¡Soy Pipi Langstrump, pipilota para los niños soy…! ¿Quién no recuerda la simpática tonadilla que daba pie a un nuevo episodio televisivo de ese diablillo pecoso y pelirrojo? Cuando niños, nos encantaba el personaje: era valiente, osada, no temía a nada ni a nadie, acompañada de un monito, a lomos de un caballo y amiga de un capitán pirata. Intrépida como ninguna, vivía mil aventuras, era un alma justiciera y socorría siempre a los más débiles. Jo, qué niña… una auténtica polvorilla, un perdigoncillo rebelde y contestón. Y además lucía unas pintas llamativas, con sus graciosas trenzas, tan exótica… para mí tengo que Nina Hagen, la princesa del punk centroeuropeo, se inspiró en Pipi Calzaslargas para componer su provocativo look sobre los escenarios.
Me ha llegado que Pipi Langstrump devino icono feminista, como arquetipo naif de supernena, de mujercita empoderada. Será verdad, pero ni eso la ha librado de la pujante oleada de radicalismo iluminado e intransigente que azota este descacharrado mundo. En efecto, en Suecia ha sido “sambenitada” (como se decía en tiempos de la Inquisición) de racista y xenófoba, y prohibida la reposición de sus episodios. No es una coña marinera: ni estoy trompa ni me he metido un tripi. Si los ojos le salen de las órbitas, vuélvalos a sus cuencas de un palmetazo, pues cometió Pipi la imprudencia de decir en una secuencia que jugaría “a poner ojitos de chinito”… nunca hiciera tal cosa. Para dar mendaz forma a los tales, tiró de ellos con los índices para almendrarlos en un divertimento inocuo y pueril. Si hubiera jugado “a poner ojitos rasgados”, nada habría sucedido, pero de ese modo ha desatado la fulgurante intolerancia de la enloquecida y ultraortodoxa progresía rendida al movimiento “Blacks Lives Matter, BLM)” que ya se ha salido con la suya y ha retirado “Lo que el viento se llevó” de la plataforma HBO y derribado estatuas erigidas en memoria de Colón, fray Junípero Serra e incluso de Cervantes con la excusa de la esclavitud y del supremacismo blanco.
Soy feo, calvo, bigotudo, sufro de hemorroides, se me junta pelusilla en el ombligo y, pincelada final, años ha me salió un golondrino en el sobaco (una dolencia que sólo padecemos los pinchaúvas, impropia de gente refinada y de buena cuna)… pero no soy «progre» y por ello doy gracias a Dios. Ahora la progresía más desorejada, tras el caso de brutalidad policial que le ha costado la vida a George Floyd, arremete contra todo lo que se menea y en su opinión supone la persistencia de un racismo dominante, secuela indeleble del imperialismo colonialista. Si a George Floyd le hubiera matado un poli negro (un afroamericano, que se dice ahora… como en su día una ocurrente reportera «depuso» en TV aquello de “un subsahariano de nacionalidad dominicana”) no se habría armado tanto revuelo.
En todo caso, parecen decirnos esas eminencias iconoclastas que arrasan como una columna de bulldozers con la estatuaria de medio mundo, siguiendo el magisterio de los talibanes contra los budas colosales de Bamiyán, que a los negros les asiste el derecho a matar y matarse… pero sólo entre ellos, como sucediera en Ruanda entre hutus y tutsis, casi un millón de fiambres en apenas unos días despedazados a machetazos, sin disparar un tiro. No te digo ya si los cafre-yihadistas de Boko Haram secuestran y asesinan en Nigeria a nativos, negros también, de la minoría cristiana: entonces los progres se licuan de placer. A colación de esto último habría que recordar a la nomenclatura de BLM que los árabes y nativos islamizados fueron eslabón fundamental en el engranaje de las capturas de las redes esclavistas que sojuzgaron a no pocas tribus africanas, de modo que, en aras de una mínima congruencia, habrían, asimismo, de canalizar su ira devastadora contra minaretes y mezquitas (ahora también Santa Sofía en Estambul), habida cuenta que el arte escultórico es rehén en el islam de drásticas restricciones.
Ese febril y mórbido “revisionismo BLM” podría acabar con la práctica totalidad del legado cultural de Occidente, una civilización, según ilustres pesimistas, condenada al suicidio y a la desaparición (empezando por el tectónico e insuperado ensayo de Spengler, de amena lectura por cierto). Uno de los hitos a demoler con excavadoras o potentísimas cargas de C-4 en los cimientos sería, sin duda, el Coliseo de Roma, pues allí confluían prisioneros de guerra, sacas de esclavos de las ergástulas y otros desgraciados para gaudio y expansión de la plebe (panem et circenses) que por lo común eran pasto de las fieras o de los aclamados gladiadores. También los cristianos primitivos derramaron su sangre en la arena, pero es obvio que por ellos los progres no van a elevar airadas y retrospectivas protestas.
