«Feijotada» en pelotas: 21 días y 500 noches

Tiempo ha, era ante-pandemia, echaban por la tele un programa en que dos concursantes, un nene y una nena, parejas binarias (¡Qué atraso!), se conjuraban para superar el reto de sobrevivir en pelotas en medio de la jungla allá donde Cristo perdió el gorro. Pasaban más hambre que un maestrescuela, les daban brotes psicóticos, vomiteras y les comían a picaduras hormigas insidiosas, mosquitos chupasangre y otros bichejos de la poblada insectofauna lugareña. La productora “pixelaba” los senos de las señoritas y las partes pudendas de ambos robinsones, de modo que sólo el sufrimiento por el escaso alimento disponible (gusanos y otras exquisiteces) y las riñas que surgían al paso de los días, suscitaban el interés del espectador, que no el voyeurismo erotómano de la desnudez. La aventuraba duraba, si no abandonaban antes, 21 días exactamente.

Pues eso, 21 días, no en pelotas, pero hablando y viviendo exclusivamente en gallego, es la prodigiosa aventura que el gobierno de Feijóo (amigo de Celaá la llorada ministra, no porque haya finado, si no por las animaladas educativas perpetradas durante su mandato) ha propuesto a la juventud avecindada en aquellas parroquias. De modo que nuestro tractor se aventura por una vez lejos de Cataluña rumbo a Santiago de Compostela, pero no para abrazarse al apóstol y sí, en cambio, para darle un tirón de orejas al primer ministrín del brumoso reino de Breogán.

La campaña feijuna (feijocista o feijovita, como cada cual quiera adjetivarla, por no decir patarata “estúpida y palurda” directamente), se inspira en otras que hemos padecido en Cataluña. Aquí ya tenemos los deberes hechos. Recuérdese aquella de La Crida, década de los 80: “Volem viure plenament en català” (vivir solamente en catalán). Podría decirse que los catalanes llevamos a los gallegos unas cuantas décadas de ventaja. Cierto que en los últimos años, gracias a un voluntarioso Feijóo, nos ganan terreno a paso vivo y ya sentimos en la nuca el aliento del implacable perseguidor. No en vano el modelo “inmersionista” se copia por aquellos predios ya en tiempos de Fraga, pues, para nuestra desgracia, el acomplejamiento cobardón en España ante el nacionalismo periférico, centrífugo y disgregador, no es patrimonio exclusivo de la izquierda.

Para mí tengo que la inercia propia del disparatado modelo autonómico conlleva la instrumentalización de algunas diferencias de rango cultural o lingüístico, que no siempre aparejan necesariamente deslealtad a la nación… pero el hecho del marcaje territorial está en la lógica de la política cuanto más se circunscribe a unas coordenadas geográficas limitaditas, como ese chucho que sale de paseo y levanta la patita para dejar por doquier su mensaje olfativo: “aquí mando yo”. Y esa tentación le sobrevino a Fraga cuando dejó de ser el líder nacional de la derecha y acabó sus días como señor de pazos y queimadas, emulando a Pujol, el gran patriarca del catalanismo. Y en ese papel, heredado el virreinato, como nadie destaca Feijóo, o Feijoó, que nunca sabe uno dónde diantre poner el acento. Si una región, la que sea, dispone de un rasgo distinto a las demás, que nadie lo dude, será invocado hasta la exageración por el localismo de turno en aras de un trato de favor: “compréndalo usted, aquí es costumbre llevar las guías del bigote rizadas hacia arriba… luego, nos corresponde en justicia una mejor financiación y unas inversiones multimillonarias, es evidente”. 

 Aquella antañona campaña de La Crida, “Volem viure plenament en català”, ha sido recuperada hoy por entidades como ANC (Viggo Tontensen), Òdium Cultural y/o Plataforma per la Llengua, que son solidarias e intercambiables cabezas de la hidra de Lerna del separatismo. Y han llenado pirulís y farolas en Barcelona con pasquines de colorines invitando al paisanaje a hablar en catalán, una vez que ya es idioma coactivo y único en cuestiones institucionales, administrativas y escolares, en todos los demás ámbitos de la vida cotidiana. Aquéllos que interesan al libre albedrío del individuo, en la cafetería o en la discoteca, e incluso te instan a no cambiar de idioma, por ejemplo, ante residentes extranjeros y turistas. En la universidad hablas catalán… pero no lo haces cuando pides una cerveza en el bar de la esquina… ¿Por qué?… Ése es el busilis del mensaje: hablarlo siempre, también en la intimidad, como hacía, es sabido, don José María Aznar. Uno de los artefactos más espeluznantes creados al efecto, ya se ha insinuado en otras tractoradas, es decir, para penetrar a degüello y sin compasión en el día a día del personal, en particular entre los más jóvenes, es la emisión impuesta (“o te revocamos la licencia”) a través de todas las cadenas radiofónicas del calamitoso pop en catalán: una birria insufrible. 

