Aplastando al enemigo de clase (paradigma «Pons»)

El asesinato de Bartolomé Pons Sintes, cura ecónomo de la parroquia de Pachs del Penedés (provincia de Tarragona), constituye el más minucioso y detallado ejercicio de embarrada aplicación activa de la teoría marxista. Bartolomé Pons nació en Mahón, 1888, y tras un periplo pastoral por Uruguay (1919-1926) recaló en Pachs del Penedés, muy cerca de Vilafranca, capital de la vinícola comarca. 

El marxismo, llevado a la práctica por los regímenes que han hecho de esa ideología su piedra angular, ha causado millones de muertos. Los estudiosos no se ponen de acuerdo: hay quienes sitúan a la dupla Lenin/Stalin en la cúspide de esa carrera genocida, otros consideran que Mao les llevó la delantera a masacres y hambrunas estratégicamente diseñadas para estragar a sus poblaciones, y hay quienes tercian en esa contienda dialéctica para promover la muy sólida candidatura de Pol Pot, líder del jemer rojo, pues aun quedando muy atrás en términos absolutos, causó a proporción una mortandad descomunal entre los suyos (uno de cada cinco o seis camboyanos), esgrimiendo, además, razones inverosímiles para el asesinato (por llevar gafas, por tener una bicicleta, por ausencia de callosidades en las manos o por hablar lenguas extranjeras). No en vano, Stephan Courtois y otros autores, en su colosal ensayo “El libro negro del comunismo” editado por Espasa, le dedican un capítulo entero a ese iluminado (que fuera estudiante en La Sorbona parisina) y a su cohorte de carniceros titulado “El país del crimen desconcertante”.

Sin duda el marxismo, como sistema analítico de la historia, como crítica económica del capitalismo y modelo político contrario a la democracia parlamentaria, ha causado un fuerte impacto en la Humanidad. Desde que Marx y Engels establecieran las bases del llamado “socialismo científico”, esa ideología elevada al rango de religión laica por sus prosélitos, valga la paradoja, convertida en dogma de fe, en fórmula que aspira a explicarlo todo, ha ganado para su causa a sucesivas hornadas de intelectuales. No se trata aquí de ponderar sus argumentos, pues esa tarea ya se ha realizado y el autor de estas líneas tendría para ello muy limitada capacidad. Basta con decir que una visión del mundo que pretende instaurar una Humanidad nueva, ha de echar mano, no hay tutía, del modelaje abrupto y arrasador de la precedente. De ello se infiere necesariamente que el marxismo en su praxis política, socialismo o comunismo, habrá por fuerza de recurrir a la violencia programada y a la persecución y exterminio de segmentos enteros de la población. No cabe otra lectura ni opción. Comunismo es, por definición, asesinato a gran escala.

A la estela de plusvalías, infraestructuras económicas y superestructuras ideológicas, el valor de cambio, el valor de uso, la conciencia de clase, alienaciones y colectivizaciones, y, cómo no, la dictadura del proletariado y el “aplastamiento” de los enemigos de clase, son legión los pensadores que se han afanado en interpretar el marxismo, en convertirse en exégetas y alumnos aventajados del maestro, disputándose el codiciado cetro de la ortodoxia marxista: Karl Liebnekcht, hombre de acción y fundador del movimiento espartaquista junto a Rosa Luxemburgo, psiquiatras freudo-marxistas al estilo Lacan, filósofos como Gramsci, Marcuse, Adorno o Althusser, o la mastodonto-plúmbea ensayista chilena Marta Harnecker (discípula del anterior), asesora lo mismo de Allende que de Hugo Chávez, y de quien leí, tiempo ha, su obra más divulgada, una auténtica e insufrible castaña pilonga: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”.

En la actualidad y entre todos ellos, busca hacerse un hueco un profesor no titular de La Complutense llamado Pablo Iglesias. Cantamañanas insigne que deja la política partidista tras el batacazo en las elecciones regionales de Madrid, pero que seguirá enredándolo todo, convirtiendo la política en un lodazal e inoculando veneno desde una madriguera mediática que, eso dicen, le apareja en estos días el malvado e intrigante de Jaume Roures (mecenas del documental pro-golpista sobre el 01-O emitido por TV3 y que pide al gobierno un rescate, ahí es nada, de unos 250 millones de euros para “sanear” Mediapro).

El de Bartolomé Pons fue un asesinato de manual… marxista, claro. Así lo veo después de haber leído el artículo del profesor Barraycoa publicado en la edición digital de La Razón, dentro de la sección titulada “Memoria e Historia”. Barraycoa es una de las bestias negras del separatismo y de la extrema izquierda precisamente por su ingente labor en aras de la recuperación de la memoria, pero de toda la memoria, y en particular de los espeluznantes episodios de la brutal represión contra civiles desarmados practicada en la retaguardia catalana durante la Guerra Civil.