Y he dicho Coliseo, que no pirámides de Egipto, mayas o aztecas, o templos incaicos erigidos a latigazos también y convertidos en símbolos respectivos del dominio de poderosos imperios que sometían a tribus periféricas para bonitamente ejecutar sangrientos rituales eviscerando víctimas propiciatorias. ¿Por qué unos sí y otros no? Una chica, portavoz del movimiento, lo explicó en un informativo: incas y aztecas fueron derrotados por los conquistadores occidentales y por ello no hay huella en la actualidad de aquella antigua hegemonía y porque el mundo opresivo e injusto en el que vivimos es legado exclusivo de la civilización judeo-cristiana, blanca y occidental… toma castaña. En otras palabras, que a la memoria de olmecas, chichimecas, y de otros pueblos aplastados por las tiranías heliólatras del Cuzco y de Tenochtitlán, le den por donde amargan los pepinos. Receta para infartar a la criatura: el recomendabilísimo visionado de Apocalypto, de Mel Gibson, para que a la doña y a la progresía criolla les dé la erisipela. Qué trepidante peliculón.
Todo este desparrame “monumental”, nunca mejor dicho, trae consecuencias y comoquiera que la estupidez se difunde en ondas (principio que no fue contemplado por Marco Cipolla en “La leyes fundamentales de la estupidez humana”), ha dado lugar a un hecho verdaderamente insólito: incluso el cuentista de Noam Chomsky, amigo de cuanta cochambre intelectual y política se excreta en este ancho mundo, admirador incondicional de ETA, cómo no, ha firmado un manifiesto solicitando contención y cautela a los nuevos bárbaros de la izquierda mundial… ¡Cómo estará la cosa para que el solicitadísimo conferenciante pretenda embridar a sus desmelenados alumnos!
Otra de las consecuencias es el debate que la desatada fobia colombina ha propiciado en las filas del separatismo, pues mientras CUP es partidario de derribar la estatua de Colón, los chifletas de INH (que no es una cadena hotelera sino el subvencionado Institut de Nova Història) se oponen a quermés semejante, pues no en vano, según sus sesudas investigaciones, Colón era catalán y zarpó de la playa de Pals (que no de Palos) y estaba destinado desde la cuna a descubrir América para los europeos (continente que habría de llevar no el nombre del explorador Vespucio, sino el de Nova Catalunya, of course) y de ese modo traer, ni plata ni oro, sino capazos a rebosar de tomates en las bodegas de sus navíos para inventar el “pantumaca”. Esta reyerta intestina de nuestro nacionalismo cejijunto demuestra que estamos incardinados en las regiones centrales del mundo y que todas las polémicas habidas tienen aquí réplica y asiento. Cataluña, pues, no está en las lindes de la civilización, sino en la almendra, en el meollo del poder planetario.
Pierdan toda esperanza de que las hordas flagelantes contra el racismo exijan el cambio de nombre de la calle dedicada por el consistorio de Barcelona a ese paleto malhumorado de Sabino Arana (y de paso la “limpia” de medio nomenclátor urbano, infestado de racistas autóctonos) o que SOS Racisme repruebe a Quim Torra por sus devaneos genetistas (baches en el ADN y lengua de las bestias taradas). Antes de que la intemperancia de los nuevos hunos (o mejor de “unos”, pues muy capaces son de escribirlo sin hache) se module y devenga mayoritario paradigma de lo políticamente correcto, me bajaría de matute, de los “interneles”, la filmografía completa de John Ford, por ejemplo, que pronto engrosará la lista negra de autores prohibidos, pues si un género fílmico peligra es el de los clásicos del western. No dudaría tampoco en agenciarme un ejemplar de “Kim de la India” de Rudyard Kipling, antes de que Fahrenheit 451 sea realidad. Y apunten Conguitos en la lista de la compra, no sea que mañana retiren la golosina imperialista de las estanterías. Me comeré unos cuantos canturreando la tonadilla de Pipi Calzaslargas lo más cerca que pueda de uno de eso botarates para amargarle el día o para chinchar a la bellísima Susana Griso.
No despediré esta festiva “tractorada” sin invitarles a que contemplen, acaso por última vez en esta vida y en la otra, un fragmento inolvidable de “Murieron con las botas puestas”, de Raoul Walsh, donde Errol Flynn, en el papel del imbécil y suicida del general Custer, a poco de ser derrotado en Little Bighorn, adopta como himno para el 7º de Caballería de Michigan la canción irlandesa Garry Owen, que un buen día silbamos todos arrebatados de heroicas ensoñaciones infantiles. Cabe decir que, como todos aquellos que en su impostada juventud rebelde y levantisca corrieron delante de los “grises” cuando es público y notorio que andaban detrás de las chicas en minifalda fumándose un canuto, ahora resulta que todos, siendo niños, preferíamos los indios a los “panzas azules”, con sus relucientes sables desenvainados y sus uniformes como de húsares del lejano Oeste, tomando cacillos de ponche y bailando con señoritas elegantes y bellísimas antes de la carga definitiva a galope tendido.
