A su dilatado currículum, Oriol Junqueras podrá sumar en breve su fichaje como lego archivero del monasterio de Poblet, donde reposan los restos de varios reyes de la Corona de Aragón, entre ellos Fernando de Antequera, el primero de la, por los nacionalistas, denostada dinastía de Trastámara (el malhadado “Compromiso de Caspe”), y el padre de Fernando el Católico, Juan II. Oriol Junqueras ha pedido plaza como becario-“monaguillo” (ya fue lo entrecomillado en su más tierna infancia), para gulusmear entre los libros de la biblioteca monacal y los legajos y documentos que allí abundan y todos de gran interés para un licenciado en Historia, como es su caso.
De ese modo se ejercitará en elevadas tareas espirituales. La cercanía de los monjes será todo un estímulo para el primoroso cultivo del conocimiento. Cierto que las autoridades regionales con jurisdicción en la materia acaban de concederle el tercer grado (*), de modo que por dar un golpe de estado, aunque la condena es a 12 años de reclusión mayor por “sedición ensoñadora”, ha cumplido 9 meses, lo que un embarazo, y ya nadie sabe de cierto si regresará a su celda… uno de esos horripilantes tabucos de pavimento disforme y enladrillado para dificultar la deambulación del reo y con el camastro inclinado 20º para impedir la conciliación del sueño, como los que instaló el sádico chequista Alfonso Laurencic en los preventorios milicianos de la retaguardia en Barcelona (argumento para una asquerosa peli de cine gore).
Celda de la que ha salido Junqueras, lo hemos visto días atrás en la prensa gráfica, en un estado de forma deplorable, consumido, macilento, demacrado, todo él huesos y pellejo, fruto de un régimen represivo e inhumano, sometido a trabajos forzados y a una dieta de hambre que ni la de Rull & Turull (véase “Picapleitos Forn”), como recién liberado de un confinamiento terrorífico en Berger-Belsen. Vilipendiado, humillado y machacado por la España inquisitorial. La realidad, sota, caballo, rey, es bien distinta a la transmitida por esas instantáneas fraudulentas retocadas con fotoshop por los inescrupulosos agentes del CNI en las que el desdichado Junqueras recupera parcialmente su libertad con porte abacial… y oronda panza, como la de uno de esos frailes ferósticos y sodomitas que desfilan por la versión fílmica de “El nombre de la rosa”.
Es conocida la afición de Junqueras a la materia eclesiástica. Me dicen que llegó a ingresar en el seminario, pero lo ignoro. De ser cierto ya sabríamos de dónde procedería su impenitente nacionalismo localista, pues el clero diocesano es en Cataluña uno de su viveros de mayor solera, hasta el punto que, fatigado de curas “trabucaires” que enlodan campanarios con banderones estrellados, y necesitado de una iglesia en la que rezar tanto como de un rey al que servir, sopeso muy seriamente la posibilidad de abandonar la fraternal grey católica y probar fortuna bajo el patriarcado ortodoxo de Serbia, si tiene a bien admitirme en su seno. También hemos visto, suma y sigue, a Junqueras blandiendo cirio pascual en una procesión en Sant Vicenç dels Horts, localidad de la que fue alcalde.
Pero desconocíamos su querencia, un pelín necrófila, por la monarquía sepulcral, acaso porque como dirigente republicano considera que el mejor emplazamiento para el soberano es el mausoleo, previo paso por la guillotina, que no el trono. O quizás abriga Junqueras, íntima, secretamente, esa pretensión inherente al “personalismo carpetovetónico”, que no individualismo, del que hablara con perspicacia Caro Baroja, de proclamarse “califa en lugar del califa” y fundar algún día una dinastía propia, toda vez que por diferentes causas la otrora idolatrada dinastía de los Pujol ha caído en desgracia (aunque TV3 dedique documentales a los chanchullos de Juan Carlos I y en cambio pase de puntillas sobre los turbios e incontables manejos del padre de la patria y de su numerosa prole). Junqueras, pues, ataviado con cetro, corona y capa de armiño, eso sí, amplia como el entoldado de un circo itinerante para así rodear todo su perímetro.
Vale que la proximidad de Junqueras a los restos “majestalicios” habría de alarmar a los espíritus templados de entre quienes andan algo versados en Historia de España, pues gato escaldado del agua templada huye. Es sabido que en 1936 los milicianos destacados al monasterio de Santa María de Ripoll, fundado en tiempos de Wilfredo (o Godofredo) el Velloso, para, supuestamente, salvaguardar los objetos de culto y arte de la ira incendiaria de las turbas, reinterpretaron sobre la marcha su cometido y devastaron el templo cuanto pudieron, profanando las tumbas de los condes de Barcelona y de Besalú, y siendo arrojadas al río Ter, por esos hampones y perdularios de pistolón al cinto, algunas de tan venerables osamentas. ¿Anduvo entre esa gentuza el tristemente célebre Cojo de Málaga? Mejor sería que el licenciado Junqueras desconociera ese episodio de la Guerra Civil por no incurrir en la tentación de repetirlo. Afortunadamente, el río que fluye por las inmediaciones del monasterio de Poblet recibe el nombre de río “Sec” (Seco).
Que en Cataluña se desploman las vocaciones, es sabido, los seminarios andan flojos en “matriculaciones” y faltan ministros que atiendan las parroquias. Es la consecuencia de supeditar una religión que se intitula universal a los dictados de esa otra que es el nacionalismo irredento. De modo que los fieles huyen de los templos, unos porque no quieren rezar por la pronta liberación de los reos golpistas, pues rezaríamos de grado por todo lo contrario, y otros porque, puestos a rendir pleitesía al ídolo “estrellado”, mejor lo hacen desde asociaciones o partidos políticos, que no en una capilla, donde medrar u obtener alguna recompensa en el siglo.
Por todo ello Junqueras será bienvenido en Poblet, como refuerzo estructural de plantilla que, a mayor abundamiento, abulta lo suyo y ocupa el espacio de dos o tres novicias. A Dios gracias, Santi Millán y José Corbacho, que se forran trabajando en las televisiones privadas de ámbito nacional fingiéndose campechanos humoristas (también Silvia Abril, señora del resbaladizo Buenafuente), ya no tendrán que declarar en los medios locales (cuando no les ven los espectadores de Atresmedia o de Mediaset) que se les abren las carnes cuando visitan a su buen amigo Junqueras entre rejas, sometido a esas severísimas condiciones penitenciarias, rayanas en la esclavitud.

(*) Pero ahora van y se lo quitan (el tercer grado) por decisión de altas instancias judiciales. Un pasito “p’alante”, un pasito “p’atrás”. La comedia continúa… de modo que a Santi Millán, José Corbacho y Silvia Abril no les quedarán más bemoles que volver a Lledoners, y esta vez tirando por el camino de en medio, con una lima disimulada en el bocata de mortadela.
