Hay trabajo por delante para convertir el orvallu y los carbayones en una bicoca multimillonaria. El operativo ha echado a andar: el bable (un habla) ya es lengua oficial y será vehicular en la escuela, toma del frasco, gracias a los votos en el parlamento regional de PSOE, Podemos y de un diputado de Foro Asturias, ese partidillo localista y caciquil que se sacó de la manga Álvarez Cascos tras salir, años ha, enfurruñado del PP. Una vez más, como es tradición, se impone en una parte de España la amplitud de miras de una cosmovisión genuinamente universalista.
La hoja de ruta es clara. Siempre es la misma. Se precisa una Academia del Bable, generosamente presupuestada, que limpie, fije y dé esplendor al idioma (sic) para «amamandurriar» a unos cuantos lingüistas. Levas de profesores titulados para impartir la asignatura. Más adelante llegará el adoctrinamiento “astur”. Primero vendrá la “normalización” y con el tiempo la “inmersión obligatoria” en las aulas, que los promotores del proyecto eludirán para sus hijos, claro es, que serán malos pero no tontos, condenando a la depauperación académica y micro-particularista la educación pública en todo el Principado, de tal suerte que chicos de familias más modestas no se pierdan la inolvidable experiencia vital, en clase de matemáticas, de potenciar números al “calderu”, o cubo. O sea, preparándose concienzudamente para una promisoria vida profesional basada en la elaboración de cachopos, de riquísimas “fabes” con almejas, del mazacote graciosamente denominado “pantrucu” y en el pinturero escanciado de sidra. Así se conseguirá que las futuras promociones de alumnos asturianos, fuera de sus coordenadas geográficas habituales, paseen su aldeanismo por el resto del mundo como “pitu» (pollo) sin cabeza. Las barreras también funcionarán en sentido inverso y no habrá ser humano mínimamente cabal que se asiente en aquella provincia para que su prole adquiera exhaustivos conocimientos en esa lengua académicamente prestigiada a nivel mundial. ¿Quién, en su sano juicio, va a estudiar física cuántica en inglés, alemán o español, cuando tiene el bable tan a mano? De cajones.
Y junto a la devastación de la educación pública, asistiremos al sometimiento de la prensa al nuevo paradigma idiomático (ediciones en bable subvencionadas y repartidas gratuitamente en escuelas y en los trayectos ferroviarios del tren de vía estrecha, va de suyo, para “estrechas” mentes), requisito puntuable en la asignación de plazas médicas, tal cual sucede en Mallorca, y en las oposiciones al funcionariado local, rotulación de señales de tráfico y de comercios bajo pena de multa administrativa, oficinas de delación amparando denuncias anónimas, véase Cataluña, conforme al modelo inquisitorial de los malsines que señalaban a sospechosos “judaizantes”. Literatura subvencionada a base de escritores becados (prosa, verso, ensayo, historia local, etc). Que no falte el pop-astur en bable, como se promocionó el infumable pop en catalán a base de millonadas presupuestarias y a cuotas obligatorias de emisión a las empresas radiofónicas. Y todos esos ingredientes removidos a fuego lento en el puchero, aromas y hervores, darán un guiso donde no faltará un pretendido hecho diferencial aborigenista al acuno de la “santiña” de Covadonga, una fiscalidad distinta a la del común de los mortales que resuelva agravios pasados y la reclamación de derechos civiles y políticos particularizados que habrán de remontarse a tiempos del mismísimo don Pelayo y del rey Favila y su osito de compañía. Y no, la línea quebradiza que registra el sismógrafo no es un movimiento tectónico, ni la incesante erupción volcánica de La Palma, es Jovellanos, gijonés de cuna, modernizador del país, que del berrinche que lleva por culpa del aldeanismo ridículo del paisanaje, se agita y descoyunta bajo la lápida entre frenéticos temblores de ultratumba.
