Transnistria, por medio de criptomonedas.

“La solución final para el problema judío”. “El aplastamiento del enemigo de clase” (véase la tractorada “Paradigma Pons”). Y los “70 muertos” sobre la mesa de Tarradellas. No son sino “maneras de hablar”… que, casi imperceptiblemente, se transforman en maneras de obrar. Es una desgracia, y un baldón para todos, pero matar, quien lo niegue se engaña, ha proporcionado en política excelentes dividendos a no pocos desalmados.  

General Alcázar (aventuras de Tintín): “Por menos de 30 fusilados no me muevo de casa. Eso ni es un golpe de Estado ni es nada. ¡Señor, Señor… todas las tradiciones se pierden!”

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