La historia del republicanismo en España es para llorar, de la risa en el caso de la Primera (cantonalismo y Cartagena en pie de guerra), y de terror en el de la Segunda. Esta última se estrenó sacando de la chistera un bandera tricolor como de república bananera que haría para Togo o para un microestado polinesio (véase la tractorada “Bandera-fake para la discordia incivil”), más falsa que un duro sevillano y que, por respeto a los republicanos de verdad de la buena, que alguno habrá, llamaremos en adelante “bandera segundorrepublicana”… que es la que llevan los liberados sindicales de UGT y CCOO a sus manifestaciones, menos a la convocada por la subida del recibo de la luz, de la que se han borrado los muy pillos, y la que jamás, por sectaria y extraña a nuestra Historia, ondean los aficionados que acuden a eventos deportivos para animar a la selección nacional.
De pensar en el advenimiento de la Tercera, a uno le entras temblores de agonía, entre otras cosas porque una de sus más conspicuas valedoras es la alcaldesa de Barcelona, Inmaculada Colau (Ada, sin hache, para los amigos). No en vano la interfecta nos regaló a los barceloneses una campaña institucional, gastando una pasta a trasmano del municipalismo, que pregonaba el siguiente mensaje: En una democracia hi sobra el rei (“En una democracia sobra el rey”). Divisa que se solapa con aquella otra de los partidarios de los golpistas que hemos visto, por alguna razón desconocida, pintada en los pasos de peatones: “els catalans no tenim rei” (los catalanes no tenemos rey), y que al poco repintaron al acuno de una perspectiva inclusiva de género (“els catalans i les catalanes no tenim rei”) para que todo estuviera conforme a los modismos actuales.
Cierto que la campaña adornó farolas y marquesinas de buses metropolitanos en primavera, que es la estación más publicitaria del año (“la primavera de Praga”, “ya es primavera en El Corte Inglés”… o la presente “primavera republicana de Barcelona (*)”), pero nunca el otoño es malo si de lo que se trata es “de decapitar al Borbón”. En algunas localidades catalanas del cinturón de la “barretina calada” hasta el entrecejo, los CDR plantaron a tal efecto guillotinas de cartón-piedra… que nuestras brigadas limpiadoras de simbología “lazi” fueron desballestando de una en una.
Para mí tengo que la elección no fue casual, pues por lo común asociamos la primavera a los ciclos de renovación de la naturaleza, de la flora y de la fauna, aromas, colores, pajaritos piando y mariposas revoloteando, sonrisas, positividad a carretadas, y claro, esa eclosión bonancible de civilidad incontaminada que es la República. Sucede que el factor republicano para homologar una democracia es opinable. Son repúblicas China, Corea del Norte, Bielorrusia, Cuba, Venezuela o Irán, por ejemplo. Y alguna de ellas con valencia hereditaria, siendo la coreana la más evidente, pues la presidencia pasa de padres a hijos. O la catalanista en el exilio de Waterloo, ahora que Puigdemont ha sido nombrado por su consejo áulico presidente vitalicio de una república que duró la friolera de ocho segundos. Es decir, un presidente fugacísimo y fugado, pero blindado hasta que ponga pie y medio en el estribo.
Por otro lado hay naciones que se rigen por parámetros democráticos indiscutibles que tienen a un monarca constitucional como Jefe de Estado, sea el caso de Holanda, Suecia, Dinamarca o Bélgica (en cuyo territorio reside nuestro presidente vitalicio) y que a menudo se citan como paradigma de sociedades políticas a imitar. Pareciera, pues, que en Noruega o Gran Bretaña “no sobran los reyes”.
Verdad es que no todas las monarquías dan pábulo a la separación de poderes que integra forzosamente un régimen democrático, y que no pasarían la criba, como son las dinastías del Golfo Pérsico, y que hay repúblicas que cumplen sobradamente los requisitos, como Francia o Alemania. Todo ello demuestra que no es el hecho republicano en sí el que garantiza el grado de desarrollo democrático de una sociedad política, pues en el mundo son tantas las repúblicas democráticas como las que no. Sólo que esta casuística a la alcaldesa Colau le importa un pimiento, pues de lo que se trata en última instancia es de fracturar la sociedad y de generar ruido y polémica para aunar municipalismo a tensión institucional y fomentar entre los administrados el desapego a la idea de España y a sus símbolos.