Pues va el gobierno de la Junta (Xunta) y replica el modelo que los golpistas indultados de nuestro gobierno regional nos atizan de manera inmisericorde desde hace años. Y en “Ourense” y “A Coruña”, tal y como dicen en los pronósticos “meteo” de todas las idiotizadas cadenas generalistas de la tele, términos que sin duda se corresponden con Orense y La Coruña, tenemos a la muchachada, si quiere ganarse los puntos del concurso, elevando potencias “al caldeiro”, dándose “apertas” y “bicos” al “luscofusco”, cantando las canciones de “Os Resentidos” y sin perderse la programación cultural de “Telegaita”, que así llaman a su engendro autonómico por esas latitudes. O esa damisela que quiere experimentar la gravidez de la maternidad y reprende a su amante esposo con estas delicadas palabras: “sempre me follas e nunca me preñas”. Y de ese modo, sabemos al fin que “a romería de san Andrés, van dos e veñen tres”. Y tantas otras cosas.

Al hilo de las vivencias completas en gallego recuerdo una noticia, a mi juicio divertidísima, que pasó sin pena ni gloria (entre tanta melonada es comprensible), y eso que fue difundida, nada más y nada menos, que en un noticiero TV de Antena 3, el que dirige el periodista Vicente Vallés y que goza de notoria audiencia. Resulta que en el aeropuerto de Lavacolla (Santiago) se vivieron momentos de cierta tensión cuando muchos pasajeros querían embarcar rumbo al Reino Unido durante la pandemia. Se encontraron con la exigencia del gobierno británico de mostrar un test de antígenos reciente, se estuviera o no vacunado. Aunque en la página web de las autoridades de dicho país se especifica que las pruebas médicas han de estar forzosamente redactadas en inglés, francés o español, lo que tiene cierta lógica por tratarse de idiomas de gran difusión, muchos viajeros presentaban la documentación requerida, tachán, en gallego.

Y hay que entenderlo, en España toda la documentación tramitada por las autoridades competentes (“competentes” gracias al “desbarajuste competencial” propiciado por el fallido Estado de las autonomías) en aquellas regiones donde existe una lengua co-oficial, te la facilitan en esta última por defecto, salvo que quieras guerrear para que te la expidan en español. Y la verdad, muchas veces, por pereza, o porque das por supuesto que eso es lo normal o no caes en la cuenta de ello, descubres que en Gran Bretaña no saben gallego, ni catalán, ni vascuence, ni bable si me apuran, y no tienen ni tiempo ni ganas de aprenderlos o de destinar una partida presupuestaria para contratar intérpretes en las citadas lenguas que, por razones de diversa índole, así es la vida, no alcanzaron el estatus de “lingua franca” a escala planetaria. Hay que decirlo, duela mucho o poco, andan muy lejos (gallego, vascuence, catalán o calagurritano) de poder equipararse al “motu” como lenguas “diplomáticas”, que es el habla intertribal que permite entenderse entre sí a todas las pequeñas colectividades de caníbales dispersas por la frondosa jungla de Papúa-Nueva Guinea.

Ni que decir tiene que la restricción británica contrarió y de qué manera a los portavoces de la subvencionada “Asamblea Pola Normalización Lingüística”. Confieso que me chifla eso de “Pola”, que nada tiene que ver con otras “polas”, sean de Laviana o de Siero. El broche de oro fue cosa, días después, de la “mandamasa” de la Asamblea citada, o de un organismo similar, que campanudamente afirmó que “en Galicia, lo elegante es hablar en gallego”. Toma castaña. Es cuestión, parece, de “glamour”. E hicieronse eco de su estiloso mensaje las vacas lecheras que pacen en las verdinales y comunales praderías de la región que, desde entonces, mugen también en gallego.

Es sabido que Feijó (y así, a la brava, nos evitamos el lío con el acento) opta ahora a la presidencia del PP tras el lío mayúsculo que han montado fra-Casado y Egea para deshacerse de Ayuso (IDA, para las izquierdas y para el “fuego amigo”), y se postulará como candidato a la presidencia de la nación en las próximas elecciones generales. Aquellos que queremos que España sea un país normal, empezando por algo tan elemental y nuclear como que la enseñanza en lengua española esté garantizada en todo el territorio nacional (como sucede en otros países donde se hablan varias lenguas, sea el caso de Francia o Gran Bretaña), que no es mucho pedir, ya sabemos, pues, a qué atenernos con semejante candidato.

Y es que cuando los “nuestros”, por así decirlo (que no son ya los míos), hacen exactamente lo mismo que los otros, duele más. Los adversarios nunca te traicionan, nunca te venden… la traición es, pues, potestad de quienes se declaran a ti cercanos. Ha de saber Feijó que lo queremos todo y lo queremos ya. Que se acabaron para siempre esas migajas y vergonzosos apaños de las eras Wert y Méndez-Vigo. Que ya nadie se conforma con acudir a los tribunales y litigar contra toda la maquinaria administrativa para obtener un exiguo 25% de enseñanza en español. Y que cada palo aguante su vela. 21 días… y 500 noches.

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/santiago/2021/09/02/reino-unido-deja-tierra-pasajeros-presentan-test-antigenos-gallego/0003_202109S2C2991.htm

Feijó disfrazado de Joaquín Sabina interpretando su gran hit en gallego: “21 días y 500 noches”

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