El sacerdote fue “paseado” por la localidad a imagen y semejanza del vía crucis del nazareno. Los latigazos que laceraron su espalda in itinere fueron cosa de los milicianos a las órdenes del criminal Pascual Fresquet, los mismos que, en lugar de batirse el cobre en el frente, sembraron, lejos de los disparos, el terror por las comarcas de Tarragona. Comoquiera que el enemigo de clase debe ser “aplastado”, tal cual, los milicianos, por no caer en la heterodoxia, y por ceñirse estrictamente a la literalidad de la doctrina, asesinaron al sacerdote aplastándolo, reventándolo en una prensa de vino en Pachs del Penedés. Escachifollado vivo. Según declaración de testigos presenciales recogidas en la Causa General, los inopinados vinateros de aquella vendimia macabra glosaron el prensado de la uva martirial con comentarios hirientes del tipo: “A ver qué vino sale”. Vino de misa, que no de mesa.

La piltrafa de carne chafoteada, hecha picadillo, un amasijo de pellejos y de huesos machacados a que Bartolomé Pons quedó reducido, habrían de maridar, va de suyo, con un condumio de pareja calidad: nada más apropiado que los “chorizos de monja” elaborados a partir de la carne de Apolonia Lizárraga, navarra de cuna y superiora de las carmelitas de la provincia de Barcelona, que fue aserrada viva y descuartizada en la checa de la calle San Elías, regentada en aquella hora por los carniceros de la CNT-FAI (hasta mayo del 37 y en adelante por sus pares del PSUC). Los pedazos de la religiosa, no hay mejor estrategia para deshacerse de restos humanos, fueron cebo para alimentar a la piara de cerdos que integraban también la plantilla miliciana de ese antro dantesco instalado precisamente en una iglesia. Es sabido que, tras la matanza de algunos de esos animales, los heroicos militantes de la CNT vocearon por el barrio, especialmente dotados para la promoción comercial de sus fiambres de elaboración artesana, “suculentos chorizos de monja”.  

Puestas así las cosas, y siguiendo a rajatabla los esquemas del marxismo más académico, es forzoso concluir que Bartolomé Pons, que representaría, a decir de esos perdularios, la superestructura ideológica dominante en la sociedad, es la tesis. Que los intrépidos milicianos que ponían en grave riesgo su vida en la retaguardia persiguiendo a frailes y monjas de edad avanzada, peligrosas y armadas hasta los dientes con rosarios y escapularios de grueso calibre, serían la antítesis. Y la síntesis, cómo no, el engrudo grumoso del salvaje e inconcebible prensado de Bartolomé Pons perpetrado en El Penedés por esos hijos de satanás.

Como es sabido, se suceden peticiones parlamentarias tendentes a la revisión y anulación de los juicios del franquismo a causa de su sesgado partidismo, más que presumible por otra parte, pues tras una guerra, se juzgan los abusos del perdedor y se hace la vista gorda con los del vencedor. Este último jamás se juzga a sí mismo. Ello, por añadidura, nos llevaría a anular el juicio en efigie abierto a Santiago Carrillo (hoy con calle dedicada en Madrid por gentileza de Ana Botella) y a quien no pocos documentos desclasificados de la antigua Unión Soviética señalan como instigador y máximo artífice de la multitudinaria escabechina planificada meticulosamente en Paracuellos del Jarama. Los juicios de la Causa General absolvieron a Carrillo de esa matanza incesante, era a la sazón Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, estableciendo la responsabilidad criminal última de su segundo en el escalafón, Serrano Poncela, también perteneciente a la Juventud Socialista Unificada, JSU.

El guerracivilismo zapaterista instalado en el poder, corregido y aumentado de la mano de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias,flojea abriendo fosas, y exhumar, lo que se dice exhumar, ha exhumado los restos de Franco (los únicos que importaban de veras para ese gran operativo propagandístico) y pocos más. Pero, de rebote, han abierto las fosas sépticas del sectarismo y de la discordia civil. Como si el monstruo de la guerra se activara de nuevo, varias generaciones después. La única manera de cortar de raíz esa pérfida estrategia de fragmentación social y de encabronamiento convivencial planteado por la izquierda, para deslegitimar de por vida a la derecha, es recuperar la memoria de aquellas atrocidades cometidas por los chequistas contra gente indefensa como Bartolomé Pons y Apolonia Lizárraga y difundirla ampliamente. Eso e instar a las organizaciones que entonces cobijaron a esas repulsivas alimañas bajo sus siglas, y que aún hoy forman parte de nuestra vida política, a corresponsabilizarse de sus sanguinarias perrerías.

¿Y cómo se obliga a alguien que no quiere? Creando lo que se llama una “masa crítica documental” que le fuerce a pronunciarse, en este caso, a disculparse. Todos hemos visto películas sensacionales sobre el horror apocalíptico de los campos de exterminio nazis, sea el caso de “La lista de Schindler” o “El pianista”. Cuidadas producciones de enorme presupuesto. Si algún lector de esta tractorada ha visitado lo que queda en pie de la checa de la calle San Elías convendrá que reproducirla en un estudio de grabación no sería ni la cosa más complicada ni gravosa del mundo: un presupuesto irrisorio. La industria cinematográfica nacional no da, por sectarismo y miseria moral, para un proyecto así, desde luego… pero ancho es el mundo y por otras latitudes andarán, digo yo, pues de todo hay en botica, guionistas y cineastas capaces de perfilar la semblanza de Bartolomé Pons, de Apolonia Lizárraga o de Pascual Fresquet (un papel éste que podría interpretar por afinidad Willy Toledo, sin guión e improvisando sobre la marcha).

aplastamiento del enemigo de clase (Bartolomé Pons) en una prensa de vino: literal

 

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