Kumiko es un encanto de criatura. Una monada. La encontré en mi barrio. La niña subía por el Paralelo rumbo a plaza de España para asistir a una de tantas concentraciones separatistas. No recuerdo si una convocada contra la aplicación del artículo 155 o para pedir la excarcelación de los Jordis, que formarán uno de esos grupos de rumba penitenciaria, Los Yordis, tipo Los Chavis, Los Chichos, míticos e irrepetibles, o Los Chunguitos que, con sus casetes expuestos en las gasolineras, hacen las delicias de un público selecto… Me hiciste una DUI sin decirme adiós, ay qué dolor…
Kumiko significa en chino «niña de eterna belleza». En realidad no sé cómo se llama (lo de Kumiko es un purparlé), acaso Aina, Aloma o Elna. La bandera estrellada a su espalda la convertía en una fugaz superheroína de ojitos rasgados de nuestro inflamado nacionalismo aborigen. Se la veía entusiasmada, junto a sus padres, camino de la verbena patriótica. Kumiko es una de esas niñas chinas adoptadas de un tiempo a esta parte por parejas occidentales. Me pregunté… ¿Seré un extranjero para Kumiko? ¿Un mal catalán?… Ella iba camino de la mani y yo del estanco, en direcciones opuestas…
Unos pocos días después, 8 de octubre, me topé con otra niña graciosa y simpatiquísima de ojitos rasgados. Con Maylin, que del chino se traduce por «jade precioso». Di con ella en las inmediaciones de Arco del Triunfo, camino de la Estación de Francia, donde Vargas Llosa se dirigiría desde el estrado a los manifestantes… a los que regañó Josep Borrell por gritar ¡Puigdemont a prisión!
Se me antojó Maylin un diamante de sonrisa resplandeciente entre miles de personas. Maylin, que acaso se llame Aina, como Kumiko, Julia o María del Pilar, se pintó en las mejillas los colores nacionales y la bandera de España, anudada al cuello, caía sobre su espalda como un armiño dinástico. Maylin es otra de esas niñas adoptadas.
Al verla, me acordé al momento de Kumiko. Las dos se movían de manera grácil, propia de la edad innúbil… no eran dos de esas chinitas que pintaban antaño, llorando las pobres por culpa de un vendaje compresivo en los pies para que, siendo adultas, calzaran unos zapatitos de juguete. Ni su dieta, al decir de tópicos insidiosos, se compone de sopas inmundas y de huevos podridos de golondrina, sino de pizzas al gusto y de hamburguesas con salsa de kétchup. Y pensé… ¿Serán una y otra extrañas… extranjeras entre sí?
Acaso procedan ambas de la misma región, de Hebei o de Guandong, del mismo orfanato y adoptadas por las mismas fechas. ¿Qué sucedería si las colocáramos cara a cara, como si una fuera la imagen de la otra, la imagen que devuelve un espejo malicioso? Kumiko y Maylin del brazo y de tiendas por Puerta del Ángel. Qué lío y cansancio con la plúmbea monserga de la construcción de identidades. ¿Qué pasaría por sus lindas cabecitas, me pregunto, de toparse cara a cara ataviadas con sus banderas antagónicas? ¿Reconocerían una en la otra una sustancia común?… Nos pasaremos vidas enteras dirimiendo qué somos y a nadie le importará cómo somos.