Las primaverales sonrisas de Colau trocaron en lágrimas cuando dedicó su enésimo guiño a los separatistas (durante años la balconada municipal lució un pancartón a favor de los presos golpistas, que al final quedaron en sediciosos de bajo voltaje y, además, indultados) durante las pasadas fiestas del barrio de Gracia. El consistorio tuvo la feliz ocurrencia de encargarle el pregón nada más y nada menos que a Jordi Cuixart, uno de los líderes más destacados del republicanismo en su versión aborigenista, dando aquilatada muestra de su sectarismo, pues no se espera que el próximo corra por cuenta de la secretaria judicial que en aquella noche esperpéntica hubo de huir por el tejado de la Consejería de Economía y Hacienda del gobierno regional. O de los muchachos de S’ha Acabat, siempre vituperados y agredidos en la Universidad. En definitiva, la parroquia que asistió al evento, entregada a Cuixart, abucheó a la munícipe y ésta, pobrecita mía, rompió a llorar desconsoladamente, buá-buá. “No me ajuntan”.
Pero la venganza de Colau no se hizo esperar. Apenas un mes más tarde, tras la preceptiva mani del 11-S, los convocantes dieron una cifra de asistencia demencial, según es costumbre: 400.000 personas, lo que equivaldría a encajar a unos 9 o 10 fulanos por metro cuadrado en Vía Layetana, que fue la arteria por la que transcurrió. Hete aquí que la Guardia Urbana, a la órdenes de la llorona burgomaestre, rebajó la cifra ostensiblemente hasta 108.000, es decir, la cuarta parte pizca más o menos. ¿Dónde está la novedad? ¿Y en qué se advierte el cabreo de Colau? Pues en que nunca la Guardia Urbana desdijo a los organizadores en manifestaciones anteriores. O dio por buenos los cálculos de aquéllos o los maquilló muy someramente. De tal forma que cuando los primeros decían que 1.200.000 personas, los segundos replicaban que un millón. Que si eran 500.000, los dejaban muy aseadamente en 450.000, en una horquilla de entre el 80-90% de la cifra más optimista. Dicho de otro modo, la Guardia Urbana avalaba siempre el exageradísimo cómputo de manifestantes con una leve corrección a la baja. “Si lo dice la Guardia Urbana…”. Y con la prevención de no dar nunca de más, por el aquel de las formas. Efecto que sólo se ha conseguido una vez en la Historia de la Humanidad. Sucedió en Gerona, con Joaquim Nadal como alcalde, durante las manis celebradas en toda España contra la guerra de Irak. Los organizadores dijeron que 30.000 almas y la poli local subió la apuesta… ¡¡¡40.000!!! Pensemos, por aritmética proporción, que una mani en Gerona de 30.000 personas (sobre un censo de 100.000) valdría por una de unos 4 millones en Calcuta (sobre 15). Difícil de digerir.
Solo que en esta ocasión la vengativa alcaldesa estaba cabreada como una mona, “esos nenes malos me han hecho llorar”, y dio la consigna de hinchar la cifra (pues en realidad no eran más de 50.000, que no está nada mal, todo hay que decirlo), pero a enorme distancia de la aportada a los medios por la cansina troupe del particularismo autóctono. 400 frente a 108 (en miles), o sea, la cuarta parte. Colau se enjugó las lágrimas diciendo para sus adentros: “Chincha, rabiña…”. Y a todo esto la vida sigue igual: los catalanistas exaltados echan chispas porque un camarero les atiende en español, los gallos montan a las gallinas, los volcanes escupen lava y los hijos crecen y las madres envejecen.

(*) En revisión y busca de editor la delirante sátira titulada El pangolín y la alcaldesa Babau que trata de la aprobación por decreto municipal de “la primavera permanente” y de la reedición calamitosa del “Fòrum de les cultures” para relanzar la deteriorada imagen de Barcelona, con la tribu caníbal de los bimin-kuskusmin (Papúa-Nueva Guinea) como invitados al manicomial y descacharrado evento.