Ítem más. El andaluz pide la vez. Y no es una coña marinera. La idea va tomando cuerpo. Aquí el que no tiene “lengua propia”, cierta o impostada, es gilipollas. El personal se ha dado cuenta del momio (Cataluña, Galicia, País Vasco, etc) que representa eso de tener un idioma distinto al común y todos quieren chupar ese caramelo deliciosamente envuelto. Una diputada, o senadora, de Adelante Andalucía, no Atrás, Adelante (escisión de Podemos o algo por el estilo), nos ilumina en nuestra ignorancia, rescatándonos de las tinieblas del error: “el andaluz es tan idioma como el vascuence”. Arrea. Es lo que sostiene Pilar González. Y nos comunica la representante de la soberanía nacional que ya hay lingüistas muy serios, no cabe duda, preparando una ortografía… pues lo que su señoría nos ofrece a la vista, dista, eso creo, de ser la versión gramatical definitiva del idioma. Llama poderosamente la atención una gran profusión de acentos circunflejos (“andalûh”). Aquí va la muestra perpetrada por la doña, escrita con trazo indeleble en las telemáticas líneas de un “tuit”:
El andalûh êh nuêttra lengua naturâh. Y no êh inferiôh a ninguna otra lengua del êttao. Lo ablamô çin complehô. Y temenô (doble sic) ademâh, linguîttâ andaluçê con propuêttâ pa una ortografía.
Arsa que toma y olé. El andaluz, para su homologación oficial, necesita, a no mucho tardar, de la ímproba tarea normalizadora de todo un Pompeu Fabra, pero tocado con sombrero cordobés. Sensacional, en el sentido de “manicomial”, como gustaba decir don José Pla. Todas esas amenidades para que los estudiantes asturianos y andaluces, a la vuelta de unos años, ya “inmersionados” en sus lenguas respectivas, escriban en español con la soltura y pericia de la que hace gala una de las hijas de Quim Torra, Carlota, en un mensaje difundido a través de las redes sociales, con motivo del juicio a Dolors Bassa, consejera que fue del gobierno regional por ERC y militante de UGT:
Gracias señoria no solo por haver me oido sinó por haverme escuchado
Para enmarcar. La feroz andanada de Carlota Torra contra la lengua española demuestra de manera irrefutable que aquella cantinela repetida una y mil veces por nacionalistas, y su mayordomía progre-palanganera, para ensalzar las bondades de la inmersión obligatoria era pura bazofia: “que el nivel en lengua española adquirido por los alumnos catalanes, dos horas semanales, no es inferior al de los escolares de otras regiones sin lengua co-oficial”. Que sucia y asquerosa mentira para consumo de malvados, de tontos de baba y de acomplejados ante el nacionalismo, sin cuajo y sin dignidad… esos individuos capaces de asistir impasibles al espectáculo deplorable de José Montilla y Manolo Chaves entendiéndose en una sesión del Senado con ayuda de traducción simultánea mediante pinganillo. Una escena bochornosa que provocaría el vómito copioso e intenso a un espíritu mínimamente ilustrado.
El “andalûh” y el bable. Chúpate ésa. ¿Quién da más? ¿No habrá olvidada y marchita en las alacenas de la rebotica alguna otra variante dialectal, jerigonza, habla o sociolecto, candidatos a idioma oficial y lengua vehicular en la escuela? ¿El cheli, el silbo gomero, el calasparrense reduplicado, el calagurritano palatal, el astigitano dulce o el pueril idioma de la “pe” (hopolapá, por hola)? Acabemos de una vez y saquemos todas esas hablillas del armario para establecer por siempre jamás nuestra abigarrada geografía multilingüe.
Cuando decimos que en esta España nuestra ya no cabe un tonto más, faltamos a la verdad por inmotivado optimismo, pues con una densidad demográfica media-baja de algo más de 90 habitantes por km2, hay sitio para nuevas y compactas hornadas de imbéciles. Recuerdo que en mi infancia la magnitud era de 69 habitantes. Quiere ello decir que en cada km2 hemos hecho un huequecito para 20 nuevas incorporaciones. Es cuestión de apretarse un poquito más.
De todo lo dicho se deduce dramáticamente que Jovellanos, Leopoldo Alas “Clarín” o Alejandro Casona, al tiempo que Góngora, Bécquer, los hermanos Machado (que no eran de Soria sino de Sevilla, recordatorio para el presidente Pedro Sánchez), Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Vicente Aleixandre, el indeseable de Alberti o García Lorca fueron unos redomados traidores a sus orígenes, pues bien pudieron componer poemas y relatos en su lengua propia, bable o “andalûh”, según el caso, y no en la lengua colonial del maldito opresor. Mucho tardan los furibundos iconoclastas de los más apartados irredentismos en derribar sus estatuas. Cosas veredes. Tontos en todos los idiomas.

Claudio, mi “pitu” (pollo) favorito. Mi héroe las tenía tiesas con su vecino Bruno, un “perru” (perro… lo adivinaron). Montaban unos saraos fenomenales a porrazo limpio. Hoy esos dibujos no podrían emitirse en horario infantil por su violencia explícita. No es broma.
