San Carlos de la Rápita

Desde su fundación, a finales del siglo XVIII, San Carlos de la Rápita (Montsiá, provincia de Tarragona) se llamó San Carlos de la Rápita. Tal cual, pues la existencia del citado municipio se debe a la voluntad y deseo regios de Carlos III. Que un servidor no se inventa nada… lo ha leído en Dolça Catalunya con motivo del referéndum allí celebrado en octubre de 2021 por capricho del consistorio. Hacia esas coordenadas, tras las últimas escalas técnicas en Alpens y en L’ Espluga Calba, se dirige este tractor infatigable, a pesar de la carestía del combustible.

Cuentan las crónicas que Carlos III ordenó que se construyera un puerto en el delta del Ebro (alrededor de 1780) y junto al puerto una ciudad de nueva planta para alojar a los trabajadores: San Carlos de la Rápita. El nombre pervivió sin sobresaltos hasta la proclamación de la II República, mudando en La Ràpita dels Alfacs por eliminar del topónimo la doble referencia santoral y dinástica, es decir, al gusto del estúpido sectarismo del republicanismo español, con diferencia el más imbecilizado de toda Europa occidental. Nombre que estuvo en vigor, claro es, muy poco tiempo. Camino de un siglo después, el actual alcalde, de ERC, recoge el guante de aquella gansada (no son pocas las santas advocaciones en regímenes republicanos de todo el mundo, San Diego en Estados Unidos, Saint-Étienne en Francia o San Petersburgo en Rusia, entre otras), y decide someter a referéndum, chúpate ésa, la prístina denominación del municipio. Y todo porque, simple y llanamente, le sale de los cataplines.

Tan en sus dídimos estaba el operativo que el nombre propuesto al paisanaje para su refrendo en votación ya lo utilizaba tiempo atrás su equipo de gobierno en documentos oficiales: La Ràpita. Es decir, al andoba ése le encabrita el tradicional nombre de la población, lo cambia de facto por su gusto y convoca a los vecinos para que sancionen luego su genial propuesta en una suerte de butifarréndum localista, como otros tantos que hemos visto en estos últimos años a escala regional.

El balance de la pampirolada comicial no fue todo lo positivo que cabía esperar. Participaron, véase la crónica de Dolça Catalunya, unas 3.300 personas, admitidos por la patilla los votos de los mayores de dieciséis años, o lo que es lo mismo, alrededor de un 27% del censo. Magnitud que nos da una idea aproximada del fervor incontenible que la patochada despertó entre el paisanaje. De los votos emitidos, unos 2.250 siguieron lanarmente la consigna de la alcaldía. Proyectada esa cifra sobre la población total, cosechó un 15% de respaldo popular: una auténtica birria. Cabe decir que los votos afirmativos quedaron muy lejos, un millar menos, de los 3.279 obtenidos por la candidatura de ERC en las anteriores municipales, los mismos que permiten al interfecto blandir la vara de burgomaestre. Pero insuficientes para llegar a un aseado porcentaje de síes del 20%, mínimo indispensable que se había marcado ese fulano como objetivo para validar su luminosa ocurrencia. Por cierto, un índice bajísimo, pues para esas cuestiones que habrían de suscitar el interés de todo el pueblo, el porcentaje fijado habría de ser mucho mayor, qué sabe uno… qué menos que del 50%. En resumidas cuentas: no hubo quórum.

Así pues, a la ridícula mojiganga (referéndum gilipollas), se une el fracaso absoluto. ¿Sirvió el batacazo para una discreta rectificación y a otra cosa mariposa? Negativo. Mantenella y no enmendalla, aunque “enmendallas” fueron las bases de su propia convocatoria, pues el amigo y su alegre troupe se las saltaron a la torera y, a pesar del resultado adverso de las urnas, llevaron el cambio de nombre al pleno, donde disponen de mayoría, y, cacicada total, el municipio ha pasado finalmente a llamarse La Ràpita. Toma castaña. Podrían haberse ahorrado la pantomima de la consulta vecinal. Salta a la vista que deseaban notoriedad, la han conseguido, y se morían por ahormar su ridículo particular al clamoroso ridículo general en que anda sumida Cataluña en manos de toda esta caterva de palurdos personajillos que dicen amarla tanto y que la están dejando como un solar. Hay quienes ganan incluso cuando pierden.

El referéndum de San Carlos de la Rápita tiene la virtud de ilustrarnos sobre el modus operandi de aquellos para quienes los procedimientos característicos de la democracia no son un fin a proteger y preservar, a cuidar con mimo exquisito para no pervertir el sistema al que sirven, sino un recurso instrumental para imponer su voluntad. Aquellos para quienes la democracia se agota en una acepción angosta, disminuida, meramente utilitaria. Vale por representación escénica. Es éste, pues, un referéndum-piloto. Ya sabemos a las claras lo que son capaces de hacer, incluso con las normas que ellos mismos han establecido, si el resultado no acompaña.

Cabe preguntarse, sentado tan grosero precedente, de qué garantías andará provisto un referéndum de mayor fuste perpetrado por nuestro aborigenismo radical, una vez conocido su opinable respeto por las más elementales formalidades de la democracia… descontado el corolario de presumibles incidencias: urnas que llegan rebosantes de papeletas, y fuera de plazo, a los colegios electorales, frikis que votan y “revotan” en diferentes localidades, las tan recurrentes “caídas” del sistema informático y las reposiciones del mismo con el inevitable vuelco en el recuento, etc.

Que se tienten la ropa pusilánimes, cobardícolas, apaciguadores y otras especies cuando dan bola a la idea de una consulta pactada que satisfaga las “legítimas aspiraciones” del particularismo autóctono. Por aquello de que dejen de dar la murga de una p*** vez. Error, pues su pretensión será siempre repetir la función cuantas veces sea menester hasta que salga sí, lo mismo con una participación del 20 que del 30 por ciento. Y nunca faltarán excusas para precipitar la ruptura de un hipotético acuerdo sobre la periodicidad de la consulta… -uno por generación, o cada 50 años si hay peticionarios suficientes o cierto interés en ello-… si sobreviene un motivo que se considere novedoso o muy importante. Recuérdese que el SNP, los nacionalistas escoceses liderados por la señora Sturgeon (tras la defenestración de Alex Salmond), solicitaron un segundo referéndum poco después de concluir el recuento del que perdieron y antes incluso del fenómeno Brexit. Y, por supuesto, jamás convocar otro en sentido contrario aunque lo solicitara una amplia mayoría social. ¿Qué entiende el separatismo por referéndum? La respuesta es sencilla: San Carlos de la Rápita… municipio al que siempre, hasta la hora de la extremaunción, llamaré San Carlos de la Rápita. Punto final.   

 

«¡Pardiez! Primero me cuelgan un retrato de Stalin de la Puerta de Alcalá (mírala, mírala) y luego le cambian el nombre a San Carlos de la Rápita… de no creer». Carlos III está el pobre que fuma en pipa.

 

    

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